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Abhorash

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"Que vuestra espada sea vuestra única verdad, que la muerte sea vuestra única respuesta, y que vuestra búsqueda no tenga otro fin que convertiros en más de lo que ya sois."
Abhorash a sus discípulos

Los vampiros tienen una leyenda que habla del señor de la No Muerte más peligroso de todos. En la antigua ciudad de Lahmia había un guerrero, el más grande de todos los capitanes de la guardia del rey, llamado Abhorash. Era apuesto, fuerte y virtuoso, un luchador sin parangón, y el más fuerte de todos sus guerreros. De hecho, en los pergaminos más antiguos se afirma que no tenía rival con la espada.

Historia Editar

Abhorash era el más fiel sirviente de la reina Neferata. Cuando descubrió que se había transformado en vampiro sintió un gran horror, pero era su vasallo y debía acatar su voluntad, y además la amaba. Respetando sus deseos, le procuró víctimas para saciar su sed; en un intento por protegerla, sólo le suministraba criminales y enemigos de la nación, para que el pueblo no se sublevara contra sus gobernantes. Por estos motivos, la Reina de Lahmia sintió un gran afecto por este guerrero.

Abhorash, de todos los vampiros primogénitos, era el único que no quería beber del Elixir de la Vida, pero como desde el día en que vio por primera vez a Neferata se había enamorado de ella, haría cualquier cosa que ella le hubiera mandado. Abhorash fue convocado a presencia de la Señora del Templo de la Sangre y se le dio a beber una copa en honor a su Reina. Cuando alzó la copa para llevársela a los labios, selló su destino: la maldición se apoderó de él como una cadena de hierro.

El Elixir de la Vida, tomado de las manos de la propia Reina, inundó su mente de visiones de muerte y sangre. Al poco tiempo, los rayos del sol empezaron a quemar su piel y nunca más sintió la necesidad de comer o beber. En su lugar, le invadió una insaciable sed de sangre de hombres vivos. La necesidad de luchar de otros tiempos había sido reemplazada ahora por otra que le impelía a lanzarse sobre presas humanas. Además, los poderes nigrománticos que le otorgó el brebaje de la Reina eran demasiado potentes.

Pero Abhorash no era sólo fiel a su reina, sino también a una idea: el honor del trono de Lahmia, la nobleza de quienes lo ocupaban y el sagrado deber para con sus leales ciudadanos. Como era el epítome del orgullo marcial, inicialmente Abhorash rehusó alimentarse de los humanos tanto como pudo en nombre de la ciudad. Pero con el tiempo su sed de sangre se hizo muy fuerte, y tuvo que ceder a sus oscuros deseos. Cuando finalmente sucumbió, su sed era tan grande que acabó con la vida de doce hombres y mujeres en una noche de insaciable ira. Abhorash bebió hasta extraer toda la sangre de sus cuerpos en un intento de saciar su sed antinatural. Sólo finalizado el horrible acto se dio cuenta de la trascendencia del mismo. Al día siguiente, y cada uno de los días posteriores, encendió doce cirios en el templo para recordar las vidas que había segado.

Se dice que Abhorash lloró lágrimas de sangre por sus víctimas y, desde aquel día, sólo se alimentó de los criminales de su ciudad y de nómadas dispersos por el desierto en lugar de su propia gente, y aun así lo hizo comedidamente. También se obsesionó con el dominio de su habilidad con la espada, en la creencia de que la disciplina del guerrero le proporcionaba control sobre sus nuevos impulsos, y practicó del mismo modo que un guerrero somete su increíble fuerza al férreo dominio de su deseo. Sus habilidades aumentaron con una velocidad y fuerza vampíricas, y no había ningún guerrero que pudiese igualar la habilidad de Abhorash con cualquier tipo de arma.

Al darse cuenta de la inutilidad de negar su destino y no poder dejar de lado su amor por su reina, Abhorash no tuvo más opción que unirse a la corte del Neferata. Ascendió con rapidez entre las filas de la nobleza vampírica, hasta que acabó por convertirse en escolta de la reina y en el comandante supremo de los ejércitos de Lahmia. Se le concedió el título honorario de Señor de la Sangre y se distinguió por llevar la ley y el orden al reino. Abhorash redactó un gran estatuto de leyes para que los señores vampiros de Lahmia pudieran seguir su ejemplo y honrar sus nobles obligaciones, fueran cual fuesen sus necesidades. Debían ocultar su presencia y alimentarse únicamente de los esclavos, los prisioneros y de los criminales. Aunque Lahmia era, en muchos sentidos, una ciudad de pesadilla donde los rostros marfileños de los aristócratas sedientos de sangre acechaban de noche, existía al menos un poco de orden dentro del reino. Las leyes se mantenían y los bandidos se ponían a buen recaudo. Los oficiales temían más a sus señores inmortales que a la corrupción y al pillaje y, por ese motivo, se impuso la ley en esa tierra.

Sin embargo, aunque Abhorash acataba su propio código, muchos de los vampiros nobles de Lahmia se burlaron de su estatuto y lo ignoraron, al considerarse de que estaban por encima de la ley impuesta. En este sentido el pomposo Ushoran fue el peor de todos, ganándose el desprecio eterno de Abhorash. A pesar de sus advertencias, siguieron cazando en otros reinos en busca de sangre humana, continuando con sus excesos y sus decadentes prácticas. Abhorash sabía que esto acabaría costándoles caro, pero no pudo ser desleal a sus amos. Sus temores se hicieron realidad: la brutalidad y decadencia de Lahmia no pasaron desapercibidas para el resto del reino de Khemri, mientras Abhorash sólo podía observar impotente cómo los arrogantes vampiros predisponían a los gobernantes de NumasZandri, Rasetra y demás ciudades en contra de Lahmia.

Llegó el día en que los Reyes Sacerdote de Khemri, con Alcadizaar a la cabeza, forjaron la gran alianza y juraron destruir a los vampiros. Sus innumerables ejércitos atravesaron las Montañas del Fin del Mundo y la guerra llegó a las tierras de Lahmia. Durante meses, Abhorash y sus hombres organizaron la defensa de su tierra natal y se impusieron en muchas batallas, manteniendo a raya al enemigo aun a pesar de su inferioridad numérica. Miles de invasores fueron masacrados, pero no bastó. Centímetro a centímetro, los vastos ejércitos de Nehekhara obligaron a Abhorash a replegarse. Finalmente, las puertas de Lahmia fueron derribadas y el ejército de Alcadizaar se adentró en ella, saqueando, incendiando y matando por doquier. Las ancestrales tumbas, pirámides y torres de Lahmia fueron destruidas. Incluso la gran biblioteca fue quemada. Los soldados khemrianos se abrieron paso luchando calle por calle, edificio por edificio, hasta llegar al Templo de la Sangre.

Allí, Abhorash, al frente de la guardia personal de la Reina Neferata, realizó un último intento desesperado de defender el Templo de la Sangre. Al final, Abhorash fue el único que quedó en pie defendiendo el Gran Templo de Neferata, y nadie pudo vencerle. Los jeroglíficos desmoronados de las tumbas de Khemri aseguran que Abhorash mató a cientos de los guerreros de los Reyes Sacerdote hasta que los escalones del palacio quedaron totalmente bañados de sangre. A pesar de sus esfuerzos, a su alrededor los invasores ya habían ganado la batalla. Su ciudad era pasto de las llamas, su pueblo había sido masacrado, y él se vio obligado a retirarse.

Mientras el gran Templo de la Sangre se desplomaba, el grito desesperado de Abhorash resonó por toda la ciudad. Había fracasado como guerrero y nunca volvería a ver su amada ciudad, y todo ello había sucedido por defender a una reina que ya no era digna de tal título, pues en lugar de proteger a sus súbditos había huido presa del pánico. Al comprender esta verdad, Abhorash renunció a toda lealtad hacia su reina, su casa y su linaje. Abhorash cambió irreversiblemente cuando vio su hermosa ciudad asolada y su gente aniquilada. Su reino una vez orgulloso, que solía estar salpicado de oasis y de jardines, ahora no era más que tierra estéril arrasada. Nada vivo quedó en Lahmia. Al contemplar el interminable sufrimiento y la devastación que habían provocado los ejércitos de Alcadizaar, también renunció a toda su compasión por la humanidad y juró destruirlos como también ellos habían destruido su ciudad, convirtiéndose en su enemigo para el resto de la eternidad.

Pocos vampiros consiguieron escapar de la persecución a la que les sometieron los vengativos khemrianos. Mientras el resto de los vampiros que huían hacían acopio de todos los tesoros y riquezas que podían reunir entre las ruinas, Abhorash sólo cogió sus armas y su armadura, dio su espalda a las Tierras del Sur y se abrió camino a través de las calles en llamas, abandonando la ciudad a su suerte. A partir de entonces continuó encendiendo los doce cirios para no olvidar que la humanidad merecía ser exterminada, pues no eran más que animales, y que fue un necio al lamentarse por ellos en el pasado. Cuatro de sus sirvientes vampíricos de confianza le siguieron. Abhorash no se unió al resto de aristócratas inmortales en su exilio para ponerse bajo el amparo de Nagash. Al contrario, evitó su compañía maldiciéndolos por su arrogancia, que había sido la causante de la llegada de los ejércitos de Khemri a las puertas de Lahmia.

El Señor de la Sangre se encaminó hacia el norte con sus discípulos en busca de una señal que diera un nuevo sentido a su existencia. Mientras otros vampiros buscaban el dominio sobre los vivos o el estudio del saber nigromántico, Abhorash concentró sus poderes en alcanzar la cima del saber marcial. Enseñó a sus seguidores que el combate singular y el honor en la batalla eran las únicas medidas de la grandeza de un caballero en batalla, y que solo los impuros necesitan alimentarse de los débiles. Abhorash rehusó beber la sangre de aquellos a los que consideraba débiles, por lo que solo bebía la de los caudillos de tribus y otros grandes guerreros. Abhorash viajó a lugares lejanos para conseguir su objetivo. Buscó a los mejores guerreros y mató a innumerables Kaudillos Orcos y a líderes de tribus humanas, Paladines del Caos y otros grandes guerreros. Nadie podía superarlo en combate.

Al atravesar las Tierras Yermas y enfrentarse a los pieles verdes que las habitaban, dieron rienda suelta a los instintos depredadores que tanto tiempo habían luchado por controlar. La habilidad de Abhorash era tal que a día de hoy los Chamanes Orcos todavía narran la leyenda de la matanza llevada a cabo por aquel "grupo de rajagargantaz" que una vez acabaron a cinco tribus enteras. Las antiguas tribus humanas también tienen sus propias leyendas de aquellos tiempos, al igual que los Enanos, que hablan de cinco individuos que no dejaban más que muerte a su paso, pues a menudo, cada vez que enviaban suministros a un reducto aislado o a una mina, se encontraban con que todos los habitantes habían sido masacrados por los despiadados asesinos. Pero ni aquellos ni otros festines lograron aplacar la cólera de Abhorash ni darle un sentido a su no-vida. Le enfurecía verse esclavo de sus impulsos animales, ya que no le hacían mejor que los nobles a quienes despreciaba o las alimañas humanas que le rodeaban. Jamás llegaría a ser un auténtico guerrero mientras le dominase el hambre.

Las leyendas cuentan que, después de muchos años, la búsqueda de Abhorash lo llevó a un pico enorme de las Montañas del Fin del Mundo, cuyo alto pináculo estaba envuelto en humo y llamas. Abhorash se vio impelido a subir a la cima de esa solitaria montaña e, ignorando los consejos de sus seguidores, decidió escalarla, llegando a lo más alto en tan solo un día. Cuando Abhorash alcanzó la cumbre, apareció del interior de un cráter un dragón rojo como la sangre y de dimensiones gigantescas, y descendió hasta donde se encontraba el Señor de los Vampiros. Abhorash supo que había encontrado el rival que llevaba tanto tiempo buscando, y con el propósito de probar sus habilidades marciales, blandió su espada.

El vampiro y el dragón se enfrascaron en un combate brutal. El aliento del dragón envolvió de llamas a Abhorash, pero su piel inmortal ni siquiera se chamuscó. Sus garras y colmillos desgarraron su escudo y armadura, mientras la espada de Abhorash abría brechas enormes en la piel gruesa del dragón. Lucharon durante toda la noche y las montañas resonaron con la fiereza del combate. Justo antes del amanecer la espada de Abhorash encontró el corazón del dragón y le asestó un golpe fatal.

Mientras el dragón profería sus últimos estertores, Abhorash le segó la garganta con sus colmillos y bebió de su sangre, inundando su cuerpo con la fuerza vital del dragón. Intoxicado por la sangre draconiana, Abhorash lanzó el cuerpo exangüe de la criatura desde la cima de la montaña y emitió un exultante grito de victoria que provocó avalanchas en muchos kilómetros a la redonda: su búsqueda había finalizado. Vigorizado por la sangre del dragón e imbuido de su fuerza ancestral, Abhorash ya nunca más ansiaría la sangre humana: había encontrado una salida a la maldición del vampirismo a la que le había condenado Neferata. La sangre del dragón rojo había aplacado para siempre sus ansias bestiales, y con ello también desapareció su temor al sol. Se había convertido en el guerrero definitivo, dotado de toda la fuerza y poder de un vampiro sin ninguna de sus debilidades. Había alcanzado la perfección, y al hacerlo encontró algo nuevo en lo que creer: en sí mismo.

Entonces, Abhorash exhortó a sus discípulos a seguir su ejemplo, que marcharan en todas direcciones y perfeccionaran sus conocimientos marciales de forma que, cuando sus habilidades igualaran las suyas, pudieran también escapar de la maldición del vampirismo y liberarse del depredador que llevaban en su interior. Con estas palabras se dirigió el Conde Vampiro a sus seguidores: "Os vigilaré y, cuando crea que estáis preparados, os llamaré". Después instó a sus guerreros a mejorar sus técnicas en el arte de la guerra y a buscar a otros para que se unieran a sus inmortales guerreros.

Inspirados por sus hechos, los seguidores vampíricos de Abhorash adoptaron el nombre de Dragones Sangrientos en memoria del gran dragón vencido por su poderoso progenitor. Después se dispersaron a lo largo y ancho del mundo, tratando de perfeccionar sus habilidades marciales y emular los logros de su maestro No Muerto con el fin de ser lo suficientemente dignos para reunirse con él. Muchos de ellos murieron en batalla contra guerreros heroicos y otras bestias terribles, pero otros sobrevivieron y sus nombres han pasado a formar parte de la historia infame de los vampiros: Walach Harkon, el Duque Rojo, Varison la Hoja de Acero, el Caballero Negro de Maleaux y otros. En la actualidad, todavía hay vampiros ambiciosos que siguen buscando la montaña en la que luchó Abhorash, esperando que los considere merecedores de su credo de guerra.

FuentesEditar

  • Libro de Ejército: Condes Vampiro (6ª Edición).
  • Libro de Ejército: Condes Vampiro (7ª Edición).
  • Warhammer Fantasy JdR: Amos de la Noche (2ª Ed. Rol)
  • Liber Necris (Libro de Trasfondo).

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