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Dioses y Monstruos

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Nagash Gran Nigromante retornado Fin de los Tiempos.jpg

El Fin de los Tiempos

El trasfondo que puedes leer en esta sección o artículo se basa en la serie de libros de campaña y novelas de El Fin de los Tiempos, que recientemente ha sustituido la línea argumental de La Tormenta del Caos

Archaon Señor del Fin de los Tiempos.jpg

VladCarstein.jpg

Vlad von Carstein en batalla

Nota: Leer antes de continuar - Duelo de Muerte y Peste

Aunque el ataque von Carstein desde los tejados había comprado tiempo a sus aliados, los Glottkin estaban creciendo en poder, y sus acólitos lo celebraban a su paso. Cuando se acercaron a la explanada del Palacio Imperial, el grifo de Karl Franz saltó hacia adelante, atacando súbitamente como un león titánico. La bestia hizo un agujero en la línea de batalla de los Norscas, pero el largo tentáculo de Ghurk azotó por el aire, golpeando al grifo hacia atrás en una explosión de plumas. La bestia arañaba el aire, gritando de rabia y dolor mientras sus alas se extendían anchas.

Ethrac escupió una maldición después de que la bestia de dos cabezas hubiera arrancado el ojo de Ghurk, y piel y plumas cayeron a medida que el grifo daba vueltas alrededor para otro picado. Abandonando su ataque, la bestia aleteó insegura hasta detenerse en lo alto del techo abovedado del Templo de la Reiksguard, donde tosía babas rojas mientras se ahogaba en sí misma. El hechicero Martak entonó a toda prisa unos versos de anulación, y con un estremecimiento su montura se sacudió la fiebre incapacitante. El Patriarca Supremo lanzó un rayo de luz cegadora de color ámbar hacia los Glottkin como una jabalina, pero Otto simplemente se puso en su camino, con la lanza de luz chisporroteando contra sus tripas con un siseo. El señor de la guerra se encogió de hombros, recogiendo un pedazo de carne quemada de su vientre y metiéndoselo a la boca.

En respuesta, Ethrac cerró los dedos y farfulló una frase en la lengua oscura. Los monstruosos zarcillos enredadera de todo el Templo de la Reiksguard se sacudieron con súbita energía, amarrándose alrededor de las piernas, alas y los emplumados cuellos gemelos del grifo de dos cabezas.

El Patriarca Martak gritó una frase lapidaria para disipar la magia funesta de Ethrac. Hizo poco más que decolorar el aire por un segundo, ya que no sólo estaba igualando su poder en contra del de Ethrac, sino contra el atemporal poder sin límites del propio Jardín de Nurgle. La carne de Martak se abrió en una docena de lugares mientras la tensión magica lo presionaba antes de que se diera cuenta de que su lucha era inútil. Bien podría haber tratado de tragarse el mundo.

Las extremidades del grifo fueron estiradas, tirando hacia fuera, y se dislocaron en una serie de estallidos repugnantes. Chillido Gemelo graznó de dolor animal, con los ojos en blanco mientras Martak saltaba libre. Ethrac sonrió horriblemente mientras la bestia acababa desmembrada en una lluvia de órganos que se arrastraban. Los zarcillos de la planta demoníaca se agitaban en celebración mientras el hechicero ámbar trepaba arrastrándose hacia el interior del palacio.

Detrás de Ethrac, Ghurk estaba trabado en un abrazo letal con Garra de Muerte. El grifo rasgaba y abría agujeros, con Karl Franz inclinado hacia adelante en su silla de montar con su Colmillo Rúnico levantado. Otto gritó cuando la espada forjada por enanos barrió para hundirse profundamente en el pecho flácido de Ghurk.

El grito de negación de Otto se convirtió en un grito de triunfo mientras la estocada mortal del emperador no hizo más que enfurecer aún más a Ghurk. Bramando, el mutante gigante agarró a Garra de Muerte por encima de su cabeza, golpeándole con un fuerte estrépito contra la fuente ahogada de pus en el centro de los jardines del palacio.

El emperador, desenredándose de la ruinosa silla de montar, saltó hacia arriba para esperar de pie encima de la ruinosa pieza central, con la espada en alto. Ghurk irrumpió a través de una fila doble de no muertos para cargar directamente hacia Karl Franz, y Otto giró su guadaña de punta rota hacia arriba y alrededor en un arco vertical.

El brazo del emperador, chorreando sangre y sin soltar la empuñadura de su Colmillo Rúnico, cayó a la grava.

En el interior del Palacio Imperial, Gregor Martak tropezó a través de las bóvedas ahogadas de enredaderas espinadas que llevaban más lejos a sus profundidades. Un rastro de huellas de sangre se extendía detrás desde su posición en la batalla a las puertas del palacio. El duelo mágico le había costado muy caro.

Balidos y gritos extrañamente humanos se hacían eco a través de los pasillos alineados con pilares, ya que el Heraldo y su manada bestial habían visto el vuelo de Martak y corrían tras él persiguiéndole de cerca, pensando que el herido hechicero sería una presa fácil. Martak tosió sangre en sus manos, un terrible agotamiento llenaba su cuerpo mientras se daba cuenta de que no tenía fuerzas para canalizar los Vientos de la Magia.

Cada músculo del patriarca ardía mientras tropezaba por los pasillos del palacio. El recuerdo de la forma de dragón onduló a través de él mientras trataba de cambiar de forma, pero el escalofrío de energía falló al encenderse. Tal hazaña de magia estaba más allá de su alcance ahora. Conjurar la lanza ámbar en medio de la tormenta antinatural había llevado un gran esfuerzo, y ahora incluso un sortilegio causaría problemas. Martak sabía que un jugoso filete rojo y el sueño de una noche segura lo curarían, pero si se entretenía demasiado tiempo, él sería la carne en el menú.

Hacia delante continuó el Patriarca Supremo, a la izquierda; derecha; izquierda otra vez, con la esperanza de evadir la persecución. Sin embargo, los hombres bestia eran criaturas que olían rastros de sangre todos los días. No había manera de Martak pudiera evadir su persecución.

De repente, una bandada de cuervos sombríos irrumpió alrededor del hechicero, picoteando y escarbando en su rostro. Se cubrió los ojos con un brazo y agitó el otro para espantarlos, corriendo a toda velocidad por una amplia serie de escaleras hacia el patio de un subnivel sombrío. A su paso, Martak se tambaleó jadeando, dejando atrás una señal de marfil cincelada, con sus sangrientas huellas más claras que nunca.

El cartel decía: "ZOOLÓGICO IMPERIAL".

Nota: Leer antes de continuar - Bestia Acorralada

Dioses y Monstruos fin de los tiempos.png

Karl Franz se enfrenta a los Glottkin

Mientras tanto, fuera de las puertas del palacio, Ghurk cerraba su tentáculo alrededor del cuello de Garra de Muerte mientras Otto Glott saltaba sobre el emperador. Karl Franz se mantenía de pie, erguido de alguna forma con una expresión de sombría determinación en sus facciones. El Emperador del Sur, sostenía una espada rúnica en su mano torpe mientras su cortado brazo derecho rociaba sangre sobre la grava. Estaba pálido, pero decidido a morir con dignidad.

Otto estaba a punto de dar a su enemigo un buen baño de bilis cuando el crescendo de un galope le hizo detenerse. Se lanzó a su derecha, y evitó por poco que le biseccionaran la cabeza mientras un guerrero de pelo blanco con elaborada armadura de placas cargaba con la espada extendida. El jinete cabalgó rodeando la fuente con una rociada de grava, acercándose a su señor con una espada casi idéntica a la blandida por el propio Karl Franz.

El emperador no quitaba los ojos de Otto, incluso cuando el hermano gigante del señor de la guerra luchaba para reprimir la maníaca lucha de Garra de Muerte. La voz de Karl Franz sonaba firme bajo el dolor mientras saludaba al Mariscal de la Reiksguard que había galopado hasta su lado, con el oficial de bigote mirando también a Otto con cauteloso desprecio.

Hubo un crujido de piedra mientras Ghurk aplastaba a Garra de Muerte contra el lado de la fuente. La tensión se rompió, y los tres guerreros arremetieron a la vez.

La guadaña de Otto Glott trazó un arco hacia abajo hacia el pecho de Karl Franz, con toda la fuerza que pudo reunir. La espada rúnica del Emperador se alzó torpemente, pero fue demasiado lento. Fue su guardaespaldas Helborg el que bloqueó el golpe, con el Colmillo Rúnico enganchándose alrededor del cuello de madera de la guadaña y arrancándola de las manos de Otto para enviarla girando a través del patio. Gruñendo, Otto sacó la espada oxidada de la cintura antes de empujar a Helborg con tal fuerza el Mariscal de la Reiksguard cayó al suelo.

Ganando un precioso segundo, el Emperador hundió su Colmillo Rúnico siseando en el pecho de Otto, pero su estocada falló el corazón del señor de la guerra por el grosor de un dedo. Otto se retorció y pateó, tirando la espada rúnica de las manos de su enemigo y golpeando con su propia espada en la garganta de Karl Franz. El golpe que nunca llegó. La mano de Helborg agarró la hoja con fuerza, con sangre filtrándose desde su mano mientras el Emperador se tambaleaba hacia atrás. Otto simplemente arrancó la oxidada espada, cortando tres de los dedos del Mariscal de la Reiksguard antes de lanzarse hacia adelante. La punta de la sucia espada perforó la cuenca del ojo de Helborg con tal fuerza que rompió la parte trasera de su cráneo.

Helborg tartamudeó una petición de perdón en el nombre de Sigmar, antes de que su cadáver se deslizara de la espada oxidada hacia el suelo.

Riendo, Otto giró alrededor del desarmado Emperador de un solo brazo, haciendo girar el robado Colmillo Rúnico en el aire y cogiéndolo de nuevo en una ostentosa exhibición de esgrima. Con el grifo Garra de Muerte clavado en la fuente por su inmensa masa, Ghurk también se volvió para cernirse sobre el Señor del Sur, con la cuenca sin ojo chorreando sangre. Ethrac se encontraba cerca, riendo de alegría.

Un rayo destelló por encima mientras Otto levantaba su Colmillo Rúnico robado y lo blandía hacia abajo con un rugido de triunfo. Un trueno resonó por encima de Karl Franz mientras levantaba su brazo bueno para desviar el golpe. La espada cortó sin disminuir la velocidad y se sumergió profundamente en el corazón del Emperador. El mundo pareció congelarse de miedo por un breve instante, con el cuadro fuera del palacio efecto destellando blanco con la luz de la tormenta celestial. Karl Franz cayó en las losas con los triunfantes Glottkin por encima de él.

Con su último aliento el emperador pronunció el nombre de su dios guerrero.

Y el mundo cambió para siempre.

Karl Franz ungido.png

El cometa de dos colas impacta en Karl Franz

Por encima de los Glottkin, los cielos se desgarraron para revelar otro mundo celestial. Una esfera de doble cola de pura fuerza golpeó hacia fuera del agujero en el cielo. Explotó contra el cadáver de Karl Franz, lanzando a los cercanos Glott a través del aire con el poder de su colisión. Los restos de un rayo cegador ondularon en el cielo, una hélice incandescente que quemaba todo rastro del Jardín maldito de Nurgle y que dispersó el blanco tornado en el corazón de la ciudad a la nada. Algo se incorporaba en el corazón del cometa en tierra - una alta figura dorada.

El Emperador Karl Franz salió ileso de los incendios, con un martillo hecho de pura luz dorada ardiendo en sus manos. Luminoso y terrible, el guerrero crepitaba con puro poder etéreo mientras cargaba directamente hacia los trillizos.

Ghurk gruñó y arremetió con su tentáculo, pero la aparición brillante era más rápida de lo que el ojo podía seguir. Karl Franz agarró el pseudópodo de Ghurk y tiró con fuerza, acercando al gigante. El martillo de luz del Emperador golpeó hacia arriba en un gran gancho, incrustándose con un ruido sordo en las tripas de Ghurk y reventándolas salpicando líquidos impuros por todo el patio. El bruto cayó, con su cuerpo gigante abierto al aire.

Otto rugió y saltó de los hombros de su hermano, con la espada en alto. Karl Franz se volvió, con la mano extendida, y arremetió contra el señor de la guerra con una columna de rayos. La energía ardiente envió a Otto volando a través del Gran Boulevard hasta chocar contra las paredes del Templo de la Reiksguard, con sus miembros flácidos. Con la grava echando vapor bajo sus pies, el dios guerrero se acercó a Ethrac mientras el brujo parloteaba en pánico. El martillo de oro del Emperador se alzó alto. El hechizo de Ethrac terminó con un grito, y los tres trillizos se convirtieron en un enjambre de moscas gordas. El martillo cayó, y los enjambres fueron en espirales hacia el éter, dejando atrás un olor nauseabundo.

En lo alto, las nubes se abrieron para revelar un frío pero limpio amanecer de invierno.

En el reino de los sueños, las lágrimas manchaban la cara de Shallya mientras depositaba sus delicadas manos sobre el tembloroso y corrompido desastre que una vez había sido su orgulloso Señor de la Naturaleza. Las energías curativas fluían, y por un momento las plagas que habían paralizado al dios caído brillaron y se desvanecieron. Sin embargo, el poder de Nurgle era demasiado fuerte, y las marcas dejadas por las grotescas enfermedades regresaron de nuevo. Las manchas cutáneas quitaban color a los brazos de la diosa, y las espinillas se levantaban en su piel sin manchas. Se sacudió su hermosa melena con angustia, con el final de cada hebra de oro volviéndose blanco y desapareciendo en un halo de niebla.

Detrás de ella, la figura luminosa de la Dama se apoyó, con los labios fruncidos en actitud pensativa. Miró al brillante paladín de oro a su lado por un momento. Inspirado por el sacrificio de su fiel guerrero, también ella se arrodilló al lado del dios herido y colocó sus manos sobre el pecho de Taal. Poco a poco las manchas en los brazos de Shallya se desvanecieron, y su cabello rubio volvió a su brillo anterior. Bajo sus manos una ondulante luz blanca fluyó, mezclándose con las energías esmeralda canalizadas por la Dama a su lado. El poderoso pecho de Taal exhaló, abriendo ampliamente los ojos. Otra figura resplandeciente intervino, un gigante entre los hombres con un casco de piel de lobo y una larga barba blanca. Mirando las estrellas del cielo durante un largo momento, el curtido gigante colocó sus manos nudosas en el pecho de su amigo caído. El invierno por fin había llegado, y con el, una oportunidad para el renacimiento.

El poder geomántico de los tres dioses se mezcló, eliminando la corrupción del cuerpo del dios de la naturaleza. Una capa de escarcha crujía por el cuerpo de Taal, espesándose hasta que fue envuelto de los pies a cabeza. Ulric levantó el puño y golpeó con fuerza, rompiendo el capullo de hielo en mil fragmentos. El Gran Taal se puso lentamente en pie, entero, sin mácula, y tan majestuoso como el sol de invierno.

En el reino de los mortales, un gran cambio tenía lugar. A medida que el sol de un nuevo amanecer asomaba por el horizonte, la tormenta antinatural por encima de Altdorf disminuía y se disipaba, y las huestes demoníacas desaparecían con ella, ya que eran despojadas de sus poderes etéreos. El último de los truenos de Geheimnisnacht fue más un gruñido cascarrabias que un estallido de risa.

Gutrot Spume fue el primero en darse cuenta que el momento de conquista había pasado, ordenando a sus fuerzas a retirarse hacia el bosque. Orghotts Vómito de Demonio y sus jinetes maggoth no se quedaron atrás. Con sus líderes retirándose y los demonios de su patrón desapareciendo con la tormenta, los ejércitos Norscas que rodeaban Altdorf fueron poco a poco vencidos y expulsados por la defensa disciplinada montada por los hombres del Viejo Mundo. Al mediodía del día siguiente, los ejércitos dirigidos por Gutrot Spume, Orghotts Vómito de Demonio y los Glottkin se habían dispersado, y la ciudad fue retomada por su gente - vacilante al principio, pero con vigor implacable después.

A lo largo y ancho del Imperio, un fuego blanco ardió lo largo de cada río, arroyo y afluente. La ondulante ola de magia purgó toda mancha asfixiante de Nurgle mientras avanzaba, dejando agua cristalina a su paso.

Los habitantes de las provincias fueron lentamente atrapados en medio del milagro mientras todas las enfermedades y fiebres que les habían plagado simplemente desaparecían, granja por granja y aldea por aldea. Aunque gran parte del Imperio se había quedado en la ruina, pronto quedaría limpio con las primeras lluvias de limpieza del invierno. Antes de que el mes pasara los niños se divertían y jugaban en las aguas poco profundas de los grandes ríos, con sus padres vigilando nerviosamente desde los bancos de arena antes de lanzar las precauciones al viento y saltar tras ellos para salpicar, bucear y beber de la preciosa agua fría como el hielo.

En lo profundo del Jardín de Nurgle, las maderas podridas roídas de insectos de la mansión del Padre Nurgle gemían y crujían mientras el huracán de la ira de su amo rugía en el exterior. Ni siquiera la más diminuta bestia vagaría en el exterior del jardín hoy. Al Señor de la Decadencia se le había negado a su premio.

En las pirámides de sombra del gran ático de la mansión, tres recién conformados tarros de cerámica se sacudían y tintineaban entre el polvo, con un débil susurro zumbante que provenía desde el interior. Dos de ellos eran más o menos de tamaño humano, pero el tercero era una enorme urna redonda que podría haber contenido una roca del tamaño de una casa.

En el salón del trono del palacio de Altdorf, el Emperador Karl Franz se sentó en el lugar que le correspondía una vez más. Su cuerpo había sido sanado otra vez por las energías mágicas puras que ardían dentro de él, y su alma era cien veces más potente que nunca. Su salón del trono había sido arrojado a un parpadeante blanco y negro por la titánica hélice de poder en bruto que se había enroscado desde el punto de impacto del cometa hacia el cielo nocturno de fuera. Altdorf ardió limpia de las maldiciones que la afligían por las energías del cometa de dos colas, sin embargo, esas mismas fuerzas causaban estragos todavía, liberando el poder de las estrellas en el reino de los mortales.

A pesar de su ajustada victoria sobre las fuerzas del Caos, el Emperador no sonrió a todos, y los cortesanos y los Electores que salpicaban el salón del trono estaban tan silenciosos como una tumba. No era el momento de jovialidad, ni de celebración. Aproximadamente la mitad de la población del Imperio había muerto en los últimos meses, y Bretonia había gastado gran parte de su fuerza en su defensa.

Peor aún eran las noticias que los mensajeros norteños del Emperador le habían entregado ese mismo día. Una armada de barcos lobo había sido vista en el Mar de las Garras, más numerosa que cualquier otra que se hubiera visto antes. Cada uno de ellos llevaba el símbolo del Rey de Tres Ojos en sus velas. Karl Franz aplastó el rollo de pergamino con el puño.

Archaón se acercaba.

Nota: Leer antes de continuar - Profecías para Archaón

ORIGINAL:

Though the von Carstein’s attack from the rooftops had bought his allies time, the Glottkin were ascendant, and their acolytes cheered in their wake. As they neared the Imperial Palace’s forecourt, Karl Franz’s griffon sprang forward, pouncing like some titanic lion. The beast gouged into the battle line of Norscans, but Ghurk’s unfurling tentacle lashed through the air, smacking the griffon backwards in an explosion of feathers. The beast clawed the air, shrieking in rage and pain as its wings snapped out wide.

Martak’s two-headed griffon leapt up from the pile of corpses in front of it and dived in low, its talons raking Ghurk’s eyes from its socket. The mutant reeled back, flailing blindly for his persecutor, but the beast had swooped on. In the streets below, undead Altdorfers hacked at Ghurk’s blubbery mass with long, glowing blades, wounding him further.

Ethrac spat a curse after the two- headed beast that had taken Ghurk’s eye, and fur and feathers fell away as the griffon banked around for another pass. Abandoning its attack, the beast flapped unsteadily to a halt atop the Reikstemple’s domed roof, where it coughed red drool as it sank in on itself. The wizard Martak hurriedly intoned a chant of nullification, and with a shiver his steed shook off the crippling ague. The Supreme Patriarch then hurled a bolt of blinding amber light at the Glottkin like a javelin, but Otto simply stepped into its path, the light-spear crackling into his gut with a hiss. The warlord shrugged, picking a piece of burnt flesh from his belly and popping it into his mouth.

In response, Ethrac curled his fingers and gibbered a phrase in the dark tongue. The monstrous tendril- creepers around the Reikstemple shook with sudden energy, lashing around the two-headed griffon’s legs, wings, and twin feathered necks.

Patriarch Martak shouted a stone- phrase to dissipate Ethrac’s baleful magic. It did little more than discolour the air for a second, for he was not just matching his power against Ethrac’s, but against the boundless’, timeless power of Nurgle’s garden itself. Martak’s flesh opened in a dozen places as magical stresses wrenched at him before he realised his struggle was futile. He might as well have tried to swallow the world.

The griffon’s limbs were stretched, pulled outwards, and dislocated with a series of sickening pops. Twinshriek cawed in animal pain, eyes rolling as Martak jumped clear. Ethrac grinned horribly as the beast was pulled apart in a shower of trailing organs. The tendrils of the daemon plant waved in celebration as the Amber wizard scrambled into the palace interior.

Behind Ethrac, Ghurk was locked in a lethal embrace with Deathclaw. The griffon ripped and gouged, Karl Franz leaning forward in his saddle with his runefang raised. Otto cried out as the dwarf-forged blade swept down to sink deep into Ghurk’s flabby breast.

Otto’s shout of denial turned into a cry of triumph as the Emperor’s killing lunge did little more than enrage Ghurk further. Bellowing, the mutant giant wrestled Deathclaw over and round, slamming it into the pus- choked fountain at the heart of the palace gardens with a mighty crash.

The Emperor, disentangling himself from his ruined saddle, leapt upwards to stand atop the ruined centrepiece with his sword raised. Ghurk barged through a double rank of undead to charge right at Karl Franz, and Otto swung his broken-tipped scythe up and around in a vertical arc.

The Emperor’s arm, pulsing blood and still clutching the hilt of his runefang, tumbled to the gravel.

Inside the Imperial Palace, Gregor Martak stumbled through the vine-choked naves that led further into its depths. A trail of bloody footprints stretched back from his position to the battle at the palace gates. The magical duel had cost him dearly.

Bleats and strangely human calls echoed through the pillar-lined corridors, for the Harbinger and his bestial pack had spotted Martak’s flight and ran after him in close pursuit, thinking the wounded wizard would make for easy prey. Martak coughed blood into his hand, a terrible exhaustion filling his body as he realised he had not the strength to channel the Winds of Magic.

The patriarch’s every muscle burned as he stumbled down the corridors of the palace. The memory of dragonform rippled through him as he tried to change shape, but the frisson of power failed to ignite. Such a feat of magic was beyond him now. Conjuring the amber spear amidst the unnatural storm had taken a severe toll, and now even a cantrip was asking for trouble. Martak knew that a juicy red steak and a safe night’s sleep would restore him, but if he tarried too long, it would be his flesh on the menu.

On went the Supreme Patriarch, left; right; left again, hoping to evade pursuit. Yet the beastman were creatures that sniffed out blood trails every day. There was no way Martak could shake their pursuit.

Suddenly a flock of shadow-crows burst around the wizard, pecking and scrabbling at his face. He covered his eyes with one arm and waved the other to shoo them off, careening down a wide set of stairs into the quadrangle of a gloomy sub-level. As he went, Martak staggered panting past a chiselled ivory sign, his bloody footprints more distinct than ever.

The sign read: ‘IMPERIAL MENAGERIE.’

Meanwhile, outside the palace gates, Ghurk locked his tentacle around Deathclaw’s neck as Otto Glott leapt down the Emperor. Karl Franz was making his stand, somehow standing bolt upright with an expression of grim determination on his features. The Emperor of the South, holding a runesword in his off-hand as his severed right arm squirted blood onto the gravel. He was pale, but determined to die with dignity.

Otto was about to give his foe a good dousing of bile when a crescendo of galloping hooves gave him pause. He darted to his right, and narrowly avoided having his head bisected as a white-haired warrior with elaborate plate armour hammered past with blade outstretched. The rider rode right the way around the fountain in a spray of gravel, coming up behind his master with a sword almost identical to that wielded by Karl Franz himself. 

The Emperor did not take his eyes from Otto’s, even as the warlord’s giant brother fought to suppress the manic struggles of Deathclaw. Karl Franz’s voice was steely under the pain as he greeted the Reiksmarshal who had galloped to his side, the moustachioed officer also eyeing Otto with wary contempt.   

There was a crack of stone as Ghurk smashed Deathclaw into the side of the fountain. The tension snapped, and all three warriors lunged at once.   

Otto Glott’s scythe arced down towards Karl Franz’s chest, all the force he could muster behind it.The Emperor’s runic blade came up awkwardly, but he was too slow.  It was his bodyguard Helborg that blocked the blow, his runefang hooking around the scythe’s wooden neck and wrenching it from Otto’s grip to send it spinning across the courtyard. Growling, Otto whipped out the rusted sword at his waist before backhanding Helborg with such force the Reiksmarshal stumbled to the ground.   

Bought a precious second, the Emperor plunged his runefang hissing into Otto’s chest, but his lunge missed the warlord’s heart by a finger’s breadth. Otto twisted and kicked, yanking the runesword from his foe’s grip and punching his own blade at Karl Franz’s throat. The blow never landed. Helborg’s hand grabbed the blade tight, blood seeping from his grip as the Emperor staggered back. Otto simply ripped the rusted blade free, severing three of the Reiksmarshal’s fingers before lunging forward. The tip of the filthy sword punched into Helborg’s eye socket with such force that it smashed out the back of his skull.   

Helborg stuttered out a plea for forgiveness in the name of Sigmar, before his corpse slid from the rusted blade onto the floor.   

Laughing, Otto rounded on the one- armed, swordless Emperor, spinning the stolen runefang up in the air and catching it again in a showy display of swordmanship. With the griffon Deathclaw pinned in the fountain by his immense bulk, Ghurk also turned to loom over the southern lord, his eyeless socket dripping blood. Ethrac stood near, chuckling in glee.   

Lightning flashed overhead as Otto raised his stolen runefang and swung it down with a roar of triumph. A thunderclap boomed high above as Karl Franz raised his good arm to deflect the blow. The blade severed it without slowing and plunged deep into the Emperor’s heart. The world seemed to freeze in fear for a brief second, the tableau outside the palace strobing white in the light of the celestial storm above. Karl Franz sank to the flagstones with the Glottkin triumphant above him.   

With his last breath the Emperor called out the name of his warrior god. 

And the world was changed forever.   

Above the Glottkin, the skies ripped open to reveal a celestial otherworld.  A twin-tailed sphere of pure force slammed out from the hole in the sky. It blasted into Karl Franz’s corpse, hurling the nearby Glotts through the air with the power of its collision. Tails of blinding lightning curled up into the skies, an incandescent helix that burned away every trace of Nurgle’s tainted garden and scattered the white tornado at the city’s heart to nothingness. Something coalesced at the heart of the grounded comet - a figure, golden and tall. 

Emperor Karl Franz burst unharmed from the fires, a hammer made of pure golden light blazing in his hands. Luminous and terrible, the warrior crackled with raw etheric power as he charged straight at the triplets. 

Ghurk growled and lunged out with his tentacle, but the shining apparition was faster than the eye could follow. Karl Franz grabbed Ghurk’s pseudopod and yanked hard, pulling the giant in close. The Emperor’s hammer of light swung upward in a great uppercut, thudding into Ghurk’s gut and bursting it apart to splash unclean fluids across the courtyard. The brute fell, his giant frame opened to the air.   

Otto roared and leapt from his brother’s shoulders, sword raised.  Karl Franz turned, his hand outstretched, and blasted the warlord with a column of lightning. The blazing energy sent Otto flying across the Grand Boulevard to slam into the Reikstemple’s walls, his limbs limp. Gravel steaming beneath his feet, the godly warrior strode over to Ethrac as the sorcerer gabbled in panic. The Emperor’s golden hammer rose high. Ethrac’s spell finished with a shout, and all three of the triplets turned into swarms of fat flies. The hammer fell, and the swarms spiralled into the aether, a foul smell left in their wake. 

High above, the clouds parted to reveal a cold but pure winter dawn.   

In the realm of dreams, tears streaked Shallya’s face as she laid her delicate hands on the shivering, corrupted mess that had once been her proud Lord of Nature. Healing energies flowed out, and for a moment the plagues crippling the fallen god shimmered and faded.  Yet Nurgle’s power was too strong, and the grotesque marks left by the diseases came back again. Liver spots discoloured the goddess’ arms, and pimples rose on her unblemished flesh. She tossed her beautiful mane of hair in anguish, the end of each golden strand turning white and breaking away in a halo of mist.   

Behind her, the shining figure of the Lady leant in, her lips pursed in thought. She looked to the shining golden paladin by her side for a moment. Inspired by her faithful warrior’s sacrifice, she too knelt down next to the stricken god and placed her hands on Taal’s chest. Gradually the spots on Shallya’s arms faded, and her flaxen hair returned to its former lustre. Under her hands a lambent white light flowed out, mingling with the emerald energies channelled by the Lady at her side. Taal’s mighty chest heaved, his eyes opening wide. Another glowing figure stepped in, a giant of a man with a wolfskin helm and a long white beard. Looking at the stars above for a long moment, the weatherbeaten giant placed his gnarled hands on his fallen friend’s chest. Winter had finally come, and with it, a chance for rebirth.   

The geomantic power of the three gods mingled, driving the corruption from the nature god’s body. A layer of frost crackled across Taal’s body, thickening until he was encased from head to foot. Ulric raised his fist and brought it down hard, shattering the icy cocoon into a thousand fragments. Great Taal slowly got to his feet, whole, unblemished, and as majestic as the winter sun.   

In the realm of mortals, a great change was taking place. As the sun of a new dawn crested the horizon, the unnatural storm above Altdorf dwindled away and dissipated, the daemon hosts fading away with it as they were robbed of their etheric powers. The last of Geheimnisnacht’s thunder was more a curmudgeonly grumble than a boom of laughter.   

Gutrot Spume was the first to realise the moment of conquest had passed, ordering his forces to withdraw into the forest. Orghotts Daemonspew and his maggoth riders were not far behind. With their leaders withdrawing and the daemons of their patron disappearing with the storm, the Norscan armies that surrounded Altdorf were gradually broken and driven off by the disciplined defence mounted by the Old World’s menfolk. By noon of the next day, the armies led by Gutrot Spume, Orghotts Daemonspew and the Glottkin had been scattered, and the city had been retaken by its people - hesitantly at first, but then with pitiless vigour.   

Across the length and breadth of the Empire, a white fire blazed along each river, stream and tributary. The rippling wave of magic scoured away Nurgle’s choking taint as it went, leaving crystal clear water in its wake. 

The people of the provinces slowly caught on to the miracle happening in their midst as all the diseases and fevers that had plagued them simply disappeared, farm by farm and hamlet by hamlet. Though much of the Empire had been left in ruin, it was soon washed clean by the first cleansing rains of winter. Before the month was out children frolicked and played in the shallows of the great rivers, their parents looking nervously from the banks before throwing caution to the wind and jumping in after them to splash and dive and drink of the beautiful, ice-cold water. 

Deep in the Garden of Nurgle, the rotten, insect-gnawed timbers of the Urfather’s manse moaned and creaked as the hurricane of its master’s wrath raged outside. Not even the tiniest beast would roam abroad in the garden today. The Lord of Decay had been denied his prize.   

In the shadowed pyramids of the manse’s great attic, three newly shaped ceramic jars rattled and clinked amongst the dust, a faint buzzing sussurus coming from within. Two were more or less man-sized, but the third was a massive round urn that could have held a boulder the size of a house.   

In the throne room of Altdorf’s palace Emperor Karl Franz sat in his rightful place once more. His body had been made whole once more by the raw magical energies that burned inside him, and his soul was a hundred times more powerful than ever before. His throne room was thrown into flickering monochrome by the titanic helix of raw power that curled up from the comet’s impact point into the night sky outside. Altdorf had been burned clean of the curses afflicting it by the energies of the twin-tailed comet, yet those same forces raged still, bleeding the power of the stars into the mortal realm.   

Despite his narrow victory over the forces of Chaos, the Emperor smiled not at all, and the courtiers and Electors dotting his throne room were as silent as the grave. This was no time for jollity, nor celebration. Roughly half the population of the Empire had died in the last few months, and Bretonnia had expended much of its strength in their defence.   

Worse still was the news that the Emperor’s Nordländer scrollbearers had delivered to him earlier that day. An armada of wolf ships had been sighted in the Sea of Claws, more numerous than any that had been seen before. Every one of them bore the symbol of the Three-Eyed King upon its sails. Karl Franz crunched the parchment scroll in his fist.   

Archaon was coming. 

Dioses y Monstruos
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Miembro a cargo: Snorri Fecha de inicio: 16-03-16 Estado: Esperando revisión


Fuentes Editar

  • The End Times II - Glottkin.

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