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Caída de Altdorf

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El Fin de los Tiempos

El trasfondo que puedes leer en esta sección o artículo se basa en la serie de libros de campaña y novelas de El Fin de los Tiempos, que recientemente ha sustituido la línea argumental de La Tormenta del Caos

Archaon Señor del Fin de los Tiempos.jpg

Las trompetas del ejército de Bretonia sonaban una y otra vez mientras la enorme caballería cargaba sobre la Cresta Pinosangre y por las llanuras aluviales del Reik. La fuerza estaba formada por dos grandes columnas de caballeros, una se dirigió a través de la tormenta hacia las tribus tatuadas que llegaban desde el río hacia el oeste, la otra cargando estruendosamente para interceptar a la hueste demoníaca que emergía de los bosques. El aire alrededor de ellos brillaba con energías protectoras, ya que habían pasado la hora antes de la carga en oración a su grácil diosa. Aunque la tormenta arreciaba con fuerza, ni uno solo de los caballeros de Bretonia había sido tocado por la lluvia maldita - las gotas blanquecinas simplemente se evaporaban con un pequeño silbido, a un dedo de su armadura.

Un gran grito de ansia de batalla resonó mientras los caballeros benditos llegaban cargando por la suave pendiente hacia la suciedad de los adoradores del Caos. Mientras Otto Glott gritaba órdenes desde lo alto de su hermano de anchos hombros, Ghurk, su hacheros arrastraron los pies y se giraron, colocándose en filas y alzando sus escudos en una semblanza de disciplina militar.

La caballería golpeó con la fuerza de una almádena. Una docena de puntas de lanza, a continuación, una veintena, y por último un centenar golpearon pechos y salieron por la espalda en chorros de hedionda sangre. El muro de escudos de los Glottkin se astilló y se rompió como una valla de madera golpeada por una manada de toros a la carga. Gritando de júbilo, los Bretonianos irrumpieron a través de las líneas más alejadas. Aquellos cuyas lanzas todavía estaban intactas encontraron nuevos enemigos en sus entrañas, gargantas y corazones negros y podridos.

Al este la historia era la misma. Una gruesa cuña de caballeros dirigió su carga contra la horda Epidemius, con los Portadores de Plaga ensartados en lanzas y reventando por espadas benditas como si estuvieran demasiado hechos. A su cabeza Louen Leoncoeur cargó en picado contra un cigor cubierto de musgo que había arrastrando los pies fuera de los bosques, con su hipogrifo golpeando con tal fuerza depredadora que llevó al engendro al suelo.

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Caballeros del Pegaso

Por un momento Louen se mantuvo de pie en la silla de montar, una leyenda viva, con la Espada de la Couronne levantada y brillando por debajo de la luz del cometa. Retorciéndose en la silla, esquivó la gran garra como una maza del cygor. Aprovechando la embestida de la bestia rugiente, Louen hundió su espada de brillante empuñadura profundamente en el único ojo de la bestia. A medida que el gigante caía hacia atrás al suelo, el Alto Paladín volvió a montar su hipogrifo con sorprendente agilidad. El noble corcel se alzó de nuevo en el aire, chasqueando las alas mientras observaba la batalla en busca de su próxima presa. El cuero cabelludo de Louen estaba herido, con la herida lloviznando luz líquida en lugar de sangre, pero el favor de la señora estaba sobre él y ya se estaba curando.

Al oeste una franja de cuerpos Norscas se hallaban esparcidos por detrás de los mejores de Bretonia, pero con la vista de su gran dios sobre ellos, cada una de las huestes tribales prefería morir con gloria que romper filas y huir. Los nobles de Bretonia mataban enemigos por docenas, pero habían abandonado sus lanzas en favor de espadas desenvainadas para el trabajo cuerpo a cuerpo.

Pronto los cadáveres pisoteados llevaban sellos bretonianos así como oxidadas armaduras picadas de viruela. El impulso de la carga de caballería se había acabado, y habían penetrado nada más que una cuarta parte de la distancia que necesitaban cubrir si deseaban luchar espada junto a espada con los defensores de Altdorf.

Nota: Leer antes de continuar - Al Interior de la Tormenta

El ataque Bretoniano había sido una complicación inesperada para los Glottkin, y una que no podían permitirse después de la costosa batalla que habían luchado contra los Carroburgos mientras se habían abierto paso a lo largo del Reik. Sólo con las principales ciudades del Imperio destruidas y en ruinas podría romperse el reino de Karl Franz, y con él, la argamasa que unía junta la barrera de los hombres, elfos y enanos. Era imperativo que los ejércitos defensores fueran sacrificados en aras de lograr su objetivo, independientemente de la nación que hubiera puesto a sus soldados en su camino.

Otto Glott conocía bien este hecho y luchaba con una fría y determina furia para garantizarlo. Su hermano Ghurk sólo sabía que aquí el olor de la carne de caballo era fuerte, y que eso significaba que se acercaba un festín. El mutante gigante gritó de alegría mientras su enorme tentáculo aplastaba contra el barro a sementales brillantemente enjaezados y jinetes blindados. El otro brazo de Ghurk, con una boca como de lamprea con una larga lengua azotante, pronto comenzó el festín. Golpeó con el enorme apéndice contra el flanco de un caballo de guerra, royendo su torso hasta los huesos mientras Otto cortaba la cabeza del jinete de su cuello con un movimiento de su guadaña. Los Glottkin avanzaron, rompiendo la cuña Bretoniana muerte a muerte, una fuerza imparable que por fin había encontrado una presa digna. Aquí y allá un caballero respondía al ataque con fuerza, hundiendo una espada resplandeciente o lanza en la masa fofa de Ghurk. Podría ser también que hubieran apuñalado un glaciar por todo el bien que hicieron.
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Bretonia lucha contra los Glottkin

A Ethrac le agradaba tal resistencia, recogiendo los hechizos más selectos en su extenso repertorio y concediendo a los héroes Bretonianos una muerte espantosa tras otra. Aquí se hinchaba un caballero saliéndose de la armadura, rosa y erizado, aplastando a su propio caballo bajo su mórbido peso. Allá había un orgulloso paladín que simplemente se hundía en el suelo, gritando a su diosa mientras la tierra por debajo de su caballo se convertía en un pantano de ebullente pus.

A medida que los Glottkin se abrían paso a través de la estancada carga Bretoniana, las hordas tatuadas detrás de ellos se rehicieron, lanzando hachas a los caballos en medio de ellos y tirando de la silla a los caballeros para perforar con dagas a través de las ranuras del yelmo y las juntas del cuello. Cuando la élite acorazada de la horda tribal se iba cerrando, la matanza se intensificó aún más. Una tormenta de acero entraba en erupción donde se enfrentaban las líneas de batalla, y la gran masa de la horda cargó contra ambos flancos de la condenada columna de caballeros.

Al norte de la ciudad, el bosque vomitó las tribus bestiales que Gutrot Spume había reunido a través del Drakwald. Desde la sombra de la puerta del norte, Kurt Helborg observó con creciente horror no sólo la punta de lanza de caballería pesada, sino la manada tras manada de aullantes hombres bestia que se derramaba fuera del extraño túnel arqueado de enredaderas espinadas que se había abierto en el alero del norte. La terrible verdad de su número era un arma en sí misma.

El Mariscal de la Reiksguard sabía que necesitaba dar un golpe decisivo, y rápido. Ordenando a sus enviados hacer sonar la señal a las órdenes de caballería, Helborg puso su plan en acción, bramando para hacer avanzar al primero de sus ejércitos e interceptar la caballería que se aproximaba. Los cielos retumbaron por encima mientras los hombres de Altdorf y Talabheim tomaban posición hombro con hombro, colocando sus lanzas y alabardas en posición para recibir la carga.

La vanguardia de la hueste del Señor de los Tentáculos se extendió mientras cargaba, golpeando la línea del Imperio a lo largo de un frente de media milla con la fuerza de un maremoto. Los Caballeros del Caos se estrellaron a través de marañas de lanzas en explosivas tormentas de astillas, con soldados ensartados en lanzas dentadas y espadas encantadas. Los ogros dragón cortaban y golpeaban a los alabarderos en movimiento para interceptarlos, con los extraños rayos que corrían a través de su piel escamosa crepitando hacia afuera para aturdir a los soldados a sus flancos.

Nota: Leer antes de continuar - Tensión en la Puerta Norte

En el flanco izquierdo, una tribu de minotauros bajó sus grandes cabezas con cuernos e irrumpieron en la refriega. Su carne fue cortada en tiras por disciplinadas andadas de proyectiles de las grandes filas de arcabuceros que se congregaban delante de ellos, y una buena parte de los gigantes hombres bestia tropezó y cayó, con la vista cayendo hacia la tierra. El resto se estrelló contra las líneas de armas con una fuerza brutal, tajando y pisoteando a través de los regimientos de la parte delantera y irrumpiendo en los Caballeros de la Reiksguard de detrás. La Reiksguard luchó duro, con sus filas traseras rompiéndose y haciendo contracargas desde el flanco para conducir sus lanzas hacia la carne densa de los minotauros que cargaban.

La vanguardia del ejército del Caos se había tragado el anzuelo, como Helborg sabía que harían, y en el proceso habían dejado atrás a las tribus de hombres bestia que corrían hacia delante siguiéndolos. Las órdenes de caballería, de acuerdo con el plan del Mariscal de la Reiksguard, cabalgaron rápidamente hacia el noroeste, divididas ampliamente como si huyeran de la lucha. Los hombres fuera de la puerta norte podían oír los balidos de burla procedentes de las manadas de guerra. Sin embargo, las burlas pronto se desvanecieron cuando las órdenes de caballería giraron en bucle en torno a un amplio arco, acercándose no a los hombres bestia se acercaban a las líneas, sino a los que estaban en la boca del túnel de enredaderas espinadas.

Los grandes maestros de las órdenes de caballería elevaron sus voces mientras la carga se aceleraba, llamando a Sigmar, a Myrmidia, a Ulric y Morr. El suelo del borde del Drakwald se sacudió cuando cerca de un millar de caballeros del Imperio cargaron de cabeza hacia las manadas de guerra que estaban formando una línea de batalla a la sombra del bosque. A pesar de su gran número, las bestias no tenían ninguna posibilidad, incluso un muro de escudos enano lo hubiera tenido difícil para romper la carga de la mejor caballería del Imperio.

Las lanzas golpearon través de la armadura oxidada estallando hacia fuera de espaldas encorvadas, los martillos de caballería se hundieron en los cráneos de musculosos minotauros, y las espadas tomaron las cabezas de los confusos ungors en la incertidumbre de si luchar o huir. La pura y repetina violencia de la carga del Imperio confundió su mente, y la mitad del ejército bestial puso pies en polvorosa, saltando sobre el lodo en un coro de balidos y gritos. Un trío de gorgonas salió de los bosques, rugiendo mientras aplastaban Caballeros Pantera en trozos sangrientos de carne con sus extremidades parecidas a cuchillas de carnicero. Sin embargo, las órdenes todavía tenían potencia de sobra, decenas de semigrifos se tiraron en masa sobre la nueva presa para rasgar y abrir grandes surcos mientras sus jinetes cortaban las caras de los gigantes con sus altas alabardas de caballería. A medida que caía la última gorgona, agarrándose su cráneo en ruinas, las cargas escalonadas de las Órdenes de Caballería condujeron a la horda de hombres bestia en huida. Las trompetas de cada unidad de caballería sonaron y la caballería se extiendió para bloquear la boca del túnel de enredaderas espinadas que conducía a lo profundo del Drakwald. Si las tribus de hombres bestia que corrían por el túnel querían unirse a la lucha, tendrían que redesplegarse en un frente mucho más amplio. La táctica de Helborg había cortado la vanguardia del ejército de Spume de sus ilimitados refuerzos, y había comprado a sus hombres unas preciosas horas.

Nota: Leer antes de continuar - Un Nuevo Conde Elector

Al este, Orghotts Vómito de Demonio fue en linea recta hacia la silbante cuña de tanques a vapor que rodaba hacia sus líneas. Los motores de los artilugios metálicos rugieron contra la furia de la tormenta mientras ganaban velocidad, con una de las máquinas ventilando una gran nube de vapor de agua de su caldera. Una bala de cañón se clavó en Lenguatriple, arrancando la mitad de la cabeza sin ojos del maggoth. La cosa tropezó, cayendo hacia adelante y casi perturbando a su jinete, antes de levantar su corpachón y andar inestablemente hacia adelante. Orghotts sonrió maliciosamente, chocando sus hachas en espera de la venganza.

Los pox maggoths ganaron velocidad, esquivando fácilmente la cososal carga de los tanques a vapor mientras las máquinas pasaban de largo. El maggoth de Engendropodrido, Vomitabilis, agarró la torreta del tanque cercano y tiró con todas sus fuerzas, arrancando la cúpula de metal y vomitando una gran corriente de bilis demoníaca en el interior del tanque. Traqueteó unos segundos más antes de llegar a su fin en una nube de vapor maloliente.

Los otros tres tanques a vapor cargaron contra la hueste de Portadores de Plaga posterior, forzando a Epidemius a esquivar de lado con su palanquín con el fin de evitar compartir el destino de sus subordinados, que fueron aplastados en una pasta de color gris verdoso. El Archivista chasqueó la lengua con irritación y levantó un tortuoso dedo a los cielos. Entonando en una dolorosa lengua, el heraldo desplegó un fino ciclón de nubes de pus blanco que se deslizó lentamente hacia abajo, con la zona de tierra en forma de embudo colocada en la parte superior del tanque a vapor. La blindada máquina giraba lentamente, con el ciclón extendiéndose alrededor de su centro con creciente velocidad, para después caer de repente de lado liberando agua hirviendo y vapor sobrecalentado en todas direcciones. La escaldada tripulación ingeniera, gritó de agonía, intentando salir, pero fueron rápidamente cortados en trozos por los Portadores de Plaga que se arremolinaban cerca.

Los demonios marcharon hacia delante, ajenos al daño que la artillería de la Puerta Este estaba causándoles. Las balas de cañón se abrían paso entre sus filas, explotando un puñado de demonios con cada disparo. Los cohetes Tormenta Infernal caían tronando desde arriba, detonando con fuerza punitiva dejando nada más que los cráteres donde caían. Los morteros cosieron a explosiones la línea de árboles, volando a los regimientos más alejados en trozos, en un intento de evitar nuevos refuerzos. Sin embargo, era el día de los demonios de la plaga, y tales insignificantes preocupaciones no los detendrían. Todos los frentes de los ejércitos del Imperio eran asediados mientras los grandes ejércitos de Nurgle se cerraban sobre ellos. Las espadas destellaban, los tentáculos golpearon, las fauces mordieron y las lanzas dieron en el blanco mientras se jugaban un centenar de espeluznantes tableros vivos, un banquete de matanzas para el codicioso dios que observaba desde arriba. Cada uno de los guerreros que luchaba por debajo de los retumbantes cielos lo sabía en su corazón - el destino de la ciudad, y en verdad el Imperio del Hombre, sería decidido por sus acciones en las próximas horas.

El Doctor Festus paseaba a través de los pantanos de Nueva Altdorf, con Ku'gath el Padre de la Plaga andando pesadamente a su lado. Una guardia de honor de siete Portadores de Plaga montando zánganos de plaga mantenía una distancia respetuosa, cada uno de ellos con temor hacia el mortal que había transformado la joya inerte de la corona del Imperio en un enconado agujero infernal lleno de vida. Detrás de ellos venía una procesión de Portadores de Plaga que se extendía por todo el camino de vuelta al aullante ciclón blanco en el corazón de la ciudad.

Desde que los apotecarios de Nurgle habían terminado su gran hechizo en las alcantarillas de Altdorf y habían abierto la puerta entre los mundos, la ciudad estaba mucho más a su gusto. Bamboleantes hojas y lianas de cuello grueso crecían sin control, atravesando ventanas e invadiendo portales enmohecidos. Curiosos zarcillos se enrollaban alrededor de las estatuas rotas de los emperadores de antaño, musgo de tumba cubría los iconos de bronce de Sigmar, y costrosos líquenes dejaban a las surrealistas barbas talladas de los teogonistas retorciéndose en la brisa pestilente.

Bajo los pies las calles estaban cubiertas de extensas manchas de musgo de tumba. Una enorme variedad de plantas obstenía su sustento de la tierra rica en cadáveres, cada una más extraña y bella que la anterior. Estallidos de color salteaban los grises y verdes, con los amarillos y rojos de las brillantes orquídeas brillando como cualquier grano y tan llenas de pus. Enjambres de insectos demonio zumbaban estribillos alegres, los Nurgletes retozaban y jugaban en el barro, y los ríos de lodo burbujeaban felices a lo largo de cada canaleta y canal. En todas partes abundaba la vida vegetal, fúngica y demoníaca de todos los tamaños imaginables, desde la minúscula a la titánica.

Era un espectáculo capaz de alegrar el alma de cualquier devoto del Señor de la Decadencia. Festus brillaba totalmente con poder, siete veces el hombre que había sido hace una hora. Con el favor de Nurgle tan plenamente con él, estaba más cerca de la inmortalidad de lo que sospechaba. Ku'gath, parte importante de su santo maestro como las plantas demoníacas que reclamaban la ciudad, vio la verdad de las cosas tan claras como siempre. Sentía un placer paternal al ver a su compañero mortal en el umbral de ser tomado en la corte interior de Nurgle. El doctor se lo merecía, después de todo - sus largos trabajos para cultivar el Gran Jardín debían ser recompensados más copiosamente.

A pesar de que los antiguos gobernantes de Altdorf estaban luchando duramente para recuperarlas, las calles eran de todos menos suyas. La excepción era el templo de Shallya, el edificio en forma de cúpula y las calles alrededor de ella eran una mancha de pureza en un paisaje de corrupción. Si cayera, la vida sin límites del jardín se extendería a todos los rincones de la ciudad y reclamaría todo por completo antes de que llegara Geheimnisnacht. La estructura mortal de Altdorf había sido infectada por la mezcla del plano material y el Reino del Caos. Sólo aquellos que podían ejercer los vientos de la magia tenían alguna esperanza real de rechazar a las fuerzas sobrenaturales.

Para su crédito, los magos de batalla de Altdorf estaban haciendo todo lo posible para contener la marea. En el borde de lo que había sido el Río Reik, los maestros del Colegio Dorado tejieron un gran hechizo que cubría su fortaleza repleta de chimeneas con un barniz de inerte acero dorado que se extendía hacia la ciudad calle por calle, en la cual las plantas de Nurgle no podían mantenerse. Sin embargo, incluso el metal puede ceder a las fuerzas de la decadencia: la fina chapa pronto se oxidó, desmenuzándose para revelar diminutos brotes molestos y focos de hongos hinchados.

La Orden de la Luz, con su santuario piramidal retirado lejos en el éter, se aventuraron a salir en gran número a las calles ahogadas de vegetación. Entonando una letanía en la antigua lengua de los reyes del sur, invocaron un segundo sol de pura energía blanca que desterró a las huestes demoníacas que se encorvaban hacia ellos. Sin embargo, pronto las frases rituales de los acólitos quedaron interrumpidas por sonidos de mocos y toses, para dar paso a ataques de estornudos, con el desterrado orbe dispersándose en el vendaval de entropía que rugía por encima. Los magos de la Orden de Jade, que ejercían las energías de la vida, fueron los más afectados por la propagación del jardín. Su esbelto y maravilloso colegio arbóreo había brotado en una grotesca parodia de sí mismo, mientras que los magos de esa orden lenta pero irresistiblemente se transformaban en extraños árboles carnosos, con las caras malditas gritando de terror en los nudos de sus troncos, y los frágiles dedos contorsionados en agonía al final de sus ramas retorcidas.

Sólo los magos de la Orden Brillante fueron lo suficientemente fuertes para contener la propagación de la selva invasora. Transformados en seres de pura llama, los piromantes atacaron en masa, luchando cuerpo a cuerpo contra los demonios y crecimientos florales por igual y transformándolos en cenizas con su toque incendiario. Durante seis largas horas el Colegio brillante resplandeció radiante y puro, con los ennegrecidos desechos de alrededor iluminados por los fuegos del desafío. Luego llegó su desaparición. La tempestad creció más intensa y feroz por encima del Colegio, lloviendo con tal intensidad que el diluvio de pus lechoso apagó la gloriosa furia de los magos de fuego que defendían su hogar. Uno a uno sus fuegos se apagaron, y cayeron, temblando y cubiertos de líquidos pegajosos, a los adoquines.

En cuanto a los Shallyanos, Festus y Ku'gath estaban de camino para hacer frente en persona a esa farsa en particular. Los dos apotecarios se alejaron de la tempestad de magia que habían desatado en el distrito del matadero, y a medida que atravesaban las calles, la entrelazada vegetación y los ilimitados hongos del jardín de Nurgle se hacían cada vez más escasos. El estruendo de batalla resonaba en los frentes de las tiendas de comerciantes y templos, y las nubes hinchadas por encima se iluminaron de color naranja y rojo por un incendio de gran magnitud.

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La punta de lanza de Bretonia carga hacia el ejército de los Glottkin

Efectivamente, mientras los compañeros daban vuelta a la esquina de Fleischmarkt, se encontraron con una escena sacada de la pesadilla de un general demente. Soldados blindados armados con espadas zweihänder tajaban a una masa hirviente de Portadores de Plaga que los presionaba desde todos los lados. Las cabezas ciclópeas volaban de los cuellos mientras los espadachines veteranos hacían su trabajo. Detrás de ellos, un grupo de caballeros con yelmos en forma de cola montados sobre bestias grifo estaban rodeando el flanco, con sus graznantes monturas estampando las leoninas garras y rasgando con picos afilados a los heraldos demonio buscando cortar las calles en el lado más alejado de la plaza.

Al otro lado de la plaza, danzantes llamas conjuradas por los últimos magos de batalla pirománticos quemaron el grupo de bestias como babosas que se deslizaban hacia ellos. La luz del fuego volvió la sangre roja oscura de los guerreros caídos alrededor de ellos a negra como la tinta. Paredes de llama viva avanzaban metódicamente a lo largo de las calles a ambos lados de la plaza del mercado, quemando la flora surrealista del jardín, haciendo estallar a los Nurgletes que pululaban por las calles e incinerando edificios de madera con igual furia. Sin embargo, las nubes de tormenta se movieron bajas, vertiendo galón tras galón de líquido vil a los incendios hasta que se extinguieron por completo.

Ku'gath avanzó pesadamente hacia el otro lado de la plaza, levantando un gran pliegue de su carne flácida y sacando un aullante nurglete de debajo de su pezón podrido. Arrojó volando al gordo demonio-ácaro contra las filas de los grandes espaderos, y mientras el campeón de la unidad lo interceptaba con su espada, la criatura reventó, esparciendo jugos digestivos ácidos en la cara y sobre las manos. Sonaron gritos discordantes, haciendo reír con cariño al tambaleante apotecario. Su contoneo se aceleró hasta que irrumpió como un canto rodado con el vientre por delante a través de los espaderos que se tambaleaban, con Festus jadeando detrás de él. Con su línea rota, los espaderos Zweihänder eran presa fácil de los zánganos de plaga que volaban bajos para tajar y apuñalar.

Los dos apotecarios avanzaron a través de las calles, pero sin oposición. Pocos de los defensores de Altdorf habían permanecido en la ciudad, y aún menos tenían el valor de atacar a un demonio mayor. Un susurrado hechizo abotargador de Festus trató con un foco de soldados y milicia ciudadana tan estúpidos como para impedir su paso. En los restos superdesarrollados de la Plaza de las Velas vieron un tanque a vapor aplastando Portadores de Plaga hasta convertirlos en abono. Su silbante cañón de vapor vertió vapor hirviendo en Ku'gath hasta que el demonio con el ceño fruncido volcó la máquina de lado con un movimiento vertical de sus gordos brazos. En la calle Sigmarsen vieron un aquelarre de magos de la luz de lanzando explosiones de luz mágica a los zánganos de plaga que los sobrevolaban con un conjunto de prismas y lentes. Festus les hizo un gesto de desdén, conjurando un enjambre de sanguijuelas aladas que redujeron a los hechiceros a cáscaras desangradas en segundos.

Los compañeros siguieron caminando, con las balas de los tiradores apostados en los campanarios y cúpulas de templos meras irritaciones que las bendiciones regenerativas de su patrón mitigaban rápidamente. Aquí estaba la manifiesta supremacía de Nurgle, la creatividad desatada del caos prevaleciendo sobre el orden asfixiante de la humanidad. Ni siquiera la muerte tenía poder en este reino, aunque la diosa de la curación todavía se aferraba a su pureza tercamente.

Efectivamente, mientras los apotecarios seguían andando más allá de las cariátides llenas de húmedas algas del Puente Unterwald, el templo de Shallya se levantó ante sus ojos. Ni una sola mancha cubría su superficie de alabastro o las losas de hueso seco de sus tribunales; incluso el cielo por encima de él era de azul cristal en lugar del tono insalubre de la leche podrida. Toldos y camillas salpicaban el perímetro del templo en forma de cúpula, y hermanas vestidas de blanco se apresuraban a ir de cama en cama.

Ku'gath liberó de un tirón la espada de bronce romo de una estatua cercana del emperador Magnus y cargó hacia adelante con un rugido, destrozando un puesto de curación y a sus ocupantes en un lío irreconocible con su primer golpe. Festus se quedó bien atrás y dio un largo eructo de tenor con palabras en la lengua oscura. Un gas negro onduló de la boca abierta, serpenteando a través del aire para empujar contra la boca y la nariz de las hermanas que desesperadamente trataban de escapar.

Una anciana con una toga blanca se acercó hasta él y le golpeó con fuerza en la cara, con la daga de la otra mano hundiéndose profundamente en sus flácidas entrañas. Festus frunció el ceño por un segundo antes de romper una poción de descomposición en su frente e inhalar los ricos gases de su rápida descomposición.

Desde lo alto por encima de ellos sus zánganos de plaga dejaron caer calaveras selladas con cera entre la multitud, los fluidos que salpicaban no tenían ningún efecto sobre las hermanas sagradas pero corroían la carne de las heridas tropas estatales que se estaban reuniendo en una línea de batalla en el perímetro del templo. Ku'gath destruía y aplastaba todo lo que estaba a su alcance, una fuerza oscura y sobrenatural despertada a una cólera terrible.

Luego, a partir de los patios en la parte más alejada del templo, llegó un gran gemido y el traqueteo de huesos. Momentos después, las apretadas filas de los muertos avanzaron hacia delante a la vez desde una docena de calles y callejones, convergiendo sobre la columna de demonios que habían seguido a Ku'gath y Festus. Al frente de ellos estaba Vlad von Carstein, con el dedo probando la punta de la espada y una amarga sonrisa en sus pálidos rasgos retorcidos.

Se oyó un grito chirriante desde arriba, el sonido de un cuerno, y los gritos de batalla de los mejores de Bretonia. Los cielos azules por encima del templo se volvieron oscuros con alas de plumas.

Como uno solo, los vivos y los muertos cargaron.

ORIGINAL:

The trumpets of the Bretonnian army sounded over and over as massed cavalry charged over Bloodpine Ridge and across the flood plains of the Reik. The force was formed of two great columns of chevaliers, one driving through the storm towards the tattooed tribes coming from the river to the west, the other thundering off to intercept the daemon host emerging from the woods. The air around them shimmered with protective energies, for they had spent the hour before the charge in fervent prayer to their graceful goddess. Though the storm raged fiercely, not a single one of the Bretonnian knights had been touched by the foul rain - the whitish droplets simply evaporated with a tiny hiss a finger’s breadth from their armour.

A great cry of battle lust rang out as the blessed knights came thundering down the gentle slope towards the Chaos-worshipping filth. As Otto Glott bawled orders from atop his brother Churk’s broad shoulders, his axemen shuffled and turned, stepping into ranks and locking their shields with a semblance of military discipline.

With sledgehammer force the cavalry charge hit home. A dozen lance points, then a score, then a hundred thumped into chests and burst out of backs in sprays of stinking blood. The Glottkin’s shieldwall splintered and broke like a wooden fence hit by a herd of charging bulls. Shouting in exultation, the Bretonnians stormed through into the lines beyond. Those whose lances were still intact took new foes in their guts, in their throats, in their black and rotten hearts.

To the east the story was much the same. A thick wedge of knights drove home their charge against Epidemius’ horde, those plaguebearers spitted on blessed lances and swords bursting apart like overripe boils. At their head Louen Leoncoeur dived down upon a moss-draped cygor that had shambled from the woods, his hippogryph striking with such predatory force that it bore the monstrosity to the ground.

For a moment Louen stood tall in the saddle, a legend given life, the Sword of Couronne raised and glinting in the light of the comet above. He twisted in the saddle, shrugging off the cygor’s great mauling hand. Taking advantage of the roaring beast’s lunge, Louen drove his glowing sword hilt-deep into the brute’s single eye. As the giant sank backward into the dirt, the High Paladin remounted his hippogryph with astonishing agility. The noble steed sprung back up into the air, its pinions snapping as it scanned the battle for its next prey. Louen’s forehead was cut, the wound drizzling liquid light in place of blood, but such was the Lady’s favour upon him it was already healing over.

To the west a swathe of Norscan bodies lay scattered in the wake of Bretonnia’s finest, but with the sight of their great god upon them, every one of the tribal host would rather die in glory than break and flee. The nobles of Bretonnia were cutting down the foe by the dozen, but they had abandoned their lances in favour of swords drawn for closer work.

Soon the corpses being trampled underfoot bore Bretonnian sigils as well as pitted, rusting armour. The momentum of the knightly charge was spent, and they had penetrated but a quarter of the distance they needed to cover if they wished to stand blade to blade with the defenders of Altdorf.

The Bretonnian attack had been an unexpected complication for the Glottkin, and one they could ill afford after the costly battle they had fought against the Carroburgers as they had made their way along the Reik. Only with the principal cities of the Empire broken and left in ruin could the realm of Karl Franz be broken apart, and with it, the mortar that bound the barrier of men, elves and dwarfs together. It was imperative that the defending armies be slaughtered for the great work to achieve its goal, regardless of what nation had thrown their soldiers into their path. 

Otto Glott knew this fact well and fought with a cold, determined fury to ensure it. His brother Ghurk merely knew that the scent of horseflesh was strong here, and that meant a feast to come. The giant mutant bawled in glee as his enormous tentacle smashed brightly-caparisoned stallions and their armoured riders into the mud. Ghurk’s other arm, a lamprey-like maw with a long whipping tongue, started the feast early. He smacked the gaping appendage into the flank of a warhorse, gnawing its torso to the bone even as Otto took the rider’s head from his neck with a flick of his scythe. On the Glottkin went, breaking the Bretonnian wedge kill by kill, an unstoppable force that had met worthy prey at last. Here and there a knight would fight back hard, plunging a glowing blade or lance into Ghurk’s blubbery mass. They might as well have been stabbing a glacier for all the good it did. 

Ethrac delighted in such resistance, picking the choicest spells in his extensive repertoire and granting the Bretonnian heroes one grisly death after another. Here a knight swelled out of his armour, pink and bristling, to crush his own horse under his morbid weight. There a proud paladin simply sank into the ground, crying out to his goddess as the earth below his steed turned to a quagmire of boiling pus. 

As the Glottkin forced their way through the stalled Bretonnian charge, the tattooed hordes behind them took great heart, thudding axes into the horses in their midst and pulling knights from the saddle to punch daggers through visor slits and neck joints. When the armoured elite of the tribal horde closed in the killing intensified even more. A storm of steel erupted where the battle lines clashed, and the greater mass of the horde thundered into either flank of the doomed knightly column. 

To the north of the city, the forest disgorged the bestial tribes that Gutrot Spume had drawn through the Drakwald. From the shadow of the North Gate, Kurt Helborg watched with mounting horror as not only a spearhead of heavy horse, but herd upon herd of baying beastmen spilled out of the strange arched corridor of vines that had opened in the northern eaves. The terrible truth of their sheer numbers was a weapon in itself. 

The Reiksmarshal knew that a decisive strike needed to fall, and fast. Ordering his envoys to sound the signal to the knightly orders, Helborg put his plan into action, bellowing for the first of his armies to advance and intercept the oncoming cavalry. The skies rumbled overhead as the men of Altdorf and Talabheim took up position side by side, setting their spears and their halberds solid in preparation to receive the charge. 

The vanguard of the Lord of Tentacles’ host spread out as they came, hitting the Empire line across a half-mile frontage with the force of a tidal wave. Chaos knights crashed through thickets of spears in explosive storms of splinters, spitting soldiers on jagged lances and enchanted blades. Dragon ogres hacked and pounded the halberdiers moving to intercept them, the strange lightning which played across their scaly skin crackling out to stun those soldiers to their flank. 

On the left flank, a tribe of minotaurs lowered their great horned heads and stormed into the fray. Their flesh was cut to ribbons by disciplined volleys of bullets from the massed ranks of handgunners that stood before them, and good half of the giant beastmen stumbled and fell, eyes rolling back, into the dirt. The rest ploughed into the gun lines with brutal force, hacking and trampling right through the regiments at the front and barging into the Reiksguard knights behind. The Reiksguard fought back hard, their rear echelons breaking away and countercharging from the flank to drive their lances home into the dense flesh of the rampaging minotaurs. 

The vanguard of the Chaos army had taken the bait, as Helborg had known it would, and in the process they had outdistanced the beastman tribes running forwards in their wake. The knightly orders, as per the Reiksmarshal’s plan, rode hard to the north-west, carving out wide as if fleeing from the fight. The men outside the North Gate could hear the bleats of derision coming from the warherds. Yet the jeers soon faded when the knightly orders looped around in a wide arc, coming not for the beastmen nearing the lines, but for those at the mouth of the throttlevine tunnel. 

The grand masters of the knightly orders raised their voices as the charge gathered momentum, calling out to Sigmar, to Myrmidia, to Ulric and to Morr. The ground at the edge of the Drakwald shook as close to a thousand knights of the Empire charged headlong into the brayherds that were forming a battle line in the shadow of the forest. Despite their great number, the beastmen did not stand a chance, for even a dwarf shieldwall would be hard pressed to break the charge of the finest cavalry in the Empire. 

Lances smacked through rusty armour to burst out of bent backs, cavalry hammers caved in the skulls of musclebound minotaurs, and swords took the heads from milling ungor uncertain of whether to fight or flee. The sheer, sudden violence of the Empire charge made up their mind for them, and a full half of the bestial army took to their heels, bounding over the mud in a chorus of bleats and screams. A trio of ghorgons burst from the woods, roaring as they smashed Knights Panther into bloody hunks of flesh with their cleaver¬like limbs. Yet the orders still had power to spare, dozens of demigryphs pouncing upon the new prey to rip and tear great furrows as their riders hacked at the faces of the giants with their tall cavalry halberds. As the last ghorgon fell, clutching its ruined skull, the staggered charges of the Knightly Orders drove the beastman horde into flight. Trumpets rang out from each cavalry unit, and the cavalry spread out to block the mouth of the throttlevine tunnel leading deep into the Drakwald. If the beastmen tribes running down the corridor wanted to join the fight, they would have to redeploy on a far wider front. Helborg’s gambit had severed the vanguard of Spume’s army from its near limitless reinforcements, and bought his men a precious few hours. 

To the east, Orghotts Daemonspew made straight for the hissing wedge of steam tanks that was trundling towards his lines. The engines of the metal contraptions roared against the fury of the storm as they gathered pace, one of the machines venting a great cloud of steam from its boiler. A cannonball hammered into Tripletongue, tearing away half of the maggoth’s eyeless head. The thing stumbled, falling forward and nearly unsettling its rider, before hauling its bulk upright to lope unsteadily onwards. Orghotts grinned evilly, clashing his axes together in anticipation of revenge. 

The pox maggoths gathered speed, easily dodging the juggernaut charge of the steam tanks as the machines ploughed past. Rotspawned’s maggoth, Bilespurter, grabbed the turret of the nearest tank and pulled with all its might, wrenching the metal cupola off and vomiting a great stream of daemonic bile into the tank’s interior. It rumbled on for a few more seconds before coming to a halt in a cloud of foul-smelling steam. 

The other three steam tanks ground on into the plaguebearer host beyond, forcing Epidemius to shuffle his palanquin sideways in order to avoid sharing the fate of his minions, who were crushed into a grey-green paste. The Tallyman tutted in irritation and raised a winding finger to the skies. Chanting in a doleful tongue, the herald peeled off a thin cyclone of pus-white cloud that crept slowly downwards, its funnel grounding on the top of the steam tank. The armoured engine wheeled around slowly, then span about its centre with gathering speed, eventually toppling onto its side and venting boiling water and scalding steam in all directions. The scalded engineer crew, crying out in agony, attempted to climb clear, but they were quickly hacked apart by the plaguebearers milling in close. 

On the daemons marched, oblivious to the damage the East Gate artillery was wreaking upon them. Cannonballs ploughed through their ranks, bursting apart a handful of daemons with every shot. Helstorm rockets thundered down from overhead, detonating with punitive force to leave nothing but smoking craters where they fell. Mortars stitched explosions across the tree line, blasting the rearmost phalanxes apart in an attempt to deter further reinforcements. Yet this was the day of the plagueborn, and such petty concerns would not stop them. On every front the armies of the Empire were embattled as the grand armies of Nurgle closed in. Blades flashed, tentacles thrashed, maws bit and lances hit home as a hundred grisly tableaus played out, a banquet of carnage for the greedy god watching from above. Every one of the warriors battling below the rumbling skies knew it in his heart - the fate of the city, and in truth the Empire of man, would be decided by their actions in the coming hours. 

Doctor Festus sauntered through the quagmires of New Altdorf, Ku’gath Plaguefather thudding along by his side. An honour guard of seven plaguebearers riding rot flies kept a respectful distance, each in awe of the mortal who had transformed the inert jewel in the Empire’s crown into a lively, festering hellhole. Behind them came a slouching procession of plaguebearers that stretched all the way back to the howling white cyclone at the city’s heart. 

Since Nurgle’s apothecaries had finished their great spell in Altdorf’s sewers and opened the Gate Between Worlds, the city was much more to their liking. Wobbling fronds and thick-necked lianas grew uncontrollably, bursting through windows and invading mildewed doorways. Curious tendrils wound around broken statues of yesteryear’s Emperors, grave-moss draped bronze icons of Sigmar, and crusty lichen lent carven theogonists surreal beards that twitched in the stinking breeze. 

Underfoot the streets were covered in sprawling patches of grave-loam. A dizzying variety of plants suckled their sustenance from the corpse-rich soil, each stranger and more beautiful than the last. Bursts of colour punctuated the greys and greens, the yellows and reds of orchids bright as any pimple and just as full of pus. Swarms of daemon insects hummed joyous refrains, nurglings frolicked and played in the mud, and rivers of slurry gurgled happily along every gutter and canal. Everywhere vegetable, fungal and daemonic life of all conceivable sizes abounded, from the miniscule to the titanic. 

It was a sight to gladden the soul of any devotee of the Lord of Decay. Festus positively glowed with power, seven times the man he had been an hour ago. With Nurgle’s favour so fully upon him, he was closer to immortality than he suspected. Ku’gath, as much a part of his godly master as the daemon-plants claiming the city, saw the truth of things as clear as ever. Fie took an avuncular pleasure in seeing his mortal comrade on the threshold of being taken into Nurgle’s inner court. The doctor deserved it, after all - his long labours to cultivate the Great Garden should be rewarded most copiously. 

Though Altdorf’s former rulers were fighting hard to reclaim it, the streets were all but theirs. The exception was the Temple of Shallya, the domed building and the streets around it a blemish of purity in a landscape of corruption. Should that fall, the garden’s boundless life would spread to every corner of the city and claim it completely before Geheimnisnacht was out. Altdorf’s mortal fabric had been infected by the blending of the material plane and the Realm of Chaos. Only those who could wield the winds of magic had any real hope of driving back the unnatural forces. 

To their credit, the battle wizards of Altdorf were doing their best to hold back the tide. On the edge of what had once been the River Reik, the masters of the Gold College wove a great spell that covered their chimneyed fortress in a veneer of inert goldsteel that spread out into the city street by street, upon which the plants of Nurgle could take no hold. However, even metal must concede to the forces of decay: the thin plate soon rusted away, crumbling to reveal tiny pushing shoots and pockets of swelling fungus. 

The Light Order, their pyramidal sanctum sequestered away in the aether, ventured forth in great number into the jungle-choked streets. Chanting in the ancient tongue of southern kings, they conjured a second sun of pure white energy that banished the daemon hosts slouching towards them. Soon, though, the ritual phrases of the acolytes became disrupted by sniffles and coughs, and then by sneezing fits, and the banishing orb dispersed in the gale of entropy that raged above. The wizards of the Jade Order, who wield the energies of life, found themselves most afflicted of all by the garden’s spread. Their neat and wondrous arboreal college had sprouted into a grotesque parody of itself, whilst the wizards of that order were slowly but irresistibly transformed into strange fleshy trees, damned faces screaming in horror from knots in their trunks, and brittle fingers contorted in agony at the end of their twisting branches. 

Only the wizards of the Bright Order proved fierce enough to hold back the spread of the encroaching jungle. Transforming themselves into beings of living flame, the pyromancers attacked en masse, bodily tackling daemons and floral growths alike and burning them to ash with their incendiary touch. For six long hours the Bright College blazed radiant and pure, the blackened wastes around it lit by the fires of defiance. Then came their demise. The tempest grew fiercer and fiercer above the College, hammering down with such intensity that the deluge of milky pus doused the glorious fury of the fire wizards defending their home. One by one their fires went out, and they fell, shivering and covered in sticky fluids, to the cobbles. 

As for the Shallyans, Festus and Ku’gath were en route to deal with that particular travesty in person. The two apothecaries grew further from the tempest of magic they had brewed in the slaughterhouse district, and as they wound through the streets the intertwining vegetation and boundless fungi of Nurgle’s garden became ever more sparse. The din of battle echoed from the fronts of trader shops and temples, and the bellying clouds above were lit orange and red by a fire of great magnitude. 

Sure enough, as the companions turned the corner of Fleischmarkt, they were confronted by a scene from a demented general’s nightmare. Armoured soldiers wielding ripple- bladed zweihanders cut into a seething mass of plaguebearers that pressed in from all sides. Cyclopean heads flew from necks as the veteran swordsmen took their toll. Behind them, a cadre of tail-helmed knights mounted on griffon-beasts were rounding the flank, their squawking steeds stamping with leonine feet and ripping with sharp beaks at the daemon heralds seeking to cut off the streets on the far side of the square. 

On the other side of the plaza, leaping flames conjured by the last of the pyromantic battle wizards burned back the pack of slug-like beasts lolloping towards them. The firelight turned the blood of the fallen warriors around them from deep red to inky black. Walls of living flame were advancing methodically along the streets on either side of the market square, burning back the garden’s surreal flora, popping the nurglings swarming the streets and incinerating wooden buildings with equal fury. Yet the storm clouds came in low, dumping gallon after gallon of vile liquid onto the fires until they were extinguished completely. 

Ku’gath lumbered across the city square, lifting a great flabby fold of his flesh and pulling a squealing nurgling from under his rotten nipple. He lobbed the fatted daemon-mite into the ranks of the greatswords, and as the unit’s champion intercepted it with his blade, the creature burst apart, spraying acidic digestive juices into faces and over hands. Discordant screams rang out, making the lumbering apothecary chuckle fondly. His waddle gathered pace until he barged belly-first through the reeling swordsmen like a rolling boulder, Festus huffing in his wake. Their line broken, the zweihander swordsmen were easy prey for the plague drones that flew in low to scrabble and stab. 

The two apothecaries ploughed on through the streets, all but unopposed. Few of Altdorf’s defenders had remained in the city, and even fewer had the nerve to attack a greater daemon. A muttered bloat- spell from Festus dealt with a knot of soldiers and citizen militia stupid enough to bar their path. In the overgrown remains of Candle Square they saw a trundling steam tank grinding plaguebearers into mulch. Its hissing cannon poured scalding vapour at Ku’gath until the scowling daemon flipped the machine onto its side with a heave of his fat arms. In Sigmarsen Street they saw a coven of light wizards blasting magical light at the plague drones hovering overhead with a confection of prisms and lenses. Festus gestured dismissively at them, conjuring a swarm of winged leeches that reduced the wizards to exsanguinated husks in moments. 

On the companions trudged, the bullets of marksmen stationed in the belfries and temple domes mere irritants that the regenerative blessings of their patron swiftly soothed. Here was the supremacy of Nurgle made manifest, the unbound creativity of Chaos prevailing over the suffocating order of mankind. Even death had little power in such a realm, though the goddess of healing still clung on to her stubborn purity. 

Sure enough, as the apothecaries made their way past the algae-slicked caryatids of Unterwald Bridge, the Temple of Shallya rose up ahead. Not a single stain covered its alabaster surface or the bone-dry flagstones of its courts; even the sky above it was crystal blue instead of the unhealthy hue of rotten milk. Awnings and stretchers dotted the domed temple’s perimeter, and white-robed sisters hustled from bed to bed. 

Ku’gath yanked free the blunt bronze sword from a nearby statue of Emperor Magnus and barrelled forward with a roar, smashing a healing station and its occupants into an unrecognisable mess with his first blow. Festus stood well back and gave a long, operatic belch of words in the Dark Tongue. Black gas billowed from his open mouth, snaking through the air to push into the mouths and nostrils of those sisters desperately trying to escape. 

An old woman in a white wimple strode right up to him and struck him hard across the face, the dagger in her other hand sinking deep into his flabby guts. Festus frowned for a second before breaking a potion of dissembly on her forehead and breathing in the rich gases of her rapid decomposition. 

From high above them their plague drone escorts dropped wax-sealed death’s heads into the throng, the splashing fluids having no effect on the sacred sisters but eating away the flesh of those injured state troopers that were mustering into a battle line at the temple’s perimeter. Ku’gath smashed and crushed everything in his reach, a dark and unnatural force roused to terrible wrath. 

Then, from the courtyards on the far side of the temple, came a great moaning and clattering of bone. Moments later, serried ranks of the dead pushed forwards from a dozen streets and alleys at once, converging on the column of daemons that had followed Ku’gath and Festus. At their head was Vlad von Carstein, his finger testing the tip of his blade and a grim smile on his pallid, twisted features. 

There came a screeching cry from above, the blast of a horn, and the battlecries of Bretonnia’s finest. The blue skies above the temple turned dark with feathered wings. 

As one, the living and the dead charged in.

La Caída de Altdorf
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Miembro a cargo: Snorri Fecha de inicio: 05-03-16 Estado: Esperando revisión


Fuentes Editar

  • The End Times II - Glottkin.

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