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Ataque sorpresa en Caledor

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Netariah se sentía muy cansado. Había estado de guardia desde la puesta del sol y su turno casi había terminado. Deseaba con todas sus fuerzas echarse a dormir un rato antes de unirse a las festividades del pueblo, pues hoy era el día del Festival de la Luz y las calles de Caledor estaban cubiertas por hileras de banderolas de todos los colores. Formaba parte de la tradición que los elfos jóvenes corrieran por todo el pueblo arrojado bolsas llenas de tinte a cualquiera con el que se cruzasen. La consciencia directa era que, al final del día, todo el mundo paseaba por las calles del pueblo con las ropas manchadas por una masa de brillantes colores. Aquella noche se bebería mucho vino de calidad para celebrar el aniversario de la derrota del Rey Brujo y su exilio de aquella tierra de justicia. De momento, Netariah se tenía que conformar con contemplar cómo las festividades empezaban a desperezarse al sol del amanecer desde lo alto de la torre de guardia.

Sonrió al pensar en las historias con las que sus hijos le abordarían a su llegada. La imagen de sus amplias sonrisas quedó borrada por el grito del relevo, que le esperaba al pie de la escalera. Era la agradable señal de que su guardia había terminado. Cuando se dio la vuelta para bajar las escaleras, el cielo se oscureció de repente sobre su cabeza. Una inmensa sombra negra sobrevoló la torre y la corriente producida por sus alas hizo perder el equilibrio a Netariah, que cayó dando tumbos al suelo. Los dragones se lanzaban en picado sobre Caledor y no había sonado ninguna alarma.

A sus pies, Malekith divisó a los relajados pueblerinos congregados en la plaza de mercado. El resto de jinetes había roto la formación, pero ya no importaba. Dirigió a Seraphon había las festividades y rió cuando vio gritar de terror a los primeros aldeanos que habían avistado las terribles formas que se alzaban sobre sus cabezas. Seraphon dejó escapar un feroz chillido y fue entonces cuando todo el pueblo se dio cuenta, demasiado tarde, de la amenaza que se les venía encima. Lo que momentos antes había sido una feliz escena de elfos danzando a cielo abierto, se había convertido en un túmulo enloquecido por el pánico y el terror. Las mesas eran volcadas y los elfos pisoteaban sus semejantes en su desesperado intento de huir. Flotando sobre los histéricos Altos Elfos, Malekit susurró una orden a su bestia.

Seraphon tomó aire con una profunda inspiración y lo contuvo por un momento antes de exhalarlo. Una nube de gas negro surgió de la boca del dragón, cubriendo prácticamente la plaza entera. Uno por uno, los aldeanos cayeron sobre sus rodillas aferrándose las gargantas mientras intentaban, en vano, contener la respiración. El dragón vomitó de nuevo su nube tóxica. Malekith espió los cielos sobre los tejados del pueblo. Los cuatro dragones restantes recorrían las calles colando a muy poca altura, imitando sus acciones. en cuestión de minutos, las calles brillantemente decoradas quedaron envueltas por una mortífera neblina negra. Aquellos que lograban escapar a los gases eran cazados rápidamente por los dragones.

Un guerrero solitario. caliente pero estúpido, arrojó su lanza a uno de los monstruos que aleteaban sobre él. su cara estaba roja por el esfuerzo de contener la respiración para evitar respirar el gas venenoso. Malekith sonrió divertido, pensado que el fas era lo que menos debería haber preocupado a aquel idiota. El dragón mordió la lanza, que se partió entre sus dientes como si fuera una ramita. Cuando el guerrero se giró para echar a correr, el largo cuello de la poderosa bestia se adelantó y sus poderosas mandíbulas se cerraron, partiendo limpiamente al guerrero por la mitad.

Seraphon siguió aleteando por encima del pueblo durante unos minutos hasta que los vapores, lentamente, empezaron a dispersarse, Malekith sonrió ante la carnicería que tenía debajo: los cadáveres de cientos de elfos yacían desperdigados en el sitio exacto en que habían fenecido. El ácido corrosivo ya había empezado a roer los ropajes de brillantes colores y la carne de los muertos. Malekith ordenó a su dragón que aterrizara y contempló la plaza. En medio de aquel dantesco espectáculo no pudo ver ni un solo superviviente.

-Qué desperdicio! -susurro a Seraphon, que jadeaba sonoramente después de un vuelo tan extraordinariamente largo-. Habrían sido unos esclavos tan buenos... Bueno, no importa, ¿qué más da unos cientos de cautivos aquí o allí? Muy pronto gobernaré todo Ulthuan.

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