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El ¡Waaagh! de Grom

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Grom el Panzudo por Wayne England Goblins.jpg

La mayoría de los caudillos cuyas campañas de destrucción han hecho estremecerse al mundo y han amenazado con destruir a los reinos de la humanidad han sido Orcos, no Goblins. Los Orcos son más fuertes, más peligrosos y su ambición de conquista es mucho más intensa. Grom fue uno de los poquísimos Goblins que han logrado alcanzar ese mismo nivel de prestigio, pues su prodigiosa talla rivaliza con la de los más grandes comandantes Orcos que jamás hayan existido, y su ambición de conquista sin duda los sobrepasa a todos ellos. No es que Grom fuese particularmente alto (ciertamente no era tan alto como un Orco), sino que era infame y estaba escandalosamente gordo. Su cuerpo era tan masivo que llegó a ser conocido como el "Barrigudo de la Montaña Nublada", o simplemente "Grom el Panzudo".

Primeros PasosEditar

Grom Panzudo.jpg

La tribu de Grom, los Hacha Rota, era una tribu de Goblins que habitaba en el extremo Este del Paso del Perro Loco. La tribu ocupaba una de las incontables fortalezas en ruinas del paso, un desfiladero escarpado y repleto de túneles. Si hemos de creer la leyenda, el injustificable volumen físico de Grom fue debido a que en algún momento alrededor del año Imperial 2400, Grom participó en la infame apuesta entre comilones descrita donde se zampó una enorme cantidad de carne de Troll con motivo de una apuesta.

Para quien no lo sepa vale la pena destacar que los Trolls poseen la inusual particularidad de regenerarse a sí misma muy rápidamente. Si un Troll sufre alguna herida, su carne crecerá de nuevo casi instantáneamente. Esto hace que su espantosa carne, aparte de ser enormemente dura, sea virtualmente imposible de absorber y procesar como alimento, a menos que haya sido cocinado a conciencia, o que el comensal en cuestión tenga la misma capacidad que los Trolls para digerir rocas, carroña de todo tipo e incluso acero. Grom no tiene ni mucho menos dicha capacidad, y por tanto debería haber muerto de todas formas.

Decidido a comer más que sus adversarios, Grom engulló un gigantesco plato de filetes de Troll crudos sólo para descubrir que la carne estaba regenerándose en el interior de su estómago. Con su estómago temblando y expandiéndose visiblemente debido a la carne de Troll que crecía constantemente en el interior de su estómago, su sistema digestivo de Goblin, también famoso por su capacidad combativa, empezó a trabajar con el exceso de materia prima ante el que se encontraba. Grom pasó varios días retorciéndose de agonía (para el regocijo general de sus competidores en la apuesta). Al principio, la carne de Troll se regeneraba más aprisa de lo que podía digerirla y, de algún modo, tras semanas de indigestión crónica y de accesos flatulentos casi mortales, su estómago fue recuperando terreno y su metabolismo acabó finalmente alcanzando un punto de equilibrio. Aunque la carne de la bestia se hallaba aún en grandes cantidades en su estómago, Grom consiguió ir digiriéndola más o menos al mismo ritmo al que crecía. De aquella experiencia, emergió triunfante un Grom aún más fuerte y mórbidamente obeso. Sin embargo, aunque no volvió a comer nada desde entonces, continuó ganando peso gracias a la presencia de la carne del Troll. Estuvo sufriendo ataques de flatulencia explosiva durante el resto de sus días.

John-gravato-night-goblins Nocturnos.jpg

Con su nueva fuerza y resistencia, Grom se labró rápidamente un camino hasta la cúspide de la tribu Hacha Rota. Su ascenso al puesto de caudillo era inevitable, pues para los Orcos y los Goblins el tamaño equivale al poder, y desde luego Grom tenía un aspecto de lo más "poderoso", se le mirase por donde se le mirase. En un lapso de diez años, Grom logró que los Goblins del Hacha Rota se expandieran desde sus exiguos y deprimidos dominios conquistando a muchas otras tribus de Orcos y Goblins del sur de las Montañas del Fin del Mundo y las Tierras Yermas.Todos los Caudillos son arrogantes y presuntuosos, pero de nuevo Grom mostró que todo lo que le rodeaba tenía unas proporciones épicas. Al fin y al cabo, hay que tener en cuenta que Grom era un insignificante Goblin de una tribu secundaria, que de pronto había crecido en tamaño y poder hasta llegar a someter abusivamente a otras tribus de Orcos, y comandarlas según su voluntad. Por tanto, no es de extrañar que se le subiera a la cabeza. Grom empezó a referirse a sí mismo en tercera persona, y cualquiera que se dirigiese a él debía usar títulos como "Su Suprema Inmensidad", sopena de sufrir su ira. En una ocasión se enfrentó a un líder rival de una tribu de Goblins Nocturnos de la Montaña del Trueno, y lo derrotó aplastándolo con su panza, tras lo cual se quedó con su tribu y la unió a su horda, que al igual que la panza del propio Grom no paraba de crecer.

Durante varios años, la tribu de los Hacha Rota vagabundeó por las tierras del Oeste y el Norte, conquistando a las tribus de Orcos y Goblins del Sur de las Montañas del Fin del Mundo y de las Tierras Yermas. Antes de que pasaran diez años ya había conquistado las tribus a lo largo del Paso del Perro Loco y subyugado a las tribus de Goblins Nocturnos que vivían en los alrededores y bajo la Montaña del Trueno. Este fue el principio del ¡Waaagh! de Grom y el nacimiento de una leyenda en la historia Piel Verde.

El reto de la Montaña de TruenoEditar

Pieles Verdes Orco Negro.jpg

Un año después del incidente de la indigestión de Troll. Grom ya era “el pez gordo" de la tribu del Hacha Rota. La tribu había crecido considerablemente, pero todavía tenía que ponerse a prueba contra la fuerza más influyente de la región: Zhok Pinchatripaz. Kaudillo Orco de la tribu de los Pinchatripaz. Zhok y sus Orcos hacia poco que habían conquistado a los Goblins Nocturnos que vivían bajo la Montaña del Trueno. La mayoría de los Goblins sentían que debían huir de los Orcos más grandes, o en todo caso someterse a ellos. Grom tenía otros planes.

Grom se fue él solo, con el hacha sobre el hombro. Cuando la noticia llegó a oídos de Zhok, el Orco ordenó que el Rey Goblin debía viajar sin ser emboscado: le enseñaría una buena lección al atrevido Goblin él personalmente. Cuando Grom llegó al campamento de los Pinchatripaz vio que Zhok le estaba esperando, y ya se había formado un circulo de curiosos espectadores. El tamaño de Gnom era impresionante; tenía muchos menos músculos de Zholt, pero le superaba en envergadura. La pelea fue corta y brutal. Zhok le metió un golpetazo con su espadón, pero delante de los ojos de todo el mundo, la herida se curó por sí sola. Los miembros seccionados de Zholt, por otra parte, carecían de esta habilidad. Grom sólo se pudo hacer cargo de los Pinchatripaz después de pasar a hierro a todos los Grandes de la tribu. Grom estaba tan cansado que reposó todo su peso sentándose encima de un pequeño Goblin Nocturno. Todo el mundo esperaba encontrar poco más que una mancha verde oscura debajo del volumen de Grom, pero el Goblin Nocturno no solo logró sobrevivir: sino que pegó un respingo con una mirada enajenada en el rostro. Tomando su fortuna como un signo de Morko, Grom promocionó al afortunado Goblin Nocturno al momento, encargándole hacerse cargo de su estandarte.

El ¡Waaagh! de GromEditar

Chamán Goblin por John Wigley.jpg

En el año 2410, Grom, ahora un Goblin verdaderamente masivo con un tripón que ondulaba de manera antinatural, marchó al mando de su horda a través del Paso del Fuego Negro y hacia el norte, a lo largo de las tierras altas en poder de los Enanos. En aquella campaña redujo a ruinas unas cuantas fortalezas Enanas, profanó muchas tumbas de ancestros Enanos y ordenó remodelar una colosal estatua del dios Enanos Grungni, volviéndola a tallar para que se pareciese a él. Furiosos por este nuevo ultraje (y por el lamentable nivel escultórico de los pieles verdes), los Enanos se agruparon en masa con la intención de machacar sin piedad al kaudillo Goblin y su horda.

Los Enanos, con el Rey Bragarik al mando, hicieron frente al ¡Waaagh! de Grom en la Batalla de la Puerta de Hierro, en una de las viejas entradas Enanas al interior de Karak-Varn. Tras tres días de combate ininterrumpido, ambos bandos se retiraron para tomar aire, dejando atrás un gran montón de muertos pero ningún vencedor claro. El resultado de la batalla acabó favoreciendo a Grom, que podía permitirse la pérdida de un gran número de tropas sin afectar a la fuerza global de su horda. Sin embargo, para los Enanos, dicho resultado no era otra cosa que un completo desastre. La oxidada hacha de Grom (conocida por el poco original nombre de "El Hacha de Grom"), había sajado y rajado a una espantosa cantidad de los mejores soldados del Rey, y con tantas bajas entre sus filas no cabía la menor esperanza de rechazar a los Pieles Verdes. Presa de la desesperación, los Enanos se retiraron a sus diversos bastiones y, tragándose su orgullo, enviaron emisarios al Imperio pidiendo ayuda. Por su parte, Grom el Panzudo ya había reemplazado sus bajas con nuevas tribus (principalmente de Goblins), que habían corrido a unirse al corpulento líder.

Un Rastro de DestrucciónEditar

Grom Panzudo por Mark Gibbons.jpg

Por desgracia para los Enanos (y para el Imperio), el Emperador reinante en ese momento era Dieter IV, Conde Elector de Stirland y quizás el dirigente más irresponsable e insensible que jamás haya ocupado el trono Imperial. Durante años, Dieter había desviado los presupuestos del ejército hacia sus propios bolsillos. No se había escatimado nada para convertir la ciudad de Nuln (que por aquel entonces era la capital del Imperio)en una espectacular metrópolis con fuentes de mármol, estatuas doradas, y deslumbrantes jardines. Dieter había demolido casi la mitad de la ciudad para contar con el terreno suficiente para construir su impresionante Palacio de Oro, rodeado de templos y jardines públicos.

Cuando el mensajero del Rey Enano llegó al Palacio Dorado de Dieter, el Emperador reaccionó de manera inmediata, pero no enviando ayuda a los Enanos (ya que el ejército estaba tan exhausto de fondos que no había ayuda que enviar), sino largándose de Nuln con toda su corte para refugiarse más al oeste, en Altdorf, a fin de estar lo más alejado posible de la amenaza piel verde. Disgustado, el mensajero Enano volvió a Karaz-a-Karak, en donde su Rey recibió las noticias sobre la decisión del Emperador Dieter con el típico estoicismo Enano, y una nueva anotación en el Libro de los Agravios.

Conscientes de que serían incapaces de contener por sí solos la ambición de Grom, los Enanos resolvieron una vez más encerrarse tras las robustas puertas de sus fortalezas y defenderse desde el interior. Durante los siguientes años, la ¡Waaagh! de Grom recorrió vagó libremente por las montañas arriba y abajo, profanando santuarios, despojando tumbas, y atacando a los viajeros, pero Grom no tuvo oportunidad alguna de penetrar en ninguna de las fortalezas Enanas de importancia ni hacer salir a los "tapones" para pelear a campo abierto.

John gravato Caballero Imperio Goblins.jpg

Puesto que el ¡Waaagh! recorría sin oposición las Montañas del Fin del Mundo, se unieron a él multitud de Goblins llegados desde las Tierras Yermas, incluyendo Goblins Nocturnos venidos de lugares tan lejanos como la Montaña del Ojo Rojo, y también muchos Goblins Silvanos del Gran Bosque acabaron uniéndose a las legiones de Grom. Por todo el Paso de los Picos podían verse largas líneas de campamentos temporales, las caravanas de las usureras tribus de pieles verdes mercaderes. También tribus de Jinetes de Lobos, dispuestas a poner sus estandartes y su experiencia de combate al servicio del ya legendario caudillo, que a fin de acomodar su masivo cuerpo y maravillar aún más a sus seguidores, había decidido empezar a desplazarse a todas partes montado en un resistente carro diseñado a su medida.

Con su ejército que aumentaba continuamente en fuerzas y potencia, Grom empezó a aventurarse más y más hacia el Oeste. Dirigiendo sus huestes, Grom devastó las provincias Imperiales de Stirland y Talabecland, y llegó a entrar en la misma Hochland, a la sombra de las Montañas Centrales. Los ejércitos del Imperio fueron enfrentados y derrotados uno tras otro, y pronto los Humanos decidieron dejar de luchar y retirarse tras los muros de sus ciudades fortificadas. La campiña quedó abandonada.

Jinetes Lobo Goblins atacando carruaje.png

El Gran Bosque se convirtió prácticamente en un reino Goblin, por el que ningún ejército Imperial podía moverse a salvo. Grom decidió evitar las zonas fuertemente fortificadas y prefirió que su ¡Waaagh! se avituallase de lo que crecía en el campo, dejando a su paso grandes extensiones de tierra quemada. No obstante, esta estrategia tuvo una notable excepción; desde que el héroe Imperial Magnus el Piadoso se convirtiese en Emperador años atrás, la capital del Imperio había sido Nuln.

Recientemente, sin embargo, las defensas de dicha ciudad habían sido desatendidas en favor de las preferencias de Dieter por la magnificiencia del mármol. Obviamente, Grom no podía ignorar un blanco tan goloso como aquel, y así el maravilloso Palacio de Oro de Dieter y sus grandes fuentes y edificios anexos fueron destruidos en el ataque subsiguiente. Durante semanas, las adoquinadas calles de Nuln retumbaron con el sonido de las alocadas carreras de carros. Para la decepción de las belicosas peñas de Orcos Negros que se habían unido al ¡Waaagh!, Grom se daba por satisfecho con tumbarse a descansar sobre las pilas de tesoros que había acumulado hasta ese momento. Aunque el caudillo seguía siendo muy popular entre la mayoría de sus tropas, esa falta de iniciativa y dirección tuvo el efecto de dispersar muchísimo a las tribus, que se dedicaron a saquear extensas zonas del Imperio cada una por su cuenta.

El Imperio Bajo AsedioEditar

Imagen 4ª Goblins silvanos.jpg

La horda avanzó hacia el Oeste hasta que la totalidad del Imperio se convirtió en una tierra sitiada. La más poderosa nación humana no era en ese momento más que una colección de comunidades aisladas que se ocultaban tras muros fuertemente defendidos, mientras que fuera de ellas las hordas de Grom el Panzudo campaban a sus anchas saqueando lo que les venía en gana. Viendo que los Humanos abandonaban sus tierras, las tribus de los Goblins Silvanos emergieron de sus escondrijos para unirse a la destrucción, y sus arañas gigantes empezaron a trepar sobre las empalizadas, y más tarde sobre los muros de piedra, hasta que en poco tiempo incluso las ciudades amuralladas empezaron a ser víctimas de los saqueos.

El fin del Imperio parecía inevitable, pues durante todo aquel tiempo nadie se había ocupado de arar ni sembrar la tierra; los animales fueron sacrificados y el grano para sembrar la tierra, convertido en harina para aliviar el hambre. El Emperador estaba demasiado paralizado por el miedo como para poner en acción a sus ejércitos, prefiriendo pasar sus días refugiado en la seguridad de Altdorf, perdido en recuerdos de tiempos mejores mientras soñaba con doncellas ligeras de ropa tumbadas en torno a grandes pilas de oro.

Imperio Enanos contra Goblins John Blanche.jpg

Mientras el Emperador permanecía completamente inactivo, el desesperado valor del Príncipe Wilhelm, primo de Dieter, hacía albergar aún algunas esperanzas a los súbditos del Imperio. Erigiéndose como el salvador del Imperio, organizó la defensa de Altdorf y organizó un nuevo ejército de entre los asediados ciudadanos. Aunque su ejército lleno de milicianos no tendría la menor posibilidad de resistir un embite contra el grueso de las salvajes hordas de Grom, lo cierto es que los pieles verdes estaban tan divididos y esparcidos a lo largo de tantas provincias, que lo que sí parecía factible era confrontar y vencer a estos grupos más pequeños por separado. Por tanto, evitando las grandes concentraciones de Orcos y Goblins, Wilhelm pudo lanzar varios contraataques locales que evitaron que Grom devastara completamente el Reikland. Wilhelm se centró sobre todo en preservar los fértiles campos de Reikland, una vasta alacena que podía llegar a ser suficiente para mitigar el hambre de la nación; siempre y cuando los pieles verdes pudieran ser expulsados, claro.

Pese a la urgente insistencia de sus Orcos Negros, Grom seguía dándose por satisfecho con tumbarse a la fresca sobre las montañas de botín que había saqueado. Fue una profecía en estado de trance por parte de su Chamán, el viejo Piñosnegros, el factor que volvió a incendiar el espíritu guerrero de Grom. "Llévalos al mar", le dijo Piñosnegros, "Gorko y Morko quieren que aplastes nuevos sitios". En ese mismo momento, Grom pasó del indolente letargo en el que se hallaba sumido a un estado de frenética excitación (mucho más común en él). Sin esperar siquiera a que sus esparcidas legiones de pieles verdes se reagruparan, ordenó a todas las tropas que estaban a distancia de oirle gritar que se dirigieran hacia el oeste. Incluso marchando sólo con una porción de su potencial ejército, para Grom supuso un juego de niños derrotar al ejército de Middenland que le salió al paso.

Debido a un disparo de cañón que destruyó su carro en esa batalla, Grom se vio obligado a hacer una breve parada logística en la ciudad de Middenheim. Allí, se hizo fabricar un nuevo carro de aspecto magnífico, hecho con las vigas que sujetaban el techo del templo del Lobo Blanco (nadie se sorprendió de que Grom bautizase a este nuevo carro con el mismo nombre que tenía el antiguo: Carro de Grom. Las prisas del Kaudillo Goblin por alcanzar la costa eran tales, que dejó Middenheim virtualmente intacta, salvo por el ya mencionado techo del templo, las destrozadas puertas de entrada a la ciudad, y la típica pestuza que dejan los pieles verdes allí por donde pasan.

Grom el Panzudo Imagen 4ª Edición.jpg

Tras devastar grandes extensiones de Nordland, Grom llegó hasta la costa orillas del océano. De acuerdo con los archivos históricos Imperiales, la horda se agrupó en la costa y de inmediato Grom ordenó construir una flota a las hordas que le seguían. Varias tribus talaron acres y acres de bosque, mientras que otras fueron en busca de provisiones y pertrechos. Jamás se había visto antes en el mundo una flota con aquel aspecto: enormes y toscos pecios flotantes de madera, propulsados por hélices o velas hechas a base de gigantescos retales de telas.

Siguiendo el típico sistema de los pieles verdes, para fabricar las embarcaciones se utilizaron todos los materiales disponibles: la totalidad de las tribus Goblins fueron enviadas a saquear las ruinas del Imperio para conseguir los materiales necesarios para la construcción de los buques, lo cual por ejemplo dio lugar a atalayas Imperiales que fueron desmanteladas por completo y vueltas a armar de manera un tanto chapucera, por supuesto, sobre las cubiertas de los barcos más grandes. Muchos Kaudillos, particularmente los de las peñas de Orcos y Orcos Negros, protestaron diciendo que sus chicos debían dedicarse a combatir, no a sudar haciendo trabajos de carpintería. Sin embargo, Grom decapitó a los suficientes descontentos como para que el resto dejase de protestar.

Nave Barco Orcos y Goblins por Michael Phillippi Warhammer Online.jpg

Mientras la flota tomaba forma, los exploradores a caballo Imperiales transmitieron mensajes a Bretonia, Kislev y los reinos sureños, advirtiéndoles del peligro ante la inevitable aproximación de esta armada. Los reinos de todo el Viejo Mundo temblaban y esperaban, deseando que el avance del ¡Waaagh! no pasara por sus tierras. En los meses siguientes, Grom se hizo a la mar y se abrió camino bajando por la costa, seguido de cerca por los valerosos navíos de la Armada Imperial. El almirante Von Kronitze no quería arriesgarse a un enfrentamiento contra la numerosa flota piel verde, pues estaba convencido de que el paso del tiempo, las mareas y la ineptitud naval de sus enemigos le acabarían haciendo gratis buena parte del trabajo. Sin embargo, cuando la flota de Grom empezó a navegar por el delta del poderoso Reik, en dirección a Marienburgo, Kronitze se dio cuenta de que no tenía más remedio que atacar.

Lo que siguió fue una masiva y sangrienta batalla naval que hundió a la mitad de la flota Imperial y obligó a la otra mitad a retirarse hacia alta mar entre crecientes vientos. Marienburgo había quedado indefensa para ser invadida por la horda de Orcos y Goblins y los valientes habitantes de esta ciudad se prepararon para defenderla. Pero entonces la fortuna sonrió al Imperio con un brusco cambio del clima: se desató una fuerte galerna, que empeoró sensiblemente el estado del mar. Por fin, los Orcos y Goblins iban a pagar cara su escasa pericia marinera. Los Goblins, no habituados al mar e ignorantes de la navegación, no pudieron hacer nada más que dejarse llevar por la tormenta. Incapaces de alcanzar ningún puerto seguro, muchos de los barcos cargados hasta los topes de pieles verdes se hundieron sin contemplaciones. El resto de la flota fue arrastrada mar adentro por la furia de la tormenta, hasta perderse más allá de la línea del horizonte. De Grom y del resto del ¡Waaagh! nada volvió a saberse en los reinos de los Hombres. Sólo años más tarde se conoció la historia completa del viaje de Grom.

La Flota se Dirige al Oeste Editar

The glittering tower by neisbeis-d4sqmwb Altos Elfos.jpg

Aunque muchas de las destartaladas naves pieles verdes se hundieron cerca de las costas de Bretonia, el resto de la flota se las apañó para capear la tormenta. Tras pasar en el mar cuarenta dias con sus noches, la ya muy reducida armada de Grom logró echar el ancla en una extraña costa cubierta de niebla. Cabalgaban sobre las olas en una enorme flota de buques burdamente construidos, cada uno tripulado por cientos de crueles guerreros pieles verdes. Llegaron a la pedregosa playa, con sus barcos maltrechos por el viento y sus velas hechas jirones. La mitad de los guerreros de la numerosísima horda se habían perdido. Habían perecido en el mar, muertos a causa del escorbuto, devorados por krakens, sus buques habían sido arrojados contra las afiladas rocas y arrecifes, sus mentes habían enloquecido por las ilusiones sufridas al navegar entre las Islas Cambiantes. Más de la mitad de la horda había perecido, pero los guerreros sobrevivientes no estaban desanimados. Dos veces diez mil vivían todavía, y sus ojos brillaban con una maldad desenfrenada.

Las corrientes les habían arrastrado muy al interior del Océano Occidental, hasta que la tormenta les atrapó en sus garras de hierro. Igual que la mano de un dios maligno, les arrojó a la costa de Ulthuan. El mar embravecido había obligado a regresar a puerto incluso a los transoceánicos buques Élficos, por lo que los guardianes de Ulthuan no sabían nada de la fuerza de invasión que se aproximaba. Los aullantes vientos partieron las nieblas mágicas que durante tanto tiempo habían protegido las Orillas Orientales. Fue como si el oscuro destino deseara que esta maldición cayera sobre los Elfos. Los barcos atracaron en Cairn Lotherl, en el reino que los Elfos llaman Yvresse.

Las avezadas patrullas costeras se quedaron estupefactas al ver a la horda de intrusos de piel verde que estaba desembarcando en aquella playa con suelo de guijarros; era una de las inhóspitas calas de Yvresse, en la costa este de Ulthuan. Los Altos Elfos de aquellas tierras disponen de muchas protecciones mágicas para avisarles de la presencia de extranjeros. Entre los cambiantes bancos de arena, las neblinas místicas y los innumerables monstruos marinos que asolan sus aguas, es raro que ni un solo barco forastero logre pasar sin sufrir algún percance. Por tanto, que varios centenares de navíos en un estado ruinoso hubiesen podido llegar hasta allí, para los Altos elfos evidenciaba que aquella armada tenía a su favor grandes poderes mágicos, o una suerte completamente absurda.

Buen Plan por Dan Scott Jinete de Lobo Goblin.jpg

Aunque las tropas de Grom eran ya apenas una fracción de lo que habían llegado a ser en su momento de máximo esplendor, cuando se desplegaron por la costa de Ulthuan quedó patente que seguían componiendo una horda terrible. Muchas de las monturas de los jinetez de lobo se habían despedazado entre sí durante la travesía, por eso mismo las que aún quedaban estaban en buen estado y bien alimentadas, y enseguida se avanzaron para explorar el terreno. La única Serpiente Alada que había sobrevivido hasta allí, encadenada en la húmeda y apestosa bodega de uno de los barcos, rugió de furia al ser liberada atacando a sus carceleros goblins y comiéndoselos por docenas. Sólo el chamán de la horda, el viejo Piñoznegroz, fue capaz de domar a la bestia,y tras hacerlo la reclamó como montura personal. Grom ordenó que todas las naves fueran desmontadas, en parte para que se aprovechasen sus restos para fabricar máquinas de guerra y un nuevo carro para si mismo pues su antiguo vehículo descansaba por entonces en algún lugar del fondo del óceano. También parte porque cuarenta días con sus noches en el mar habían acabado con la paciencia de Grom, que juró no volver a poner el pie en ningún tipo de barco. Grom era consciente de que ya no iba a haber posibilidad de vuelta atrás: si Gorko y Morko querían que aquellas misteriosas tierras fuesen conquistadas por los pieles verdes, él era el goblin que cumpliría sus deseos.

Al son de enormes tambores, la horda avanzó hacia el Sur, incendiándolo todo a su paso. Cayeron sobre los aislados puestos avanzados de los Elfos como hormigas guerreras puestas en marcha. Los Altos Elfos, ampliamente superados en número, poco pudieron hacer frente la fuerza de Grom. Se mantuvieron pequeñas dotaciones de Altos Elfos para defender los pasos de los ríos, poblaciones, atalayas y mansiones que habían aqui y allá por la escasamente poblada costa, pero ello no tuvo ningún efecto: todos esos emplazamientos fueron conquistados y saqueados uno detrás de otro. En el pueblo de Kaselorne, un Elfo moribundo reveló la existencia de la ciudad de Tor Yvresse, jurando que el Guardián de la Ciudad acabaría con todos ellos. Grom se rió en su cara y le dijo al Elfo que se daría un banquete con el corazón del Guardián. Sin embargo, la historia del Elfo de una ciudad llena de guerreros con cotas de malla de plata agitó el salvaje corazón de Grom, que supo que éste era el lugar que debía conquistar. Sería la capital de su nuevo reino.

La Destrucción de los MonolitosEditar

Alto Elfo Cuerno.jpg

La noticia de la llegada de la horda llegó a la fortaleza de Moranion, Señor de Athel Tamarha. El viejo noble Elfo se mostró profundamente preocupado por las noticias. Su hijo mayor y la mayoría de sus tropas estaban en las lejanas tierras del Norte, luchando contra los invasores Elfos Oscuros. Su hijo más joven, Argalen, estaba en Tor Yvresse estudiando magia bajo la tutela del Guardián. El corazón del viejo Elfo ya estaba apesadumbrado al llegar la noticia de que su primogénito, Eltharion, yacía en aquel preciso instante a las puertas de la muerte, con la herida de una daga envenenada de una Bruja Elfa cerca del corazón. Envió pájaros mensajeros al Guardián con las noticias de la horda que se acercaba, y a continuación envió los pocos exploradores que le quedaban para hacer un reconocimiento de la horda Goblin.

Los exploradores Altos Elfos encontraron la vanguardia del ejército de Grom en el Vado de Peledor. Permanecieron a la espera y arrojaron una lluvia de flechas sobre los Goblins cuando éstos intentaron cruzar. Los Goblins sufrieron graves bajas y los gritos de burla de los Elfos les enfurecieron. Sin embargo, el viejo y astuto Grom había analizado con más calma la situación y envió un grupo de guerreros río arriba con órdenes de cruzar el río a nado y atacar a los defensores Elfos por el flanco. Los Elfos fueron expulsados del vado.

Recordando su juramento de no poner pie nunca más en un bote, Grom no cruzó el río en ninguna de las balsas construidas apresuradamente. En lugar de eso, ordenó a su guardia personal meterse en el río con sus escudos sostenidos sobre sus cabezas, y Grom cruzó el Peledor sobre un puente de escudos. Tan sólo tres de sus guardias personales murieron tratando de sostener su enorme peso.En la otra orilla, los Goblins descubrieron una gigantesca piedra erguida, uno de los menhires de los Elfos. El Chaman de Grom, Piñoznegros, examinó el monolito Élfico grabado con runas y descubrió para qué servía: se trataba de un nexo conductor de una gran cantidad de energía. Los dioses oscuros sonrieron y el Chaman consiguió unir su mente al menhir. La energía fluyó a través de él. Se elevó exultante en el cielo nocturno montado sobre su Serpiente Alada, Muerte Alada. Los Orcos y Goblins se regocijaban al ver las delicadas construcciones de los "orejotaz" reducidas a ruinas. El viejo Piñoznegroz tenía el pálpito de que todos los brillantes y blancos monolitos élficos que rodeaban la isla debían ser arrancados del suelo y destruidos. Al oir esto, Grom ordenó que se hiciese de inmediato.

FFG WHI 1.jpg

Cada uno de aquellos menhires mágicos había sido cuidadosamente plantado en la tierra y rodeados por hechizos de protección. Su función era al de capturar la energía mágica que quedaba suelta por todo el mundo y atraerla en amplias espirales a Ulthuan, como si fuera el agua de una pila atraída por un desagüe. Por tanto la pérdida de una sola de aquellas rocas podía tener graves consecuencias a largo plazo; y las tropas de Grom habían destrozado no una, sino muchas.

Cuantos más de aquellos monolitos élficos eran derribados e inutilizados, más amenazantes parecían las ondulantes nieblas y las luces multicolor que se extendían por los cielos nocturnos de Ulthuan. Sin que los pieles verdes lo supieran, cada monolito destruido había aumentado de algún modo el poder de Piñoznegroz, hasta el punto de que el ajado chamán estaba ya ha reventar de energía arcana en estado puro, y empezaba a caer en el abismo de la locura. Aún así, todavía conservaba la suficiente cordura como para adivinar el emplazamiento en el que se encontraba una gran ciudad élfica, y así se lo indicó a Grom, quien ordenó a su ejército marchar en aquella dirección de inmediato. Transcurridos unos pocos días, los jinetes del lobo informaron a su señor de que efectivamente, una ciudad de altas y esbeltas torres se divisaba en el horizonte.

La Caída de Athel Tamarha.Editar

Heroe Arsai.jpg

El ejército Goblin llegó a la fortaleza de Athel Tamarha. Contemplando el enorme palacio-fortaleza, Grom decidió que esa debía ser la ciudad de Tor Yvresse. Permaneció alelado durante unos instantes; su belleza le superaba. Como muchas ancestrales construcciones élficas, la fortaleza parecía haber crecido de la roca viva, con sus torres de piedra, elevándose desde su base de piedra como troncos de árboles petrificados. Ancestrales bajorrelieves ligeramente erosionados por el viento estaban esculpidos en sus muros. Bellas estatuas montaban guardia sobre el lago-foso ante la fortaleza. Sus ojos desprovistos de vida vigilaban el puente de entrada de basalto.

Moranion contempló desde su torre el océano de criaturas verdes y supo que estaba perdido. El informe de los exploradores no le había preparado para la magnitud real del ejército que se extendía ante sus ojos. Cubría toda la sierra más próxima y fluía como una marea verde a través de la llanura, dirigiéndose hacia su hogar ancestral. Al frente del ejército vio la enorme silueta de Grom, cómodamente instalado en su carruaje de guerra. En lo alto, una poderosa Serpiente Alada surcaba el cielo con un chaman montado en su lomo. Los hechizos de ilusión que rodeaban Athel Tamarha se habían debilitado y desaparecido el día anterior. Al contemplar al chamán Goblin, el viejo noble Elfo supo el motivo; una nube de energía flotaba a su alrededor, más brillante que el relámpago, más terrible que cualquier Dragón enfurecido.

Fanáticos Goblins Nocturnos by mik.jpg

"No sabe lo que hace" -pensó Moranion con estremecimiento. Semejante volumen de energía acabaría consumiendo al chamán como una llama consume una rama seca, pero no antes de que causara terribles estragos. El chamán había unido su mente a los conductos de energía mágica que los Elfos utilizaban para mantener su tierra por encima de las aguas.

Los menhires eran el eje de los hechizos que mantenían el poder del Caos apartado del mundo; sus hechizos eran tan poderosos, intrincados y complejos que ningún mago viviente podía aspirar a entender o reproducir. Salvo en momentos de gran necesidad, ningún mago Elfo se atrevería a interferir con ellos porque, ¿quién podía saber lo que ocurriría si su equilibrio era alterado aún si sólo fuera ligeramente? Era una amenaza a todo el continente de Ulthuan, no sólo a Athel Tamarha.

Con un poderoso rugido, los Goblins avanzaron hacia el puente de entrada: Mientras lo hacían, la Serpiente Alada descendió en picado. De la mano de su jinete surgió un colosal rayo de energía. El olor a ozono llenó el aire. Las puertas de la Fortaleza de Tamarha estallaron en mil pedazos. Moranion sabía que no tenía ninguna posibilidad de sobrevivir. La fortaleza disponía de pocos guerreros en ese momento; la mayoría eran viejos y muchachos sin experiencia. No podrían contener a los Goblins en la puerta de la fortaleza.

WAR Caledor Fortaleza.jpg

Grom dirigía su carruaje a través del puente, matando a todo el que se interponía en su camino. Penetró en el patio de armas, donde fue interceptado por Moranion. El viejo Elfo llevaba una cota de malla plateada y una capa de piel de lobo blanco. En su mano sostenía su espada cubierta de runas, la Espada Colmillo. El viejo Elfo le desafió. Grom bajó de su carruaje y avanzó entre los demás combatientes. Bloqueando con su hacha la espada del Elfo, derribó al anciano guerrero de un golpe con su puño enfundado en cotas de mallas. Entonces se irguió lanzando gritos de triunfo entre sus guerreros, con el inconsciente Alto Elfo colgado sobre su hombro.

La batalla terminó rápidamente. Los victoriosos guerreros Goblins recorrieron las estancias del antiguo palacio, envolviéndose en los tapices, corriendo y brincando por los salones, desfigurando obras de arte de valor incalculable y rompiendo los brazos de las exquisitas estatuas. Risas estúpidas retumbaban bajo los techos abovedados. Alrededor de hogueras avivadas por montones de pergaminos irremplazables, los Goblins bebieron los alucinógenos vinos de botellas que eran más viejas que la mayoría de los reinos de los hombres, y devoraron vorazmente los frutos de los resplandecientes huertos.

En su gran sala del trono, Moranion recuperó la conciencia y deseó no haberlo hecho. Sentía un terrible dolor. En el trono del Señor Elfo se sentaba Grom, sobre sus anchos hombros se hallaba la capa de piel de lobo de Moranion. Estaba flanqueado a su izquierda por el malvado viejo chamán y a su derecha, por un jorobado bufón Goblin. Cuando el Elfo trató de hablar, el bufón le abofeteó con una vejiga de Orco inflada. Cuando trató de moverse descubrió que sus pies habían sido clavados a una tabla de madera. Los Goblins creían que esto era muy divertido.

Fiesta Goblin.png

Fiesta Goblin

En titubeante lenguaje humano, Grom preguntó cosas y alardeó de su conquista de Tor Yvresse. A través de sus magullados labios, Moranion lanzó una carcajada. Le dijo a Grom que ésta no era la ciudad, que tan sólo era un puesto avanzado. Durante un segundo hubo silencio, entonces Grom rió también. Estaba contento, hasta ahora había juzgado a los Elfos demasiado débiles para dignarse a preocuparse por ellos.

La horda se puso de nuevo en marcha con rapidez. Grom ordenó atar desnudo a Moranion al frente de su carruaje. Al alejarse de la fortaleza, Moranion derramó amargas lágrimas; su hogar ancestral ardía en llamas. En el momento en que miró por última vez, el tejado se vino abajo. Una estructura que había estado en pie durante dos milenios había sido destruida en un día por una tribu de bárbaros irracionales que no se daban cuenta de lo que acababan de destruir.

La Horda ContinúaEditar

Durante todo ese largo día avanzaron a través de una tierra desierta y que estaba siendo arrasada con rapidez. Los exploradores de la horda habían masacrado poblaciones enteras de ciervos y habían talado árboles que habían formado parte del paisaje durante años. Campos de irremplazables hierbas medicinales, los únicos ejemplares de su especie, habían sido pisoteados por pies enfundados en botas de hierro. Los Goblins arrancaban las flores y las esparcían, riendo como niños crueles.

Grupo de Goblins Silvanos por H. Ed Cox Altos Elfos.jpg

Siguiendo las instrucciones de Piñoznegros, todos los menhires encontrados por la horda eran derribados. Al atardecer, el suelo se estremeció por un pequeño temblor. Sólo Moranion, de todos los miles de seres presentes, comprendió lo que eso significaba. Sabía que pronto la marea de terribles energías mágicas crecería de nuevo, con consecuencias catastróficas para Ulthuan y el mundo entero. Se estremeció al oír las insensatas carcajadas de Colmillo Negro. En la oscuridad, pudo observar, los ojos del chamán, que brillaban intensamente por la energía recién absorbida.

Al amparo de las sombras, los exploradores Elfos supervivientes se deslizaron al interior del campamento entre los durmientes Goblins. Encontraron a Moranion todavía atado a la parte delantera del carruaje en el que dormía Grom. Fueron tan silenciosos que ni siquiera los lobos se despertaron. Podrían haber conseguido liberar a Moranion, pero Grom era un Goblin viejo y no dormía profundamente. Sintió la vibración de su carruaje al ser retirado el peso de Moranion, y despertó con un rugido. Dos exploradores Elfos se abalanzaron sobre él. Grom empuñó apresuradamente su hacha y los degolló.Los Elfos levantaron a su caudillo y corrieron entre los guerreros que empezaban á despertar. Grom llamó a los arqueros. Los Elfos se dividieron y corrieron en diferentes direcciones. Un grupo de ellos fue rápidamente rodeado y se dispuso a resistir hasta el inevitable final. Los otros casi alcanzaron el lindero del bosque. En el mismo borde fueron abatidos por disparos de flechas. El propio Moranion cayó con dos flechas clavadas en su espalda. Intentó arrastrarse. Al hacerlo otra flecha alcanzó su cuerpo y quedó inmóvil.

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En ese instante, en el lejano Norte de Ulthuan, el hijo de Moranion, Eltharion, yacía al borde de la muerte. Su respiración era superficial; los latidos de su corazón, lentos; y su frente estaba fría. Aún así, sus ojos se abrieron de golpe. Sintió una sombría presencia en la habitación y vio a su padre de pie frente a él. La cara del viejo Elfo estaba pálida y demacrada, sus ojos brillaban con una frialdad azulada y flechas de cruda fabricación sobresalían de su pecho. El hijo se estremeció, sabiendo que su padre había muerto.El fantasma brilló y le habló, diciéndole que debía vengarse y detener a los causantes de todo ese dolor. Para salvar su tierra tendría que matar a quienquiera que encontrara llevando la capa de su padre. Eltharion se incorporó hacia su padre, pero la mano del fantasma se desvaneció antes de que pudiera estrecharla. Al mirar Eltharion hacia abajo, donde había estado el fantasma de su padre, tan sólo vio la Espada Colmillo, la antigua reliquia familiar. Se inclinó y recogió la espada; sus nudillos palidecieron al cerrarse alrededor de la negra empuñadura del arma.

Cuando sus guerreros entraron en el pabellón de seda, se sorprendieron al ver a su comandante en pie. Eltharion parecía un muerto. Sus ojos estaban fríos, sus mejillas hundidas, y cuando habló había un amargo borde cortante en su voz que no tenía antes, y que ya nunca le iba a abandonar. Montó en su grifo de guerra, Ala de Muerte, y ordenó a sus guerreros embarcar de nuevo en sus navíos. Les dijo que regresaban a casa. Nadie se atrevió a contradecirle. En lo alto y fuera de la vista de sus tropas, Eltharion maldijo a los dioses. El fuerte soplido del aire en sus oídos fue la única respuesta.

A medida que las fuerzas de Grom avanzaron hacia el Sur empezaron a encontrar más resistencia. Destacamentos de exploradores de Tor Yvresse lanzaban rápidos ataques a los flancos de la columna. Por la noche veían extrañas luces parpadeando entre los bosques, y cuando despertaban por la mañana los centinelas habían desaparecido. La tierra temblaba a veces bajo sus pies como una bestia azotada. Tuvieron algunas bajas, pero la sólida presencia de Grom y su firme liderazgo les tranquilizó.

Chamán Orco en Serpiente Alada Piñoznegros Mark Gibbons.jpg

Piñoznegroz sufrió un cambio. Pasaba más y más tiempo a solas. Dejó de comer y beber. Por la noche sus desquiciadas risotadas resonaban por todo el campamento, y aquellos que las oían se estremecían, aun siendo crueles de corazón y guerreros endurecidos. Aquellos que lo veían entre la oscuridad de la noche veían un extraño halo a su alrededor y notaban que tenía las mejillas hundidas y estaba flaco como un perro de caza. Sus ojos latían con una luz interior. Sus opiniones, nunca fáciles de entender en el mejor de los casos, se volvían aún más enigmáticas. Incluso Grom se preocupó por la salud mental de su viejo compañero de borracheras. Piñoznegroz parecía un enfermo que se hallara en la última fase de una enfermedad incurable, distanciándose cada vez más de la vida y del mundo.

A la luz de la luna llena, Piñoznegros miró en el interior de un cuenco con sangre, tratando de adivinar el futuro. Mientras lo hacía, vio la ciudad de Tor Yvresse, construida sobre nueve colinas; las titánicas torres de sus palacios se comunicaban mediante puentes a cientos de metros sobre el suelo. Vio al ejército que estaba reuniéndose para enfrentarse a los Goblins, y supo que pronto encontraría su primer gran reto. Informó de ello a Grom. Si era consciente del daño que estaba causando a las tierras de los Elfos al absorber su magia, nunca comunicó tal hecho a Grom.

Batalla de la Llanura de Yvraine.Editar

Grom estaba ansioso por librar una batalla digna de su reputación, y obtuvo su deseo. La ciudad en cuestión era Tor Yvresse, una antigua metrópolis Élfica cuya gloria y belleza estética rivalizaban con las de cualquier otro lugar jamás creado. Tor Yvresse descansaba en la boca de un puerto natural, sobre nueve colinas que ascendían desde las fértiles llanuras colindantes, mientras que por detrás de la ciudad de altísimos muros se alzaban las escarpadas Montañas Annulii. Los Altos Elfos, confiados de vencer a aquellos bárbaros verdes (que si bien eran muy numerosos, también les parecían pequeños y bastante estúpidos), mandaron desde Tor Yvresse un ejército lo bastante formidable como asegurarse de que ningún repugnante goblinoide mancillara ni una más de sus queridas moradas. A diez leguas de distancia de las elegantes torres de la ciudad, ambos ejércitos por fin chocaron.

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El comandante del ejército de Tor Yvresse era Ferghal de la Lanza de Hierro. Era un buen guerrero, pero no era un general competente. Su elección para el mando supremo se debió a la influencia de su familia en la complicada y convulsa vida política de Tor Yvresse. Su compromiso honró a su antigua y orgullosa estirpe. Reflejaba claramente las debilidades de la sociedad Élfica: su pasión por la intriga, la división del reino en facciones cuyos intereses se anteponían a los del reino en general, y su incapacidad para tomarse en serio a otras criaturas de vida más corta y poco sofisticadas como los Goblins. Todavía se consideraba a la horda como un simple grupo de bárbaros que serían derrotados rápidamente por las armas y tácticas superiores de los Elfos.

Designar a un líder como Ferghal para enfrentarse a un enemigo tan astuto, salvaje y mortífero como Grom fue como enviar a un niño a enfrentarse con un lobo hambriento. Los ejércitos se encontraron en una llanura a diez leguas de la ciudad. Si los Elfos hubieran estado menos confiados en su superioridad, habrían permanecido en el interior de sus torres fortificadas y habrían ganado tiempo para que llegaran los refuerzos.

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Grom ordenó a su infantería que avanzase para trabar a los "orejudos", mientras sus ya escasos Jinetez de Lobo y sus carros de guerra intentaban dar un rodeo para atacar la retaguardia enemiga. En primera instancia, muchos pieles verdes fueron abatidos por las letales espadas y lanzas Élficas, pero Grom, rodeado por un auténtico mar de Goblins, se mantuvo de pie sobre su carro y ordenó a sus tropas que aguantasen posiciones. El imparable ejército Goblin cayó sobre los Elfos. Grom dirigió personalmente a su horda en la carga. Su hacha cercenó la cabeza de Ferghal. Las ruedas con cuchillas de su carruaje segaban a los Elfos como si fueran espigas. Guerrero contra guerrero, los Elfos eran superiores a los Goblins. Sin embargo, los Altos Elfos estaban ampliamente superados en número, y el ímpetu de la carga Goblin penetró profundamente en las líneas Élficas. Con la batalla convertida en un gigantesco combate cuerpo a cuerpo, los pieles verdes rodearon rápidamente los extremos de la formación Élfica, y los guerreros Elfos fueron atacados desde todas partes a la vez.

Las lanzas golpeaban al frente. Los escudos desviaban los golpes de los garrotes. Las cimitarras chocaban contra las brillantes espadas largas. Gritos de batalla y gritos de muerte rasgaban el aire. Los lobos aullaban mientras se daban un banquete con los moribundos. Desde las alturas llegó el sonido del batir de correosas alas. El olor a sangre y ozono llenó el aire. Toda semejanza a una táctica se perdió al convertirse la lucha en un inmenso y mortífero combate cuerpo a cuerpo. Los combatientes chocaban pecho contra pecho y luchaban jadeando e intentando matar a su adversario cuanto antes. Tenían que ser breves. Ningún guerrero podía permanecer mucho tiempo en semejante torbellino de muerte sin caer.

En medio de la locura Argalen, hijo de Moranion, se enfrentó a Grom. El joven Elfo estaba loco de dolor y de furia. La visión de la capa de su padre, salpicada de sangre, apartó de su mente cualquier pensamiento excepto el de cobrarse venganza. La sed de sangre apartó de su mente cualquier intención de utilizar su magia. Se abrió camino a través de los Goblins y saltó a la parte trasera del carruaje de Grom. Grom desvió su primer golpe con su hacha. Golpeó el pasamano de bronce del carro. Entonces el jefe Goblin descargó una furiosa lluvia de golpes sobre Argalen. Empuñada por el brazo de hierro de Grom, el hacha se tiñó de sangre Elfica. Argalen había muerto.

4ª edición, Altos Elfos vs. Orcos y Goblins - Geoff Taylor, 1992.jpg

Grom levantó su cadáver por encima de la cabeza y con un fuerte grito lo arrojó en medio de las tropas Élficas. El ver caer el cadáver del valiente joven, descorazonó tanto a los Elfos que estos dieron media vuelta y huyeron. La batalla se convirtió en una desbandada. Los Elfos que huían fueron abatidos mientras arrojaban sus escudos, daban la espalda al enemigo y corrían. Menos de la mitad del orgulloso ejército Elfo que acudió a la Llanura de Yvraine sobrevivió. Aquellos que lo lograron fueron perseguidos por los jinetes de lobo hasta las puertas de la ciudad. Cuando vieron regresar a su ejército derrotado, las mujeres elfas que desde las murallas habían esperado darles una bienvenida de vencedores, dejaron escapar un lamento fúnebre llorando por sus padres y hermanos muertos.

Tan grande fue el lamento, que se dice que Eltharion pudo oírlo, aunque estaba en el mar a cientos de leguas de distancia. Se dice que en el momento en que el cuerpo sin vida de su hermano cayó al suelo, dejó escapar un aullido de dolor y furia que hizo que los que lo oyeron se estremecieran y guardaran silencio. Poca alegría hubo en los barcos de la casa de Moranion mientras navegaban de regreso al hogar.

La Calma Antes de la TormentaEditar

Guardia de la Torre de Tor Yvresse.jpg

Aquella noche en Tor Yvresse hubo un gran luto, La población se apiñó temerosa alrededor del templo de Ladrielle. Negras nubes de tormenta flotaban sobre la ciudad cargadas con la amenaza de una lluvia torrencial. Un gran temblor hizo estremecer la ciudad e hizo que parte de las murallas que daban al océano se derrumbara sobre las olas. Los palacios se derrumbaron y muchos monumentos antiguos se desplomaron. Desde la torre más alta de la ciudad, el Guardián observó las estrellas, observó sus cartas astrales y consultó las runas, llegando a una conclusión que le llenó de terror. Descubrió que el entramado de hechizos que mantenía el vórtice estaba empezando a desmoronarse. En su ignorancia los invasores habían alterado las energías que podían destruirlos a todos. Si no eran detenidos pronto, en primer lugar Tor Yvresse y después todas las tierras Élficas se hundirían bajo el mar y las corrientes de magia maléfica inundarían el mundo.

Cuando informó de sus conclusiones al consejo de la ciudad, tuvieron lugar grandes discusiones. Algunos querían embarcar y partir antes de que llegara el cataclismo. Otros se negaban a abandonar su hogar ancestral y juraron que si su tierra iba a perecer, ellos perecerían con ella. Y otros se negaron a creer al Guardián y decidieron efectuar sus propias observaciones.

Durante los tres días siguientes se produjo un breve respiro. Grom reagrupó su ejército y ordenó la preparación de más máquinas de asedio. Los Goblins desnudaron a los muertos y quemaron los cadáveres en grandes piras funerarias. Las sucias cenizas de los quemados fueron arrastradas por el viento hacia Tor Yvresse y desmoralizaron aún más a sus escasos defensores. Piñoznegros se sumergió aún más en su locura, mientras la energía que fluía en él devoraba su cerebro y consumía su alma. Se sentaba alrededor de las grandes hogueras del campamento vociferando y estremeciéndose alternativamente. Sus continuas profecías de catástrofes inminentes hicieron que un extraño mal humor se apoderara de la horda.

Goblin de Ryan Barger.jpg

A los Goblins no les gustaban los oscuros bosques hechizados ni los temblores de tierra. La erupción de las lejanas montañas les puso nerviosos. Notaban vagamente que grandes y terribles sucesos estaban sucediendo, y se vieron poseídos por una absurda creencia en su victoria final. Pero no estaban seguros de que la victoria les fuera a reportar algo. Piñoznegros aullaba que el mar devoraría la tierra y que los muertos superarían en número a los vivos. Y la gran tormenta que se había concentrado sobre Tor Yvresse aún no había estallado.

Sólo Grom parecía no estar preocupado mientras recorría las tiendas y las posiciones de los centinelas, con una pierna de ternera en una mano, un frasco de vino en la otra y su gran hacha enfundada a la espalda. Levantaba el espíritu de sus tropas mostrándose completamente insensible al miedo. Pero incluso Grom, en el interior más recóndito de su corazón, empezaba a sentirse intranquilo. Regaló al chamán la capa de Moranion, como muestra de que todavía tenía confianza en sus profecías, pero en realidad Grom ya estaba empezando a dudar del chamán.

Una vez finalizados los preparativos, Grom ordenó al ejército avanzar sobre la lejana ciudad. Grupos de Goblins arrastraban con grandes cuerdas las recientemente construidas máquinas de asedio. Los Jinetes de Lobo exploradores recorrían el campo ante ellos. La horda marchaba al son de monstruosos tambores y la tierra temblaba bajo sus pies.

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En Tor Yvresse, los defensores reunieron todas sus fuerzas. No quedaban muchos guerreros para disparar los enormes Lanzavirotes de las murallas de la ciudad. Nunca la gran metrópolis había parecido tan vacía. Durante los últimos años, Tor Yvresse había estado siempre medio desierta. Las pisadas resonaban extrañamente en las vacías estancias de los palacios, en el interior de los cuales la población vivía y soñaba. El número de Elfos había disminuido durante los últimos milenios; y sus ciudades, construidas para albergar a decenas de miles de habitantes antes de la gran Secesión de los Elfos Oscuros, siempre habían parecido silenciosas. Pero esto era algo nuevo, la sombra de la muerte, permanente y terrible, flotaba sobre la ciudad y lanzaba una penumbra más profunda que el cielo nublado.

Cuando sus habitantes hablaban lo hacían en susurros, y el opresivo silencio absorbía sus palabras. Las atronadoras voces procedentes de las distantes montañas en erupción eran los únicos ruidos fuertes en la asediada ciudad que lloraba a sus muertos. Los ciudadanos abarrotaban las murallas esperando la llegada de la horda, y cada día que pasaba sin que se produjera ningún ataque incrementaba, más que disminuía, su ansiedad. Los rumores del espantoso hallazgo del Guardián flotaban sobre la ciudad y aumentaban el miedo. El fin estaba cerca y los ciudadanos de Tor Yvresse lo presentían.

El Asalto a Tor YvresseEditar

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Entonces, cuatro días después de la Batalla de la Llanura, llegó el momento decisivo. Los habitantes de la ciudad despertaron con un ejército a sus puertas, y los cráneos corroídos por el fuego de sus muertos siendo arrojados por encima de las murallas por los grandes brazos de las catapultas de los Goblins. Esto cesó cuando Grom avanzó con su carruaje, deteniéndose fuera del alcance de los Lanzavirotes. En entrecortada lengua humana, dijo a los Elfos que estaban condenados a menos que, se rindieran inmediatamente y le reconocieran como su amo. Aquellos Elfos que entendían el lenguaje de los hombres le hicieron burla en el lenguaje común. Grom se encogió de hombros y dio la orden de iniciar el asedio.

Las máquinas de guerra de Grom se desplegaron a las puertas de la ciudad y empezaron a lanzar grandes proyectiles de roca contra sus muros. Mientras tanto, los cielos seguían oscureciéndose más y más debido a las maléficas energías liberadas tras la destrucción de los monolitos élficos. De pronto, el suelo empezó a temblar y por fin los Altos Elfos se dieron cuenta de la magnitud de aquella tragedia: si no reparaban cuanto antes los monolitos caídos (o aún peor, si tan solo uno más resultaba dañado), toda la isla de Ulthuan podía resquebrajarse y saltar en mil pedazos.

Las máquinas de guerra de los Goblins pasaron un día entero castigando Tor Yvresse, hasta hacerle perder su aspecto orgulloso. Muchas de sus torres fueron pulverizadas, y aquellas que resistieron en pie quedaron aisladas, los antaño elegantes puentes que las conectaban unas con otras derruidos o en llamas. Finalmente, Grom ordenó a sus huestes iniciar el asalto final contra la ciudad en ruinas. Aunque el ejército piel verde había perdido hacía ya tiempo su capacidad para reemplazar las bajas, su número seguía siendo más que suficiente para abrir brecha en las pobremente defendidas murallas de Tor Yvresse, y arrasarla hasta que no quedase piedra sobre piedra. Las enormes torres rodaron hacia delante, mientras las catapultas y los arcos Goblins seguían disparando sus proyectiles hacia las murallas. Los defensores respondieron al fuego, pero no eran los suficientes para silenciar a los atacantes. Cuando las torres llegaron junto a las murallas, los defensores derramaron calderos de plomo derretido mágicamente sobre los Goblins, y dispararon flechas impregnadas con fuego alquímico sobre sus atacantes, pero no pudieron evitar la matanza. Piñoznegros gesticuló y la tormenta estalló. La lluvia cayó torrencialmente y extinguió los fuegos. Los relámpagos bailaban entre las almenas como llamas parpadeantes que surgían del infierno. Los defensores fueron barridos de las almenas, y los Goblins inundaron como una marea verde las murallas y la ciudad que había detrás.

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La lucha fue despiadada; se luchó en las calles y en los palacios de la ciudad. Los Goblins tenían la ventaja de la superioridad numérica, pero los defensores conocían hasta el último escondrijo, grieta y pasaje oculto de su ciudad. Los Goblins de ojos amarillos cazaban a los Elfos en la tormentosa oscuridad, y a su vez eran cazados. La sangre se mezclaba con la lluvia en las empapadas calles. La intermitente iluminación de los rayos iluminaba escenas de terrible furia y masacre. Una locura asesina se adueñó de todos los combatientes mientras los truenos retumbaban y los terremotos sacudían los edificios. Ambos bandos lucharon con una furia total, primordial, sin dar cuartel ni esperanza. Las fuerzas de ambos bandos se dividieron en pequeños grupos por el laberinto de tortuosas calles; el curso de la batalla cambiaba constantemente al obtener uno u otro bando una superioridad local.

Cerca de medianoche, la situación parecía desesperada para los Elfos. El Guardián de Tor Yvresse y Piñoznegros se enfrentaron. El chamán dirigió a su Serpiente Alada hacia la torre del Mago Elfo, donde se hallaba el menhir principal de la ciudad. Las negras alas de Muerte Alada envolvieron el tejado de la torre. El Guardián salió a su balcón, y él y Piñoznegros se enfrentaron. Se liberaron terribles energías mágicas. Hechizos de muerte silbaban por el aire y chisporroteaban al ser dispersados por contra-hechizos. Relámpagos encadenados vibraban y rebotaban contra escudos de luz. Dos dioses mortales luchaban en el punto más alto de la ciudad y todos los ojos, tanto los amarillos de los Goblins como los azules de los Elfos, estaban concentrados en la torre.

El chamán hizo un gesto y las llamas envolvieron la torre. El Guardián las extinguió con una palabra. Piñoznegros habló y su palabra fue un trueno. La torre se estremeció y amenazó con desplomarse. El Guardián perdió el equilibrio pero logró agarrarse al balcón. Al perder momentáneamente su concentración, fue presa fácil para Piñoznegros. El hechizo del chamán arrancó la carne de sus huesos y dejó, tan sólo un esqueleto en pie. Entonces el montón de huesos cayó a la calle. Piñoznegros penetró triunfalmente en la Torre. Había alcanzado el centro del entramado de energía que había estado destruyendo gradualmente desde que había encontrado por primera vez los menhires. Ahora estaba ante el monolito principal de todo el Este de Ulthuan. La energía necesaria para causar la destrucción más completa estaba ahora en sus manos. Podía oír cómo bajo sus pies los guerreros Goblins rompían las puertas de entrada a la torre.

La Llegada de un SalvadorEditar

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De repente; de entre la tormenta, llegaron los Elfos. La flota de Eltharion surgió del turbulento mar y penetró en el puerto. En una proeza de terrible habilidad marinera, los buques de la flota Elfíca cortaron las olas hacia las tranquilas aguas junto a los muelles. Cientos de endurecidos Veteranos Elfos desembarcaron. El propio Eltharion levantó el vuelo a lomos de Ala de Tormenta, buscando al asesino de su padre. El rugido de desafío del Grifo retumbó por toda la ciudad. El ejército Elfo recién desembarcado chocó contra la fatigada y empapada horda Goblín y se abrió paso hacia la gran plaza en el centro de la ciudad. Los Goblíns retrocedieron ante el feroz ataque de los Elfos.

Eltharion voló entre el viento y la lluvia. Sintió la presencia de Piñoznegros y, lleno de horror, se percató de lo que el chamán Goblin se proponía hacer. Sintió el gran flujo de energía que fluía por el interior del chamán, y supo que si no le detenía en ese mismo instante, todos morirían. Como para enfatizar la gravedad del momento, el suelo tembló. Palacios de siglos de antigüedad se derrumbaron enterrando tanto a Goblíns como a Elfos entre sus ruinas.

Eltharion descendió del cielo delante de un grupo de élite de sus guerreros. Rápidamente les dijo lo que tenían que hacer y levantó nuevamente el vuelo, dirigiéndose hacia una muerte segura. De su mano extendida surgió un rayo de pura energía que atravesó las filas de Goblins que se encontraban alrededor de la torre del Guardián; se trataba a la vez de un ataque y de un desafío.

Piñoznegros percibió el nuevo desafío y salió a hacerle frente. Mientras lo hacía, el grueso de la fuerza de Grom se enfrentaba a los Elfos en la plaza de la ciudad y las tropas de élite de Eltharion atacaban la torre del Guardián. En lo alto, sobrevolando la ciudad, Eltharion y Piñoznegros luchaban mientras en la plaza se desataba la locura. Elfos y Goblins cargaban y contracargaban. A la luz de los rayos de la tormenta, el Grifo y la Serpiente Alada intercambiaban dentelladas y zarpazos. La espada hechizada del Elfo chocaba con el báculo del chamán. Descargas de energía parpadeaban y relampagueaban.

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Ebrio de poder y enloquecido de dolor, Piñoznegros golpeaba a su adversario una y otra vez con mortíferos hechizos, cada uno más poderoso que el anterior. Sólo la férrea voluntad de Eltharion le permitió desviar los rayos; únicamente su decidida determinación de vengar la muerte de su padre le permitió soportar la agonía. Sin embargo, poco a poco el poder sobrenatural de Piñoznegros empezó a superar al Elfo. Perlas de sudor se mezclaban con la lluvia en el rostro del príncipe Elfo. Sus otrora hermosas facciones estaban contraídas en una horrible mueca de dolor. Tan sólo podría resistir un golpe más.

Entonces ocurrió. Los guerreros Elfos mataron a todos los Goblins de la torre y llevaron a cabo el desesperado plan de Eltharion. Entonaron la Invocación del Fin ante el menhir principal. Toda la energía que fluía por él se detuvo momentáneamente. Piñoznegros se detuvo a mitad de un hechizo, momentáneamente aturdido por la ausencia de energía mágica. Sabiendo que era la única oportunidad de que iba a disponer, Eltharion atacó con todas sus fuerzas. Su espada mágica escribió medio círculo, más rápida que el vibrar de la lengua de una serpiente. La cabeza de Piñoznegros salió volando de sus hombros. Su cuerpo salió disparado de la silla de montar.

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Más abajo, en la calle, Grom seguía luchando, su despiadada hacha golpeaba a diestro y siniestro. Donde golpeaba, un guerrero Elfo caía. A su alrededor, su guardia personal luchaba valientemente, animados por el valor de su general, confiando aún en la victoria. Lentamente, los Elfos fueron expulsados de la plaza. Entonces el cuerpo sin cabeza de Piñoznegros cayó a plomo desde el cielo, estrellándose frente al carro de Grom. El Kaudillo Goblin se detuvo, aturdido por la muerte de su viejo amigo. Viendo paralizado a su general y a su invencible chamán muerto, los Goblins se detuvieron.

Los Elfos cobraron nuevas fuerzas con la llegada de Ala de Tormenta y Eltharion, y cargaron con renovada furia contra la horda. Los Goblins murieron en masa; los pocos supervivientes fueron en primer lugar obligados a retroceder y, desmoralizados, acabaron huyendo. La muerte de su chamán, la llegada de tropas Élficas frescas y la antinatural tormenta que estallaba en el cielo se combinaron para hacer que los pieles verdes fuesen presa del pánico y rompieran filas. Una vez más Grom trató de reorganizar a sus tropas, pero finalmente él también se dió por vencido y decidió huir de Tor Yvresse, mientras a su alrededor las últimas torres que aún quedaban en pie se tambaleaban y caían. Los Elfos estaban demasiado exhaustos como para perseguirles.

Después de la GuerraEditar

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Nadie sabe qué sucedió después. Eltharion penetró en la torre del Guardián con cuatro de los más valientes guerreros de la batalla. Se dice que pasó toda la noche allí, conteniendo la energía del menhir, tratando de estabilizar el vórtice. Salió por la mañana, su rostro más sombrío que nunca. Ninguno de sus compañeros fue visto de nuevo jamás. Habían pagado un precio terrible por la salvación de Ulthuan.

Eltharion salió a un brillante amanecer para agradecer los vítores de los allí reunidos. El sol brillaba; la tormenta había pasado. La luz del nuevo día no alegró a Eltharion. Ni la admiración de la muchedumbre ni las alabanzas de los guerreros pudieron dibujar una sonrisa en sus finos y pálidos labios. El horror por el que tuvo que pasar destrozó el resto de su vida. Hasta el fin de sus días fue conocido como Eltharion el Implacable. Eltharion fue nombrado el nuevo Guardián de Tor Yvresse, que ha gobernado justa y sabiamente durante muchos años desde entonces. Sin embargo, en las noches de tormenta puede vérsele a menudo en los balcones de la torre del Guardián meditando tristemente y amenazando con su cerrado puño al cielo.

Nadie sabe a ciencia cierta qué le pasó a Grom después de aquel conflicto. Algunos dicen que murió a causa de las heridas causadas por Eltharion cuando se enfrentaron en el fragor del combate. Otros dicen que sobrevivió y los Elfos nunca llegaron a atraparlo, y hay quien dice que de hecho aún reside en aquella extraña tierra, en lo más alto de las mágicas montañas de Ulthuan. Otros dicen que huyó montado en la Serpiente Alada de su excéntrico Chamán, regresando al Viejo Mundo y que todavía sigue buscando nuevas tierras que merezcan ser conquistadas. Nadie sabe seguro su paradero, pero en las Tierras Yermas persisten los rumores de que algún día, "Su Corpulenta Majestad" volverá para guiar a los pieles verdes hacia nuevos días de gloria.

FuentesEditar

  • Libro de ejército: Orcos y Goblins (4ª edición).
  • Libro de ejército: Orcos y Goblins (7ª edición).
  • Libro de ejército: Orcos y Goblins (8ª edición).
  • Libro de ejército: Altos Elfos (4ª edición).
  • Libro de Ejército: Altos Elfos (7ª edición).

Spotlights de otros wikis

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