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Batalla de los Túmulos

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La Batalla de los Túmulos.jpg

El nigromante Heinrich Kemmler, peón involuntario de los Dioses del Caos, llegó a Athel Loren en el invierno del 2495 CI. Se ocultó tras encantamientos oscuros y traspasó las defensas exteriores del bosque. Se dirigió a Cairnost, el lugar de descanso final de una enorme horda bárbara, y empezó los rituales necesarios para alzar un enorme ejército de muertos vengativos.

Con su ejército de No Muertos reanimados, Kemmler atacó el Reino de Loren en un intento de invadir Bretonia, pero fue derrotado en la Batalla de los Túmulos, aunque Kemmler consiguió escapar.

Los Páramos SalvajesEditar

Dispersos a las afueras de Athel Loren hay incontables túmulos funerarios. Algunos de ellos fueron construidos por los primeros Elfos que habitaron en los lindes del bosque, aunque en la mayoría de ellos están sepultadas las primeras civilizaciones primitivas que existieron en la zona, de algunas de las cuales se dice que mantenían las mismas tradiciones que las tierras nehekharanas del Sur. En estas tumbas, que el bosque fue poco a poco reclamando como suyas, hay enterrados artefactos de inconmensurable poder e incalculable valor y, aunque los Elfos respetan estos lugares y el descanso de sus ocupantes, son muchos los ladrones de tumbas avariciosos que ansían saquearlos, por lo que los Elfos Silvanos se ven obligados a hacerles frente constantemente. A veces, sin embargo, los túmulos se profanan por razones más siniestras que la avaricia.

Llega el invierno al bosqueEditar

Heinrich Kemmler Liber Necris.jpg

En el invierno de 2495, un malvado ser intentó apoderarse de todo lo que había en estos túmulos. Esta criatura, odiada, maldecida y menospreciada por los Elfos Silvanos, era Heinrich Kemmler, un nigromante de indescriptible poder.

Pocos años después de que los bretonianos al mando del Duque de Parravon obtuvieran una aplastante victoria sobre los No Muertos, el Señor de Nigromantes fue visto en diversas ocasiones en los Páramos Salvajes, siempre cerca de los túmulos de mayor tamaño. A Kemmler, que era un taimado adversario, se lo solía ver viajando por el bosque, a veces solo, pero en la mayoría de ocasiones acompañado de un individuo acorazado y mucho más alto que él: Krell, el Rey de los Tumularios.

Habitualmente, las bandas de exploradores Elfos Silvanos trataban de hacerle frente, pero él se limitaba a desaparecer como la neblina bajo la brisa, demostrando poseer una gran intuición para detectar cuándo era observado. Se encontraron los cadáveres de otros centinelas transformados en polvo con los hechizos más siniestros o descuartizados mediante potentes golpes de hacha. Aunque los Jinetes del Bosque patrullaron los páramos, el astuto Señor de Nigromantes consiguió evitar sus flechas. A medida que el invierno se recrudecía, los augurios se fueron haciendo cada vez más graves para Athel Loren.

Otro presagio de mal augurio apareció en forma de una bandada de enormes aves carroñeras procedentes de los Desiertos del Sur que Kemmler había invocado. Estas malignas criaturas se posaron sobre los túmulos y empezaron a apartar las piedras y rebuscar los huesos de los muertos ya olvidados, hasta que consiguieron desenterrar los viejos restos óseos para roerlos. A pesar de que el bosque seguía aletargado bajo el manto invernal, los Elfos no podían ignorar una incursión como aquella.

ForestalEstirpe.jpg

Los Jinetes del Bosque enviaron mensajeros en el otro extremo de Loren para solicitar la ayuda de los Jinetes de Halcón de la Estirpe de Sethayla. Acudieron con rapidez, Ythil Ojo de Halcón dirigió a su tribu de Jinetes de Halcón contra las malignas criaturas y, contando con el elemento sorpresa, descendió sobre aquellos seres No Muertos y acabó con muchos de ellos hasta que el resto se retiró del bosque y huyeron hacia sus guaridas malditas.

La actividad de los No Muertos causó una gran preocupación en Athel Loren, especialmente porque se acercaba el solsticio de invierno, cuando Orión y Ariel se retiraban para regresar en primavera. Sus poderes ya habían empezado a menguar con las lunas y el caer de las hojas.

Por desgracia, Kemmler era un enemigo mucho más astuto de lo que los Asrai creían. Mientras los Elfos luchaban contra las aves, él y Krell lograron introducirse en uno de los túmulos funerarios más grandes: la tumba de un gran rey muerto tiempo ha. Oculto a las miradas de los Elfos en el interior de la húmeda sepultura, calculó con esmero el cruce de las lunas gemelas por los cielos nocturnos. El paradero del Señor de Nigromantes era completamente desconocido para los Elfos, a pesar de que pasaban cada día al galope junto al túmulo. Al no encontrar más indicios de la presencia de Kemmler, los Asrai fueron abandonando poco a poco su búsqueda, aunque no sin cierto recelo.

En la oscuridad, Kemmler contaba los días marcándolos sobre un viejo hueso de Orco. El Señor de Nigromantes enseguida supo que había llegado el momento de atacar. El plan de Kemmler era el de siempre: invadir Bretonia. Esta vez podría animar un ejército en los túmulos de Athel Loren y atacar Bretonia desde donde los bretonianos nunca se imaginarían que pudiera venir. El plan también incluía la destrucción de Athel Loren, convirtiendo el bosque en un desierto: ¡un nuevo reino No Muerto!

Orion Black.jpg

Después llegó el equinoccio de invierno y Athel Loren se debilitó aún más. Al atardecer, los Cantores de los Árboles y Aedas Mágicos se congregaron en el Claro del Rey para celebrar los rituales de renovación. Orión y Ariel fueron envueltos en sus ropas mágicas tejidas con hojas, y transportados en un palanquín hasta el Roble Eterno. Los Bailarines Guerreros llevaron a cabo las danzas rituales de los dioses mientras la procesión se encaminaba hacia el paraje sagrado. Orión sucumbió a las llamas de su pira y Ariel comenzó la hibernación en el Roble Eterno. En el interior del árbol, Ariel, con las cenizas de Orión, se sentó sobre su trono tallado mientras la apertura del tronco del árbol gigantesco era sellada con zarzas y barro, y decorada con símbolos arcanos. La Guardia Eterna tomó posiciones para vigilar el árbol durante el invierno. Orión y Ariel permanecerían en el Roble Eterno hasta el equinoccio de primavera, cuando el sol se alzara, de nuevo, majestuoso. Mientras tanto, Orión y Ariel renovarían sus menguados poderes con la magia de la tierra, tal y como habían hecho durante tantos cientos de años antes.

Aquel era el momento que Kemmler había estado esperando al contar los días que faltaban para el solsticio de invierno: sabía que Athel Loren se encontraría más debilitado, ya que los Elfos Silvanos no contarían con la presencia de sus poderosos y semi-divinos Rey y Reina para que les condujeran a la batalla. Mientras los Elfos Silvanos estaban distraídos con los rituales en lo más profundo del bosque, Kemmler salió de su escondite al amparo de un hechizo de invisibilidad y empezó a realizar sus propios rituales maléficos en los grandes túmulos de los páramos con los conocimientos que había robado de la sala del tesoro del maldito Castillo Vermisace. Los portales de todos los túmulos sembrados por los páramos que rodeaban el bosque se abrieron de par en par y de ellos salieron los fríos y esqueléticos cuerpos de guerreros sin vida revestidos de bronce para conformar un imponente ejército.

Comienza la batallaEditar

Kemmler 5ª Edición.jpg

La Guardia del Bosque no tardó en descubrir los fuegos rituales del Nigromante e iniciaron su ataque para detener su ritual. Sin embargo, su intervención llegó demasiado tarde. Las fuerzas de Heinrich Kemmler ya se estaban alzando y los Elfos cayeron de sus sillas atrapados por los dedos No Muertos y fueron destruidos por los primeros seguidores de Kemmler que surgieron del túmulo. Kemmler no tardó en tener una enorme horda de miles de Esqueletos y Tumularios bajo su mando.

Aguijoneado por una motivación que no pudo explicar, abandonó su intención inicial de marchar sobre Bretonia y el Duque de Parravon y se dirigió inmediatamente hacia las profundidades del bosque liderando su horda, aprovechando la cobertura de la oscuridad. El cielo se llenó de buitres, que seguían la marcha del ejército de No Muertos a través de las tormentas de nieve hacia Athel Loren. Las sendas cambiantes del bosque no pudieron engañar a alguien con tantos conocimientos como él y no tardó en encontrar el camino hasta el Roble Eterno, el corazón del reino Elfo.

Pero ese cambio de intenciones no tardó en convenirse en un error. El Nigromante había planificado bien su estrategia para aprovechar los meses en que el bosque hibernaba y podría haber atacado por sorpresa a los Elfos Silvanos, pero no todo Athel Loren descansaba y había otros ojos que también vigilaban a Kemmler. Unos seres que ni tan siquiera Kemmler con toda su maligna sabiduría podía imaginar que hubieran estado vigilando cada uno de sus movimientos. Mientras la horda de Esqueletos avanzaba hacia los poblados élficos, el bosque se llenó de un extraño y misterioso aullido que preocupó a Kemmler.

Dryad by innerabove.jpg

De repente, unas manos verdes de dedos largos como ramas agarraron a los Guerreros Esqueletos, y empezaron a destruirlos hueso a hueso hasta despedazarles por completo. Conforme los No Muertos avanzaban, su presencia despertaba a las Dríades de su descanso. Las temibles dríades invernales, rencorosos seres que se metamorfoseaban en fantásticas y retorcidas formas con aspecto de bruja, emergieron de entre los árboles lanzando gritos de guerra que hicieron estremecer incluso a los Caballeros No Muertos.

Las fuerzas de la vida verde y vibrante, de la naturaleza y la luz, atacaron con las fuerzas antinaturales de los No Muertos mientras el débil sol del invierno brillaba a través de los árboles. Varios Forestales aprovecharon la situación para disparar sus certeras flechas antes de desaparecer nuevamente tras los árboles. Sin embargo, al igual que la Guardia del Bosque, no eran suficientes para detener a los No Muertos y las Dríades no tardaron en verse superadas. Por suerte, sus gritos de batalla habían despertado a otras criaturas.

Durthu, el Hombre Árbol más poderoso, fue uno de los que despertó debido a los gritos de las Dríades. Su espíritu no tardó en despertar por completo al oler la esencia de los No Muertos en la brisa. Su letargo no tardó en dar lugar a una ira temible y momentos después de que la última Dríade cayera, Durthu se lanzó sobre las filas de Kemmler; machacando y pulverizando huesos en venganza. Viendo que sus esbirros no tenían muchas oportunidades de vencer a Durthu, el Nigromante atacó al Hombre Árbol con su Magia Oscura. Durthu se tambaleó bajo el asalto pero continuó combatiendo. Si Kemmler hubiera tenido más tiempo, tal vez podría haber acabado con el Milenario del Bosque. Pero ese no era su destino.

Dragón el bosque.jpg

El ejército de Kemmler había quedado ya considerablemente reducido por el furioso ataque cuando los Elfos Silvanos, alertados por los gritos de las Dríades, se unieron al combate. Las flechas empezaron a llover entre los árboles, clavándose en los escudos y rompiendo huesos. El Señor Arlas y el Señor Edrael, gobernantes de los claros más cercanos a la intrusión de Kemmler, habían reunido a sus huestes para la batalla. La Guardia del Bosque golpeó los flancos, derribando enemigos con sus andanadas de flechas. Los arqueros abrieron grandes huecos entre las filas de Esqueletos y miles de estoicos Guardianes Eternos de ambas casas los aprovecharon para avanzar contra el enemigo dirigidos por Sceolan. Ythil Ojo de Halcón y los de su tribu, montados a lomos de bellos halcones, descendían de los cielos una y otra vez para cargar contra los guerreros no muertos, mientras los Jinetes del Bosque cabalgaban en los flancos del ejército.

Kemmler desesperó y llamó a otras fuerzas. Dio un gran grito que invocó a una docena de Engendros del Terror. Cuando los horrendos monstruos cayeron sobre la Guardia Eterna, Kemmler aprovechó para restaurar sus filas. A su orden, los huesos destrozados se reunieron y alzaron para combatir de nuevo. Al ver a sus enemigos renacer al borde de la derrota, los Elfos Silvanos empezaron a retirarse. Sólo Durthu se mantuvo firme y luchó con más fuerza aún.

Recayó en Arlas y Edrael reagrupar sus fuerzas. Sabiendo que las acciones hablan más alto que las palabras, Edrael montó en su aliado Dragón, Begeir Seun, y cargó hacia el corazón del combate. Juntos, Elfo y Dragón derribaron a uno de los Engendros del Terror de Kremmler y esa victoria encendió una chispa de esperanza entre los Asrai. Fue entonces cuando Arlas utilizó la magia y alimentó esta chispa hasta que se convirtió en una llama rugiente. Los elfos reencontraron su coraje y regresaron al combate una vez más.

Las filas No Muertas se estremecieron bajo las flechas de los Elfos Silvanos una vez más. Un Engendro del Terror derribó a Edrael de la silla de Begeir Seun, pero Durthu derribó a su vez a la bestia voladora y destrozó sus huesos con las manos desnudas. Los Guardianes del Bosque Salvaje avanzaron con sus armas al frente, esquivando los golpes de las armas enemigas con facilidad y esparciendo huesos y armaduras oxidadas con sus filos.

KemmlerArtwork.jpg
En esta ocasión, la hechicería de Kemmler no podía salvarle de la masacre. Los Vientos de la Magia no respondían ante él y le costaba encontrar la suficiente energía como para curar sus propias heridas así que no podía ocuparse de sus esbirros. Aceptando con amargura su derrota, el Nigromante huyó, sacrificando lo que quedaba de su gran ejército para reservar su vida miserable. Kemmler se retiró por los mismos senderos por los que había venido; las flechas élficas se clavaban en el suelo y en los árboles a su alrededor. Los árboles empezaron a moverse, como si intentaran detener su huida.

Cuando Kemmler llegó a los Páramos Salvajes, estaba prácticamente solo. Los Jinetes del Bosque cabalgaron hacia las colinas, destruyendo a los últimos Guerreros Esqueletos. Kemmler pensó que su muerte estaba cerca y lanzó un fuerte grito de cólera y desesperación. Este grito fue la salvación de Kemmler, pues el último de los Engendros del Terror que volaba alto sobre la zona, bajó en picado, y agarrando al Señor de Nigromantes con sus garras, se alejó volando hacia las distantes Montañas Grises para ocultarse.

A pesar de la persecución de los Jinetes de Halcón, que detectaron a la solitaria criatura No Muerta sobre los Pinares, Heinrich Kemmler escapó. El paradero de Kemmler continúa siendo un misterio, pero los Elfos siguen vigilando. Mientras tanto, los túmulos de los páramos fueron sellados nuevamente con piedras y magia. Ariel surgió una vez más del Roble Eterno y Orión renació para descubrir que su reino seguía sano y salvo.

Muchos fueron los Asrai que perdieron la vida en aquel aciago día, pero el avance de los No Muertos fue detenido y Kemmler se vio obligado a huir de nuevo a las sombras. Pasarían muchos años antes de que se volviera a atrever a poner los pies en Athel Loren. Este ha sido, hasta la fecha, el ataque que más lejos ha penetrado en Athel Loren, por lo que los Elfos Silvanos tienen una enorme sed de venganza y el hipotético retorno del nigromante les mantiene siempre en guardia.

DioramaEditar

Ver MásEditar

FuentesEditar

  • Libro de Ejército: Elfos Silvanos (5ª Edición).
  • Libro de Ejército: Elfos Silvanos (6ª Edición).
  • Libro de Ejército: Elfos Silvanos (8ª Edición).

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