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Alianza con Athel Loren

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Defenders of the forest by undermound-d515ipg.jpg
Azuzando a su caballo, el Caballero Errante se internó aún más en el bosque. Su caballo avanzaba cuidadosamente sobre las raíces expuestas y los montículos cubiertos de musgo. Su misión era de vital importancia y debía conseguir cumplirla costase lo que costase: nadie lo había conseguido hasta entonces y su honor estaba en juego.

Cinco días antes, al amanecer, Gastón de Calliard había llegado a la linde del bosque. El Caballero había recorrido ya un camino arduo y largo, dejando atrás las milenarias piedras que marcaban la frontera y cruzando los páramos que delimitaban el reino de Athel Loren. Pero la parte más peligrosa de su viaje todavía estaba por llegar.

Durante el trayecto que había recorrido en aquellos cinco días, el paisaje que le envolvía había variado a cada instante: un día su caballo avanzaba sobre desfiladeros pedregosos, desde los que podía vislumbrar inmensas copas de árboles que se extendían a sus pies como un inmenso y ondulado mar verde, y, al día siguiente, cabalgaba por la orilla de un lago cubierto de niebla, de cuyo interior procedían escalofriantes sonidos.

El bosque encantado, además de ser un mundo sombrío de siniestros misterios, también era un lugar de excepcional belleza. Caudalosos torrentes corrían entre orillas cubiertas de musgo y exuberantes prados cubiertos de flores impregnaban las retinas con su estallido multicolor. A pesar de ello, el Caballero no dejó que todas aquellas maravillas le sobrecogieran. En vez de eso, se mantuvo alerta, en busca de cualquier indicio de emboscada de los guardianes del bosque. Hasta ese momento ningún Elfo Silvano había tratado de impedir su avance, pero cuanto más se internaba en el reino de los Elfos, más probable era que ello sucediera.

Vigilantes bretonianos muertos.jpg
De repente, Gastón se encontró en un área del bosque completamente diferente de cuantas había visto hasta entonces, en la que abundaban los tejos y los pinos. Sintió como si el bosque hubiera mutado a su alrededor y la palabra tiempo no tuviera ya ningún significado. Quizás aquel molesto efecto se había iniciado en el momento en que dejó atrás los páramos salvajes y se adentro en el frondoso bosque. A lo mejor había cabalgado durante diez días en lugar de cinco o, tal vez, había entrado en el bosque tan sólo unas horas antes. Fuera cual fuese la verdad, el Caballero Errante no estaba dispuesto a permitir que aquellos extraños fenómenos le impidieran llevar a cabo su misión: entregar la misiva que el propio Louen, Rey de toda Bretonia, le había confiado.

Cuando cayó la noche en el reino crepuscular, Gastón descendió de su cabalgadura con intención de instalar un campamento en el que descansar hasta la mañana siguiente. Miró a su alrededor, tratando de encontrar un emplazamiento adecuado para el mismo y, en ese preciso instante, atisbo unas luces intermitentes que destellaban en lontananza. Convencido de que por fin estaba cerca de su objetivo, subió de nuevo a su montura y la espoleo con firmeza, apartando de su mente toda sensación de cansancio que le pudiera alejar de su cometido. Sin embargo, cuanto más se acercaba al lugar en el que había apreciado el fugaz destello, mayor le parecía la distancia que debía recorrer hasta el mismo. Obcecado, siguió adentrándose en el bosque hacia regiones más densamente pobladas de vegetación. El terreno por el que cabalgaba ahora su corcel se hacía cada vez más blando bajo sus pezuñas y el animal se hundía, a cada paso, un poco más.

Gastón había oído rumores acerca de fuegos fatuos que atraían a los viajeros, para alejarles de los senderos seguros y conducirles a la muerte en marismas sin fondo o en la guarida de alguna poderosa bestia del bosque. Por ello, agarró con fuerza las bridas de su caballo y le obligó a dar media vuelta, en dirección a un terreno más firme.

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Los árboles dieron paso a un claro cubierto de hierba, que sobrevolaban criaturas de gran tamaño: el silencioso y lento batir de sus alas producía ráfagas de viento que abofeteaban la faz del Caballero. Gastón elevó su mirada al ciclo y vislumbró por un momento una espectral silueta recortada contra la brillante cara blanca de la luna. Al instante, la silueta desapareció.

Una risa aguda y musical estalló entre los árboles. El Caballero escrutó el bosque, sin resultado alguno. De pronto, una carcajada llenó de nuevo el aire y Gastón pudo ver una esbelta criatura, saltando entre la alta hierba y que, por toda vestimenta, llevaba una tenue luz. La criatura en cuestión era la doncella más bella que el Caballero jamás había visto su pelo largo hasta la cintura, brillaba como la plata bajo la luz de la luna Y, cuando se giró hacia él con una seductora sonrisa en los labios, sus centelleantes ojos violetas le hicieron palidecer de amor.

Mientras la observaba, surgieron del bosque otras Elfas que también se adentraron en el claro. Gastón estaba embrujado por su celestial belleza: sus delicados rasgos, su piel de marfil y sus esbeltos y seductores cuerpos, le hacían olvidar por momentos quien era y la razón por la que había recorrido tan largo camino.

En un repentino ataque de lucidez, se obligó a sí mismo a recordar la tarea que le había sido encomendada: llegar a la corte de los Elfos Silvanos y entregar el mensaje de su Rey y Señor. Resistiendo los encantos de las doncellas del bosque, el mensajero de Louen se autoconvenció de la importancia de llevar a buen término su labor y no dejarse arrastrar por sus irresistibles tentaciones, incluso cuando las preciosas Elfas lo acariciaron suavemente y depositaron la fragancia de sus besos en sus mejillas. Guió a su caballo a través del claro, de regreso al bosque, y las doncellas ser desvanecieron como los sueños con la llegada del amanecer. Ya en el bosque, empezó a oír a lo lejos un ruido similar al crujido de ramas gruesas de árboles.

Forestal Silvano.jpg
De manera instintiva, llevo su mano a la Espada, acariciándola, tocando la empuñadura con sus dedos, pero se contuvo y no llegó a desenvainarla. Actuar de forma hostil sería contrario al mensaje de paz para todos los habitantes del bosque del que era portador. Sujeto con firmeza las riendas e intentó mantener la cabeza erguida, en dirección al frente, mientras ignoraba los sonidos procedentes de su alrededor.

De repente. Gastón fue atacado desde todas partes por aullantes Espíritus Silvanos. Extremidades en forma de látigo hacían restallar el aire delante y detrás de él. Retorcidas marañas de espinas pasaban velozmente junto a los costados de su caballo. Nudosos dedos de madera, todos ellos tan largos como el brazo de un Hombre, intentaban aferrarle. Brillantes ojos le vigilaban atentamente desde los nudos de la corteza de robles gigantescos.

Gastón clavó las espuelas en los costados de su montura. Con un relincho, el caballo empezó a galopar, saltando por encima de los troncos caídos y haciendo pedazos los helechos que cubrían el suelo. Con el corazón latiendo de forma irregular, el Caballero intentó mantener la calma, decidido a no dejarse llevar por el pánico ante los ataques de los guardianes sobrenaturales de aquel bosque encantado.

Pero la montura de Gastón no compartía el aplomo de su amo. Una gran pierna de madera se había cruzado de repente en su camino, mientras un pesado roble avanzaba en su dirección. El pobre caballo se asusto y huyó al galope, mientras el Caballero, medio colgando de su silla de montar, se agarraba desesperadamente a su crin para no caer.

Una pantalla de frondosas ramas se abrió para dar paso a la Reina Maga de Loren, que penetró silenciosamente en el Claro del Consejo. Sus grandes alas de mariposa nocturna estaban tenidas de todos los colores del arco iris. Los rayos del sol jugueteaban sobre las escamas que recubrían parte de su cuerpo. Incluso con su terrorífica indumentaria de batalla. Ariel poseía una belleza sobrenatural.

Ariel por Mark Gibbons.jpg
La seguía un personaje de aspecto desaliñado, que entró tambaleándose en el Claro, como encantado ante su monumental cuerpo. El hombre era obviamente un Caballero, pero su anteriormente inmaculada armadura, al igual que su ostentosa capa, estaban ahora manchadas de fango pantanoso. Había perdido su casco y su caballo, y su pelo estaba sucio y enmarañado.

Ariel se posó suavemente sobre el suelo del Claro. Al hacerlo, su tamaño disminuyó visiblemente, hasta adoptar el de cualquier otra Elfa. Sus alas se plegaron, hasta confundirse con sus ricos ropajes. Una vez hubo abandonado por completo su forma de sílfide, encarnación de Isha. Ariel volvió a ser sólo la Reina del Bosque, la más bella entre las Elfas. Gastón contuvo la respiración mientras contemplaba la increíble escena, boquiabierto ante tantas maravillas.

El Claro del Consejo estaba delimitado por un círculo de impresionantes robles ancianos que, aparentemente, no tenían parangón con ninguno de cuantos árboles de este tipo hubiera visto el Bretoniano con anterioridad. Era como si los troncos y las ramas de los mismos se hubieran entrelazado mientras crecían, formando un inmenso laberinto de galerías y senderos en el que habitaban los Elfos Silvanos. Cada árbol estaba adornado con enredaderas, toda clase de vegetación y rosas blancas. Una figura de largo cabello negro, ataviada con una túnica blanca, que Gastón identificó como un mago, desmontó de su caballo delante de un roble joven y empezó a entonar una misteriosa y melodiosa canción, sin que al parecer precisara detenerse entre estrofa y estrofa para tomar aliento. Mientras el aguerrido Caballero le observaba, las flexibles ramas del roble se retorcieron y de cada una de ellas salió, con cada nueva nota de la melodía, un brote de color verde que creció con toda rapidez.

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Otros magos y nobles Elfos atestaban el Claro, ricamente ataviados con increíbles ropajes de fibras e hilos vegetales. Los líderes, además de ir adornados con pulseras hechas con nueces pulidas y collares de caoba, llevaban insignias o reliquias familiares que indicaban su rango y la estirpe a la que pertenecían.

En una esquina del gran Claro, un grupo de jóvenes Elfos llevaban a cabo elaboradas danzas de una dificultad física extrema, en las que relataban antiguas fábulas mediante sus dramáticos movimientos. No muy lejos de ellos, un Elfo de aspecto salvaje prodigaba todo tipo de cuidados y atenciones a un adormecido tigre de dientes de sable. El Caballero pudo comprobar que los Elfos de Athel Loren vivían en completa armonía con los árboles, las plantas y los animales del bosque que poblaban su entorno. Su mirada se posó entonces en un trono de Madera, grabado con imágenes de Elfos Silvanos bailando, que estaba situado en el límite del Claro.

Enseguida reconoció la figura que estaba sentada en él: era Orión, Rey del Bosque. Sus facciones denotaban la sabiduría adquirida a lo largo de incontables generaciones. Ariel ocupó el trono finamente ornamentado situado junto al de su esposo. La visión de esos dos seres tan bellos hizo que el Caballero se sintiera aún más débil, insignificante e infinitamente desaseado. La Reina miró con sus penetrantes ojos a Gastón.

-¡Mi señor! -dijo con dulzura, dirigiéndose a Orión- El Humano ha superado con éxito las pruebas a que le hemos sometido y ha demostrado tener corazón noble c intenciones puras. Incluso al ser acosado por nuestras hermanas las plantas se resistió al instinto de desenfundar su arma. Ahora pide permiso para hablar con el Rey de Loren en nombre de su Señor, un Rey entre los Hombres.

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Tratando de dejar a un lado su agotamiento. Gastón se preparó para hablar al soberano de los Elfos Silvanos, no sin antes prodigarle una magnífica reverencia.

-¡Su Majestad!, permitidme ofreceros mis más sinceras disculpas por haber acudido ante vuestra presencia en tan lamentable estado – empezó diciendo Gastón, mientras intentaba retirar disimuladamente las manchas de barro de su armadura.

Una sonrisa irónica cruzó el rostro de Orión.

-¡Levantaos, Caballero, y sed bienvenido! -dijo el Rey, con una profunda voz que contrastaba con las del resto de los Elfos Silvanos-. ¡Quizá sea yo quien deba disculparme ante vos!

-Estoy seguro de que no, mi Señor -replicó Gastón.

Orión echó la cabeza hacia atrás y rió, mientras su larga melena se agitaba al viento.

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-Habéis sido observado desde que entrasteis en nuestro reino. Mientras viajabais por los páramos, jinetes montados en grandes aves de presa os vigilaban volando en círculos a gran altura. En el interior del bosque, exploradores ocultos entre los arbustos os observaban y, hasta poco antes de llegar a este Claro, os vigilaban desde las copas de los árboles.

La voz de Orión, profunda y bien articulada, tenía cierta peculiaridad que la hacía semejante a los rugidos de un león.

-No pretendo que comprendías nuestro proceder para con los vuestros, pero sabed, Caballero, que para nosotros los Hombres actúan de forma cruel y despiadada y, por tanto, merecen ser castigados. El Hombre destruye lo que nosotros creamos. Vosotros tratáis de dominar la tierra, de atarla con caminos y cargarla con el peso de edificios, mientras que nosotros sólo queremos vivir en armonía con la naturaleza y compartir su belleza y su esplendor. ¡Esta tierra es nuestro hogar y no podemos permitir que nadie la saquee!

-Pero decidnos, ¿por qué os arriesgasteis a correr tantos peligros para conseguir una audiencia con el Rey y la Reina de Loren? -preguntó Ariel.

-Yo, Gastón de Galliard, como emisario de Louen, Rey de toda Bretonia, vengo a ofreceros su eterna amistad y a suplicar a sus Altezas Reales la firma de una alianza con el reino de Bretonia.

Orión y Ariel escucharon atentamente al mensajero del Rey, mientras este exponía el contenido de dicha alianza. Cuando hubo acabado su discurso, el Caballero repitió la reverencia.

-Gracias, Señor Gastón –rugió Orión-. Ahora, debemos retirarnos a considerar vuestras propuestas. Mientras esperáis nuestra decisión, quizá queráis gozar de nuestra hospitalidad. Hemos preparado un festín en vuestro honor y, sin duda alguna, mi gente estará encantada de oír leyendas de la tierra de los Hombres.

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Levantándose de su trono, Ariel tomo a Gastón del brazo y lo llevó fuera del Claro, mientras lanzaba unir salvaje sonrisa a su esposo.

-Cuando hayáis comido y descansado, continuaremos hablando, ya que es obvio que tenemos mucho de lo que discutir -dijo la Reina.

Mientras el Caballero se alejaba del Claro, no pudo evitar preguntarse qué les habría ocurrido a todos los Caballeros que, con su misma intención, se habían aventurado en el interior del Reino de Loren, y de los cuales nunca se había vuelto a saber. Estaba seguro de que los Elfos Silvanos podían, de querer hacerlo, saciar su curiosidad, pero era consciente de lo poco correcto que habría sido preguntárselo. Por alguna extraña combinación del destino y las circunstancias, él, Gastón, había conseguido triunfar donde tantos otros habían fracasado y su nombre quedaría unido para siempre a la historia de su pueblo.

FuenteEditar

  • Libro de ejército Elfos Silvanos 5ª edición

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