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Batalla de Heffengen

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Nagash Gran Nigromante retornado Fin de los Tiempos.jpg

El Fin de los Tiempos

El trasfondo que puedes leer en esta sección o artículo se basa en la serie de libros de campaña y novelas de El Fin de los Tiempos, que recientemente ha sustituido la línea argumental de La Tormenta del Caos

Archaon Señor del Fin de los Tiempos.jpg

The Empire.jpg

Luchando contra la marea infinita del Caos

La Batalla de Heffengen comenzó al amanecer, apenas un día después de la llegada del Emperador. Karl Franz había considerado brevemente la retirada a las murallas de la ciudad, pero la rechazó rápidamente como inviable. Las defensas de Heffengen habían sido descuidadas, y el emperador no tenía fe en que aguantasen. En su lugar, desplegó su ejército en las llanuras del norte, confiando en que las aguas profundas del Río Revesnecht reforzarían su flanco oriental.

El General Godfrei Talb pidió al Emperador comandar las defensas del este, y este se lo concedió. Talb dirigiría a más de doce regimientos procedentes de toda Ostermark, pero Karl Franz escogió reforzar aún más esa parte de las defensas. Cuantioso oro se pagó a los Mercenarios Puñosangriento de Grub Comeparientes, con la promesa de más tras la victoria. Más notable, Valten y Luthor Huss optaron por hacer su defensa en el flanco oriental, lo que significó que el Ejército de Sigmar también lo hizo. Este era un nombre rimbombante, dado en sorna a las hordas de flagelantes que habían sido atraídas por Valten durante las semanas anteriores. Karl Franz estaba seguro de qué esperar del Ejército de Sigmar, y trató de minimizar el caos de los perturbados colocándolos en el extremo de su flanco.

El extremo occidental de la línea imperial lo acaparaban casi exclusivamente los soldados de Talabheim. Garrat Mecke, Lord General de Talabheim, era el único hombre en su sano juicio en el ejército que en realidad parecía estar esperando la inminente batalla; a excepción del siempre sediento de sangre Gran Mariscal, por supuesto. Desde la desaparición de Helmut Feuerbach, Conde Elector de Talabecland, Mecke no hizo nada por ocultar su deseo de ascender a tan alto cargo y, aún al borde de la catástrofe, albergaba la esperanza de mejorar su candidatura demostrando su valor en ese día. Aunque Karl Franz desconfiaba de las motivaciones de Mecke, el general había desplegado una impresionante variedad de tropas de Talabheim a sus órdenes, por lo que el Emperador pasó por alto el mal menor de su ambición ese día.

En el centro de la línea, el Emperador reunió a sus mejores fuerzas. La mayoría de ellos eran soldados de Altdorf, tres regimientos enteros de la Guardia de Palacio del Emperador y muchos más de la milicia de la ciudad, formados en una línea doble de varios kilómetros más allá de las puertas de Heffengen. También reunió a la Reiksguard, con el intemperante Kurt Helborg esperando con inquietud a la cabeza.

Todo hombre agrupado en las líneas de batalla sabía qué esperar. La horda había sido anunciada durante días por un goteo constante de asaltantes, atracadores y buscadores de gloria. Los pueblos y puestos de avanzada cayeron a su paso, algunos defendidos por actos de heroísmo que nunca se sabrían, otros abrumados en enfrentamientos agotadores en los que las aves carroñeras eran los únicos ganadores. Muchos de los soldados reunidos habían luchado en tales batallas, o las habían oído bramar más allá del horizonte. Todos habían oído decir que El Fin de los Tiempos significaba el fin del mundo. Algunos se volvieron locos al oírlo, congregándose para unirse a los flagelantes infestados de pulgas y yagas escabrosas. La mayoría susurró plegarias a Sigmar, Ulric o Taal, afiló sus armas y oró por una muerte rápida si la victoria les era negada.

La horda avanzó bajo el batir de alas de innumerables cuervos, hambrientos ante el gran festín de cadáveres por llegar. El aire era sacudido por un canto profundo y en auge, el retumbar de los tambores combinado con voces ásperas alzadas por la canción. El sonoro cálculo de los archivistas de Nurgle se fusionó con el zumbido opresivo de un millón de moscas demoníacas y el estruendo de innumerables bestias mutadas.

Era un sonido que prometía muerte y condenación, y los hombres del Imperio oraron aún más para no escucharlo.

Flagelante Empire.jpg

Los Flagelantes del Ejército de Sigmar se lanzan a la batalla

Cuando la horda entró en rango, los cañones a todo lo largo de la línea imperial dispararon con una sola voz. Durante un momento, el clamor de los norteños se ahogó, pero subió hasta la cima una vez más antes de que el humo se despejara. Merodeadores locos por la sangre, clavando sus espuelas en los flancos de caballos salvajes, cabalgaron por delante del cuerpo principal. A medida que se acercaron, gritando y animando, los afilados gritos de los rifles de Hochland sonaron, lanzando a los bárbaros sangrientamente al suelo revuelto de la llanura. De vez en cuando, un valiente guerrero sobrevivía para llegar hasta las disciplinadas líneas, golpeando con su hacha o látigo contra el muro de lanzas, hasta que una estocada o un certero disparo de pistola lo enviaba al abrazo de sus dioses.

A pesar de todo, el cuerpo principal de la horda avanzó, recto como una flecha hacia Heffengen. No se preocupaban por sus pérdidas ni de las fuerzas desplegadas contra ellos. Demasiado tiempo fueron contenidos más allá del Bastión Aúrico, y esa espera había despertado un hambre de masacre que aún debía ser satisfecha. En el centro de la horda se contoneaba el corpulento Gurug'ath. Él, más que nadie, tenía motivos para odiar a los débiles reunidos delante de él, pues la indignidad de encerrarle dentro de la muralla encantada aún colgaba pesadamente sobre su alma podrida. Peor aún, mientras que antes la Gran Inmundicia había dirigido una horda, ahora era sólo un señor de la guerra entre muchos, degradado por su fracaso en Alderfen.

En verdad, no había una sola mente guiando a la horda. El propósito común que tenía le fue concedido por instinto, no liderazgo y, cuando las bandas de guerra norteñas llegaron al rango de las armas de mano, pagaron esa falta de dirección. No había ningún plan de batalla, ni equilibrio táctico diseñado para alcanzar la victoria. Si lo hubiera habido, tal vez la horda del Caos hubiera golpeado la línea imperial como una sola fuerza imparable. Tal como estaban las cosas, la carga de los norteños fue desigual y cuando las primeras hachas golpearon el centro de la línea de Karl Franz, los norteños dejaron los flancos en perfecto orden de batalla.

Los soldados de Altdorf se llevaron la peor parte de esa primera carga y pagaron un alto precio por ello. Lanzas y alabardas fueron apartadas a un lado, con sus portadores cortados por hachas o pisoteados por corceles echando espuma. Descomunales brutos norteños irrumpieron en las apretadas formaciones, cortando y bramando. Decididos a demostrar su valía ante su Emperador, los de Altdorf lucharon, pero su bravura les costó cara. Cinco regimientos enteros desaparecieron en los primeros minutos de este brutal combate cuerpo a cuerpo, pero ningún hombre dio un paso atrás, ningún hombre arrojó su arma o rogó misericordia. Los hombres del corazón del Imperio lucharon hasta el final, y con ello se ganaron el orgullo de su Emperador.

Ahora, otras fuerzas se unieron a la batalla. Primero fue la Reiksguard; Kurt Helborg no esperó la orden del Emperador, sino que hizo sonar el toque de carga tan pronto como la horda del Caos se estrelló contra las líneas. Justo detrás de la Reiksguard, la segunda línea de soldados de Altdorf, lanzados a la carga por orden de Karl Franz, bajaron sus armas y avanzaron. Sabían que les esperaba la muerte, pero marcharon igualmente, gritando para ahogar sus temores y desesperación. El contraataque golpeó como un martillazo, dispersando a las principales partidas de guerra y recuperando la tierra tan valientemente defendida por los regimientos ahora desaparecidos. El Colmillo Rúnico de Kurt Helborg destrozó el cráneo del señor de la guerra que había liderado la carga y la alegría triunfal del Gran Mariscal pronto fue tomada por los que le rodeaban; aunque la disciplina del Mariscal de la Reiksguard era tan dura como parecía, sus hombres le querían y se deleitaban con sus logros tan libremente como con los suyos. Por desgracia, la horda era un mar oscuro e inabarcable, y éstas no eran sino las primeras olas contra la orilla.

Gurug’ath dirigió el siguiente ataque, comandando una marea de Demonios y miembros de las tribus Skaeling a su espalda. Los supervivientes de Altdorf estaban exhaustos por su efusiva carga, pero se prepararon para la subsiguiente batalla. Esta vez no iban a luchar solos. Los flancos del Imperio sufrían la más intrascendente de las agresiones, y ahora prestaban su ayuda al centro asediado. Al oeste, las baterías de artillería y arcabuceros de Garrat Mecke prestaron su fuego, y las filas de norteños se estremecieron cuando la lluvia de proyectiles y disparos dio en el blanco. Al este, el Ejército de Sigmar, incapaz de contener su fervor por más tiempo, llegó a la batalla vociferando y cantando. Valten cabalgaba a la cabeza, con la luz de Sigmar sobre la frente, y por primera vez los norteños dudaron. Con un aullido final, los flagelantes se estrellaron contra el Skaelings; los locos de una tierra venían a matarse con los de otra.

Nota: Leer antes de continuar - La Reiksguard a Prueba

De nuevo la Reiksguard cargó a la batalla, derramando sangre e icor demoníaco mientras cabalgaban. Helborg manejó a sus hombres como una lanza, empujándoles hacia el corazón de la horda; había marcado la presencia de Gurug'ath en medio de la refriega y tenía el pensamiento de enfrentar su Colmillo Rúnico contra la vil criatura. Los incondicionales caballeros se adentraron en la horda, mientras las filas enemigas se cerraban a su alrededor. La Reiksguard no conocía el miedo, no mientras Helborg los liderara, y presionaron hacia delante, a través de retorcidos tentáculos, demoníacas moscas hinchadas y horrores de extremidades podridas hasta que llegaron a su presa. Las lanzas descendieron y se hundieron en la Gran Inmundicia, pero esta no sintió los golpes. Su repelente risa retumbó de la garganta en ruinas de la criatura, y un solo golpe de su espada oxidada dispersó a los caballeros. Luego vino el Colmillo Rúnico de Helborg. La risa del demonio se convirtió en un rugido de violento dolor mientras la hoja forjada por enanos cortaba profundamente su carne. El Gran Mariscal golpeó de nuevo, abriendo el enorme brazo de Gurug'ath hasta el hueso. El demonio gritó y se agitó locamente, y Helborg fue arrojado de su montura aturdido, entre sus caballeros muertos y moribundos.

A cierta distancia, Karl Franz vio la caída del Gran Mariscal, y supo que había llegado el momento de entrar en la batalla. Tanto Helborg como el leal Schwarzhelm le habían advertido sobre su intervención directa, pero Karl Franz veía la batalla en una balanza. Hasta el momento, los soldados de Altdorf luchaban, pero sólo a un coste terrible, y el Emperador podía ver a la horda del Caos cambiar de dirección cuando su caudillo olía una oportunidad en otro lugar. Ahora era el momento de actuar, decidió Karl Franz, y, haciendo caso omiso de las precauciones de Schwarzhelm, el Emperador instó a Garra de Muerte. Con un chillido ensordecedor, su montura le llevó a los cielos, y envió a su amo a la salvación de Helborg. 

Mientras Karl Franz entraba en la palestra, los asediados Skaelings perdieron su voluntad de luchar. El Ejército de Sigmar luchaba sin formación, sin disciplina, sólo con un fanatismo sanguinario e implacable. Los Skaelings se habían vuelto ociosos en las semanas de pillaje y encontraron en los flagelantes a un enemigo más allá de sus capacidades. Cada barrido del Ejército de Sigmar dejaba norteños muertos por doquier. Una luz santa brillaba sobre la frente Valten, y su brillo se extendía a todos los que le seguían, instándoles a mayores cotas de esfuerzo y determinación.

Sus mayales giraban en arcos enloquecedores para a continuación, estrellarse y astillar escudos o convertir cráneos en pulpa. Los Skaelings vociferaban sus gritos de guerra en desafío, sólo para que sus voces fueran ahogadas por exultaciones a Sigmar. Hombres de ambos lados cayeron heridos y fueron aplastados mientras las hordas enfervorizadas les pisoteaban. Un jefe tribal surgió de la multitud, rugiendo un reto. Valten hizo caer sobre él a Ghal Maraz, rompiendo su escudo y partiendo el cráneo del cacique.

Huss repartía golpes a su alrededor como un poseso, dispersando a los enemigos con cada movimiento de su martillo, Pese a que los norteños eran más gandes y fuertes, sus dioses estaban muy lejos e indiferentes a ese momento, mientras que todo hombre que siguió a Valten golpeó con una pizca de la fuerza Sigmar. Ante tal ataque, los Skaelings se quebraron. Abandonaron las armas y huyeron, buscando el favor de los dioses olvidados.

Viendo la retirada de sus enemigos, los flagelantes dejaron escapar un grito de júbilo estridente. El sonido llegó a las líneas del Imperio, donde los Ostermarkianos y Ogros de Grub Comeparientes mantenían la posición. Con la sangre incendiada por el sonido, el flanco oriental del Imperio empezó a avanzar. Los hombres de Ostermark avanzaron buscando venganza, por la oportunidad de hacer pagar a los invasores por sus amigos y tierras perdidas. Los ogros vinieron a reclamar a los muertos como diezmo, para llenar sus estómagos rugientes por las magras raciones de semanas anteriores. Sus voces atronadoras también se unieron a la celebración, ruidosos y jocosos ante la perspectiva de una fiesta. Entonces, un cántico de guerra estalló en pleno auge desde más allá de los bárbaros apiñados y la alegría murió.

Luthor Huss Empire.jpg

Luthor Huss

El fervor de los flagelantes les había servido bien contra los merodeadores, pero de poco les sirvió contra los sombríos guerreros que ahora caían sobre ellos. Estas bestias vestidas con armaduras de placas eran los guerreros especiales de los Kurgan y Vardek Crom era su señor. Crom había jurado lealtad a Archaón el Elegido y ahora le servía como su heraldo. Libre de la Ciudad Inexorable por la voluntad de Archaón, Crom había llegado al sur buscando el favor de los dioses. No sabía que Archaón le había enviado con la esperanza de que encontrara la muerte e incluso si hubiera sido así, no habría importado un ápice. Vardek Crom se consideró una vez un conquistador; ahora, con la bendición de Archaón, trató de demostrarlo.

Los Kurgan cayeron sobre la chusma vestida con harapos, y la muerte llegó con ellos. Perdidos en la locura sagrada, los flagelantes hicieron pocos intentos de defenderse; las hachas cortaron profundamente en la carne llena de cicatrices, y los fanáticos sigmaritas cayeron como el trigo ante una guadaña. Aun así los flagelantes no se rindieron. Continuaron luchando con las más terribles de las heridas, arañando al enemigo con dedos cortados y mordiéndoles con dientes podridos. Pero a pesar de que murieron en pie y sin retroceder, murieron.

Sólo donde Valten y Huss luchaban el ejército santo mantuvo el terreno, y esto sólo porque cualquier norteño que enfrentara su hoja contra la pareja moría poco después. Sin embargo, incluso estos héroes no podían mantener el terreno solos; sus esfuerzos no podían rechazar a la horda de Kurgan. Pronto el ejército santo fue barrido completamente; Valten y Huss lucharon en medio de un mar de creciente odio, en islas cuyas orillas estaban sembradas con los cadáveres de sus compañeros. Los más poderosos de los Kurgan se lanzaron contra estas costas, con la certeza de que los dioses recompensarían a aquel que se impusiera a la pareja cuyos martillos brillaban con luz sagrada, pero la mayoría no hizo más que añadir más cifras a la cuenta de los muertos y moribundos, y se estrellaron en las espadas a la espera de los Ostermarkianos.

Gritos urgentes resonaron por toda la línea de soldados de Ostermark cuando los capitanes trataron de formar a sus hombres contra la carga Kurgan. Los Ostermarkianos no habían perdido su disciplina, y el ruido y los silbidos del fuego de ballestas cortaron el aire. Aquí y allá caía un norteño, pero la mayoría de los virotes impactaron sin daño contra las armaduras salpicadas de sangre. Aun así, la descarga sirvió para ralentizar el avance Kurgan, y un asalto que habría impactado como una línea de escudos intactos llegó poco a poco a las niveladas lanzas de los hombres de Ostermark.

Muchos Kurgan perecieron en ese choque, pues su ímpetu les condujo hacia las hojas de sus enemigos. Al ver a sus enemigos vacilar, los capitanes de Ostermark ordenaron a sus destacamentos presionar al enemigo por los flancos, tratando de desbordar a los feroces norteños antes de que pudieran reordenar sus filas. Por desgracia, los Ostermarkianos habían avanzado demasiado rápido tras los flagelantes y no habían visto la segunda oleada de norteños que sobrepasaba la muralla de cadáveres donde seguían luchando Valten y Huss. Mientras los hombres del Imperio avanzaban para un contraataque, este nuevo ataque se estrelló contra sus flancos.

Hace un minuto, los colores de Heffengen, Essen y Bechafen ondeaban con orgullo bajo la brisa, con sus amarillos y púrpuras contrastando con la oscuridad. Al siguiente, la línea se derrumbó como madera podrida bajo un golpe de martillo. No fue por cobardía, pues los hombres de Ostermark lucharon tan valientemente como siempre. Por desgracia, los hombres del Imperio siempre habían contado con la disciplina para ganar sus batallas, combinando muchos golpes para derribar a un enemigo más poderoso. En las brutales batallas uno contra uno que estallaban ahora, no tenían ninguna oportunidad. Las filas de amarillo y púrpura fueron desgarradas hasta quedar saturadas de rojo, los capitanes fueron destrozados por pesadas espadas y los orgullosos estandartes cayeron al barro.

Grub Comeparientes observó el colapso los Ostermarkianos, vio cómo dividían el cráneo de Godfrei Talb de un hachazo, y supo de inmediato lo que iba a ocurrir. Con un bramido que se impuso claramente sobre los gritos de los muertos y moribundos, gritó a sus chicos que se mantuvieran firmes. No había necesidad de escapar; los norteños ya estaban en persecución de los soldados que huían y alcanzarían a los ogros en segundos. Mejor enfrentarse a la acometida de frente, decidió Comeparientes. Con una amplia sonrisa, levantó su mazo y se preparó para luchar.

Vlad von Carstein vio a los Kurgan cargar contra los ogros, y calculó que ya se retrasaba en su ataque. El flanco este de la horda era una masa caótica, y el vampiro sabía que un contraataque con una fuerza lo suficientemente disciplinada podría destrozarlo.

Nota: Leer antes de continuar - Un Nuevo Maestro

Afortunadamente. Vlad tenía tal ejército cerca. Sin necesidad de dormir ni descansar, estuvo en posición tres días antes que cualquiera de las fuerzas del Imperio o de la horda del Caos llegara a Heffengen. El vampiro sabía que Karl Franz no estaría dispuesto a aceptar su ayuda; la historia de los von Carstein y las acciones recientes de Gelt se habían encargado de ello. Por lo tanto, Vlad no perdió el tiempo en intentos de forjar una alianza formal. En cambio, el vampiro había confiado en la inevitabilidad de la batalla en la llanura Revesnecht y ocultó su ejército en el único lugar sin centinelas y donde jamás habrían pensado buscarlo. Sólo Vlad, Balthasar Gelt y una pequeña guardia de Templarios de Drakenhof corrieron el riesgo de ser descubiertos, pero este era pequeño. Estaban ocultos dentro de un puesto de guardia abandonado en las orillas del Revesnecht y los espías de Vlad le habían comunicado que los lugareños vivían con tal miedo de los terrores que acechaban allí que nadie se acercaría.

Vlad no tenía necesidad de dar una orden verbal. Su voluntad se imponía a la de sus secuaces y, en cualquier caso, no le habrían escuchado. Sin embargo, el vampiro creía que se tenía que acatar ciertos trámites. Así pues ordenó que su estandarte personal fuera colocado sobre los restos de la torre de vigilancia, levantó su espada hacia el cielo, y dio voz a la orden que despertó a su ejército oculto y los lanzó a la batalla. Durante un largo momento, no pasó nada. Entonces las aguas del Revesnecht se agitaron y de pronto la orilla oeste del río estuvo cubierta de estandartes negros y guerreros esqueléticos.

El ejército de Vlad avanzó sin romper el ritmo, pese al barro blando de la orilla del río aferrado firmemente sobre los pies de sus guerreros, mientras el agua y el limo manaba de las armas y cajas torácicas. Durante tres días esperaron bajo las aguas del Revesnecht. No se podría decir que lo hubieran hecho pacientemente, pues eso habría implicado la posesión de un deseo de estar en otro lugar, y no tenían pensamientos o sentimientos a excepción de aquellos que Vlad colocase dentro de ellos. Ahora esos esqueletos, espíritus y saqueadores alados avanzaron a la batalla con la misma implacabilidad, sin preocuparse por sus pérdidas, si es que alguna vez lo habían hecho.

A pesar de que estaban atrapados entre los ogros tallados en piedra de Grub Comeparientes y el ataque de los no muertos, los Kurgan no desesperaron. En cambio, llegaron a la carga con furia renovada. Gigantes de los desiertos del norte fueron liberados de sus cadenas y arrasaron a los no muertos. Chamanes coronados de cuernos llamaron a Nurgle pidiendo ayuda y una peste negra se propagó a través de los ogros como un reguero de pólvora. Nada de esto fue aprovechado por los Kurgan, a los que para entonces la matanza sufrida hasta ese punto se convirtió en su mayor enemigo. A medida que la batalla se prolongaba, Gelt puso su destreza nigromántica recién adquirida a prueba. Cuando el mago doblegó los vientos de la magia a su voluntad, los Ostermarkianos y flagelantes recientemente muertos se alzaron para luchar de nuevo. Para cuando Vlad y su guardia se unieron a la lucha, la marea de la batalla había cambiado de sentido, con los Kurgan estancados a las puertas de lo que debería haber sido un triunfo glorioso.

Más al norte, Huss y Valten, Profeta y Heraldo, seguían luchando. Del Ejército de Sigmar, quizás quedaban unas pocas veintenas, rodeados de negros guerreros acorazados de las tierras del norte. Aquí los muertos no se alzaron, pues la concentración del Gelt se inclinó sobre la lucha en el sur. Aun así, los Kurgan no podían abrumar al sacerdote sombrío y al joven de pelo rubio, pero de entre las líneas de norteños llegó Vardek Crom, campeón invicto del Gran Elegido. Oliendo la perspectiva de la gloria, Crom bregó por alcanzar el cuerpo a cuerpo, tratando de restaurar la moral de sus seguidores con la sangre de los campeones del enemigo.

Al ver la llegada de Crom, Huss cargó. El gran martillo cayó para dividir el cráneo del señor de la guerra en dos, pero Crom fue demasiado rápido y rechazó el golpe a un lado con su escudo. El golpe de retorno de Crom no fue desatado contra Huss, sino contra el caballo del sacerdote. La bestia gritó de dolor mientras el hacha seccionaba su pata delantera y, encabritado, arrojó a Huss de la silla. Crom estuvo ante el sacerdote antes de que pudiera recuperar el equilibrio, y la punta del hacha se hundió profundamente en el hombro de Huss. Cuando su martillo cayó de las manos inertes, Huss convocó fuego sagrado contra su torturador. Aunque Crom se tambaleó, no cayó, y su siguiente golpe rebanó el cuero cabelludo del sacerdote para después romper su cráneo. Riéndose de su victoria, Crom desvió el desesperado golpe de Huss y preparó su espada para el golpe final.

Ese golpe nunca cayó. Cuando la espada de Crom descendió, Valten instó a su caballo a través de la masa de la batalla y atacó a Crom desde atrás. Ghal Maraz llegó golpeando bajo, y el escudo del Conquistador levantado apresuradamente se quebró ante el golpe. Olvidando a Huss, Crom se giró para enfrentarse a Valten, liberando su hacha del caballo del sacerdote para lisiar al del joven. Esta vez, sin embargo, la táctica falló. El corcel de Valten había sido un regalo personal de Karl Franz y estaba bien entrenado. Cuando llegó el barrido de Crom, el caballo de guerra lo evitó elegantemente, dejando que la hoja del conquistador cortara aire. Ghal Maraz bajó de nuevo, y esta vez fue la espada de Crom lo destrozado. Ahora el señor de la guerra sólo tenía el hacha en la mano, pero aun así no se rindió.

Crom conocía a su oponente ahora y mantuvo su arma siempre en movimiento, girando el hacha en vertiginosos arcos para que Valten no pudiera estar seguro de donde vendría el siguiente golpe. Una y otra vez el hacha cortó la armadura de Valten, y todo el tiempo Crom evadió los golpes de retorno del joven; el Conquistador había probado el poder de Ghal Maraz dos veces, y estaba resuelto a no dejar que hubiera un tercero. Una vez, dos veces, tres veces Valten asedió a su enemigo, y cada vez el Ghal Maraz pasó a un cabello del casco de Crom. En el tercer golpe, el señor de la guerra se introdujo en el interior del arco del golpe y, con la mano libre, tiró a Valten de la silla.

Paladin del caos lineart.jpg

Paladín del Caos

Valten cayó al suelo, con todo el aliento expulsado de su cuerpo, y Crom se acercó para matar. Rugiendo su victoria, Crom bajó su hacha, pero ahora era el turno de Huss de salvar a Valten. Aunque frenado por sus heridas, el sacerdote guerrero se lanzó hacia adelante y cerró sus dos manos enguantadas alrededor del brazo armado de Crom. Tal era la fuerza del señor de la guerra que Huss sólo detuvo el golpe por un momento, pero un momento era lo único que necesitaba Valten. Los dedos del joven agarraron con fuerza a Ghal Maraz y el martillo golpeó, chocando contra el pecho acorazado de Crom, arrugando el acero y convirtiendo la carne que protegía en pasta. Una segunda acometida cayó en el casco de cuernos del señor de la guerra, y Crom el Conquistador, heraldo de Archaón, dejó el mundo de los mortales.

La muerte de Crom selló el destino de los Kurgan ese día. Si hubiera vivido, el Conquistador quizá podría haber llevado a cabo un contraataque contra los muertos vivientes; pero los norteños habían sido trastocados por el ataque de Vlad, y consternados por la pérdida de su señor de la guerra. Vlad aprovechó la desesperación, y sonrió mientras conducía a los Templarios de Drakenhof en ayuda de Grub Comeparientes y sus Puñosangriento. A medida que avanzaba, el vampiro vio golpear las pesadas mazas de los ogros contra un grupo de norteños armados con grandes hachas, lanzando por los aires cuerpos rotos con cada golpe. Sin perder el paso, Vlad alteró la dirección de su enfoque muy ligeramente; no tenía idea de si los ogros se darían cuenta de que los no muertos luchaban a su lado, y no tenía intención alguna de verse salpicado por un malentendido.

Mientras el flanco oriental de la horda del Caos se derrumbaba, el occidental se preparó para la gloria. Aquí se congregaban los jinetes y caballeros de muchas tribus, pero era un Kul quien las comandaba, por derecho de desafío en la víspera de la batalla. Le llamaban Akkorak el Cuervo, Saqueador de los Nueve Desiertos. Hacía tiempo que cabalgaba al servicio de los Dioses Oscuros, afilando su espada contra las tribus del norte y los hombres de piel suave del Imperio por igual. Cuando Akkorak consideró las fuerzas desplegadas en su contra no sintió miedo, mas bien la certeza de un glorioso destino esperando ser reclamado. En el bramido de los cañones oyó el rugido de los dioses; en las filas enemigas sólo veía cráneos a la espera de ser reclamados. Esta era la hora en la que el Cuervo tomaría su recompensa. Mientras desenvainaba su espada, Akkorak gritó de alegría e instó a su caballo al galope. Detrás de él, mil voces endurecidas continuaron el grito de júbilo y el suelo se estremeció con el tronar de los herrados cascos mientras los merodeadores y caballeros congregados seguían la estela de su campeón.

Los valientes hombres de Talabheim vieron el inicio de la carga de Akkorak, aunque no sabían quién la lideraba, pues el cacique no era más que un hombre entre cientos. Sargentos y oficiales comenzaron a ladrar órdenes, dejando que su confianza llenara a los hombres bajo su mando. Por toda la línea, manos inquietas apretaron las empuñaduras de espadas, escudos y lanzas. Los artilleros sudaron y juraron mientras manejaban a sus amantes insaciables, enviando balas de cañón y de mortero resonando a través del campo de batalla hasta chocar contra la horda a la carga. Aquí y allá se abrieron claros en la carga de Akkorak, pero pronto se llenaron de otros jinetes que espoleaban a sus monturas a llenar el hueco.

El fuego de armas de mano recorrió de un lado a otro la línea. Los hombres de Talabheim habían disparado demasiado pronto; un capitán había entrado en pánico, la distancia era demasiado grande y los disparos fueron en vano. Naranjas y rojos brillantes se encendieron cuando los magos del Colegio Brillante desataron sus bolas de fuego y meteoros llameantes; los botafuegos destellaron y los primeros Cañones de Salvas rugieron, pero la carga de Akkorak no se detuvo. El suelo temblaba por las miles de pezuñas golpeándolo, y los hombres de Talabheim, que no tenían deseo de morir en la defensa de un estado rival, comenzaron a replegarse ante el enemigo. Comenzó lentamente, con hombres que tomaban medio paso hacia atrás antes de recargar, o un capitán que reorganizaba sus tropas en un terreno más favorable, el cual resultaba estar más distante del enemigo. Sólo los artilleros permanecían inmunes. Sordos por el rugido de sus ingenios de guerra y ciegos por el humo, apenas se dieron cuenta de cómo las líneas de lanzas y alabardas venían hacia ellos, concentrados en cebar una última descarga; una que tal vez rompiera la carga.

Entre los soldados de Talabheim estaba el mago Amatista Albrecht Morrstan. Como muchos magos de su colegio, Morrstan fue transformado irrevocablemente cuando Nagash ató la magia nigromántica en Sylvania. No hace mucho tiempo, había sido una criatura de carne y hueso; ahora se debatía con inquietud en la frontera entre la vida y la muerte. Siempre recluido, Morrstan había pasado las últimas semanas completamente apartado de los demás ciudadanos de Heffengen, ocultando deliberadamente su aflicción. Sin embargo, a pesar de que era poco más que un eco fantasmal de su antiguo ser, Morrstan seguía siendo un hijo fiel del Imperio. Se había unido a la línea de batalla al amanecer, confiando en su túnica para ocultar la espantosa verdad a sus compatriotas, sumido en el constante temor de ser descubierto.

Ahora, en el momento antes de que la carga Akkorak se estrellara contra los vacilantes soldados de Talabheim, Morrstan demostró su lealtad. El mago echó atrás la capa y comenzó a cantar. Los soldados que se encontraban cerca retrocedieron ante la visión de su forma translúcida, pero Morrstan no les hizo caso. El suelo delante de él se agrietó y deformó cuando un globo púrpura viajó a una velocidad endiablada sobre el suelo. Con un movimiento de sus manos, el mago envió el globo hacia la horda que se acercaba. De repente, la disciplina de la carga se vino abajo. Los líderes de vanguardia tiraron de las riendas y gritaron a sus corceles en un intento de evadir el hechizo, y muchos tuvieron éxito. Sin embargo, las filas traseras no fueron ni de lejos tan afortunadas. Sin advertencia salvo el pánico desesperado de sus compañeros, pocos vieron el sol púrpura antes de que fuera demasiado tarde; fueron tragados por el globo e instantáneamente transmutados en estatuas sin vida de cristal veteado carmesí.

Morrstan no vio nada de esto. Cuando el mago reveló su forma fantasmal, Garrat Mecke había recuperado su ingenio más rápido que cualquiera de sus hombres. Por desgracia, no vio lo que Morrstan había hecho, solo lo que era. Deteniéndose sólo para besar el ánima bañada en plata de su pistola, el general envió una bala bendecida al cráneo fantasmal del mago. Morrstan se lamentó una vez que el disparo lo atravesó; un instante después, sus ropas vacías se desplomaron. Sin la mano guiadora del mago, el globo purpúreo se disipó de inmediato, pero su último acto no había sido en vano. Donde antes se alzaba una hueste imparable de caballeros ahora yacía un campo de estatuas de cristal.

Despojado de decenas de guerreros, y todo su ímpetu, el ataque de Akkorak nunca debería haber tenido la esperanza de romper las líneas de Talabheim. Sin embargo, el campeón Kurgan siguió adelante, ¿Pues no era él Akkorak, Carnicero de Teska, Saqueador de los Nueve Desiertos?. Sabía que la mirada de los dioses estaba sobre el campo de batalla, y que estaría condenado si no lo conseguía. A medida que el norteño se acercaba a la línea de lanzas, levantó la espada en alto, de modo que las lagrimeantes runas como ojos de su hoja pudieran captar la atención de los dioses. Entonces el corcel de Akkorak atravesó sin daño la pared de lanzas y comenzó la matanza.

En el centro, Gurug'ath gritó en agonía cuando las garras de Garra de Muerte rastrillaron su espalda, y otra vez cuando el Colmillo Rúnico de Karl Franz cortó una astilla de hueso de su cráneo. A la sombra del demonio, y cuya vida había sido salvada por la intervención del Emperador, Kurt Helborg se arrastró con pies cansados. Acosado desde arriba, la Gran Inmundicia había olvidado momentáneamente al Gran Mariscal, pero otros entre su hueste no lo habían hecho. Un par de Portadores de Plaga caminaron pesadamente hacia Helborg, mostrando sus intestinos hinchados derramándose de barrigas hinchadas, y se desplomaron en una lluvia de mal olor cuando el Colmillo Rúnico del Gran Mariscal los atravesó. Un momento después, Helborg se apoderaba de las riendas de su corcel y estaba en la silla una vez más. Tras llamar a la Reiksguard superviviente hacia él, Helborg montó para ayudar a su Emperador, pero más portadores de plaga bloquearon su camino.

Garra de Muerte rodó y se lanzó de nuevo hacia Gurug'ath con las garras extendidas, esquilmando un surco sangriento a través de la masa del demonio. Mientras su montura se aproximaba a la Gran Inmundicia, Karl Franz levantó su espada. Habían pasado muchos años desde que empuñara el Colmillo Rúnico de Reikland en batalla, y había olvidado cuán fácil y ágil se sentía la hoja en su mano. Mientras que Ghal Maraz era un martillo capaz de aplastar cualquier escudo ante sí, Diente de Dragón era un arma sutil, bien afinada, con una hoja que sólo podría ser fabricada por enanos.

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La vasta horda del Caos se enfrenta al Imperio y a los No Muertos

Garra de Muerte aterrizó con fuerza sobre la espalda del demonio, rasgando su piel con sus garras. Con una repentina sacudida, el grifo enterró su pico en la espalda de Gurug'ath y arrancó una gran porción de carne rancia y llena de gusanos. Dejando caer su espada, la Gran Inmundicia se dispuso a sacarse al grifo de su espalda, pero Garra de Muerte clavó las garras a mayor profundidad. Una vez más la bestia le arrancó carne al demonio, y esta vez, inclinándose bajo a través del cuello del grifo, Karl Franz agarró con las dos manos su Colmillo Rúnico e introdujo el arma en el cráneo de Gurug'ath. Helborg vio al demonio perecer, y su ser se debatió entre la admiración por el logro del Emperador y la decepción de que el golpe mortal perteneciese a otro.

Mientras Gurug'ath daba un último gorgoteo fúnebre, Garra de Muerte llevó a su amo a los cielos una vez más, dando a Karl Franz una imponente visión del campo de batalla. A su alrededor, los demonios menores se estaban debilitando, pues su agarre al mundo de los mortales se aflojaba ante la valentía mortal. A medida que los demonios se desvanecían, también lo hizo la voluntad de los norteños para luchar, y los hombres del Imperio por fin sintieron la victoria a su alcance. Al oeste, el emperador vio a los caballeros de Akkorak causar una carnicería entre las filas de Garrat Mecke, sólo para ser destrozados por las hojas vengativas de los soldados de Talabheim. Debajo de Karl Franz, Kurt Helborg y Ludwig Schwarzhelm se reunieron con el Gran Mariscal y los hombres de Altdorf, soldados ensangrentados de las tierras centrales del Imperio que traían fuerza fresca bajo los colores del Emperador, y al este...

Al este, el emperador vio la ruina de los Ostermarkianos y las inesperadas legiones de muertos vivientes que se esforzaban en aniquilar a los Kurgan supervivientes. Vio el antiguo estandarte de Vlad von Carstein ondear por encima de lo blindados caballeros de negro y localizó a su líder, el cual luchaba con una gracia extraña y salvaje. En ese momento, Karl Franz entendió mucho acerca de la suerte que había sufrido Gelt, y decidió tomar venganza por el manchado honor del mago, tanto si el vampiro luchaba realmente por una causa común o no. Por ahora, era suficiente con la batalla que estaba a punto de ganar, mitigando la última incursión del maldito norte. Entonces sonó una nueva trompeta.

Vlad von Carstein oyó el clarín y echó su mirada hacia el norte, distrayendo momentáneamente su atención del guerrero vestido con placas colgando de su mano con garras. Conocía esa trompeta, y a los guerreros cuya llegada anunciaban, y se permitió una delgada sonrisa. La batalla podía ganarse, pero un mayor margen de victoria siempre era bienvenido. Vlad podía verlos ahora, los caballeros acorazados de color escarlata de Torre Sangrienta, libres para volver al sur una vez más ahora que el Bastión Aúrico había caído. La gran silueta del dragón esquelético de Harkon era una mancha oscura en el cielo, y Vlad se vio obligado a admitir que incluso un bruto como Harkon tenía sus usos.

Cuando los Dragones Sangrientos avanzaron más allá de los elementos que huían de la horda norteña, esquivando los grupos de Kurgan y Skaelings, Vlad supo que algo andaba mal. Demasiado tarde, vio que la retaguardia de los recién llegados no estaba equipada con placas arcaicas, sino con el crudo acero del norte, y muchos de los caballeros cabalgaban corceles no de carne reanimada, sino de bronce y ceniza. Soltando una maldición, Vlad se dio cuenta de que Harkon le había traicionado, abandonando el servicio a Nagash por las promesas de los Dioses del Caos. Pero fue demasiado tarde; aún cuando la horda del Caos estaba al borde de la derrota, los Dragones Sangrientos traidores bajaron sus lanzas, y arrebataron al Imperio su victoria pagada con sangre.

Los Dragones Sangrientos se dividieron conforme se acercaban a la batalla, la mitad chocando contra el ejército de esqueletos de Gelt, el resto a toda prisa contra una Reiksguard que se esforzaba por reclamar el centro. Harkon fue con este segundo grupo, haciendo picados desde el cielo para arrancar caballeros de sus monturas. Dejando a Gelt valerse por sí mismo, Vlad llevó a los Templarios de Drakenhof al oeste; el traicionero Walach Harkon debía ser detenido.

Vlad no era el único que trataba de vencer Harkon ese día. Cuando los Dragones Sangrientos se aproximaron a la Reiksguard, Karl Franz se volvió hacia el gran maestro. Emperador y vampiro se enfrentaron, el Colmillo Rúnico de Reikland contra la antigua hoja templaria. Harkon era el más grande de su orden, por encima de los guerreros más destacados de esa o cualquier edad, y por ese derecho Karl Franz debería haber perecido con rapidez. Tal como fue, Sigmar estaba con el Emperador de ese día, y durante un tiempo Karl Franz se mantuvo firme contra el Dragón Sangriento. El cielo sonó al son del acero contra acero mientras los dos se abalanzaban y retiraban hacia el norte, buscando siempre una debilidad en la guardia del otro.

Debajo de ellos, los norteños recuperaron su valor y se unieron al contraataque de los dragones sangrientos. Metro a metro, los hombres del Reik fueron rechazados. Habían logrado tanto ese día, mantenido una línea que sólo los locos se hubieran atrevido a defender, y al final su valor se quebró. Uno o dos al principio, para después convertirse en un torrente de agua que surge de la brecha de un dique, los hombres de Altdorf huyeron. En un cruel desafío, los Dragones Sangrientos cabalgaron sobre la derrota, dirigiendo lanzas y espadas hacia las espaldas de los que huían. Viendo la huida tornárse en una masacre, Helborg formó a la Reiksguard como una pared de sangre y acero entre los hombres que huían y sus perseguidores. Incluso entonces, el Mariscal de la Reiksguard no admitiría que la batalla estaba perdida.

Entonces Karl Franz, Emperador de la Casa de Luitpold, cayó del cielo con el pecho desgarrado por la espada de Harkon.

Ningún soldado del Imperio vio la sangre brotar, ni oyó el grito de dolor que escapó de sus labios, pero muchos vieron a su Emperador caer a tierra, una figura diminuta contra el cielo del mediodía, luego absorbida por las filas en avance del enemigo. Algunos dieron testimonio de cómo Garra de Muerte buscó venganza por su amo, y todos escucharon el chillido ensordecedor del grifo cuando el siguiente golpe de Harkon destrozó un ala de la leal bestia, enviándolo en espiral al suelo.

Nota: Leer antes de continuar - Cara a Cara con la Muerte

Con la caída de Karl Franz, su ejército se derrumbó. Los de Talabheim, a pesar de que habían soportado la carga más ligera de la batalla, arrojaron las armas y huyeron. Garrat Mecke gritó órdenes y amenazas mientras trataba de detener la desbandada, pero no obtuvo más recompensa que la hoja de la espada de un amotinado en sus entrañas. Los de Altdorf ya estaban huyendo, y ahora la Reiksguard se unía a ellos. Sólo el círculo íntimo de Helborg mantuvo su orden, con el propio Gran Mariscal apoyando a un maltrecho Ludwig Schwarzhelm en la batalla. El campeón del Emperador trató de cabalgar hacia el grueso del enemigo y recuperar el cuerpo de Karl Franz, y sólo noqueándolo en frío ganó Helborg la discusión. Hacia el este, Grub Comeparientes, todavía de buen ánimo a pesar de la pérdida de la mitad de sus Puñosangriento y su oreja izquierda, decidió a regañadientes que no había ningún beneficio en una muerte gloriosa y condujo a sus ogros hacia la relativa seguridad de Heffengen. Con él se fueron Valten y Huss, éste último a pie y con el apoyo del joven. Del Ejército de Sigmar, nadie quedó. Incluso Gelt se permitió un momento de dolor por la caída del emperador, y luego espoleó a Flecha Plateada, abandonando su ejército de esclavos a la horda victoriosa.

Aunque todavía nadie lo sabía, el pánico de la pérdida del Emperador se extendería rápidamente y la guarnición Heffengen se uniría a la derrota. Al caer la noche, la ciudad sería una ruina plagada de demonios, cuya población fue masacrada, o algo peor. Pero eso no fue del todo el final de la batalla...

La sed de combate de Walach Harkon no se vio apagada por la derrota de Karl Franz y como el ejército del Imperio se desvanecía bajó él, el Dragón Sangriento buscó otro enemigo digno de su atención. Fue entonces cuando vio la bandera de Vlad von Carstein, e instó a su dragón de hueso a descender. El ataque de Harkon fue la perdición de los Templarios de Drakenhof. El montura esquelética del dragón sangriento se estrelló contra la columna de caballeros con una fuerza demoledora y los que no fueron aplastados por la masa de la criatura pronto cayeron por la espada del vampiro. Vlad trató de destrabarse, pero Harkon había realizado su descenso a la perfección y el Sylvano se encontró atrapado bajo las enormes garras del dragón, incapaz de moverse, incapaz incluso de hablar.

Harkon, sin embargo, no estaba tan afligido. Siempre había odiado la arrogancia de los von Carstein y ahora, mientras se desarrollaba la persecución, se aseguró de que su oponente entiendese la profundidad de ese odio. Harkon se jactó también de cómo Khorne había buscado su servicio y la facilidad con que aceptó pues, ¿qué uso tendrían los Dragones Sangrientos en el mundo que Nagash pensaba crear? ¿En una tierra estéril donde la obediencia era todo y la gloria abandonada? Disfrutando de su momento de triunfo, Harkon despotricó y portestó sobre honor, pero Vlad oyó poco, pues su mente estaba en otra parte. Harkon bien podría ser mejor guerrero, pero las artes de un vampiro eran más amplias y sutiles que la mera esgrima. Mientras continuaba la diatriba del Dragón Sangriento, Vlad dejó que su voluntad fuera llevada por los vientos de la magia, en busca de una mota particular de magia negra. Un momento después la encontró y la doblegó a su voluntad.

El soliloquio de Harkon fue súbitamente interrumpido cuando su dragón se rebeló, lanzando al Dragón Sangriento sobre su cuello hacia el suelo. Antes de que Harkon pudiera reaccionar, fue él quien quedó atrapado bajo el pie del dragón, mientras que Vlad se puso de pie a su lado, mirando al traidor con desprecio. Después de contemplarle durante un latido, Vlad hizo una parodia del saludo propio de los Dragones Sangrientos y palmeó el ala extendida del dragón de hueso. Obediente a su nuevo amo, la bestia no muerta se abalanzó, cerró sus mandíbulas alrededor del torso del Harkon y rasgó al vampiro por la mitad.

Sólo entonces Vlad se permitió subir a la espalda del dragón de hueso y marchar del campo de batalla. La batalla había sido un desastre, y Vlad obtuvo poco consuelo en el hecho de que la culpa no era suya. El emperador había muerto, su ejército derrotado y Ostermark caería pronto ante las hordas del Caos. Mientras volaba hacia Sylvania, Vlad hizo algo que no había hecho en muchos cientos de años: rezó. No a un dios, porque en verdad ya no podía recordar qué deidades dominaron una vez sus creencias. Más bien Vlad von Carstein, Conde de Sylvania, una criatura que no admitía señor que le salvara, rezó para que Nagash fuera la salvación que decía ser.

Nota: Leer antes de continuar - El retorno de Karl Franz

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Miembro a cargo: snorri Fecha de inicio: 04-02-2016 Estado: Esperando revisión
La Batalla de Heffengen
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Fuente Editar

  • The End Times I - Nagash.

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