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Duelo de colosos

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Imperio Campamento Militar Tienda del Comandante Karl Franz.jpg

Karl Franz se alejó de sus compañeros y miró a través del oscuro valle, hacia a las lineas enemigas. Durante toda la noche, una algarabía de estridentes trompetas retumbar de tambores se había mezclado con una cacofonía de gritos y maldiciones. Los sonidos habían resonado a través de la planicie como un viento cortante, helando el corazón de los hombres ya aturdidos por el miedo. A lo largo del valle, el Emperador podía ver las posiciones de su ejército, señaladas por cientos de hogueras, a las que los hombres se acercaban en busca de alimento, calor y compañía.

Y entonces había caído el silencio...

Sus pensamientos retrocedieron a los acontecimientos de unos días atrás... no: hacia ya semanas que aquel horror había caído sobre ellos. Al principio eran sólo rumores de incursiones contra pequeños pueblos y asentamientos en las fronteras del Imperio. Poco después, un ensangrentado ejército Orco había descendido de las Montañas Negras. Se habían enviado un ejército a interceptar a los invasores, y bajo el mando del Conde Elector, las tropas imperiales habían rechazado una parte de la fuerza atacante, pero desde ese día las noticias habían sido poco alentadoras.

Cada hora traía un nuevo temor. A los Orcos se había unido una horda de Goblins, y habían avanzado hasta la frontera de Talabecland, matando, quemando y destruyéndolo todo a su paso. En el principio Altdorf, el río Reik había bajado teñido de rojo por la sangre, y la visión de las docenas de cadáveres florando a través de la capital había provocado el pánico en la ciudad. Se había declarado el toque de queda para proteger a los ciudadanos y había rumores de sedición en el ejército.

Karl Franz dio media vuelta y envolviéndose en su capa, entro en la tienda. "Señores..., -sus ojos se acostumbraron a la oscilante luz de las velas- ...no hay esperanzas de que acudan más tropas. Hemos de enfrentarnos a esta amenaza notros solos."

"Sire, quizás aún haya tiempo." -la voz era la del Conde de Ostland, cuyo ejército de Alabarderos, Arqueros y batería de Grandes Cañones había llegado esa misma tarde.

"No, mi querido amigo; se ha producido una despreciable traición en mi contra. No vendrá nadie más."

Había cuatro hombres con él. A su derecha estaba el Conde de Ostland, en cuyo honesto consejo confiaba, pero cuyo optimismo a veces falseaba la verdad. A su izquierda, refunfuñando para sí mismo, encorvado y observador, estaba el Conde Elector de Averland. A pesar de su heroica victoria, la provincia de Averlan había sido asolada y el carácter del Conde se deslizaba más y más hacia la locura. Y allí, dispuestos a ayudar estaban sus viejos amigos y camaradas, Ludwig Schwarzhelm y el Gran Teogonista Volkmar.

"No hay noticias de los Enanos, y ni el Conde de Middenland ni el Conde de Hochland llegaran antes del anochecer!." Su voz era firme y no mostraba ninguna emoción. "El enemigo es numeroso, y mis espías dicen que se ha unido a él un gran número de diablos rojos de Hashut".

"¡Fuego y sangre! ¡Fuego y sangre!" -siseó Averland con los dientes apretados. Empezó a oscilar adelante y atrás abriendo y cerrando los puños.

Los otros intercambiaron miradas, pero Karl Franz se acercó y sujetó a su amigo por el brazo.

El movimiento del Conde cesó y sus ojos oscilaron mirando a la cara al Emperador. "Lo siento, mi señor". -dijo el Conde con coz más calmada-. "Sólo busco servir y vengar las muertes entre los míos. Espero ver cómo esos malditos son expulsados de nuestra tierra, y vuestra justicia se restablece!."

Hubo un veloz movimiento detrás de él; una grácil figura penetro bajo el toldo y echó hacia atrás su capa.

"¡Loreliel!. -exclamo Karl Franz acercándose al Elfo y colocando las manos sobre sus hombros, ¿Que haces aquí?"

"Mi pueblo tiene antiguas cuentas que saldar con los portadores de barba. Hace ya muchos soles, muchos de mis hermanos fueron masacrados por ellos en el Río Cráneo. Ahora se han unido a los odiosos pieles verdes, por lo que no podíamos sino acudir en vuestra ayuda. Estamos listos para servir bajo tu estandarte. Mis Exploradores y Guerreros están y esperan la orden de atacar."

Procedentes del campamento enemigo empezó a oírse un ominoso y siniestro redoble de tambor: ¡Boom! ¡Bomm! ¡Boom!

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