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La Biblioteca del Viejo Mundo

Diluvio de Talabheim

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Nagash Gran Nigromante retornado Fin de los Tiempos.jpg

El Fin de los Tiempos

El trasfondo que puedes leer en esta sección o artículo se basa en la serie de libros de campaña y novelas de El Fin de los Tiempos, que recientemente ha sustituido la línea argumental de La Tormenta del Caos

Archaon Señor del Fin de los Tiempos.jpg


Jinetes maggoth orghotts.png

Orghotts Vómito de Demonio

Lejos al norte, los témpanos de hielo hechos pedazos del Golfo de Kislev se separaron ante la proa de un solitario navío de guerra enorme. No era un navío ordinario, sino el Vulfbite, una vez el gran buque insignia que había sido hundido frente a la costa Ostland. Los restos del barco podrido habían sido sacados del fondo del mar por los poderosos miembros del kraken al servicio del Señor de los Tentáculos, y depositado en la playa para los aliados de los Glottkin, los campeones de Pico Cuernohielo, para su uso.

Desde tiempos inmemoriales los bárbaros de Pico Cuernohielo habían rendido culto a Nurgle. No eran ajenos al otro mundo en el que vivía su maestro, ya que el Reino del Caos menguaba y volvía a fluir a través del Pico Cuernohielo con cada década que pasaba. Los guerreros que vivían allí estaban tan endurecidos por sus terribles experiencias que se veían a sí mismos como una docena de hombres inferiores, y muchos tenían razón para hacerlo.

Entre los líderes de la tribu Cuernohielo había tres hombres que tenían el favor especial del Señor de la Decadencia. Todos estaban bendecidos con una fuerza tan poco natural que habían llegado a tener varios siglos de edad, con sus cuerpos siendo ahora confusiones delirantes de la plaga hecha carne. El primero entre ellos era Orghotts Vómito de Demonio, conocido en el norte como el Rey Bastardo debido a su naturaleza mitad demoníaca mitad humana. En segundo lugar estaba la cáscara infestada de gusanos conocida como Bloab Engendropodrido, el señor de las moscas demonio, que habían utilizado sus fétidos hechizos llenos de gusanos al lado Orghotts durante la Batalla de la Puerta de Kislev en 2303. El tercero era Morbidex Dos Veces Nacido, maestro de nurgletes, un jovial guerrero acompañado en todo momento por enjambres de ácaros demoníacos. Con la oportunidad de conquista dada por el Elegido, estos campeones estaban ansiosos por reclamar las tierras del sur, en nombre de su amo.

Otto Glott había ordenado a estos tres campeones alcanzar el Torreón de Latón en las Montañas Centrales y alistar a su causa los adoradores de Nurgle que la guarnecían. Orghotts estaba deseoso de aceptar este deber, dispuesto a cimentar aún más su lugar en el favor de Nurgle.

Al dirigir una invasión atrevida en el corazón del Imperio, esperaba hacer caso omiso de su persistente mortalidad y convertirse en un demonio en pleno derecho.

Hambrientos de gloria, y poco inclinados a compartir con el resto de su tribu, los tres campeones montaron sobre los pox maggoths de largos brazos que utilizaban como monturas y rápidamente embarcaron.

El casco del Vulfbite había visto mucho mejores días, pero era lo suficientemente sólido para los propósitos de Orghotts. La hechicería de Bloab Engendropodrido entrelazó juntas las costillas de su casco, creciendo gruesas paredes de carne fétida sobre ellas, mientras que las velas frescas de piel de mamut fueron alzadas con el fin de aprovechar los fuertes vientos. Las bestias kraken de Spume escoltaron el buque con seguridad alrededor de la costa de los yermos del norte, incluso atacando a los galeones Imperiales y los barcos águila élficos que se esforzaron para interceptarlo. En el espacio de una semana, el Vulfbite había tocado tierra en el Golfo de Kislev.
Jinetes maggoth montañas pico cuernohielo.png

Los Jinetes Maggoth atravesando las Montañas Centrales

Mientras que la armada Glottkin tenía miles de miembros de las tribus tatuadas en sus bodegas, y donde Gutrot Spume lideraba la élite acorazada de sus seguidores Norscas, la fuerza de Vómito de Demonio estaba compuesta nada más que por tres guerreros. Sin embargo, eran hombres cuyas tierras estaban tan al norte, tan cerca del reino siempre cambiante del Caos, que estaban impregnados de su poder.

Con sólo una única nave a su disposición, Orghotts y sus hombres dieron un gran rodeo a las fortalezas costeras de Ostland repletas de baterías de cañones. En su lugar desafiaron al Golfo de Kislev, la una vez orgullosa tierra ya había sido abatida por las invasiones en los últimos años.

Una vez que habían desembarcado del Vulfbite cerca de la asediada Erengrado, los jinetes se dirigieron directamente más allá de sus cúpulas doradas, en dirección sur-oeste hacia Talabheim. Después atajarían a través de los bosques de Ostland, cruzando las Montañas Centrales y buscando refuerzos en el Torreón de Latón, los jinetes de Cuernohielo pretendían converger en Altdorf desde el este, pasando por alto muchas de las defensas del Imperio y atacar en Geheimnisnacht.

Mientras los guerreros de Orghotts se abrían camino a través de la tundra al oeste de Erengrado, los exploradores de esa maltratada ciudad informaron de su presencia a sus boyardos. Los capitanes kislevitas optaron por dejar pasar a los extraños vagabundos en lugar de presentarles batalla, no fuera que buscaran una plaga sobre los ciudadanos que estaban jurando proteger.

Con los veteranos de Erengrado concentrados en su propia defensa, los jinetes de Orghotts Vómito de Demonio eran libres para atravesar a través de las Montañas Centrales hacia el corazón del Imperio sin obstáculos. Siguiendo el Golfo de Kislev hasta su punto más al sur, habían pasado por alto no sólo a las defensas costeras de Ostland, sino también el bosque denso en su límite norte.

Aunque Orghotts esperaba llegar a Altdorf en el equinoccio de otoño a tiempo para el gran ataque de los Glottkin, el caudillo no podía esperar otra estación para derramar sangre. En lugar de esperar a Geheimnisnacht, tenía la intención de llevar la guerra y la desesperación siempre que pudiera - tan pronto como hubiera reforzado su fuerza con los hombres del Torreón de Latón, la muerte empezaría en serio.

Con sólo dos caudillos a su lado, era una perspectiva ambiciosa atacar a una sola ciudad, por no hablar de una de las grandes ciudades-fortaleza del Imperio. Y sin embargo, la ambición era algo que tenía Orghotts en gran medida - la ambición, y la determinación de demostrar que era tan poderoso como cualquier demonio de verdad.

Nota: Leer antes de continuar - Terminando el Trabajo

A medida que los jinetes de Pico Cuernohielo se infiltraban en el norte del Imperio, el Mortarca Vlad von Carstein seguía el curso de la carretera Stir sobre su corcel esquelético. Las nobles facciones del jinete con capa se torcieron en una máscara de disgusto. Hacía unos pocos días, los espías de Vlad le habían dicho que los ejércitos invasores que asolaban el norte del Imperio se habían perdido en las montañas o en la extensión del Drakwald, por lo tanto las fuerzas del Dios de la Plaga habían sido neutralizadas. Sin embargo, a su regreso del Bastión Áurico se sorprendió al descubrir que los bosques de sus tierras ancestrales se habían transformado.

Donde antes había tramos de bosque sombríos en los que un alma podía esconderse de las miradas indiscretas, ahora era una maraña enorme de enredaderas espinadas tan espesa que casi ocultaba el alero por completo. Se derramaban sobre los caminos y carreteras como un nido de plantas trepadoras, arrastrándose sobre sí mismas en su prisa por reclamar más tierra. Algunas de las enredaderas más gruesas incluso se estiraban lentamente hacia Vlad cuando sentían su paso, con puntas negras palpando el aire en busca de su carne. Con una mueca de disgusto, Vlad se mantuvo a distancia de los zarcillos buscadores. El vampiro no tenía ningún deseo de participar en una poco digna lucha contra una mera planta, ni acabar como los cadáveres que salpicaban el bosque de enredaderas.

Aquí y allá colgaban cuerpos en descomposición en la masa, colgando por docenas como el sueño de un verdugo. Los que llevaban largo tiempo muertos estaban presentes en gran número; Vlad incluso reconocía los signos de la influencia de su maestro Nagash sobre muchos de los cadáveres. Pocas semanas después de que las energías de la no muerte se derramaran por las tierras, habían sido bloqueadas por una planta sobrenatural que contaminó la mayoría del bosque cada día. Una gran magia se había liberado, y las fuerzas caóticas de la vida reclamaban las tierras de los muertos.

Era una perspectiva que llevaba mal el vampiro, incluso si los vivos habían caído en desgracia junto a los muertos con los crecimientos extraños. Algunos de los cadáveres habían fallecido más recientemente - campesinos y vigilantes de caminos, por el aspecto de los mismos. Había incluso cadáveres de los mutantes con cabeza de bestia aquí y allá. No eran una gran pérdida para los maestros de la no-muerte, ya que las tribus bestiales eran rebeldes en el mejor de los casos. Sin embargo, las implicaciones para el futuro eran graves.
Portador de plaga.jpg

Portador de Plaga

Cada uno de los cuerpos colgados en la masa de vegetación tenía una apretada enredadera envuelta firmemente alrededor de su cuello y un zarcillo empujando en su boca.

Los fallecidos más recientemente tenían varias puntas de enredaderas hundidas en su carne. Para alguien como Vlad, era obvio que la vegetación sobrenatural se alimentaba de sus cautivos de la misma forma que un gran parásito chupasangre. El acto era una burla a la maldición del vampiro. A pesar de que Vlad había logrado trascender las peores limitaciones de su condición a través de la alimentación de su espada, era todavía más ofensivo para los ojos.

Pronunciando una frase corta en nehekhariano, Vlad se hizo tan insustancial como la niebla. Con un esfuerzo de voluntad, flotó desde la carretera y se acercó a los zarcillos. Esta vez, ignoraron por completo su presencia, mientras se entretenían con su crecimiento lento pero constante. Intrigado, Vlad sacó la forma sombría de su espada bebedora de sangre de su vaina, y cortó una de las ramas más gruesas de la colosal enredadera espinada que ahogaba el bosque. Un maligno olor podrido se fugó, con su hedor venenoso tan poderoso que Vlad retrocedió incluso en su forma de espíritu.

Esta no era la magia humana - para lograr una inmundicia tan pura se necesitaba algo mucho más poderoso. Desataba la vida, de manera incontrolable, consumiendo e imponiéndose sobre los que trataban de imponer el orden en el mundo. Sólo podía provenir de una fuente - los agentes del Caos.

Flotando una vez más hacia atrás al borde de la carretera, Vlad terminó su hechizo y se montó en su montura, impulsándolo hacia el norte una vez más con un movimiento de su mente. Aunque Sylvania era resistente debido a la magia maléfica en la propia tierra, el resto del Imperio estaba en peligro de ser completamente consumido por el Caos. Aunque le irritaba abandonar sus tierras después de tantos siglos de cultivo cuidadoso, Vlad estaba resuelto a luchar por su reino adoptivo en su lugar. Un mayor premio estaba en juego - pensó para sí mismo. A partir de los informes de sus agentes, la plaga de enredaderas espinadas no era la única maldición que afectaba a las provincias.

Increíblemente, se estaba volviendo obvio para Vlad que la guerra en el Bastión Áurico no había sido más que un señuelo. Mientras que la atención de los vástagos del orden se centraba en la frontera de Kislev, el ataque real al Viejo Mundo iba a venir desde dentro. Agentes desconocidos estaban debilitando sigilosamente todo el Imperio, en preparación para la gran invasión. Tendría que tomarse cartas en el asunto, no fuera que los tontos del mundo civilizado se dieran cuenta del peligro demasiado tarde, y permitieran que su reino cayera en las manos de los dioses oscuros. Si esto ocurriera, sería probable que nunca encontrara a su amor perdido Isabella. Peor aún, la obediencia y el control se convertirían en nociones anticuadas - un destino contrario a todo lo que Vlad se había esforzado en conseguir.

El caballo esquelético se detuvo en el centro de la carretera. Vlad volvió a mirar la atrocidad enmarañada que se había traído a sus tierras ancestrales. Había llegado el momento de devolver el golpe. El vampiro sacó un pequeño pergamino de su sobrevesta, se pinchó una vena con una larga pluma y escribió una segunda oferta de alianza a los señores mortales del Imperio.

Nota: Leer antes de continuar - La Carta de Vlad

Cuando la primavera dio paso al verano, las nuevas de terribles maldiciones que afectaban al reino de Karl Franz comenzaron a extenderse. Con el musgo de tumba asfixiando los ríos y las enredaderas espinadas reclamando los caminos forestales, hebras de rumoreada lucha estaban siendo cosidas juntas en un tapiz de desastres. Los pueblos y ciudades que habían prosperado previamente detrás de altos muros y empalizadas estaban ahora en las garras de las cada vez más malignas enfermedades. Incluso el comerciante más codicioso temía aventurarse en las zonas frecuentadas por la enfermedad, y los barqueros tenían la más grande de las precauciones cuando el atraque estaba en las garras de la plaga no fuera que se propagara sin querer aún más.

Aquellos desafortunados que habían bebido del Reik pronto acabaron cubiertos de musgo de tumba completamente, enfermando y muriendo en cuestión de días. Con la excepción de las Hermanas de Shallya, los que corrieron en su ayuda se encontraron en las garras de la misma maldición. El Reik fluía negro, y el Talabec se volvía más oscuro cada día. La carne de los que vivían en las riberas del río se volvió oscura también, y los leprosos del musgo extendieron la maldición aún más en su búsqueda de ayuda. Los que huyeron hacia territorio más seguro pronto fueron agarrados por las enredaderas espinadas que obstruían los caminos y los bosques de todo el país.

El terror puro se extendía al lado de las plagas, ya que los muertos no habían dormido fácil desde la resurrección de Nagash, y con tantos caídos por la enfermedad el acto de enterrar adecuadamente era un recuerdo lejano. A medida que los efectos de la magia oscura se mezclaban con la desesperación, los brotes de canibalismo se extendían por las provincias. Ante de que pasara mucho tiempo los ciudadanos del Imperio estaban cayendo sobre sí mismos con odio y miedo, con los pueblos y municipios en conflicto entre sí mientras los efectos traumáticos de las plagas reclamaban muchas más vidas que las propias enfermedades.

En cuanto a los caballeros de Bretonia, también habían aprendido sobre los terrores que asaltaban el Imperio. Louen Leoncoeur había regresado de Aguja de Plata a la altura de primavera, con sangre, pero desafiante después de su derrota y cercana muerte a manos de Mallobaude, para servir como mano derecha del caballero verde. Apenas se había limpiado la sangre rancia de su armadura antes de que la petición de ayuda de Helborg llegara a sus cuarteles. Louen pasó muchas horas en oración a la Dama antes de ajustarse su armadura de placas una vez más, reuniendo a todos los caballeros sanos, y cabalgando para aliviar al Imperio de las fuerzas oscuras que lo asaltaban.

Mientras los campeones de Bretonia marchaban a Altdorf, Orghotts Vómito de Demonio y sus campeones se habían abierto camino a través de la nieve de las Montañas Centrales. Habían sido atacados por ventiscas de hielo, quimeras de pelaje blanco y bandadas de águilas chirriantes, pero no habían sido disuadidos. Convergiendo sobre el Torreón de Latón poco antes de la temporada de verano, cruzando espadas con la fétida guarnición de la ciudadela caída, una tribu cuyo propio recorrido hacía mucho tiempo que había jurado lealtad a Nurgle. La sangre contaminada por demonios de Orghotts era prueba suficiente de su gracia a los ojos de su mutuo patrón, y pronto los atrajo a su causa con la promesa de una tierra gobernada por el desorden y la lucha.

La mitad del verano de 2525 vio a las lunas gemelas enfrentarse en los cielos. Un terrible ritual se llevaba a cabo por debajo de ellos, mientras miles de hombres bestia se retorcían en los bosques estrangulados. Balando, sangrado, y dándose un festín en masa, su orgiástico estruendo reverberó a través de las tierras. En los cielos, la cara de Mannslieb estaba oculta en parte por la Luna del Caos, un anillo de luz con un corazón de oscuridad. Coordinando la celebración oscura estaba el Heraldo, de pie con los brazos levantados encima de un dolmen cubierto de runas de araña. Detrás de él estaba el montículo de cadáveres más alto del Drakwald, con la piedra de manada oculta en su corazón por un recubrimiento de extremidades rotas. El olor que salía de la fosa común era insoportable para la mayoría, pero para el Chamán del Rebaño, sólo anunciaba la gloria por llegar.

Cuando el eclipse alcanzó su cenit, el Heraldo tomó un frasco de sangre demoníaca de su túnica y transfirió tres gotas a sus puntiagudos labios negros. Un momento después convulsionó y farfulló la lengua oscura en una corriente de la glotis, con sus sílabas fluyendo más libres que la propia voz. La sangre corrió entre los dientes y cayó por la maraña de su barba como la cola de una rata.

Muy por encima de la orgía, algo se retorcía en el centro de la cara de Morrslieb. Zarcillos delgados de luz verdiblanca brillaban a la existencia, retorciéndose en los cielos como serpientes enfermizas que salían de un pozo. Cada uno de ellos descendió a una parte separada del bosque, la mayoría de ellos enrroscándose hacia abajo para tocar el montículo de cadáveres en el corazón del claro.

El mundo se volvió en blanco y negro mientras el monolito en el interior del montículo ardió con un blanco sorprendente durante largos segundos, antes de explotar en una ola de fuerza tectónica. Una titánica explosión resonó a través del Drakwald mientras más de un centenar de piedras de manada detonaban simultáneamente, cada una siendo sustituidas por portales brillantes al otro mundo.

Un calor pulsante emanaba donde la piedra de manada se había alzado. A medida que el zumbido en los oídos de los hombres bestia se calmaba poco a poco, un zumbido de voces inmortales se levantó en su lugar. Apagadas campanas sonaron en celebración y un millón de gordas moscas demonio giraron a medida que se derramaban en la realidad. La vista volvió a los hombres bestia al borde del claro en primer lugar. Sus bocas abrieron sus flojas mandíbulas boquiabiertos, los hombres bestia gruñeron, a continuación rebuznaron y por último rugieron sus alabanzas a los dioses a la procesión delante de ellos.

Veintena tras veintena de gordos demonios de piernas arqueadas brotaron hacia fuera del agujero en la realidad en forma de piedra de manada que había sido evocado por el ritual del Heraldo. Su número era interminable, y su hedor era increíble. Cada una de las cosas horribles tenía un ojo, un cuerno, y un propósito - marcar el comienzo de una época de peste que nunca terminaría.

Nota: Leer antes de continuar - El Sueño de Martak

Orghotts Vómito de Demonio cabalgó a través de las Montañas Centrales a principios del otoño de 2525. Acostumbrado a Pico Cuernohielo, donde la realidad misma estaba a menudo bajo asedio, sus campeones hicieron poco esfuerzo en las montañas prohibidas que se elevaban desde el bosque profundo de Ostland. Sus maggoths clavaron garras duras como el hierro en la piedra antigua, franqueando el terreno escarpado con la misma facilidad con la que los grandes simios se balanceaban a través de la selva. Aquí y allá caían guijarros, a veces empezando pequeñas avalanchas, pero los pox maggoths estaban siempre un paso por delante. Llevaban no sólo a los señores de la tribu Cuernohielo, sino también a los guerreros conocidos como los Repugnautas reclutados en el Torreón de Latón. Cada uno tenía su espada clavada en la piel insensible del maggoth que lo llevaba para mantenerse firme, con su hedor bendecido por Nurgle asegurando que las bestias voraces no se limitaran a devorarlos.

La pequeña fuerza de Vómito de Demonio estableció un ritmo incansable a través de las Montañas Centrales. Al igual que los Glottkin habían anticipado, no había mejor fuerza en todo Norsca para franquear las montañas hacia el corazón del Imperio. A pesar de que estaban en un punto al descubierto para los ojeadores de Ostland de vista aguda, el pequeño número de los jinetes Cuernohielo les impidió recibir cualquier represalia importante por el ya fuertemente presionado Imperio. Su ruta de acercamiento, que ningún general cuerdo habría considerado posible, vio a los jinetes maggoth alcanzar los bosques que rodeaban Talabheim en cuestión de meses. Un ejército normal habría necesitado la mayor parte de un año para hacer el mismo viaje.

Talabheim es conocida como el Ojo del Bosque, ya que es una bolsa de seguridad en medio de un una zona natural salvaje infestada de monstruos. Una ciudad construida dentro de las paredes de la caldera de un volcán gigante inactivo, es una fortaleza natural en la que existe una sola entrada; un túnel sinuoso vigilado por el asentamiento fortificado conocido como Talagaad. Desde el surgimiento de la no muerte a través de las tierras y los rumores generalizados de la peste, Talagaad había sido defendido por una gran parte de las tropas estatales de la ciudad y un gran destacamento de la guardia personal del Conde Elector. Estaba cerrada, bloqueada e incluso sellada mágicamente contra los terrores del bosque, ya que Talabheim tenía sus propias granjas dentro de las murallas del cráter, y su gente se contentaba con sobrevivir por su cuenta, mientras que la confusa tormenta rugía.

Las defensas eran poco desafío para Orghotts y sus hombres. Con bestias de guerra como las suyas, los jinetes Cuernohielo simplemente esperaron hasta la noche, y luego espolearon sus monturas maggoth escalando la pared exterior del gigantesco cráter hacia las almenas en su parte superior. Cuando llegaron a los bajos de las almenas de Talabheim, los jinetes maggoth esperaron hasta el cambio de guardia, y entonces lanzaron su ataque.

Los soldados vigilando las murallas estaban mal preparados para el baño de sangre que se avecinaba. El maggoth de Morbidex Dos Veces Nacido, Triplelengua, rodó a lo largo de la pared del cráter, arrojando a sus defensores a una muerte rocosa. La propia montura de Engendropodrido vomitó aerosoles demoníacos de vitriolo sobre cualquiera que trató de huir. Orghotts rugió en alabanza a Nurgle mientras sus hachas podridas se hundían en cuellos a izquierda y derecha, con cada cabeza decapitada rebotando hacia abajo hasta los barrios pobres.

En cuestión de minutos los jinetes Cuernohielo se deslizaban por las paredes internas del cráter de Talabheim, con los Repugnautas del Torreón de Latón manteniéndose cerca detrás de ellos. La rapidez inesperada de su ataque había tomado a muchos de los defensores de la ciudad por sorpresa. Sin embargo, ese mismo día, la Guardia de Caldera de Talabheim había sido advertida por el hechicero celeste Gerovangion de un posible ataque por la noche. Los jinetes maggoth apenas llegaron a las barracas del borde de la ciudad cuando los virotes y flechas volaron hacia ellos.
Epidemius fin de los tiempos.png

Epidemius, Archivista de Nurgle

A medida que la fuerza cargaba a través de las calles de la ciudad se encontraron con regimientos enteros de tropas estatales formando para bloquear su camino. Al principio, los soldados proporcionaban poco impedimento, ya que cuando las cargas devastadoras de Orghotts estaban hermanadas con las conjuraciones agusanadas de Bloab y la guadaña cortante de Morbidex eran imposibles de detener. Monstruo y hombre derribaban por igual a sus enemigos por docenas, con los maggoths cortando con garras mortales a través de muros de escudos y formaciones de lanzas allí donde las tropas estatales trataban de bloquear su camino.

Sin embargo, incluso la tribu Cuernohielo tenía sus límites. Cada lanceada, cada alabarda que cortaba minaba un poco más la fuerza de su precipitado asalto. Aunque habían dejado un rico paisaje de cadáveres detrás de ellos, poblados por Nurgletes que se habían levantado en la estela de Morbidex Dos Veces Nacido, los jinetes habían despertado a la ciudad con su presencia.

Las calles estaban siendo barricadas lentamente con fuego o con espadas. Las cargas de caballería de las órdenes de caballería de la ciudad derribaron a muchos de los Repugnautas cargando a través del distrito del templo, con sus primeras filas atravesadas por una docena de lanzas incluso cuando sus refuerzos eran derribados por los famosos arcabuceros Balas de Bronce. Los restos de los caídos fueron quemados en piras improvisadas por los cazadores de brujas de la ciudad, con el hedor grasiento enviando de un mensaje de que la invasión podría ser detenida.

Con sus auxiliares cayendo lentamente a su alrededor, y una de las ciudades más grandes del Imperio unida en contra de su magra fuerza de invasión, Orghotts Vómito de Demonio dio la señal de retirada. Varios de los guerreros del Torreón de Latón lo ignoraron, demasiado preocupados para prestar atención a sus llamadas. El resto lo siguieron hacia la noche, retirándose bajo un intenso fuego para saltar sobre los muros de la ciudad y escapar. Apenas la mitad de los invasores regresaron de nuevo a la línea de árboles, aunque cuando lo hicieron, se encontraron con una sorpresa muy bienvenida.

Marchando por los alrededores de la frontera de Talabheim había una procesión de demonios de la plaga tan numerosa que el aire por encima de ellos estaba sofocado con moscas. El ruido metálico de los cascabeles de leprosos y el zumbido monótono de incontables Portadores de Plaga llenaron el aire de la noche mientras el carnaval de la peste marchaba por el bosque. El más antiguo de ellos instaba adelante a sus monturas zánganos de la plaga dando sacudidas de muchas patas a gran velocidad, renunciando a los cielos en favor de un acercamiento a cubierto por el espeso dosel del bosque. Bestias parecidas a babosas de Nurgle retozaban y oscilaban continuamente entre los troncos de los árboles, dejando charcos de baba de amoníaco detrás de ellos en su emoción. Al frente de ellos estaba el Rey agusanado Epidemius, llevado sobre un palanquín de Nurgletes.

Con una gran sonrisa, Orghotts Vómito de Demonio dirigió su maggoth hacia Epidemius. Inclinó la cabeza mientras se acercaba, pidiendo disculpas por la interrupción de los trabajos del Archivista, pero advirtiéndole de las muchas defensas de la ciudad. La región estaba fortificada y lista para la batalla, y sus murallas eran altas. Las tropas a pie, incluso las de naturaleza demoníaca, serían de poca utilidad para su conquista. Era probable hordas del Archivista hubieran marchado hacia una presa imposible.

Epidemius posó su pluma con exagerada lentitud, mirando a Orghotts como si lo viera por primera vez. En sílabas graves y sonoras, el escriba postuló un enigma. Si Talabheim no podía ser superada, dijo, ¿cómo podrían obligar a sus ciudadanos a venir hacia ellos?

Al descender de su palanquín, Epidemius rodeó el maggoth de Orghotts en un amplio círculo, tomando notas en una piel de pergamino a su paso. Llegó hasta el paquete en el que se mantenía la vasija de plaga de los Glottkin, y tocó la tela con una larga uña. En el interior estaba la clave. Llenar la ciudad de peste, y los defensores de Talabheim vendrían hacia ellos.

Antes de que las lunas hubieran llegado a su cenit en el cielo, Orghotts había supervisado la construcción de una gran pira fuera de los muros Talabheim, con la madera húmeda y la descomposición utilizada en su construcción emitiendo una gran cantidad de humo. Estos fuegos eran comunes a la tribu Cuernohielo - hasta que su maestro vertió el contenido de la vasija de peste en la quemada madera. A continuación, la devanada columna de humo se convirtió en un torbellino de espesa nube blanca que se hinchaba más y más alta hasta que se formó una nube de tormenta por encima de los aleros del bosque. Las cargadas nubes desataron una tormenta de llovizna, y luego - mientras se formaba un líquido de color blanquecino a partir de las nubes - un diluvio.

Epidemius rió largo y bajo mientras malignos chubascos de pus y sangre infecta golpeteaban los techos de Talabheim y horrorizaban a los que se habían creído a salvo dentro de sus murallas. El fenómeno era tan intenso, tan implacable, que las personas se dejaron llevar por el pánico. Mientras las alcantarillas y desagües de la ciudad del cráter se desbordaban, la naturaleza autónoma de Talabheim se estaba volviendo contra ella. Los distritos exteriores pronto se obstruyeron con ciudadanos gritando, y las calles de la ciudad comenzaron a llenarse, pulgada a pulgada. En poco tiempo, los fluidos de color blanco amarillento que inundaban las calles alcanzaron los tobillos, y después cubrieron las rodillas.

El olor de los líquidos infectados bastaba por sí solo para minar el valor de mucha de la gente de Talabheim, y muchos de los respetables ciudadanos se peleaban los unos con los otros en su confusión. Sin embargo, la mayoría recurrió al más básico de los instintos y huyó, escalando las murallas del cráter para escapar del horror de debajo.

Los líderes militares de Talabheim, suponiendo con razón que la causa del diluvio era obra de los invasores que habían rechazado, comandaron tantos regimientos como pudieron para la próxima lucha. Sonando sus clarines de guerra por encima del estruendo de la tormenta, salieron en masa de Talagaad para cazar y destruir a sus perseguidores.

De este modo, se dirigieron directamente a las fauces de la trampa de Epidemius.

ORIGINAL:

Far to the north, the shattered ice floes of the Gulf of Kislev parted before the prow of a single massive warship. This was no ordinary vessel, but the Vulfbite, a once-grand flagship that had been sunk off the Ostland coast. The rotten vessel’s remains had been pulled from the sea bed by the mighty limbs of kraken in the service of the Lord of Tentacles, and deposited on the beach for the Glottkin’s allies, the champions of Icehorn Peak, to press into service.

For time immemorial the barbarians of Icehorn Peak had given worship to Nurgle. They were no strangers to the otherworld in which their master dwelt, for the Realm of Chaos ebbed and flowed across Icehorn Peak with each passing decade. The warriors that lived there were so toughened by their ordeals that they fancied themselves the equal of a dozen lesser men, and many were right to do so.

Amongst the Icehorn tribe’s leaders were three men that bore the especial favour of the Lord of Decay. All were blessed with such unnatural resilience that they had reached several centuries of age, their bodies now surreal confusions of plague made flesh. The first amongst them was Orghotts Daemonspew, known in the north as the Bastard King because of his half-daemonic nature. Second was the maggot-infested shell known as Bloab Rotspawned, the lord of the daemonflies, who had cast his foetid maggot-spells at Orghotts’ side during the Battle of Kislev’s Gate in 2303. The third of their number was Morbidex Twiceborn, master of nurglings, a jovial warrior accompanied by swarms of daemon- mites at all times. Given a chance at conquest by the Everchosen, these champions were anxious to claim the southern lands in their master’s name.

Otto Glott had charged these three champions with reaching Brass Keep in the Middle Mountains and enlisting to their cause the Nurgle-worshippers that garrisoned it. Orghotts was eager to accept this duty, keen to further cement his place in Nurgle’s favour.

By leading a daring invasion into the heart of the Empire, he hoped to shrug off his lingering mortality and become a fully-fledged daemon.

Hungry for glory, and ill-inclined to share it with the rest of their tribe, the three champions rode out on the long-limbed pox maggoths they used as steeds and swiftly made ship.

The Vulfbite’s hull had seen far better days, but it was sound enough for Orghotts’ purposes. Bloab Rotspawned’s sorceries wove together the ribs of its hull, growing thick walls of noisome meat upon them, whilst fresh sails of mammut-skin were raised in order to harness the fierce winds. Spume’s kraken-beasts saw the vessel safe around the coastline of the northern wastes, even attacking those Empire galleons and elven eagle ships that strove to intercept it. Within the space of a week the Vulfbite had made landfall in the Gulf of Kislev.

Where the Glottkin armada had thousands of tattooed tribesmen in its holds, and where Gutrot Spume had led the armoured elite of his Norscan followers, Daemonspew’s force was comprised of but three warriors. Yet they were men whose homelands were so far north, so close to the ever-shifting Realm of Chaos, that they were suffused with its power.

With only a single ship at their disposal, Orghotts and his men gave the cannon batteries boasted by Ostland’s coastal fortresses a wide berth. Instead they braved the Gulf of Kislev, for much of that once-proud land had already been brought low by invasions in recent years.

Once they had debarked from the Vulfbite near embattled Erengrad, the riders headed straight past its gilded domes, heading south-west towards Talabheim. After cutting through the Ostland forests, crossing the Middle Mountains and seeking reinforcements at Brass Keep, the Icehorn riders intended to converge upon Altdorf from the east, bypassing many of the Empire’s defences and attacking at Geheimnisnacht.

As Orghotts’ warriors made tracks across the tundra west of Erengrad, the scouts of that battered city reported their presence to their boyars. The Kislevites captains opted to let the strange wanderers pass rather than give them battle, lest they invite a plague upon the citizens they were sworn to protect.

With the veterans of Erengrad looking to their own defence, Orghotts Daemonspew’s riders were free to cut through the Middle Mountains towards the heartland of the Empire unimpeded. By following the Gulf of Kislev to its southernmost point, they had bypassed not only Ostland’s coastal defences, but also the dense forest of its northern reaches.

Though Orghotts hoped to reach Altdorf by the autumn equinox in time for the Glottkin’s grand attack, the chieftain could not wait yet another season to shed blood. Rather than waiting for Geheimnisnacht, he intended to bring war and despair wherever he could - as soon as he had bolstered his force with the men of Brass Keep, the killing would start in earnest.

With only two chieftains at his side, it was an ambitious prospect to assail a single town, let alone one of the Empire’s great fortress-cities. And yet ambition was something that Orghotts had in great measure - ambition, and a determination to prove himself as powerful as any true daemon. 

As the riders of Icehorn Peak infiltrated the north of the Empire, the Mortarch Vlad von Carstein followed the course of the Stir Road upon his skeletal steed. The cloaked rider’s noble features were twisted into a mask of distaste. Only a few days hence, Vlad’s spies had told him that the invading armies harrying the north of the Empire were lost in the mountains or the reaches of the Drakwald, and hence the forces of the Plague God neutralised. Yet upon his return from the Auric Bastion he was shocked to find the forests of his ancestral lands had been transformed.  

Where there were once stretches of shadowy forest in which a soul could hide from prying eyes, there was now a massive tangle of throttlevines so thick they all but hid the eaves completely. They spilt over the paths and roads like a nest of creeper- plants, crawling over themselves in their haste to claim more land. Some of the thicker vines even stretched slowly towards Vlad as they sensed his passage, black tips tasting the air and seeking his flesh. Grimacing in disgust, Vlad kept his distance from the questing tendrils. The vampire had no wish to engage in an undignified struggle against a mere plant, nor to end up like the corpses that dotted the forest of vines.  

Here and there decomposing bodies hung in the mass, dangling by the dozen like a hangman’s dream. The long-dead were present in great number; Vlad even recognised the signs of his master Nagash’s influence upon many of the corpses. Mere weeks after the energies of undeath had spilled across the lands, they had been stymied by a supernatural plant that polluted more of the forest every day. A great magic had been set loose, and the chaotic forces of life were claiming the lands from the dead.  

It was a prospect that sat ill with the vampire, even if the living had fallen foul of the strange growths alongside the dead. Some of the cadavers were more recently deceased - peasants and roadwardens, by the look of it. There were even the corpses of beast¬headed mutants here and there. No great loss to the masters of undeath, for the bestial tribes were unruly at the best of times. Yet the implications for the future were severe.  

Every one of the bodies hung in the mass of vegetation had a constricting vine wrapped tight around its neck and a tendril pushing into its mouth.  

Those that were the most recently deceased had several vine-tips sunk into their flesh. To one such as Vlad, it was obvious that the unnatural vegetation was feeding on its captives in the manner of some great bloodsucking parasite. The act was a mockery of the vampire’s curse. Even though Vlad had managed to transcend the worst limitations of his condition via his feeding-sword, it was still most offensive to his eyes.  

Incanting a short phrase in Nehekharan, Vlad became as insubstantial as mist. With an exertion of will, he floated from the road and drew in close to the tendrils. This time, they ignored his presence altogether, busying themselves with their slow but constant growth. Intrigued, Vlad pulled the shadow- form of his sword Blood Drinker from its scabbard, and cut one of the thickest branches of the colossal throttlevine that choked the forest. A vile-smelling sap leaked out, its poisonous stench so powerful that Vlad recoiled even in his spirit form. 

This was not the magic of mankind - to achieve such raw foulness would take something far more powerful. Unbound life, spreading uncontrollably, consuming and taking over those who tried to impose order on the world. It could only come from one source - the agents of Chaos.  

Floating backwards to the roadside once more, Vlad ended his spell and mounted his steed, spurring it north once more with a flick of his mind. Though Sylvania was likely resistant due to the malefic magic grounded there, the rest of the Empire was in danger of being entirely consumed by Chaos. Though it galled him to leave his lands behind after so many centuries of careful cultivation, Vlad resolved to fight for his adoptive realm instead. A greater prize was at stake - order itself. From the reports of his agents, the plague of throttlevines was not the only curse affecting the provinces.  

Incredibly, it was becoming obvious to Vlad that the war for the Auric Bastion had been but a decoy. Whilst the attention of the scions of order was focused on the Kislev border, the real attack upon the Old World was coming from within. Unknown agents were stealthily weakening the entire Empire in preparation for the grand invasion to come. Action would have to be taken, lest the dullards of the civilised world realise their peril too late, and allow their realm to fall into the hands of the Dark Gods. Should that happen, he would likely never find his lost love Isabella. Worse still, obedience and control would become outmoded notions - a fate contrary to everything Vlad had strived for.  

The skeletal steed halted in the centre of the road. Vlad looked back at the tangled atrocity that had claimed his ancestral lands. It was time to strike back. The vampire pulled a small parchment from his surcoat, pricked a vein with a long quill, and penned a second offer of alliance to the Empire’s mortal lords.  

As spring turned to summer, word began to spread of terrible curses affecting Karl Franz’s realm. With grave-moss choking the rivers and throttlevines claiming the forest roads, strands of rumoured strife were being stitched together into a tapestry of disaster. The villages and towns that had previously thrived behind tall walls and palisades were now in the grip of progressively viler maladies. Even the greediest merchant feared to venture into reaches haunted by disease, and boatmen used the greatest of caution when the land was in the grip of plague lest they inadvertently spread it further.  

Those unfortunates who had drunk from the Reik soon became covered in grave-moss themselves, sickening and dying within a matter of days. With the exception of the Sisters of Shallya, those that rushed to their aid found themselves in the grasp of the same curse. The Reik flowed black, and the Talabec was turning darker by the day. The flesh of those that lived by the riverbanks turned dark too, and the moss-lepers spread the curse even further as they searched for help. Those who fled for safer territory were soon snatched up by the throttlevines that choked the roads and forests across the land.  

Sheer terror spread alongside the plagues, for the dead had not slept easy since Nagash’s resurrection, and with so many fallen to sickness the act of proper burial was a distant memory. As the effects of dark magic mingled with desperation, outbreaks of cannibalism spread across the provinces. Before long the citizens of the Empire were falling upon themselves in hatred and fear, villages and townships warring with each other as the traumatic effects of the plagues claimed far more lives than the diseases themselves.  

As for the knights of Bretonnia, they too had learned of the terrors that assailed the Empire. Louen Leoncoeur had returned from Silverspire at the height of springtide, bloody but defiant after his defeat and near¬death at the hands of Mallobaude, to serve at the right hand of the Green Knight. Barely had the stale blood been cleaned from his armour before Helborg's plea for aid reached his quarters. Louen spent many hours in prayer to the Lady before strapping his plate armour on once more, gathering every able-bodied knight, and riding out to relieve the Empire from the dark forces that assailed it.  

As Bretonnia’s champions marched upon Altdorf, Orghotts Daemonspew and his champions forged a path through the snow of the Middle Mountains. They were assailed by iceshard blizzards, white-furred chimeras and flocks of screeching eagles, but were not deterred. Converging upon Brass Keep shortly before the height of summer, they crossed blades with the foetid garrison of that fell citadel, a tribe whose own journey had long ago seen them swear allegiance to Nurgle. Orghotts’ daemon-tainted blood was proof enough of his favour in the eyes of their mutual patron, and he soon lured them to his cause with promises of a land ruled by disorder and strife.  

The midsummer of 2525 saw the twin moons clash in the heavens. A terrible ritual took place below them as thousands of beastmen writhed in the strangled forests. Bleating, bleeding, and feasting en masse, their orgiastic din reverberated across the lands. In the heavens, Mannslieb’s face was partially hidden by the Chaos Moon, a ring of light with a heart of blackness. Coordinating the dark celebration was the Harbinger, standing with arms raised atop a dolmen covered in spidery runes. Behind him was the tallest corpse-mound in the Drakwald, the herdstone at its heart hidden by a putrid thatch of torn limbs. The smell that came from the mass grave was unbearable to most, but to the bray-shaman, it heralded only the glory to come.  

When the eclipse reached its zenith, the Harbinger took a vial of daemon- blood from his robes and transferred three drops to his pointed black lips. A moment later he convulsed and gabbled the Dark Tongue in a glottal stream, its syllables more torn free than given voice. Blood squirted from between his teeth and dribbled down the tangles of his rat’s tail beard.  

High above the orgy, something writhed in the centre of Morrslieb’s face. Thin tendrils of green-white light shimmered into being, squirming from the skies like sickly serpents emerging from a pit. Each one descended to a separate part of the forest, the thickest of their number coiling downward to touch the corpse-mound at the clearing’s heart. 

The world turned monochrome as the monolith inside the mound blazed a startling white for long seconds, before exploding with a wave of tectonic force. A titanic boom resounded across the Drakwald as over a hundred herdstones detonated simultaneously, each to be replaced by glowing portals to the otherworld.  

A pulsing warmth emanated where the herdstone had once stood. As the ringing in the beastmen’s ears slowly subsided, the droning of immortal voices rose in its place. Dull bells rang in celebration and a million fat-bodied daemon flies whirled as they gushed out into reality. Sight returned to the beastmen at the edge of the clearing first. Their slack mouths agape, the beastmen chuntered, then brayed, then roared their praise to the gods at the procession before them.  

Score after score of bandy-legged, fat-bodied daemons were loping out from the herdstone-shaped hole in reality which had been conjured by the Harbinger’s ritual. Their number was endless, and their stench was incredible. Each of the horrible things had one eye, one horn, and one purpose - to usher in an age of plague that would never end.  

Orghotts Daemonspew rode down through the Middle Mountains at the beginning of the autumn of 2525. Accustomed to the Icetooth Peaks, where reality itself is often under siege, his champions made light work of the forbidding mountains that rose from the deep forest of Ostland. Their maggoths dug iron-hard claws into the ancient stone, negotiating the craggy terrain with the ease of great apes swinging through the jungle. Scree tumbled here and there, sometimes starting small avalanches, but the pox maggoths were always one step ahead. They bore not only the lords of the Icehorn tribe, but the warriors known as the Repugnauts they had recruited at Brass Keep. Each had his blade dug into the insensible hide of the maggoth that bore him to keep him steady, their Nurgle-given stench ensuring the ravenous beasts did not simply devour them.  

Daemonspew’s small force set a tireless pace through the Middle Mountains. Just as the Glottkin had anticipated, there was no better force in all of Norsca for negotiating the mountains at the Empire’s heart. Though they were at one point spotted by sharp-eyed Ostlander scouts, the Icehorn riders’ small numbers kept them from any major retaliation by the already hard- pressed Empire. Their route of approach, which no sane general would even have considered possible, saw the maggoth riders reach the woods that ringed Talabheim in a matter of months. A normal army would have taken the best part of a year to make the same journey.  

Talabheim is known as the Eye of the Forest, for it is a pocket of safety in the midst of a thrashing, monster-infested wildwood. A city built within the caldera walls of a giant, inactive volcano, it is a natural fortress to which only one entrance exists; a winding tunnel guarded by the fortified settlement known as the Talagaad. Since the rise of undeath across the lands and the widespread rumours of plague, the Talagaad had been manned by a great portion of the city’s state troops and a large detachment of the Elector Count’s personal guard. It was shut, barred and even magically sealed against the terrors abroad in the forest, for Talabheim had its own farms within its crater walls, and its people were quite content to survive on their own whilst the storm of disorder raged.  

The defences made little odds to Orghotts and his men. With war- beasts such as theirs, the Icehorn riders simply waited until nightfall, and then spurred their maggoth steeds up the gigantic crater’s outer wall towards the battlements at its top. When they reached the underhang of Talabheim’s battlements, the maggoth riders lay in wait until the changing of the guard, and then sprang their attack.  

The soldiery manning the walls were ill-prepared for the ensuing bloodbath. Morbidex Twiceborn’s maggoth, Tripletongue, bowled along the crater wall, flinging its defenders to a rocky doom. Rotspawned’s own steed vomited sprays of daemonic vitriol over any who attempted to flee. Orghotts roared praise to Nurgle as his Rotaxes sank into necks left and right, each decapitated head bouncing down into the shanty towns below.  

Within a matter of minutes the Icehorn riders were skidding down the inner walls of the Talabheim crater, the Repugnauts of Brass Keep close behind them. The unexpected suddenness of their attack had caught many of the city’s defenders unawares. Yet, earlier that day, the Talabheim Caldera Guard had been forewarned by the Celestial Wizard Gerovangion of a possible attack that night. Barely had the maggoth riders reached the shanties at the city’s edge when crossbow bolts and arrows whipped towards them.  

As the force barrelled through the city streets they found entire regiments of state troops forming up to bar their path. At first, the soldiery provided little impediment, for when Orghotts’ devastating charges were twinned with Bloab’s maggoty conjurations and Morbidex’s slashing scythe they proved impossible to stop. Monster and man alike felled their foes by the dozen, the maggoths raking deadly claws through shieldwalls and spear formations wherever the state troops sought to block their path.  

Yet even the Icehorn tribe had its limits. Every stabbing spear, every cutting halberd sapped a little more strength from their headlong assault. Though they had left a rich landscape of corpses behind them, populated by nurglings that had risen in Morbidex Twiceborn’s wake, the riders had awoken the city to their presence.  

The streets were slowly barricaded by fire or by blade. Cavalry charges from the city’s knightly orders felled many of the Repugnauts rampaging through the Temple District, their front ranks pierced by a dozen lances even as their reinforcements were shot down by the famed Bronzeball handgunners. The remains of the fallen were immolated on improvised pyres by the city’s witch hunters, the greasy stink sending a message that the invasion could be stopped.  

With his auxiliaries slowly falling around him, and one of the Empire’s largest cities united against his meagre invasion force, Orghotts Daemonspew sounded the signal to fall back. Several of Brass Keep’s warriors ignored him, too preoccupied to pay heed to his calls. The remainder followed him away into the night, scrambling back under heavy fire to swing over the city walls and escape. Barely half of the invaders made it back to the tree line, though when they did, they were confronted by a very welcome surprise.  

Marching through the forest around Talabheim’s border was a procession of plague daemons so numerous that the air above them was choked with flies. The rough clank of leper-bells and the droning buzz of counting plaguebearers filled the night air as the carnival of plague marched through the woods. The most senior of their number urged their rot fly mounts forward in skittering, many¬legged lurches, forgoing the skies in favour of an approach shielded by the forest’s thick canopy. Slug-like beasts of Nurgle gambolled and lurched between the tree trunks, leaving puddles of ammoniac slime behind them in their excitement. At their head was the Maggot King Epidcmius, borne upon a palanquin of nurglings.  

Grinning widely, Orghotts Daemonspew steered his maggoth towards Epidemius. He bowed his head as he approached, apologising for interrupting the Tallyman’s work, but warning him of the city’s many defences. The region was fortified and ready for battle, and its walls high. Foot troops, even those of a daemonic nature, would be of little use in its conquest. It was likely the Tallyman’s hordes had marched upon an impossible quarry. 

Epidemius put down his quill with exaggerated slowness, peering at Orghotts as if seeing him for the first time. In deep, sonorous syllables, the scribe posited a riddle. If Talabheim could not be overcome, he said, how could they force its citizens to come over to them?  

Descending from his palanquin, Epidemius lumbered around Orghotts’ maggoth in a wide circle, making notes on a skin-parchment as he went. He reached up to the bundle in which the Glottkin’s plague jar was kept, and tapped the cloth with a long nail. Inside was the key. Fill the city with plague, and Talabheim’s defenders would come to them. 

Before the moons had reached their zenith in the skies, Orghotts had overseen the building of a great pyre outside the Talabheim walls, the wet and rotting wood used in its construction giving off a great deal of smoke. Such fires were commonplace to the Icehorn tribe - until, that is, their master tipped the contents of his plague jar onto the burning wood. Then the winding column of smoke became a maelstrom of thick white cloud that billowed higher and higher until it formed a thunderhead above the forest eaves. The pregnant clouds unleashed a spattering storm, and then - as off-white liquid hammered out from the clouds - a deluge.  

Epidemius laughed long and low as vile squalls of pus and infected blood thrashed the roofs of Talabheim and horrified those who had thought themselves safe within its walls. The phenomenon was so intense, so unrelenting, that the people were driven into panic. As the crater city’s sewers and drains overflowed, Talabheim’s self-contained nature was neatly turned against it. The outer districts were soon clogged with screaming citizens, and the streets of the city began to fill up, inch by inch. In no time, the yellow-white fluids that flooded the streets reached ankles, then covered knees.  

The smell of the infected liquids alone was vile enough to sap the courage of many of Talabheim’s people, and many upstanding citizens turned on one another in their confusion. Yet the greater number resorted to that most basic of instincts and fled, climbing the walls of the crater to escape the horridness below.  

The military leaders of Talabheim, rightly presuming that the cause of the deluge was the work of the invaders they had just driven off, marshalled as many regiments as they could for the next clash. Sounding their battle clarions above the thunder of the storm, they emerged en masse from the Talagaad to hunt down and destroy their persecutors.  

In doing so, they marched straight into the jaws of Epidemius’ trap. 

La Batalla de Talabheim
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Miembro a cargo: Snorri Fecha de inicio: 28-02-16 Estado: Esperando revisión


Fuentes Editar

  • The End Times II - Glottkin.   

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