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Última Batalla de Lahmia

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Nagash Gran Nigromante retornado Fin de los Tiempos.jpg

El Fin de los Tiempos

El trasfondo que puedes leer en esta sección o artículo se basa en la serie de libros de campaña y novelas de El Fin de los Tiempos, que recientemente ha sustituido la línea argumental de La Tormenta del Caos

Archaon Señor del Fin de los Tiempos.jpg

Vampiresse.jpg

Vampiresa

Los ejércitos de Lybaras y Mahrak pasaron los obeliscos de la frontera y entraron en tierras gobernadas una vez por Lahmia. Los marcadores de piedra estaban ahora adornados con caras de hueso y imágenes lascivas de la muerte. Aquí, la oscuridad parecía caer más densamente. Durante miles de años pocos habían pasado cerca de las ruinas contaminadas de Lahmia, y menos aún regresaron de su viaje. Era un lugar maligno, donde los espíritus de los condenados todavía merodeaban.

Khalida inspeccionó la línea rota de escombros. Una vez, había sido el alto muro blanco que rodeaba Lahmia, pero ahora había sido derribado hasta sus cimientos. Ya no era elegante y orgulloso, no era más que un irregular y cansado anillo ennegrecido. Más allá de esa cortina exterior estaba el yermo de la ciudad en ruinas. Las tormentas de arena y los largos años de abandono deberían haber enterrado las ruinas de baja altura, cubiertas por los sedimentos de millones de años. Sin embargo, a pesar de las guardas sobre Lahmia poco había cambiado desde miles de años atrás, cuando el último de los ejércitos de Alcadizaar había marchado hacia su destrucción. Para arrasar el nido de los vampiros, Alcadizaar había reunido una coalición de fuerzas de todas las grandes ciudades, muchas de ellas de Lybaras y Mahrak. Ahora, algunos de esos llamados a sí mismos guerreros rondaban una vez más por la ciudad maldita. Tan completa como había sido su masacre, no había sido suficiente. Esta vez, pensó Khalida, ofreciendo una oración silenciosa a la diosa Áspid, Neferata no escaparía de su ira. 

Después de un precipitado consejo de guerra entre la Reina Khalida, el Rey Hassep y el Rey Tharruk, se decidió formar una línea de batalla y barrer hacia adelante. Ya fuera un ejército o simplemente un vampiro solitario lo que residía dentro de las ruinas, su avance de limpieza no dejaría nada. La Reina Khalida dejó su palanquín detrás, tomando su lugar en el centro del ejército, en medio de sus legiones de arqueros. El Rey Hassep contuvo el flanco derecho, al mando con una visión más amplia en lo alto de su Esfinge de Guerra, con guerreros de muchas legiones formados en torno a él. A la izquierda de Khalida estaba el Rey Tharruk, regio en su carro enjoyado. Flanqueándolo a ambos lados estaba su leal Guardia del Sepulcro, guerreros momificados cuyos yelmos brillantes se destacaban en la oscuridad. Así avanzaron hacia las ruinas. 

En sus antiguos días de gloria, Lahmia era una ciudad en expansión. Pasando las puertas intrincadamente forjadas en las altas murallas blancas había amplias avenidas que se ramifican en vastas plazas. Canales y vías fluviales habían atravesado las carreteras, manteniendo los muchos jardines espaciados dentro de las murallas. Edificios con columnas enormes se elevaban por encima de las suaves colinas en aumento, y en la más alta de todas estaban los palacios reales, magníficos edificios con vistas al puerto. Ahora, todo era una ruina.

Cada edificio en Lahmia había sido nivelado, desde los vastos palacios de los nobles, a las apretadas estructuras de adobe de los barrios más pobres. Ahora sólo se amontonaban escombros, aunque algunas columnas o arcos sueltos seguían en pie. A través de estos montículos desolados corrían las calles, aunque las baldosas de barro cocido que una vez cubrieron las carreteras estaban parcialmente desintegradas, dejando al descubierto la piedra pavimentada que las seguía. Los ejércitos de Lybaras y Mahrak avanzaron a lo largo de estos anchos pasajes, evitando los escombros - con sus pies agitando el polvo a medida que avanzaban.

No tuvieron que adentrarse lejos en las ruinas abandonadas para encontrar a su enemigo.

Desde fuera de la lejana oscuridad llegó un resplandor misterioso y un terrible lamento. Grandes y más brillantes crecieron las luces, hasta que sus siluetas y formas eran visibles. Estas eran las sombras del pasado maligno de Lahmia obligadas por alguna voluntad mayor que la suya. En el momento en que se habían deslizado lo suficientemente cerca como para que sus vestidos hechos jirones y trenzas flotantes se pudieran discernir, era obvio que su belleza se había desvanecido mucho tiempo. Cuando estaban lo suficientemente cerca que sus caras llenas de odio podían distinguirse, sus gritos desgarradores tenían el poder de perturbar la magia que animaba a los esqueletos, dividiendo además sus propios cráneos. Sin embargo, las Doncellas Espectrales no avanzaron al combate pero fluían tentadoramente cerca de sus enemigos, chillando sus gritos lastimeros. Detrás de este ataque etéreo emboscaban hordas de guerreros esqueléticos - con sus estandartes negros y su armamento irreconocible. Sin embargo, aquí y allí, sobre un escudo o estandarte, estaba grabado el símbolo de la antigua Lahmia. y las insignias de su última reina, Neferata.

Al detectar aquellos símbolos odiados una onda de choque corrió a través de las legiones de Nehekhara. A pesar de que esperaban encontrarse a la que había contaminado Lahmia, y habían marchado fuera de sus ciudades con el propósito de hacerla frente - ver el estandarte de Neferata levantado una vez más en la ciudad que había corrompido tuvo un efecto alarmante. El odio de khalida estalló sin control. ¿Cómo podía atreverse? Con rabia en su voz, el rey Hassep llamó a la reina de los vampiros, ofreciéndola adelantarse y recibir lo que se merecía.

La llamada se hizo eco a través de las filas de Lybaras y Mahrak hasta convertirse en un canto fantasmal, a pesar de que no era llevado por ningún viento antinatural. Miles de espíritus animados del Inframundo se levantaron con la llamada, diciendo una y otra vez en voz alta el nombre de Neferata, el blanco de su venganza largo tiempo negada.
Esfinge de guerra y guardia del sepulcro.jpg

Guardia del Sepulcro

Regimientos de ambos lados se movieron por las amplias avenidas, mientras que las criaturas espectrales flotaban sin esfuerzo sobre los montones de escombros. De Neferata no había ninguna señal, ni había ningún otro vampiro ya visible. Así, la batalla en las ruinas comenzó formalmente, con la lucha desglosada en muchos encuentros separados por la cuadrícula irregular de la ciudad en ruinas.

Los primeros en atacar fueron las legiones de arqueros de la Reina Khalida, ya que tenían los medios para matar a distancia. Los esqueletos agarraron y colocaron sus flechas metódicamente, tensaron con fuerza en sus arcos, ajustaron su puntería y dispararon. Disparaban andadas continuas, una tras otra, que se concatenaban sobre su enemigo, derribando filas enteras de una sola vez. Independientemente de las pérdidas, las hordas avanzaron, a menudo pisando a los caídos. A pesar de perder fila tras fila, el enemigo cerraba gradualmente la distancia. Levantando alto su cayado, Khalida lideró a sus legiones a la batalla.

En su ira, el Alto Rey Tharruk corrió con su carro para enfrentarse al enemigo, dejando a su blindada guardia de infantería detrás del polvo. El impacto del carro del rey funerario era como una avalancha estrellándose a través de los guerreros del enemigo, con sus batientes ruedas triturando los huesos de los caídos. Girando los pesos pesados de su mayal, Tharruk era una fuerza de destrucción, despejando una franja alrededor de él. Pero, ¿que era una docena de muertos ante un fuerte regimiento de cien efectivos que no conocía ni el miedo ni el pánico? Poco a poco y infaliblemente, la horda esquelética se cerraba sobre el atrapado rey funerario. Tharruk se mantenía en sus trece, golpeando a izquierda y derecha para aplastar yelmos y cráneos por igual, pero incluso alimentado por su rabia inagotable, no podía seguir el ritmo contra tantos. Aunque la armadura de escamas de oro del Rey Tharruk desvió la mayor parte de los lanzazos hacia él, no detuvo todos. Tanto la armadura como el rey estaban rasgados en muchas partes.

Sólo la llegada de su guardia sepulcral salvó al Rey Tharruk de ser abrumado. Los guerreros momificados chocaron contra su enemigo y redoblaron la destrucción. La guardia sepulcral de Mahrak eran anormalmente fuertes y empuñaban alabardas de hoja pesada con una habilidad mortal. Tajando y cortando, pronto tiraron al suelo los estandartes del regimiento que se les oponía, tomando el esfuerzo de pisotear los vilipendiados iconos bajo los pies. Hacia delante presionaron, con el odio del Rey Tharruk conduciéndolos hacia adelante a medida que se abrían camino por la amplia avenida.

En el flanco derecho de Khalida, Hassep estaba en medio del combate. La esfinge de guerra del antiguo rey marcó la diferencia en el estancado combate. Aparentemente inmune al daño, la leonina estatua se lanzó hacia adelante para aplastar a la oposición, y las masas del enemigo caían ante la bestia de mármol negro. A pesar de sus éxitos, Hassep mantuvo un ojo vigilante sobre las mareas de la batalla, con su gran altura permitiéndole mirar por encima de las ruinas. Estaba listo para extender su línea para atacar el desprotegido flanco del enemigo, pero las legiones de los carros dirigidas por su hijo, el Príncipe Settuneb, estában dispuestas para interceptarlos a la primera oportunidad.

Nota: Leer antes de continuar - El Palacio de la Sangre

En la batalla por la ruinosa Lahmia no había un solo choque definitivo de fuerzas, sino una batalla en marcha consistente en cientos de pequeños conflictos. Aunque llevó casi dos días para que los legionarios se congregaran para superar un montón de escombros, en otro lugar, un punto muerto duró una semana de avances y retiradas sobre un canal vacío. El tiempo era difícil de medir con el sol oculto por las turbulentas nubes negras por encima. Sin embargo, el paso del tiempo era irrelevante, ya que los no muertos no necesitaban comer, descansar ni recuperarse de las heridas, por lo que siguieron luchando. La victoria o la derrota era todo lo que importaba.

Las carreteras polvorientas eran los principales caminos de asalto, pero era vital proteger los flancos contra contraataques. Una y otra vez las legiones de Lybaras y Mahrak empujaron hacia delante, sólo para ver sus ganancias transformadas a su vez en pérdidas mientras los Necrófagos se arrastraban de entre los escombros para abrumar a los regimientos en cabeza. Por la gran apertura que una vez fue el gran mercado - la legendaria Plaza de las Mil Delicias - legiones de arqueros de la Reina Khalida diezmaron al enemigo antes de acabar con ellos en el cerrado combate cuerpo a cuerpo. Después de días de lucha para obtener una sola calle, la captura de un cuadrado de media milla era una gran ventaja. Las legiones de Khalida empujaron más y más lejos hacia el interior de la ciudad maldita.
Esfingue contra zombis.png

El Rey Hassep sobre su Esfinge de Guerra

El flanco derecho de Khalida estaba empantanado. Tuvieron que luchar a través de los barrios pobres de la ciudad, donde el camino a menudo se convertía en una serie estrechas y laberínticas trincheras entre los escombros apilados hasta el pecho. Por abajo de los estrechos canales un solo carro de las legiones del Príncipe Nefhotep podía despejar arrasando el camino crujiendo a través de docenas de enemigos o más. Pero al final, su momento pasó, el carro se paró en un alto donde fue finalmente abrumado por hordas de zombis. Otro carro fue enviado para aprovechar esa pequeña ventaja, y otro y otro. A pesar de que el rey Hassep procedía, cada nuevo avance se cobraba un alto precio. Siguiendo detrás de los legionarios que luchaban, los sacerdotes liche se inclinaban en un campo de huesos inanimados, restaurando a los caídos mediante la infusión de magia en sus restos. Sin embargo, sus prácticas consagradas no podían seguir el ritmo de las crecientes pérdidas.

Algo más aparte de los ejércitos en pugna acechaba en las ruinas de la antigua Lahmia. Espíritus caídos encantaban los escombros. Sostenidos por el odio eterno, no luchaban ni para Khalida y sus aliados, ni para Neferata y sus hordas. En cambio, sólo buscaban saciarse buscando almas - ya fueran doncellas espectrales o legionarios no les importaba - y los consumían. A medida que se alimentaban, las criaturas se hicieron más fuertes, sin embargo, su hambre no se saciaba.

En el noveno día de lucha, el Alto Rey Tharruk todavía balanceaba su mayal con justa ira, empujando con fuerza para extender su avance sobre el flanco izquierdo de la Reina Khalida. Había estado en el meollo de la lucha desde que había comenzado, y por voluntad y furia marcia, había llevado a sus legiones a penetrar más profundamente en las ruinas de Lahmia. Después de que su carro fuese destruido, el rey Tharruk luchó a pie, pero aún así se mantuvo fuerte. Esto se debió en gran parte a los conjuros del solitario sacerdote liche del ejército, Khuftah. Herido muchas veces, el rey funerario había ordenado la atención de Khuftah, que utilizaba antiguos ritos para regenerar el hueso y tejer de nuevo los tendones mágicamente sujetos de Tharruk. Los reyes apoyaban a las tropas, sin embargo, mermaban cada vez más mientras la batalla se prolongaba.

Entonces, los vampiros se unieron a la refriega.

En medio del ruido de los huesos y el golpeteo de las hojas contra los escudos, la risa estridente sonó burlona y fuera de lugar. El Rey Tharruk alzó la vista, enojado e indignado, para ver arrastrar un Trono del Aquelarre de estructura ósea hasta chocar contra su guardia sepulcral. No era Neferata, la que él deseaba matar, pero eran una ofensa a pesar de todo. Desde su plataforma engalanada con cojines, las ágiles bellezas relucían de forma poco natural, brillando en la oscuridad. Para Tharruk, los gestos elegantes del trío eran una provocación escandalosa.

El Rey Tharruk redobló su ataque, con la esperanza de abrirse camino como un toro hacia los vampiros. El rey dudaba que llegara a tiempo, seguro de que su propia Guardia de Mahrak podría reclamar el honor de matar a esas viles criaturas antes de que pudiera llegar. Sin embargo, para su sorpresa, los guerreros momificados se pararon como atontados. Algunos siguieron luchando, pero su destreza marcial estaba tan minada que sus torpes golpes de alabarda golpeaban nada más que aire; otros dejaron caer sus armas por completo. Unos pocos guardias del sepulcro incluso se volvieron hacia sus compañeros y los hirieron, acosados como estaban por los encantos del aquelarre. Las doncellas pálidas rieron de nuevo - una risita burlona más cruel que los golpes de espada al antiguo rey.

Tharruk casi había aporreado su camino al trono del aquelarre cuando una de las vampiresas vio al rey abriéndose paso. Lo miró con sus ojos brillantes de color carmesí y una onda de choque estremeció al rey funerario. Por un momento se sintió abrumado - hipnotizado por las olvidadas pasiones de la carne. Tharruk, sin embargo, era un poderoso rey de Nehekhara, y no era tan fácil de dominar. Sacudiendo esos recuerdos lejanos, con su voluntad una vez más suya, balanceó su pesado mayal, haciendo pulpa a la maligna. La risa burlona de las dos vampiresas restantes se volvieron gritos de furia bestial mientras toda apariencia de su belleza seductora desaparecía.

En su furia, las vampiresas se lanzaron hacia su presa, tratando de pasar por debajo del mortífero mayal del Rey Tharruk con el fin de destripar al rey funerario con sus garras. Pero no luchó sólo. La guardia sepulcral de Tharruk luchó valientemente al lado de su rey, a pesar de que estaban muy superados en número y no pasó mucho tiempo antes de que el último fuera derribado. Solo, pero desafiante, el rey siguió luchando mucho después de que estuviera rodeado. Los guerreros esqueleto estocaban su cuerpo con lanzas, y un golpe de guadaña de una vampiresa partió en dos la Corona Cobra de Mahrak. Sin embargo, el rey siguió luchando.

Al intentar acudir en ayuda de su rey, el sacerdote liche Khufta conoció su propio fin, arrastrado y muerto por una horda sin consciencia. Desafiante hasta el final, el rey Tharruk siguió luchando, con su mejor último golpe - ya que los tres pesados orbes de su mayal golpearon en la cara de la segunda vampiresa, salpicando su cerebro a través de un amplio arco. Este poderoso ataque dejó al rey funerario sin defensa, y la última vampiresa no perdió la oportunidad, abriendo su caja torácica y rompiendo su columna vertebral. Incluso con su propia destrucción, el gran rey aún no estaba acabado. Con su última venganza incumplida, la maldición de la muerte de Tharruk destruyó por completo a la vampiresa que había dado el último golpe, con su cuerpo ardiendo negro antes de volverse polvo.

En el centro, la Reina Khalida expresaba sus frustraciones a través de su cayado con cabeza de serpiente. Disparó veneno verde luminiscente hacia delante, envolviendo a los necrófagos que se aproximaban antes de que pudieran llegar a las legiones de arqueros. Había llevado sus fuerzas a través de la lucha y ahora estaba en una amplia avenida que conducía a través de los escombros y empezaba a subir la ligera elevación. A lo lejos, podía ver el comienzo del distrito de palacios, donde los antiguos templos y villas reales se habían alzado. Estaba empezando a desesperarse de sus esperanzas de venganza, cuando vio a los movimientos vivaces y un destello de mechones rojizos a la cabeza de las tropas enemigas que forman en la distancia. Era, sin lugar a dudas, una vampiresa. No era Neferata, pero seguro que había recibido el beso de sangre.

La luz verde ondulante de su cayado se reflejaba en su máscara mortuoria, la Reina de Lybaras comenzó a conducir a sus legiones hacia adelante, ansiosa por posicionarlas en rango para desatar sus mortales andadas. Mucho tiempo había dormido en su trono relicario dentro del Templo de la Bendita Áspid; mucho tiempo había soñado con su venganza. Khalida andaría su camino a través de cada maldita esclava hasta que, por fin, alcanzara a su matriarca de cría: la Reina de los Vampiros.

Disparando a medida que avanzaban, las legiones del Áspid de Khalida hicieron llover fatalidad sobre la horda de esqueletos mientras los dos regimientos se acercaban. Justo antes de las líneas de batalla se reunieran, Khalida proclamó un reto, desafiando a la vampiresa para enfrentar su espada contra el Cayado Venenoso. Con una sonrisa burlona que enseñó los colmillos, la doncella de Neferata se escabulló - esquivando a través de las filas de sus guerreros esqueleto mientras los enviaba hacia adelante.

Por desgracia para la vampiresa, Khalida estaba preparada para una maniobra de este tipo, y envió a sus caballeros de la necrópolis a bloquear el camino del vampiro que huía. Incapaz de abrirse camino con la suficiente rapidez a través de la élite de los caballeros de la necrópolis, era sólo cuestión de tiempo antes de que la vampiresa se viera obligada a enfrentarse a Khalida. Por un momento, las dos andaron en círculos entre sí lentamente - con ambos combatientes cogiendo la medida de su oponente.

Ambas luchadoras se movieron sobre las puntas de sus pies, listas para desplazarse en cualquier dirección, tanto capaces de defenderse como para arremeter en ataque. Una vez, dos veces, tres veces se lanzó la vampiresa hacia delante con un golpe punzante, confiando en su velocidad sobrenatural. Sin embargo, cada vez Khalida se movía con una agraciada facilidad, retorciéndose sólo lo suficiente para que la hoja fallara por centímetros.

La vampiresa estaba en inferioridad; lo suficientemente rápida como para haber matado Khalida cuando todavía era una criatura de carne y hueso. Pero la Reina de Lybaras ya no era mortal, y estaba más que a la altura de su enemigo.
Ejercito Neferata contra ejercito khalida.jpg

Batalla en las antiguas calles de Lahmia

Más rápida que una serpiente al ataque, Khalida atacó. Como un borrón, su cayado serpiente se enrolló alrededor del brazo de la vampiresa, obligando a su espada a caer ruidosamente en el polvo. A continuación, Khalida le dio un golpe rápido, con su óseo guante garra perforando limpiamente a través de estómago de la criatura, levantando a la vampiresa del suelo colgando paralizada.

Antes de morir, la sirviente dijo a Khalida todo lo que deseaba saber.

Después de mucha lucha, el Rey Hassep y el Príncipe Settuneb se habían abierto camino para salir de las vías estrechas de los barrios pobres. Una vez más, podían desplegar sus legiones en las anchas falanges que tantas victorias les habían traido. Las amplias avenidas permitían una mayor maniobrabilidad por sus carros y caballos, y en varias ocasiones fueron capaces de atrapar a sus enemigos en el flanco mediante el envío de sus elementos más rápidos por caminos secundarios no defendidos.

Como señor de la guerra cuidado y juicioso, el rey Hassep era implacable, pero no imprudente. Se colocaba para victorias aplastantes, en lugar de tomar riesgos innecesarios. Su enfoque metódico ganó cada sección de las ruinas, una a una. Después de la eliminación gradual de las fuerzas enemigas en lo que había sido la Plaza de la Aurora - el Rey Hassep dividió a sus fuerzas por igual y las envió a las tres calles entre los escombros.

Neferata era testigo de la disolución constante de sus fuerzas mientras espiaba en la piscina de sangre. El plan era que su ejército atrajera a las fuerzas de Lybaras y Mahrak y las mantuviera en Lahmia el mayor tiempo posible. Tenía la esperanza de ganar varios días más antes de huir. Sin embargo, a menos que se hiciera algo para obstaculizar el avance del rey Hassep, sus ejércitos no durarían medio día más. Tenía la esperanza de evitar luchar con el enemigo por sí misma, pero ahora parecía que era la única manera de comprar el tiempo necesario.

Invocando a su montura, Neferata se movió hacia su última línea de defensa entre el distrito de palacios y las fuerzas de avance del rey Hassep.

Allí, se unió al grupo de sus doncellas y tomó el mando. Durante muchos años había anhelado volver a Lahmia, pero ese sueño se había ido. Ahora Neferata quería dejar aquella tierra encantada y triste. Y de pronto, de vuelta en el distrito de palacios, sus sentidos la advirtieron una vez más que algo terrible estaba al acecho en las ruinas. Ordenó a su improvisado ejército de Lahmia avanzar hacia adelante.

Montado encima de la enorme esfinge de guerra, Rey Hassep fue el primero en detectar los refuerzos entrantes del enemigo. No se percató de la presencia de las vampiresas hasta que los rayos de energía oscura emanaron desde las líneas de batalla se acercaban, potentes explosiones que dejaban agujeros en sus fuerzas estrechamente apretadas. Y entonces el Rey Hassep la vio, la única que su reina odiaba sobre todos los demás.

Neferata aterrizó en medio de la avenida adyacente. Por un breve momento, el rey Hassep esperaba que su infantería, las Lanzas de Lybaras, se cerrara sobre ella, controlando a la vampiresa antes de que pudiera hacer que su montura mágica levantara el vuelo. Entonces vio como Neferata daba rienda suelta a su magia. Un oscuro embudo de nubes negras de desgarró de los cielos y torció hacia abajo hacia la propia vampiresa. Tomando una respiración profunda, Neferata llenó sus pulmones muertos antes de exhalar una aullante explosión de viento mortal. Delimitada por los escombros amontonados, la calle de adoquines de piedra era como una trinchera, canalizando el vendaval místico directamente hacia las columnas en marcha de tropas, permitiendo que ninguno de sus efectos mortales se disipara. Tal era el poder oscuro de ese hechizo que los cientos de guerreros esqueleto que quedaron atrapados gritaban de angustia, ya que sus almas fueron arrancadas de sus formas corporales por segunda vez.

El Rey Hassep no tenía defensa contra los vientos desgarradores de explosiones mágicas que estaban agotando su asalto. Sin embargo, la retirada no era una opción, asique no hubo duda en el anciano general de batalla: cargó hacia adelante lo más rápido posible. Su hijo, el Príncipe Funerario Settuneb, condujo su carro hasta el paso ahora vacío a través de los escombros, mientras que Neferata esperaba fríamente su llegada.

El sonido del choque de los escudos y los huesos rotos anunció la confrontación de las dos fuerzas a lo largo de las otras dos calzadas. Allí también, el rey Hassep marcó la presencia de las doncellas; sus movimientos sobrenaturalmente rápidos eran fáciles de distinguir. Aunque en vida la habilidad marcial de los campeones de los legionarios seguramente hubiera prevalecido, no había ninguno que pudiera igualarse a la ferocidad profana de los vampiros en la no muerte, asique la hermandad sangrienta de Neferata se agitaba a través de los legionarios, cambiando el curso de la batalla.

Volviendo su esfinge de guerra a donde la línea era más débil, el rey Hassep se trasladó a contrarrestar ataque de las vampiresas. De este modo, el antiguo rey no presenció la atroz magia que Neferata dirigió a su hijo, convirtiendo al príncipe y a su carro en polvo con nada más que un gesto, riendo mientras incitaba a su bestia a saltar a través de ese polvo, enviarlo remolinos hacia arriba por encima de las ruinas. Durante muchos miles de años el Rey Hassep y su hijo nunca se habían separado, sin embargo, no podía haber regreso de la magia oscura. Durante un largo momento, el antiguo rey no pudo hacer nada más que mirar a las espirales que flotaban a través de las ruinas de la ciudad maldita.

Sin embargo, la carga de la reina vampiro no había terminado, ya que voló directamente hacia las legiones de carros, astillandolas en fragmentos. Reía mientras mataba - una detestable reina de la ruina que abatió a todos los que habían venido a matarla a ella.
Neferata contra khalida.jpg

Neferata se enfrenta a Khalida

En ese momento, una pesadilla galopó desde el norte. En su grupa montaba Naaima, una de las doncellas de Neferata. Trajo la noticia del enemigo en el centro llegando al distrito de palacios. Una por una, Neferata llamó a sus doncellas, ordenándolas retroceder. Por último, llamó a su doncella Lycindia, sin embargo, antes Lycindia partiera, Neferata encargó transmitir el mensaje a las hermanas de Lahmia aún en las ruinas. Para que fuera más rápido, la reina de los vampiros desmontó y le dio a la doncella su horror abismal.

Antes de volverse, Neferata hecho mano a la abundante magia de la muerte para levantar a los muertos para luchar una vez más. Haciendo acopio de todo su esfuerzo, gritó el encantamiento de furia infernal antes de caer de rodillas. Miró hacia arriba, con el cumplimiento extendiéndose sobre su rostro mientras observaba todo un ejército de guerreros esqueléticos levantarse una vez más.

Después de su breve recuperación, el viaje de regreso de Neferata fue rápido. Estaba satisfecha de sí misma. Había enseñado al enemigo a avanzar con más cautela y había dejado atrás más tropas que cuando se unió a la refriega. La primera de los vampiros también había dado en secreto una orden a su montura; no volvería a Neferata, pero en su lugar cargaría a toda velocidad hacia las líneas de batalla del enemigo. Sería mejor para Lycindia morir en los combates, ya que si la capturaban, sería, sin duda, un prolongado final poco natural para alguien como ella. Con la satisfacción presumida escrita en su rostro, Neferata no se dio cuenta hasta que fue demasiado tarde de las docenas de cuerpos acribillados con flechas que rodeaban las escaleras que conducían hacia abajo al pasadizo del Templo de la Sangre.

Desde detrás de medio pilar se encaminó una alta y elegante figura - Khalida Neferher, Reina Guerrera de Lybaras.

Nota: Leer antes de continuar - Duelo de Reinas

ORIGINAL:

The armies of Lybaras and Mahrak passed the boundary obelisks and entered into lands once ruled by Lahmia. The stone markers were now adorned with skull faces and leering images of death. Here, the darkness seemed to hang more thickly. For thousands of years few had passed near the tainted ruins of Lahmia, and fewer still returned from their journey. It was an evil place, where the spirits of the damned still prowled.

Khalida surveyed the broken line of rubble. Once, it had been the high white wall that encircled Lahmia, but had now been torn down to its foundations. No longer elegant and proud, it was naught but a ragged, tire- blackened ring. Beyond that outer curtain was an entire wasteland of ruined city. Sandstorms and long years of neglect ought to have buried the low-lying debris, covered it over in the sediment of eons. Such were the wards upon Lahmia, however, that it was little changed from thousands of years previously when the last of Alcadizaar’s armies had marched out following its destruction. To raze the den of vampires, Alcadizaar had gathered a coalition of forces from all the Great Cities, including many from Lybaras and Mahrak. Now, some of those self-same warriors stood once more in the Cursed City. As thorough as their slaughter had been, it had not been enough. This time, Khalida thought, offering silent prayer to the Asp Goddess, Neferata must not escape their wrath.

After a hasty council of war between Queen Khalida, King Hassep and King Tharruk, it was decided to form a line of battle and sweep forward. Whether an army or just a lone vampire resided within the ruins, their scouring advance would miss nothing. Queen Khalida left her palanquin behind, taking her place in the army’s centre, amidst her archer legions. King Hassep held her right flank, commanding a wider view from atop his warsphinx, with the warriors of many legions formed around him. To Khalida’s left was King Tharruk, regal upon his bejewelled chariot. Flanking him to both sides were his loyal tomb guard, mummified warriors whose bright helms stood out in the gloom. Thus did they advance into the ruins.

In its former days of glory, Lahmia was a sprawling city. Past the intricately wrought gates in the high white walls were wide avenues branching out into vast plazas. Canals and waterways had crisscrossed the roads, servicing the many interspaced gardens within the walls. Enormous colonnaded buildings loomed atop the gently rising hills, and highest of all were the royal palaces, magnificent buildings that overlooked the harbour. Now, all was ruin.

Every building in Lahmia Had been levelled, from the vast palaces of the nobles, to the tightly packed mudbrick structures of the poorer quarters. They were now only piled rubble, although a few scattered columns or archways still stood. Through these desolate mounds the streets ran, although the baked clay tiles that once covered the roadways had partially disintegrated, exposing paved stone below. The armies from Lybaras and Mahrak advanced along these wide channels, avoiding the rubble — their feet stirring up dust as they advanced.

They did not have to travel far into the forlorn ruins to find their foe.

From out of the distant blackness came an eerie glow and a terrible wailing. Larger and brighter the lights grew, until their shapes and forms were visible. These were the shades of Lahmia s evil past bound by some will greater than their own. By the time they had glided close enough so that their tattered gowns and flowing tresses could be discerned, it was obvious their beauty had long faded. When they were close enough that their hate-filled faces could be picked out, their piercing screams had the power to disrupt the magic that animated the skeletons, splitting apart their very skulls. The banshees did not advance into combat, however, but drifted tantalisingly near to their foes, screeching their mournful cries. Behind this ethereal onslaught tramped hordes of skeletal warriors — their banners black, their armaments unrecognisible. Yet here and there, upon shield or banner, was etched the symbol of ancient Lahmia. and the regalia of her last queen, Neferata.

Upon sighting those hated symbols a shockwave ran through the legions of Nehekhara. Although they expected to find one that had defiled Lahmia, and had marched our from their cities for the very purpose of confronting her - seeing the banner of Neferata raised once more in the city she had corrupted had an alarming effect. Khalida's hatred flared uncontrollably. How could she dare? With rage in his voice, King Hassep called out for the Vampire Queen, bidding her come forth and receive her due.

The call echoed throughout the ranks of Lybaras and Mahrak until it became a ghostly chant, though it was not carried upon any natural breeze. Thousands of animated spirits from the Underworld lifted up the call, again and again calling out the name of Neferata, the target of their vengeance long-denied.

Regiments from both sides moved down the wide avenues, while the spectral creatures eflortlessly floated over the mounds of rubble. Of Neferata there was no sign, nor were any other vampires yet visible. Thus the battle in the ruins began in earnest, with the fight broken down into many separate encounters by the uneven grid of the ruined city.

First to strike were Queen Khalida’s archer legions, for they had the means to slay at a distance. Methodically the skeletons grasped and nocked their arrows, pulled hard on their bows, adjusted their aim and let fly. They fired steady volleys, one after another which rained down upon their foe, felling entire rows at a time. Regardless of losses, the hordes came on, often treading upon the fallen. Despite losing rank after rank, the foe gradually closed the distance. Lifting high her staff, Khalida led her legions into battle.

In his wrath, High King Tharruk raced his chariot to meet the foe, leaving his armoured infantry' guard behind in the dust. The impact of the tomb king's chariot was like an avalanche crashing through the enemy' warriors, the churning wheels crushing the bones of the fallen. Whirling the heavy weights of his flail, Tharruk was a force of destruction, clearing a swathe around him. But what were a dozen dead to a hundred- strong regiment that knew neither fear nor panic? Slowly and surely, the skeleton horde closed about the entrapped Tomb King. Tharruk laid about him, striking left and right to smash through helm and skull alike, but even fuelled by his inexhaustible rage, he could not keep pace against so many. Although King Tharruk s gold scale armour turned most of the spears thrust toward him, it did not stop them all. Both armour and king were rent in many places.

Only the arrival of his tomb guard saved King Tharruk from being overwhelmed. The mummified warriors crashed into their foe and the destruction redoubled. The tomb guard of Mahrak were unnaturally strong and wielded heavy-bladed halberds with a deadly skill. Chopping and hacking, they soon struck dawn the opposing regiment’s standard, taking pains to trample the reviled images underfoot. Onwards they pressed, King Tharruk s hatred driving them forward as they fought their way up the wide avenue.

On Khalida s right Hank, Hassep was in the thick of the fighting. The ancient kings war sphinx made the all difference to the deadlocked combat. Seemingly immune to harm, the leonine statue waded forward to crush the opposition, and masses of the foe fell before the beast of black marble. Despite his successes, Hassep kept a wary eye on the tides of battle, his great height allowing him to peer over the ruins. He was ready for the enemy to extend their line to attack his unguarded Hank, but the chariot legions led by his son, Prince Settuneb, stood ready to intercept them at the first opportunity.

The Battle for Ruined Lahmia was not a single, definitive clash of might, but a running battle consisting of hundreds of small conflicts. Whilst it took nearly two days for the massed legionnaires to surmount one mound of rubble, elsewhere, a weeklong stalemate raged back and forth over an empty canal. Time was difficult to measure with the sun obscured by the roiling black clouds above. However, the passage of time was meaningless, for the undead did not need to eat, rest nor recover from wounds, and so they fought on. Victory or defeat was all that mattered.

The dusty roads were the main avenues of assault, but it was vital to guard Hanks against counter-attacks. Time and again the legions of Lybaras and Mahrak pushed forward, only to see their gains turn to losses as ghouls crept out of the rubble to overwhelm lead regiments. At the wide opening that was once the great market - the fabled Plaza of One Thousand Delights - Queen Khalida’s archer legions decimated the foe before finishing them off in the press of close combat. After days of struggle to gain a single street, the capture of a half-mile square was a major advantage. Khalida s legions pushed further and further into the Cursed City'.

Khalida's right flank was bogged down. They had to fight through the poorer districts of the city, where the road often turned into a narrow, labyrinthine series of trenches through rubble piled chest high. Down those narrow channels a single chariot from Prince Nefhotep's legions would rumble - clearing the way by crunching over a hall-dozen foes or more. At last, its momentum spent, the chariot would grind to a halt where it was eventually overwhelmed by zombie hordes. Another chariot was sent in to follow up on that small gain, and another and another. Thus did King Hassep proceed, each new advancement exacting a high toll. Following behind the fighting legionnaires, the fiche priests tended to a field of inanimate bones, restoring the fallen by infusing their remains with magic. But their time-honoured practices could not keep pace with the mounting losses.

Something else besides the feuding armies stalked the ruins of ancient Lahmia. Fell spirits haunted the rubble. Sustained by everlasting hatred, they fought neither for Khadida and her allies nor f or Neferata and her hordes. Instead, they sought only to feed, seeking out souls - whether banshee or legionnaire they cared not - and consumed them. As they fed, the creatures grew stronger, yet their hunger was never sated.

On the ninth day of fighting, High King Tharruk still swung his flail with righteous anger, pushing hard to extend his advance upon Queen Khalida’s left flank. He had been in the thick of the combat since it had begun, and by will and martial fury, he had led his legions to penetrate deepest into the ruins of Lahmia. After his chariot was destroyed, King Tharruk fought on foot, but he still stood strong. This was largely due to the incantations of the army’s lone liche priest, Khuftah. Wounded many times over, the tomb king had commanded the attention of Khuftah, who used ancient rites to regrow bone and knit back Tharruk’s magically held sinews. The kings supporting troops, however, grew more and more depleted as the battle raged on.

And then the vampires joined the fray.

Amidst the rattle of bones and the ringing of blade on shield, the shrill laughter sounded mocking and out of place. King Tharruk looked up, angry and indignant, to see a bone- frame coven throne pulled crashing into his tomb guard. This was not Neferata, the one he longed to kill, but her foul get nonetheless. From their cushion-bedecked platform, the lithe beauties glowed unnaturally, shining in the gloom. To Tharruk, the graceful beckoning of the trio was an outrageous provocation.

King Tharruk redoubled his onslaught, hoping to bull his way through to the vampires. The king doubted he would make it in time, sure that his own Mahrak Guard would claim the honour of slaying those vile creatures before he could arrive. Yet, to his amazement, the mummified warriors were struck dumb. Some continued to fight, but their martial prowess was so sapped that their clumsy halberd swings struck nothing but air; others dropped their weapons altogether. A few tomb guard even turned upon their comrades and struck them down, bedevilled as they were by the coven s charms. The pallid handmaidens laughed anew — a derisive titter crueller than sword strokes to the ancient king.

Tharruk had almost bludgeoned his way to the coven throne when one of the vampiresses saw the king forcing his way closer. She fixed him with her crimson glowing eyes and a shockwave trembled over the tomb king. For a moment he was overcome - mesmerised by passions of the flesh long forgotten. Tharruk, however, was a mighty King of Nehekhara, and not so easily dominated. Shaking off those distant memories, his will once more his own, he swung his heavy flail, pulping the she-devil. The taunting laughter of the remaining two vampires turned to shrieks of bestial fury as all guise of their seductive beauty vanished.

In their rage, the vampires hurled themselves at their quarry, attempting to duck under King Tharruk’s death-dealing Hail in order to rake the tomb king with their claws. They did not light alone. Tharruk's tomb guard fought valiantly at their king's side, though they were badly outnumbered and it was not long before the last of them was stricken down. Alone, but defiant, the king kept fighting long after he was surrounded. Skeleton warriors thrust spears into his body, and a scything stroke from a vampiress split asunder the cobra crown of Mahrak. Yet still the king fought on.

While attempting to come to his king’s aid, the liche priest Khuftah met his own end, dragged down and slain by a mindless horde. Defiant to the end, King Tharruk kept fighting, his last blow his finest — for all three of his Hail’s weighted orbs ploughed into the face of the second vampiress, spattering her brains across a wide arc. This mighty swing left the tomb king defenceless, and the last vampire did not miss the opportunity, splitting open his ribcage and severing his spine. Even upon his own destruction, the great king was not yet done. His ultimate vengeance unfulfilled, Tharruk’s dying curse utterly destroyed the handmaiden who had struck the last blow, her body burning black before turning to dust.

In the centre, Queen Khalida vented her frustrations through her snake-headed staff. Luminescent green venom shot forth, engulfing the oncoming ghouls before they could reach the archer legions. She had led her forces through the fighting and now stood on a wide avenue that led through the rubble and began to climb the slight rise. In the distance she could now see the beginnings of the palace district, where the ancient temples and royal villas had once stood. She was beginning to despair of her hopes of vengeance, when she caught sight of quicksilver movements and the Hash of russet tresses at the fore of the enemy troops forming up in the distance. It was, unmistakably, a vampiress. Not Neferata, but surely one who had received her blood kiss.

The lambent green light of her staff reflected in her death mask, the Queen of Lybaras began driving her legions forward, eager to position them in range to unleash their deadly volleys. Long had she slumbered on her reliquary throne within the Temple of the Blessed Asp; long had she dreamt ol her revenge. Khalida would work her way up through every cursed handmaiden until, at last, she reached their brood matriarch: the Queen of Vampires.

Firing as they advanced, Khalida’s legions of the Asp rained doom upon the skeletal horde as the two regiments closed. Just before the battle lines met, Khalida called out a challenge, daring the vampiress to pit her blade against the Venom Staff. With a mocking smile that bared her fangs, the handmaiden of Neferata slunk away — dodging through the ranks of her skeleton warriors as she sent them forward. 

Unfortunately for the vampire, Khalida was prepared for just such a manoeuvre, and sent her necropolis knights to bar the fleeing vampires path. Unable to hack her way quickly enough through the elite necroscrpent riders, it was only a matter of time before the vampiress was forced to lace Khalida. For a moment, the two circled each other slowly - both combatants getting the measure their opponent.

Both fighters moved on the balls of their feet, ready to shift in any direction, as able to defend as to lash out on the attack. Once, twice, three times the vampiress darted forward with a stabbing thrust, trusting to her preternatural speed. Yet each time Khalida moved with a graceful ease, writhing just enough so the blade missed by inches.

The vampire was last; fast enough to have slain Khalida when she was still a creature of flesh and blood. But the Queen of Lybaras was no longer mortal, and more than a match for her foe.

Quicker than a striking serpent, Khalida lashed out. In a blur, her snake staff coiled around the vampiress' arm, forcing her blade to drop clattering into the dust. Then Khalida delivered a swift blow, her bone-claw gauntlet punching clean through the creature's midriff, lifting the vampiress off the ground so that she hung transfixed.

Before she died, the handmaiden told Khalida all that she wished to know.

After much fighting, King Hassep and Prince Settuneb had pushed their way out of the narrow pathways of the slum quarters. Once more, they could deploy their legions into the wide phalanxes that had brought so many victories before. The wide avenues allowed greater manoeuvrability for their chariots and cavalry, and several times they were able to catch their foes in the flank by sending their swifter elements down undefended side roads.

A wary and judicious warlord, King Hassep was relentless, but not reckless. He settled for grinding victories, rather than taking unwarranted risks. His methodical approach won each section of ruin, one at a time. After the gradual eradication of enemy forces in what had been the Plaza of the Dawn - King Hassep divided his forces equally and sent them up the three lanes through the rubble.

Neferata witnessed the steady dissolution of her forces as she scryed in the bloodpool. The plan was for her army to draw out the forces of Lybaras and Mahrak and to hold them in Lahmia as long as possible. She was hoping to eke out several more days before she fled. However, unless something was done to stymie the advance of King Hassep, then her armies would not last half a day longer. She had hoped to avoid engaging the foe herself, hut now it seemed the only way to buy the necessary time.

Summoning her steed, Neferata moved to her last line of defence between the palace district and the advancing forces of King Hassep.

There, she joined the cluster of her handmaidens and took command. For many years she had longed to return to Lahmia, but that dream was gone. Now Neferata wanted to leave that haunted and dismal land. And soon, hack in the palace district, her senses had once again warned her of something terrible lurking in the ruins. She ordered her makeshift Lahmian army forward.

Mounted atop the enormous warsphinx, King Hassep was the first to spot the enemy’s incoming reinforcements. He did not notice the vampires’ presence until beams of dark energy emanated from the approaching battle lines, powerful blasts that ripped holes into his tightly packed forces. And then King Hassep saw her, the one his queen hated above all others.

Neferata landed in the midst of the adjacent avenue. For a brief moment, King Hassep hoped his infantry, the Spears of Lybaras, would close upon her, catching the vampiress before she could get her magical steed to lift off. Then he saw Neferata unleash her sorcery. A dark funnel of black cloud tore out of the skies and twisted down into the vampiress herself. Taking a deep breath, Neferata filled her dead lungs before exhaling a howling blast of deathwind. Enclosed by piled rubble, the stone-cobbled street was like a trench, channelling the mystic gale straight down the marching columns of troops, allowing none of its deadly impact to dissipate. Such was the dark power of that spell that the hundreds of skeleton warriors who were trapped screamed in anguish, as their souls were torn from their corporal forms a second time.

King Hassep had no defence against the tearing winds of sorcerous blasts that were depleting his assault. Yet retreat was not an option, and so there was no hesitation from the elder war general: he pushed forward as quickly as possible. His son, the tomb prince Settuneb, drove his chariot up the now empty passage through the rubble, while Neferata cooly awaited his coming.

The crash of shields slamming and bones breaking announced the meeting of the two forces along the other two roadways. There too, King Hassep marked the presence of the handmaidens; their supernaturally quick movements were easy to pick out. Though in life the martial skill of the champions of Lybaras would surely have prevailed, there were none who could match the unholy ferocity of the vampires in undeath, and so Neferata's bloody sisterhood churned through the legionnaires, turning the tide of battle.

Turning his warsphinx to where the line was weakest, King Hassep moved to counter the vampires’ onslaught. Thus, the ancient king did not witness the sorcerous atrocity that Neferata directed at his son, turning the prince and his chariot to dust with hut a gesture, laughing as she spurred her beast to bound through that dust, sending it swirling up and over the ruins. For many thousands of years King Hassep and his son had never been parted, yet there could be no return from that dark magic. For a long moment, the ancient king could do naught but stare at the whorls as they drifted across the ruins of the Cursed City.

The vampire queen's rampage was not ended, for she flew straight into the chariot legions, splintering them to fragments. She laughed as she slew — a hateful queen of ruin who laid low all those who had come to slay her.

At that moment, a nightmare galloped from the north. Upon its back rode Naaima, one of Neferata s handmaidens. She brought word of the enemy in the centre nearing the palace district. One by one, Neferata called out her handmaidens, ordering them to draw back. Last of all, she called to her handmaiden Lycindia, However, before Lycindia left, Neferata bid her to relay the message to the Lahmian sisters further in the ruins. To speed her along, the Vampire Queen dismounted and gave the handmaiden her dread abyssal.

Before she herself turned, Neferata reached into the abundant death magic to raise the dead to fight once more. Summoning all her effort, she screamed the incantation in hellish fury before collapsing to her knees. She looked up, fulfilment spreading over her face as she watched an entire army's worth of skeletal fighters lurch upright once again.

After her brief recovery, Neferata’s journey back went quickly. She was pleased with herself. She had taught the foe to advance more cautiously and left behind more troops than when she joined the fray. The First of the Vampires had also secretly given a command to her mount; it would not return to Neferata, but instead hurtle into the foe s battle lines. It would be better for Lycindia if she died in the fighting, for if they captured her, it would doubtlessly be an unnaturally prolonged ending for one such as she. With smug satisfaction written upon her face, Neferata did not notice until too late the dozen bodies riddled with arrows surrounding the stairs that led down to the passage beneath the Temple of Blood.

From behind that half-standing pillar strode a tall, elegant figure - Khalida Neferher, Warrior-Queen of Lybaras.

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Miembro a cargo: snorri Fecha de inicio: 11-02-16 Estado: Esperando revisión
La Última Batalla de Lahmia
Prefacio | La Venganza se Acerca | Contendientes | Batalla | El Palacio de la Sangre | Duelo de Reinas

FuenteEditar

  • The End Times I - Nagash.

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