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Calamidad en la Cascada de Duskany

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Símbolo Vampiros.jpg
La primera vez que supo que les lugareños creían que un vampiro vivía en caverna situada tras una cascada, Reinhart se rio. Todo el mundo sabe que los vampiros no soportan el contacto con el agua corriente; su poder purificador los disolvería. Pero todos los informes, historias y testigos oculares señalaban al mismo lugar una grieta por donde el gélido deshielo de las Montañas del Fin del Mundo se vertía desde las alturas y se acumulaba en un profundo estanque. Uno de los lugareños afirmaba haber visto a la bestia atravesar la cortina de agua y aterrizar en la turbulenta poza, varios metros más abajo. El aldeano huyó, desde luego, pero no antes de que la bestia le clavase unos ojos carmesies que auguraban una muerte lenta y dolorosa.

Petra tampoco lo creía. Declaró que aquella criatura debía de ser un hombre bestia de algún tipo, pues no había forma de que un vampiro pudiera sobrevivir a un entorno semejante. Reinhart confiaba en Petra; llevaba una docena de años o más luchando contra los no muertos, y su experiencia había permitido al grupo destruir a seis aquellos horrores hasta el momento.

La Banda del Espino. Como se hacían llamar, había existido en una u otra forma desde hacía varios años. Petra, un hombre pálido y enjuto con marcadas orejas y una aparente incapacidad para sonreír, fundó la Banda y se Servía del variopinto grupo en su cruzada contra los amos de la noche. Mientras que otros hombres huían ante semejantes diablos, Petra los cazaba, y con excelentes resultados.

Si, era innegable que habían sufrido bastantes bajas. Muchos de los que se hablan unido a ellos habían caído presas de las crueles garras y dientes de los vampiros y sus secuaces, y algunos otros tuvieron que ser internados, ya que las experiencias vividas los habían enloquecido de tal manera que les resultaba imposible vivir en libertad. Actualmente tan sólo quedaban cuatro miembros además del líder. Reinhar, ya veterano, había adiestrado personalmente a uno de ellos, un bribonzuelo con exceso de entusiasmo llamado Edgar. Los otros dos eran una pareja de hoscos enanos, contratados por su experiencia en combares subterráneos y sus amplios conocimientos sobre los no Muertos.

El grupo había llegado dos días atrás a aquella aldea perdida, invitados por un alcalde desesperado que no dejaba de retorcerse las manos y enjugarse la frente. El alcalde afirmó que los habitantes de su insignificante comunidad estaban cayendo enfermos, afectados por una enfermedad que los hacia enloquecer. Tras interrogar a los desdentados campesinos, la Banda del Espino recabó varios disparates más, incluida existencia del ser de la cascada. Cribar los hechos de las mentiras es una ardua tarea, y a veces se cometen errores. Lo único que se puede hacer es rezar y que no sean errores mortales.

Así que la Banda del Espino accedió a registrar aquella caverna y dar descanso al ser que la habitará. Ninguno de ellos disfrutaba matando hombres bestia: sus ojos eran demasiado humanos, y gemían como bebes cuando los herían. Pero la aldea les había pagado con oro, y su deber para con ellos y con el Imperio estaba claro: la criatura tenía que morir. ¿Y en lo relativo al mal que asolaba la aldea? Petra aconsejó a los lugareños que quemasen sus reservas de centeno y que empezasen de nuevo. Probablemente tuviera razón. Siempre la tenía.

Mannslieb colgaba pesadamente del cielo, henchida de luz, Iluminaba la poza, la cascada y las rocas que los rodeaban. De la primera nacía un diminuto arroyo que se alejaba serpenteando a través de una arboleda, desde donde cobraba velocidad y fluía borboteante hacia la aldea. El ruido de la cascada era ensordecedor, y el caudal de agua que caía desde las alturas estaba envuelto en la bruma que levantaba al incidir sobre la superficie de la poza. Estaba lo bastante iluminado como para no necesitar antorchas, pero Petra aconsejó que encendieran las lámparas de seguridad, ya que el interior de la cueva estaría oscuro. Los enanos se tendieron en d suelo para preparar sus ballestas de tornillo, tensando la cuerda que disparaba una estaca contra cualquier cosa que se enfrentase al grupo. Reinhart desenvaino su espada y recorrió con los dedos el filo plateado por el que había pagado buenas meajas, al tiempo que Edgar se limpiaba la nariz moqueada con el dorso de la mano y buscaba la forma de bajar a la poza. Petra comenzó a descender con total determinación, aferrándose a la piedra con manos expertas hasta poner pie sobre las rocas musgosas, desde donde podo contemplar la cascada y la caverna que, supuestamente, había tras ella.

Explorar el lugar de noche fue un error estúpido. Petra se había opuesto, pero todos querían continuar su camino tan pronto como fuera posible. Estaba claro que no se trataba de ningún vampiro. Unos cuantos virote en el pecho, y luego podrían reclamar su recompensa y regresar a Nuln para tomarse un merecido descanso. Necios. Hasta el último de ellos.

Edgar le siguió; resbaló un par de veces, pero finalmente llegó al fondo, aunque no antes de empaparse la pierna tras meterla accidentalmente en el agua. A continuación bajó Reinhart, mientras los enanos cubrían al trío desde arriba. Cuando Reinhart llagó al fondo, Petra señaló hacia la cascada.

—Allí, ¿la veis? Está un poco más oscuro.

Reinhart no vio nada. La luz de la luna lo bañaba todo con un extraño fulgor; parecía haber sombras donde no debiera, y movimiento donde era imposible que lo hubiera.

—¡Eh, mirad esto! —susurró Edgar, extrayendo algo del fondo del estanque. Estaba cubierto de lodo. Una roca, tal Petra se acercó al muchacho mientras Edgar limpiaba el fango y las viscosidades que cubrían el objeto. Era un cráneo humano.

Algo se movió por encima de ellos. Se oyó d chasquido de una ballesta, seguido del crujido de un virote quebrándose al golpear contra la piedra.

Un gruñido. Una exhalación. El sonido húmedo de entrañas cayendo al suelo. Todo hubo acabado antes de que Reinhart llegase a girar la cabeza para mirar hada los enanos. No habla rastro de ellos. Petra se separó de Edgar y del cráneo para situarse junta a Reinhart . Los dos hombres escrutaron la noche, tensos y asustados. ¿Dónde estaban los enanos? Un grito sonó tras ellos, interrumpido en seco por un horrible gorgoteo y un chorro do sangre cálida, Reinhart y Petra se volvieron apenas a tiempo de ver como el pobre Edgar se hundía bajo las agitadas aguas del estanque. Incluso a la luz de la luna pudieron observar que el agua se oscurecía al ser despedazado por lo que fuera que lo había atrapado. Instantes después, una oreja, un ojo y un pie salieron a flote y se alejaron a gran velocidad, arrastrados por la corriente. Tres de ellos habían caído en cuestión de segundos. No podía tratarse de un hombre bestia.

¡Muévete!-siseo Petra, y ambos subieron a toda prisa por donde habían bajado. Reinhart iba en cabeza, seguido de Petra. El primero se arriesgó a volver la vista por encima del hombro, y vio horrorizado a un ser errante y terrible que emergía del centro de la oscurecida poza. Tenía una cabeza oblonga, ojos carmesíes y una boca descomunal llena de dientes afilados como cuchillas. Estaba desnudo, pero no parecía sentir vergüenza. La piel grisácea le colgaba de los huesos y, de haber tenido sexo, hacía mucho que se había ajado hasta desaparecer. Reinhart trepó más rápido mientas Petra le gritaba. —¡Corre corre! —pero entonces su voz también quedó silenciada. Reinhart; no volvió la vista atrás. Jamás se preguntó por qué la criatura de la poza le había dejado escapar. Pero juró, bajo la pálida luz del amanecer que jamás volvería a cazar vampiros. Sólo de pensarlo se echaba a reir nerviosamente, mientras las sacerdotisas de Shallya le ayudaban a subirse a la carreta que lo conducirla a la carnalidad de una pequeña habitación y del sueño inducido por mandrágora, lejos de las ensangrentadas aguas de la cascada Duskany.

FuenteEditar

  • Warhammer Fantasy JdR: Amos de la Noche (2ª Ed. Rol)

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