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El Dios de los Snaergs (Relato)

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Príncipe demonio por Karl Kopinski.jpg

La última vez que Urlf se sentó a presidir la gran mesa de la sala de los Snaegr, en la tierra de los Nórdicos, fue a la vez ayer y hace siglos. Ayer y hace siglos porque en el Reino del Caos el tiempo no transcurre del mismo modo que en el mundo de los mortales, aunque, a veces, se mezcla con este de forma extraña e insondable; así que el tiempo, como lo había conocido entonces, ahora le parecía algo ligero y trivial. Replegó las alas y sintió cómo sus fluidos vitales corrían por sus venas nuevamente materializadas. Habían pasado siglos desde la última vez que había sentido latir su corazón en el interior de su pecho o había notado cómo sus pulmones se llenaban de aire o quizá, después de todo, había estado ayer mismo en aquel lugar. Apartó aquella extraña idea de su mente y, cuando miro a su alrededor, se dio cuenta de que se encontraba de nuevo en la sala de los Snaegr, en la tierra de los Nórdicos, si bien la sala se había desmoronado y había sido reconstruida multitud de veces desde sus tiempos como mortal.

- ¿Por qué motivo me habéis traído a la tierra de los hombres? -dijo con su voz retumbando en todo el salón. Su voz inhumana hizo que los humanos se encogieran presas de terror, pues era la voz de un demonio y no la de un hombre y la voz emitida por un demonio reverbera en las oscuras esquinas de la mente, que, de otro modo, permanecería imperturbable.

Urlf miró a su alrededor y vio las filas de guerreros dispuestos para la batalla, entre los que había uno o dos que gozaban del favor de los dioses. Su mirada se posó sobre el hechicero que lo había convocado y de repente sintió cómo las cadenas de la magia lo mantenían atrapado en el interior del círculo rúnico y a la vez permitían su existencia en aquel lugar. Los ojos del hechicero brillaban del éxtasis que le producía la magia en estado puro que corría por su cuerpo; se trataba de un cuerpo visiblemente marcado por la erosión de la energía y el poder de los dioses. No fue el hechicero el que habló, sino un guerrero de gran estatura que presidía la mesa desde su asiento: el caudillo de la tribu.

- Es Grydal, Señor de los Snaegr, quien llama al demonio Urlf, pues mañana marcharemos a la guerra y, bajo la fase lunar de Urlf, os ruego que me otorguéis la bendición demoníaca.

Urlf observó a aquel humano mientras hacía su declaración, igual que él mismo la había hecho siendo el Señor de los Snaegr, hacía mucho tiempo. O quizá no había transcurrido tanto tiempo, pues había algo en la mirada de aquel hombre llamado Grydal que le recordaba a su propio hijo. Las enormes trenzas de cabello dorado pendían sobre sus pálidas mejillas igual que las trenzas del propio Urlf tiempo atrás. Ahora el pelo de Urlf era una llama que ardía sin cesar y su piel era tan negra como el carbón. Sus ojos eran tan rojos como las ascuas y, al hablar, sus palabras resonaban por los huecos existentes entre sus colmillos de hierro incandescente. Esta era la imagen procedente de las mentes de su raza ancestral y, por tanto, era la forma material de su espíritu inmortal.

- ¿Aceptas el pacto, Grydal, Señor de los Snaegr? -preguntó el demonio, pues aquella era la respuesta ritual que había pronunciado miles de veces.

- Acepto el pacto, demonio Urlf -contestó Grydal audazmente, aunque Urlf podía notar el sabor del terror en su atenazada alma, ya que existen muy pocos lugares en los que un mortal pueda esconderse de un demonio y menos lugares todavía si ese demonio una vez fue mortal.

- Entonces, recibe la bendición de Khorne -gruñó Urlf. El Señor de los Snaegr se adelantó al borde del círculo rúnico; estaba tan cerca que el demonio podía sentir su respiración y su cálida sangre fluyendo a través de sus venas. Urlf extendió una enorme garra y con ella le tocó la frente. Fue el más suave de los toques -su garra apenas acarició la piel del hombre-, pero la repentina liberación de energía procedente del interior del círculo envió a Grydal por los aires, como si hubiese sido alcanzado por un rayo.

Grydal se levantó del suelo con la cabeza zumbándole y el dolor atenazando los músculos en una agonía cien veces peor que todos los hachazos que había sufrido en su vida. El demonio se había ido y el suelo en donde había estado se encontraba ahora ennegrecido como si se hubiese quemado. Percibió un fuerte olor amargo en el aire que no había olido nunca antes. Los ojos de los miembros de su tribu estaban posados sobre él y sus bocas permanecían en un silencio expectante, excepto la del hechicero Hama, que balbuceaba incoherentemente mientras se retorcía por el suelo. El hacha de Grydal se encontraba ahí donde había caído y, al ir a recogerla, Vio por primera vez los surcos de carne viva que recorrían su antebrazo formando la imagen de un cráneo, la marca de Khorne. Sus manos se cerraron sobre el mango del hacha, unas manos que, a pesar de ser las suyas, ya no eran las mismas manos grandes y fuertes que conocía. Ahora eran negras y escamosas y sus dedos eran largas garras afiladas, muy parecidas a las del propio demonio Urlf. Al sujetar el hacha, sintió un impulso de energía en el interior de su pecho y se le aclaró la mente, con lo que desapareció toda sensación de dolor. Se irguió en toda su estatura, mucho más imponente que antes, y miró a sus guerreros con una confianza y una firmeza renovadas. Se sentía fuerte y poderoso y sabía que la bendición y la marca de su dios le acompañaban. Elevó el hacha, por encima de su cabeza y rugió:

- ¡El pacto ha sido realizado!

FuenteEditar

  • Ejércitos Warhammer: Hordas del Caos (6ª Edición).

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