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Duelo de Guardianes (Relato)

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Portada La Sombra sobre Albión por David Gallagher Emisario Oscuro Bestia del Cieno.jpg

El destino de la mística isla Albión pende de un hilo. Lo que antes fue una tierra sagrada ahora se cubre con la sangre de todas las razas del Viejo Mundo, mientras las fuerzas del bien luchan con uñas y dientes para hacer retroceder la sombra de la oscuridad que se cierne sobre la isla. Pero ¿lo conseguirán?

RelatoEditar

Las carbonizadas maderas de la pequeña torre, medio enterrada en las húmedas marismas, era todo lo que quedaba del antiguo pueblo de pescadores de Ohbuhu. Visiones similares se habían convertido en habituales en todos los pantanos y marjales de Albión.

La isla, que había permanecido intacta durante innumerables siglos, había sido devastada por la guerra. Comunidades enteras que durante generaciones habían vivido en armonía con la tierra se habían visto obligadas a huir de sus hogares mientras los combates se extendían a toda la isla. Los lugares sagrados, que habían permanecido imperturbables durante milenios, habían sido destruidos de la noche a la mañana. Incluso los Arúspices, que habían actuado hasta esos momentos como guardianes de la isla, se habían visto impotentes para prevenir la destrucción indiscriminada que se cernía sobre su tierra natal.

Por debajo de la harapienta capucha, Kh'nar dejó que una mueca maliciosa surcara su cara. Todo iba según lo planeado; ni tan solo el Señor Oscuro podía haber previsto tal devastación. Cada gota de sangre derramada de forma violenta corrompía la tierra sagrada y acercaba un poco más los planes de su señor a su inevitable fin. Con la caída de Albión, nadie sería capaz de evitar que la oscuridad conquistara el mundo. Lo devoraría todo a su paso y dejaría el mundo indefenso ante la oleada de terror y desesperación que vendría.

Kh'nar enterró la punta de su nudoso báculo en el suelo, trazando una marca en la tierra húmeda. Era una simple espiral, el símbolo de su oscura hermandad. Cualquiera que viera ese símbolo sabría que ese pueblo había sido reclamado por los suyos. Por toda Albión, cada día aparecían más y más símbolos como ese. La victoria estaba a su alcance. Mientras completaba la espiral, una voz lo llamó desde las rocas que habían delante de él.

"Este pueblo todavía no es vuestro, Emisario", dijo la voz en la lengua nativa de Albión, un tosco y simple idioma que Kh'nar despreciaba. Levantó la mirada y vio a un guerrero medio desnudo que descendía de una formación rocosa.

"Ahora no tienes ningún ejército que te proteja, oscuro servidor del mal. Soy el que llaman Dural Durak y te ordeno que abandones mi isla o me veré obligado a contaminar la tierra con tu sangre maligna". El extraño se dirigió hacia Kh'nar haciendo signos de que se marchara, señalando el tormentoso mar con la punta de su báculo.

"¡Loco! ¿De verdad crees que me da miedo recorrer los pantanos solo?", escupió Kh'nar. Había reconocido al extraño como uno de los Arúspices, los defensores de Albión. Ese hombre era perfectamente capaz de matar a Kh'nar, pero el Emisario Oscuro no iba a concederle la más mínima oportunidad de intentarlo. Con un rápido movimiento de mano, una densa niebla surgió instantáneamente del suelo, envolviendo al Emisario y ocultándolo de la vista del Arúspice. Los breves segundos de distracción que había creado le permitieron disponer de suficiente tiempo para lanzar una piedra grabada al pantano, completando así el ritual que el Arúspice había interrumpido. Allí había tenido lugar una batalla y Kh'nar podía sentir las almas de los muertos atrapados en los marjales saturados de magia.

Segundos después, el Arúspice atravesó la niebla, blandiendo su báculo como si se tratara de un arma, y Kh'nar no dudó de que su intención era asestarle un golpe letal. Mientras el Arúspice se acercaba, un lamento inhumano le heló la sangre, deteniendo su avance.

En el pantano que había detrás de Kh'nar se formó una sombra gigantesca que empezó a perfilarse entre la niebla. Era como si el propio suelo hubiera despertado y tratase de destruir al Arúspice. Largos tentáculos de plantas enraizadas a las rocas, antiguos huesosos y trozos de suelo formaban aquella criatura de pesadilla, que tenía el doble de altura de un humano y que se abalanzo sobre el llamado Dural con una velocidad impensable por su aspecto.

"!Mátalo, mátalo inmediatamente¡", grito Kh'nar a su creación. Era una Bestia del Cieno, una manifestación terrenal de las atormentadas almas de los muertos. Mientras Kh'nar viviera, la bestia permanecería "viva" gracias a su magia y obedecería todas sus ordenes, pues no era más que un sirvientes sin voluntad del Emisario Oscuro y lo seguiria siendo hasta ser destruido o hasta que dejara de serle útil a Kh'nar.

Dural esquivó a la bestia, apartándose a un lado, mientras una protuberancia con forma de brazo surgía del costado del monstruo en dirección al guerrero humano. La Bestia del Cieno volvió a arremeter contra el Arúspice, esta vez alcanzándolo de lleno en el pecho. Cuando el poderoso golpe impactó en Dural, la corona que llevaba en la frente brilló con gran intensidad. El brazo de la bestia se desintegró inmediatamente, lanzando fragmentos de tierra y roca en todas direcciones. Para horror de Dural, el barro y la tierra que había bajo sus pies salieron volando hacia la criatura y se sujetaron a ella gracias a las plantas; de este modo, el monstruo regeneró la extremidad destruida.

La Bestia del Cieno cargó hacia delante con la fuerza de un ariete, tirando a Dura al suelo. Una extremidad gruesa como el tronco de un árbol le surgió del pecho y agarro al Arúspice levantándolo para asestarle el golpe de gracia, mientras una calavera cubierta de limo del pantano que estaba incrustada en su hombro parloteaba maniacamente. Retorcidos tentáculos se dirigieron había el Arúspice mientras la bestia se cernía sobre él, tapando con su mole los débiles rayos de sol.

Arúspice magia.JPG
Con un golpe ascendente, Dural enterró su báculo en el estómago de la Bestia del Cieno. No era un golpe suficientemente poderoso para destruir la criatura, pero le permitió ganar un tiempo muy valioso. Extendió los brazos y murmuró las palabras de poder que le habían enseñado cuando era un niño. A su alrededor, el aire crepito con la energía mágica. Una pequeña bandada de pájaros de plumas grises se agrupo en el aire, volando en torno al monstruo y lanzándose contra él, picoteándolo furiosamente. Un solo pájaro podía hacerle poco daño a la gigantesca criatura, pero en este caso le atacaba una bandada entera y, además, lo hacían con una ferocidad inaudita. La bandada se dispersó y, en cuestión de segundos, la criatura se desmorono, dejando en el suelo tan solo un hediondo charco de barro, piedras y huesos.

Dural se giró para enfrentarse a su enemigo, pero no había ni rastro del Emisario Oscuro. Levantando su báculo, entronó un breve canturreo y la niebla se dispersó al instante. Aun así, no podía ver al hechicero: sin embargo, al dispersarse la niebla había quedado al descubierto una pequeña cueva bajo las rocas desde las que el Arúspice había estado espiando al Emisario.

Dural entró cautelosamente en el oscuro túnel. Aunque los Emisarios Oscuros eran débiles y enclenques, sabía por experiencia que eran tan peligrosos como la Bestia del Cieno que acababa de destruir. Dominaban a la perfección la magia, incluso mejor que él, y no tenían la más mínima duda de que este Emisario podría destruirlo si bajaba la guardia.

A una orden del Arúspice, su báculo brilló, iluminando la caverna. Unos oscos glifos habían sido grabados en las paredes, el hedor a muerte saturaba el aire. El túnel se abría convirtiéndose en una cámara muy grande, en cuyo suelo podían verse los ensangrentados huesos y los harapos de numerosos humanos asesinados hacia muy poco. Dural supuso que esos hombres habían huido de la batalla para acabar siendo brutalmente asesinados. En el extremo más alejado se encontraba el Emisario Oscuro, agazapado sobre un extraño cofre metálico que brillaba.

"Ahora no tienes escapatoria, servidor del maligno", dijo Dural con mucha calma. El Emisario se levantó y se giró para mirarlo. Su mano derecha estaba cubierta por el guantelete que brillaba con una luz antinatural. El guantelete zumbó amenazadoramente cuando el Emisario Oscuro lanzó un gancho hacia arriba, apuntando al pecho de Dural. El Arúspice levantó su báculo para desviar el golpe, pero, cuando la madera hechizada entró en contacto con el guantelete, se hizo astillas. Dural salió despedido por los aires, atravesando la cámara y golpeándose con considerable fuerza en la pared más alejada de la caverna.

Al recuperar los sentidos supo inmediatamente que el golpe le había roto las costillas, pero, a pesar del terrible dolor que sentía en todo su cuerpo, se obligó a ponerse en pie. El Emisario Oscuro lanzó otro puñetazo a Dural, esta vez dirigido contra su cabeza. El Arúspice se agachó y el guantelete golpeó la pared de la caverna. La fuerza del golpe hizo temblar el suelo bajo sus pies y toda la caverna se estremeció por el impacto.

Fragmentos de roca cayeron del techo y, con un ruido ensordecedor, se abrió una gran grieta en la pared. La maliciosa sonrisa en la cara del Emisario Oscuro fue reemplazada por una mirada de puro terror al darse cuenta de que el guantelete se había quedado profundamente clavado en la roca. Dural salió corriendo de la caverna mientras esta se derrumbaba detrás de él y alcanzó el exterior en medio de una gran nube de polvo. Cuando el polvo se asentó, se paseó por el montón de cascotes que habían sido la boca de la cueva. ¿Que era el misterioso artefacto mágico que había utilizado el Emisario? No importaba; ahora se había perdido, sepultado para siempre en la derrumbada cueva. Sabía que tenía que dirigirse inmediatamente a la Forja de los Ancestrales para informar de su descubrimiento al consejo. Otros Arúspices habían informado de descubrimientos de ese tipo y, en los sótanos de la Forja, ellos mismos guardaban numerosas reliquias similares. De dónde procedían y por qué esos extranjeros arriesgaban sus vidas para poseerlos era algo que Dural no podía imaginar, pero mientras siguiera con vida se aseguraría de que permanecieran en Albión.

FuenteEditar

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