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El último de los Montencannes (Relato)

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La Búsqueda del Grial emprendida por Agravain llegó a su clímax durante la gran batalla librada ante el tétrico Árbol de los Escudos que se erguía sobre las ruinas de la Capilla del Grial de Challotte, que era el objetivo de Agravain de la Noble Gesta. Del árbol colgaban los escudos que habían pertenecido a aquellos Caballeros Andantes que con el paso de los años habían encontrado la muerte en el Bosque de Loren ¡Elfos Silvanos habían colgado estos escudos de su árbol sagrado para advertir a los demás caballeros bretonianos del destino que les aguardaba si penetraban en el reino prohibido! Los bretonianos, por supuesto, consideraron que esto era una afrenta a su honor además de una provocación. Uno de los escudos era el del Barón Fragonnarde de Montecannes, un paladín de renombre en Bretonia y el último de su linaje.

La Búsqueda del Grial del Barón de MontecannesEditar

Muchos años antes de que Agravain de la Noble Gesta pusiera el pie en el Bosque de Loren, el Baron Fragonnarde de Montecannes había iniciado su Búsqueda del Grial. El Barón, que ya no era joven, era el último de su linaje y no tenía heredero alguno que aspirase al feudo de su familia. Decidió ceder su castillo y sus tierras al Caballero Novel más valiente de su mesnada, quien tras completar su hazaña de caballería, desposaría a la hija del Barón y sería investido como Caballero del Reino y señor del feudo de Montecannes. El viejo Barón, una vez hubo asegurado el futuro de su feudo, emprendió la búsqueda, que era lo que siempre había deseado.

El Barón reunió una modesta mesnada para que lo acompañase en su búsqueda dejando que la mayoría de sus escuderos y Hombres de Armas sirvieran a su sucesor y defendieran el feudo. Con su pequeña mesnada se puso en camino por los caminos de Bretonia, para nunca volver a ver el castillo de Montecannes.

La Profecía del AdivinoEditar

Durante muchos años el Barón prosiguió su búsqueda y recorrió todo el reino. A pesar de su gran fe y determinación el Barón Fragonnarde empezó a desesperarse de tener éxito en su búsqueda. Le parecía que había registrado hasta el último rincón de Bretonia. Un día, tras haber llegado a la conclusión de que el Grial podía encontrarse fuera de los límites de Bretonia, estaba cabalgando a la cabeza de su mesnada por el camino que ascendía hacia el puerto de montaña que conducía hacia Estalia. Allí se toparon con un mago viajero que decía ser un adivino. "¡Aquí tenéis una moneda de oro, decidme pues qué me depara el futuro!", le dijo el Barón. El adivino miró al cielo y dijo "¡Encontrareis el Grial en la tierra de Bretonia, mas no en el interior del Reino!". Tras haber pronunciado estas palabras, el adivino continuó su camino, dejando al Barón completamente perplejo.

El Barón ordenó inmediatamente a su mesnada que acampara, y empezó a meditar sobre el enigma que le parecía que no tenía el más mínimo sentido. ¿Como podía encontrarse el Grial dentro de la tierra de Bretonia pero no en el interior del Reino? Después de mucho pensar, encontró la respuesta. Si el Grial estaba en la tierra de Bretonia, no podía estar más allá de las montañas que rodeaban Bretonia, ni allende a los mares. Pero si no se encontraba dentro del Reino de Bretonia, esto quería decir que se encontraba escondido en un lugar que no estaba bajo la soberanía del rey. Sólo había una conclusión lógica: ¡El Grial debía encontrarse en el Bosque de Loren! El reino prohibido de los Elfos Silvanos se encontraba dentro de la tierra de Bretonia, pero no estaba sujeto al rey. De hecho se trataba de un reino dentro de un reino. ¡El enigma había sido resuelto! Qué casualidad más afortunada había sido el toparse con el adivino. ¡Evidentemente había sido una señal de la Dama del Lago!

A la mañana siguiente levantaron el campamento y se dirigieron hacia el Noroeste, avanzando rápidamente por los caminos que llevaban al reino prohibido. ¡Por fin se encontraba sobre la pista del Grial! Toda la mesnada compartía su entusiasmo y su confianza en este éxito. Sin dudar lo más mínimo atravesaron los monolitos fronterizos que acotaban los límites del reino oculto. Muchos días después de habérselo revelado el enigma, la mesnada del Barón se encontraba en las profundidades del bosque, vagando entre los claros por sendas extrañas que parecían conducir a ninguna parte.

Guardianes en el BosqueEditar

¿Alguien o algo ha logrado alguna vez adentrarse en el Bosque de Loren sin ser observado? La presencia del Barón Fragonnarde y su hueste fue conocida por los Elfos Silvanos desde el momento que atravesaron los monolitos fronterizos. Durante bastante tiempo los Elfos Silvanos se contentaron con vigilarlos. Muchos intrusos abandonaban el bosque tan fácilmente como penetraban en él, tras haber vagado en círculo y no haber encontrado nada. El Barón, sin embargo, era persistente. Los Elfos Silvanos intentaron dirigirlo hacia alguna senda que lo condujera fuera del bosque utilizando estratagemas sutiles, ocultando los caminos por medio de la magia, pero tan pronto como el Barón veía los páramos salvajes abrirse ante él, ordenaba detenerse a su mesnada y regresaba al bosque, en busca de una nueva senda que lo llevase al interior del bosque.

Sea como sea, pensaron los Elfos Silvanos, dejémosles ir dando vueltas en círculos hasta que se hagan viejos y mueran, ya que él está decidido a elegir este destino para su hombres y para él mismo. Pero algo estaba sucediendo que estaba más allá del poder de la magia de los Elfos Silvanos. El Barón había empezado a ver a la Dama del Lago en sus sueños y visiones, o así lo creía. De hecho, había algo escondido en el bosque que había lanzado un hechizo de magia bretoniana sobre él, al encontrarse en sus proximidades. Gradualmente fue atraído más y más hacia su origen. Los Elfos Silvanos continuaron observando y pronto se alarmaron. Comprobaron que la hueste del Barón se dirigía inexorablemente hacia su claro sagrado, pese a todos sus esfuerzos por confundirlo. Por cada diez leguas que los bretonianos vagaban por los senderos del bosque, se aproximaban una legua más a un lugar en el que no les sería permitido entrar.

Finalmente, los Elfos Silvanos decidieron pasar a la acción. Este caballero era uno de aquellos que de cuando en cuando conseguían penetrar en el bosque y estaban decididos a no renunciar a su búsqueda. Se les podía reconocer por el lirio dorado que portaban como blasón sobre sus escudos, y este caballero lo portaba. Se tomó la decisión, los bretonianos debián encontrar la muerte en el bosque, como tantos otros antes que ellos. La cacería había empezado, ¡se había preparado la emboscada! El destino del Barón y su mesnada estaba sellado.

FuenteEditar

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