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Batalla del Templo de Shallya

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Nagash Gran Nigromante retornado Fin de los Tiempos.jpg

El Fin de los Tiempos

El trasfondo que puedes leer en esta sección o artículo se basa en la serie de libros de campaña y novelas de El Fin de los Tiempos, que recientemente ha sustituido la línea argumental de La Tormenta del Caos

Archaon Señor del Fin de los Tiempos.jpg

Festus imagen 8ª.png

Festus

Mientras las líneas de batalla se acercaban fuera del Templo de Shallya, Louen Leoncoeur se lanzó en picado de los cielos como un misil viviente. Resonó el desafío del guerrero, haciendo girar a Ku'gath y encarándolo, con la horrible cara del demonio distorsionada aún más por la rabia. Los zánganos de Plaga zumbaban erráticamente a través de los cielos en defensa de Ku'gath, pero eran demasiado lentos. El Padre de la Plaga apenas tuvo tiempo de levantar la mano antes de que la lanza del alto Paladín diera en el blanco. Su bendita punta se hundió a un brazo de profundidad en el pecho del demonio, con las garras del hipogrifo rasgando a continuación.

Con una velocidad que contrastaba con su enorme tamaño, Ku'gath Padre de la Plaga agarró la lanza en torno a su asta y la utilizó como una palanca para lanzar tanto a hombre como a bestia hacia el Templo de Shallya. Impactando de soslayo, el hipogrifo y su jinete blindado golpearon la cúpula con tal fuerza que rompieron a través de ella en una lluvia de fragmentos de cerámica. Luminosa sangre corría por los lados de lo que quedaba de la cúpula curvada, pero el rey y su montura habían desaparecido completamente de la vista. El demonio mayor aplastó la lanza en su mano y la arrojó a un lado, derribando uno de los tropas estatales que le lanceaba la cadera con una lanza. En lo alto, los Caballeros del Pegaso se zambulleron para atacar a los revoloteantes zánganos de plaga que trataban de defenderse de su carga, con los Portadores de Plaga y sus podridas monturas mosca apuñalando por la espalda a los orgullosos Bretonianos.

El Doctor Festus se movió rápidamente a través de la ruina que era la villa de curación hacia Ku'gath, golpeando juntas sus carnosas manos en un aplauso sincero a su paso. Sabiendo que a cualquiera de las criaturas del Padre Nurgle le sería muy difícil el tocar un sitio sagrado de Shallya, el demonio mayor había improvisado maravillosamente.

Desde las calles occidentales un exceso de no muertos surgió hacia los patios, derramándose sobre las camillas y tropezando con los taburetes mientras se cerraban sobre los Portadores de Plaga que se escalonaban junto a Ku'gath. Los zombis escarbaban con las manos rotas y golpeaban con armas improvisadas a los demonios de Nurgle. Por lo general, este tipo de ataques débiles tendrían poco efecto contra los nacidos de la plaga, pero los archivistas estaban ocupados contando la hermosa variedad de enfermedades cutáneas que florecían en todos los guerreros no muertos que intentaban sofocarlos. En poco tiempo, la primera línea de los embelesados demonios había caído. Putrefex Lenguampolla graznó una zumbante orden de defenderse, y la segunda fila de repente cobró vida como si despertara de un sueño, cortando en trozos a los zombis fila por fila con sus oxidadas espadas de la plaga.

Sin embargo, el ataque zombi había cumplido su propósito. Con las primeras líneas de Portadores de Plaga ocupadas, la verdadera fuerza de los ejércitos de Vlad cayó sobre sus flancos. Hordas de esqueletos con uniformes imperiales hechos jirones tajaban mecánicamente contra la pared de carne demoníaca llena de granos, mientras que tumularios con el adornado vestido de los primeros Dorfers cortaban en trozos a las babeantes bestias de Nurgle. Vlad lideró una fina cuña de guardia de los túmulos desde una calle lateral para cortar profundamente el cuello de la columna de Portadores de Plaga, con el vampiro siendo un torbellino de acero encantado que cortaba demonios como si no fueran más sustanciales que la niebla. Los tumularios a su alrededor atacaron con su propia espasmódica velocidad de staccato mientras la magia negra que se arrastraba por detrás del vampiro les daba energía más allá de los límites mortales.

El audaz ataque había golpeado con tal fuerza súbita que Vlad se abrió camino a través de la columna y salió por el otro lado, con su escolta girándose como uno solo y alzando sus escudos para formar un bloqueo de cadáveres blindados que impedía a la hueste de Portadores de Plaga recibir cualquier refuerzo. Con un atrevido golpe, Vlad había aislado a su presa y se preparaba para la matanza.

En la puerta con pilares del templo, Ku'gath se cernía sobre la delgada línea de tropas estatales y flagelantes que protegían a la suma sacerdotisa vestida de blanco. Apartando a patadas a media docena de soldados heridos de pie en su camino, el demonio levantó la espada para golpear.

De repente Louen Leoncoeur se precipitó fuera de la arcada, con la brillante espada levantada. Cuando Ku'gath golpeó su arma contundente en un aplastante barrido hacia la cabeza, el guerrero saltó hacia un lado, cogiendo a la suma sacerdotisa de Shallya alrededor de la cintura con su brazo del escudo y echándola a un lado contra una camilla. Las losas estallaron en polvo donde había estado parada un momento antes de que cayera el golpe de Ku'gath.

Louen se levantó de un salto, enderezando una mesa antigua que había sido puesta en servicio como mesa de operaciones y saltó en el aire hacia su obeso oponente. La vieja espada del guerrero golpeó en arco con un golpe a dos manos que abrió la herida de lanza del pecho de Ku'gath aún más, dejando al descubierto el corazón podrido del demonio mayor.

Bramando indignado, el Padre de la Plaga giró la redonda cabeza en un gran arco, cogiendo a Leoncoeur en su cornamenta y lanzándolo directamente hacia arriba en el aire. El Bretoniano pareció colgar suspendido en lo alto de su vuelo antes de que Ku'gath golpeara con su espada de metal directamente en mitad del caballero, enviándolo sobrevolando la confusa masa de demonios de debajo para chocar contra la estatua de Magnus el Piadoso. Más oro líquido goteó de las heridas de Louen, sin embargo, se puso de pie una vez más, con su escudo brillando con luz azul mientras gruñía una oración a la Dama para que le diera fuerzas.

En la parte de atrás de la línea de batalla demoníaca, Festus babeó saliva espesa mientras concluía su rito preferido de la abundancia. Hizo un gesto torcido hacia los jinetes de pegaso que se enfrentaban con los zánganos de plaga muy por encima de él, y los pocos de ellos que quedaban se hincharon, gritaron, y acabaron reventando. La sangre de caballo y humana tamborileó hacia abajo como una lluvia maldita. Festus llevó la mano hacia fuera como un tendero evaluando el tiempo antes de lamerse la palma de la mano para limpiarla con una sonrisa malévola.

Libro imperio octava.jpg

El Imperio defendiendo su hogar

Liberados de su duelo aéreo, los Ángeles de la Descomposición volaron bajo, con las patas segmentadas de sus zánganos golpeando con ruidos sordos en la carne de los flagelantes que azotaban con sus mayales en la espalda de Ku'gath. Los agoreros gritaban como locos, placando a los demonios que zumbaban en medio de ellos, rasgando alas membranosas con sus uñas rotas, e incluso mordiendo en la maloliente carne de sus agresores. Los zánganos de plaga, acostumbrados a luchar contra enemigos a punto de huir o vomitando el contenido de sus estómagos, fueron tomados por sorpresa, y dos de ellos cayeron ante el repentino contraataque, con sus cuerpos blandos abiertos bajo los martillantes golpes de los fanáticos frenéticos.

Cerca de allí, los tumularios de Vlad estaban manteniendo a raya a la marea de Portadores de Plaga, por cada vez que uno de los cadáveres blindados era abatido, los hechizos de resurrección del vampiro lo obligaban a volver a levantarse para alzar su escudo con sus compañeros una vez más. En su corazón estaba la alta figura del emperador Wilhelm, más resplandeciente en la muerte de lo que había sido alguna vez en vida. El esqueleto tirano estaba trabado en combate contra Putrefex Lenguampolla, martillando golpes contra la espada del Heraldo Demoníaco con una espada que brillaba blanca con calor mortífero. Murmurando maldiciones que sólo un Portador de Plaga podría idear, el demonio pateó la rodilla del rey tumulario, rompiendo la pierna del vengador con un sonido audible.

El rey tumulario cayó, pero en el proceso sus ataques incesantes golpearon, cortando a través de la mano del demonio y burbujeando a través de su pecho hundido en una lluvia de chispas verdes. A medida que el emperador Wilhelm se levantaba una vez más como un fantasma de una tumba abierta, el heraldo demoníaco aulló, reduciéndose y desapareciendo de la vista.

En la puerta delantera del templo Louen Leoncoeur se precipitó hacia Ku'gath una vez más, lloviznando luz líquida de su muy corta barba. Esta vez paró el golpe en arco del demonio mayor con su escudo, con el triturador impacto haciéndole tambalearse. Volvió su repentino cambio de dirección en una voltereta ajustada, cayendo ruidosamente bajo el golpe trasero de la espada gigante mientras ésta detrozaba un toldo a astillas y aplastaba a un desafortunado soldado contra el podio de una estatua. Leoncoeur mató a los demonios que presionaban hacia él, con su resplandeciente espada destellando brillante a la luz del cometa. Ku'gath se cubrió los ojos con el flácido antebrazo, retrocediendo como aturdido.

De la cúpula destrozada del templo llegó el hipogrifo de Louen, una masa de músculo ensangrentado y plumas hechas jirones. La bestia chilló, hundiendo sus garras en los hombros redondeados de Ku'gath y arrancando grandes trozos de carne fétida. Mientras el demonio rugía de dolor, Festus se acercó corriendo y arrojó un alambique lleno de bilis de troll a la cabeza del hipogrifo. Su puntería fue acertada; se rompió con un satisfactorio sonido, enviando a la bestia escarbando frenéticamente en su propio pico.

Ku'gath se recuperó rápidamente. Su golpe con todo el brazo bajó al hipogrifo de los cielos, con su espada roma rompiendo la columna vertebral de la bestia contra las losas fuera del templo. La gran criatura se retorcía de agonía, con las alas rotas golpeando por igual a sacerdotisas y soldados heridos.

En todo el distrito pobre, la resistencia natural de los demonios era igualada con las energías incesantes y sin parpadeos de los muertos vivientes. Ningún remordimiento humano moderaba la violenta carnicería que hervía siempre que las dos líneas de batalla chocaban. Pero por cada demonio que estallaba en una nube de vapor flatulento, tres, cinco, e incluso diez guerreros no muertos acababan en pedazos en el empedrado, ya que el vigorizante poder puro de Nurgle era fuerte en toda la ciudad. Los Portadores de Plaga, tenaces enemigos en el peor de los casos, ahora estaban atacando con tal energía exuberante que estaban destrozando a los muertos más rápido incluso que lo que Vlad podía levantarlos. El cordón de guardia de los túmulos que Vlad había establecido a través del acceso de la calle más ancha estaba desmoronándose, con los Portadores de Plaga derramándose a través y alrededor de sus flancos para unirse a la lucha fuera del templo.

El Conde Elector von Carstein tenía sus propios problemas. Una marea de risueños Nurgletes se había vertido entre las piernas de sus hermanos mayores para arrastrarse y subir por las piernas del vampiro, pisándose unos a otros en su prisa por llegar a los puntos débiles de sus ojos y garganta. Vlad gruñó cuando lanzó tajos a los ácaros demonio con su espada, bebedora de sangre, con una parte de él en agradecido silencio de que las criaturas no tuvieran verdaderos torrentes sanguíneos para activar la magia desangradora de su espada. Sin embargo, al igual que los Portadores de Plaga que llenaban las calles, parecía que no había fin al número de Nurgletes que lo asaltaban. Apilándose unos encima de otros, estaban cada vez más cerca y más cerca de su descubierto cuello.

Murmurando un antiguo hechizo nehekhariano, Vlad encendió la ira en su mirada para que quemara con fuego negro. Dos haces de magia oscura rabiaron fuera de sus ojos, evaporando Nurgletes por docenas hasta que limpió de demonios la armadura del vampiro y dejó un foso de piedra fundida hirviendo a su alrededor. El vampiro respiró con altivez, limpiando la espada en el extremo de su capa.

Una garra gigantesca golpeó en la espalda del Conde, con su fuerza como un pistón arrojando al vampiro a través de la plaza. Las losas se agrietaban debajo de las gigantescas patas de metal mientras Cortatallos irrumpía de costado a través de la refriega, con sus tenazas cortando violentamente. Un grupo de lanceros heridos cargaba hacia él, con gritos de gloria a Sigmar en sus labios, pero Cortatallos salivó una gran bola de flema y la escupió hacia ellos. Los repulsivos fluidos salpicaron a través de las tropas estatales, disolviendo rápidamente su carne hasta que todo lo que quedaba era una pila maloliente de lodos y tela descolorida.

Un gran grito resonó en auge a través de toda la plaza mientras Ku'gath se tambaleaba hacia atrás, con los flagelantes que colgaban de su cuerpo volando por el aire mientras el demonio agitaba sus brazos y se alejaba pesadamente lejos de las puertas del templo. Louen Leoncoeur colgaba de la empuñadura de su espada, con toda la longitud de su espada incrustada en la garganta de Ku'gath. La sangre dorada que estaba goteando de las muchas heridas del Bretoniano estaba quemando la carne del demonio peor que cualquier ácido, disolviendo su forma corpórea como brasas lanzadas a una masa de hongos. Peor aún, se estaba deslizando dentro de la herida abierta en el pecho supurante del demonio.

Ku'gath chillaba,gritaba y se sacudía, pero no servía de nada. El antiguo rey de Bretonia colgaba sombrío mientras el demonio mayor era devorado por los mismos líquidos que él mismo derramaba, sagrada sangre real que llevaba la bendición de una diosa aún más poderosa que Shallya. Balanceándose y agitándose, el demonio golpeó el podio que llevaba el monumento a Magnus el Piadoso, y la estatua del gran líder de guerra se vino abajo. Mientras Louen saltaba liberado, el peso del pulcro metal de la estatua aplastó a Ku'gath como a un luchador contra las cuerdas. Segundo tras agonizante segundo, el demonio mayor burbujeó a la nada hasta que todo lo que quedó fue una mancha brillante.

Louen Corazón de León se paró sangrando pero orgulloso en el lugar de la estatua del actual Emperador, apuntando la espada hacia Festus. Mientras el caballero rugía su desafío y saltaba fuera del podio hacia su enemigo, el apotecario arrancó una larga sanguijuela de un hueco en la espalda y la arrojó hacia el Bretoniano como unas boleadoras. El bicho segmentado se enredó en las piernas del caballero herido, tropezando en su carga. Tan diestro como un elfo, hundió el hombro y rodó una vez más, siendo el primero en hundir su espada resplandeciente profundamente en las entrañas del Señor de las Sanguijuelas en un golpe que habría matado a un rival mortal de una sola estocada.

Sin embargo, Festus estaba saturado con el poder de Nurgle, y el dolor era un viejo amigo suyo. El Señor de las Sanguijuelas rompió el frasco que había tenido en la mano un momento antes en la cara del Bretoniano, derramando icor demoníaco y arruinando el apuesto rostro del caballero para siempre. Louen se tambaleó hacia atrás, gritando de rabia y dolor. Festus sacó un sucio serrucho de su cinturón y saltó hacia delante como un sapo saltarín, rasgando con la hoja serrada a través de la garganta del tambaleante caballero. La brillante sangre que cubría sus manos quemaba peor que cualquier bilis, pero Festus era todavía una criatura del reino material, y no se comía su carne como había hecho con la de Ku'gath. El Señor de las Sanguijuelas cortó y cortó como un carnicero maníaco, con el caballero convulsionando debajo de él mientras la luz líquida salpicaba y brotaba en todas las direcciones. Entonces, para horror absoluto de los soldados del Imperio, Festus agarró la cabeza del destrozado caballero por el pelo y la arrancó de su cuerpo en un torrente de sangre dorada.

El Señor de las Sanguijuelas se puso de pie con un gran grito de triunfo, y la tormenta retumbó por encima, la risa indulgente de un padre orgulloso de las travesuras de su hijo. Festus estaba iluminado desde dentro por una luz verdiblanca que se derramaba de sus ojos y boca, con toda su forma sacudida con las energías malditas que le estaban siendo concedidas por encima de él. Cada demonio en torno a la plaza que no estaba trabado en combate con los no muertos se volvió y se arrodilló, alabando el nombre de Festus, una y otra vez.

Vlad golpeó al Señor de las Sanguijuelas desde el lado como un rayo negro. Placando al resplandeciente apotecario contra una masa destrozada de mesas, el vampiro alzó su espada ancestral para matarlo. Antes de que pudiera golpear, Festus escupió una frase de poder y destruyó la carne von Carstein en una nube de niebla cenicienta. El mundo contuvo la respiración por un momento mientras una armadura vacía de Sylvania caía a los adoquines, con un gran anillo de piedras preciosas deslizándose hasta detenerse bajo una masa de maderas rotas.

Festus rió y se levantó, rechazando a las filas de muertos vivientes que iban arrastrando los pies hacia él. Dondequiera que hacia un gesto, los guerreros no muertos se derrumbaban sobre sí mismos, con su carne hirviendo de gordos gusanos demonio que los comían hasta desaparecer en el espacio de segundos. Careciendo de la magia oscura de su maestro, los renacidos estaban cayendo rápido, e incluso más Portadores de Plaga llegaban a la plaza.
Batalla templo shallya caos bretonia vampiros imperio.png

Los No Muertos se unen a la lucha entre Bretonia y el Imperio contra el Caos

Las sacerdotisas de Shallya habían hecho todo lo que habían podido con el tiempo que sus defensores les habían brindado. Las hermanas corrieron con urnas de agua bendita por todo el perímetro interior de las paredes del templo, lavando la suciedad que manchaba los adoquines y formando una barrera mística de tierra consagrada a través de la cual los demonios no podían cruzar. Su círculo estaba casi completo. Festus simplemente se rió para sí mismo en sus intentos de mantenerlo fuera. Un simple gesto y el propio suelo se levantó hacia arriba, haciendo caer el templo y rompiendo su precioso círculo de santidad en una sola ráfaga de poder glorioso.

De repente, la masa de tablas rotas detrás del resplandeciente Señor de las Sanguijuelas explotó hacia arriba, y Vlad von Carstein irrumpió hacia afuera, con un larguero irregular de madera en una mano y la espada ancestral en la otra. El anillo en su mano brillaba lo suficientemente brillante como para abrasar los ojos mientras el vampiro se lanzaba hacia delante, con su movimiento demasiado rápido para seguir con la vista. Festus alargó una gorda mano y cogió la espada como una guadaña de Vlad agarrándola tan fuerte como una roca, pero la estaca de madera de la otra mano se hundió profundamente en el pecho de Festus.

La apuesta intuitiva del vampiro rápidamente resultó ser correcta. Lleno hasta arriba con las energías crecientes de la vida desenfrenada, el cuerpo de Festus volvió la madera inerte de la estaca en un árbol salvaje y retorcido en el espacio de un sólo surrealista segundo. Empalado en un majestuoso roble del Drakwald que de repente hundió sus grandes raíces en las losas y creció arriba y arriba hacia los cielos, el pecho del Señor de las Sanguijuelas se ensanchó lentamente más y más hasta que simplemente estalló en una nube de ectoplasma verde gris. Un gemido de frustración se hizo eco alrededor de la plaza mientras la extraña nube era atrapada por la tempestad que rugía arriba y desaparecía en el reino del Caos.

Con el aumento de poder de los Dorfers, la hueste demoníaca se vio incapaz de penetrar en el círculo de tierra consagrada que las Shallyanas habían establecido alrededor de su templo. Los pocos soldados supervivientes que habían encontrado su camino hacia el interior estaban demasiado agotados para gritar victoriosos, pero a medida que los segundos pasaban, se dieron cuenta de que ni los no muertos ni los demonios les podían hacer daño.

Con la intervención inexplicable de los antiguos muertos, y la desinteresada muerte de los señores Bretonianos que habían dado su vida para proteger el templo, la perla de pureza en el distrito más pobre de Altdorf había sido salvada - y con ella, el alma de la ciudad.

Fuera de la muralla norte de la ciudad, el palaquín de guerra de Gutrot Spume fue llevado en medio de la Reiksguard encima de la espalda de sus servidores mutantes. Apoyando los pies, el Señor de los Tentáculos alzó su hacha oscilando a su alrededor una y otra vez, con cada golpe tirando a un caballero de la silla. Hans Zintler montó su caballo a través de la muchedumbre, con las filas traseras de sus hombres abriéndose camino con equitación consumada. El Capitán de la Reiksguard tajó a los mutantes estúpidos que sostenían el santuario en lo alto, con cada movimiento de su espada de plata arrancando miembros y tentáculos. Con una lentitud pesada, todo el transporte se volcó, derramando brasas y tripas enroscadas en la caballería de debajo.

Spume saltó de la parte delantera del palanquín de guerra, con su silueta esbozada contra el regodeante orbe de Morrslieb por un breve instante antes de cargar en medio de la Reiksguard. Seis tentáculos se dispararon al aterrizar, cada par tirando a un caballero de la silla. El séptimo tentáculo levantó el gran hacha de Spume en alto, y el señor de la guerra decapitó a tres caballeros, uno tras otro.

Zintler bramó un juramento Sigmarita cuando se volvió en la silla de montar para golpear con la espada entre los omóplatos de Spume, con su punta sobresaliendo de la placa pectoral del Norsca. Los pseudópodos se amarraron alrededor de la muñeca del Capitán de la Reiksguard, y Zintler se encontró tanto sacado de su caballo como desarmado en un horrible segundo mientras Spume se daba la vuelta con la espada todavía incrustada en su torso. El señor de la guerra rió mojadamente, goteando sangre por debajo de su yelmo, mientras una de sus enroscadas extremidades se estiraba y sacaba la espada ancestral de su espalda.

El Señor de los Tentáculos golpeó con una bota hacia abajo sobre el pecho del Capitán de la Reiksguard y apoyó su gran hacha contra el cadáver de un caballo mientras el pseudópodo que había desarmado a su enemigo pasó la espada de plata a la mano buena de Spume. Zintler luchó, gritando la más terrible de las maldiciones, pero se quedó en silencio mientras su propia espada se introducía en su cuello hasta la empuñadura, poniendo fin a su vida.

Con la Reiksguard rota por el contraataque de Spume, los hombres bestia del Drakwald se vertieron hasta la muralla norte y comenzaron a escalar la fachada desgastada por el tiempo. Hacia el este de la ciudad, la línea de batalla de tropas estatales estaba afianzándose contra los demonios repugnantes que chocaban contra ella. En mitad de la hueste Portadores de Plaga estaba Epidemius, contando las mortales infecciones que se extendían desde la primera línea de batalla dondequiera que sus secuaces golpeaban. Había tantas bellas bendiciones del ilimitado catálogo de contagio de Nurgle que el Archivista se encontraba casi frenético.

Epidemius se arrastraba lejos con una pluma en cada mano, con su habitual meticulosa y ordenada escritura a mano reemplazada por unos garabatos que decidió escribir correctamente una vez que la batalla hubiera terminado. Con cada pergamino que rellenaba, los Portadores de Plaga alrededor de él se hacían más enérgicos y las enfermedades en sus espadas más virulentas hasta que el más mínimo rasguño o corte causaba que la víctima cayera al suelo echando espuma.

Cerca de allí, Orghotts Vómito de Demonio y sus jinetes maggoth estaban cargando de cabeza hacia la batería de cañones que se había colocado fuera de la puerta oriental. A pesar de que las bestias ciegas habían aguantado un daño terrible, habían llegado al medio de la arraigada artillería. Grandes cañones subían y bajaban como porras improvisadas mientras los maggoths tomaban su terrible venganza. Sin embargo, no había más que tres jinetes maggoth, y varias docenas de piezas de artillería, algunas de las cuales estaban siendo orientadas directamente hacia Epidemius.

Los nueve sonidos de explosión de un Cañón de Salvas defectuoso resonaron, y hombre y demonio por igual fueron rotos en pedazos mientras una lluvia de balas de cañón abrían un camino sangriento a través de la batalla. Epidemius miró hacia el agujero que había perforado su torso como una manzana podrida, contando las infecciones que se extendían con un interés objetivo. Poco a poco, su pluma se paró, y el heraldo demoníaco se desvaneció desde el reino de los mortales como un mal sueño.

Fuera de la Puerta Este, la hueste Portadores de Plaga continó adelante, pero sin su líder, sus golpes carecían de vigor. Aún así, los demonios no eran los únicos aliados que Orghotts Vómito de Demonio había traído consigo desde fuera de Talabheim.

Tronando a través de la sangrienta melé de las líneas de batalla llegó un toro bípedo de puro bronce, con las runas oscuras de sus hachas ardiendo blancas con energías ruinosas. Detrás de él llegó una estampida de mugientes minotauros, abriéndose paso a través de las multitudes en una gran avalancha de cuernos y carne ensangrentada. El regimiento de soldados lanceros en su camino dio un involuntario gemido de miedo mientras el gigante de bronce cargada de cabeza hacia ellos. Las armas de asta de sólidos mangos se rompieron y se astillaron en la piel metálica del monstruo, con sus portadores cayendo al barro o rompiendo filas de miedo. Las hachas rúnicas del toro de bronce subían y bajaban con la fuerza de una guillotina, partiendo en dos a un hombre con cada golpe.

Mientras más bestias con cuernos cargaban contra las filas de lanceros, el minotauro de la condenación rugió un grito de guerra a los por dioses por encima. Eso fue demasiado para los soldados de Altdorf. Rompieron filas y corrieron, dispersándose entre destacamentos que arrastraban los pies vacilantes acercándose para cerrar la brecha. Los minotauros dejaron de seguir a los soldados que huían bajando sus fauces romas y saciándose, alimentándose de los restos de los muertos. Varios de ellos incluso lamían charcos de color rojo-marrón en su sed de sangre.

A menos de cien metros de distancia, Mundvard el Cruel se levantó en las almenas, calvo y autoritario, y se puso a entonar una letanía. Al costado de los minotauros se elevó una segunda pared - no de piedra, sino de muertos. Los regimientos esqueléticos se volvieron como uno con una precisión que habría hecho ponerse verde a un sargento instructor de palacio. Bajaron sus lanzas y lancearon con tal extraña sincronía que tres de los hombres bestia con cabeza de buey fueron asesinados en el espacio de un latido del corazón.

Desde las murallas de la ciudad, una multitud de cadáveres podridos se derramó torpemente desde la Puerta Oeste, atrapando a los minotauros hartos de sangre desde la parte delantera. Frenéticos por la energía nigromántica, la enorme masa de cadáveres que no caían sobre los últimos minotauros treparon los unos sobre otros en su prisa por reparar la brecha que los hombres bestia habían abierto en la línea de batalla, un montículo creciente de muertos sellaron la brecha al mismo tiempo que una turba guerreros con hachas cargaba desde el norte.

La bestia de bronce masacraba en su camino hacia la Puerta Este luchando con furia aún mayor. Un regimiento de pistoleros de Talabheim llegó para enfrentarse con él. Su andada de corto alcance de fuego pistola rebotó en la espesa piel metálica de la bestia sin causar nada más que una abolladura. A continuación, el gigante de bronce saltó de repente en medio de ellos, golpeando con sus hachas a través de hombre y caballo por igual en un espectacular despliegue de fuerza bruta. La monstruosa bestia echó hacia atrás la cabeza y gritó alabanzas al Dios de la Sangre.

A medida que el minotauro de piel de bronce buscaba su próxima víctima, una gruesa flecha de plumas negras se clavó de repente temblando en el pequeño parche de piel marrón de su garganta. Una delgada línea de luz color ámbar podía seguirse desde la mortal flecha hasta el punto más alto de la torre de la Puerta Este, donde el Mariscal de los Cazadores posaba orgulloso contra el horizonte. La bestia de bronce gorgoteó, con los ojos en blanco en las cuencas metálicas, y cayó muerta.

Un gran grito desafiante se elevó mientras el minotauro caía, con los veteranos soldados de Altdorf en primera línea rechazando con fuerza a los guerreros del Caos que trataban desesperadamente de pasar a través. Las líneas de batalla fueron empujadas hacia delante, hacia atrás, rompiéndose y reagrupándose a medida que más y más unidades se unían a la refriega, pero a pesar de todo, el Imperio mantuvo la línea.

En la Puerta Oeste, una historia diferente se estaba desarrollando. Después del inesperado asalto de los Bretonianos, a los Glottkin les quedaba poca paciencia. A menos de cien pasos de la puerta una explosión de mampostería estalló de la muralla de la Puerta Oeste, enviando a decenas de no muertos fuera de la muralla que se desmenuzaba en polvo. Ghurk cargó sin pensar directamente a través de una avalancha de mortero y huesos destrozados, con un rugido de triunfo lo suficientemente alto como para ensordecer a un dragón. El mutante gigante aplanó fila tras fila de esqueletos con el barrido de su brazo tentaculado mientras que su hermano señor de la guerra cortaba las piernas de los soldados no muertos en las murallas. Ethrac lanzó maldiciones mortales a los que estaban demasiado lejos para que la guadaña de Otto los pudiera alcanzar. Antiguos guerreros eran derribados de las murallas, cubiertos de pies a cabeza de saliva ácida. Los guerreros no muertos que cerraban su camino eran poco más estorbo para ellos que los insectos, ya que los Glottkin podían saborear el Jardín de Nurgle en el aire, y su éxtasis era sólo el principio.

Mientras un cuadro de arcabuceros se inclinaba desde las torres superiores de la Puerta Oeste y preparaban una andada a bocajarro, Otto levantó un trozo de largo intestino que colgaba y apretó sus entrañas, rociando a los tiradores con silbante bilis amarilla. Gritaron, agarrándose sus vaporizadas caras y arañando sus ojos. Montando la gran masa de su hermano hacia arriba, Otto enganchó la punta de su guadaña alrededor de la placa del hombro de uno de los artilleros sanos y lo lanzó por encima del muro, cogiéndolo por la piel del cuello mientras caía. El señor de la guerra sacudió con fuerza a su cautivo, exigiendo que el soldado le dijera el paradero de su señor.

El tirador simplemente estiró un tembloroso brazo, haciendo un gesto en la dirección aproximada del Palacio Imperial. Otto le dio las gracias sinceramente, para a continuación estrellar el cerebro del arcabucero contra la pared de la torre.

A lo lejos, un par de grifos volaban a través de los cielos hacia el centro de la ciudad sitiada, con el yelmo emplumado del emperador rígido contra el cielo. Karl Franz había regresado por fin.

Los hombres de los Glottkin se habrían camino matando hacia la ciudad a través de la brecha en la muralla occidental, sólo para encontrarse las calles que se alejaban de la Puerta Oeste plagadas con los muertos. Cada cadáver marioneta tropezaba con los brazos extendidos hacia los trillizos que conducían el ataque.

Volando hacia abajo en el medio de la multitud de no muertos había una calva figura alada en una armadura ornamentada, con sus colmillos sobresaliendo como agujas muy juntos sobre su labio inferior mientras sus extremidades aladas se transformaban de nuevo en brazos humanos. No era Vlad, sino Mundvard el Cruel, con la intención de matar a los salvajes que habían arruinado su amada ciudad portuaria y que ahora buscaban tomar Altdorf. El vampiro prefería que su venganza se sirviera fría, pero el tiempo se acaba tanto para mortales como para inmortales.

A medida que el engendro del terror conocido como la Bestia del Suiddock se abalanzaba desde el campanario del juzgado cercano, corrientes gemelas de luz oscura salieron disparadas de los ojos de Mundvard. La energía oscura golpeó a Ethrac con chisporroteante fuerza. Un segundo más tarde, la mascota del necrarca cayó en picado sobre Ghurk, con las mandíbulas abiertas para liberar un grito más terrible que todo un coro de condenados. Ghurk se tambaleó hacia atrás, con sus horribles rasgos contorsionados por un silencioso rugido de dolor.

Cada vez más y más cadáveres se derramaban de los callejones y edificios frente a los Glottkin hasta que un montículo en expansión de carne podrida se levantó, una compuesta monstruosidad que sólo podía haber sido elevada por un verdadero maestro de los muertos. Cayendo hacia delante como la cresta de una ola, el montículo enterró a los trillizos bajo su masa.

Ghurk, se tambaleó por el grito del engendro del terror pero era demasiado grande para ser inmovilizado por el montón de cadáveres por mucho tiempo, así que arremetió con su tentáculo. La curvada extremidad agarró a la Bestia del Suiddock alrededor de la pata mientras rondaba en torno para atacar de nuevo. Chilló su grito infernal una vez más, y una docena de tiradores de Altdorf que se cubrían bajo el amparo de la torre de la Puerta Oeste rápidamente se volvieron blancos, cayendo muertos a las murallas. Mundvard murmuró un canto de resurrección, y se pusieron de pie un segundo más tarde, usando sus armas de mano para golpear a los Norscas que trepaban por la cercana brecha.

En las calles de debajo, el engendro del terror brilló de color blanco verdoso con sobrenatural energía mientras Mundvard alzaba una garra hacia su montura esquelética. Lentamente al principio, pero con ritmo creciente, la monstruosidad de alas de murciélago arrastró a Ghurk desde el cuerpo a cuerpo con su tentáculo. El engendro del terror chilló mientras brillaba más aún, con toda la longitud de sus alas, aleteando con fuerza. Ghurk rodaba detrás de él igual que un niño obeso arrastrado por una cometa rebelde. Otto y Ethrac no tenían más remedio que aferrarse para salvar su vida mientras su hermano convertía un antiguo pozo de los deseos a polvo y se hundía hasta la mitad en la Calle de los Herreros en su alborotada carga.

Otto apartó las garras golpeantes del montículo de soldados muertos que habían trepado a lo alto de Ghurk después del ataque de Mundvard. El señor de la guerra escupió un bocado de carne muerta y liberó su guadaña de un tirón de los gimientes zombis, cortando un cadáver por la mitad en el proceso. Una forma brillante descendió de las nubes de tormenta por encima, con una escalofriante risa aguda filtrándose a través del golpeteo de la lluvia blanca como la leche.

Trono Aquelarre.jpg

Trono del Aquelarre

Rayos de energía oscura se clavaron en la parte superior de la cabeza de Otto, quemando el cuero cabelludo hasta que los tres Glottkin pudieron oler el delator olor del hueso quemado. Por encima de ellos un trío de formas blancas sonreían impúdicamente sobre los lados de su transporte etéreo, con sus bellas caras femeninas nadando en la bruma.

Rugiendo de confusión y rabia, Otto llevó su guadaña alrededor en un gran arco y la lanzó hacia arriba con fuerza. Su segadora curvatura giró hacia arriba para cortar la cabeza de la figura femenina más importante que había estado mirando hacia abajo para verlo morir. Resonaron un par de gritos de horror, y el palanquín flotando por encima de Otto se dirigió hacia los cielos una vez más, con los restos de ceniza de la reina del aquelarre lavados por la aceitosa lluvia torrencial que caía en las calles. Otto cogió la guadaña mientras giraba hacia abajo, desenredándose de los cadáveres esparcidos a su alrededor en un charco de su propia sangre pegajosa. El señor de la guerra volvió a poner de pie vacilante y con cautela palpó la parte superior de su cabeza. Para su alivio, el hueso quemado estaba curando rápido.

A medida que los Glottkin pasaban por un templo de altas paredes, una cascada de cadáveres cayó desde el tejado almenado como un macabro suicidio en masa. Ethrac fue atrapado con rapidez bajo un montón de carne en descomposición que se dejaba caer sobre los hombros de Ghurk, enterrándole bajo los cuerpos de los muertos de Altdorf. No importaba cuanto luchara y arañara el brujo, los cadáveres no cedían, arañando y mordiendo a su vez. Lloró y forcejeó mientras su hermano Otto comenzaba a lanzar los cadáveres de nuevo a la calle.

Hubo una repentina llamarada de enfermiza luz verde y el montículo de cadáveres reventó en una lluvia de gusanos verdes que brillaban intensamente. Un Ethrac furioso quedó chorreando, donde una docena de cadáveres lo habían presionado un momento antes. Los no muertos aún seguían llegando, llenando las calles para bloquear el paso de los Glottkin hacia donde habían visto el regreso de Karl Franz descendiendo de los cielos.

Mundvard surgió desde los tejados, con las alas de murciélago que lo habían llevado a la cima de una cercana capilla fortificada convirtiéndose en brazos una vez más. Levantando las manos, el vampiro comenzó una antigua letanía para destruir a los Glottkin de una vez por todas. Ethrac sacudió la cabeza y agitó un sucio dedo hacia el vampiro antes de sumergir una mano nudosa en una bolsa en su costado y lanzar un puñado de esporas negras sobre su brasero mágico, ardiendo lentamente sobresaliendo entre la amplia espalda de Ghurk.

Una corriente de humo negro se elevó sobre Mundvard justo cuando estaba a punto de completar su hechizo, consumiendo al vampiro por un momento, y dispersándose después. La nube no dejó nada detrás salvo un esqueleto oscurecido. Mientras Ghurk cargaba, el brujo se acercó y dio un revés rompiendo en trozos el cadáver con la boca abierta de Mundvard, con los huesos podridos del vampiro cayendo ruidosamente en las calles adoquinadas.

Con la muerte de su maestro, la Bestia del Suiddock se encontró de repente tironeada hasta detenerse por el tentáculo alrededor de sus piernas. Ghurk, con su amplia estela de devastación extendiéndose todo el camino de vuelta hacia la Puerta Oeste, sacudió la cabeza hueca confuso antes de mirar a la bestia que aleteaba y gritaba por encima de él. Tensó su tentáculo, todavía envuelto alrededor de las piernas del engendro del terror, y golpeó a la criatura contra la estatua de Sierck que se encontraba en el centro de la Plaza del Dramaturgo. La cosa no muerta seguía aleteando, así que Ghurk la aplastó contra el teatro en su lugar. Aún así, la cosa se retorcía. Cambiando de forma de actuar, el trillizo mutante golpeó al terror abismal en varias ocasiones contra los adoquines.

Ghurk gruñó feliz, con las nubes de tormenta por encima de él compartiendo su alegría. Ardiendo con la emoción de la lucha, los Glottkin marcharon en dirección al Palacio Imperial y su destino. No se dieron cuenta de que el más poderoso Conde Elector del Imperio - el propio Vlad - se mantenía a la espera...

ORIGINAL:

As the battlelines closed outside the Temple of Shallya, Louen Leoncoeur arrowed from the skies like a living missile. The warrior’s challenge rang out, causing Ku’gath to turn and face him, the daemon’s hideous face further distorted with rage. Plague drones buzzed erratically through the skies to Ku'gath’s defence, but they were too slow. The Plaguefather barely had time to raise his hand before the High Paladin’s lance struck home. Its blessed tip sank an arm’s length into the daemon’s rotting breast, the hippogryph’s claws slashing in close behind.

With a speed that belied his massive size, Ku’gath Plaguefather grabbed the lance around its shaft and used it as a lever to hurl both man and beast into the Temple of Shallya. Flailing sidelong, the hippogryph and its armoured rider hit the dome with such force they smashed right through it in a shower of ceramic shards. Luminous blood trickled down the sides of what was left of the curved dome, but the king and his mount had disappeared completely from sight. The greater daemon crushed the lance in his grip and tossed it aside, knocking over one of the state troopers jabbing at his hip with a spear. High above, pegasus knights dived in to slash at the wheeling plague drones that sought to defend their charge, the plaguebearers and their rot fly steeds stabbing back at the proud Bretonnians.

Doctor Festus bowled his way through the ruin of the healers’ shantytown toward Ku’gath, slapping his meaty hands together in heartfelt applause as he went. Knowing that any of Father Nurgle’s creatures would struggle to touch a holy site of Shallya, the greater daemon had improvised marvellously.

From the western streets a glut of undead emerged into the courtyards, spilling over the stretchers and stumbling over stools as they closed on the plaguebearer echelons beside Ku’gath. The zombies scrabbled with broken hands and clubbed with improvised weapons at the Nurgle daemons. Usually such feeble attacks would have little effect against the plague-born, but the tallymen were busy counting the beautiful array of skin diseases blossoming across the undead warriors that sought to pull them down. Before long, the front line of the enraptured daemons had fallen. Putrefex Blistertongue honked out a droning command to fight back, and the second rank suddenly came alive as if awakening from a dream, cutting the zombies down rank by rank with their rusted plagueswords.

Yet the zombie attack had served its purpose. With the front lines of the plaguebearer host preoccupied, the real strength of Vlad’s armies fell upon their flanks. Hordes of skeletons in the tattered remnants of Imperial uniforms hacked mechanically at the wall of pimpled daemonflesh, while wights in the ornate raiment of the first Altdorfers slashed apart slavering beasts of Nurgle. Vlad himself led a thin wedge of grave guard out from a side street to cut deep into the neck of the plaguebearer column, the vampire a whirlwind of enchanted steel that hacked down daemons as if they were no more substantial than mist. The wights around him attacked with their own jerky, staccato speed as the dark magic trailing in the vampire’s wake energised them beyond mortal limits.

The bold attack had hit with such sudden force that Vlad cut his way right across the column and out the other side, his escort turning as one and locking their shields to form a blockade of armoured corpses that cut off the plaguebearer host from any more reinforcements. In one daring strike Vlad had isolated his prey and closed in for the kill.

At the temple’s pillared gates Ku’gath loomed over the thin line of state troops and flagellants protecting the white-robed high priestess. Kicking away a half-dozen of the wounded warriors standing in his path, the daemon raised his sword for the kill.

Suddenly Louen Leoncoeur hurtled out of the archway, glowing blade raised. As Ku’gath brought his blunt weapon down in a crushing overhead sweep, the warrior sprang to the side, catching the Shallyan high priestess around the waist with his shield arm and casting her aside onto a stretcher. Flagstones burst into powder where she had been standing a moment before as Ku’gath’s blow fell.

Louen leapt up, boosting off an antique table that had been pressed into service as an operating bench and leaping into the air towards his obese opponent. The old warrior’s blade arced down in a two-handed blow that opened the lance wound in Ku’gath’s chest still further, exposing the greater daemon’s rotten heart.

Bellowing in outrage, the Plaguefather turned his head round in a great scoop, catching Leoncoeur in his antler and tossing him straight upwards into the air. The Bretonnian seemed to hang suspended at the apex of his flight before Ku’gath slammed his metal sword right into the knight’s midsection, sending him flying over the milling daemons below to crash into the statue of Magnus the Pious. More golden liquid trickled from Louen’s wounds, yet he got to his feet once more, his shield glowing with azure light as he growled a prayer for the Lady to give him strength.

At the back of the daemon battleline, Festus drooled thick spittle as he concluded his favourite rite of abundance. He gestured crookedly at the pegasi riders duelling the plague drones high above him, and the last few of their number swelled, screamed, and burst. The blood of horse and human pattered down like some foul rain. Festus put his hand out like a grocer assessing the weather before licking his palm clean with a malevolent chuckle.

Freed from their aerial duel, the Angels of Decay dived down low, the segmented legs of their rot flies thudding down into the flesh of those flagellants lashing their flails at Ku’gath’s back. The doomsayers screamed like madmen, hurling themselves bodily at the daemons buzzing in their midst, ripping at membranous wings with their broken fingernails, even biting down on the evil-smelling flesh of their assailants. The plague drones, used to fighting foes on the brink of fleeing or at least voiding the contents of their stomachs, were caught off guard, and two of their number fell to the sudden counter-attack, their squishy bodies burst open under the hammering blows of the frantic zealots.

Nearby, Vlad’s wights were holding the plaguebearer tide at bay, for every time one of the armoured cadavers was struck down, the vampire’s spells of resurrection would force it back to its feet to lock shields with its comrades once more. At their heart was the tall figure of Emperor Wilhelm, more resplendent in death than he had ever been in life. The skeletal tyrant was locked in battle against Putrefex Blistertongue, hammering blows against the daemon herald’s blade with a sword that glowed white with killing heat. Murmuring curses that only a plaguebearer could devise, the daemon kicked out at the wight king’s knee, snapping off the revenant’s leg with an audible crack.

The wight king went down, but in the process his relentless attacks cut low, slashing right through the daemon’s hand and fizzing through his sunken chest in a shower of green sparks. As the Emperor Wilhelm rose up once more like a ghost from an opened grave, the daemon herald howled, dwindled, and vanished from sight.

At the temple’s front gate Louen Leoncoeur rushed at Ku’gath once more, liquid light drizzling from his close-cropped beard. This time he took the greater daemon’s arcing blow on his shield, the crushing impact staggering him badly. He turned his sudden change of direction into a tight roll, clattering under the giant sword’s backswing as it smashed an awning to splinters and crushed an unfortunate soldier against the statue’s podium. Leoncoeur cut down the daemons pressing in toward him, his glowing sword flashing bright in the light of the comet above. Ku’gath covered his eyes with a flabby forearm, rearing back as if stung.

Out from the shattered dome of the temple came Louen’s hippogryph, a mass of bloodied muscle and tattered feathers. The beast screeched down, digging its talons into Ku’gath’s rounded shoulders and ripping great chunks of noisome flesh free. As the daemon roared in pain, Festus ran in close and hurled an alembic full of troll’s bile at the hippogryph’s head. His aim was true; it broke open with a satisfying crunch, sending the beast scrabbling frantically at its own beak.

Ku’gath recovered swiftly. His over- arm swipe took the hippogryph from the skies, his blunt sword snapping the beast’s spine against the flagstones outside the temple. The great creature writhed in its death throes, broken pinions battering over priestesses and injured soldiers alike.

All across the poor district, the unnatural stamina of the daemons was matched against the unceasing, unblinking energies of the walking dead. No human qualms moderated the hacking, stabbing violence that boiled wherever the two battle lines touched. But for every daemon that burst into a puff of flatulent vapour, three, five, even ten undead warriors were left in pieces on the cobbles, for the raw invigorating power of Nurgle was thick across the city. The plaguebearers, tenacious foes at the worst of times, were now attacking with such exuberant energy that they were hacking down the dead even faster than Vlad could raise them up. The cordon of grave guard that Vlad had established across the mouth of the widest street was slowly breaking apart, plaguebearers spilling through and around its edges to join the fight outside the temple.

Elector Count von Carstein had problems of his own. A tide of giggling nurglings had poured between the legs of their larger brethren to crawl and climb up the vampire’s legs, boiling over each other in their haste to reach the weak spots of his eyes and throat. Vlad snarled as he slashed at the daemon-mites with his sword, Blood Drinker, some part of him silently grateful that the creatures had no true bloodstreams to trigger the exsanguinatory magics of his blade. Yet, much like the plaguebearers filling the streets, there seemed no end to the number of the nurglings assailing him. By piling atop one another, they were coming closer and closer to his unarmoured neck.

Muttering an ancient Nehekharan spell, Vlad ignited the anger in his gaze so that it burned with black fire. Two beams of dark magic raged out from his eyes, evaporating nurglings by the dozen until they had scoured the daemons from the vampire’s armour and left a moat of molten stone boiling all around him. The vampire sniffed haughtily, cleaning his blade on the end of his cloak.

A gigantic claw slammed into the Count’s back, its piston-driven strength flinging the vampire across the square. Flagstones cracked under giant metal legs as Stemcutter stormed sideways through the fray, pincers snipping wildly. A knot of injured spearmen charged towards it, cries to Sigmar’s glory on their lips, but Stemcutter hoiked a great ball of phlegm and spat it right at them. The repulsive fluids splashed across the state troops, quickly dissolving their flesh until all that was left was a noisome pile of sludge and discoloured cloth.

A great booming cry rang out across the square as Ku’gath staggered backwards, the flagellants hanging from his frame flying through the air as the daemon windmilled his arms and lumbered away from the temple gates. Louen Leoncoeur hung from the hilt of his sword, the entire length of his blade embedded in Ku’gath's throat. The golden blood that was drizzling from the Bretonnian’s many wounds was searing the flesh of the daemon worse than any acid, dissolving his corporeal form like embers cast into a mass of fungus. Worse still, it was trickling down into the gaping wound in the daemon’s festering chest.

Ku'gath bawled and roared and flailed, but it did no good. The former king of Bretonnia hung on grimly as the greater daemon was eaten away by the very fluids he had spilled, sacred lifeblood that bore the blessing of a goddess even more powerful than Shallya. Swinging and casting about, the daemon knocked into the podium bearing Magnus the Pious’ memorial, and the statue of the great war leader came crashing down. As Louen leapt free, the statue’s lumpen metal weight pinned Ku'gath like a wrestler with a winning hold. Second by agonising second, the greater daemon bubbled away into nothingness until all that was left was a simmering stain.

Louen the Lionhearted stood bleeding but proud in place of the former Emperor’s statue, blade pointed right at Festus. As the knight roared his challenge and sprang off the podium towards his foe, the apothecary ripped a long-leech from its suckling-space on his back and flung it at the Bretonnian like a bolas. The segmented thing tangled the wounded knight’s legs, tripping his charge. As dextrous as an elf, he tucked his shoulder and rolled once more, coming up blade-first to plunge his glowing sword deep into the Leechlord’s guts in a blow that would have killed a mortal challenger in a single thrust.

Festus was glutted with the power of Nurgle, however, and pain was an old friend to him. The Leechlord smashed the vial he had palmed a moment before into the Bretonnian’s face, boiling daemonic ichor ruining the knight’s handsome visage forever. Louen reeled back, crying out in rage and pain. Festus yanked a dirty bonesaw from his belt and leapt forward like a pouncing toad, ripping the serrated blade across the reeling knight’s throat. The glowing blood that covered his hands burned worse than any bile, but Festus was still a creature of the material realm, and it did not eat away his flesh as it had Ku’gath’s. The Leechlord sawed and sawed like a maniac butcher, the knight convulsing beneath him as liquid light splashed and spurted in all directions. Then, to the utter horror of the Empire soldiery, Festus grabbed the knight’s ravaged head by the hair and wrenched it from his body in a spray of golden gore.

The Leechlord stood up with a great shout of triumph, and the storm rumbled overhead, the indulgent laughter of a father proud of his son’s antics. Festus was lit from within by a green-white light that poured out of his eyes and mouth, his entire form shaking with the fell energies that were being bestowed upon him. Every daemon around the plaza that was not locked blade to blade with the undead turned and knelt, chanting Festus’ name over and over again.

Vlad struck the Leechlord from the side like a black thunderbolt. Bodily slamming the glowing apothecary into a shattered mass of tables, the vampire drew back his ancestral blade for the kill. Before he could strike, Festus spat a phrase of power and blasted the von Carstein’s flesh to a cloud of ashen mist. The world held its breath for a moment as an empty suit of Sylvanian armour clattered to the cobbles, a large, jewelled ring rolling away to settle under a mass of broken wood.

Festus chuckled and picked himself up, waving away the undead ranks that were shambling towards him. Everywhere he gestured, the unliving warriors collapsed in on themselves, their flesh boiling with fat daemon maggots that ate them away to nothing in the space of seconds.

Bereft of the dark magic of their master, the revenants were failing fast, and even more plaguebearers were spilling into the square.

The Shallyan priestesses had made the most of the time their defenders had bought them. Sisters hurried with urns of blessed water around the inner perimeter of the temple walls, washing away the filth that stained the cobbles and forming a mystical barrier of consecrated ground across which the daemons could not cross. Their circle was almost complete. Festus just sniggered to himself at their attempts to keep him out. A simple gesture from him and the ground itself would heave upwards, tumbling the temple and shattering their precious circle of sanctity in a single burst of glorious power.

Suddenly the mass of broken tables behind the glowing leechlord exploded upwards, and Vlad von Carstein burst out, a jagged spar of wood held in one hand and his ancestral blade in the other. The ring on his hand glowed bright enough to sear the eyes as the vampire darted forward, his motion almost too fast for the eye to follow. Festus held out a fat hand and caught Vlad’s scything blade in a grip as hard as rock, but the wooden stake in the other plunged deep into Festus’ chest.

The vampire’s intuitive gamble quickly proved correct. Filled to the brim with the burgeoning energies of unbridled life, Festus’ body turned the inert wood of the stake into a wild and twisted tree in the space of a single surreal second. Impaled bodily on a majestic Drakwald oak that suddenly sank its great roots into the flagstones and swelled up and up into the skies, the leechlord’s chest was slowly pulled wider and wider until he simply burst in a cloud of grey- green ectoplasm. A wail of frustration echoed around the square as the strange mist was caught up by the tempest raging above and whipped away into the Realm of Chaos.

With the Altdorfers ascendant, the daemon host found themselves unable to penetrate the circle of consecrated ground the Shallyans had established around their temple. The few surviving soldiers that had found their way inside were too exhausted to cry out in victory, but as the seconds slid past, they realised that neither undead nor daemon could harm them.

With the inexplicable intervention of the ancient dead, and the selfless death of the Bretonnian lords that had given their lives to protect the temple, the pearl of purity in the poorest district of Altdorf had been saved - and with it, the city’s soul.

Outside the city’s northern walls, Gutrot Spume’s warshrine was carried into the midst of the Reiksguard atop the back of his mutant servants. Bracing his feet, the Lord of Tentacles brought his axe swinging around again and again, each blow taking a knight from the saddle. Hans Zintler rode his horse through the press, the back ranks of his men making way with consummate horsemanship. The Reikscaptain hacked at the gormless mutants holding the shrine aloft, each sweep of his silversword severing limbs and tentacles. With a ponderous slowness, the whole conveyance toppled over, spilling hot coals and coiled guts into the cavalry below.

Spume leapt from the front of the warshrine, his silhouette outlined •against the gloating orb of Morrslieb for one brief moment before he slammed down into the midst of the Reiksguard. Six tentacles shot out as he landed, each pair yanking a knight from the saddle. The seventh tentacle raised Spume’s greataxe high, and the warlord decapitated the three knights one after another.

Zintler bellowed a Sigmarite oath as he turned in the saddle to slam his sword between Spume’s shoulderblades, its tip bursting out of the Norscan’s chestplate. Pseudopods whipped out to lash around the Reikscaptain’s wrist, and Zintler found himself both pulled from his horse and disarmed in one horrible second as Spume turned around, the blade still embedded in his torso. The warlord laughed wetly, blood drizzling from under his helmet, as one of his / coiling limbs reached over and pulled the ancestral blade from his back.

The Lord of Tentacles slammed a boot ' down on the Reikscaptain’s chest and rested his greataxe against the corpse of a horse as the pseudopod that had disarmed his foe handed the silversword to Spume’s good hand. Zintler struggled, shouting the most terrible of curses, but fell silent as his own sword was rammed through his neck up to the hilt, ending his life.

With the Reiksguard broken by Spume’s counter-attack, the Drakwald beastmen poured up to the north wall and began to scale its timeworn facade. Over to the east of the city, the battle line of state troops was holding fast against the repugnant daemons crashing against it. In the midst of the plaguebearer host was Epidemius, counting the deadly infections that spread out from the front line wherever his minions struck. There were so many beautiful gifts here from Nurgle’s boundless catalogue of contagion that the Tallyman found himself near frantic.

Epidemius scrabbled away with a quill in each hand, his usual fastidious and neat handwriting replaced by a spidery scrawl that he resolved to write up properly once the battle was over. With every scroll he filled, the plaguebearers around him became more energised, and the diseases on their blades more virulent, until the slightest cut or graze caused the victim to fall frothing to the floor.

Nearby, Orghotts Daemonspew and his maggoth riders were charging headlong towards the gun battery that had been wheeled out of the east gate. Despite the sightless beasts having sustained terrible damage, they had made it into the midst of the entrenched artillery. Great cannons rose and fell like improvised clubs as the maggoths took their terrible revenge. Yet there were but three maggoth riders, and several dozen artillery pieces, some of which were pointing directly towards Epidemius.

The ninefold boom of a misfiring Helblaster rang out, and man and daemon alike were torn to shreds as a hail of cannonballs blasted a gory path through the battle. Epidemius looked down at the hole that had cored his torso like a rotten apple, counting the infections that spilled out with a detached interest. Slowly, his quill scrabbled to a halt, and the daemon herald faded from the mortal realm like a bad dream.

Outside the East Gate the plaguebearer host ground their way on, but without their leader, their blows were robbed of vigour. Still, the daemons were not the only allies Orghotts Daemonspew had brought with him from outside Talabheim.

Thundering through the bloody scrum of the battlelines came a bipedal bull of living brass, the dark runes on his axes glowing white hot with ruinous energies. Behind him came a stampede of bellowing minotaurs, muscling through the crowds in a great scrum of horn and blooded meat. The spear-block soldiers in their path gave an involuntary moan of fear as the brass giant charged headlong into them. Stout-hafted polearms snapped and splintered on the monster’s metallic hide, their wielders skidding back in the mud or breaking ranks in fear. The brass bull’s runic axes rose and fell with guillotine force, each blow cutting a man in two.

As more of the horned beasts barrelled in to the ranks of the spearmen, the brazen doombull roared a warcry to the gods above. It was too much for the Altdorfer soldiers. They broke and ran, scattering past detachments that hesitantly shuffled closer to the breach in the line. The minotaurs left in the fleeing soldiers’ wake lowered their blunt maws and gorged, feasting on the remains of the dead. Several of them even licked at red-brown puddles in their bloodlust.

Less than a hundred metres away, Mundvard the Cruel rose on the battlements, bald and magisterial, and began to chant. To the flank of the minotaurs rose a second wall - not of stone, but of the dead. Skeletal regiments turned as one with a precision that would have made a palace drill sergeant turn green. They lowered their spears and lunged with such uncanny synchronicity that three of the ox-headed beastmen were killed in the space of a heartbeat.

By the city walls, a crowd of rotten cadavers spilled clumsily from the West Gate, trapping the blood-glutted minotaurs from the front. Frantic with necromantic energy, the massing corpses that did not fall upon the last few minotaurs clambered past one another in their haste to mend the breach the beastmen had forced in the battle line, a growing mound of the dead sealing the gap just as a mob of axe-wielding warriors charged in from the north.

The brazen beast slaughtering its way towards the East Gate fought on with even greater fury. A regiment of Talabheim pistoliers came to meet it. Their close-range volley of pistol fire ricocheted from the thick metal skin of the beast without causing so much as a dent. Then the leaping bronze giant was suddenly in their midst, axes slamming through man and steed alike in a spectacular display of brute force. The monstrous beast threw back its head and bellowed praise to the Blood God.

As the bronze-skinned minotaur cast about for its next kill a thick, black-fletched arrow suddenly stuck quivering from the tiny patch of brown skin on its throat. A thin line of amber light could be traced back from the deadly shaft to the topmost point of the East Gate tower, where the Huntsmarshal stood proud against the skyline. The bronze beast gave a gurgling shout, its eyes rolling in metal sockets, and toppled over dead.

A great shout of defiance was raised as the minotaur fell, the veteran Altdorf soldiers on the front line fighting back hard against the Chaos warriors desperately trying to get through. The battle lines pushed forward, back, breaking apart and reforming as more and more units poured into the fray, yet despite it all, the Empire held the line.

At the West Gate, a different story was unfolding. After the unexpected assault from the Bretonnians, the Glottkin had little in the way of patience left. Less than a hundred paces from the gate an explosion of masonry burst from the west gate wall, sending dozens of the dead men on the wall sprawling into the dust. Ghurk barrelled straight through in an avalanche of mortar and shattered bone, his roar of triumph loud enough to deafen a dragon. The giant mutant flattened rank after rank of skeletons with his sweeping tentacle-arm whilst his warlord brother cut the legs from the undead troops on the walls. Ethrac flung deadly curses at those too far away for Otto's scythe to reach. Ancient warriors toppled from the walls, covered from head to toe in acidic saliva. The undead warriors barring their path were little more hindrance to them than insects, for the Glottkin could taste the Garden of Nurgle in the air, and their raptures were just beginning.

As a cadre of handgunners leaned from the West Gate’s upper towers and readied a point-blank volley, Otto raised a dangling length of intestine and clenched his guts, spraying the marksmen with hissing yellow bile. They screamed, clutching at their smoking faces and clawing their eyes. Riding his brother’s heaving mass on the upswing, Otto hooked his scythe’s tip around the shoulder plate of one of the unwounded gunners and yanked him over the wall, catching him by the scruff of his neck as he fell. The warlord shook his captive hard, demanding that the soldier tell him the whereabouts of his lord.

The marksman simply stretched out a quaking arm, gesturing in the rough direction of the Imperial palace. Otto thanked him earnestly, then dashed the handgunner’s brains out against the tower wall.

In the distance, a pair of griffons shot through the heavens towards the centre of the beleaguered city, the plumed helm of the Emperor stark against the skies. Karl Franz had returned at the last.

The Glottkin’s men hacked their way into the city through the breach in the western wall, only to find the streets that led away from the West Gate swarmed with the dead. Each corpse-puppet stumbled with arms outstretched towards the triplets leading the attack.

Flying down into the midst of the undead throng was a bald, bat¬winged figure in ornate armour, his needle fangs protruding close together over his lower lip as his limb-pinions transformed back into human arms. Not Vlad, but Mundvard the Cruel, intent on killing the savages that had ruined his beloved cityport and now sought to take Altdorf. The vampire preferred his revenge served cold, but time was running out for mortal and immortal alike.

As the terrorgheist known as the Suiddock Beast swooped down from the nearby courthouse belfry, twin streams of dark light shot from Mundvard’s eyes. The dark energy struck Ethrac with sizzling force. A second later the necrarch’s pet dived at Ghurk, jaws stretched open to release a scream more terrible than an entire chorus of the damned.

Ghurk reeled backwards, his hideous features further contorted by a silent roar of pain.

More and more corpses boiled out of the alleys and buildings opposite the Glottkin until a sprawling mound of rotten flesh rose up, a composite monstrosity that could only have been raised by a true master of the dead. Tumbling forwards like a cresting wave, the mound buried the triplets beneath its mass.

Ghurk, staggered by the terrorgheist’s scream but far too large to be pinned down by the corpse-heap for long, lashed out with his tentacle. The curling limb caught the Suiddock Beast around the leg as it banked around to attack again. It screeched its hellish shriek once more, and a dozen Altdorfer marksmen that cowered under the shelter of the West Gate tower nearby turned white, slumping dead to the battlements. Mundvard droned out a resurrection chant, and they stood back up a heartbeat later, using their handguns to batter at the Norscans clambering through the nearby breach.

In the streets below, the terrorgheist glowed greenish-white with eldritch energy as Mundvard reached a claw towards its skeletal frame. Slowly at first, but with gathering pace, the bat¬winged monstrosity dragged Ghurk from the melee by his tentacle. The terrorgheist shrieked as it glowed brighter still, the full length of its massive wingspan beating hard. Ghurk bowled after it like an obese child pulled along by a rebellious kite. Otto and Ethrac had no choice but to hold on for dear life as their brother smashed an ancient wyrdwell to dust and caved in half of Blacksmith Row in his lurching rampage.

Otto pushed away the clawing, clubbing mound of dead soldiers that had clambered atop Ghurk after Mundvard’s attack. The warlord spat out a mouthful of dead flesh and yanked his scythe free from the moaning zombies, cutting a corpse in half in the process. A glowing shape descended from the storm clouds overhead, a faint shiver of high- pitched laughter filtering through the patter of milk-white rain.

Beams of dark energy lanced into the top of Otto’s head, burning away his scalp until all three of the Glottkin could smell the telltale tang of burning bone. Above them a trio of white shapes leered down over the sides of their ethereal carriage, pretty female faces swimming in the mist.

Roaring in confusion and rage, Otto brought his scythe round in a great arc and threw it up hard. Its reaper curve spun upwards to clip the head from the foremost female figure that had been peering down to watch him die. A pair of horrified screams rang out, and the floating palanquin above Otto drew up into the skies once more, the ashen remains of the coven’s queen washed away by the oily rain pelting down onto the streets. Otto caught his scythe as it spun back down, disentangling himself from the corpses strewn around him in a pool of his own sticky blood. The warlord got unsteadily back to his feet and gingerly felt the top of his head. To his relief, the burned bone was healing fast.

As the Glottkin passed a high-walled temple, a cascade of dead bodies toppled from the crenulated roof like some macabre mass suicide. Ethrac was swiftly trapped under a mound of rotting flesh that flopped onto Ghurk’s shoulders, buried by the bodies of the Altdorf dead. No matter how the sorcerer clawed and fought, the corpses would not yield, clawing and biting in their turn. He cried and struggled as his brother Otto started to hurl the corpses bodily back into the street.

There was a sudden blaze of sickly green light and the corpse-mound burst apart in a shower of glowing green maggots. A furious Ethrac stood dripping where a dozen corpses had pressed down on him a moment before. Still the undead came on, teeming through the streets to block the Glottkin’s passage towards where they had seen the returned Karl Franz descend from the skies.

Mundvard loomed out from the rooftops, the bat wings that had carried him to the top of a fortified chapel nearby becoming arms once more. Raising his hands, the vampire began an ancient chant to destroy the Glottkin once and for all. Ethrac shook his head and wagged a filthy finger at the vampire before dipping a gnarled hand into a pouch at his side and throwing a handful of black spores onto his magical brazier, smouldering slowly as it jutted from from Ghurk’s broad back.

A stream of black smoke billowed over towards Mundvard just as he was about to complete his spell, consuming the vampire for a moment, then dispersing. The cloud left nothing behind but a darkened skeleton. As Ghurk barrelled past the sorcerer reached out and backhanded Mundvard’s slack-jawed cadaver into pieces, the vampire’s mouldering bones clattering into the cobbled streets below.

With its master’s death, the Suiddock Beast suddenly found itself yanked to a halt by the tentacle around its legs. Ghurk, his wide trail of devastation stretching all the way back to the West Gate, shook his lumpen head in confusion before looking up at the beast flapping and screaming above him. He tensed his tentacle, still wrapped around the terrorgheist’s legs, and smashed the creature into the statue of Sierck that stood in the centre of Playwright Square. The undead thing was still flapping, so Ghurk smashed it into the playhouse instead. Still the thing twitched. Changing tack, the mutant triplet pounded the terrorgheist repeatedly into the flagstones.

Ghurk rumbled happily, the thunderheads above him sharing his mirth. Burning with the thrill of the fight, the Glottkin marched on towards the Imperial Palace and their destiny. Little did they realise that the Empire’s most powerful Elector Count - Vlad himself - lay in wait...

La Batalla del Templo de Shallya
Contendientes | Batalla
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Miembro a cargo: Snorri Fecha de inicio: 07-03-16 Estado: Esperando revisión

FuentesEditar

  • The End Times II - Glottkin.

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