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El Káoz (relato)

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Orcos vs Caos

El ejército orco se desplegó en una densa línea en lo alto de la colina. Por debajo de la horda verde, un mar de

niebla matinal cubría el ondulado paisaje. Algunas colinas dispersas rompían la monótona blancura con su verde silueta redondeada, deslumbrantes por el rocío. El viejo Klaw Crookfang contemplaba cómo las islas iban haciéndose más grandes a medida que la niebla iba evaporándose gradualmente con el calor del sol del amanecer.

Klaw tosió y carraspeó intentando expulsar alguna partícula recalcitrante de las profundidades de sus viejos pulmones. Se inclinó sobre la silla y escupió ruidosamente sobre Gimlug, su sufrido esclavo goblin.

-¡Puagh! Por Gorko ke odio laz mañanaz- juró Klaw a nadie en particular. El jabalí de guerra que le servía de montura resopló desasosegadamente, levantó despreocupadamente la cola y liberó un poco de la presión que sentía en sus tripas. El ensordecedor sonido estalló como un trueno en una tormenta.

-Fiuuuu, jefe.- Gimió Gimlug. -Huele a muerto. Vaya aroma.

Klaw dedicó a Gimlug su mejor mirada estilo "no me molestes que estoy de mal humor", y le dijo:

-No, kara de rata. Yo ziempre apezto azí.- El goblin hizo una mueca de arrepentimiento.

K'law no se sentía demasiado bien. Generalmente no había nada mejor que una buena batalla para alegrar su salvaje corazón, pero hoy era diferente. La tribu parecía alicaída. Normalmente, los guerreros ya estarían gritando y vociferando, preparándose para un auténtico ¡Waaagh! Aquella mañana, la horda verde estaba silenciosa. Incluso los goblins permanecían solemnemente formados en filas sin pelearse demasiado ni bromear para matar el tiempo. Sería una batalla realmente sucia.

-El Kaoz.- murmuró. La palabra le dejaba mal sabor de boca. Escupió asqueado.

-¡No me haz dado! ¡Ooopz!- chilló Gimlug mientras esquivaba con mucha destreza el repugnante proyectil verde, pisando sin darse cuenta un montón de excrementos de jabalí todavía calientes con su pie izquierdo.

Klaw Crookfang se giró hacia sus jinetez de jabalí. Sus feas caras llenas de cicatrices le eran tan familiares como la gran verruga que tenía en la punta de la nariz. De todos los de la tribu, estos eran sus propios chicos, los Asesinos de Crookfang, como le gustaba llamarles. Había luchado con estos feroces guerreros en más batallas que las que podía contar. Muchas, muchas más de las que habría podido contar si supiera, ya que los números superiores a tres seguían siendo un misterio para el viejo orco.

Miró a sus tropas y vio la inquietud en sus ojos. Observó la inclinación de sus arqueados hombros y la rígida impresión de sus gruesas mandíbulas. Habían compartido muchos días gloriosos vertiendo la roja sangre de los hombres y los tapones entre el Paso del Fuego Negro y la Montaña del Ojo Rojo. Podía asociar un nombre a cada una de las curtidas caras. Éste era... esto, Komosellame con sus grandes orejas, y allí estaba Oojamaflip de las tierras Yermas. Junto a él estaba Thingimajig, que había perdido tres garras en la garganta de la Roca Muerta... ahora tenía un auténtico muñón.

El viejo orco se aclaró la voz y habló.

-Chikoz- dijo- zé lo ke eztáiz penzando- hizo una pausa para dejar caer sus palabras- el Kaoz -volvió a hacer una pausa- Oz eztáiz preguntando por ké tenemoz ke luchar kontra ezoz horriblez, zucioz y dezagradablez zerez- los orcos murmuraron intranquilos- Bien, puez oz lo diré -prosiguió Klaw- oz kontaré por ké. Todoz vozotroz zabéiz ke loz ezbirroz de loz Diozez Ozkuroz han eztado preparándoze para la gran ofenziva. Bien, puez ez por ezo. Elloz eztán ahí. Han tomado el puente zobre el gran río, y tienen a loz taponez atrapadoz en la ziudaz ke llaman Praag. No hay ningún lugar donde podamoz ezkondernoz. No hay ninguna forma de ezkapar. Vamoz a luchar y venzer, ya ke no vamoz a morir.

-Gorko zabe ke no tenemoz miedo de morir -exclamó el orco de las orejas grandes-, pero ezaz kozaz...-el orco puso una cara que expresaba su absoluta repugnancia- Danoz una pelea kontra loz taponez enanoz, o loz flakuchoz elfoz, o kontra la peña de Hurk, y lez pegaremoz una paliza... pero... ezoz no zon naturalez. No tienen karne y zangre komo loz otroz.

-Chikoz, chikoz -suspiró Klaw- tenéiz razón, y nadie lo zabe mejor ke yo. Zi pudiera me iría a vivir al Peñazko Negro, o mandaría zobre loz gobboz del monte Grimfang, pero no puedo. Eztamoz akí y ahora, y loz azkerozoz diozez ozkuroz eztán avanzando hazia nozotroz.

Mientras el viejo orco hablaba, la verdad oculta tras sus palabras se hizo evidente cuando un gran ejército surgió de entre la niebla. Fila tras fila, los guerreros del Caos cubiertos de hierro iban avanzando. Detrás de los guerreros del caos, con sus horripilantes siluetas todavía escondidas tras la niebla, avanzaban los demonios y los monstruosos engendros del Caos de los Dioses Oscuros.

-¡Vamoz, chikoz!- chilló una diminuta voz. Era Gimlug. -El jefe tiene razón. Zi hemoz de morir, moriremoz, y zi morimoz...¡Moriremoz repartiendo puñaladaz!- El pequeño goblin sonreía enloquecido y arrancó una lanza, que medía varias veces su propia estatura, de las manos de un jinete de jabalí. Agitando frenéticamente la lanza, el goblin echó a correr rápidamente hacia el enemigo gritando y chillando.

-¡A la kargaaaaa!- gritó Gimlug con toda la potencia de sus pulmones. El sonido se perdió entre la niebla y desapareció.

-Pekeño tipejo eztúpido- pensó Klaw, lleno de lágrimas, mientras contemplaba cómo la diminuta figura desaparecía de la vista. Aquel goblin tonto le había pertenecido desde que era un cachorro. Había perdido al pequeñajo. El sonido de un millar de espadas al desenfundarse le devolvió a la realidad. Observó nuevamente a sus guerreros y esta vez vio una nueva determinación en sus ojos. No había esperanza, pero sí determinación. No existía el anhelo por la violencia a la que estaba acostumbrado, pero sí una torva y firme determinación. Los jabalíes de guerra resoplaron y patearon ansiosamente con sus pezuñas: sus malignos ojos rojos chispeaban ante la luz del nuevo día.

-Eztamoz preparadoz, jefe- anunció el orco de las orejas grandes.-Vamoz a ajuztarlez laz kuentaz.

-De akuerdo- dijo Klaw, -vamoz a ajuztarlez laz kuentaz, chikoz.

FuentesEditar

  • Relato de Cuarta Edición, libro del Caos (escrito por Rick Priestley).

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