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Badruk Machacakráneoz

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Lo que más le gusta en el mundo a Machacakráneoz (más incluso que patear culos de Goblins) es luchar contra los Enanos. Estos son muy resistentes, por lo que Badruk puede disfrutar de un combate largo en el que el adversario no se rompa con facilidad (al contrario que los Elfos) y que, por tanto, se convierta en una magnífica oportunidad para desentumecer sus músculos. Además, no huyen en el momento más divertido de la batalla. O, como mínimo, no consiguen llegar demasiado lejos cuando lo intentan. Son lo que los Orcos conocen como "montoncitos de escoria" o sus "enemigos favoritos". Por esta razón, Machacakráneoz ha decidido establecerse en las montañas para poder estar cerca de ellos.

Los Enanos Grises de Karak-Norn le conocen bien; si bien no todos le conocen personalmente, sí que lo conocen por su reputación. La verdad es que ha provocado tantas muertes a lo largo de los años que son contadas las familias que no han perdido a un pariente o amigo a manos de Machacakráneoz o de sus chicoz. Fue allá por el año 56 cuando apareció Badruk. Algunos dicen que había seguido a través de las montañas a un minero enano herido. Otros creen que simplemente se perdió tras una incursión de su tribu. La verdad es todavía más extraña. Badruk había luchado en las llanuras occidentales de las Montañas del Fin del Mundo junto al resto de sus compañeroz pisoteando y despachurrando a los estúpidos soldados imperiales que intentaban evitar que la horda verde bajara de las montañas para arrasar las fértiles llanuras que se extienden a sus pies. Los milicianos estaban muy lejos de conseguir la victoria. De hecho, estaban siendo pulverizados…

Hundiendo profundamente su rodilla en un charco de vísceras y sangre, Badruk rugió con la alegría despreocupada de la masacre. Quedaban cada vez menos humanos y pocos de ellos en condiciones de ofrecer un poco de resistencia. De hecho, el único que quedaba con vida cerca de Badruk era un acartonado humano de barba gris, todo encorvado y torcido, que intentaba escabullirse del desastre. Una sonrisa maliciosa cruzó la cara de Badruk cuando lo vio tropezarse y caer. Con la facilidad que comporta la práctica, el Orco Negro le siguió, moviéndose por encima de las ensangrentadas rocas hacia el debilucho que seguía en el suelo. Su hacha todavía podría probar una vez más la sangre. El humano estaba rebuscando en una ajada bolsita de cuero. Era evidente que buscaba desesperadamente alguna cosa. De repente, la halló y giró su cara aterrorizada hacia Badruk. Pero el enorme Orco Negro se encontraba ya sobre él. Cuando Badruk levantó su hacha salpicada de sangre para asestar el golpe final, la temblorosa voz del humano graznó sus últimas palabras: "Sigmar, perdóname". Tras murmurar estas palabras, lanzó un puñado de reluciente polvo azul a la cara del gigantesco Orco Negro. Durante unos instantes, Badruk quedó cegado por el deslumbrante chisporroteo del polvo, pero unos estúpidos trucos de magia no iban a salvar al humano. El hacha de Badruk cortó el viento con la furia del rayo para hundirse profundamente en la… ¡nieve! ¿¿¿Nieve??? Badruk parpadeó y miró con asombro a su alrededor. Ningún viejo humano acartonado, ningún cadáver, ninguno de sus compañeros... De hecho, las montañas eran totalmente diferentes, no había ninguna pelea y había más nieve de la que había visto desde que luchara con Garblag contra los peludos en el Norte. Nadie sabe exactamente cómo funcionó aquel conjuro. Tal vez la muerte del hechicero formara parte del hechizo.

El caso es que Badruk se encontró a cientos de leguas de su hogar. Pero, a pesar de todo, como era un Orco Negro y, además, uno de los más sádicos, pronto encontró una tribu de pieles verdes a la que someter. Entonces descubrió a los Enanos y empezó la auténtica diversión. Han pasado muchos años desde que Badruk Machacakráneoz empezó a merodear por las Montañas Grises y se convirtió en una pesadilla para los mineros y comerciantes enanos de Karak-Norn. Su pequeña banda de pieles verdes y su harapienta bandera adornada con todo tipo de trofeos se han convertido en una visión familiar (y molesta) para los lugareños, que procuran tratar el tema como un típico problema más, como el clima… o los aludes. Badruk ha empezado incluso a liberar a los cautivos para poder volver a luchar contra ellos más tarde. Matarlos cuando están atados no es divertido y, si hay algo que le guste más que patear Goblins, eso es divertirse un poco con los Enanos.

FuenteEditar

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