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Cacería a Medianoche

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Altdorf dibujo.jpg

Volkmar el Sombrío reunió a los más píos de sus guerreros y zarpó Reik arriba para cumplir con el sagrado voto pronunciado. Su destino era el atribulado territorio de Sylvania, cuna de horrores más allá de lo imaginable y guardia del infame Conde Mannfred, un demonio inmortal que había de ser destruido a toda costa.

Habiendo puesto rumbo al sur, Volkmar ordenó a sus hombres encontrar al vampiro y reducir su cuerpo a cenizas. Los cruzados se abrieron paso hasta el von Carstein a base de rastrear e interrogar a sus lugartenientes y subalternos. El Cazador de Brujas Alberich von Korden fue el primero en avistar la presa: un nigromante al servicio de Mannfred llamado Ghorst. Mientras von Korden y sus hombres se adentraban más y más en tierras salvajes hendidas por tumbas, los muertos se tambaleaban, amparados en la bruma, avanzando a su encuentro...

Oscuro ComienzoEditar

Con el beneplácito del Emperador, Volkmar reunió sin demora una expedición de guerreros de voluntad férrea. Solamente podía esperarse que sobrevivieran a los horrores de Sylvania aquellos con la fe más ardiente en los dioses del Imperio.

Los Cruzados PartenEditar

No transcurrió mucho tiempo antes de que el Gran Teogonista y su más veterano Archilector, Kaslain, hubieran reunido una fuerza de los más fervientes devotos del Culto de Sigmar para la cruzada a Sylvania. Sin embargo, y a pesar de haber dado su más sincera bendición a la expedición, Karl Franz sabía que, en ese momento, no podía permitirse reforzarla con tropas del disgregado Ejército Imperial.

Si el Emperador entrara en Sylvania al frente de un ejército imponente, ello equivaldría a anunciar a bombo y platillo sus intenciones a los autoproclamados señores del Condado. Una acción tal no haría que Mannfred von Carstein les saliese al paso, sino que, astuto como un demonio, haría todo lo contrario. Además, y aunque el alto mando militar no lo admitiría jamás, ni con todos los soldados que quedaban en Altdorf podría formarse más que un pequeño contingente.

El Imperio estaba sitiado y la guerra contra los adoradores del Caos en el norte no mostraba el menor signo de remisión. Siendo así, en la mano del Emperador sólo estuvo pedir al Kriegsmarshal de Talabecland, una importante provincia junto a la castigada Stirland, que un destacamento de su ejército se uniera en secreto a la cruzada en el río Reik.

El Kriegsmarshal de Talabecland no había olvidado los trágicos sucesos de la noche del Cónclave de Estado, por lo que cumplió a la perfección la petición de Karl Franz: sólo los dotados de pureza espiritual imperturbable acudirían a la llamada de armas de Volkmar. El contingente que reunió era pequeño pero pujante, formado por Tropas Estatales, artilleros y caballeros. Contaba con devotos tanto de Myrmidia como de Sigmar Heldenhammer, pero todos de fe inquebrantable. Aunque el ejército parecía dispar, los unía el deseo ardiente de acabar con los esbirros de las tinieblas o morir en el intento.

Adentrándose en la Oscuridad Editar

Entre tanto, en Altdorf, Volkmar y sus hombres se dirigieron a los muelles de la ribera del río Reik. Allí embarcaron en la gabarra acorazada Luitpold III, un auténtico levitarán cargado de cañones y propulsado a vapor, suficientemente grande para albergar en sus bodegas cavernosas el Altar de Guerra de Volkmar y dejar espacio para un ejército entero. Aquella noche los guerreros de Volkmar remontaron el Stir en silencio, cada hombre sumido en sus plegarias. En la proa de la barcaza, la silueta de Alberich von Korden se recortaba en el claro de luna con el atisbo de una sonrisa en los labios.

Los cruzados llegaron al tramo del Stir que atravesaba el Bosque de Drakwald. El tamaño de la embarcación bastaba para disuadir a las bestias del bosque de atacarlo. Von Korden acuciaba a los carboneros del Luitpold para que usaran más y más combustible, hasta saturar el aire del río con su humareda. La nave avanzaba a toda velocidad, deteniéndose solo en Kemperbad para abastecerse, hacia la frontera de Talabecland.

Al llegar al punto de encuentro en Leitzigeford Volkmar hubo de contener su rabia y su decepción. Las tropas cedidas por Talabecland no ascendían ni a cincuenta hombres. Eran tiempos difíciles, sí, y los Hombres Bestia de los bosques eran un peligro constante, pero unos refuerzos tan parcos no auguraban precisamente un futuro de éxitos a la cruzada. No obstante, la presencia de sus viejos camaradas, los Hijos de Sigmar, levantó ligeramente el ánimo de Volkmar. El Luitpold reanudó su travesía.

Cuando en el horizonte se divisaba ya la frontera de Sylvania, von Korden se dirigió de nuevo a la proa. La maldición que pesaba sobre la provincia se había intensificado, como si la noche cayera cual telón desde los cielos. Volkmar se reunió con el Cazador de Brujas en la proa, negando con la cabeza en silencio ante tal visión. La tripulación murmuraba y se agitaba tras ellos. El capitán del Luitpold llevaría a los cruzados hasta las orillas del Helsee, pero no iría más allá. El único medio que tendrían para avanzar entonces sería la marcha a pie.

Un Recibimiento MacabroEditar

Camino de la cruzada de Volkmar.jpg

A la siniestra media luz del día, los cruzados se prepararon para atravesar el Valle de la Oscuridad. Mientras ultimaban los preparativos y descargaban el Altar de Guerra de Sigmar del Luitpold los huesos monstruosos desperdigados en derredor vibraban y se agrietaban. Vértebras del tamaño de puños se unían formando espinazos y las falanges se tornaban en garras monstruosas.

Movidos por fuerzas inefables, los guardianes del lago se alzaron en medio de una lluvia salobre y avanzaron con lentitud irreal en pos de los conmocionados soldados. El Gran Teogonista se dirigía ya a su encuentro, haciendo salpicar las aguas del lago a su paso, con Alberich von Korden a su lado. El Cazador de Brujas destrozó el cráneo del monstruo más cercano con dos disparos certeros de sus pistolas de plata labrada. Vokmar, con un grito atronados, elevó una plegaria de guerra a Sigmar y, acto seguido, hundió el puño envuelto en resplandor en las aguas de la orilla. Una luz dorada bañó las aguas a su alrededor y se arremolinó en torno a las patas de los centinelas quiméricos, deshaciendo el hechizo que les había dado vida. Uno por uno, los colosales monstruos se derrumbaron en las aguas.

Espoleados por esa primera victoria, los cruzados abandonaron las costas del Helsee con la cabeza bien alta. Marcharon en dirección suroeste, en un amplio rodeo para evitar el Páramo Siniestro y las piedras verticales del Círculo de Túmulos. Llegaron a la empalizada de Uflheim al caer la noche, o eso creyeron, pues cada vez resultaba más difícil distinguirla del día.

La gente de Uflheim se habría sentido aliviada tan solo con una presencia militar de cualquier tipo, no digamos ya ante una fuerza liderada por el Gran Teogonista Volkmar en persona. Entre agitación y reverencias, los habitantes de la aldea dieron de beber y de comer a los cruzados, y la victoria de aquel día fue amplia y alegremente celebrada por todo el pueblo.

Por la mañana, Volkmar en persona sacó a sus hombres de los jergones, para disgusto de aquellos que habían bebido de más la noche anterior. Dispuso que el contingente se dividiera en dos grupos para ganar en discreción y en rapidez a la hora de dar caza a los subalternos de Mannfred von Carstein. Volkmar guió un grupo al Fuerte Oberstyre mientras von Korden se dirigía con el otro a la Torre Konigstein a buen paso. El plan satisfizo al Cazador de Brujas, pues sospechaba desde hacía tiempo que allí se acuartelaba un viejo enemigo suyo: Ghorst, el Nigromante.

Los Caminos DivergenEditar

Caballeros del Sol Llameante Empire.jpg

Así como muchos dignatarios del Culto a Sigmar se entrega a las murmuraciones e intrigas en los sagrarios de los templos de Altdorf, todo a lo que se entrega el Gran Teogonista Volkmar es a la aniquilación de los poderes oscuros. Von Korden había podido comprobar en persona que Volkmar no vacilaba en arriesgar su propia vida en combate y lo respetaba por ello. Sin embargo se decía que las convicciones del anciano jugaban en su contra. Según el parecer del Cazador de Brujas, necesitarían algo más que su inquebrantable fe para ganas esta batalla.

Von Korden, como cualquier otro general, creía que cualquier arma al alcance del Imperio debía usarse si servía para derrotar las fuerzas del mal. Esperaba poder aprovechar la Torre Sentencia de muerte, que aún se tenía en pie en la base de la Torre Konigstein, y pedir ayuda a la guarnición que, previsoramente, había apostado allí hacía escasamente una semana. Si Volkmar supiera de las dudas que albergaba von Korden sobre el éxito de la cruzada, excomulgaría al Cazador de Brujas en el acto. Pero como el Gran Teogonista se dirigía al Fuerte Oberstyre, no tenía por qué saber que su aliado iba en busca de refuerzos.

Volkmar había asignado a la partida de van Korden dos unidades de tropas estatales, los famosos Caballeros del Sol Llameante y, por petición expresa de von Korden, una dotación de artillería con la que asaltar la Torre Konigstein si fuere necesario. La excitación de von Korden ante la inminencia del combate era indescriptible. El Nigromante Ghorst era, muy probablemente, acólito de Mannfred. Por tanto, matarlo y registrar su madriguera no solo arrojaría luz sobre el paradero del terrorífico conde, sino que saldaría una vieja deuda.

El Primer ChoqueEditar

Von Korden y sus hombres llegaron a la Torre Konigstein con la noche. En la cima de la colina unas ruinas destartaladas se alzaban por encima de la niebla, con un resplandor fantasmal manando de sus ventaras. El Cazador de Brujas podían sentir en su piel la maldad del lugar. En los terrenos a su alrededor, salpicados de estatuas resquebrajadas, no habría más que tumbas abiertas el cielo nocturno. Cerca de allí, la antigua atalaya que von Korden había guarnecido antes de su partida se elevaba imponente, pero no parecía albergar signo de vida alguna.

A medida que se acercaban vieron que las ventanas estaban rotas y que el Centinela de Bronce que la coronaba colgaba inerte. El Cazador de Brujas escupió al suelo. Parecía que los esbirros de Ghorst habían masacrado a sus hombres sin cuartel, ya que ni siquiera habían podido usar el sistema de señales de Semaph. Irritado, von Korden puso a sus hombres en formación de batalla y ordenó preparar el cañón conocido como Martillo de Brujas. "Aquí hay No Muertos", advirtió a sus hombres en un murmullo. "Tan seguro como que esas tumbas están vacías".

El silencio expectante se rompió con un grito de alarma de uno de los Balas de Plata. Al formar, uno de los hombres había pisado la madera podrida de un ataúd. Risas nerviosas y desordenadas se extendieron por las filas mientras el torpe patán se reponía y sus disculpas jocosas resonaban imprudentemente entre la bruma.

Con enérgicas zancadas y los ojos centellando de ira, von Korden fue había los arcabuceros, pero se detuvo de súbito. De la gran torre en ruinas frente a la atalaya arrasada surgía un gemido grave. Con una lentitud que hacía pensar a los presentes si no estarían soñando, los cadáveres esqueléticos que otrora moraran aquel cementerio se aproximaban y, con ellos, caníbales degenerados  salivando como perros. El ulular de un búho rasgó la noche, como el escalofriante pie para un coro de lúgubres aullidos emitidos por lobos monstruosos y decrépitos. En lo alto de la colina apareció la encorvada figura de Ghorst en persona, subido a su macabro carruaje, el tañido de cuya campana no era sino una invitación a morir. Von Korden amartilló sus armas. El Cazador de Brujas tenía un deber que cumplir.

Von Korden ha dado por fin con Ghorst, pero el Nigromante cuenta con una horda de muertos. ¿Lograra el Cazador de Brujas degollar al lugarteniente de Mannfred mientras sus hombres piden refuerzos desde la Torre Sentencia de Muerte?

Grifo y murcielago.jpg

Tras la batalla, herido y temiendo por su vida, Ghorst se ve obligado a retroceder ante la furia de Los Fieles, pero no sin haber diezmado severamente la soldadesca Imperial enviada a detenerle. Poco pueden imaginar von Korden y sus tropas que Ghorst tiene una misión que cumplir y que Mannfred von Carstein esta mucho más cerca de lo que creen...

Fuente Editar

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