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Batalla de las Puertas de Khemri/Prefacio

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Nagash Gran Nigromante retornado Fin de los Tiempos.jpg

El Fin de los Tiempos

El trasfondo que puedes leer en esta sección o artículo se basa en la serie de libros de campaña y novelas de El Fin de los Tiempos, que recientemente ha sustituido la línea argumental de La Tormenta del Caos

Archaon Señor del Fin de los Tiempos.jpg

Nehekhara artwork.jpg

Ruinas de Nehekhara

El desierto estaba mortalmente quieto. Por debajo de los ceñudos cielos negros, una figura oculta con muchos mantos se deslizaba hacia el sur. Flotaba a varios pies por encima del desierto, sin dejar ningún rastro sobre la arena.

Al este se extendían las ruinas embrujadas de Lahmia, donde una amarga batalla acababa de empezar. Al oeste inmediato se alzaba la pared de roca conocida como las Tumbas Nabateos - un alto acantilado en el que se establecieron muchas cámaras funerarias antiguas. Elevándose por encima de ese acantilado tallado los irregulares picos marcaban la columna sur de las Montañas del Fin del Mundo.

La tierra era estéril, pero estaba lejos de estar deshabitada. Debajo de la superficie, enormes escorpiones acechaban emboscados. La vibración de un solo paso sería suficiente para que lanzaran su ataque, y iban a irrumpir desde abajo para agarrar y picar a sus presas, antes de arrastrarse de nuevo bajo las arenas para consumirlas. Chacales huesudos podían oír un parpadeante latido de corazón a cien pasos, mientras que bancos de tiburones de arena merodeaban las dunas, en busca de señales de movimiento o el olor de la sangre.

El viajero se movía constante hacia adelante, despreocupado. Una vez, flotando cerca de las grabadas tumbas a un lado del acantilado, la figura solitaria atrajo las atenciones no deseadas de un trío de acosadores sepulcrales. Desde las profundidades de las arenas sus sentidos de otro mundo rastrearon al viajero, provocando un impulso de cazar y matar. Cuando los acosadores se alzaron fuera de la arena, no desataron su mirada de la muerte. En cambio, las criaturas retrocedieron, re-sumergiéndose bajo las dunas. Sus ojos - que veían tanto el reino terrenal como el reino espectral - reconocieron al instante su verdadero maestro.

El Gran Nigromante Nagash había regresado a la Tierra de los Muertos.

Sin pausa, Nagash continuó su viaje, moviéndose rápido. No sabía durante cuánto tiempo los ejércitos de Nehekhara permanecerían ocupados en Lahmia y necesitaba llegar a Mahrak lo más rápido posible.

Una vez conocida como la Ciudad de la Esperanza, Mahrak había sido construida como puerta de entrada oriental al Valle de los Reyes. Los robustos edificios de piedra de la ciudad fueron construidos a mano en la propia montaña. Con altos muros exteriores construidos para mantener alejados a los invasores bárbaros, Mahrak fue construido para negar el acceso al cañón, donde yacían las tumbas legendarias de reyes largo tiempo muertos. Ahora, barrida por la arena y decrépita, Mahrak había comenzado a desmoronarse. Sus fortunas habían disminuido durante tanto tiempo que pasó a conocerse como la Ciudad de la Desesperanza o del Decaimiento.

El Rey Settra nunca había confiado en la ciudad de Mahrak. La primera vez que el Rey de Reyes había conquistado Nehekhara, sólo una de las grandes ciudades se negó a pagarle tributo: Mahrak. Durante la rebelión llamada la Guerra de los Reyes, había sido uno de los últimos y más difíciles de los reinos de subyugar. Casi todos los complots para socavar el gobierno legítimo de Settra tenían algún elemento que podría remontarse hasta esa ciudad. Antes de que la alianza de voluntades de hierro de Settra obligara al Gran Nigromante a huir de nuevo a Nagashizzar, hubo acusaciones de que varios de los reyes de Mahrak había estado en negociaciones con Nagash, aunque el Rey Eterno jamás pudo desentrañar plenamente esos nefastos complots.

Fue por estas razones que Settra había exigido un diezmo a los ejércitos de la ciudad para reforzar Khemri. Además, había enviado un mensaje a la Reina Khalida, instándola a marchar con sus ejércitos para fortalecer la defensa de esa puerta oriental. Su negativa a cumplirla era motivo de gran consternación entre los sacerdotes, y no se atrevieron a decírselo a su alto rey. Settra temía un ataque a través del Valle del Osario, pero más aún, buscó reunir a los sujetos más leales en esa ciudad. Confiaba en pocos de los Reyes de Mahrak, en particular favoreciendo únicamente al Rey Tharruk, pero él también había desobedecido Settra, permitiendo que su búsqueda de venganza le arrastrara hacia el norte a las ruinas de Lahmia.

Como se revelaría, Settra tenía razón de no poner su confianza en los restantes reyes de esa ciudad.

Cuando el rey Tharruk marchó con sus fuerzas a unirse con Khalida, dejó atrás una ciudad cuyos ejércitos y guarniciones estaban en gran parte fuera de ella. Tan pronto como la Puerta de las Águilas se cerró detrás del Rey Tharruk el Hierofante de Mahrak comenzó sus maniobras, actuando abiertamente por primera vez. Fue Haptmose, Maestro de los Despertares, el más poderoso del Culto Mortuorio de Mahrak, sin embargo había pasado mucho tiempo desde que era contenido.

Cuando el susurro en su cabeza comenzó, Haptmose había escuchado.

Mientras aquellos en la necrópolis aún dormían sin sueños, los Sacerdotes Funerarios en constante vigilia vagaban por los vastos pasillos vacíos. Los Sacerdotes Funerarios tenían inacabables tareas diarias, como habían tenido durante días y días por incontables siglos. Era su tarea la de renovar los sellos antiguos, leer los signos del oráculo y supervisar el sueño inmortal de sus responsables. Fue en esa quietud entre despertares que la voz habló por primera vez a Haptmose. Le susurró las mismas cosas secretas que pensaba sólo para sí mismo. Le dijo que los reyes que servía eran mezquinos. Y que, él también, lamentaba la forma en que se habían postrado bajo el indigno y controlador Settra. La voz le ordenó que mirase a su alrededor. La ciudad se estaba desmoronando, y su gloria desvaneciéndose.

La voz creció mientras el viento del Shyish aumentaba en todo el mundo. Creciendo audaz, la voz ofreció a Haptmose las cosas que más codiciaba: poder, respeto y orden. El sacerdote liche conocía esa voz; nunca había habido ningún indicio de engaño. Haptmose sabía que era la voz de aquel a quien los demás tenían miedo de nombrar - Nagash. Había pasado algún tiempo desde Haptmose había llamado a esa voz "Maestro".

De los doce reyes sepulcrales de Mahrak, sólo cuatro se quedaron en la ciudad. De los cuales, el rey Nebwaneph era el más poderoso y ambicioso. Alentados por un susurro que no dejaría sus mentes, había sido fácil atraer a Nebwaneph y sus legiones a una causa que prometiera gobernar. El Rey Obidiah se había asustado ante la sugerencia de desobediencia, y por lo tanto hubo problemas con su último despertar. Incluso después de la llamada de Settra para despertar a todos los reyes y sus legiones. Obidiah dormía en su sarcófago, al igual que su leal guardia sepulcral. El Rey Omanhan III era el de voluntad más débil de la realeza de Mahrak y se unió en el momento que se enfrentó con Haptmose y el Rey Nebwaneph. Eso dejó sólo a algunos sacerdotes menores del Culto Mortuorio y al Rey Bhemrodesh. Fueron estos individuos los que Haptmose buscó antes siquiera de que el rey Tharruk se hubiera alejado fuera de la vista de las murallas de la ciudad. Algunos de ellos se inclinaron ante lo que Haptmose consideraba una lógica irrefutable, otros se negaron. Una vez más, rey luchó contra rey, pero la batalla fue breve, sobretodo para el rey Bhemrodesh que fue muy superado en número y sin esperarse la repentina y extrema violencia empleada.
Rey funerario lineart.jpg

Rey Funerario

En el momento que Nagash llegó, la lucha había terminado y la gran puerta de las águilas estaba abierta para darle la bienvenida.

Hambriento por su viaje, Nagash fue llevado por Haptmose a la tumba donde el rey Obidiah dormía. El sacerdote selló la cripta detrás de su amo, por lo que ningún otro podría ver ni oír lo que estaba a punto de tener lugar. Era mejor así, teorizó Haptmose, para no probar tan pronto la nueva y frágil lealtad de los demás.

En cuestión de horas, todos aquellos que se quedaron en Mahrak se dirigían hacia el oeste a través del Valle del Osario, siguiendo un camino hecho de cráneos y huesos. Una vez llamado el Valle de los Reyes, este valle había sido una de las maravillas del mundo, un cañón profundo lleno de estatuas colosales de poderosos dioses y reyes de la antigüedad. Ni uno solo de esos guardianes eternos, o de los artesanos necrotectos que los tallaron, permanecían. Toda todos habían sido llamados a la guerra en otros lugares. Zócalos vacíos, tumbas y templos eran todo lo que quedaba.

Mientras se acercaban al extremo occidental del valle, con las torres de alabastro de Quatar casi visibles en la penumbra, Nagash se detuvo. Cantando malditas palabras de poder, el Gran Nigromante echó hacia atrás su capa y impulsó los brazos extendidos hacia el cielo negro. Rayos púrpuras brillaron y el aire vibró con poder.

Un estruendo lejano comenzó lejos de la vista y, como un trueno rodante, cayó en cascada por el Valle del Osario. Las mismas montañas se derrumbaron hacia el interior y los templos tallados en las paredes de los acantilados se hicieron añicos.

Mucho había estado sucediendo en todo Nehekhara, y muchos ejércitos estaban en movimiento. En el centro, donde Krell había abierto el más reciente intento de invasión de Nagash, el progreso llegaba a regañadientes. La guerra en el centro avanzaba tierra adentro, la campaña se movía lentamente dejando gradualmente las Llanuras de Sal y entrando en el desierto. Aquí, al norte de Khemri y al oeste de Numas, había una llanura donde los mares de arena estaban hechos de dunas ondulantes, como si las olas del mar hubieran sido congeladas en el tiempo y de este modo transformadas.

Durante los meses de duras batallas, Krell había llegado a admirar la habilidad con que su oponente, el rey Phar de Numas, manejaba su ejército. El rey sepulcral había utilizado legiones de carros para atacar desde una tormenta de arena, y había enterrado a sus propias tropas en la arena para lanzar una emboscada exitosa en una llanura sin rasgos distintivos. Los ataques y huidas de las veloces formaciones de caballería habían intentado aislar y destruir a diversos elementos de las fuerzas de Krell, desde atacar a sus nigromantes hasta atraer y matar a sus varghulfs. El Rey Phar utilizó ataques envolventes de carros para extraer sus fuerzas de choque del conflicto de los doce días hasta el oasis lleno de Krokidon. Esa solo había sido otra batalla que Krell había esperado que fuera decisiva, pero resultó ser sólo otra ganancia menor. Más que nunca, Krell anhelaba aplastar el cráneo del rey sepulcral bajo su pie blindado.

Krell había perdido la cuenta de las batallas que sus fuerzas habían luchado para alcanzar el lejano sur. Su ejército cubierto de polvo seguía siendo una horda extensa de muchos miles, pero no pudo asestar un golpe contundente para terminar con su oponente. Después de los combates - independientemente de la victoria o la derrota - ambos bandos reponían sus guerreros perdidos, ya sea directamente desde los despojos de la batalla, o desde los campos de batalla ricos en huesos que salpicaban el desierto estéril. Por fin, sin embargo, el señor tumulario sintió que estaba en la cúspide de alcanzar la victoria arrolladora que pudiera dejarlo libre para avanzar todo el camino hacia la mismísima gran ciudad de Khemri.

Buscando una forma de atrapar y destruir los elementos rápidos del ejército del rey Phar, Krell había solicitado ayuda del nigromante más poderoso de su fuerza: Dieter Helsnicht. Un nigromante de vastos conocimientos, Helsnicht juró que podía encontrar y levantar grandes guerreros alados de hueso - los poderosos Morghasts. Esto era exactamente lo que buscaba Krell, pero habían necesitado meses antes de que Helsnicht pudiera hacer valer su palabra.

En un primer momento, el viejo nigromante afirmaba que todo lo que requería era un lugar con un gran número de huesos - una solicitud fácil de cumplir en la Tierra de los Muertos. Muchos de los campos de batalla a través de los que lucharon estaban sembrados de huesos - llenos de las batallas actuales o los restos de largas edades de incansables guerras. Sin embargo, ninguno era válido. En algunos sitios, afirmaba Helsnicht, estaban contaminados con el tipo equivocado de energías, y otros huesos no servían, el nigromante simplemente los utilizó para levantar aún más soldados de infantería esqueléticos.

Por fin, sin embargo, Helsnicht había considerado un lugar adecuado. El ejército de Krell había empujado al enemigo a una serie de túmulos de colinas bajas que habían sido descubiertos parcialmente durante las tormentas de arena recientes. Helsnicht, acompañado de un par de asistentes nigromantes, entró en las tumbas, antiguos túmulos funerarios que no habían sido alterados desde la última expedición de Nagash para conquistar su antiguo reino. Helsnicht no surgió en un día completo, y cuando lo hizo tambaleándose, lo hizo solo. Sin embargo el ritual había funcionado. Bestias descomunales surgieron a su paso, cada una de pie era dos veces la altura de un hombre, con sus huesos gruesos fusionados con la armadura. Allí, bajo las nubes negras, la formidable nueva formación de choque de Krell extendía sus alas andrajosas y se preparaba a sí misma para la batalla una vez más.

Krell situó a los constructos en el centro de su ejército, donde su tamaño pesado quedaba parcialmente oculto por los estandartes y el polvo levantado por las tropas de delante. Una vez más, el ejército estaba en movimiento, avanzando hacia el sur a través del desierto. Rara vez pasaba más que unas pocas horas entre escaramuzas llegados a este punto, pero ahora, sin embargo, Krell tenía una sorpresa por su cuenta.

Mientras las fuerzas de Krell se detuvieron en lo alto de los túmulos funerarios, el Rey Phar había hecho preparar otro ataque. El rey sepulcral dividió sus legiones de infantería en dos, colocándolas lejos en ambos flancos a lo largo del camino que estimaba que sus enemigos tomarían. El tercer grupo estaba formado por carros blindados protegidos por su caballería ligera y esperaban directamente en el centro del avance del señor tumulario. Esto presentaría un dilema a Krell: si avanzaba para trabarse en combate con el centro, los veloces carros podrían distanciarse fácilmente de su infantería, iniciando el combate sólo si tenían su propia ventaja.

Esto también expondría los flancos de su horda. Krell podría dividir su propia fuerza para trabar en batalla a los múltiples ejércitos, o podía intentar desviarse para luchar con una de las fuerzas de flanqueo, con la esperanza de destruirla antes de que los demás se cerraran sobre él. Todas las presentes oportunidades podían ser utlizadas por el Rey Phar.

Con su carro arriba de una alta duna, el rey Phar vio como Krell detenía su vanguardia en una cresta distante. Sin la ayuda del Estandarte del Halcón, era probable que sólo ahora había sido capaz Krell de discernir la disposición de los ejércitos que lo enfrentaban en el horizonte.

Con toda la audacia y la eficiencia que el Rey Phar había llegado a esperar de su enemigo, los invasores pronto se pusieron en marcha. El rey sepulcral vio como su oponente dividía sus hordas - una fuerza central presionando hacia adelante, mientras que dos bloques se separaron para hacer frente a los ejércitos que le flanqueaban. En esta situación, el plan era que los carros se congregaran para esperar al enemigo que se aproximaba - alejándolos cada vez más y más lejos de sus "alas". Después, en última instancia, los carros virarían hacia un lado, dividiéndose en dos ejércitos distintos - las legiones de carros de Numas del Rey Phar y las falanges del Rey Ramssus de Bhagar. Estas evadirían el centro de enemigos y correrían para unirse a los ataques contra la infantería de flanqueo. Si todo iba bien, desmantelarían esas fuerzas del centro antes de que Krell pudiera volver en su ayuda.

Si tan sólo el rey Phar hubiera mantenido la mirada más tiempo en la infantería del centro. En su seguridad de lo que se avecinaba, y su afán de probar su plan, el rey sepulcral dio la espalda a ver lo que estaba parcialmente oculto detrás de las lanzas que se meneaban y los estandartes ondulantes de los guerreros esqueléticos que se aproximaban.

Krell lideró el ataque central personalmente, marchando por las dunas y acercándose a las crestas, donde los carros esperaban. Podía oír el choque de las líneas de batalla detrás de él y sabía que los demás ejércitos estaban comprometidos. La pantalla de arqueros a caballo del enemigo se había separado, y estaban rodeando sus fuerzas, salpicandolas con una ducha constante de flechas. Ahora que estaba lejos de sus ejércitos de flanqueo, Krell espera plenamente que los carros intentaran dar marcha atrás, ya fuera para atraerlos más lejos en el desierto, o para tratar de ayudar en el combate en los flancos exteriores. No se vio decepcionado.

Con alguna señal silenciosa, los carros giraron, rompiendo repentinamente hacia la izquierda o la derecha. Con sus caballos esqueléticos tirando con fuerza, se apresuraron a ir más allá del alcance de la infantería que se aproximaba. Era el momento perfecto: los carros conseguirían escaparse - pero por muy poco.

Los morghasts saltaron por encima de los guerreros esqueléticos delante de ellos, abriéndose paso por las puntas de lanza y estandartes. Con unos pocos aleteos de sus alas hechas jirones, los constructos se lanzaron en un largo planeo que los envió estrellándose contra los costados de los carros. Ruedas, corceles y tripulación fueron destrozados por el impacto de ese ataque. Con un salvajismo inalcanzable por los muertos vivientes sin emociones de la otra parte del campo de batalla, las moles óseas empuñaron sus grandes espadas - armas de asta que terminaban en cuchillas cruelmente curvas - para lanzar a dos manos, golpes de barrido y pulverizadores cortes verticales. Las estructuras de los carros ligeros se rompieron en pedazos, pedazos enviados dando vueltas volcando los carros a toda velocidad junto a ellos.

Los morghasts cargaron más y más profundo entre las fuerzas de Numas. Con poco margen de maniobra, los carros comenzaron a apilarse unos sobre otros - los Alcaudones del Desierto chocando contra la Legión Rapaz. Las estructuras de madera chocaron, lanzando astillas del tamaño de dagas en todas las direcciones, y los huesos crujieron entre los zumbantes radios. La tripulación tiró con fuerza de las riendas de los caballos en desesperados intentos de maniobrar sus carruajes de guerra lejos de los golpes trituradores de los morghasts a la carga. Pero pronto la infantería de Krell alcanzó los empantanados carros y la batalla se convirtió en una masacre de un solo bando.

Nota: Leer antes de continuar - El Fin de la Campaña

ORIGINAL:

The desert was deathly still. Beneath the glowering black skies, a heavily cloaked figure glided purposefully southwards. It drifted several feet above the desert, leaving no trail upon the sands.

To the east lay the haunted ruins of Lahmia, where a bitter battle had just begun. To the immediate west loomed the rock wall known as the Nabatean Tombs - a high cliff into which were set many ancient burial chambers. Towering above that carven bluff ragged peaks marked the southern spine of the Worlds Edge Mountains.

The land was barren, but it was far from uninhabited. Beneath the surface, enormous scorpions lurked in ambush. The vibration of a single footstep would be enough to draw their attack, and they would burst from below to grab and sting their prey, before dragging it back under the sands to consume it. Bone jackals could hear a quivering heartbeat at one hundred paces, while schools of sand sharks prowled the dunes, hunting for signs of movement or the scent of blood.

The traveller moved steadily forward, unconcerned. Once, drifting near to the engraved tombs in the cliff side, the lone figure attracted the unwanted attentions of a trio of sepulchral stalkers. From deep beneath the sands their otherworldly senses tracked the traveller, triggering an impulse to hunt and to kill. When the stalkers reared out of the sand, they did not unleash their death-gaze. Instead, the creatures backed off, re-submerging themselves beneath the dunes. Their eyes — which saw both the material and spectral realm - instantly recognised their true master.

The Great Necromancer Nagash had returned to the Land of the Dead.

Without pause, Nagash continued his journey, moving at speed. He did not know how long the Nehekharan armies would remain occupied in Lahmia and he needed to reach Mahrak as quickly as possible.

Once known as the City of Hope, Mahrak had been built as the eastern gateway into the Valley of Kings. The city’s sturdy stone edifices were crafted into the mountainside itself. With high outer walls built to keep out barbarian invaders, Mahrak was constructed to deny access to the canyon beyond, where lay the fabled tombs of long- dead kings. Now, sandswept and decrepit, Mahrak had begun to crumble. Its fortunes had declined for so long it became known as the City of Decay.

King Settra had never trusted the city of Mahrak. When first the King of Kings had conquered Nehekhara, only one of the great cities refused to pay him tribute: Mahrak. During the rebellion called the War of Kings, it had been one of the last and most difficult of kingdoms to subjugate. Nearly every plot to undermine Settra’s rightful rule had some element that could be traced back to that city. Before Settra’s iron-willed alliance forced the Great Necromancer to flee back to Nagashizzar, there were accusations that several of the kings of Mahrak had been in negotiations with Nagash, although the Eternal King could never fully unravel those nefarious plots.

It was for these reasons that Settra had demanded a tithe of the city’s armies to bolster Khemri. Furthermore, he had sent word to Queen Khalida, commanding her to march with her armies to strengthen the defence of that eastern gateway. Her refusal to comply was cause for great consternation amongst the priests, and they did not dare tell their high king. Settra feared an attack through the Charnel Valley, but more so, he sought to secure more loyal subjects in that city. I Ie trusted few of the Kings of Mahrak, notably favouring only King Tharruk, but he too had disobeyed Settra, allowing his quest for vengeance to draw him northwards to the ruins of Lahmia.

As it transpired, Settra was right not to place his trust in the remaining kings of that city.

When King Tharruk marched his forces out to join Khalida, he left behind a city whose armies and garrisons were largely afield. No sooner had the Eagle Gates swung closed behind King Tharruk than the Hierophant of Mahrak began his manoeuvres, acting openly for the first time. He was Haptmose, Master of Awakenings, the most powerful of Mahrak s Mortuary Cult, yet it had been long since he was last content.

When the whispering in his head started, Haptmose had listened.

While those in the necropolis still slept dreamlessly, it was the ever-wakeful liche priests who wandered the vast empty hallways. The liche priests had endless daily duties, as they had for days on end for countless centuries. It was their task to renew ancient seals, to read the signs of the oracle and to monitor the deathless sleep of their charges. It was in that stillness between awakenings that the voice first spoke to Haptmose. It whispered the same secret things he thought only to himself. It said the kings he served were petty. It, too, lamented how they prostrated themselves beneath the unworthy and all-controlling Settra. The voice bade him look around. The city was crumbling, its glory faded. 

The voice grew as the Wind of Shyish rose across the world. Growing bolder, the voice offered Haptmose the things he most coveted: power, respect, and order. The liche priest knew that voice; there had never been any hint of deception. Haptmose knew it was the voice of he whom others were afraid to name — Nagash. It had been some time since Haptmose had called that voice 'Master'.

Of the twelve tomb kings of Mahrak, only four remained in the city. Of those, King Nebwaneph was the most powerful and the most ambitious. Encouraged by the whisper that would not leave his mind, it had been easy to lure Nebwaneph and his legions to a cause that promised rulership. King Obidiah had been alarmed at the suggestion of disobedience, and consequently there was trouble with his latest awakening. Even after Settra’s call to wake all the kings and their legions. Obidiah slept on in his sarcophagus, as did his loyal tomb guard. King Omanhan III was the weakest willed royalty of Mahrak and joined the moment he was confronted by Haptmose and King Nebwaneph. That left only a few of the lesser Mortuary Cult priests and King Bhemrodesh. It was these individuals that Haptmose sought out before King Tharruk had even marched out of view from the city walls. Some of these bent beneath what Haptmose considered irrefutable logic, others refused. Once more, king fought king, but the battle was brief, for King Bhemrodesh was badly outnumbered and not expecting the extreme and sudden violence employed.

By the time Nagash arrived, the fighting was over and the vast Eagle Gates swung open to welcome him.

Hungry from his journey, Nagash was led by Haptmose to the tomb where King Obidiah slept. The priest sealed the crypt behind his master, so that no other might see nor hear what was about to take place. It was best, Haptmose theorised, not to test so soon the new and fragile allegiance of the others.

Within hours, all those who remained in Mahrak were heading westwards through the Charnel Valley, following a road made of skulls and bones. Once called the Valley of Kings, this valley had been one of the wonders of the world, a deep-set canyon filled with colossal statues of gods and mighty kings of old. Not a single one of those eternal guardians, or the necrotect artisans who carved them, remained. All had all been called to war elsewhere. Empty plinths, tombs and temples were all that was left. 

As they neared the western end of the valley, with the alabaster towers of Quatar almost visible in the gloom, Nagash halted. Chanting fell words of power, the Great Necromancer cast back his cloak and thrust his outstretched arms to the black heavens. Purple lightning Hashed and the air thrummed with power.

A distant rumbling began far out of sight and, like rolling thunder, cascaded down the Charnel Valley. The very mountains collapsed inwards and the temples carved into the cliff faces shattered. 

Much had been happening all across Nehekhara, and many armies were on the move. In the centre, where Krell had opened Nagash’s latest invasion attempt, progress came grudgingly. The war in the centre had ground forward, the slow-moving campaign gradually leaving the Salt Plains and entering the desert. Here, north of Khemri and west of Numas, was an expanse where the sand seas were made of undulating dunes, as if ocean waves were frozen in time and thereby transformed.

Over the months of hard-fought battles, Krell had grown to admire the skill with which his opponent, King Phar, handled his army. The tomb king had used chariot legions to attack out of a sandstorm, and had buried his own troops in the sand to launch a successful ambush on a featureless plain. Hit and run attacks by fleet cavalry formations had attempted to isolate and destroy various elements of Krell’s forces, from targeting his necromancers to drawing out and killing his varghulfs. King Phar used encircling chariot strikes to extract his forces from the twelve-day clash over the krokidan-filled oasis. That had just been another battle that Krell had hoped would prove decisive, but turned out to be just another minor gain. More than ever, Krell longed to crush the tomb king’s skull beneath his armoured foot. 

Krell has lost count of how many battles his forces had fought to reacht this south far. His dust-covered army was still a sprawling horde of many thousands, but he could not land a telling blow to finish his opponent. After engagements – regardless of victory or defeat – both sides replenished their lost warriors, either directly from the despoils of the battle, or from the bone-rich battlefields that dotted the barren desert. At long last, however, the wight lord felt he was on the cusp of delivering the sweeping victory that would leave him free to advance all the way to the great city of Khemri itself.

Seeking a means to pin down and destroy the swift elements of King Phar’s army, Krell had requested aid from the most powerful necromancer in his force: Dieter Helsnicht. A necromancer of vast knowledge, Helsnicht vowed he could find and raise great, winged warriors of bone — the powerful morghasts. These were exactly what Krell sought, but it had taken months before Helsnicht could make good on his word.

At first, the old necromancer claimed all he required was a location with a great many bones - an easy request to fulfil in the Land of the Dead. Many of the battlefields they fought across were strewn with bones - ref use from current battles or the detritus of long, unremitting ages of war. Yet none would do. Some sites, Helsnicht claimed, were contaminated with the wrong kinds of energies, other bones would not serve, the necromancer simply using them to raise yet more skeletal infantrymen.

At long last, however, Helsnicht had deemed a site suitable. Krell s army had pushed the foe off a series of low hilltop burial mounds that had been partially uncovered during recent sandstorms. Helsnicht, accompanied by a pair of necromancer assistants, entered the tombs, ancient burial mounds that had not been disturbed since Nagash’s last expedition to conquer his former realm. Helsnicht did not emerge for a full day, and when he did stagger forth, he did so alone. The ritual had worked, however. Hulking brutes emerged in his wake, each standing twice the height of a man, their thick bones fused with armour. There, beneath black clouds, Krell’s formidable new shock formation stretched their tattered wings and readied themselves once more for battle.

Krell stationed the constructs in his army's centre, where their lumbering size was partially concealed by bannertops and the dust raised by the troops to the fore. Once again, the army was on the move, advancing southwards through the desert. There were rarely more than a few hours between skirmishes at this point, but now, however, Krell had a surprise of his own.

While Krell's forces halted atop the burial mounds, King Phar had indeed prepared another attack. The tomb king split his infantry legions into two, placing them far to either flank along the path he estimated his foes would take. The third group was made up of massed chariots screened by his light cavaliy and these waited directly in the centre of the wight lord 's advance. This would present Krell with a dilemma: it he advanced to close with the centre, the swift chariots could easily outdistance his infantry, initiating combat only if it was to their own advantage.

It would also expose his horde’s flanks. Krell could split his own force to engage the multiple armies, or he could attempt to veer off to engage one of the flanking forces, hoping to destroy it before the others closed upon him. All presented opportunities for King Phar to exploit.

With his chariot atop a high dune, King Phar watched as Krell halted his vanguard upon a distant crest. Without the aid of the Hawk Banner, it was likely that Krell had only now been able to discern the spread of armies that faced him on the horizon.

With all the boldness and efficiency King Phar had come to expect from his foe, the invaders were soon on the march. The tomb king watched his opponent split his hordes — a central force pressing forward, while two blocks split off to confront the flanking armies. In this situation, the plan was for the massed chariots to await the oncoming foe - drawing them further and further away from their 'wings'. Then, at the last opportunity, the chariots would wheel to the side, breaking into two distinct armies - King Phar's chariot legions of Numas and the phalanxes of King Ramssus of Bhagar. These would evade the foes centre and race off to join the attacks upon the flanking infantry. If all went well, they would dismantle those forces before Krell’s centre could return to their aid.

If only King Phar had held his gaze longer on the infantry in the centre. In his surety of what was coming, and his eagerness to enact his plan, the tomb king tailed to see what was only partially hidden behind the bobbing spears and swaying banners of the oncoming skeletal warriors.

Krell led the central attack personally, marching up the dunes and nearing the crests where the chariots awaited. He could hear the clash of battle lines behind him and knew the other armies were engaged. The screen of enemy horse archers had taken off, and was already encircling his forces, peppering them with a steady shower of arrows. Now that he was so far distant from his flanking armies, Krell fully expected the chariots to attempt to pull back, either to draw them further into the desert, or to attempt to aid the fighting on the outer flanks. He was not disappointed.

At some silent signal, the chariots wheeled, breaking suddenly to the left or right. With their skeletal steeds pulling hard, they raced to get beyond the reach of the oncoming infantry. It was perfect timing: the chariots would make it away - but only just.

The morghasts bounded over the skeletal warriors before them, just clearing the spear tips and banners. With a few flaps of their tattered pinions, the constructs launched themselves into a long glide that sent them crashing into the side of the chariots. W heels, steeds and crew were smashed by the impact of that onslaught. With a savagery unmatched by the emotionless undead elsewhere on the battlefield, the bony hulks wielded their great glaives — polearms that ended in cruelly curved blades — to deliver two- handed, sweeping blows and pulverising downwards chops. The light chariot frames were broken asunder, pieces sent spinning to flip over the chariots racing beside them.

Deeper and deeper into the Numasi forces ploughed the morghasts. With little room to manoeuvre, the chariots began to pile upon each other — the Desert Shrikes ploughing into the Raptor Legion. Wooden frames collided, throwing dagger-sized splinters in all directions, and bones crunched between whirring spokes. Crews pulled hard on the horses’ reins in desperate attempts to wheel their war carriages away from the pounding blows of the rampant morghasts. Soon Krell's infantry reached the bogged-down chariots and the already one-sided battle turned into a slaughter.

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Miembro a cargo: Snorri Fecha de inicio: 20-01-16 Estado: Esperando revisión


La Batalla de las Puertas de Khemri
Prefacio | El Fin de la Campaña | Contendientes | Batalla | Una Rata en la Ciudad | Un Ritual Diferente | Viaje al Inframundo | Las Dos Caras de la Muerte | La Victoria de Nagash | Tras la Batalla de las Puertas de Khemri | El Renacer de Settra

FuentesEditar

  • The End Times I - Nagash.

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