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Archaón el Elegido

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"Temedme mortales, ya que soy el Ungido, el Hijo Favorito del Caos, el Azote del Mundo. Los ejércitos de los Dioses van tras de mí, y por mi voluntad y mi espada, vuestras débiles naciones caerán."
Archaón, Señor del Fin de los Tiempos
Archaon el Elegido por Karl Kopinski Guerreros del Caos.jpg

Desde la caída de los Ancestrales y el derrumbamiento de la Puerta Celestial, el Caos ha amenazado con infestar y destruir el mundo. No obstante, los dioses del Caos son veleidosos y caprichosos, así que casi nunca aúnan sus fuerzas para conseguir sus objetivos, ya que prefieren dedicarse a sus propios y maléficos planes de dominación con la intención de llegar a gobernar el mundo por encima de todos los demás. Pero, a pesar de todo, cada cierto número de siglos aparece un paladín mortal destinado a recibir las mayores bendiciones del Caos. Se trata del Señor del Fin de los Tiempos, el Gran Elegido, tras el cual se encuentran unidos los dioses del Caos, quienes le proporcionan un sinfín de dones. Cada vez que uno de estos grandísimos señores de la guerra ha caminado por la faz de la tierra, lo han acompañado la peste, el hambre y la destrucción a niveles descomunales. La misma naturaleza repudia su existencia, la tierra se agrieta a su paso, el aire se agita y forma remolinos a su alrededor. Él es la encarnación del Caos y el heraldo del Apocalipsis.

En todas las anteriores apariciones del Gran Elegido, este tuvo que enfrentarse a un Paladín de la Luz que acabó por derrotarlo, lo que hacía que el destino del mundo pendiera del resultado del combate singular entre estos dos combatientes. En cada una de estas ocasiones, las fuerzas del Caos vieron sus planes frustrados justo cuando se encontraban al borde de la victoria; no obstante, ahora otro Gran Elegido ha vuelto a tomar el poder.

Archaón es el Señor del Fin de los Tiempos, el recipiente a través del cual los Dioses Oscuros unirán a sus seguidores y convertirán el mundo entero en un Reino del Caos. El Elegido es alguien a quien todos los dioses del Caos han otorgado sus dones. De todos los Elegidos del Caos que han atacado el mundo con el paso del tiempo, Archaón es el más despiadado y poderoso. En el corazón del ejército de Archaón está su antigua partida de guerra, las Espadas del Caos, el grupo más temido de Caballeros del Caos jamás visto. El Elegido a menudo cabalga a la guerra liderando a este grupo de veteranos desde lo alto de su bestia demoniaca Dorghar, el Corcel del Apocalipsis.

Archaón el ElegidoEditar

"¡Por Khorne, por Tzeentch, Nurgle y Slaanesh, que la destrucción del mundo dé comienzo!."
Archaón, Señor del Fin de los Tiempos

La Oscuridad y la Noche precisan líderes y héroes. Ha de haber alguien a quien los demás sigan, alguien a quien los demás estén dispuestos a reconocer como su amo y señor. Ha de haber un héroe que unifique a los eternamente divididos seguidores del Caos y los conduzca hasta la victoria final. Con temor, los sabios del Viejo Mundo dicen que Archaón, Señor del Caos Absoluto, es el nuevo elegido, el líder profetizado que sumirá al Viejo Mundo en una nueva era de oscuridad.

Archaon2.jpg

Nacido Diederick Kastner, hijo bastardo de un Nórdico de la Tribu Varg que violase una imperial de Nordland, en el pasado, Archaon fue un templario de Sigmar, un miembro de una de las muchas órdenes religiosas del Viejo Mundo. Nadie sabe cuándo sucumbió a la garra negra del Caos. Quizás estudió con demasiada profundidad los grimorios de los Demonólogos y fue corrompido por los conocimientos contenidos en ellos. Después de convertirse al Caos renunció a su nombre y desde entonces fue conocido como Archaón, el Elegido del Caos. Viajó hasta los Desiertos del Norte y fue aceptado por los Dioses Oscuros como su servidor.

Archaón no estaba preparado para seguir a ninguno de los cuatro Poderes del Caos. Por el contrario, consagró su vida al Caos. Absoluto y cree que aunque el Caos es eternamente diverso, en realidad es una sola entidad de poder cósmico, el verdadero poder del multiuniverso. Su fe en ello es profunda, ferviente y total; haciendo que hasta el sacerdote más fervoroso se avergüence al compararse. Apenas come, duerme y descansa. Cada momento de su vida está dedicado a la gloria del Caos.

Archaon cree en la profecía de Necrodomo el Loco: aquél que llegue a poseer los seis Tesoros del Caos desatará su impresionante poder y conduzca el mundo a su destrucción. Archaón está convencido de que él es el Elegido, que su destino es destruir el mundo mortal, abrir las puertas del Reino del Caos y liberar las Legiones Demoníacas sobre el mundo. En su mente retorcida cree que su destino es conducir el mundo a su salvación; salvarlo del orden y el estancamiento. Ve que las civilizaciones de los Humanos, Enanos y Elfos son demasiado corruptas y decadentes; que están por llegar al final de su ciclo. El mundo necesita un cambio, cambio que sólo el Caos puede proporcionarle. Archaón se ve a sí mismo como el instrumento del Caos Absoluto, quien transformará el mundo en un nuevo Reino del Caos, un paraíso de la Oscuridad.

Archaón lidera los Espadas del Caos, la más poderosa de todas las Hordas de Guerreros del Caos que vagan por los Desiertos del Norte. Constantemente reta a otras hordas, exigiendo un juramento de fidelidad a aquellos a los que derrota. Sólo les pide que se unan a él en la guerra contra aquellos que se oponen al Caos. El número de sus seguidores se hace mayor día a día. Las fuerzas de las naciones humanas o Enanas que han osado retarle han sido aplastadas rápida y brutalmente. En la Batalla de los Monolitos, Archaón aplastó una fuerza combinada compuesta de Kislevitas, tropas del Imperio y Enanos, al mando del Archilector Kurt Mannfeld de Nuln quien había reunido el ejército para destruir a Archaón como le había ordenado su señor Sigmar. Archaón derrotó completamente el ejército del sacerdote-guerrero y persuadió a su derrotado rival a reconocer el poder del Caos, logrando así una gran victoria sobre Sigmar; el dios principal del Imperio.

Archaón es el más poderoso Señor del Caos, el Archipaladín, el oscuro redentor del mundo. Quizá sea el guerrero más mortífero que camina por los Desiertos del Norte, y el hecho de que no haya sido elevado a la categoría de Príncipe Demonio dice mucho de la gran tarea que los Poderes del Caos guardan para él. Cuando Archaón esté preparado, los ejércitos del Caos se reunirán bajo su estandarte, los Hombres Bestia se apiñarán a su lado y los Demonios surgirán del Portal del Caos para seguirle a la batalla. Entonces el mundo debe estar preparado para enfrentarse al poder combinado de Archaón y los huestes del Caos.

La Historia de ArchaónEditar

Archaón, Señor del Fin de los Tiempos, es el señor más despiadado y más impulsivo del norte. Como el Gran Elegido del Caos, posee el máximo favor de todos los Dioses Oscuros. El destino no se impuso sobre él, sino que fue Archaón quién se labró su propia historia con sus habilidades sobrehumanas, despiadadas y su determinación.

El Nacimiento de una LeyendaEditar

Archaon Everchosen.jpg

La amenaza del Caos tiene multitud de formas, desde los mutantes vientos de la magia que se derraman por todo el mundo hasta los maléficos Hombres Bestia que acechan en los bosques y las hordas sin fin de guerreros salvajes que habitan en los Desiertos del Caos. Sin embargo, su arma más sutil y mortífera es la corrupción del alma, la contaminación de los ideales y de los sueños, ya que la esencia del Caos se esconde en el interior de cada persona. Tal vez por eso no deja de tener cierta lógica que el principal peligro para el Imperio no fuera un caudillo Kurgan ni un jefe hombre bestia, sino un habitante del propio Imperio. Aunque esto lo sabían pocos de sus seguidores. El hombre que se convertiría en Archaón fue antaño un devoto Templario de Sigmar, nacido muy pocos años después de la Gran Guerra contra el Caos de Magnus el Piadoso. Puro en corazón y hazañas, cada uno de sus pensamientos giraba en torno a la destrucción del Caos. Si Archaón no hubiera trabajado tan duro para derrotar al Caos en su primera vida, su destino hubiera sido diferente. Pero los Dioses del Caos siempre se han deleitado con la corrupción de la virtud.

Los templarios, más conocidos como los cazadores de brujas, juran proteger al Imperio de la amenaza de los No Muertos, de los malignos pieles verdes y, por supuesto, de las tentaciones del Caos. En el Gran Templo de Sigmar en Altdorf se guardan muchísimos libros, enseñanzas, tratados y grimorios para que los eruditos y los puros de corazón puedan estudiar las formas de hacer frente a los peligros que acechan constantemente al Imperio y a sus habitantes. Con todo, algunos de estos libros son tan malignos e impuros que nadie debería leerlos nunca y solo unos pocos tienen acceso a ellos.

Profecía de Necrodomo por A.L.Ashbaugh.jpg

Como erudito tenaz, así como un guerrero innato, el hombre que se convirtió en Archaón solía estudiar los antiguos grimorios, pergaminos y manuales custodiados bajo su templo, esperando encontrar una forma de derrotar a los viles poderes del Caos. Los textos estaban custodiados bajo llave por una buena razón, y sus estudios fueron en vano. El templario descubrió el Libro Celestino de la Adivinación. En sus páginas están cuidadosamente anotadas las demenciales visiones de Necrodomo el Loco, un profeta demente y ancestral que, según parece, se arrancó sus propios ojos tras tener una visión de la destrucción del mundo a manos del Caos.

Se desconoce lo que Archaón aprendió de estos textos, pero la leyenda cuenta que de este libro aprendió los secretos del mundo y la terrible verdad sobre los dioses y su existencia. El conocimiento fue demasiado poderoso para una mente mortal. Gritó de rabia hasta que su voz se debilitó y se rompió, huyó del templo gritándole y maldiciendo a los dioses del Imperio, considerándolos como mentirosos y fraudulentos. El antaño devoto defensor del Imperio había descubierto una terrorífica verdad y su traición pronto se convirtió en ansia de venganza contra aquel que lo había engañado: Sigmar.

El primer acto de Archaón como adorador de los Dioses del Caos fue asesinar completamente a toda su familia, incendiando su humilde casa para que no quedara rastro de su primera vida. Después de incendiar el majestuoso y viejo edificio que lo rodeaba, Archaón se enfureció con las llamas. Renegó de su propio nombre y del de sus dioses ancestrales, prometiendo entregar su alma y cuerpo a los dioses del norte y forjándose una nueva vida como azote de los insensatos que adoran a los falsos dioses del Imperio. A partir de ese día, sólo su servicio al Caos tenía importancia.

Los blasfemos manuscritos no sólo contenían las verdades del mal que causó que Archaón se convirtiera al Caos, sino que también la profecía de Necrodomo del Fin de los Tiempos. Archaón había aprendido que un gran guerrero emergería de la oscuridad, un guerrero que llevaría la bendición de cada uno de los Poderes Ruinosos a igual medida, conocido como el Gran Elegido. Para alcanzar ese objetivo, el guerrero tendría que demostrar su valía consiguiendo seis grandes artefactos de poder que habían pertenecido a sus predecesores. Archaón juró que se haría con ellos o moriría en el intento, porque tras su revelación no tenía nada por lo que vivir.

Y así fue como empezó la leyenda de Archaón, aquel que había de destruir el mundo.

La ProfecíaEditar

"Seis Tesoros serán su objetivo. Forjados en Otro Mundo, seis Tesoros poseerá.

Sobre su frente, la Corona lo verá todo y el Ojo Abierto traerá la desgracia al pueblo mortal.

Será entonces cuando cabalgue por el mundo, en el que los Cuatro se harán uno solo. Y cinco serán los ejércitos de la perdición. Será entonces cuando el mundo sepa que la última guerra ha dado comienzo.

Con la llegada de la condenación aparecerá un joven de humilde origen. La ira será su sustento y la sangre será su vino.

Y de la tierra domada surgirá un paladín. La enfermedad será su ruina y, a la par, su divina salvación.

El hijo de un rey será el Elegido. Prosperará en poder y su nombre será la gloria.

Y con la llegada del Fin de los Tiempos, lo viejo caerá en manos de lo nuevo.
"
La Profecía del Destino, del Libro Celestino de Adivinación, por Necrodomo el Loco

La Búsqueda de los TesorosEditar

Los seis Tesoros del Caos que mencionaba Necrodomo eran reales y se encontraban repartidos por todo el mundo. Tras abandonar su hogar, Archaón se sumergió en un viaje épico que lo llevó hasta el norte del mundo buscando pistas sobre los paraderos de los seis artefactos del Caos. A su paso, dejó un reguero de sangre en todo el Imperio y en el Territorio Troll, matando a todo humano, mutante o monstruo que se cruzase en su camino. En adelante, caminó a través de las tormentas heladas de las Tierras del Norte y de las llanuras teñidas de sangre más allá de las Tierras Desoladas, ya que nada podía evitar que Archaón llegase al temible Reino del Caos, y ni siquiera se detuvo cuando cruzó el umbral entre el mundo mortal y la irrealidad.

Se desconoce en cuántas batallas participó Archaón o los secretos que aprendió; incluso se desconoce cuanto tiempo pasó en el Reino del Caos, pues en el interior del siempre cambiante Reino del Caos el tiempo pasa de forma distinta, a veces incluso al revés, pero sí se sabe que cuando regresó, todos pudieron ver el destino que le rodeaba. Poco después, Archaón reunió una partida de guerra, las Espadas del Caos, con la que se dispuso a conseguir su primer artefacto sagrado.

La Primera Conquista ImpíaEditar

Archaonart.jpg

El primer artefacto que buscó Archaón estaba en el Altar de la Oscuridad Verdadera, más allá de Naggaroth, la tierra de los sádicos y traicioneros Elfos Oscuros. Después de reunir un pequeño ejército de errantes Guerreros del Caos, Archaón se dirigió a la Ciudadela del Rencor, una torre tan alta que se clavaba en el cielo como una lanza afilada sobre el corazón de un enemigo. Mientras Archaón se aproximaba a la ciudadela, comprobó que había una batalla en marcha, ya que Gorath el Devastador, Señor de los Juramentados en Sangre había asaltado la fortaleza. Aunque Gorath era conocido por ser muy violento, los Elfos Oscuros habían detenido el avance de los Juramentados en Sangre tendiéndole una trampa y, una vez con el enemigo inmovilizado, sus lanzavirotes se dispusieron a derribarlo con sus disparos.

Archaón ordenó inmediatamente a sus guerreros que se unieran a la refriega, con la esperanza de que las fuerzas combinadas del Caos se alzarían con la victoria. Las manadas de Mastines del Caos trotaron adelante para atacar a la caballería oscura, hostigando los flancos del ejército y clavando sus colmillos en las gargantas de jinetes y caballos. Grupos de Sombras abrieron fuego sobre los Juramentados en Sangre desde el refugio de un bosque abisal, pero fueron atropellados por los Jinetes Bárbaros del Caos de Archaón que clavaron sus jabalinas con fuerza suficiente para empalar a los Elfos Oscuros contra las ramas de los árboles. Una vez muertos los emboscadores enemigos, las fuerzas del Caos avanzaron al unísono sobre la Ciudadela. De repente, el aire se espesó con los virotes negros disparados por los Elfos Oscuros, un ataque que acabó con montones de Bárbaros del Caos. Pero los regimientos del Caos continuaron su marcha implacable a través de aquella tormenta, pisoteando a los muertos y heridos mientras avanzaban.

Al final, las líneas de los Elfos Oscuros desfallecieron y los ballesteros se retiraron, mientras los bloques de lanceros se protegían con sus escudos para hacer frente a las hordas que se aproximaban. Las primeras tropas en alcanzar las líneas de Elfos Oscuros murieron en medio de una agonía ya que sus cuerpos fueron atravesados por las lanzas afiladas de los lanceros, pero Archaón y Gorath conminaron a sus tropas a seguir adelante y poco después dio comienzo la masacre.

Cada Guerrero del Caos era una máquina viviente de destrucción. Las mazas rompieron cabezas como si fueran fruta madura, las espadas y hachas se levantaron y describieron arcos sangrientos atravesando los escudos y cuerpos de los Elfos Oscuros. El combate más encarnizado fue el de Archaón y las Espadas del Caos que avanzaron cobijados bajo la sombra de un gran Templete del Caos y lucharon con todas sus fuerzas porque sabían que los Dioses del Caos los estarían observando.

La Hechicera del DragónEditar

Mientras Archaón partía a otro Elfo Oscuro por la mitad, escuchó un rugido poderoso sobre él. Miró hacia arriba y vio una sombra enorme emergiendo de las nubes. Un Dragón de escamas tan negras como el carbón sobrevoló el ejército del Caos, escupiendo nubes de gas corrosivo que redujeron regimientos enteros a pilas de carne humeante. Una Hechicera de piel pálida como el hielo iba montada a lomos del monstruo. Apuntó a los Guerreros del Caos y los fragmentos de magia oscura abrieron una franja sangrienta sobre ellos.

Gorath aulló un desafío a la Hechicera del Dragón, pensando que su muerte atraería el favor de los Poderes Ruinosos, pero ella ni siquiera se dignó a ponerse al alcance de su espada. Su frustración sólo encontró como respuesta una risotada burlona mientras invocaba una tormenta de espadas que envolvió al Guerrero del Caos y le arrancó la piel a tiras en un abrir y cerrar de ojos.

Tormenta de muerteEditar

Archaón se enfurecía más y más mientras los rayos de hechicería le impactaban desde el cielo. Inspirados por su Hechicera del Dragón, los Elfos Oscuros contraatacaron cuando uno de los suyos se adelantó en dirección a Archaón con una mirada asesina. Se echó a un lado una capa tan negra como la noche y entonces, el Asesino Elfo Oscuro se abalanzó sobre él.

Archaón apenas pudo esquivar el primer golpe del Elfo cuando su enemigo le arrancó la espada de las manos. Aunque desarmado, no estaba indefenso, y cuando el Asesino volvió a golpearle, Archaón le lanzó su escudo y, con su guantelete, agarró a su oponente por la muñeca en un abrir y cerrar de ojos, mientras con la otra mano apretaba la garganta del Elfo Oscuro. Elevando a su agresor en el aire, Archaón procedió a arrancar el corazón del Asesino con su propia daga. Archaón sostuvo la ofrenda sangrienta hacia el Templete del Caos y mientras lo hacía, sintió que la mirada de los dioses se posaba en él.

El corazón en sus manos comenzó a latir una vez más, y un relámpago, tan rojo como la sangre recién derramada, partió el cielo en dos. Los dioses le habían contestado.

La furia de la Reina de la SangreEditar

Valkia la Sanguinaria descendió al campo de batalla con sus alas de fuego. La campeona carmesí aulló un desafio impío mientras descendía en picado hacia el Dragón Negro. Todas las miradas se concentraron en el cielo para presenciar el épico enfrentamiento aéreo.

Valka se movió con la furia del viento y decapitó a la hechicera antes de que pudiera proferir un solo hechizo. Con su señora muerta, el Dragón se enfureció y empezó a entrechocar sus mandíbulas violentamente tratando de partir por la mitad a la Reina de La Sangre. Su ira sin sentido no era nada comparada con la furia que ardía en las venas de Valida, y entonces empezó a llover sangre del cielo mientras clavaba su lanza en el pellejo del dragón. Valkia cobraba nuevas fuerzas con cada golpe, y con una golpe final, desgarró la garganta del dragón, arrojando su cuerpo sin vida al suelo.

El grito de victoria de Valkia fue ensordecedor y, cuando se precipitó sobre los defensores que se hallaban en el sudo, los Juramentados , en Sangre redoblaron sus esfuerzos, sabiendo que con la Reina de la Sangre presente, Khorne cuidaría de todos. Presintiendo que el enemigo estaba a punto de desmoralizarse, Archaón se lanzó al ataque y las Espadas del Caos le siguieron. Atacaron como una gran marea mortal que consiguió asestar un golpe mortal a las líneas de los Elfos Oscuros. Los enemigos se desmoralizaron y fueron eliminados en una avalancha de garras afiladas, tentáculos y dientes serrados.

El Altar de la Oscuridad TotalEditar

Con los Elfos Oscuros en desorden; y la intención de los Juramentados en Sangre de masacrar a todos los defensores, Archaón entró en la Ciudadela. El interior era más negro que el alma de un elfo oscuro y, cuando sus guerreros lograron iluminar la penumbra, sus antorchas se apagaron. Aunque sus hombres murmuraban sobre posibles maldiciones y magia negra, pero su lider avanzó sin miedo, hasta que la oscuridad se lo tragó. Tal era la habilidad de Archaón que, a pesar de la ausencia total de luz, se impuso a un centenar de trogloditas deformes y sedientos de sangre que pululaban por los santuarios interiores. Archaon consagró el Altar de la Oscuridad Verdadera en nombre de los Dioses del Caos, despedazando los corazones latentes de las criaturas malditas que se arrastraban en las catacumbas.

Cuando Archaón emergió del frío aire nocturno, estaba empapado de sangre y entrñas, pero llevaba puesto sobre su cabeza el primer artefacto sagrado, la Marca del Caos ardiente. De Valkia no había ni rastro, porque Khorne había requerido la presencia de su Reina de la Sangre en otro campo de batalla. Los victoriosos guerreros de los Juramentados en Sangre observaron a Archaón cubierto de sangre viscosa y supieron que los Dioses Oscuros le habían favorecido. Muchos se postraron y le juraron fidelidad, con lo que el ejército de Archaón redobló sus fuerzas.

El Espíritu de MorkarEditar

Archaón abandonó el decadente reino de Naggaroth a bordo de un barco robado forjado con metal negro e impulsado por un Dragón Marino. Al frente de una flotilla de guerreros marineros, Archaón partió hacia un reino desconocido en el que habitaban criaturas salvajes medio humanas, cuya pálida piel nunca había visto las luz del sol o de las lunas. Archaón y las Espadas del Caos se enfrentaron a estas oscuras criaturas durante seis días y seis noches hasta que su ciudad yació en ruinas.

En las profundidades de su necrópolis, Archaón descubrió la tumba de Morkar, el primer Gran Elegido del Caos, que solo había sido superado por Sigmar de los Umberógenos. Entre la polvorienta tumba descansaba la legendaria armadura de Morkar. Pero cuando Archaón fue a coger la armadura del Gran Elegido, ésta cobró vida y le atacó, descargando un torrente de golpes contra el Señor del Caos. El espíritu que estimulaba al artefacto aún estaba vivo, ya que los golpes que asestó a Archaón fueron implacables. Fue entonces cuando Archaón escupió una maldición en el idioma más que muerto de los Umberógenos y el ataque tan implacable de la armadura cesó durante un segundo, momento que Archaón aprovechó para efectuar un contraataque devastador. El espíritu de Morkar se desvaneció y Archaón se apoderó de la armadura.

El Ojo y el DragónEditar

Ojo de Sheerian por Lin Bo.png

El tercer desafío al que se enfrentó Archaón fue el de recuperar el Ojo de Sheerian. En las cimas más altas de Norsca allí donde el Risco de las Bestias se pierde entre las nubes, se encuentra la guarida del dragón Colmillo Llameante, un Dragón del Caos de tres cabezas cuyo aliento era capaz de derretir la roca. Colmillo Llameante fue un dragón con mucho temperamento, tan viejo que había luchado en la guerra contra los ogros dragón, al inicio de los tiempos. De todos los tesoros que poseía Colmillo Llameante, el más preciado por este Dragón era el Ojo.

Archaón despertó a Colmillo Llameante golpeando su hacha contra la frente del enorme dragón. Bestia y hombre combatieron durante muchas horas sobre los huesos de criaturas legendarias al pie del Acantilado de las Bestias. El Dragón escupió llamas sobre Archaón e incluso se lo tragó, pero la Armadura de Morkar le protegía de todo mal, por lo que el Paladín del Caos luchó dentro de la garganta del Dragón con la ferocidad de un mastín enloquecido. Exausto y con la garganta hecha girones, el Gran Dragón se desplomó y murió. Archaón le arrancó el Ojo de Sheerian de las gemas incrustadas en el vientre del Dragón y se lo colgó alrededor de su cuello a modo de trofeo.

El Corcel del ApocalípsisEditar

Archaón por Alexandru Sabo.jpg
El cuarto tesoro no era un artefacto de la prehistoria sino una bestia demoníaca: Dorghar, el Corcel del Apocalipsis. Dorghar era la posesión más preciada del Señor Demonio Agrammon, un esclavistas al que le encantaba retorcer a sus presas y darles formas grotescas. La reserva de animales incluía todo tipo de criaturas, las imaginables y las inimaginables.

Con las Espadas del Caos supervivientes a su lado, Archaón se abrió camino a través de un sinfín de huestes de Demonios hasta alcanzar el impenetrable palacio de Agrammon en el corazón del Reino del Caos. Archaón consiguió entrar en los establos del palacio pegado bajo una bestia demoníaca que era una grotesca fusión entre hombre, mamut e insecto.

Una vez dentro, Archaón usó el Ojo de Sheerian para buscar a Dorghar en las infectada reserva de animales u de su hedor a sulfuro. Cuando encontró al corcel demoníaco en su guarida, saltó sobre la bestia. Dorghar ardió en llamas y cambió de forma muchas veces, pero la voluntad de Archaón era tan fuerte que el Paladín del Caos domó a la montura demoníaca del mismo modo que un mozo de cuadra logra imponerse a la voluntad de un caprichoso semental.

La Espada MatarreyesEditar

Cabalgando de nuevo hacia el portal situado en la cima del mundo, Archaón viajó hasta la Meseta Quimera, lugar donde descansaba la espada demonio conocida por el nombre de Matarreyes, las espada sagrada del segúndo Gran elegido, Vangel. En la meseta había decenas de Paladines del Caos enfrentándose en duelo por el derecho a reclamar la espada como suya. Mientras Archaón se acercaba, muchos de ellos le desafiaron, pero ninguno era rival para él. Perdonó la vida a los que le juraron lealtad y mató al resto, reclamando sus partidas de guerra como suyas por derecho de conquista.

Matarreyes.jpg
Cuando Archaón alcanzó la meseta, su horda tenía tal tamaño que las Quimeras que protegía sus grandes pasos pronto fueron superadas fácilmente, dejando el paso libre a Archaón y tres de sus seguidores, que treparon hasta la cima de la tranquila meseta. Allí Archaón miró abajo, a través de las nubes, hacia los hombres, chillando que un día gobernaría todo. Detrás de él, lo que en principio Archaón pensó que era una montaña se agitó en un letargo, creando una serie de terremotos que provocó la caída de tierras hacia abajo. Incluso Archaón se detuvo. No había forma de derrotar a Krakanrok el Negro, el padre de la raza de los Ogros Dragón. Por ello, Archaón y sus servidores se movieron silenciosamente a través de las fauces titánicas del monstruo, solo para descubrir que el monstruo llevaba la Espada demoníaca colgada en su pecho.

El Príncipe Ograx el Grande, el soldado más fuerte de Archaón, consiguió levantar una de las garras de Krakanrok lo suficientemente alto para que Archaon alcanzase la Matarreyes. Sin embargo, enloquecido por eones de encarcelación, el viejo demonio de la espada empezó a gritar de forma ensordecedora. Cuando Krakankok se agitó por el despertar, la meseta empezó a temblar alrededor de ellos. El volumen ensordecedor del chillido amenazaba con despertar al ancestral Shaggoth. Pensando con rapidez, Archaón clavó la espada en el pecho de Ograx, sabedor de que solo el sabor de la sangre real aplacaría los chillidos del Demonio. Con la ayuda de sus compañeros, Archaón envainó la espada y descendió a la meseta entre los vítores y aplausos de sus seguidores.

La Corona de la DominaciónEditar

Archaon cargando.jpg

Algo más de cien años después de la Gran Guerra contra el Caos, Archaón y su horda, los Espadas del Caos, se convirtieron en una fuerza temida y respetada a lo largo y ancho de los Desiertos del Caos. Durante más de un siglo, Archaón ha marchado de un lugar a otro en busca de los artefactos de poder de los más grandes paladines del Caos que han existido. Con el paso del tiempo, muchas tribus fueron jurando lealtad a su causa y su ejército fue creciendo; pero, a pesar de que la hueste iba aumentando con cada estación que pasaba, los dioses seguían sin conceder su favor a Archaón otorgándole el último de los tesoros que buscaba.

El más fabuloso de todos estos talismanes, la Corona de la Dominación, siempre se le ha mostrado esquivo, por mucho que registrara los campos hasta donde alcanzaba la vista o por lo grande que se hiciera su ejército. Además, era justo este objeto el que Archaón necesitaba para confirmar que los dioses del Caos estaban de su lado. Su búsqueda fue la que llevó más tiempo. La Corona, un antiguo casco forjado antes del amanecer del hombre, antaño había lucido el Ojo de Sheerian, pero se hayaba perdida. Las décadas pasaron y, a pesar de haber eliminado a muchos enemigos en todo el mundo, Archaón seguía sin tener una pista de su paradero.

Y fue entonces, tras largos años de búsqueda, mientras el glacial invierno del Norte empezaba a cubrirlo todo como ansiando venganza, cuando una aparición se presentó ante Archaón. La criatura, de terrorífico tamaño y que vibraba con arcanas energías, era tan insustancial como el viento helado. Los dioses habían enviado al primer auténtico príncipe demonio, Be'lakor, para guiar a Archaón a su misión final en lo alto de las Montañas del Fin del Mundo. El primer Príncipe Demonio había seguido la carrera ascendente de Archaón con ojos envidiosos, pero los Dioses Oscuros le obligaron a revelarle el lugar donde estaba la Corona. Esta criatura había intentado apoderarse de la corona, pero, ante la imposibilidad de conseguirla, se vio obligada a llevar a Archaón hasta el Primer Santuario del Caos.

El Primer Santuario del CaosEditar

El último de los grandes artefacto se encontraba oculto en las Montañas del Fin del Mundo. Allí, en la cima de un pico nevado, yace el Primer Altar del Caos. Y fue allí donde el primer mortal vendió su vida y su alma a los Dioses Oscuros a cambio de poder e inmortalidad. Nadie se sabe qué fue de aquel primer paladín, pero se dice que fue uno de los reyes de las tribus de los hombres de los tiempos anteriores a Sigmar. Su yelmo de batalla, al cual se conoce en las leyendas de los norses, de los kurgan y de los hung como la Corona de la Dominación, estaba guardado en el Primer Altar.

Archaon, Señor Fin de los Tiempos Art.jpg

Archaón condujo un ejército de proporciones desmesuradas hasta la falda de dichas montañas. Su horda había crecido de manera desmedida durante los años que había durado su búsqueda, al mismo tiempo que crecían las leyendas sobre sus hechos. Archaón dejó a su ejército a los pies de la montaña, luchando contra los Ogros y Enanos que habitaban en los valles, y, a lomos de su demoníaca montura, ascendió la montaña mientras caía la noche. Con velocidad antinatural y sin fatigarse en ningún momento, su infernal montura lo llevó incansablemente montaña arriba ignorando los desprendimientos de rocas y las ventiscas, hasta el santuario, siguiendo en todo la silueta indefinida de Be'lakor.

Después de día y medio de ascenso, Archaón se alzaba frente a la entrada del Primer Altar, que yacía oculta por poderosos hechizos en la cara de un acantilado inaccesible para toda criatura mortal. Archaón se despidió de su corcel demoníaco y le dio permiso para volver a su lugar de origen. Tras emitir un relincho, la bestia volvió al Reino del Caos y de su presencia no quedaron más que unas quemaduras allí donde sus pezuñas habían tocado el mundo mortal.

Cuando las ilusiones que protegían el Primer Santuario desaparecieron, Archaón pudo ver el camino que llevaba al lugar sagrado. Resultaba enloquecedor mirar las puertas de doble hoja talladas con innumerables escenas que mostraban la devastación y el derramamiento de sangre. Cuando se detuvo a observarlas, se dio cuenta de que las figuras de las escenas se movían luchando entre ellas para saciar su sed de sangre. Los demonios volteaban sus armas sobre su cabeza y daban caza a sus indefensos enemigos en mitad de un glorioso caos. Sin dejarse intimidar por estas pequeñas figuras, que se giraban para mirarle, Archaón cruzó las puertas, que se abrían de par en par solas ante él dejando escapar el aullido del viento que arrastraba los gritos y los gemidos de las almas del infierno.

Be'lakor el espíritu guió a Archaón al interior de una gigantesca sala tallada de manera muy rudimentaria. En el suelo, en el centro de la sala, había tallada una grande y negra estrella del Caos de ocho puntas. Ningún ser vivo había entrado en ese lugar en siglos y Archaón estaba sobrecogido por la atenta mirada de los dioses.

Desenvainó su antiquísima y poderosa espada, Matarreyes, y obligó a Be'lakor a que le guiase correctamente, puesto que sabía que esa envidiosa criatura intentaría engañarle para quedarse con la corona. El ser incorpóreo retrocedió alejándose de la espada, ya que sabía que esta, al contrario que las armas de los mortales, podía herirlo. Be'lakor habló y su voz, que parecía el rumor del viento helado, se coló, llena de odio, directamente en la mente del guerrero del Caos. Un brazó de sombras salió de la tiniebla. Al final del brazo se mostraron unas delicadas garras de oscuridad que indicaron a Archaón que lo siguiera.

Las pruebas le aguardaban...

Las Pruebas FinalesEditar

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Los dioses del Caos le acosaron con pruebas y desafíos, proponiéndole todo tipo de retos con los que demostrase su valía. Si fallaba en esas pruebas, sería torturado por toda la eternidad, ya que el tiempo no es nada para los Poderes del Caos y, en el caso de no ser Archaón el elegido, esperarían a que otro aspirante llegase y reclamase la Corona de la Dominación. El espíritu del príncipe demonio Be'lakor se mantuvo todo el rato a su lado, guiándole por el camino que debía seguir. El espíritu de la oscuridad se arremolinaba a su alrededor, susurrando palabras de odio y engaño en sus oídos, intentando que Archaón se distrajese de aquello que estaba haciendo.

Una luz cegadora dañó los ojos de Archaón y este levantó una mano para protegerse. Cuando la intensidad de la luz disminuyó, Archaón se encontró en mitad de una isla de roca de menos de siete metros de diámetro y que flotaba sobre el vacío. La isla estaba rodeada por la más profunda oscuridad. Archaón se dio la vuelta con la espada en la mano; de repente, y como fogonazos, se abrieron a su alrededor unas ventanas de luz que se cerraron tan bruscamente como se habían abierto. A través de ellas vio llamas y siluetas de demonios; sin duda, eran entradas al infierno. De esos huecos abiertos en el vacío surgieron todo tipo de demonios: alados, con plumas o esqueléticos. Bajaron hasta donde se encontraba Archaón y le atacaron con sus terribles garras en un intento de empujado fuera de aquella isla para arrojarlo a la oscuridad. Él se movía de un lado para otro arrebatando la vida a esos demonios con su espada Matarreyes como si de una bella danza se tratase.

Cuando la espada hería a esas criaturas mágicas, estallaban y la luz que emitían esos estallidos caía en una cascada compuesta por decenas de colores. Archaón luchó contra los demonios durante lo que pareció una eternidad hasta que, finalmente, él fue el único que quedó en pie y con vida. Su armadura estaba llena de tajos y abolladuras, la placa del pecho tenía varios agujeros y la sangre manaba de sus heridas. De repente, una luz volvió a cegarlo y, cuando pudo abrir los ojos, comprobó que estaba en otro lugar.

Nurgle llenó la mente de Archaón con ilusiones y febriles alucinaciones y el gran guerrero vio que su armadura se rompía cuarteada y, a través de ella, aparecían partes de su cuerpo enfermas y víctimas de la plaga. También vio que el metal de sus guanteletes se corroía, se estropeaba y se le caía de las manos, que tenía cubiertas de gusanos y otros insectos que hurgaban en ellas. Sintió que esas asquerosas criaturas se movían bajo su piel, en el interior de sus órganos y dentro de su cerebro y la agonía empezó a inundarle. Perdió la visión y los ojos se le nublaron y estigmatizaron; sus venas se colapsaron con coágulos y comenzaron a reventar. Haciendo gala de una fuerza de voluntad fuera de lo normal, Archaón expulsó todas esas ilusiones de su mente y dio muerte a todos los abotargados demonios del Señor de la Podredumbre que brincaban a su alrededor.

El Gran Manipulador, Tzeentch, envió a sus demonios para que atacasen a Archaón con hechicerías. Enormes llamas multicolores envolvieron su cuerpo y le quemaron con una intensidad pecaminosa. El calor se extendía por sus huesos y todo su cuerpo se esforzaba por presentar batalla al dolor que intentaba contraer su cuerpo para mutarlo de forma. Mientras su cuerpo era asediado por esa magia torturadora, su mente se llenó de visiones del futuro, desplegadas en todo su esplendor por el Señor de la Transformación. Se vio a sí mismo triunfante ante los ejércitos del Caos, con la Corona de la Dominación sobre la cabeza. No obstante, en ese momento, los dioses empezaron a reírse, los cielos se llenaron con sus carcajadas y burlas, puesto que él no era merecedor de tal honor. Se tiró al suelo con la cabeza entre las manos al tiempo que una sima de oscuridad eterna se abría bajo sus pies y caía por siempre jamás en un abismo de desesperación y locura: el castigo por creerse merecedor de la corona. Estuvo cayendo durante lo que le parecieron años y, en ese tiempo, le asaltaron dudas que pretendían hacerle creer que ni era digno ni era merecedor de la corona. Alzó su voz hasta convertirla en un desafiante rugido que hizo que toda duda se desvaneciera de su cabeza, puesto que sabía que, si les abría la puerta, las dudas la cerrarían tras de sí y estaría perdido por toda la eternidad; sería el juguete de Tzeentch. De repente, se encontró en una caverna y la odiosa figura de Be'lakor le indicó que avanzase.

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Archaón entró en una habitación tan grande que desafiaba el entendimiento humano, inabarcable por la vista. Involuntariamente, avanzó hacia un trono realmente gigantesco que había aparecido de la nada. Cuando estuvo cerca de él, su corazón pareció detenerse y su respiración se tornó pesada y dolorosa; el sudor le hacía sentirse pegajoso. El ente sentado en el trono no podía ser otro que el mismísimo Príncipe Oscuro, Slaanesh, que irradiaba poder, gloria y absoluta perfección. La mente de Archaón quedó cegada por el brillo de esa manifestación divina y cayó al suelo de rodillas totalmente rendido ante él. El Señor del Placer puso suavemente una de sus pálidas y delicadas manos sobre el hombro de Archaón. El guerrero mortal sintió un escalofrío como nunca antes había sentido, un momento de verdadero gozo. El Príncipe Negro le ofreció un trono a su lado y la gratificación eterna. La suave voz del dios le produjo ganas de llorar, tal era la familiaridad y la belleza de cada una de sus palabras. Incluso estuvo a punto de implorar al dios que le permitiese ser su esclavo, permanecer a su lado hasta el final de los tiempos. No obstante, nuevamente volvió a mostrar una fuerza de voluntad inusitada en un mortal, así que Archaón consiguió lo que ningún mortal había conseguido antes y rechazó las atractivas promesas que le habían ofrecido (aunque sabía que Slaanesh podría otorgarle todos aquellos placeres con los que siempre había soñado: gloria, poder, ser adorado...). También sabía que esta era una de las pruebas que tenía que pasar y por eso retiró su mirada de los ojos del Príncipe Oscuro y volvió a ponerse en pie. Los dioses oscuros querían un paladín que les reportase gloria, no uno que buscase su propio beneficio. Instantáneamente, las visiones volvieron a cambiar y se encontró en un túnel excavado en roca viva y que desembocaba en una inmensa cueva.

Maltrecho, cansado y agotado, Archaón entró en la gran caverna. El suelo de la cueva, en la que había unos altísimos pilares dorados, estaba cubierto por miles de calaveras. La sangre manaba de esos pilares en un torrente sin fin y se extendía por entre los huesos de la sala como un río. Ese mar de sangre emanaba una especie de humo en el que se podía notar el olor metálico de la sangre En el fondo de la sala, Archaón distinguió una figura blanca, de aspecto fantasmal, sobre un pedestal, con un yelmo con cuernos: la Corona de la Dominación. A través de las calaveras se abría un camino hasta el casco.

Caminó confiado por el sendero acercándose a la corona. Miraba de un lado a otro con su espada preparada contra cualquier ataque. Cuando llegó a la mitad del camino se detuvo, pues vio algo al otro lado. Un par de ojos que parecían estar en llamas aparecieron en la oscuridad. Bajo estos ojos se abrió lo que solamente podía ser una cruel boca; la forma de sus colmillos se hizo patente al reflejarse en ellos el fuego que rodeaba a la criatura. Al darse cuenta de lo que era, Archaón dio un paso atrás y blandió su espada con ambas manos.

El devorador de almas apareció batiendo sus enormes alas desde el interior de la oscuridad. Aterrizó produciendo un gran estruendo y con las alas abiertas para mantener el equilibrio de su cuerpo, increíblemente pesado. Las pezuñas del demonio rompían las viejas rocas que pisaban. Se mantuvo mirando a Archaón con sus ojos en llamas; el ambiente se llenaba de olor a azufre con cada exhalación del monstruo. En una mano empuñaba la poderosa hacha de Khorne (con el símbolo del Dios de la Masacre), que era tan grande como el propio Archaón. En la otra mano portaba un enorme látigo que parecía moverse con vida propia. Dio un paso hacia Archaón; su pecho subía y bajaba mientras la ira le embargaba. Con un grito de pura furia que salió de lo más profundo de su garganta, el devorador de almas se abalanzó sobre Archaón con la velocidad de un rayo y agitando su látigo dentado. El látigo atrapó una de las piernas de Archaón, dañó profundamente el metal de su armadura e hizo que perdiera el equilibrio al tiempo que la criatura saltaba sobre él. Levantó el hacha por encima de la cabeza con una velocidad inusitada en una criatura de su tamaño y la dejó caer sobre el mortal, convertido ahora en un mero muñeco.

Archaón luchaba contra el látigo por no perder el equilibrio y su espada vibraba llena de odio ante el devorador de almas. Consiguió desviar la trayectoria del poderoso golpe con el que el demonio pretendía partirlo en dos. Sin embargo, la fuerza del golpe obligó a Archaón a bajar su arma y el filo del hacha consiguió clavarse en su hombro, atravesó metal, carne y hueso con increíble facilidad y le obligó a arrodillarse roto de dolor.

Archaón sujetó fuertemente su espada y apuntó con ella al ser tan alto como una torre que se alzaba ante él. En el infierno contenido en el filo de su espada podía ver una cara demoníaca que gritaba en silencio, miraba fijamente al enorme devorador de almas y luchaba contra la atadura mágica que la confinaba en aquella hoja. Archaón pronunció el nombre del demonio que se encontraba aprisionado en la espada: U'zuhl. Sintió que la fuerza del demonio que tenía atado se hacía uno con su ya de por sí prodigioso poder. Sus mentes se fundieron, aunque Archaón siempre mantuvo la situación bajo control. Sus ojos brillaron con una luz demoníaca a través de las ranuras de su yelmo y el poder comenzó a latir fuertemente en el torrente sanguíneo de sus venas. Olvidando la grave herida que tenía en el hombro, Archaón se puso en pie con extrema lentitud y elegancia y cortó el látigo que aprisionaba su pie con un golpe seco y sereno efectuado con su espada. La Impresionante figura de Archaón pareció aumentar de tamaño, aunque todavía parecía pequeño en comparación con el descomunal devorador de almas. Los pensamientos del demonio U'zuhl invadieron la mente de Archaón y este se dirigió al devorador de almas llamándolo por su nombre.

La batalla que tuvo lugar entre esos dos poderosos seres fue rápida y brutal. Se atacaban con fuerza sobrehumana, con golpes tan rápidos como los relámpagos que descienden de los cielos; a Archaón no le resultaba difícil igualar la ferocidad del demente devorador de almas. Solo en el primer minuto de combate se intercambiaron cientos de golpes. Archaón, movido por el poder del demonio U'zuhl, atacaba tan rápidamente que sus movimientos se hacían borrosos a la vista. En un momento dado, el devorador de almas se tambaleó acusando un golpe que le dio Archaón y que a punto estuvo de seccionarle la pierna. El demonio cayó sobre las calaveras causando gran estrépito y partiéndolas en pedazos. Enfurecido, se puso en pie mientras la sangre manaba a borbotones de su pierna musculada y redujo a añicos los huesos bajo sus pezuñas. Dio un gran salto al tiempo que batía sus inmensas alas y planeó sobre Archaón con la intención de acabar con él aplastándolo con su grandioso cuerpo. Incapaz de esquivar el ataque del devorador de almas, Archaón se dejó caer mientras preparaba su espada para hundirla profundamente en el estómago del demonio cuando cayera sobre él. Archaón empaló a la criatura; su espada atravesó al demonio de punta a punta y abrió en él una herida que iba desde el estómago hasta el cuello.

Archaón cayó al suelo por la fuerza del impacto y comenzó a hundirse en las calaveras fuera del sendero. De repente, vio que los cráneos parecían cabezas que hubieran cobrado vida. La sangre comenzó a nublarle la visión al colarse a través de la visera de su yelmo; incluso notó que la sangre bajaba por su garganta. El devorador de almas yacía muerto en el camino. Con fuerza impresionante, Archaón se aferró al camino y dejó de hundirse al tiempo que consiguió frenar la ira que estaba a punto de apoderarse de su mente. Cuando se giró, vio que el devorador de almas empezaba a desvanecerse al liberarse la magia que le daba vida. Miró al suelo y vio que su espada empezaba a desaparecer bajo el mar de cráneos, así que acercó una mano para cogerla. La espada empezó a temblar y salió volando hacia la mano de su dueño.

Tras haber superado la última prueba de los Dioses Mayores, Archaón, prácticamente muerto por las heridas sufridas, cubierto de sangre y con el cuerpo y la mente totalmente destrozados, se aproximó a la parte posterior del sepulcro, hacia un trono excavado en la roca con un cadáver marchito sentado sobre él. La brillante Corona de la Dominación adornaba su cráneo. Aunque tendría que haber pasado mucho tiempo hasta reponerse de las heridas mentales y físicas que había sufrido, Archaón no se dió por vencido. Conseguiría su premio aunque fuera lo último que hiciera.

El espíritu maldito Be'lakor llevó a cabo un último intento de tomar posesión del magnífico artefacto, pero sus manos pasaron a través de la Corona de la Dominación sin poder tocarla. Maldiciendo, se retiró a las sombras de donde provenía. Rugiendo de triunfo, las acorazadas manos Archaón tomaron la corona, que se tornó sólida para él, y la alzó a los cielos. Entonces, sus heridas se cerraron y su cuerpo se llenó de energía impía. Le había llevado más de un siglo, pero El Señor del Fin de los Tiempos había encontrado su destino.

Una Oscura CoronaciónEditar

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Cuando regresó al lugar donde se encontraba su ejército, este permanecía en el más absoluto silencio. Guerreros del Caos, incontables tribus de bárbaros y danzantes demonios cayeron a sus pies al unísono y le rodearon como si de una alfombra viviente se tratase. Cuando Archaón se quitó el yelmo, los guerreros bajaron la mirada en señal de respeto.

Los Dioses del Caos se unieron una vez más para bendecir a un hombre mortal. Decidieron que fuera Be'lakor el que coronase a Archaón como el Elegido, Obligado por fuerzas muy superiores a él, Be'lakor puso la Corona de la Dominación sobre la cabeza de Archaón aunque cada fibra de la esencia del Demonio ardía de celos a causa de ello, pero no podía resistirse a los designios de los Dioses Oscuros, maldiciendo constante y furiosamente hasta que desapareció en su propio reino de oscuridad.

Cuando el yelmo descansó sobre su cabeza, todos los presentes pudieron sentir en el ambiente la aprobación de los dioses del Caos. Archaón se quitó el Ojo de Sheerian, un talismán compuesto por una brillante piedra amarilla que había llevado hasta entonces colgando del cuello, y lo puso en el lugar que le correspondía: en la Corona de la Dominación. Cuando lo situó en su lugar, la piedra del talismán empezó a titilar tímidamente hasta llenarse de la más brillante de las luces. Los cielos estallaron en truenos y relámpagos, la tierra tembló y la risa de los dioses llenó el ambiente.

Con Archaón coronado, los dioses del Caos dejaron a la vista quién era aquel a quien favorecían. Se le otorgó el título de Señor del Fin de los Tiempos y se le designó como aquel que dirigiría la próxima y grandiosa incursión del Caos que acabaría con el mundo tal y como lo conocemos y lo sumiría en la más profunda tiniebla y en la más grande de las desesperanzas. Ese fue un gran momento para los adoradores del Caos, un momento para pensar en la gloria y en la conquista, en las grandes acciones y en los héroes que estaban por nacer.

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Archaón alzó su voz dirigiéndose a las tropas dispuestas ante él y que habían presenciado su coronación. Su voz atronó por encima de las cabezas de los guerreros allí reunidos y fue escuchado incluso por aquellos que se encontraban a más de un kilómetro.

"Unimos nuestras fuerzas. Luego, vamos al Sur...", proclamó mientras los cielos temblaban ante el rugido de aprobación emitido por la horda. Todos tenían el mismo deseo: arrasar las tierras de los pusilánimes mortales que vivían en el Sur.

Un golpe de luz iluminó el amanecer y Archaón levantó la mirada hacia el cielo. Brillante y ardiente, un cometa de dos colas surcaba el cielo sobre sus cabezas a gran velocidad. Una llama oscura parpadeó en su visera mientras Archaón se giró y un océano de guerreros curtidos alzó sus armas, coreando su nombre. Archaón cogió la Espada Matarreyes, montó en su corcel del Apocalipsis y puso rumbo al sur para llevar la ruina y la muerte al mundo. Los Guerreros del Caos le siguieron.

Escondido en las sombras, Be'lakor observó el brillante cometa. En toda su vida, pocas veces había sido testigo de un evento como ese. Silenciosamente, la criatura se fundió en las sombras y desapareció.

La Profecía de los Días finales Editar

Los agoreros del Imperio predican que las incursiones del Caos van a ser cada vez más frecuentes. Creen que cuando un Señor del Caos todopoderoso se eleva para unir a las tribus y liderar una gran invasión hacia el sur. Solo un hombre puede pararlos. Un paladín de la luz cuyo destino es enfrentarse al paladín de la oscuridad conocido como el gran elegido. Pero, aunque este héroe consiga detener la incursión durante un corto período de tiempo. Miles de hombres buenos habrán perecido en cada batalla, los sepulcros aumentarán y la esencia de los dioses del sur se debilitarán. Dicen que, al final, llegará un día en el que todos los hombres habrán muerto o serán esclavos del Caos. Y el paladín de la luz estará sólo ante las hordas, una única vela en el mundo engullido por la oscuridad.

La Tormenta del CaosEditar

Logo Tormenta del Caos.png

La Tormenta del Caos

El trasfondo que puedes leer en esta sección o artículo se basa en la campaña mundial de La Tormenta del Caos, que recientemente ha sido sustituida por la de El Fin de los Tiempos.

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Dado que los ejércitos de la Luz se encuentran sitiados por todas partes, deshechos tras las luchas en Albión y su poder está mermado a lo largo y ancho del globo, existen pocas posibilidades de que alguien pueda detenerlo. ¿Dónde está el Paladín de la Luz que logrará oponerse a las fuerzas del Caos? Y, sea quien sea, ¿queda poder suficiente en el mundo para hacer frente al ejército del Caos más grande procedente del Norte desde los tiempos de Sigmar? Archaón es el Señor del Caos más poderoso que haya pisado nunca el mundo de Warhammer y está protegido por los poderes del Caos como nunca lo ha estado otro.

El Desafío de VolkmarEditar

Los rumores de la coronación de Archaón no tardaron en extenderse hacia el Sur y la noticia de aquella nueva amenaza llegó a oídos de Volkmar el Despiadado. Gran Teogonista de la Iglesia de Sigmar. Aparte de ser un gran sacerdote guerrero del culto sigmarita. Volkmar también era un gran líder y un astuto estratega que vislumbró la posibilidad de prevenir la inminente Tormenta del Caos. Se dirigió al Norte al mando de un ejército de sigmaritas fanáticos y. gracias a la ayuda del conde elector de Talabheim y su ejército. Volkmar retó a Archaón a enfrentarse a él en combate singular.

Volkmar sabía que Archaón no podría ignorar el desafío, ya que solo podía mantener su posición a través del miedo y del respeto que le profesaban sus guerreros. Cualquier demostración de debilidad le acarrearía tener que aceptar desafíos a su autoridad desde dentro de su propio ejército. Asi pues, Archaón se enfrentó a la hueste de Volkmar sobre un desierto asolado del Territorio Troll, al norte de Kislev. Los dos ejércitos lucharon durante largo tiempo y, en lo alto de su brillante altar de guerra. el Gran Teogonista cargó contra el Gran Elegido del Caos. La valentía de Volkmar es indiscutible, pero incluso con su gran fe en Sigmar y sus dotes de guerrero, el Gran Teogonista no logró vencer la energía del Caos en estado puro que fluía por las venas de Archaón. El señor del Caos liberó la energía del demonio U'zuhl y acabó con Volkmar de una sola acometida, tras lo cual partió en dos el altar de guerra sobre el que se alzaba su rival. A pesar de que las fuerzas del Imperio siguieron luchando valerosamente, no lograron contener la furia del ofendido señor del Caos. Archaón las dejó batirse en retirada para que, al regresar derrotadas a sus hogares, sembraran aún más el miedo, la discordia y la desesperación en el Imperio.

El cadáver de Volkmar quedó olvidado entre la multitud de otros cadáveres en aquel campo de batalla sin nombre y, al conocerse la noticia de su muerte, en Altdorf se hicieron sonar solemnes campanadas y el sacerdocio entonó plegarias para llorar su pérdida. Al Imperio le había sido arrebatado un gran guerrero, además de un gran líder, y precisamente en un momento de extrema necesidad.

El Avance a MiddenheimEditar

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Durante el año siguiente, Archaón se dedicó a reforzar sus huestes. Nuevas tribus se unían a su cada vez mayor ejército, y se firmó una alianza con el Clan Moulder. A cambio de miles de prisioneros y monstruosidades traídas del norte, Archaón solicitó a Throt el Inmundo la creación de seres que le permitiesen asaltar las murallas de Middemheim. Envió a su autoproclamado heraldo, Vardek Crom a dirigir su horda kurgan por las Tierras Oscuras, para que atacaran el Imperio por el Este. Cuando creyó que ya estaba todo listo, se dirigió hacia el sur, dando comienzo a la Tormenta del Caos.

Al año siguiente, la Horda de Archaón arrasó toda Kislev, cuyas heladas tierras ya habían sido devastadas por el paso de Surtha Lenk y Aelfric Cyenwulf a la vanguardia de la hueste oscura poco años ha. La gente de Kislev tuvo que enfrentarse de nuevo a los ejércitos del Caos esta vez, a una escala incluso superior a la de la Gran Guerra contra El Caos. Durante la Gran Guerra, las tribus del Norte dedicaron mucho tiempo a asediar Praag y Kislev. En cambio, el objetivo de Archaón era principalmente el Imperio y, en especial, la ciudad de Middenheim. Un ejército comandado por D'aggorn el Exaltado se encargó de poner sitio a la capital de Kislev, y con la ciudad de Praag también bajo asedio, Archaón condujo a sus hordas contra Erengrado. Aquella ciudad no le interesaba, solo era un estorbo en su camino. Los kislevitas resistieron una semana hasta que los barcos norses cruzaron el Mar de las Garras y desafiaron los cañones del puerto para asaltar la ciudad desde dentro. Mediados por enemigos puerto delante y por detrás, los defensores de Erengrado no tardaron en capitular. Muchos de ellos huyeron en los pocos navíos que quedaban y el resto escapó a los campos o cayó prisionero de las tribus del Norte.

Archaón, cuyo ejército contaba ya con más de cien tribus norses, continuó hacia al Sur tras cruzar el Lynsk y avanzó hacia Ostland. En el Bosque de las Sombras, la Horda del Caos se dividió en cinco huestes, una dirigida por el Gran Elegido en persona y las demás por sus cuatro mejores paladines. Haargroth, el guerrero de Khorne, condujo a su ejército hacia Wolfenburgo, que todavía no se había recuperado del todo del ataque de la horda de Surtha Lenk del año anterior. Melekh, el favorecido por Tzeentch, lideró a su ejército hacia las Montañas Centrales y sus guerreros norses, acostumbrados a las montañas hostiles y glaciales de su tierra, tomaron rápidamente el Torreón de Latón y ocuparon la ruta hacia Nordland. Feytor, el portador de la plaga de Nurgle, condujo a su enfermiza hueste hacia el Sur a través de Hochland hasta llegar a la Vieja Carretera del Bosque, que va hacia el Oeste hasta Middenheim. A Styrkaar, el gran paladín de Slaanesh, se le encargó ocupar la Carretera del Bosque y defenderla de los ejércitos procedentes de las capitales de provincia de Hergig y Talabheim.

El propio Archaón rodeó las Montañas Centrales por el sur y se dirigió directamente hacia Middenheim. Su llegada no llegó por sorpresa, ya que sus mensajeros y agentes habían viajado hacia el Sur con el ejército de Surtha Lenk el año anterior. Cuando un ejército de la milicia de Middenland, ayudado por los Caballeros de la Sangre de Sigmar, se enfrentó a la vanguardia de la Horda de Archaón, llegó a pensarse que aquel rápido avance podría ser detenido. Sin embargo, una gran masa de bestias formada por malignos gors y mastines surgió de los bosques liderada por el Caudillo Khazrak el Tuerto. Tras haber forjado un pacto secreto con Archaón, a Khazrak le había sido prometida la posibilidad de asesinar personalmente al Conde Elector de Middenheim, Boris Todbringer a cambio de su ayuda para asaltar a cualquier posible auxilio y acceder a sus conocimientos de los bosques. Dado el vasto conocimiento del Bosque de Drakwald que poseía Khazrak, la Horda de Archaón pudo bloquear la ruta sur hacia la ciudad.

Middenheim estaba rodeada por el Norte, el Este y el Sur y los drakkars norses realizaron incursiones por la costa de Nordland bloqueando los refuerzos vitales de Salzenmundo. Y así fue como Middenheim fue aislada del resto del Imperio para obligarla a enfrentarse al poder del ejército del Caos sin la posibilidad de recibir la ayuda hasta que Karl Franz y Valten llegaran con todo el ejército del Imperio. La Ciudad del Lobo Blanco, la fortaleza más inexpugnable del Viejo Mundo, resistiría o caería contando únicamente con la fuerza y el coraje de sus defensores.

Matar a un DiosEditar

Puede que a muchos les parezca un disparate el hecho de que Archaón haya decidido asaltar Middenheim. La Ciudad del Lobo Blanco domina las tierras de los alrededores situada en lo alto de un peñasco de miles de metros de altura, lo que la hace ser prácticamente inexpugnable a todo tipo de asedio o asalto. Sin embargo, el ansia de aplastar al Imperio que siente Archaón es más fuerte que cualquier muralla. Su alma arde en deseos de destruir el Imperio y a Sigmar, su falso dios patrón. A Archaón no le basta con asolar las tierras y descuartizar a los fieles del hombre dios por los bosques y los campos. No, Archaón ansía el triunfo definitivo. No pretende únicamente aniquilar a los devotos de Sigmar, ni se contentaría con solo destruir la iglesia que se fundó para adorarlo durante los últimos dos mil años. Archaón persigue un objetivo mayor. Quiere destruir a Ulric, el mismísimo dios de Sigmar.

Sigmar fue coronado primer emperador por el sumo sacerdote de Ulric en el gran templo de Middenheim. Allí arde la eterna llama de Ulric, que apareció del suelo en el punto donde el dios golpeó la montaña con su enorme puño. Según se dice, dicha llama es capaz de distinguir los fieles de los impuros y, si se apagara algún día, el mundo se vería sometido a un invierno sin fin. Archaón pretende asaltar Middenheim para lograr entrar en el gran templo de Ulric. Desea erguirse sobre la llama eterna y corromperla con su propio cuerpo sabiendo que los Dioses Oscuros lo protegerán de cualquier daño. Así extinguiría la llama y propiciaría el fin de los tiempos, la gran era de guerra y muerte que precedería a la victoria final de los dioses del Caos.

Por consiguiente, Archaón trata de destruir Ulric y subvertir a sus seguidores para que adoren a los Dioses Oscuros. Si eso llegara a ocurrir, el Imperio se vería desgarrado y escindido y el gran legado de Sigmar caería en la ruina, condenado a formar parte del Reino del Caos para toda la eternidad.

La Tormenta del Caos Editar

Ver Artículo: La Tormenta del Caos

El Fin de los TiemposEditar

[En construcción, disculpen las molestias.]

Relatos oficialesEditar

MiniaturasEditar

  • 6ª Edición.
  • Archaón a pie (Gamesday 2004).
  • 5ª Edición.

ImágenesEditar

Fuentes Editar

  • Suplemento: Paladines del Caos (5ª Edición).
  • Ejércitos Warhammer: Hordas del Caos (6ª Edición).
  • Ejércitos Warhammer: Guerreros del Caos (7ª Edición).
  • Ejércitos Warhammer: Guerreros del Caos (8ª Edición).

Spotlights de otros wikis

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