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Cruzadas contra Arabia

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Perros del Desierto de Al Muktar por Paul Herbert.jpg

Las Cruzadas contra Arabia siguen siendo uno de los acontecimientos que moldearon el Viejo Mundo, y aún se dejan sentir sus consecuencias en las naciones que participaron en ellas. Las Cruzadas contra Arabia fueron una de las más grandes expediciones militares jamás organizadas, y probablemente la mayor de las guerras librada contra un adversario que no fueran las hordas del Caos.

A modo de preludio aproximadamente en el año 1430 del calendario Imperial, el sultán Jaffar, un poderoso hechicero árabe, forja una coalición entre muchas tribus del desierto y expande su ciudad hasta convertirlo en un pequeño Imperio al capturar Al-Haikk, Copher, Martek y Lashiek. Las leyendas hablan de que invoca a demonios y parlamenta con los espíritus. Los skavens de Arabia se alían en secreto con Jaffar, espiando para él y asesinando a enemigos a cambio de piedra de disformidad.

La Invasión del Viejo MundoEditar

Caballeros de Bretonia Black Library.jpg

Las Cruzadas comenzaron en el año 1448 cuando el tiránico soberano de Arabia, el sultán Jaffar, convencido por los Skavens de que Estalia tramaba invadir Arabia, cruzó el Gran Océano con un inmenso ejército para invadir la nación vecina.

Los estalianos son un pueblo duro y feroz, pero a pesar de su férrea defensa, pronto se vieron abrumados. Innumerables estalianos fueron esclavizados y enviados al otro lado del mar, a los infames mercados de esclavos de Lashiek. La gran ciudad de Magritta pronto cayó en poder de los invasores, y el resto de territorios aún no conquistados piden ayuda al resto de naciones del Viejo Mundo.

Esta situación causó una gran alarma en todo el Viejo Mundo. Varios enviados diplomáticos de Estalia suplicaron la ayuda de Bretonia, cuyo Rey, Louis el Justo, preocupado por la posibilidad de que el sultán regresara al Viejo Mundo, ordenó la llamada a las armas y reunió un poderoso ejército de caballeros que juraron liberar Estalia y castigar a Jaffar. Todos los ducados respondieron a dicha llamada y un sinfín de caballeros acudieron desde todos los rincones de Bretonia para prestar sus lanzas de caballería a la causa y hacerse merecedores de gloria y honores en esta noble y justa causa. Mientras esta magnífica hueste avanzaba hacia Estalia, iba reforzándose con tropas procedentes de tierras muy lejanas, empeñadas también en aquella noble misión.

Leal al verdadero espíritu de la caballería y la nobleza, y haciendo gala de su noble sabiduría, el Rey Louis el Justo envió emisarios al Emperador Frederik III y sus Condes Electores para que hicieran lo mismo, concediéndoles permiso para que los guerreros del Imperio, a pesar de la falta de honor que habían demostrado en tantas ocasiones, pudieran atravesar Bretonia para dirigirse a Estalia, ya que también ellos habían prometido ayudar a aquella lejana nación.

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Por aquella época, El Imperio estaba sumido en una guerra civil, por lo que no prestaban mucha atención a los acontecimientos fuera de las provincias, y resulta evidente que ni siquiera las peores amenazas para el Imperio bastaron para imponer una solución a aquellos conflictos y feudos. En efecto, incluso cuando el sultán de Arabia invadió Estalia con un ejército tan numeroso que amenazaba todo el Viejo Mundo, las grandes provincias no movieron un dedo contra él. Sin embargo, cuando llegaron los emisarios de Bretonia, se convocó un concilio en Altdorf, y aunque muchas de las provincias estaban sumidas en una guerra civil, las hostilidades se dejaron a un lado temporalmente y todos los Condes ofrecieron una pequeña cantidad de sus propias tropas para la causa.

Hay que aclarar que, aunque en un principio, ni los cultos ni los Condes Electores las apoyaron abiertamente, las Cruzadas contra Arabia son dignas de mención, pues varios nobles e individuos devotos de todos los confines del dividido Imperio respondieron a aquella llamada. Aunque la mayoría de las órdenes de caballería han jurado defender el Imperio y a su gente, ha habido veces en las que se han visto impulsadas a combatir en tierras lejanas, y los grandes maestres de las órdenes de caballería del Imperio se adscribieron a esta causa tan noble con la intención de demostrar su valor más allá de la lucha civil en la que estaba sumido el Imperio.

Los caballeros de Bretonia y sus ejércitos feudales, los soldados de los Condes Electores y una ingente tropa reunida por las órdenes de caballería del Viejo Mundo formaron un descomunal ejército en Brionne. Lo que había de ocurrir a continuación era algo nunca visto en el Viejo Mundo. En lugar de prepararse para defender las fronteras y pasos de Bretonia y el Imperio contra los ejércitos del sultán, el gran ejército marchó hacia el sur para liberar a Estalia de su yugo. Estas tropas se unieron a los Estalianos que todavía resistían, formando un gigantesco ejército formado por numerosos contingentes de tropas.

Liberación de EstaliaEditar

Arabia.jpg

El sultán era avaricioso y cruel, pero desde luego no era ningún estúpido, y comprendió que no tenía nada que hacer contra las fuerzas combinadas del Viejo Mundo, por lo que huyó a Arabia.

Tan sólo un jeque rebelde llamado Emir Wazar (también conocido como Emir el Cruel) fue lo bastante obstinado como para quedarse y plantar cara a los ejércitos del norte. La creencia general es que era tan excesivamente avaricioso como necio. Consolidó su posición en la ciudad de Magritta, obligando a sus esclavos a deslomarse fortificando la ciudad contra el ejército que se aproximaba. Un pequeño contingente de caballeros sitió Magritta; el asedio duraría ocho años, hasta que finalmente los Caballeros del Sol Llameante y sus aliados lograron irrumpir en la ciudad y expulsar a los ejércitos del jeque.

Durante el asedio, se produjo una suerte de intervención divina; unos sesenta caballeros del Imperio se prestaron a ayudar a los Estalianos a recuperar el templo de Myrmidia de manos de los árabes. Tras numerosos combates, los cruzados se tuvieron que retirar al templo, en un desesperado intento de resistir a los invasores. Cuando la batalla parecía perdida, una sacudida de tierra hizo que una gigantesca estatua de Bronce de Myrmidia, que estaba colocada en lo más alto del templo, se viniera abajo y aplastara a los enemigos de los caballeros. Entre las víctimas se encontraba el Emir el Cruel y su Guardia de la Cimitarra Negra.

Corsario bretoniano.jpg

Entre tanto, el resto del ejército marchó por toda Estalia, hallando tan sólo ruina y destrucción tras la huida de las tropas del sultán. Aldeas y ciudades enteras habían sido calcinadas por los vengativos árabes; sus habitantes fueron esclavizados o asesinados. Al ver el destino sufrido por Estalia, y la ciudad de Magritta en particular, infundió a todos los que habían luchado para liberar Estalia un gran deseo de venganza, por lo que decidieron perseguir a Jaffar hasta su propio país. Los caballeros juraron llevar su cruzada a la tierra natal de los árabes para liberar a los esclavos que aún vivían y vengar las muertes de los que habían sido asesinados por los invasores. Algunos decían que en Arabia podían encontrarse riquezas incalculables, y que tendrían la oportunidad de conseguir mayores honores por sus hazañas militares.

Los cruzados se detuvieron en los puertos de Estalia para reunir una numerosa flota; zarparon barcos de todos los puertos de Estalia, Tilea y más allá para continuar la Cruzada en Arabia, al otro lado del Gran Océano. Para cuando toda la flota hubo zarpado, los ejércitos de Jaffar ya habían llegado a Arabia y comenzado los preparativos para la inminente invasión, reclutando esclavos y fortificando sus pueblos y ciudades.

Invasión de ArabiaEditar

Caballero sol llameante 4-5ª edicion.jpg

Los cruzados desembarcaron en el puerto de Copher, famoso por su comercio de especias. Aunque habían construido defensas, los habitantes de la ciudad no estaban preparados para la cólera que había provocado su sultán: los caballeros arrasaron el puerto y exterminaron a todos los que opusieron resistencia. Los cruzados descargaron gran parte de su furia y su odio sobre la población indefensa, y las elevadas murallas y elegantes torres de la ciudad portuaria fueron demolidas. Pero aquello era justamente lo que había planeado Jaffar, que se retiró a su ciudadela de El-Haikk junto a la mayor parte de su ejército. Confiaba en que los cruzados perderían su sed de venganza cuando terminasen de saquear Copher y tuvieran que padecer meses de combates y marchas bajo el sofocante calor de Arabia.

Ciertamente, cuando los cruzados desembarcaron en Arabia, descubrieron que no estaban preparados para los rigores de una campaña en el desierto, ni para la guerra en un clima tan asfixiante y caluroso, ni para la escasez de agua. Los progresos del ejército fueron lentos y la marcha desde Copher hasta El-Haikk fue larga y ardua. Incluso sufrieron numerosas bajas durante el trayecto por las condiciones del desierto y las escaramuzas de los ejércitos árabes. Las tropas de Jaffar, equipadas de forma más ligera y mucho más móviles, evitaron trabarse en batallas campales. La campaña se prolongó año tras año.

Pero Jaffar había subestimado el honor de los caballeros y los votos que habían jurado en Estalia, que pronto a hacer mella en las tropas de Jaffar. Gradualmente, las penurias vividas durante el año que tardaron en llegar a El-Haikk no hicieron sino reafirmar la furia justiciera que ardía en los corazones de los caballeros cruzados, y cuando finalmente se enfrentaran al sultán en combate estaban más decididos que nunca a darle cuartel. Al cabo de varios meses muy frustrantes de pequeñas escaramuzas, los bretonianos se enfrentaron a Jaffar en la Batalla de El Haikk.

A medida que las guerras alcanzaron el tercer año, las fuerzas de Jaffar empezaron a disgregarse, debido a que muchos de sus guerreros empezaron a cansarse de su gobierno. El sultán Jaffar había un déspota y un tirano, casi tan odiado por su propio pueblo como por los viejomundanos, y durante las Cruzadas contra Arabia muchos de sus súbditos aprovecharon la oportunidad para alzarse contra el sultán. Algunas tribus simplemente desertaron y desaparecieron en el gran desierto en espera del desenlace. Por lo general, estas sublevaciones tuvieron un escaso impacto en las Cruzadas, pero cuando los caballeros viejomundanos cayeron sobre la ciudad de El-Haikk, centenares de guerreros tribales reclutados por el ejército del sultán decidieron rebelarse, sumiendo la ciudad en la confusión y frustrando los planes de defensa meticulosamente trazados por el sultán.

Trabuhete.jpg

Jaffar se vio obligado a renunciar a su estrategia de resistir con firmeza el asalto de los caballeros y desgastarlos en una guerra de asedio; en su lugar tuvo que enfrentarse a ellos en campo abierto. Jaffar mandó invocar a los espíritus elementales de lo más profundo del desierto para que lucharan junto a sus ejércitos, confiando en que el sol del desierto y el miedo que inspiraba a sus hombres le procurasen la victoria. Pero los invasores ya habían aprendido a utilizar la magia y el sentido común para resistir los estragos del sol, manteniendo frías sus pesadas armaduras metálicas hasta el momento justo de entrar en combate. Aunque ambos ejércitos estaban igualados en número, los cruzados contaban con varios miles de caballeros equipados con armaduras de placas que cabalgaban a lomos de corceles igualmente acorazados; eran como una oleada de metal imparable, miles de toneladas de acero que aplastaban las livianas armaduras de los piqueros y espaderos del sultán.

Aquella carga, inmortalizada en numerosas leyendas y baladas, aplastó y dispersó por completo al ejército del sultán; la sangre tiñó de rojo aquel suelo rocoso, y aún hoy prevalece el color. El propio Jaffar fue muerto por una lanza bretoniana mientras huía del campo de batalla. Los caballeros sentían un celo justiciero que les impedía ser clementes, por lo que destruyeron todos los decadentes palacios del sultán, quemaron los libros de sus bibliotecas e hicieron añicos los ídolos de sus templos.

Después del ConflictoEditar

Caballero del Reino.jpg

Una vez muerto el sultán, las Cruzadas tocaron a su fin. Al no agradarles aquella tierra seca e inhóspita por ser demasiado extensa y hostil para poderla conquistar adecuadamente, los caballeros bretonianos, que componían más de la mitad del ejército, declararon que su honor había quedado satisfecho, regresaron a Copher y zarparon rumbo a su tierra en sus barcos con las bodegas cargadas de tesoros exóticos. Pero los caballeros imperiales no opinaban igual, pues en su juramento a Estalia habían incluido la promesa de una victoria más absoluta. En aquel punto, la Cruzada principal comenzó a dividirse en varias cruzadas menores mientras los diversos contingentes de caballeros se dedicaban a perseguir a los restantes soldados de Jaffar y a liberar hasta el último de los esclavos capturados en el Viejo Mundo.

Las Cruzadas duraron casi cien años durante los cuales el ejército del Imperio campó a través de los desiertos y montañas de Arabia en busca de venganza. Aunque las batallas más célebres (el asedio y saqueo de Copher y la batalla de El-Haikk) tuvieron lugar durante los dos primeros años de las Cruzadas, fue a lo largo del siglo de guerras posteriores cuando la mayoría de las órdenes imperiales de caballería obtuvieron riqueza, prestigio y renombre.

Uno de aquellos contingentes persiguió al resto del ejército del sultán hasta la región escarpada del sur de El-Haikk, en los alrededores de la ciudad montañosa de Martekk. Allí se enfrentaron a buitres gigantes capaces de apresar a un caballero blindado junto a su montura, y a feroces felinos que atacaban a todos los caballeros que se alejaban del grueso de su ejército. El contingente de cruzados buscó y mató hasta al último de los soldados supervivientes del ejército de Jaffar, sin mostrar ninguna piedad con aquellos árabes a los que consideraban asesinos fríos y sanguinarios.

Caballero Pantera Sabrethoot.png

A día de hoy los habitantes de aquellas montañas todavía narran entre susurros las historias de los caballeros de piel plateada que se adornaban con pieles de grandes felinos, agentes de venganza y justicia. Al regresar a su hogar, aquellos Caballeros Pantera formaron una hermandad, una orden rebosante de honor y riquezas, y el propio Emperador les concedió la independencia del Imperio.

Después de las Cruzadas, los caballeros veteranos que regresaron fundaron algunas de las más grandes órdenes de Caballería del Imperio, entre las que se incluyeron, además de los Caballeros Pantera, los Caballeros del León Dorado, los Caballeros Jaguar, y muchas más. Esto no fue del agrado de los cultos, pues anteriormente sus templarios habían sido las únicas órdenes de caballería formales, pero el oro Árabe compró el apoyo de los Condes Electores, que las reconocieron formalmente.

Los Caballeros del Sol Llameante, una nueva orden de caballeros imperiales que se habían convertido a Myrmidia durante las Cruzadas, eran la única orden no secular; pero como adoraban a una deidad extranjera, tampoco recibieron mejor aceptación.

FuentesEditar

  • Ejercitos Warhammer: Bretonia (5ª Edición).
  • Ejercitos Warhammer: Bretonia (6ª Edición).
  • Warhammer Fantasy JdR: Tomo de Salvación (2ª Ed. Rol).
  • Warhammer Fantasy JdR: Herederos de Sigmar (2ª Ed. Rol).
  • Warhammer Fantasy JdR: Hijos de la Rata Cornuda (2ª Ed. Rol).

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