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Aventureros del Viejo Mundo

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Sven intentó relajarse, pero le resultaba difícil. Sus mandíbulas estaban fuertemente encajadas, y tenía la boca seca; sus nudillos se habían puesto blancos de aferrar el pomo de su espada, y el sudor le corría por la frente, aguijoneándole los ojos. A la vacilante luz de tres antorchas, y en completo silencio, esperó a que Abrahim terminase su trabajo. Sven pudo sacar algún consuelo del hecho de que la mayoría de sus compañeros estuviesen al menos tan nerviosos como él. Friedrich-Gustav, el joven hijo del Señor del Auerswald, parecía pálido y enfermizo a la luz de la tea que sujetaba sobre Abrahim. Aquel muchacho de la nobleza se había probado ya en combate, pero ahora -al final de su búsqueda- parecía muy asustado de lo que pudieran encontrar. Los ojos de Myllara brillaban al lanzar rápidas miradas en todas direcciones, desacostumbrada a encontrarse bajo tierra: la Merodeadora elfa los había conducido sanos y salvos a través de las tierras salvajes alrededor del Auerswald, pero ahora se encontraba en el más extraño entorno. Y Elizabet... ¿qué estaría pensando ahora la Escriba? A lo largo de todo su viaje había estado parloteando sin cesar sobre su trabajo en la Universidad y sus planes para el futuro. De repente, aquel futuro parecía remoto.

iCuatro jóvenes aventureros, arrancados de sus hogares y la seguridad de sus carreras por la atracción de la gloria, la emoción y el dinero fácil! Sven recordaba sus propios días de Pescador como si fuesen los recuerdos de otro; jahora era Sven el esgrimista, un hombre dispuesto a viajar incluso a las Montañas del Fin del Mundo en busca de aventuras! ¿Y qué mejor forma de empezar que aquella? El extraño árabe, que había tenido que mantener su manto bien ceñido al cuerpo durante el viaje a través de los fríos yermos, les había guiado hasta aquella cripta, escondida bajo tierra, para encontrar un antiguo mapa que señalaba el camino a un gran tesoro. jY vista la forma en que había esparcido Coronas de Oro por la ciudad en busca de un bravo grupo de aventureros, el premio final debía valer la pena!

Así que Sven aguardó, observando cómo Abrahim introducía sus finas herramientas en la gran cerradura de la puerta. El árabe no hizo ningún ruido, absolutamente ninguno, hasta que el mecanismo emitió un chasquido apenas audible, y entonces sonrió con su sonrisa sin dientes. “Está abierta”, siseó.

Su voz, húmeda e irreal, encajaba con aquel lugar siniestro; Abrahim se puso en pie, ciñéndose más el manto como si de repente hubiese sentido frío. Y Sven mismo sintió también aquel frío, una sensación que recorrió su espalda como si algo... Quizá fue un aviso de los Dioses, o sólo una premonición, pero Sven sintió unos dedos helados tocando su espina dorsal mientras veía retroceder a Abrahim y Friedrich-Gustav cambiaba la antorcha de mano e intentaba cerrar la puerta de nuevo. El noble y la Merodeadora elfa estaban de espaldas a él, y la Escriba se esforzaba por lograr un atisbo de lo que había tras la puerta, pero Sven se salvó de aquel destino por el escalofrío y la visión de Abrahim bajándose la capucha sobre los ojos, como para resguardarlos de...

Hubo un grito de horror, pero Sven no se distrajo: sabía que Abrahim no era lo que aparentaba, y que pretendía hacerles daño. Una esbelta daga, goteando un viscoso fluido ambarino, había aparecido en su mano, y apuntaba a la espalda de Friedrich-Gustav... Sven sólo tenía un momento para actuar. Sus rápidos reflejos, que tanto había desaprovechado buscando peces sentado en la barca de su padre, salvaron la vida del noble. Atacó con su espada, rompiendo la hoja del cuchillo y haciendo un corte en el brazo del árabe. Los bordes de su manto envolvieron la espada por un momento, pero Sven la liberb de un tirón y golpeó de nuevo. El manto de Abrahim quedó suelto cuando la hoja penetró en la carne del hombre, y ambos cayeron al suelo. Sven retrocedió. En dos rápidos movimientos había matado a un hombre. No era como luchar contra los goblins o contemplar a otros matando por deporte o por justicia... Quizá no estuviese hecho para aquella vida de aventuras... Tras éI, ignorantes de lo ocurrido, Friedrich-Gustav y Myllara habían cerrado las puertas de nuevo. “iserpientes! iCientos de ellas!” se lamentó Elizabet, y despues: “Sven... iqué ha pasado? ¿Y Abrahim? Esta herido... ioh!” La Escriba se había inclinado sobre el cuerpo para ver si podía hacer algo, pero se detuvo sin llegar a tocarlo. Friedrich-Gustav acercó la antorcha, manteniéndola sobre Abrahim para que todos pudiesen verlo. Bajo su manto, el torso de Abrahim estaba desnudo, y la sangre goteaba aún de un salvaje corte a través del diafragma. Pero, a pesar de la sangre que cubría el cuerpo, era obvio que, donde hubiese debido haber piel, podía verse el sucio brillo de unas escamas verde pálido...

Contemplaron el cadáver durante un largo rato, de nuevo en silencio. Cuando Elizabet volvió a hablar, lo hizo con una voz ahogada por la incredulidad y el miedo. “Era una serpiente... como ellas...”

“iPor qué nos traería aquí?” Friedrich-Gustav estaba tan asustado como cualquiera de ellos. “¿Acaso iba a entregarnos a... a ellas?“ Nadie contestó, aunque todos sabían que así era. El hombre al que habían conocido como Abrahim no era del todo un hombre, sino una especie de hombre-serpiente u hombre-lagarto, una criatura malvada y antinatural. Y Sven la había matado, salvándoles a todos. “Al menos estamos vivos”, dijo Myllara, “aunque la historia del mapa fuese un truco para traernos hasta aquí.” “No estamos seguros de que no haya un mapa”, dijo Sven, súbitamente envalentonado. “Podría haber un tesoro ahí dentro. Recordad todo el oro que tenía.” Se miraron unos a otros, tomando una decisión entre asentimientos y torvas sonrisas, y prepararon sus armas, aceite y algunas antorchas. Sólo cuando estuvieron completamente preparados se dispusieron los cuatro aventureros a abrir de nuevo las puertas...

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