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Nagash Gran Nigromante retornado Fin de los Tiempos.jpg

El Fin de los Tiempos

El trasfondo que puedes leer en esta sección o artículo se basa en la serie de libros de campaña y novelas de El Fin de los Tiempos, que recientemente ha sustituido la línea argumental de La Tormenta del Caos

Archaon Señor del Fin de los Tiempos.jpg

Arkhan ritual-0.jpg

Arkhan preparando el ritual

Mannfred von Carstein contempló cómo Eltharion arrojaba a un lado su yelmo abollado y entraba en el círculo de los Nueve Demonios. Con un gruñido, el vampiro se desembarazó del peso muerto que una vez había sido Ala de Tormenta, y saltó hacia la hendidura en la barrera mágica.

Demasiado lento. Con una ondulación, la barrera recompuso su herida, sellando a Eltharion en el interior de los Nueve Demonios, y aislando a Mannfred fuera. Bufando de frustración, el vampiro examinó la barrera que se alzaba ante él, pero se trataba de una magia antigua y poderosa, y el Señor de Sylvania no pudo encontrar ningún punto débil.

Mientras espíritus sollozantes se arremolinaban a su alrededor, Mannfred golpeó la barrera con su puño y contempló, sin posibilidad de intervenir, cómo Eltharion se acercaba a su presa. La hoja de la espada del Elfo se disolvía en el aire a medida que los encantamientos del acero se desvanecían. La Espada Colmillo había quebrado la barrera, mas aquel había sido su último acto de servicio. Sin detenerse, Eltharion dejó caer la empuñadura humeante y se lanzó, desarmado, contra Arkhan.

El liche se encontraba junto al borde del caldero, asiendo el pelo de Aliathra con los dedos esqueléticos de una de sus manos, forzándola a mantener cabeza y torso sobre el borde del recipiente; su otra mano sostenía una daga de hueso contra la garganta de ella. En el centro del caldero, Volkmar permanecía suspendido e impotente entre las cadenas que lo sujetaban.

Mannfred se preguntó si debía alertar al liche, y descartó aquella idea. Que Arkhan se las apañase por sí mismo. Había dejado de ser útil.

Arkhan no necesitó de ninguna advertencia. Sin vacilar, el liche soltó tanto a Aliathra como a la daga, y estiró su brazo para empuñar a Alakanash. Aquella súbita liberación tomó desprevenida a la princesa, que se tambaleó, golpeó su cabeza contra el tablero y se precipitó aturdida contra el suelo. Alakanash se encendió brevemente, pero volvió a un estado inerte cuando un guantelete arrebató el báculo de las garras del liche, y otro se aferró a su cuello de hueso.

"¡Suéltame!" Exigió Arkhan.

Eltharion no respondió, y se limitó a unir una segunda mano a la tarea de la primera. El Elfo levantó a Arkhan del suelo y lo empotró contra un costado del caldero. Mannfred pudo percibir el roce del acero contra el hueso mientras el Elfo trataba de romper el cuello del liche.

"Muy bien", entonó Arkhan, y aferró sus dedos esqueléticos en torno a uno de los avambrazos de Eltharion. Inmediatamente, Mannfred observó briznas de óxido surgiendo del metal. En un suspiro, la maldición entrópica se extendió a través del acero y hacia la carne bajo él. Los guanteletes que apresaban la garganta de Arkhan se deformaron y descompusieron; la piel del Elfo se secó y marchitó, volviéndose su pelo gris y quebradizo. Entonces, aquellas luces embrujadas que eran los ojos del liche resplandecieron una vez, y Eltharion el Sombrío, Guardián de Tor Yvresse, explotó en una nube de polvo.

Hasta nunca, pensó Mannfred, y concentró de nuevo su voluntad para hendir la barrera. ¡No permitiría que el liche le estorbase a un paso de obtener la victoria!

El vampiro vio que Aliathra se había levantado de manera poco firme para enfrentarse a Arkhan.

"Mi padre te destruirá por esto", dijo ella de manera categórica.

Mannfred no percibió miedo alguno en su voz, sino una abatida aceptación, revestida de acero. Había pensado que ver morir a su rescatador haría desesperar a la princesa, mas su temple no mostraba síntomas de ello. El vampiro sintió que aprobaba aquella actitud desafiante, cualquier cosa que irritase al liche.

"Tu padre ya está muerto", le dijo Arkhan, recuperando su daga. "Mis aliados se han encargado de eso".

La mirada de Aliathra no desfalleció.

"Para el poder que tienes, no sabes nada".

"Veremos".

Arkhan estiró un brazo para agarrar de nuevo las trenzas de Aliathra. La princesa no se resistió, sino que se movió hacia adelante para presionar sus manos atadas contra el pecho del liche. Se produjo un breve estallido de luz blanca y Arkhan retrocedió como si lo hubiera quemado.

"¿Qué has hecho?" Exigió saber Arkhan, recuperando la compostura. Girando su brazo, obligó a Aliathra a colocarse sobre el caldero una vez más.

"Ya lo descubrirás", escupió la Niña Eterna.

Con un seco bufido de ira, Arkhan deslizó la daga por la garganta de Aliathra, y la sangre real manó en abundancia. Una porción se deslizó por los brazos huesudos del liche, o salpicó los faldones de la túnica de Volkmar, pero la mayor parte se derramó en el caldero, donde se mezcló con la sangre del Hada Hechicera. Soltando el aún convulsionante cuerpo de la elfa, Arkhan extrajo con reverencia la Garra de Nagash de un cofre situado junto a la base del caldero.

"¡Endrek, melis savar!" exclamó el liche, y la sangre en el caldero comenzó a hervir. Arkhan volvió entonces su rostro hacia Mannfred por vez primera. "Alégrate, último de los Von Carstein, pues nuestro amo pronto se alzará de nuevo".

"¡Déjame entrar!" exigió Mannfred.

"¿Para que puedas trastocar el ritual y ajustarlo a tus propios objetivos?" el tono de Arkhan era despectivo. "Creo que no".

Mannfred perdió los estribos y asaltó la barrera con todas las armas a su disposición. La golpeó con hechizos, con su espada e incluso con sus garras. No consiguió nada.

Casi igual de desesperante resultaba que el liche no le prestase ninguna atención. Arkhan se acercó con calma al lado de Volkmar. Con un gesto, la red de cadenas que atrapaba al sumo sacerdote comenzó a moverse, alzando el antebrazo de la inconsciente figura para formar los ángulos correctos en relación a su cuerpo.

"Azkal, mek Nagash", cantó Arkhan, presionando su daga contra la muñeca extendida de Volkmar. "Azkal, Azkal".

La hoja brilló con un resplandor verde, y Arkhan tiró de ella hacia abajo. Las cadenas se tensaron al resistirse brevemente la extremidad, pero nada detendría la hoja del liche.

Volkmar, despertado por aquella agonía repentina, aulló de dolor mientras su mano amputada caía al interior del caldero. Sin pronunciar palabra, Arkhan se deshizo de la daga y presionó la Garra de Nagash contra el muñón de Volkmar, de donde la sangre manaba a borbotones.

En el mismo instante en que la mano hizo contacto, los dedos comenzaron a moverse, contrayéndose y estirándose como si comprobasen su fuerza. Arkhan soltó la mano, y permaneció en su sitio, con dedos que parecían garras rasgando el aire.

"¡Ezkel mek endrekel!" entonó Arkhan, asiendo Alakanash y alzándolo en alto. En respuesta, zarcillos de magia oscura salieron con fuerza de la Garra de Nagash. Por un momento, se balancearon adelante y atrás en el aire, como serpientes en busca de su presa. Entonces, se dieron la vuelta, internándose en la carne alrededor de la muñeca ensangrentada de Volkmar.

El Sigmarita gritó y se retorció contra las cadenas mientras la garra de Nagash se ceñía más y más a su maltratado brazo. La sangre salía a chorros a medida que los zarcillos de magia excavaban su camino de vuelta hacia afuera. Dando azotes y coletazos, se enrollaron en torno al brazo de Volkmar, para entonces lanzarse hacia donde Morikhane colgaba holgadamente sobre el cuerpo del sacerdote. Desde allí, los zarcillos aumentaron de número y se extendieron por lo que quedaba del cuerpo de Volkmar, horadando su pecho y extremidades, y dejando una masa retorcida de sinuosa y oscura magia a su paso. En unos instantes, todo lo que Mannfred podía ver del sacerdote eran dos ojos hinchados y una boca retorciéndose en un alarido agonizante. Entonces se detuvieron los gritos, pues los zarcillos se enredaron en torno a la cabeza de Volkmar y se abrieron paso a través de su garganta.

No quedaba ya rastro alguno de Volkmar, sino una palpitante masa de magia oscura, cuyos zarcillos se extendían y expandían a medida que se nutrían de la sangre del caldero. Las cadenas se agitaban violentamente y rompían a medida que la masa crecía más y más. Procediendo con cautela, Arkhan tomó la Espada Cruel de su soporte de hueso, y la sostuvo en el aire, apuntándola hacia el caldero.

"¡Eznek malikal!"

La espada se desprendió de la mano de Arkhan, manteniéndose en el aire durante un instante. Entonces, con un estallido seco, el arma reventó en un millar de fragmentos centelleantes que avanzaron y se internaron en la magia palpitante. Una vez, la Espada Cruel había acabado con Nagash; ahora lo devolvería a la vida.

Fuera del círculo, Mannfred notó que el viento se levantaba y los lamentos de los espíritus se convertían gradualmente en un chillido ensordecedor. Sintió el suelo sacudirse y agitarse bajo sus pies, mientras el ritual de Arkhan desgarraba una puerta entre el mundo de los vivos y el de los muertos. Ante él, los ojos de los Nueve Demonios resplandecieron con odio cuando la magia que los ataba a la piedra se debilitó justo lo necesario para concederles un tentador viso de libertad.

Los cielos se llenaron de truenos, los Nueve Demonios se quedaron inertes una vez más, la barrera mágica finalmente se derrumbó y la masa de magia se dispersó como el humo ante la brisa. Cuando se despejó el ambiente, Mannfred no pudo observar rastro alguno de Volkmar, ni de las cadenas que lo habían aprisionado. Ahora una figura esquelética monumental y grandiosa se encontraba en el centro, ya seco, del caldero, orbes de magia flotando a su alrededor como fuegos fatuos.

Por un instante, la figura se mantuvo quieta y silenciosa. Entonces, un fuego brujo de color verde comenzó a llenar sus ojos de vida resplandeciente. Ante él se postró Arkhan, estirando sus brazos con Alakanash a modo de ofrenda.

"Maestro..." susurró.

Nagash salió del caldero y tomó Alakanash de las manos de Arkhan.

"LO HAS HECHO BIEN, MI SIRVIENTE" Mannfred no se limitó a oír las palabras de Nagash, sino que resonaron como un eco a través de su cabeza. "LA GRAN OBRA PUEDE COMENZAR".

El vampiro sintió una gran presión sobre su mente cuando el Gran Nigromante posó su mirada sobre él. De golpe, Mannfred se dio cuenta de que había perdido; ya no podría controlar a la criatura que se alzaba frente a él, de la misma forma que no podía controlar a los dioses.

"¿ME SERVIRÁS?"

"", dijo Mannfred, cayendo de rodillas, y esperando que Nagash no detectara la amargura en su corazón. "Os serviré... maestro".

Ritual de nagash.jpg

Nagash alzándose de nuevo

Fuente Editar

  • The End Times I - Nagash.
Capítulo 2: El Ritual
Los cinco ejércitos | Contendientes | Muerte en los Nueve Demonios | Una de los nuestros
El Ritual | El regreso del Gran Nigromante | Un plan despiadado | La ambición de Mannfred

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