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Desde los parapetos de la Puerta del Fénix, el ejército parecía haber aparecido como una marea negra que avanzaba con gran resolución. La primera Arca Negra había sido avistada por los vigías tan solo unas horas antes y ahora, mientras iban congregándose más de esas siniestras ciudadelas flotantes, la hueste de Naggaroth había desembarcado en la orilla. Tyrion permaneció impasible, mientras observaba las formaciones de Elfos Oscuros. Habían transcurrido siglos desde la última vez que vio una hueste de dimensiones tan colosales reunida para la guerra contra Ulthuan. La mera idea de sus oscuros parientes corrompiendo el suelo de su hermosa isla le revolvió las tripas. Durante los últimos meses, habían llegado informes de incursiones a lo largo de toda la costa de Ulthuan que habían entristecido su alma y habían acrecentado su ira con las dolorosas noticias de cada nueva tragedia.

Se decía que el propio Malekith se encontraba al frente de su ejército dispuesto para la batalla, pero Tyrion no podía distinguir al príncipe oscuro. A lo largo de las murallas de la puerta, jóvenes guerreros Elfos se ocupaban de transportar carcajs y repartirlos entre la orgullosa guardia de la ciudadela. Las dotaciones de los ancestrales lanzavirotes Garra de Águila comprobaban sus máquinas. El ejército enemigo se encontraba ya al alcance de sus armas, pero ningún proyectil se disparó hasta que Tyrion dio la orden.

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Se escuchó un grito de terror procedente de una de las torres de vigilancia. Tyrion miró en la dirección en que había señalado el centinela: un grupo de dragones se precipitaba desde el cielo en dirección a la puerta de la muralla. Gracias a su aguda vista, Tyrion pudo distinguir con claridad al jinete que iba al frente de la formación. Un estremecimiento le recorrió la espina dorsal al reconocer al jinete, se trataba de Malekith, el Rey Brujo de Naggaroth.

Mientras los dragones desplegaban sus enormes alas de color negro y describían una extraña ruta de dirección a la torre de la muralla, Tyrion se dio cuenta de cuál era su plan. El aliento nocivo de los dragones acabaría con todos los guerreros de las murallas, lo que permitiría a los Elfos Oscuros avanzar sin temor a encontrarse con la lluvia de flechas que, de otro modo, hubiese caído sobre sus filas. Rápidamente, ordenó a los lanzavirotes que se concentrasen en la nueva amenaza. Mientras esperaba que los dragones se acercaran, mantuvo la espada en alto hasta que procedió a bajarla con un enérgico golpe de brazo. Era la señal de abrir fuego y mientras Tyrion permanecía sin pestañear, a la espera de que décadas de adiestramiento demostraran que había valido la pena, escuchó el crispado sonido de una docena de lanzavirotes disparando un aluvión de pivotes. Dos de los proyectiles alcanzaron su objetivo y surgió un enorme grito de triunfo desde los parapetos que ahogó los alaridos de los dragones agonizantes, que se precipitaron desde el cielo y fueron a parar a las aguas del foso que rodeaba la puerta. El resto de los dragones cambió el curso de su ataque con rapidez y se replegaron hacia sus propias líneas. Tyrion no tenía la más ligera duda de que Malekith regresaría volando a lomos de su dragón para volver a atacar las murallas, pero, por ahora, habían podido contener su ataque.

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La aparición de los dragones debía ser la señal para que el ejército Elfo Oscuro avanzara; pues, a lo lejos, los regimientos de la estirpe maldita habían empezado a moverse una vez más. Tyrion corrió escaleras abajo, hacia el patio de armas. Los Yelmos Plateados ya habían montado y estaban dispuestos en formación ante la decorada y gigantesca puerta. Al pie de las escaleras, la montura de Tyrion, Malhandir, esperaba con paciencia a su señor. Saltó desde las escaleras, atravesó la distancia que le separaba de su montura con elegancia y cayó sobre la grupa de su corcel. Tiró suavemente de las riendas y Malhandir respondió al instante. Existía un vínculo invisible entre Tyrion y su corcel: ninguna otra montura hubiera sabido interpretar del mismo modo sus deseos a la más mínima señal. Tyrion galopó hacia el frente de la formación de caballería, que estaba a la espera de que las puertas se abrieran. Mientras las enormes puertas se movían en silencio, los Yelmos Plateados avanzaron desde el interior de la fortaleza.

El sonido de los cascos de los corceles avanzando sobre el suelo verde se convirtió en una especie de murmullo creciente al aumentar la velocidad de la carga de los Yelmos Plateados. Tyrion sostuvo su arma en alto y, en cuestión de segundos, las brillantes lanzas de los jinetes congregados a su alrededor se estrellaron contra las primeras filas de la Guardia Negra. La hoja de la espada de Tyrion describió un baile de muerte mientras se precipitaba sobre uno tras otro de los diabólicos invasores. Fue entonces cuando divisó el estandarte de un antiguo adversario: ante él se encontraba Kouran Manoscura, el azote de Ulthuan, Capitán de la Guardia Negra y general de los ejércitos del Rey Brujo. Su nombre era odiado y temido por los Altos Elfos. Dos de los siniestros escoltas de Kouran se adelantaron para proteger a su Señor, pero Malhandir se encabritó y machacó con los cascos el cráneo de ambos.

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Kouran elevó su espada para golpear el cuello del corcel blanco de Tyrion, pero, antes de completar lo que debería haber sido un golpe fatal, Tyrion bloqueó el ataque. Más de los implacables Guardias Negras intentaron hacer caer al noble Alto Elfo de su montura. Tyrion había desafiado a su Capitán, pero no existía el sentido del honor para los de su raza. Las runas grabadas en la afilada hoja de la espada de Tyrion resplandecieron mientras destrozaba a los guerreros de la Guardia Negra que se acercaban demasiado.

Kouran volvió a atacar, esta vez dirigiendo su golpe contra el héroe Alto Elfo; pero ni siquiera la oscura hoja encantada de su espada pudo atravesar la finamente trabajada armadura de Tyrion.

Describiendo un potente arco con su arma, Tyrion asestó un golpe que fue a estrellarse contra el arma de Kouran. Durante un breve instante, las runas de las dos armas brillaron con intensidad. Las oscuras runas grabadas en la hoja del arma de Kouran brillaron con unos amenazantes destellos de color rojo que contrastaban con las runas azules de Colmillo Solar, la espada de Tyrion. Con un potente chasquido, la hoja del arma de Kouran se rompió y Colmillo Solar atravesó el yelmo del héroe de la Guardia Negra, lo que supuso su muerte inmediata.

Estupefactos por la muerte de su campeón, el ataque de los Elfos Oscuros se detuvo por un breve instante. Eso fue más tiempo del que necesitaba Tyrion. Al notar las intenciones de su maestro, Malhandir se replegó majestuosamente antes de emprender una rápida galopada de vuelta hacia la puerta. Los Yelmos Plateados le siguieron y, mientras alcanzaban el gran umbral, Tyrion se apartó con su corcel para permitir que la caballería le precediese. Al ver que se retiraban, los Elfos Oscuros se lanzaron con rapidez en su persecución. Toda la hueste de Naggaroth avanzó vociferando alaridos de furia. Tyrion sabía que las puertas no podrían cerrarse a tiempo y que los Elfos Oscuros los alcanzarían; pero, a la par que las primeras filas se cerraban, Tyrion señaló con su espada en dirección a los parapetos y esperó un segundo antes de bajar la espada.

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A su señal, los arqueros de las murallas abrieron fuego. Un aluvión de flechas cayó sobre el ejército que cargaba. Pudo percibirse el sonido familiar de los lanzavirotes disparando una ráfaga de proyectiles contra las líneas de los Elfos Oscuros. La carga de los Druchii vaciló un momento antes de que iniciaran una rápida retirada. Mientras el último de sus oscuros primos huía para ponerse a salvo de las flechas, Tyrion aguantó los estribos de su corcel y levantó la espada en señal de victoria. Tras volver a sentarse de nuevo sobre su montura, el magnífico príncipe élfico se giró para contemplar el ejército que huía y, lentamente, él y su corcel cabalgaron hacia el rastrillo abierto.

Cuando las doradas y decoradas puertas se cerraron tras él, Tyrion supo que solo habían conseguido un pequeño respiro ante la invasión. Con Malekith al frente de las tropas invasoras, sus soldados deberían seguir luchando durante meses. Si las puertas cayesen, las fuerzas de la oscuridad conquistarían a su pueblo y, una vez recuperado su hogar ancestral, era seguro que se lanzarían en pos de la conquista del resto del mundo como un azote de odio. En Ulthuan, los Altos Elfos montarían su resistencia y en Ulthuan descansaría el destino del mundo. Tyrion no tenía miedo, él había nacido para librar esa guerra.

FuenteEditar

  • Ejércitos Warhammer: Altos Elfos (6ª Edición).

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