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Batalla de Alderfen

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Nagash Gran Nigromante retornado Fin de los Tiempos.jpg

El Fin de los Tiempos

El trasfondo que puedes leer en esta sección o artículo se basa en la serie de libros de campaña y novelas de El Fin de los Tiempos, que recientemente ha sustituido la línea argumental de La Tormenta del Caos

Archaon Señor del Fin de los Tiempos.jpg

Alderfen.jpg

Vistas desde el Bastión Áurico

La Batalla de Alderfen, también llamada la Defensa de Alderfen, fue un combate que tuvo lugar al poco del inicio del Fin de los Tiempos. Fue la primera vez que se abrió una gran brecha en el Bastión Áurico de Balthasar Gelt, y las hordas adoradoras de Nurgle de Festak Krann trataron de atravesarla en dirección al Imperio, enfrentándose a las Tropas Estatales de Ostermark, Middenland, Wissenland, Talabheim y Nuln (lideradas por el Conde Elector Wolfram Hertwig y el Ar-Ulric Emil Valgeir) y a los inesperados No Muertos de Sylvania (invocados y dirigidos por Vlad von Carstein, El Sin Nombre y Walach Harkon).

HistoriaEditar

El Pegaso de Balthasar Gelt era una bestia leal que había servido a su amo durante más de una década. Su nombre era Flecha Plateada, y en ese día el corcel alado demostró su derecho a poseer tal nombre. A la orden de Gelt, el Pegaso se dirigió al sureste como una lanza salida de la mano de la mismísima Myrmidia, llevando a su amo a través de las muchas leguas hasta Alderfen. Mientras viajaban, Gelt vio de primera mano la prevalencia de los No Muertos y supo que, a pesar de sus protestas, los demonios de Sylvania eran libres de actuar una vez más. Esto horrorizó al hechicero, tanto por la pérdida de vidas como el daño a su reputación, pero tan pronto como Flecha Plateada le puso ante sus ojos Alderfen, asuntos más importantes se apoderaron de su atención.

Incluso desde lejos Gelt podía ver la brecha en el Bastión Áurico, una gran herida que dividía la muralla hasta sus raíces. A través de ella se derramaban toda clase de norteños infectados, que se lanzaron hacia una línea imperial preocupantemente delgada. Los cielos sobre la brecha eran negros y batir de alas mientras las Furias daban vueltas y merodeaban, impacientes por obtener carroña pero sin querer arriesgarse contra un enemigo saludable. El aire estaba lleno del retumbar de los tambores, el clamor estridente de las bocinas y el canto de oraciones prohibidas.

Con un golpe suave a sus riñones, Gelt hizo descender a Flecha Plateada a las cimas de las colinas, donde el estandarte de Wolfram Hertwig ondeaba desafiante.

Alrededor del estandarte se reunía un variopinto conjunto de tropas imperiales. Había tropas de MiddenlandWissenland junto con soldados de Talabheim y artilleros de Nuln. Algunos escasos estandartes de Ostermark eran visibles sobre los collados, y el buen ojo de Gelt percibió rápidamente la razón. Una legua de amarillo y púrpura, apenas media milla detrás de la muralla y apenas visible entre los estandartes y escudos de la horda que avanzaba, mostraba donde los ostermarkianos habían resistido una última vez; resistieron, y fueron castigados por su valentía.

Ahora sonaba el estruendo de los cañones y morteros, las toses ondulantes del fuego de pistolas llenaban los vacíos en el medio. Gelt vio las columnas de humo salir de cañones de latón y cómo se abrían profundas heridas sangrientas dentro de las filas del Caos. Vio magos del Colegio Brillante conjurando conflagraciones que barrieron las filas de carne pálida y llena de enfermedades, dejando sólo cenizas y metal retorcido a su paso, pero aun así los norteños avanzaron. Los tambores sonaron con más fuerza, el canto se hizo más decidido y guerreros frescos surgieron para llenar los agujeros dejados por los muertos.
Espadachines imperiales.jpg

Regimiento de Espadachines Imperiales

Gelt prestó poca atención a la batalla; su atención estaba en el círculo de piedras que se encontraba dentro del hueco de las montañas y las formas que seguían inmóviles dentro de ella. No era extraño que el ritual hubiera fracasado, pues todos dentro del círculo estaban muertos, asesinados por una mano invisible. Con una mirada de vuelta a la línea en batalla de Hertwig, Gelt tomó una decisión y pidió a su corcel que descendiera. Un mago más, incluso uno de su capacidad, marcaría poca diferencia en la batalla en curso, pero quizá podría reparar el daño al Bastión Áurico y frenar los refuerzos de las hordas. Tras apearse de un Flecha Plateada agotado en el centro del círculo, Gelt metió la mano en los vientos de la magia y comenzó el largo y peligroso proceso de restaurar el ritual abandonado.

Aunque Gelt no podía saberlo, el Conde Hertwig había luchado tan valientemente como cualquier hombre durante ese primer asalto y fue arrastrado por su guardaespaldas cuando la derrota asomó por el horizone. Ahora el Conde Elector había tomado el control de los primeros refuerzos que le llegaron y, con lágrimas de dolor y rabia aún tiñendo sus mejillas, buscaba venganza por los muertos. Hertwig sabía que su línea de espadachines y alabarderos era demasiado delgada para sostenerse, sabían que iban a ser abrumados, pero no le importaba. Si el Fin de los Tiempos estaba teniendo lugar, como pregonaban los agoreros, entonces Hertwig estaba decidido a pasar a la historia escupiendo un desafío y con una espada en la mano. Así, cuando la horda llegó a la base del cerro, Wolfram Hertwig levantó su Colmillo Rúnico en alto y sus hombres respondieron. Mil voces bramaron el nombre del dios Sigmar con tal fuerza que por un momento incluso los tambores de la horda quedaron ahogados. Los de Middenland rugieron el de Ulric, con una ferocidad que compensó con creces sus exiguos números. Entonces, Hertwig bajó su Colmillo Rúnico, y los hombres del Imperio descendieron de la cima de la colina hacia la vorágine de la muerte.

A pesar de que su concentración estaba enfocada en el ritual, Gelt vio la carga de Hertwig y maldijo su torpeza. ¿Acaso no veía que la restauración del Bastión Áurico era su única esperanza? Gelt no podía defenderse y completar el ritual; había estado confiando en que Hertwig mantuviera a raya la horda. Los ojos del mago se desviaron hacia los cadáveres de los ritualistas. Podía sentir la magia de la muerte caer como una losa sobre el aire, y los muertos de siglos pasados dormían bajo sus pies. Habría sido tan sencillo darles vida de nuevo, proporcionarle la guardia que tanto necesitaba… ¡Pero no! Eso estaba prohibido, y por buenas razones. Encontraría otra manera.

La horda del Caos había esperado que los defensores se replegaran sobre sus laderas, esperando la muerte. Pocos estaban preparados para una última muestra de coraje, y por ello la carga suicida de Hertwig ganó mucho terreno por el efecto sorpresa. El clamor del acero sobre acero resonó a lo largo de las laderas más bajas. Decenas de tropas de Hertwig perecieron en ese primer choque de hojas, sus cráneos atravesados o aplastados, sus extremidades cortadas o sus gargantas arrancadas por dientes salpicados de veneno. Sin embargo, el ímpetu del ataque no pudo ser detenido. Las alabardas atravesaron armaduras y emergieron ensangrentadas, las lanzas convirtieron gruñentes perros en brochetas de cerdo, y entonces la alocada carga del Elector sobrepasó la línea de imperiales muertos y penetró en lo profundo de las filas enemigas.
Paladin de Nurgle por Adrian Smith.jpg

Paladín de Nurgle

El impulso de Hertwig les había llevado a penetrar profundamente en las filas enemigas, tanto que sólo una parte de los soldados de Middenland fue capaz de mantener el ritmo. Los norteños muertos y moribundos se apilaban alrededor del Conde Elector, pues ni siquiera sus armaduras forjadas en el infierno no podían resistir hoja encantada de Colmillo Rúnico. Los de Middenland cobraron fuerza del ejemplo de Hertwig, y aullaron como lobos sedientos de sangre mientras luchaban, asegurando que Ulric también tendría su merecido ese día.

A poca distancia de donde Hertwig luchaba, una figura brutal y ociosa tomó interés en el progreso del Conde Elector. Este era Festak Krann, y mediante el favor de Nurgle y su propia habilidad marcial comandaba esta parte de la horda norteña. En Hertwig vio un enemigo digno, uno cuya muerte traería gloria a su Dios. Abriéndose camino a codazos a través de las apretadas filas de guerreros acorazados, Krann se abalanzó sobre el Conde Elector.

Rodeado como estaba por el fragor de la batalla, la primera noticia que tuvo Hertwig de la llegada de Krann fue cuando el hacha oxidada del señor de la guerra barrió a dos de Middenland que luchaban frente a él. El hacha de Krann atacó de nuevo, demasiado rápida para pararla, y Hertwig gritó en agonía cuando la pesada hoja cortó a través de su armadura y penetró en su hombro. Ignorando el dolor de su brazo paralizado, Hertwig contraatacó, pero su visión era borrosa y el golpe no hizo más que cortar una astilla de madera del mango. Cuando el hacha de Krann se disponía a caer una vez más, Hertwig reunió lo que quedaba de sus fuerzas en una estocada final. El último sonido que el Elector oyó fue el grito de sorpresa de Krann cuando la hoja de Colmillo Rúnico se deslizó profundamente en su vientre. Los labios de Hertwig tuvieron tiempo de contraerse en una breve sonrisa antes de que el hacha oxidada de Krann partiera su cráneo. Krann rió a carcajadas mientras el cuerpo de Hertwig caía al suelo, cuyas manos sin vida dejaron la espada enterrada en los intestinos del Señor del Caos. Krann estaba contento. La herida había sido más inesperada que perjudicial; Nurgle sanaría este daño como lo hiciera con otros antes. Los soldados de Middenland, cuyo coraje cayó con el Conde Elector, trataron de escapar, pero los guerreros de Krann los masacraron sin piedad.

Wolfram Hertwig vs Festak Krann.jpg

Wolfram Hertwig se enfrenta a Festak Krann

Krann dejó que la persecución continuara sin él. Un enemigo había caído, pero aún quedaba mucho por hacer. Las armas del Imperio continuaban disparando desde la cumbre, y el caudillo podía ver una docena de colores brillantes volando en la brisa. La batalla no había terminado. Inclinándose, Krann agarró la empuñadura del Colmillo Rúnico y arrancó el arma de su cuerpo. Un torrente de sangre fétida brotó de la herida. Al instante, Krann supo que algo iba mal; su carne debería haber sanado en unos instantes, pero la sangre negra seguía fluyendo, llevándose la fuerza del señor de la guerra con él. Él no podía saber que este Colmillo Rúnico, herencia de Ostermark durante muchos siglos, era conocido como el Atraviesatrolls, y sus encantamientos frustraron los intentos de su cuerpo de sanar tan fácilmente como lo hacía con esos brutos. Krann se desplomó de rodillas, ignorado por los norteños que cargaban más allá, con su vitalidad escapando de sus manos. Por último, el señor de la guerra se desplomó, tendido junto a un Wolfram Hertwig que miraba desenfocado hacia el cielo, pero cuyos labios seguían formando una sonrisa de complicidad.

Pocos entre las líneas del Imperio notaron la muerte de Hertwig, pues estaban demasiado ocupados luchando por su propia supervivencia. Muchos héroes se forjaron en ese choque de bramantes brutos y gruñentes bestias, pero pocos sobrevivieron el tiempo suficiente para que sus nombres pasaran a la leyenda. Sin embargo, los hombres del Imperio mantuvieron la línea. En el flanco derecho, el Capitán Harald Dreist se estaba lamentando de los adulterios que lo habían obligado a buscar refugio en los Halcones Marinos de Nordland; un regimiento estacionado lejos de los maridos furiosos de Salzenmund. Hasta el momento, la tutela de Dreist en esgrima le estaba sirviendo bien, pero los alabarderos de su regimiento estaban siendo convertidos en despojos por las bestias del norte. A la izquierda, el Ar-Ulric Emil Valgeir, demasiado viejo para haber seguido a los hombres de Middenland y Hertwig a la muerte y la gloria, estaba, sin embargo, lo suficientemente sano para destrozar a los emisarios del Caos con su hacha rúnica. Los que luchaban cerca de él se fijaron en la determinación con la que Valgeir rechazó a los guerreros elegidos de Nurgle, procurando igualar el vigor del anciano sacerdote.

Sin embargo, fue en el centro de la línea donde los azares de la guerra comenzaron al fin a volverse contra los invasores. Allí, en medio de los cadáveres ensangrentados que una vez fueron un orgulloso regimiento de Talabheim, los supervivientes se reunieron en torno a un joven de cabello rubio cuyos martillos brillaban con luz santa. No era soldado, ni siquiera un sacerdote: era un herrero de profesión, y sus armas no eran sino las herramientas comunes de la forja. No había llegado a la frontera para escapar de las consecuencias de los pecados del pasado, ni ningún deber le había traído. Estaba allí porque algo le había empujado al norte desde su casa en Reikland, como una necesidad que no podía negar. El nombre del joven era Valten, pero aquellos que le miraban veían la luz de Sigmar sobre sus hombros, y de esta manaron nuevas fuerzas y coraje.

Allí dónde los martillos de Valten golpeaban, los escudos norteños eran destrozados y los cráneos reducidos a pulpa. Con cada enemigo derrotado, el aura de poder sobre el muchacho se hacía cada vez más brillante, hasta que sus enemigos comenzaron a retroceder de temor. Una gran bestia acorazada se alzó entre las filas de los invasores, cuyos tentáculos salpicados de limo arrastraban a soldados de Talabheim a sus fauces cavernosas. Valten no mostró miedo, sino que se lanzó directamente hacia el monstruo, moviendo sus martillos en arco para convertir sus huesos en polvo. La bestia se desplomó, triturando a aquellos que no se alejaron de ella, y los norteños escaparon de la lucha. Sin recibir orden alguna se retiraron tras el guerrero caído ante ellos, y los hombres de Talabheim corrieron hacia la brecha para vengar a sus muertos.

En ese momento, parecía como si la marea de la batalla hubiera cambiado. En algún lugar, una voz gritó el nombre de Valten, y pronto otros hombres cogieron el testigo. La mayoría ni siquiera sabía por qué lo hacían, pero repetían la palabra como un talismán contra la horda. A la derecha, el capitán Dreist sentía que renovadas fuerzas llenaban sus brazos cansados mientras conducía a sus Halcones Marinos contra los bárbaros vacilantes. A la izquierda, Valgeir frunció el ceño, pero no dijo nada cuando vio la luz dorada de Valten cubrir a todos los que luchaban a lo largo de la ladera. Entonces los cañones en la cresta rugieron de nuevo y la línea imperial se lanzó hacia delante, obligando a retroceder a los norteños ante ellos.

¡Valten! ¡Valten! ¡Valten! gritaron los hombres del Imperio, y el estandarte de Festak Krann cayó en el barro, a escasos pasos del cuerpo sin vida del señor de la guerra.

¡Valten! ¡Valten! ¡Valten! Los Hermandad Comecuervos, caballeros de rostros marcados por la enfermedad que habían asolado Ostermark durante más de una generación, perecieron hasta la última condenada alma cuando los martillos de Valten destrozaron sus cráneos.

¡Valten! ¡Valten! ¡Valten! Los supervivientes de las unidades de Middenland, deseosos de borrar todo recuerdo de su cobardía anterior, cayeron como lobos sobre los bárbaros en retirada. No tenían las reservas de Valgeir; ansiaban la victoria, y si se les era concedida de la mano de Sigmar, entonces que así fuera.

¡Valten! ¡Valten! ¡Valten! Ahora los norteños habían retrocedido casi hasta la brecha en el Bastión Áurico, y los hombres del Imperio podían saborear la victoria.

¡Valten! ¡Valten! ¡Valten! En el centro del círculo ritual, Gelt oyó el canto y se preguntó brevemente lo que significaba, antes de enfocar su atención en su propia tarea una vez más.

¡Valten! ¡Valten! ¡Valten! El último de los estandartes de los invasores cayó en el barro y la horda huyó a través de la brecha hacia Kislev. A pesar de que había costado muchos cientos de vidas, la línea había aguantado; o al menos eso se pensaba.

Gran espadero lineart.jpg

Gran Espadero

Dreist fue el primero en verlo: una montaña deforme de carne llena de enfermedades, coronada por un rostro ceñudo. Se acercó a la brecha desde el lado de Kislev, bamboleando su masivo cuerpo a través de los norteños, con una espada larga maltratada en su mano derecha y una ristra de cadenas de hierro y cráneos de mirada vacía en su izquierda. Detrás de la criatura llegó una legión de guerreros escabrosos y monótonos. Litros de pus salían vomitados de heridas abiertas y barrigas hinchadas; ácaros pululaban delante de la horda para darse un festín en las piscinas fétidas. Los mortales habían fracasado, por lo que Nurgle enviaba ahora a sus Demonios para terminar el trabajo.

Es de resaltar que gran parte de la confianza prestada por la presencia de Valten ante este nuevo horror, este pozo infecto dado vida, hizo que los hombres del Imperio no retrocedieran. Los sargentos y capitanes emitieron órdenes y se formó una línea irregular a través de la brecha. Era un baluarte delgado, de tan sólo tres o cuatro hombres de profundidad en algunos lugares, pero su valor compensaba su escasez. Cuando los Portadores de Plaga se acercaron, ningún hombre contempló la retirada. Ignoraron a las Furias que se cernían sobre ellos. Ignoraron el hedor de otro mundo del huésped demoníaco y las moscas que pululaban para tapar tanto narices como bocas. Soportaron los dolores punzantes cuando los Nurgletes arañaron sus pantorrillas y los tobillos. Los hombres vomitaron cuando las enfermedades se extendieron por su sangre, pero siguieron luchando hasta que sus manos se disolvieron en mocos o sus ojos se licuaron. Sabían instintivamente que Valten les traería la victoria, por lo que determinaron no fallarle.

Valten no dudó, saltando hacia adelante para herir a la Gran Inmundicia en su pecho. El Demonio, que le deleitó con el nombre de Gurug'ath de la Podredumbre Infinita, no hizo ningún intento de defenderse, y de hecho parecía un poco ofendido por su asalto. Su piel curtida humeó y silbó cuando los martillos aterrizaron, pero Gurug'ath no hizo más que ralentizar su avance. Valten golpeó una vez más. Hubo un flash de luz dorada; el Demonio rugió de dolor, pero no cayó. En cambio, Gurug'ath giró su espada en un arco descendente, evidentemente para partir a Valten de la cabeza a los pies.

Al ver el peligro, el joven unió sus martillos para bloquear el golpe, pero no era lo suficientemente fuerte como para detener el de un Gran Demonio de Nurgle. La espada golpeó los martillos bloqueadores con un crujido sordo, y después se partieron. En el mismo momento, el mayal de cráneos del Demonio le barrió a la altura del pecho, lanzando a un Valten ensangrentado al suelo. De repente, el canto se desvaneció cuando los hombres del Imperio vieron a su campeón derribado. La luz dorada se atenuó, y la esperanza se desvaneció con ella. Los soldados que momentos antes habían estado convencidos de la victoria ahora retrocedían de los demonios ante ellos.

El extremo más oriental de la línea se rompió y huyó. El capitán Dreist, cuyo honor estaba tan maltrecho como su túnica, corrió con ellos.

El rostro pestilente de Gurug'ath se sacudió con una risa sonora y los Nurgletes se agruparon alrededor de sus pies, riendo y riendo al ver a Valten humillado de tal forma. Lamiendo con su lengua de gusano unos labios agrietados y con ampollas, la Gran Inmundicia se lanzó hacia delante y levantó su espada para acabar con la vida del osado mortal. Dos soldados de Talabheim se adelantaron para arrastrar a Valten, pero otro barrido del mayal envió sus cuerpos destrozados dando tumbos. Con una sonrisa espantosa, el Demonio dio un paso más hacia adelante y levantó la espada en alto. Valten, ahora de rodillas, pero todavía aturdido, miró sin comprender cómo el golpe de Gurug'ath descendía.

La oscuridad llegó sin avisar. No era la caída de la noche, pues quedaban algunas horas para ello. Venía del sur, viajando contra el viento, una sombra reptante que avanzaba a una velocidad increíble para ahogar toda la luz del cielo. En un instante se cernió en el horizonte del sur; al siguiente se extendió hacia el norte, hasta que el sol no era más que un recuerdo.

Durante un instante la lucha cesó, mientras Demonio y hombre trataban de adivinar lo que presagiaba este cambio. Gurug'ath detuvo su golpe mortal y miró incrédulo a los cielos. Podía saborear la magia en el aire, y se preguntó si esto era obra de algún maldito Demonio de Tzeentch que veía a robarle su triunfo. Entonces escuchó una risa, y Gurug'ath supo que sus sospechas estaban equivocadas.

La risa resonó en todo el campo de batalla, una que parecía brotar inmediatamente de todas partes y de ninguna. No era un sonido desagradable, si podía determinarse tal cosa. Sus tonos eran ricos y profundamente cargados de confianza, endurecidos por un toque inconfundible de malicia. Era la voz de alguien que se consideraba a sí mismo superior a todos los que oyeron el sonido y que obtenía el mayor de los placeres ante ese conocimiento.

En el círculo ritual, Balthasar Gelt sintió los vientos de la magia cuando otro estremecimiento doblegó su voluntad y trató desesperadamente de no perder el control de sus propios encantamientos. Luz dorada brilló desde las piedras antiguas mientras el mago dorado perdía y recuperaba su control varias veces. El sudor corría en arroyuelos por el interior de la máscara de Gelt mientras luchaba por estabilizar su ritual. Tan concentrado estaba en la corriente fluctuante de la magia que apenas notó el viento frío y aullante que soplaba del sur, sobre las colinas y a través de la brecha en el Bastión Áurico.

El capitán Dreist sintió el frío en su rostro cuando observó los horrores en la brecha y, de repente, todo un nuevo mar de terror cayó sobre él. Todos los pensamientos de huir volaron, limitándose a medio tropezar, medio caerse y juntar las manos firmemente sobre su cabeza, vagamente consciente de que a su alrededor otros norteños estaban haciendo lo mismo. Mientras lo hacía, se dio cuenta de que nuevos sonidos se habían unido a la risa. Hubo un chillido de corceles, un temblor de cascos invisibles y, clamando por encima de todo, voces guturales bramando un grito de guerra en arcaico Reikspiel. El tumulto sonoro creció más y más, vertiendo los sonidos en la mente de Dreist, acercándolo a la locura. Hubo un borrón de carmín y acero por encima del hombro del capitán, y una legión de caballeros de rostros demacrados avanzó en dirección norte. Un momento después, sintió el batir de un par de alas enormes y cerró los ojos con fuerza por temor a lo que de otro modo podría ver.

Walach Harkon fin de los tiempos.jpg

Walach Harkon carga con sus Caballeros Sangrientos

Los primeros en poner la mirada sobre los recién llegados fueron los Portadores de Plaga en la brecha del Bastión Áurico, aunque pocos la soportaron el tiempo suficiente para apreciar plenamente lo que vieron. El viento aullante sopló a través del campo de muertos por la podredumbre, y un segundo después ya no era un mero viento, sino una columna de corceles atronadores, lanzas bajadas y furiosa ansia de batalla. Las lanzas alcanzaron con éxito los cráneos con cuernos y vientres hinchados, derramando entrañas resbaladizas y vapores nocivos en el aire. Los caballeros no notaron el hedor y avanzaron, penetrando profundamente en la legión demoníaca que aún había más allá de la pared. Los Portadores de Plaga se defendieron, pero los Caballeros Sangrientos esquivaron sin esfuerzo sus torpes golpes o arrancaron miembros que portaban armas de un golpe de su acero frío.

Valten quedó momentáneamente olvidado, pues Gurug'ath movió su enorme masa para unirse a la imprevista batalla en su flanco oriental. El demonio dio un solo paso de pato cuando algo enorme emergió de la oscuridad sobre él, arañando con sus garras esqueléticas su espalda y hombro. Gurug'ath se tambaleó pero no cayó, y su atacante desapareció sobre su cabeza. Con un gorgoteo ahogado de frustración, el Demonio vio que los caballeros estaban lejos de su alcance, por lo que volvió una vez más con Valten. Una vez más la gran espada oxidada fue levantada, pero el joven ya había recuperado su ingenio y esquivó rodando el golpe destinado a partirle en dos.

Antes de que Gurug'ath pudiera preparar otro golpe, nuevos atacantes surgieron de la oscuridad y se lanzaron a por el Gran Demonio. Llegaron sin voluntad y pocos portaban armas; no eran guerreros vivos, sino los muertos recientes de Alderfen. Se abalanzaron sobre Gurug'ath, sin prestar atención a sus bajas, golpeando al Demonio con muñones ensangrentados y rasgando su piel con dedos destrozados. Una y otra vez los zombies llegaron, empujados por la risa que se hacía eco en el viento.

Esto fue demasiado para los hombres del Imperio. Rodeados de Demonios y No Muertos, la mayoría arrojaron las armas y se encogió. La mayoría, pero no todos. Dos grupos de vivos lucharon. Uno centrado en torno a Emil Valgeir, cuya rígida compostura no había vacilado una pulgada, y el otro sobre Valten, quien, aunque sin armas, ahora estaba de pie una vez más y trataba de llegar a Gurug'ath. Al principio, los soldados golpearon a Demonios y No Muertos en la misma medida, pero pronto se dieron cuenta que los No Muertos no hacían intento alguno de luchar contra ellos. Sin creérselo al principio pero con una confianza que creció a cada momento, los soldados imperiales se apartaron de sus propios muertos y cargaron contra los Demonios.

Nota: Leer antes de continuar - El Nombre Secreto

Entretanto, el capitán Dreist se puso en pie. No hizo ningún esfuerzo consciente por hacerlo, pues sus pensamientos todavía estaban congelados de terror, pero se levantó de todos modos con movimientos bruscos y descoordinados.

Escuchó susurros en su mente, las órdenes de una voz cuya voluntad no podía ser negada. A su alrededor, vio a otros hombres alzarse, y a través de su realidad brumosa por el pánico vio que sus confusas expresiones eran similares a la suya. Espontáneamente, la piernas de Dreist tropezaron hacia adelante, llevándole de vuelta a la brecha del Bastión Áurico. Otros llegaron con él, con movimientos tan torpes como los suyos y cuyas sus acciones eran guiadas por una criatura que ya no estaba atada a las limitaciones de la forma física.

Gurug'ath se liberó de los zombies que quedaban justo cuando la carga de Dreist chocó contra los Portadores de Plaga. La Gran Inmundicia pudo ver que los movimientos de los recién llegados eran anormalmente mecánicos, pero su vista demoníaca podía ver lo que el ojo humano no podía: un vasto y ondulante espíritu que se recortaba contra el cielo oscuro, cuyos zarcillos etéreos bailaban a medida que estimulaba las acciones de sus títeres. A ambos lados de Gurug'ath, los bordes dentados del Bastión Áuico brillaron con luz dorada cuando el ritual de Gelt empezó a surtir efecto. Echando a un lado un nudo de espíritus esclavos, Gurug'ath cargó hacia delante, pensando solo llegar al campo abierto más allá de la brecha. Justo cuando el Demonio trataba de atravesar las piedras cubiertas con cadáveres, hubo una racha de viento y Vlad von Carstein salió de la oscuridad para enfrentarse a él.

Vlad se había encontrado con criaturas tales como el Señor de Plaga antes, y consideraba a Gurug'ath un enemigo difícil. Pero habían pasado siglos desde que el vampiro pisara el mundo mortal, y sus propias habilidades marciales habían decaído mucho más de lo que se esperaba. Cuando Vlad esquivó un barrido de la espada de Gurug'ath, el Demonio lanzó su látigo y, cerrando una mano carnosa alrededor del brazo armado de Vlad, izó al vampiro. Saliva pestilente roció la cara del vampiro mientras la Gran Inmundicia se burlaba de él por su fracaso, cada sílaba ganando eco por la lengua de la boca traviesa del Señor de Plaga.

Valten contra gran inmundicia.jpg

Valten se enfrenta a Gurug'ath

Valten vio todo esto mientras se abría paso a través de la horda de Plaga. Él no conocía la identidad del vampiro, pero reconoció que compartían un enemigo común. Sus martillos eran historia, destrozados durante su propia batalla con el señor peste, y aunque su puño le servía bastante bien en contra los viles demonios menores, Valten dudó de que sirvieran contra un enemigo tan monstruoso. Mientras golpeaba con su puño al brazo de Gurug'ath, Vlad vio el ataque del joven y percibió la oportunidad a mano. Cerrando los ojos, el vampiro contactó con un zombie en particular de entre su horda reanimada, llamándolo sucesivamente.

Cuando Valten alcanzó a Gurug'ath, el cadáver ensangrentado de Wolfram Hertwig arrastró los pies para interceptarlo. Los labios del zombi todavía llevaban una sonrisa congelada, mientras sus manos aferraban del Colmillo Rúnico del Conde Elector, que ahora ofrecía a Valten. El joven se apoderó de la espada sin vacilar y se reincorporó a la refriega. El Colmillo Rúnico cortó, y Gurug'ath retrocedió cuando la hoja cortó profundamente su brazo, liberando al vampiro de su agarre.

Lucharon juntos en esa brecha, juventud e inmortalidad, no como aliados en el sentido más estricto, sino como guerreros que en ese momento compartían un enemigo común. La piel de Gurug'ath era dura, su carne enferma casi impermeable al dolor pero, pese a todo, cedió bajo los asaltos gemelos del Colmillo Rúnico y la fría hoja de Vlad. Los contrincantes del Demonio no intercambiaron palabras ni compartieron ningún plan; reaccionaron instintivamente a las acciones del otro. Cuando Vlad paró un golpe de la Espada Demoníaca, Valten se adelantó para cortarle las tripas a Gurug'ath. Cuando el Demonio lanzó con el mayal a Valten al suelo, un golpe oportunista de Vlad cercenó uno de los ojos del Señor de Plaga. Un observador podría haber pensado que los dos luchaban como hermanos, si bien ni Valten ni Vlad invertían esfuerzos para preservar al otro. Si Valten y Vlad hubieran trabajado juntos, con auténtica confianza entre sí en ese momento, tal vez el Demonio podría haber sido vencido. Así las cosas, sus golpes sólo sirvieron para enfurecer a Gurug'ath, que poco a poco les hizo retroceder. Peor aún, más Portadores de Plaga siguieron la estela fétida del Señor de la Plaga, dispuestos a derramarse a través de la brecha hasta las tierras de más allá.

Caballero del semigrifo.jpg

Caballero del Semigrifo

Entonces, en el círculo ritual hacia el sur, Gelt dejó escapar un grito de triunfo y las piedras estallaron en luz. Cuando la magia desatada barrió hacia el norte, el aire a través de la brecha crepitó y provocó que el Bastión Áurico se restaurara una vez más. Las piedras derribadas surgieron de debajo de los cuerpos y unieron las dos secciones una vez más. Los Portadores de Plaga fueron aplastados o sellados por los bloques que surgieron en Kislev y el Bastión Áurico se reconstruyó a sí mismo. Mientras la muralla sanaba, Valten abandonó su pelea con Gurug'ath y se retiró. Vlad también escapó, pero sin sacrificar su dignidad. En cambio, le ofreció una sonrisa y un movimiento de espada burlón a Gurug'ath, para después marcharse rápidamente lejos de la brecha.

La Gran Inmundicia gruñó y caminó pesadamente en su persecución, pero demasiado tarde. Luz dorada fluyó a través del cuerpo del Demonio, atrapando a su forma en descomposición como una gran mosca en ámbar. Gurug'ath gruñó y luchó, pero no pudo liberarse. Seguía bramando cuando las piedras se cerraron a su alrededor.

Así terminó la Batalla de Alderfen. Valten y Valgeir quedaron como beneficiarios de un triunfo extraño. Vlad y sus aliados escaparon en la hora de la victoria, dejando a los muertos colapsarse sin vida una vez más y liberando los cuerpos de Dreist y sus hombres de las manos del espíritu. Mientras enterraban a sus muertos, los supervivientes grabaron en sus corazones las hazañas de Valten, y se sobrecogieron de lo oscuros que se habían vuelto los tiempos si las criaturas malditas de Sylvania tomaban las armas en defensa del Imperio. Cuando la oscuridad extendió su velo y el ejército yacía acampado, Valgeir caminó a través de las sombras, espolvoreando sal y agua bendita sobre el perímetro. Pocos durmieron fácilmente esa noche...

La Batalla de Alderfen
Contendientes | Batalla | El Nombre Secreto | Tras la Batalla de Alderfen | Un Gesto de Buena Fe

FuentesEditar

  • The End Times I - Nagash.

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