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El Clan del Dragón Sangriento (Relato)

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Archivo:BloodDragonsSymbol.jpg

Desde la parte superior de la torre en ruinas Walach, Gran Maestre de la Orden del Dragón Sangriento , observó la noche. Estaba solo, sumido en sus pensamientos, con su férrea fuerza de voluntad concentrada en su interior; su mente divagaba por los oscuros senderos de un pasado distante. Los recuerdos pasaron junto a él como cirios. Todavía recordaba la ridiculez de sus sentidos humanos. Se preguntaba cómo sería poder volver a respirar, sentir cómo la sangre fluía por su venas. Cómo sería ahora el mundo si lo observara con los limitados sentidos de los vivos. Cuánto más podía ahora ver y oír. La noche estaba llena de sonidos y formas. Podía ver cómo la oscilante niebla de magia negra envolvía la Torre Sangrienta como si fuera un sudario, formando imágenes de pesadilla. Podía oír los aullidos de los lobos en las montañas, a más de cien kilómetros de donde se encontraba. Sí, podía verlo y oírlo todo.

Cuando sus dedos tocaron el filo de su antigua espada, los recuerdos fluyeron a su mente. Muchos había muerto por esa espada. Recordaba la gloria de las grandes guerras de antaño. En esa época la sangre había fluido como el vino. Había matado innumerables enemigos: señores enanos, princesas élficas, condes del Imperio, todos habían muerto bajo el poder de su espada.-"Eran buenos tiempos"- pensó.

Pero otros recuerdos no eran tan agradables. También recordaba el día en que los templarios del Lobo Blanco habían derribado las puertas de la Torre Sangrienta. Mikael, su hijo favorito, fue empalado por un fanático sacerdote guerrero de Sigmar. Aurora, su esposa, había sido decapitada durante la batalla por el Reiksmarshall, sin que él pudiera evitarlo. Sus dedos atenazaron con fuerza la empuñadura de su espada carmesí. "Un día-pensó-la venganza será mía. Tengo toda la eternidad para conseguirlo." Y tenía razón. Era inmortal. Disponía de tiempo más que suficiente.

Walach se volvió hacia la puerta del balcón y penetró en la tenue luz rojiza de las antorchas. El gran salón de la orden estaba abarrotado. Guerreros tumularios montaban guardia,mientras los dieciséis inmortales, los últimos de sus caballeros vampíricos y sus extraterrenalmente bellas mujeres se sentaban alrededor de la gran mesa. A la tenue luz de las salas en ruinas sus ojos brillaban con un hambre indescriptible, pues esa noche era la fiesta de la sangre. Como un solo hombre, se giraron hacia él y le hicieron una reverencia. Walach les indicó que siguieran con lo que estaban haciendo y ocupó su lugar en la cabecera de la mesa.

La sala se llenó de sonidos fantasmagóricos cuando los lamentos de las doncellas espectrales surgían de las catacumbas. Mientras que su lamento representaba la muerte inmediata para cualquier humano vivo, para los inmortales vampiros eran una música muy agradable, llena de la solitaria belleza del frío de la tumba. Con una sola palabra de Walach la sala quedó en silencio. El Cáliz de la Sangre, la gran reliquia de la orden vampírica, fue depositado te él por sus leales sirvientes. Walach cogió la antigua copa con ambas manos y bebió con avidez. Una profunda sensación le sacudió, era un dolor más fuerte que el de la herida de una espada, un éxtasis más intenso del que ningún sentido humano podía resistir, y todo su cuerpo se estremeció de placer. Notó cómo el poder y la euforia le reconfortaban. Era un dios, invencible, letal. Cuando pasó el Cáliz de la Sangre, estudió a sus caballeros no muertos mientras bebían. Los antiguos votos de la nhermandad se renovaban a medida que el Cáliz pasaba de mano en mano. El esplendor de las armaduras y las sobrevestas de sus caballeros recordaban las glorias pasadas, reforzando sus creencias en que ningún poder en el mundo podía oponerse a ellos.

Los guerreros se habían reunido. El estandarte de la Orden del Dragón Sangriento ondearía una vez más sobre sus ejércitos. Doblegarían la voluntad de los gobernantes mortales de este mundo. ¿Pues quién se atrevería a enfrentarse a ellos? Ya no quedaban verdaderos guerreros en este mundo. Había luchado y derrotado a los más poderosos de ellos durante eras pasadas, cuando ser un guerrero significaba alguna cosa. Ahora el mundo estaba caduco y no quedaban héroes. Las antiguas razas de los enanos y los elfos se habían vuelto débiles, mientras que los humanos eran decadentes, gandules y blandos. En cambio, la fuerza de Walach no había dejado de crecer con los años. Había llegado el momento de saldar viejas cuentas. Había llegado el momento de ir a la guerra.

FuentesEditar

  • Libro de Ejército: Condes Vampiro (5ª Edición), Relato de Tuomas Pirinen.
  • Transcripción por La Biblioteca del Gran Nigromante.

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