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El Templo de la Serpiente
Temple of the Serpent.jpg
Detalles
Título original Temple of the Serpent
Autor C.L. Werner
Ilustrador de cubierta Ralph Horsley
Diseño de cubierta Desconocido
Traductor Desconocido
Saga Libro único
Colección Thanquol y Destripahuesos
Entrega Segundo libro
Publicación 12/04/2011
Precuela El Vidente Gris (Novela)
Secuela Thanquol's Doom

El Templo de la Serpiente es el segundo volumen de la saga dedicada a uno de los enemigos más malvados y acérrimos de Gotrek y Félix. Acompaña al vidente gris Thanquol y a su fiel Destripahuesos en sus infames aventuras.

Escrito por C.L. Werner, la acción se sitúa despues de los acontecimiento de El Vidente Gris. En esta ocasión, una serie de acontecimientos llevarán al Vidente Gris al distante continente de Lustria.

SinopsisEditar

Tras varios fracasos, al vidente gris Thanquol se le ofrece una oportunidad de redimirse: debe viajar al continente de Lustria para matar al Profeta Sotek. Perseguido por un grupo de asesinos y aislado en una tierra extraña de lagartos gigantes, ciudades templo y una jungla sin fin, Thanquol deberá hacer uso de toda su astucia y poner a prueba sus habilidades mágicas si quiere regresar victorioso.

NovelasEditar

Plantilla Spoiler Cazador de Brujas.png
Alto, estás caminando por la senda del Hereje. Si continúas, corres riesgo de... perderte.
Este artículo puede contener spoilers de El Templo de la Serpiente

Todo comienza en Lustria, donde el señor Tlaco’amoxtli’ueman uno de los Slann más ancianos medita sobre sobre los planes de los inescrutables Ancestrales, sobre si los sucesos que estaban a punto de acontecer formaría parte de ellos. La mente del señor Taclo expandió su mente y reflexionó sobre los Skavens, cuya existencia era totalmente ajena y opuesta a lo que habían planificado las ancestrales entidades, y entre ellos, había algo especialmente caótico.

Al otro lado del Gran Océano, en la ciudad de Plagaskaven, el Vidente Gris Thanquol explicaba al Consejo de los Trece las razones por las que no había podido recuperar la Roca de Gusano de Bajo-Altdorf. Acusó al Vidente Gris Thratquee de ser el principal responsable de su pérdida, que fuera suya la idea de moler la Roca de Gusano para envenenar a los humanos, que llevaron a una serie de acontecimientos que provocaron grandes daños en la madriguera Skaven.

Sin embargo, lejos de enfadarse, el Consejo consideró que la “actuación” de Thratquee fueron los adecuados. Ciertamente, algunos miembros del consejo no les gustó su pérdida, especialmente a Nurglitch que también estaba furioso por la pérdida de su sirviente Skrolk, pero otros argumentaron que, al tratarse de un objeto tan poderoso, la Roca de Gusano podría ser una tentación muy poderosa que causaría conflictos entre las distintas facciones de la raza Skaven en su ansias por hacerse con ella, por lo que su “decisión” de deshacerse de la Roca fue una idea acertada por la que debería ser recompensado.

La mente de Thanquol se llenó de indignación antes estas declaraciones, por que había sido él el causante de todo aquello. Los Señores de la Descomposición percibieron su irritación y le preguntaron qué pasaba. Thanquol se disculpó argumentando que solo estaba cansado del largo viaje desde Altdorf. El señor Sneek le permitió marcharse, pero el tono empleado por el Señor de la Noche y líder del clan Eshin no tranquilizó nada al Vidente Gris.

Horas más tarde, Thanquol caminaba por las atestadas calles de la ciudad de Plagaskaven. Se encontraba nervioso por el repentino interés que el Señor de la Noche había mostrado en él, así que, para protegerse, había adquirido una nueva Rata Ogro, una que había sido especialmente entrenada para odiar a los miembros del Clan Eshin y resistir un gran número de toxinas. Bautizándola con el nombre de Destripahuesos, Thanquol se sentía mucho más seguro de posibles intentos de asesinatos por parte del clan Eshin.

Como respuesta a sus temores, Thanquol pudo ver como un trío de asesinos ocultos entre la muchedumbre se acercaban a él con intenciones de matarlo, pero antes de que pudieran hacer nada, Destripahuesos reaccionó con salvajismo ante su presencia y acabó con los tres (así como con un buen puñado de aterrorizados transeúntes). El Vidente Gris estaba satisfecho con los resultados, pero de repente le asaltó una duda. Descubrir y deshacerse de aquellos asesinos había resultado demasiado fácil. Por puro instinto, Thanquol se agachó justo a tiempo para evitar el dardo envenenado de una cerbatana. Tras esquivar un segundo proyectil, descubrió a un cuarto asesino aposentado en el tejado de un edificio.

El miedo y el odio batallaron en su interior hasta que finalmente ganó el odio. Furioso por todo aquello, Thanquol se metió un fragmento de piedra bruja en la boca para destrozar al Asesino con su magia. Pero aquel despliegue de poder tuvo un efecto inesperado al inundar las fosas nasales del Vidente Gris con el característico olor del almizcle que segregan los Skavens cuando están aterrados.

Los miles de transeúntes Skavens que había en aquella calle, debido a toda aquella conmoción, huyeron frenéticamente aterrados en todas las direcciones, empujándose, aplastándose y apartándose los unos a los otros con violencia hasta formar dos olas de skavens que chillaban y gruñían en estampida. Entre las dos aterradas hordas se encontraba el vidente gris Thanquol. El Asesino Eshin rió triunfalmente y huyó de allí. Entonces comprendió que ése había sido el plan del asesino desde el principio.

El asesino no intentaba matar a Thanquol con sus dardos, sino instigarlo para que se decidiera a usar la magia con el fin de defenderse, y provocara así el pánico entre la multitud. Cuando Thanquol fuera aplastado bajo las patas de la masa de skavens aterrados, no habría ninguna prueba de que su muerte hubiera sido obra del clan Eshin.

A pesar de emplear sus poderes para carbonizar a los Skavens que hiban en las primeras filas, presas del pánico ciego, los skavens ni siquiera hacían caso de la mortífera brujería de Thanquol. Justo cuando las dos masas estaban a punto de chocar, Destripahuesos agarró al Vidente Gris Thanquol con sus manazas y lo alzó por encima de la enloquecida muchedumbre que empezaban a matarse mutuamente.

Después de aquel incidente, Thaquol decidió ocultarse lejos de su madriguera, mientras planeaba que hacer para evitar que el clan Eshin persistieran en sus intentos por matarlo. La mejor opción era aliarse con uno de los otros tres grandes clanes para que le sirviera de protección.

Los ingenieros brujos del clan Skryre se sentían tan cómodos con los asesinos como las pulgas, y desarrollaban para ellos toda clase de artefactos para matar. Por ese lado no encontraría ayuda. El clan Moulder aún lo culpaban por la revuelta de esclavos que casi había destruido Pozo Infernal, y mejor no hablar del Clan Pestilens. La única razón por la que los monjes de plaga se avendrían a protegerlo de Sneek sería para poder matarlo ellos mismos, en venganza por asuntos pasados y por lo acontecido con la Roca de Gusano en Bajo-Altdorf, además de ser participante involuntario en la destrucción del discípulo favorito de Nurglitch, el señor Skrolk.

Mientras aún pensaba sobre que hacer, un nuevo Asesino Eshin hizo acto de presencia en su escondrijo. Thanquol ordenó inmediatamente a Destripahuesos que matara al intruso, pero este demostró ser un guerrero de una habilidad excepcional, y acabó con la vida de la Rata Ogro con insultante facilidad con sus Espadas Supurantes.

Thanquol trató de destruirlo con su magia, pero el asesino esquivó el ataque, que se estrelló contra los muros del escondrijo haciéndolo derrumbar. Pero para sorpresa del Vidente Gris, el asesino eshin no solo no lo mató sino que incluso le salvó la vida sacándolo del derrumbe. Por supuesto, esto no era ningún gesto altruista, la verdadera misión del asesino era llevar al Vidente Gris Thanquol ante la presencia del Sneek.

Thanquol fue llevado hasta la pagoda secreta del clan Eshin en Plagaskaven. Allí, bajo la atenta mirada del asesino, que resultó ser el temido señor de la muerte Snikch, tuvo una audiencia con el Señor de la Noche. Oculto desde las sombras, Sneek le cuenta de que tiene necesidad de un vidente gris, uno que tenga todas las razones habidas y por haber para serle leal.

Thanquol trata de responder que no puede obedecer a ningún otro pues le obliga su juramento a la Rata Cornuda, pero Sneek le interrumpe informándole de que Kritislik y Tisqueek estaban en ese momento intentando vender su pellejo para tratar de congraciarse con Nurglitch. Los señores de la videncia abrigan la esperanza de usar al clan Pestilens para poner freno a las ambiciones del clan Skryre. Piensan que entregarle a Thanquol a Nurglitch beneficiaría mucho en la formación de esa alianza. Esto es algo que indignó mucho al Vidente gris.

El Señor de la Noche le comenta que no está nada interesado en que se forme esa alianza y le cuenta su plan para que el clan Pestilens le teman. Para ello, ha organizado una expedición que viajará a Lustria, a la ciudad de Quetza, que fue donde surgió el Clan Pestilens por primera vez hace milenios. La misión consiste en matar al sacerdote lagarto del Dios Serpiente Sotek. El clan Pestilens lo había intentado varias veces pero siempre fracasó, y si el clan Eshin tiene éxito allí donde los Monjes de Plaga fracasaron, servirá como terrible advertencia.

Esa misión estará liderada por el Asesino Shiwan Acecharrastro, y por el Hechicero Eshin Shen Tsinge, y para garantizar el éxito de la empresa, enviaría al Thanquol con ellos. Sneek le advierte en que debe obedecerlos en todo momento y en no desafiar sus órdenes, pues lo consideraría como un desafío hacia su persona.

El Vidente Gris detestaba la idea de formar parte de esa peligrosa expedición, pero sabe que le es imposible negarse al Señor de la Noche. Con ello, le informa de la posible presencia de un traidor entre las filas Eshin y del intento de asesinato que sufrió en las calles de Plagaskaven. Sneek le aseguró que investigaría el suceso y que le entregaría el bazo del traidor al Vidente Gris. Tras esto, Shiwan y Shen condujeron a Thanquol al interior de un estrecho túnel.

Mientras tanto, en otro lugar de Plagaskaven, bajo el aspecto de un cazador de ciénaga del clan Muskrit. El Asesino Colmillo Chang maldecía su suerte. La muerte de Chillido Chang en el desastroso ataque a Nuln, había repercutido muy negativamente en su hermanos de triada Colmillo, pero mientras que Kritch Chang no logró sobrevivir a la depuración a la que fue sometido por el clan Eshin, Colmillo consiguió resistir, y ahora estaba allí para vengarse de Thanquol. Pero ahora el Vidente Gris estaba bajo la protección del Señor de la Noche, lo que el complicaba mucho las cosas.

Tan convencido estaba de su disfraz así como sumido en sus pensamientos, que Colmillo Chang que no se percató del grupo de Monjes de Plaga que se le acercaron. Antes de que tuviera tiempo a defenderse, fue rodeado por los Skavens pustulentos, que le obligaron a acompañarlos. Colmillo Chang fue llevado a un lugar apartado de la madriguera, donde le esperaba el Señor Skrolk, quien había sobrevivido al combate por la posesión de la Roca de Gusano en los subterráneos bajo Altdorf.

Skrolk tranquilizó a Colmillo diciéndole que no estaba allí para ser castigado por una supuesta ofensa, sino por que tenían un enemigo común, el Vidente Gris Thanquol. El señor de la plaga le informa de que Sneek enviaría a Thanquol en una expedición a Lustria. Sus sirvientes mataron a uno de los integrante para que Colmillo Chang ocupara su puesto. Debe matar a Thanquol en aquella misión, y una vez que lo haya eliminado, asegurarse de que ninguno de los miembros del clan Eshin no regresara jamás a Plagaskaven. El asesino consideró las palabras de Skrolk, y aceptó su oferta.

Lejos de allí, en medio del océano, la Cobra de Khemri había zarpado de la ciudad de Marienburgo con dirección a Ulthuan. La nave era gobernada por el capitán Schachter, junto al segundo de a bordo Marjus Pfalf, pero el patrono de la nave era Lukas van Sommerhaus, que buscaba un establecer acuerdo comercial con los Elfos con las que poder levantar la empresa levantada por su bisabuelo que bajo su administración había mermado. Para ello contaba con Ethril Feyfarer, un elfo que le había contratado para viajar a la isla y que le había prometido actuar como intermediario.

Acompañando a Lukas, estaba la cortesana Hiltrude Kaestner. Debido a la dura situación por la que atravesaba y la presión resultante, van Sommerhaus solía desahogarse con la muchacha ante la menor excusa. Sin embargo, Adalwolf, uno de los mercenarios contratados por el patrono, no estaba dispuesto a consentir este tipo de actos, y detuvo a Lukas antes de que fuera a mayores. A Hiltrude no le importaba las reacciones de van Sommerhaus. El hermano Diethelm, un sacerdote de Manann, se preocupaba después de tratarle las heridas, aclarando que el destino de aquella expedición estaba ahora en manos del dios del mar.

Por su parte, la expedición del clan Eshin parte en dirección Lustria después de haber capturado la María Negra, un barco pirata, cerca de las Isla de Sartosa, con una buena parte de la tripulación. Thanquol estaba un poco expectante ante la perspectiva del viaje, aunque no el gustaba el trato que el hechicero Shen Tsinge le estaba profesando. Le hubiese dicho cuatro cosas sobre cortesía si no fuera por Goji, la Rata Ogro Guardaespaldas del Shen. Para Thanquol, el que un hechicero Skaven tuviera que hacer uso de una Rata Ogro para que la protegiera era solo una muestra de incompetencia como hechicero. ¡Los auténticos brujos como él no necesitaban de protección extra! Por supuesto, se cayó sus opiniones.

Muy a lo lejos, el señor Tlaco’amoxtli’ueman estaba meditando ante el cariz que estaban tomando las cosas. Pudo percibir que los Skavens estaban regresando con destino a Quetza, la Profanada, la ciudad que los Skavens habían contaminado con sus enfermedades hace eones que tuvo que ser abandonada por los hombres lagarto. Ahora volvían a moverse habitantes entre sus muros, los seguidores de Xiuhcoatl, uno de los profetas de Sotek. Bajo el liderazgo de Xiuhcoatl, los eslizones habían construido una nueva pirámide en Quetza, un templo dedicado al Dios Serpiente. Se habían excavado estanques de cría en los cimientos del templo y se habían llevado serpientes sagradas procedentes de la selva.

El Señor Tlaco se encontraba ante un dilema. Al parecer Sotek no era uno de los Ancestrales, al menos, no se le mencionaba como tal en las tablillas sagradas que él conocía, pero no negaba que con su llegada los hombres lagarto pudieron expulsar a los Skavens de Lustria, y ahora, gracias a su culto, se habían controlado las plagas que infectaban Quetza. No podía condenarlo pero tampoco alabarlo. Y ahora estaba el regreso de sus ancestrales enemigos. El señor Taclo reflexionó sobre los acontecimientos ¿Era aquello voluntad de los Ancestrales? ¿Debería involucrarse o simplemente ignorarlo y ver los resultados?

El Slann expandió su mente y vio otros algoritmos que podían introducirse en aquella compleja cadena de sucesos y probabilidades matemáticas, un grupo de humanos en bote cuya presencia podría alterar todos aquellos acontecimientos para lograr un desenlace específico. El señor Tlaco se concentró en los humanos y realizó pequeños ajustes en la red geométrica…

Después de pasar días sobreviviendo a duras penas en un mar embravecido, la Cobra de Khemri llega muy dañada las costas de Lustria. Los hombres empezaron a murmurar sobre el asunto. Lustria era conocido por ser una tierra abundante en riquezas, pero Adalwolf Graetz recordó que también era una tierra famosa por su infinidad de peligros, y que el número de los que regresan con era irrisorios comparados con los que nunca lo hacían. Aún así, Van Sommerhaus está encantado con la posibilidad de encontrar un tesoro, y ordenó organizar un grupo de exploración para investigar la jungla, aún a pesar de la palabras de Ethril por tratar de disuadirlo.

Poco después, una expedición con Adalwolf, Lukas y Ethril camina con grandes dificultades por la densa selva. El Elfo aún trata de convencer al resto de abandonar el lugar y recorrer la cosa hasta una colonia élfica que hay más al sur, pero Van Sommerhaus prefiere continuar. Los ojos de Adalwolf se desorbitaron de sorpresa cuando, donde hace apenas un minuto había una verde muralla, ahora había una senda ancha y perfectamente uniforme.

El patrono consideró aquello un golpe de suerte y ordenó que la expedición continuara por aquella senda pero el mercenario aconsejó regresar a la playa pues aquello era antinatural, incluso el elfo reconocía que era producto de un poder antiguo y secundó la decisión. Sin embargo, uno de los marineros se impacientó y se enfrentó a Adalwolf para continuar por el sendero, cayendo sobre un enorme helecho durante la pelea.

En pocos segundos, una horda de diminutos reptiles surgió de la planta y se abalanzaron sobre el hombre mordiéndole y arracándole trozos de carne. Antes de que nadie pudiera reaccionar para ayudarlo, el marinero desapareció bajo un manto viviente de lagartos que lo devoraron vivo en cuestión de segundos, dejando tras de si un ensangrentado esqueleto. Nuevamente, Ethril recomendó regresar al campamento en la playa, y tras aquel espantoso espectáculo ni Van Sommerhaus y ni el resto de expedicionarios tenían razones para contradecirlo.

Cuando el último hombre desapareció en la espesura, un grupo de cinco seres surgió de la jungla. Nadie de la expedición se había dado cuento pero había sido vigilados por Eslizones Camaleón en todo momento. Se suponía que tenían que haber entrado y recorrido la senda pero al parecer algo había evitado que los humanos hiciesen lo que esperaban que hicieran. Al olfatear el entorno, detectó el olor del elfo y supusieron que había sido el causante de ello, por lo que debería ser eliminado.

Aquella noche, con el máximo de los sigilos, los eslizones camaleón se deslizaron cerca del campamento improvisado y asesinaron a Ethril Feyfarer y a los guardias apostados... a la mañana siguiente, el capitán Schachter gritó al encontrarse con sus cabezas reducidas colgadas en un mástil en medio del campamento. Aquello tenía un mensaje muy explícito. Esta era la manera que tenían sus misteriosos enemigos de decirles que deberíamos ponernos en marcha.

Los supervivientes del Cobra de Khemri debatieron durante una hora qué debían hacer. Estaba claro que no podían quedarse en el barco naufragado. El sacerdote Diethelm pensaba que la mejor línea de acción era construir una balsa con la nave naufragada y volver a salir a mar abierto, confiando en que la gracia de Manann los alejara con rapidez de aquella costa. Adalwolf y Schachter apoyaban la opción de dirigirse al sur hacia la colonia élfica de la que les había hablado Ethril. Fue Van Sommerhaus quien propuso una tercera opción.

Quedaba la pista que habían encontrado en la selva. Estaba claro que conducía a algún sitio, algún lugar grande. Las historias sobre ciudades de oro perdidas y ocultas en la selva fueron matizadas por la observación práctica de que cualquier ciudad tendría cerca los recursos necesarios para mantenerse. Aun en el caso de que no encontraran nada más que unas ruinas abandonadas, habría agua dulce y cultivos asilvestrados que podrían aprovechar. Podrían fortificarse, usar las ruinas para cobijarse y planificar el siguiente movimiento con tranquilidad.

Quizá la tripulación hubiera rechazado los argumentos del patrono de no haber intervenido Marjus Pfaff. El oficial se había hecho cargo de derribar el tótem y enterrar los restos que tenía atados, solo para descubrir que las cabezas reducidas habían sido sujetadas a la vara mediante alambres de oro. Aquel descubrimiento encendió la codicia de los expedicionarios que rápidamente accedieron a arriesgarse por la senda.

No lejos de allí, los Eslizones Camaleón vigilaban atentamente a los humanos. El señor Tlaco los había enviado a conducir a los humanos al interior de la selva y asegurarse de que seguían la senda que el slann había abierto para ellos. Les siguieron de cerca, por si decidían volver atrás, pues en ese caso, harían otro tótem para alentarlos a seguir la senda del señor Tlaco.

Mientras tanto, los skaven también habían llegado a Lustria. El viaje desde Sartosa a Lustria había sido largo y agotador. Habían mantenido viva a la tripulación humana durante la mayor parte del recorrido, para que pilotaran el barco. Sin embargo, el viaje había sido un poco más largo de lo que ellos habían previsto. Los skavens habían tardado unas pocas semanas en agotar las provisiones de la bodega. Entonces, habían empezado a echar mano de los humanos para complementar su dieta. En apenas unos días, los skavens ya habían agotado esa fuente de comida.

Por suerte, Tsang Kweek, jefe de los Corredores de Sombras, había tenido la astucia de hacer que sus hombres rata observaran a los piratas. Habían logrado tripular el barco razonablemente bien cuando el último pirata fue asesinado. Aun así, habían tardado dos semanas más en avistar tierra. Para entonces, los skavens estaban acabando con las provisiones de comida de emergencia, los esclavos skavens que Shiwan se había llevado de Plagaskaven.

Para el Vidente Gris Thanquol, sin embargo, había sido más problemático. Alguien de la expedición, al parecer, no estaba muy contento con la decisión del señor de la noche de enviarlo en esa misión y había sufrido varios intentos de asesinato a lo largo de la travesía, de los que había sobrevivido gracias a su poderes, astucia y sobre todo, a la suerte. Los del clan Eshin intentaban achacarlo a simples incidentes o ataques de los prisioneros humanos vengativos, pero el Vidente Gris no confiaba para nada en ellos.

El María Negra finalmente echó el ancla y los Skavens bajaron los botes. Todos los jefes de la expedición habían tomado asiento en el bote y, por derecho, Thanquol creía que su sitio debería haber estado entre ellos. En cambio, un golpe de la torpe rata ogro de Shen Tsinge lo había echado por la borda y ahora nadaba en las frías aguas junto a centenares de Skavens menores.

De repente, a sus espaldas llegó un chillido de dolor que atrajo la atención de todos los hombres Rata. Se produjo una enloquecida fuga de skavens cuando vieron a un tiburón devorando a uno de los Acechantes Nocturnos, y a más de estas criaturas nadando a toda velocidad hacia ellos. En su intento por subirse a los botes, los aterrados Skavens volcaron uno y sus tripulantes se convirtieron en comida de los escualos. Para no correr la misma suerte que el primero, los tripulantes del resto de barcazas atacaron con sus armas a cualquier Skaven que se le acercaba demasiado.

Por su parte, el Vidente Gris nadaba con desesperación para ponerse a salvo, cuando un dardo le rozó por encima de la cabeza. Al darse la vuelto, vio que el proyectil había alcanzado al tiburón que tenía detrás, que murió a causa del veneno del arma. Thanquol pudo distinguir la forma del asesino que llevaba capa, y cuyo dardo lo había salvado del tiburón, y que no parecía alegrarse de ello. Thanquol intentó fijar la apariencia del asesino en su memoria. No era una tarea fácil, porque para él todos los skavens del clan Eshin se parecían. Cuando un hombre rata que pataleaba en el agua cerca de él gritó antes de que un tiburón lo arrastrara bajo el agua, Thanquol decidió que ya había estudiado bastante al asesino y se puso a patalear en dirección a la arenosa orilla.

A pesar de la masacre, varios centenares de Skavens lograron llegar a la orilla, donde repusieron fuerzas, se recuperaban de la experiencia y se preparaban para continuar con la misión. Shiwan Acecharrastro discutía con Shen Tsinge, pues al parecer no lograban interpretar correctamente el mapa que habían robado al Clan Pestilens, por lo que no podían ubicarse. Thanquol disfrutaba viendo a los peces gordos Eshin reñir entre sí. Malhumorado, Shiwan azotó coléricamente la arena con la cola. De inmediato, los bigotes del asesino comenzaron a estremecerse.

Olvidando la discusión con su congénere, se inclinó y escarbó en la arena, encontrando un herrumbroso trozo de hierro, lo que era una prueba de la presencia humana en aquella tierra. Al observar de nuevo el mapa, vio que estaba representado un asentamiento humano, los cual era un punto de referencia que podían usar para orientarse y hallar el camino que llevaba a la ciudad perdida de Quetza. Shiwan gruñó y dio las órdenes para que la expedición siguiera al interior de la selva.

Thanquol pensó en abandonarlos a su suerte, pero al contemplar los trocitos masticados de skavens que la marea llevaba hasta la playa, escuchar los estridentes ruidos procedentes de la selva y olfatear el olor a reptiles que había en el aire, pensó que alguien tan magnánimo y benévolo como él, no podía abandonar al valiente clan Eshin en su momento de necesidad.

Al cabo de unas horas recorriendo la selva, el Vidente Gris Thanquol estaba harto de aquel lugar. El clima era sofocante, los molestos insectos no dejaban de picarlo, y lo peor de todo era la amplia variedad de serpientes que habitaban en aquella condenada jungla, serpientes de todas las formas, colores y tamaños, venenosas y constrictores, algunas hasta con dos cabezas en cada extremo de su cuerpo; que ya se habían cobrado sus primeras víctimas entre los hombres rata. Y lo que más le repateaba de todo era ver como el hechicero Shen Tsinge viajaba tranquilamente encima de Goji, su Rata Ogro guardaespaldas.

Hacía ya un rato que el suelo se hacía cada vez menos sólido. Entonces, descendió para transformarse en un pantano propiamente dicho. Nudosos mangles se alzaban sobre el agua cubierta de espuma, y por encima de la porquería zumbaban nubes de insectos. Del fango sobresalían restingas de arena que formaban un sinuoso puente roto que permitía atravesar la ciénaga. Sobre las restingas de arena yacían inmensos cocodrilos verdes que se calentaban bajo los rayos del sol que atravesaban las hojas de los árboles.

Thanquol vio una torre de piedra que se alzaba sobre un islote. La estructura se inclinaba disparatadamente sobre el cenagal, y muchas de sus piedras se habían desprendido y habían caído sobre las orillas fangosas que la rodeaban. De la única ventana que se veía sobresalía la boca herrumbrosa de un cañón. Por encima de la puerta de madera, que estaba rota, del frente de la torre habían fijado con mortero un grupo de huesos. Algunos de los corredores de sombras de Tsang Kweek comenzaron a avanzar hacia la torre, con un rastro de codicia en su aroma. El olor fue percibido por los guerreros de Kong Krakback, y los skavens más grandes echaron a correr tras los más pequeños.

También el vidente gris Thanquol empezó a andar, pero su nariz tembló cuando llegó hasta él un olor nuevo. Se trataba de un olor que solo conocerían quienes estuvieran en sintonía con el mundo de la magia. Era la fetidez de la más oscura de las magias, el repugnante hedor de los no muertos, con quien Thanquol ya tuvo sus encuentros en el pasado. Thanquol decidió no avisar a los Eshin del peligro, en venganza por el trato recibido a lo largo de aquella misión. Sin enbargo, se olvidó de que no era el único usuario de la magia. Shen Tsinge olfateó el aire. Se le erizó el pelo a causa de lo que olió. Dirigió una mirada acusadora hacia Thanquol, y luego avanzó a la carrera para advertir a su clan del peligro que corría.

No llegó a tiempo. Cuando la vanguardia ya había llegado a la torre surgieron Piratas Zombis de la torre y del suelo. Aun a pesar de sus golpes, sus enemigos no morían, y varios Skavens cayeron bajo las oxidadas armas de los no muertos. Solo gracias a los poderes de Shen se pudo contener a la horda de Zombis el tiempo suficiente como para que la expedición lograra atravesar el cenagal y llegar al otro lado.

El vidente gris parpadeó con incredulidad al ver que los hombres rata de Shiwan huían del pantano. ¡Había esperado que retrocedieran, no que continuaran adelante! Thanquol vio que se había quedado solo, y como el olor del resto del Skaven se hacía cada vez más débil, se armó de valor y también decidió arriesgarse a atravesar el lodazal. No sin dificultades, pudo mantener a raya a los cocodrilos y a los Zombies, pero inesperadamente, hizo acto de presencia un nuevo enemigo. Sin que se lo esperara, un Asesino Skaven apareció para matarlo.

Se trataba de Colmillo Chang, que había aprovechado la situación para vengarse del Vidente Gris, y lo hubiese logrado, sino fuera por que unas manos muertas le aferraron. Retorciéndose y chillando, el hombre rata intentó soltarse de la implacable presa de sus atacantes, pero se encontró conque sus pies resbalaban sobre la arena. El asesino lanzó un alarido espantoso cuando tanto él como los zombies que lo sujetaban cayeron de cabeza por el borde de la restinga de arena al pantano. De inmediato, varios cocodrilos convergieron sobre la agitación. Thanquol les deseó a los reptiles una buena cena, antes de huir para reunirse con el resto de la expedición.

Por su parte, la situación del grupo de humanos tampoco era mucho mejor después de varios días de caminata, el ambiente y el calor era sofocante, la peligrosa fauna y flora habían cobrado su peaje entre los miembros de la expedición. Plantas carnívoras, ranas venenosas, gigantescos lagartos o manadas de reptiles más pequeños que estos último pero más grandes que una persona era solo una pequeña muestra de las amenazas. Adalwolf comprendía por qué muchos llamaban a Lustria el Infierno Verde.

Habían encontrado la senda con más facilidad que la vez anterior, y como había dicho antes Ethril, y confirmado por Diethelm, había magia actuando en aquel camino. Alguien quería que fuesen por él y no aceptaba un no por respuesta. Mantenía a las bestias y otros peligros de las junglas alejados del camino pero castigaban a quienes trataban de abandonar la ruta. Varios expedicionarios murieron a causa del hostil ecosistema cuando se internaban en la selva para huir de ahí.

Aún así, el mercenario empezó a congeniar con Hiltrude y el hermano Diethelm. De este último aprendió que sabía encantar serpientes, cuando salvó a la cortesana de una. El sacerdote de Manann dijo un poco ruborizado que había aprendido la habilidad en Arabia, pero lo hizo para poder encantar a las anguilas, aunque nunca tuvo éxito.

Por su parte, los Skavens continuaban con su expedición, con el Vidente Gris Thanquol a la cabeza. Tras la lucha contra los zombies, los skavens se habían reagrupado. Thanquol les había dado alcance, pero en cuanto hizo su aparición, Shen Tsinge le acusó de haber dejado que se metieran en una trampa. Como castigo, le arrebataron cualquier fragmento de piedra de Disformidad que pudiera llevar encima, y le obligaron ir en la vanguardia. El hecho de que Thanquol asegurara de que sabía leer los garrapatos ilegibles de los monjes de plaga había sido una de las cosas que habían impedido que Shiwan Acecharrastro lo matara después del incidente con los zombies.

El resto de Skavens disfrutaban de la precaria situación del Vidente Gris, se había ganado tantos enemigos que ni siquiera se había dado cuenta de que Colmillo Chang también estaba allí. El asesino había logrado escapar de los Piratas Zombies y estaba más decidido que nunca a ajustarle las cuentas... si es que tenía la oportunidad pues Acecharrastro estaba perdiendo la paciencia con Thanquol al no haber dado aún con la ciudad de Quetza. Thanquol murmuró en silencio una plegaria dirigida a la Gran Rata Cornuda. Si el dios quisiera ayudarlo tan solo a salir de aquel apuro.

Como si la maligna deidad hubiese accedido a sus plegarias, al frente de la expedición Skaven apareció la majestuosa ciudad de Quetza.

Los Skavens lanzaron chillidos de triunfo (y Thanquol un suspiro de alivio) al haber llegado finalmente a su objetivo. La ciudad estaba totalmente ruinosa pero, según el clan Pestilens, Quetza había sido abandonada por los Hombres Lagarto, y solo se habían quedado los sacerdotes y sirvientes del dios-serpiente Sotek.

Los Skavens vieron a un grupo de Eslizones tumbados a lo largo de la cara del sol de una pirámide medio desmoronada. Los hombres lagarto no se habían dado cuenta de la presencia de los skavens, y yacían en una especie de sopor mientras el sol les calentaba el frío cuerpo. La mayoría ni siquiera tenían los ojos abiertos. Era una oportunidad demasiado fantástica como para que los asesinos del clan Eshin la dejaran pasar.

Los Hombres Rata se abalanzaron sigilosamente sobre los desprevenidos eslizones y los mataron a todos. Thanquol incluso realizó una pequeña contribución a la masacre, ya que envió un rayo negro que salió restallando de su báculo para incinerar a un diminuto eslizón que intentaba escapar del ataque pasando por encima de la pirámide.

Los Skavens recorrieron la ciudad en busca de más amenazas hasta que se encontraron con la estructura más impresionante de la ciudad: el templo de la Serpiente. El profeta de Sotek estaría en algún sitio del interior. Extrañamente, de las estructura no salió ningún soldado escamoso para cerrarles el paso mientras corrían hacia el templo. Llegaron a una oscura abertura en la base de la pirámide pero en cuanto dos exploradores entraron en el pasadizo, lanzaron un chillido de alarma. En un momento, unos arcos de chispeante luz envolvieron a los dos hombres rata. Un instante de un blanco cegador, y los skavens desaparecieron sin dejar atrás más que pequeños montones de ceniza humeante.

Shiwan comprendió que allí había un mecanismo de defensa mágico de los Hombres Lagarto y ordenó a Thanquol que eliminara las protecciones, el Vidente Gris quería protestar pero no estaba en posición para hacerlo. Bajo la atenta vigilancia de Shen Tsinge y su Rata Ogro Goji, estudió los glifos que había en las piedras y se estremeció al ver la tosca representación de una serpiente gigante tragándose un skaven. Pero eso le dio una idea de cuál era, con exactitud, el propósito de las piedras, y por qué no había guardias que intentaran mantenerlos fuera del templo. Era una trampa para destruir a los de su especie. Para probar su teoría, Thanquol empujó a uno de los guerreros hacia delante. Al igual que los corredores de sombras, el guerrero chilló una vez, y luego fue reducido a un montón de ceniza.

Thanquol intentó regodearse de su descubrimiento ante el resto de Hombres Rata, pero al ver que Shen Tsinge invocaba poder, y debido a que su propia afinidad mágica le dio a conocer la naturaleza protectora del hechizo, Thanquol se lanzó detrás del hechicero y el enorme corpachón de Goji. El mundo que rodeaba a las dos ratas-mago estalló en una columna de fuego mientras que los Skavens que estaban cerca de ellos fueron inmolados en un estallido de llamas mágicas.

Al alzar la vista, vieron a un chamán eslizón sosteniendo un báculo enorme rematado por un gran icono de oro: la cabeza estilizada de una serpiente que enseñaba los colmillos. Thanquol no tardó en identificarlo como el profeta de Sotek al que habían venido a asesinar, y al ver el aura de poder que emanaba y los cientos de Guerreros Eslizones que surgían, el Vidente Gris salió por patas.

El caos se desató entre las filas Skavens. Los líderes intentaban organizar a sus fuerzas para que presentaran batalla, pero cuando los eslizones lanzaron contra ellos dos Salamandras, la expedición Eshin fue puesta en fuga, y los que aún no había muerto salieron corriendo por todos lados. Thanquol se lanzó por una de las calles laterales, pensando que tal vez los Hombres Lagarto no harían caso de un skaven solitario y se concentrarían, en cambio, en el grupo. Detrás oía los sonidos de batalla, y supo que al menos una parte de la expedición había sido apresada.

De repente, al doblar una esquina, se le pusieron deferente dos eslizones que se llevaron sus cerbatanas a la boca, pero antes de que pudieran disparar, el Vidente Gris los desintegró con su magia. Se sintió un poco mareado al usar tan precipitadamente sus poderes, y se tambaleó. Toda una suerte pues justo en ese momento, un enorme trozo de piedra de uno de los edificios cayó donde segundos antes estaba él. Al alzar la vista vio a un Asesino Skaven que se escabullía.

La ira inundó la mente de Thanquol al comprender lo que había pasado. El asesino los había atraído a los eslizones hasta allí para que lo hacerlo caer en una emboscada. Cuando fallaron, intentó asesinar a Thanquol empujando un bloque de piedra del ruinoso edificio. Era un tipo de plan astuto. En cualquiera de los dos casos, nadie podría haber dicho que lo había matado otro skaven.

Thanquol recordó todos los otros atentados contra su vida que se habían producido desde su regreso a Plagaskaven, y a lo largo de todo el viaje hasta Lustria. También pensó en un frío y astuto skaven que había estado dispuesto a usar a toda la expedición como diversión para escabullirse al interior del templo. Las garras de Thanquol se cerraron con fuerza alrededor del báculo. Ya sabía quién estaba intentando asesinarlo. ¡Y el vidente gris no iba a darle a Shiwan Acecharrastro otra oportunidad!

Thanquol corrió a toda velocidad por las calles laterales de Quetza, siempre en paralelo a la avenida principal, por la que huían los skavens. Vio a Shiwan combatiendo contra los Hombres Lagarto e intentando reorganizar a sus fuerzas. En ese momento al Vidente Gris se le ocurrió la manera de eliminar al líder de la expedición.

Thanquol le lanzó un proyectil mágico. No era tanta energía como para matar al maestro asesino pero si la suficiente para desequilibrarlo. Shiwan Acecharrastro chilló de miedo al estrellarse de cara contra las losas del empedrado. Antes de que pudiera recobrarse, lo envolvió el ardiente aliento de una salamandra, que después saltar sobre el ennegrecido cadáver para devorarlo. Satisfecho con el resultado, Thanquol se dio la vuelta y huyó a la jungla.

Un claro de la selva se llenó poco a poco de skavens que jadeaban y resollaban. Aunque los hombres lagarto no los habían perseguido más allá de los límites de su ciudad, no habían dejado de correr hasta hallarse en las profundidades de la selva. Thanquol calculaba que la expedición había perdido alrededor de la mitad de sus efectivos en la emboscada.

Los lideres Skavens se pusieron a discutir el plan de acción que debían tomar. A raíz de los acontecimientos y de la magia protectora d ella pirámide, Tsang Kweek y Thanquol abogaban por abandonar la misión y regresar, pero Kong Krakback y Shen Tsinge dijeron de que no podían sin matar primero al profeta de Sotek, pues de hacerlo, el señor de la noche se vengaría inevitablemente de ellos.

Thanquol no podía negar ese argumento, pero temblaba ante la perspectiva de regresar a Quetza y volver a enfrentarse con Xiuhcoatl. Luego, cuando su mirada recorrió el claro, reparó en algo extraño. Todos los skavens lo observaban y en sus ojos había una esperanza desesperada. Todos creían que el vidente gris era el único capaz de destruir los glifos protectores, su única tabla de salvación para entrar en el templo y matar a Xiuhcoatl.

Thanquol decidió aprovechar esa desesperación. Le recordó a los Eshin el número de indignidades e ignominias que había sufrido por su parte a lo largo de aquella expedición y que no se sentía inclinado a ayudarlos. Uno a uno, los Skavens se humillaron y le suplicaron por su auxilio. Thanquol les recordó que ahora era su única esperanza de éxito, y si querían contar con su ayuda, debían entregarle el control total de aquella expedición. Más de unos pocos skavens se indignaro ante estas declaraciones, pero se tragaron el orgullo y se humillaron ante el Vidente Gris, acpetándolo como su nuevo jefe. Solo el Shen Tsinge y su rata ogro Goji habían sido los únicos que habían continuado de pie durante el despliegue de humillación y súplica de los otros.

Decidido a resarcirse de el Hechicero Eshin, el Vidente gris no solo le ordenó que le entregara todos y cada unos de los fragmentos de piedra de disformidad que tenía, sino que también debía entregarle a Goji para que fuera su Guardaespaldas. Atragantándose con su propia cólera, Shen accedió a sus exigencias. Con la bestia ahora bajo su control, lo primero que hizo Thanquol fue renombrar a Goji como Destripahuesos.

Durante varios días, el Vidente Gris Thanquol sacó todo el provecho posible a su nueva posición como jefe. Disfrutaba de la caza y los frutos que el resto de Skavens le traían, asegurándose de tener a la Rata Ogro bien alimentada, lo que obró maravillas en su lealtad, mientras que el resto de Hombres Ratas malvivían como podían. Thanquol les había prometido que entrarían en el templo cuando recibieran una señal de la Gran Rata Cornuda pero ya había pasado varios días de aquello.

Al final, terminaron por perder la paciencia y se enfrentaron al Vidente Gris, con Shen Tsinge y Tsang Kweek a la cabeza, acusándole de no hacer otra cosa que engordar mientras ellos se morían de hambre. Aun contando con Destripahuesos de su lado, los Skavens estaban dispuestos a sublevarse. Antes de que ocurriera lo inevitable, uno de los exploradores llegó gritando al campamento anunciando que habían hallado a humanos en la selva. Thanquol interpretó eso como la señal que había estado aguardando, y ordenó al clan Eshin que los capturaran a todos vivos, pues podrían ser la clave para entrar al templo.

No lejos de allí, el grupo de Van Sommerhaus, Adalwolf y el resto, caminando desnutridos y muy debilitados a causa de la travesía. Su última desgracia se había saldado con tres marineros devorados por pirañas cuando trataban de beber y refrescarse en un río. Todavía no había superado la conmoción cuando los Skavens cayeron sobre ellos, debilitados como estaban y cogidos por sorpresa, todos fueron capturados sin problemas y llevados ante la presencia del Vidente Gris. Los hombres rata le despojaron de las pocas pertenencias que aún les quedaban, entre las que destacaban un par de pistolas. Thanquol se había apresurado a apoderarse de ellas. Sabía con qué facilidad podía escaparse una bala si se las dejaba en las garras de un subordinado traicionero.

Thanquol les informó que ahora estaban bajo su control y si querían vivir, debían obedecerlo. Con brusquedad, les esperó órdenes a Kong y Shen. Tenían que hacer que todos los skavens se prepararan para marchar. Ahora que contaba con los humanos, Thanquol estaba ansioso por poner a prueba su teoría.

Los skavens y sus prisioneros regresaron a la ciudad de Quetza, aunque en esta ocasión, Thanquol se decidió por un acercamiento más cauteloso y silencioso posible. Al acercarse a la pirámide, vieron que los Eslizones conducían a unos pocos skavens atados, hechos prisioneros en el primer malhadado ataque contra el templo, a la cúspide, donde eran sacrificados por el propio Xiuhcoatl.

Una ola de miedo recorrió entre todos al ver cómo el Sacerdote de Sotek habría en canal a un prisionero y le sacaba el corazón, que después era devorado por un sirviente. Incluso Kong Krakback y Shen Tsinge, que anteriormente se negaban abandonar Lustria sin matar antes a Xiuhcoatl, ahora preferían arriesgarse a enfrentarse a la ira del señor de la noche Sneek.

Thanquol también estaba aterrado, pero vio en ese momento la oportunidad de entrar en el Templo de la Serpiente. Separó a sus fuerzas en dos grupos. Ordenó a Kong y los suyos que atacaran desde ese lado, mientras Thanquol y el resto rodearían la pirámide para atacar desde el otro. Se separaron con rapidez en dos grupos. Los guerreros de Kong conformaban el grupo más grande, casi dos tercios de los casi efectivos. Thanquol en cambio, se quedó con Tsang Kweek y el resto, llevándose a los humanos consigo. Suspicaz ante el plan del Vidente Gris, Shen Tsinge decidió unirse a su grupo.

Al llegar al lugar, oyeron como los eslizones se enfrentaban al grupo de Kong. En contra de lo que había dicho, Thanquol decidió poner marcha su verdadero plan. Mientras los Hombres Lagarto estaban distraídos, su grupo se acercó a la entrada. El Vidente Gris exigió saber quién de los humanos era el lider. Van Sommerhaus señaló frenéticamente al capitán Schachte, quien lanzó una mirada asesina a su patrono. Thanquol le ordenó que quitara los glifos mágicos si no quería que matara a sus compañeros. Schachte le dijo que podía hacerlo pero que necesitaría ayuda para ello. Thanquol accedió a su petición y le dejó elegir solo a uno. Schachte escogió a Marjus Pfaff.

Los dos marineros se acercaron a la entrada y, como Thanquol había sospechado, no les había pasado nada. Los glifos mágicos estaban ahí para destruir a los Skavens, y ahora con los prisioneros podía arrancarlos y profanar el lugar con su presencia. La sensación de triunfo que experimentó el Vidente Gris se desvaneció cuando Schachte y Marjus, en vez de destruir las protecciones, se lanzaron corriendo al interior del pasadizo.

Thanquol se sentía furioso por haber sido engañado. Se volvió contra los últimos esclavos; tenía la intención de cumplir la amenaza. Solo el frío pragmatismo detuvo su mano. Si mataba a los humanos, jamás entraría en la pirámide. Recordando que los humanos se volvían muy protectores con sus hembras, aferró salvajemente a Hiltrude por el pelo y la apartó de los otros, y este conocimiento quedó confirmado cuando Adalwolf se lanzó contra el vidente gris, solo para ser detenido por Destripahuesos.

Thanquol ordenó al mercenario que rompiera los Glifos, si no quería que la cortesana muriera. Tras fulminar al skaven con la mirada, Adalwolf marchó hacia el túnel y empezó a eliminar las defensas. El Vidente Gris ardía en ansias de entrar en el templo y saquear el lugar.

Muy lejos de allí, el Señor Tlaco meditaba sobre el cariz que estaba tomando el asunto. Todo estaba sucediendo como había predicho el mago-sacerdote Slann, pero continuaba sin descifrar las variables finales. Los elementos de aquella ecuación de acontecimientos estaban en su sitio, pero él seguía sin prever la solución. Envió una orden mental a uno de sus sirvientes para que convocara a sus fuerzas. El ejército rodearía la abandonada ciudad de Quetza y se aseguraría de que nada escapara de ella hasta que se hubiese resuelto la ecuación del señor Tlaco.

Los Skavens y sus prisioneros recorrieron el interior de la pirámide después de que Adalwolf destruyera el último glifo protector. Tsang Kweek y los asesinos querían encontrar la escalera y subir por ella hasta lo alto de la pirámide para matar a Xiuhcoatl pero Thanquol los censuró diciendo que los mataría antes de tener siquiera una oportunidad. Lo que debían hacer es encontrar la fuente del poder de Sacerdote Eslizón y destruirla, si querían tener alguna posibilidad de cumplir la misión. En realidad, Thanquol ya no pensaba en el objetivo del señor de la noche Sneek, si no en sus propias ambiciones. Estaba seguro de que el hombre lagarto tenía que tener muchos artefactos arcanos ocultos dentro de la pirámide, focos para sus hechizos malignos. Y Thanquol ya estaba decidido a encontrarlos.

Por ello, en lugar de ascender, Thanquol ordenó a sus secuaces que descendieran hacia las profundidades de la pirámide. Los humanos encabezaban la marcha, con el cuchillo de Tsang Kweek siempre cerca del cuello de la esclava para garantizar la obediencia de los otros. Si había más glifos protectores, tenían que destruirlos, y si había más trampas, estaban ahí para “desactivarlas”.

Avanzaron varios centenares de metros cuando el corredor comenzó a estremecerse. Del techo descendieron grandes bloques de piedra que cayeron al suelo y les bloquearon tanto el avance como la retirada, mientras las paredes empezaron a moverse, centímetro a centímetro, hacia dentro. Cuando se palpó los ropones en busca de piedra de disformidad para sus hechizos, descubrió que le había desaparecido una parte de ellos y comprobó que Shen Tsinge había desaparecido. Por fortuna para quienes estaban atrapados, Destripahuesos destrozó las paredes y arrancó los engranajes, lo que detuvo aquella trampa. Poco después apartó uno de los bloques para abrir el pasillo. Tras castigar al hechicero Eshin por su cobardía, Thnaquol ordenó continuar

El viaje a través de la oscuridad de la pirámide fue una experiencia aterradora para los humanos. Solo de vez en cuando los hombres rata encendían una antorcha para que él pudiera ver a dónde esperaban que los condujera. Durante la mayor parte del tiempo, se veía obligado a avanzar a tientas en la oscuridad. De vez en cuando, alguno de los Hombres Rata se impacientaba y descargaba en ellos su frustración. Ya solo quedaban Adalwolf, Hiltrude, Diethelm, el acobardado Van Sommerhaus y dos marineros más. Adalwolf aguantaba pacientemente aquel martirio esperando la oportunidad adecuada para poder escapar junto a los otros.

La oportunidad que había estado buscando el mercenario llegó cuando el corredor por el que caminaban se abrió, de repente, a una vasta caverna natural. Adalwolf dedujo que era el lugar era un estanque de desove, donde los Hombres Lagarto dejaban sus puestas pues estaba lleno de huevos. Uno de los hombres rata cogió uno y empezó a devorarlo, pero Tsang Kweek, que se encargaba de la custodia de Hiltrude, acometió al primer skaven y le arrebató el huevo, para luego ponerse a devorar al lagarto a medio formar.

El mercenario apartó los ojos del horrendo espectáculo. Al hacerlo, reparó en algo que se movía dentro del agua, deslizándose a través de la capa espumosa de la superficie en su dirección. Se volvió con rapidez para mirar a sus captores, pero estaban demasiado ocupados metiendo las garras en el agua y recogiendo más huevos como para ver la amenaza que se movía hacia ellos. Con precaución, Adalwolf le susurró a sus compañeros que se prepararan para escapar a su señal,...

Enormes Kroxigores saltaron fuera del estanque y empezaron a atacar a los desprevenidos Skavens. Mientras Thanquol y el resto estaban ocupados enfrentándose a la amenaza, Adalwolf y el resto aprovecharon para escapar, arrebatando unas cuantas armas a los ocupados Skavens, aunque uno de los marineros fue atrapado por uno de los monstruos reptilianos. Solo gracias la no la voluntariosa intervención de Destripahuesos, que se abalanzó sobre el Kroxigor, pudieron escapar del lugar, corriendo a toda prisa pues estaban seguros de que los Skavens terminarían por imponerse.

Los supervivientes recorrieron las oscura galerías, hasta que finalmente llegaron a una estancia enorme tan grande que que podía albergar a cuatro galeones y decorada con escenas de los Hombres Lagarto. Una mirada al número de estas aberturas dejaba claro que se encontraban en el centro de la estructura, el corazón mismo del templo. Sin embargo, lo que más impresionó a los supervivientes era la enorme opulencia de la estancia: cada arcada estaba bordeada de oro y jade, sobre una tarima había un enorme altar completamente hecho de oro, y una cantidad incontable de joyas y piedras preciosas decoraban el lugar.

La codicia inundó la mente de todos, que bajaron corriendo para hacerse con unas cuantas joyas, siendo Van Sommerhaus y el otro marinero los primeros en llegar. Solo Diethelm mantuvo la compostura. El sacerdote de Manann percibía en aquel lugar el poder de una deidad ajena a la de los humanos y que no les miraba con buenos ojos e intentó advertir que debían marcharse cuanto antes, sin embargo, estos estaban demasiado ocupados saqueando el lugar como para hacerle caso.

Como respuesta a sus miedos, una gigantesca serpiente salió reptando de las sombras del sanctasanctórum. Van Sommerhaus y el marinero se dieron cuenta demasiado tarde del peligro que reptaba hacia ellos. Cuando el segundo se dió cuenta del monstruo y retrocedió para ocultarse detrás de la columna. Mientras corría, la gran serpiente se lanzó hacia él. El marinero se escapó por muy poco, pero cuando el hombre intentaba refugiarse detrás de una columna, Van Sommerhaus lo empujó, reacio a poner en peligro su refugio por compartirlo. El marinero cayó de bruces al suelo, delante justo de la gran serpiente, que lo devoró de un solo bocado.

No obstante, no quedó contenta con una sola víctima. Su lengua volvió a salir como un látigo y se puso a estudiarla columna detrás de la cual Van Sommerhaus temblaba de terror. Primero por un lado, luego por el otro, la serpiente estudió la columna. Van Sommerhaus, aplastado contra la columna, no movió un solo músculo, por lo que la serpiente no logró encontrar al hombre, dado que no pudo diferenciarlo de la columna.

Sin embargo, había más presas en el lugar y el gigantesco ofidio se dirigió hacia la aterrada Hiltrude quien, a diferencia de Lukas, no disponía de una columna tras la que ocultarse y confundir a la serpiente. Adalwolf se dispuso a realizar un ataque suicida contra la sierpe para intentar salvarla pero fue detenido por el hermano Diethelm, que tenía una idea para distraer a la serpiente mientras el resto escapaba.

El sacerdote atrajo la atención de la serpiente, se sentó en el suelo y empezó a mecer con suavidad el cuerpo de lado a lado, pronto, la serpiente también empezó a contonear su cuerpo. El sacerdote había logrado lo imposible. Había fascinado al gran ofidio, del mismo modo que lo había hecho con la víbora de la selva, unos días antes. Adalwolf no estaba dispuesto a dejar que el sacrificio de Diethelm fuera en vano. Trató primero de salvar a la cortesana para después intentar ayudar al sacerdote, pero una voz amenazadora le ordenó que se detuviera.

El capitán Schachter y Marjus salieron con sigilo de uno de los corredores, armados con pequeños arcos y espadas de los Hombres Lagarto. Los dos marineros ordenaron a Adalwolf y Van Sommerhaus que arrancaran las joyas mientras la criatura estaba distraída y retenían a la muchacha. El mercenario estaba de plegarse a sus deseos, por lo que Marjus preparó su arco para dispararle.

No llegó a soltar la flecha. En lugar de eso, lanzó un alarido cuando fue alcanzado por un rayo de luz verde enfermizo que lo redujo a poco más que un envoltorio humeante. Al darse la vuelta, Adalwolf vio a una muchedumbre de furiosos hombres rata, con el Vidente Gris Thanquol a la cabeza, mirándole con ferocidad. Un fuego brujo continuaba ardiendo en torno a la parte superior de su báculo, y con una carcajada chillona, se preparó un nuevo conjuro. Por un momento, Adalwolf pensó que Thanquol iba a hacerlo estallar, pero luego vio que la mirada del hombre rata se desviaba más allá de él y se quedaba con los ojos desorbitados de horror fijos en la gigantesca serpiente que tenía detrás. Chillidos de terror se oyeron desde las filas de los Skavens.

Adalwolf sacó provecho de la situación y negoció con el Vidente Gris, si dejaban que él y el resto se marchasen, ellos mantendrían dormida a la serpiente. Thanquol estaba dispuesto a aceptar el trato, solo para poder vengarse después, pero ahora estaba demasiado aterrado a causa de la serpiente como para intentar nada. Sin embargo, había un tercer individuo que tenía otros planes.

Colmillo Chang estaba al final de la turba skaven, escuchando con desprecio cómo Thanquol negociaba con el esclavo fugitivo. Había tratado de asesinarlo en numerosas ocasiones, pero siempre conseguía sobrevivir, no solo eso, se había hecho con el control de la expedición, Aquello era más de lo que podría aguantar. El Asesino también estaba aterrorizado por el ofidio pero no quería olvidarse de que debía asesinar en venganza al traicionero Vidente Gris. Vio allí una solución a su problema.

Con rapidez, sacó la cerbatana de debajo de la capa y se la llevó a los labios. El dardo voló a través del templo y se clavó en el cuello del objetivo. Colmillo Chang se mordió la lengua para evitar reír cuando vio que su víctima oscilaba y caía.

Thanquol reía entre dientes para sí mismo al pensar en las futuras traiciones cuando reparó en que el hombre que se encontraba arrodillado ante el gran reptil caía de repente. Alzó los ojos de inmediato, y chilló de horror cuando vio que la serpiente ya no se mecía de lado a lado. No, estaba girando, girando en dirección a él al captar el olor de los hombres rata.

Thanquol trató de defenderse, pero no supo controlar bien su magia y no consiguió otra cosa que enfurecer aún más al animal. Miró a su alrededor, pero sus subordinados lo habían abandonado, y huían en estampida por encima de Destripahuesos en su cobarde afán de escapar. Incluso Adalwolf corrió para ocultarse detrás de una de las columnas. Pensó en hacer lo mismo pero estaba paralizado de puro terror.

La serpiente sagrada de Sotek se tragó al vidente gris Thanquol de un solo bocado.

Mientras la Serpiente se tragaba a Thanquol, Adalwolf trató de ayudar a Diethelm, solo para descubrir que estaba muerto. Un grito agudo hirió los oídos del mercenario. Apartó la vista de la gran serpiente, y vio que Schachter arrastraba a Hiltrude fuera de su escondrijo. El capitán estaba intentando llevársela al interior de uno de los muchos túneles que se abrían en los muros del templo. Con una mano del hombre cerrada en torno a su garganta, la cortesana no tenía más elección que seguirlo.

Adalwolf pidió ayuda a Van Sommerhaus, pero el antiguo patrono, sin vacilación alguna, salió huyendo por otras de las salidas. Maldiciendo, el mercenario trató de la salir corriendo tras Schachter, pero no llegó siquiera a la mitad del templo cuando la gran serpiente se lanzó hacia él. Consiguió dos veces esquivar sus acometidas, y ahora se preparaba para una más. El tercer ataque no llegó a producirse, pues Destripahuesos se abalanzó sobre el gran oficio.

El combate entre los dos monstruos era impresionante, destruyéndolo y derribándolo todo a su paso mientras trataban de asesinarse mutuamente. Mientras los dos monstruos luchaban, Adalwolf aprovechó para escapar e ir a rescatar a Hiltrude del capitán. A pesar de su enorme tamaño, la serpiente de Sotek no lograba sacarse a la Rata Ogro de encima, agarrándola con su descomunal fuerza. Desesperada, la sierpe trató por todos los medios aplastar a Destripahuesos con sus anillos, sin embargo la enorme fuerza del bruto acabó por imponerse, y terminó matando al ofidio.

Una vez muerto, Destripahuesos le desgarró el vientre, después metió ansiosamente una zarpa dentro de la horrenda fisura, y sacó a un apenas consciente Vidente Gris Thanquol, cubierto de jugos gástricos de serpiente. Cuando el mundo dejó de darle vueltas en la cabeza, amonestó a la Rata Ogro por haber tardado tanto en rescatarlo. Mientras todavía estaba recuperándose de la traumática experiencia, los Skavens regresaron a tropel a la estancia, y Thanquol comprendió con horror de que no lo hacían solos; una muchedumbre de eslizones de escamas azules y gigantescos kroxigors salía precipitadamente de la oscuridad y entraba en el templo. En cabeza, empuñando su báculo dorado, iba Xiuhcoatl, el terrible profeta de Sotek.

Los hombres lagarto miraron más allá de los skavens a los que habían estado persiguiendo, al reparar en la enorme mole sangrienta de la serpiente sagrada que yacía, desmadejada, a los pies de Thanquol. Esperando un despliegue de cólera, los Hombres Lagarto se lanzaron con fría serenidad antinatural y un siniestro brillo calculador en sus ojos fijos contra los Hombres Rata.

Del báculo del vidente gris surgió un vendaval sacado de la gelidez de los mismísimos Reinos del Caos. Thanquol chilló de deleite al ver que los hombres lagarto habían sido reducidos casi a la indefensión por el hechizo de congelación de Thanquol, fueron presa fácil para los ágiles skavens. Entonces, un explosivo destello de luz salió del báculo de Xiuhcoatl. El profeta fulminaba con la mirada a los skavens que lo rodeaban y estaban matando a sus seguidores. Los hombres rata giraron al acercarse al sacerdote eslizón, y recularon cuando otra pulsación de energía manó con una detonación de su báculo dorado. Con cada pulsación, una ola de calor bañaba a los hombres lagarto para tonificar sus cuerpos aletargados y calentar la gélida sangre de sus venas. A los skavens ya no les resultó tan fácil matar a los enemigos.

Thanquol disparó un crepitante rayo de disformidad hacia la cabeza de Xiuhcoatl. Sus ojos se pusieron redondos de horror al ver que el hechizo se evaporaba antes de que pudiera siquiera tocar al eslizón. El terror sólo aumentó al sentir los ojos del hombre lagarto fijos en él. Desesperado, ordenó que mataran al Chamán eslizón. Tsang Kweek y un par de asesinos acometieron a Xiuhcoatl desde todos lados, pero aún así, el Sacerdote de Sotek los mató sin problemas con su magia.

Thanquol aún los maldecía por su incompetencia cuando se volvió al sentir que unas patas le registraban los ropones. Al volverse, fue recompensado por un fuerte golpe en el hocico. Reculando de dolor, Thanquol alzó su báculo para bloquear el de Shen Tsinge cuando el brujo intentó golpearlo por segunda vez. El Hechicero Eshin maldecía al Vidente Gris, considerándolo el principal responsable de aquel desastre, por lo que intentó robarle la piedra bruja para poder huir. Shen Tsinge ordenó a Goji que matara a Thanquol, mientras el Vidente Gris ordenaba a Destripahuesos que sujetara al brujo Skaven . La Rata Ogro vaciló antes las órdenes de sus amos, mirando con furia a ambos, hasta que finalmente se decantó por obedecer a Thanquol.

Thanquol le dedicó una sonrisa malévola al brujo. Al ver a Xiuhcoatl decidió que necesitaba algo realmente efectivo para distraer al Eslizón. El Vidente Gris hizo que Shen Tsinge se tragara por la fuerza una gran masa de piedra de disformidad. En pequeñas cantidades, la piedra bruja era un elemento vital para la raza skaven, pero en grandes cantidades como la que había hecho tragar, ni siquiera la constitución corrupta de los hombres rata era capaz de asimilar las cualidades letales de la piedra de disformidad.

Destripahuesos soltó a Shen Tsinge cuando el cuerpo del brujo comenzó a arder de dentro afuera. Relumbrantes pulsaciones de luz verde empezaron a quemar y a atravesar el pelaje y los ropones del brujo. Su cuerpo se retorció e hinchó al continuar concentrándose las energías sin control ni dirección. El vidente gris y la rata ogro salieron a toda velocidad de detrás de su refugio, y atravesaron corriendo el suelo resbaladizo de sangre en dirección a la salida, perseguido por unos pocos Hombres Lagarto.

Entonces, todo el templo se estremeció, una aullante vorágine de energía que azotaba y rugía al recorrer la cámara de dimensiones colosales. Los hombres lagarto fueron azotados y desgarrados por las energías liberadas, lanzados contra los muros y aplastados contra las columnas. El propio Thanquol fue derribado por la explosión, y solo sus cuernos evitaron que se rompiera el cráneo cuando se deslizó por el suelo y se estrelló contra la pared.

Tras ponerse de pie, vio el caos que había caído sobre sus enemigos. Cuando estalló el cuerpo de Shen Tsinge, atiborrado de piedra de disformidad, la energía liberada había lanzado a los hombres lagarto en desorden por todo el templo. Muchos estaban muertos o gravemente heridos. El propio Xiuhcoatl estaba ocupado en contener las furiosas energías que la destrucción de Shen Tsinge había dejado en libertad. Thanquol se felicitaba a si mismo por su gran inteligencia mientras recorría los túneles, hasta que recordó que, al igual que por donde habían entrado, aquellos también podrían tener glifos mágicos contra los de su raza. Si quería escapar de allí, iba a necesitar ayuda. Thanquol olfateó el aire y ordenó a Destripahuesos que le siguiera al olfatear a unos de los humanos.

En otra sección de la pirámide, Schachter y Hiltrude recorrían a toda prisa los pasillos. La cortesana quería volver a por Adalwolf pero el capitán no se lo permitía, asegurándola que lo mas probable es que ya estuviese muerto. No dieron muchos paso más, ya que una partida de eslizones cayeron sobre ellos. No los mataron en el acto, si no que se limitaron a capturarlos. Aunque no entendía su idioma, Hiltrude comprendió que serían sacrificados sobre el altar en lo alto d ella pirámide.

Por otro lado, Adalwolf recorría a toda prisa las galerías tratando de dar alcance al capitán para rescatar a Hiltrude. No tardó con encontrarse con otro grupo de Eslizones, esta vez acompañados de un Kroxigor. El mercenario fue atrapado por los Hombres Rata mientras el enorme lagarto prepara su hacha para ejecutarlo. El golpe no llegó a producirse por que en ese momento llegaron Thanquol y Destripahuesos para salvarlo. La rata Ogro acabó con el Kroxigor mientras el Vidente Gris fulminó a los eslizones con su magia.

Thanquol esperaba que, como le había salvado la vida, Adalwolf rompiera los glifos protectores para que pudiera escapar. Sin embargo el mercenario se negaba a colaborar pues no quería huir de allí sin Hultride. El Vidente Gris sentía ardientes deseos por matarlo, pero no podía hacerlo pues le necesitaba para huir, así que le ofreció un trato: él usaría su olfato para encontrar a la cortesana y a cambio, Adalwolf rompería los glifos protectores. El mercenario aceptó las condiciones del Vidente Gris a cambio de que también incluyera las pistolas en el lote. Aguantándose la rabia, Thanquol le entregó las armas junto a la pólvora y las balas. Había conseguido que el humano colaborara pero ahora tendría que estar ojo avizor con Adalwolf si decidía traicionarlo.

Mientras tanto, Lukas van Sommerhaus recorría otra parte de la pirámide desesperado y asustado ante su situación, y rezándole fervientemente a Handrich para que lo salvara. Tras girar en un recodo y atravesar una arcada, al parecer el dios del comercio y los mercaderes había escuchado sus súplicas. Ante él se habría una vasta sala totalmente recubierta de oro. Lo único que estropeaba aquella maravillosa escena eran los cadáveres momificados de serpientes tan grandes como a la que se había encontrado anteriormente. Pero maldito fuera Van Sommerhaus si iba a permitir que lo asustaran un puñado de momias enmohecidas.

Van Sommerhaus logró arrancar un buen puñado de ladrillos del suelo. Le fastidiaba no tener a nadie para que le ayudara a transportar aquella pila de oro pero no se dejó intimidar por tener que realizar un poco de esfuerzo físico. Necesitaba conseguir algún tipo de cuerda para arrastrar el oro cuando se fijó en los sudarios de las gigantescas momias.

Mientras trataba arrancar una de las telas, se le habrió una pequeña herida de la que cayó una gota de sangre cayó sobre el cadáver disecado de la serpiente gigante. Tampoco se dio cuenta del modo en que el cadáver antiguo absorbía el rojo líquido, ni reparó en el ligero estremecimiento que recorrió la sinuosa mole. Vio el peligro hasta que fue demasiado tarde, cuando vio que, para su horror, el cadáver momificado había vuelto a la vida. Lukas van Sommerhaus chilló y desapareció en las fauces de la serpiente, y sus sueños de riqueza y poder quedaron envueltos por la oscuridad de la barriga de la serpiente.

Adalwolf caminaba junto a un precavido Thanquol, ninguno se fiaba de la palabra del otro pero ambos sabían que se necesitaban mutuamente. Otra partida de Hombres Lagarto les salió al paso. El mercenario disparó una de las balas alcanzando a uno de los diminutos Eslizones, pero no disparó la otra pistola al ver como Destripahuesos cargaba contra los Kroxigores. En lugar de ayudarlo, Thanquol decidió abandonar a la Rata Ogro a su suerte indicándole al humano que le siguiera.

Mas adelante, llegaron ante otra multitud de protecciones anti-Skaven y Adalwolf se puso a romperlas, pero cuando quedaba la última sin embargo, el mercenario decidió no continuar. Sabía que Thanquol lo estaba engañando. No le conducía hasta Hiltrude, si no que solo lo usaba para romper las y poder escapar él. Así que se encaró con él. En su combate, sin embargo, rompió la última protección de modo accidental, sin saber si había sido manipulado pòr el Skaven o solo había sido un golpe fortuito. Sea como sea, Thanquol escapó al exterior seguido por un vengativo Adalwolf.

Una vez fuera de la pirámide, ambos volvieron a enfrentarse. De repente, los ojos de Thanquol se desorbitaron de terror, y de su cuerpo emanó un desagradable olor almizcleño, para luego salir corriendo. Adalwolf volvió la cabeza, preguntándose si el hombre rata había visto a los hombres lagarto salir del corredor. Por el contrario, se encontró contemplando la selva que rodeando la ciudad de Quetza, y en ella, a todo un ejército de Hombres Lagarto. En medio del ejército, vio una rara criatura hinchada parecida a un sapo y flotaba sobre una gran tarima dorada, e incluso el mercenario podía sentir el poder que emanaba del ser. No le resultó extraño comprender por que el hombre rata hubiera dado media vuelta y hubiese huido.

Pensar en Thanquol hizo que Adalwolf volviera a mirar hacia abajo a lo largo de la cara de la pirámide. Vio al Vidente Gris corriendo a toda velocidad. Adalwolf no hiba permitir que escapara y le apuntó con la pistola de duelo que le quedaba. Antes de que pudiera disparar, oyó el grito aterrado de Hiltrude a sus espalddas, en lo alto de la pirámide y al profeta eslizón Xiuhcoatl con un brillante cuchillo en mano listo para sacrificarla.

Adalwolf ya no pensó en Thanquol. Miró a lo largo del cañón de la pistola para apuntar a la distante figura de Xiuhcoatl. A tanta distancia había pocas probabilidades de que la bala hiriera al profeta, pero Adalwolf rezó para que el ruido de la descarga lo ahuyentara. Apuntando con cuidado, y, rezando otra vez a sus dioses, Adalwolf apretó el gatillo.

A lo lejos, el señor Tlaco observaba toda la escena con su ultraterrena mente. Vio como la compleja cadena de ecuaciones y la matemática de acontecimientos habían llevado a ese desenlace. Contempló al humano como vacilaba entre el Skaven y el chamán eslizón para, finalmente, disparar a este último. Todo aquel problema finalmente encontró una conclusión. La nueva incógnita era por qué.

Adalwolf observó con incredulidad que había matado a Xiuhcoatl con un certero disparo en la cabeza. Los otros sacerdotes eslizones quedaron tan conmocionados como el mercenario por la muerte de su lider. Antes de darles tiempo a reaccionar, Adalwolf subió rápidamente la escalera para rescatar a Hultride. Al ver al mercenario, los cuatro se levantaron de su estupor y lo atacaron.

Adalwolf consiguió matar acabar con tres de ellos, pero comprendió que no tendría tiempo para despachar al cuarto, quien ya preparaba un hechizo para para destruirlo. El eslizón interrumpió de repente el encantamiento, y el resplandor se apagó en sus zarpas. Ladeó la cabeza y contempló a Adalwolf con una expresión sorprendida y confundida, que fue incluso más grande que la conmoción expresada por la muerte de Xiuhcoatl. Con tranquilidad, el sacerdote dejó el báculo en el suelo, y luego se sentó junto a él, doblando las piernas y la cola debajo del cuerpo.

El mercenario estaba estupefacto ante esto. El Eslizón ya no le hacia caso si no que se quedaba mirándose las palmas, presentando extrañas coloraciones en sus escamas. Sin prestarle mas atención, rescató a la cortesana del altar, y decidió también rescatar al capitán Schachter a pesar de los ocurrido anteriormente. Ahora su plan de acción era perseguir a Thanquol por que parecía ser el único capaz de sacarlos de allí aún a pesar de sus traiciones. Schachter quería aprovechar ese momento para resarcirse del sacerdote Eslizón, pero reculó inmediatamente al comprender que estaba afectado por una plaga.

Mientras corrían para salir de allí, vieron que los Hombres Lagarto ya no se interponían en su camino, sino que también presentaba los mismos síntomas que el sacerdote enfermo. Decidieron parar un momento para que Hiltrude tratara las heridas de Adalwolf, mientras que Schachter aprovechó para llevarse unos cuantos tesoros en un saco improvisado.

Mientras tanto, Thanquol huía toda velocidad. Se sentía satisfecho al comprobar que el humano no le había disparado a él sino a Xiuhcoatl, matándolo en el acto. La misión por la que había acudido allí estaba completada y ahora pensaba en como alterar el acontecimiento para llevarse el mérito de todo ello y los favores y recompensas del señor de la noche. Sin embargo, eso lo dejaría para después, una vez que estuviera lo suficientemente lejos del Slann cuyo poder ridiculizaba sus capacidades mágicas. Thanquol tuvo la desagradable sensación de que lo seguían, no sabía que pero no estaba dispuesto ha averiguarlo.

Durante la larga huida a través de las ruinosas calles de Quetza, veía a mas Hombres Lagartos enfermos y trató de comprender lo que estaba ocurriendo. La conclusión a la que llegó fue que las viles enfermedades creadas por los monjes de plaga, habían permanecido allí durante largo tiempo después de que fueran expulsados, contaminado la ciudad, pero mediante una proeza de hechicería de gran magnitud, Xiuhcoatl había contenido los vapores de plaga residuales de modo que Quetza fuese segura para que los hombres lagarto construyeran el templo. Con su muerte, estos vapores se habían liberado de nuevo.

El Vidente Gris siguió corriendo por la jungla hasta llegar al claro donde los Skavens habían establecido su campamento anteriormente. Necesitaría algunos de los suministros que habían dejado allí, con el fin de aprovisionarse para el recorrido hasta la playa ya que habían enterrado comida suficiente como para alimentar a unos cuantos cientos de skavens, sin embargo, al reparar en las pilas de raíces y tubérculos cuidadosamente hechas, así como en los montones de láminas de reseca carne salada comprendió que algo no iba bien.

Antes de que pudiera hacer nada, fue derribado por un poderoso golpe. Al recomponerse vio la mueca despectiva del corpulento Kong Krakback y de varios Skavens, que lo miraban con ferocidad. Todos presentaban las marcas de una dura lucha contra los Hombres Lagarto. Thanquol intentó explicarles que Xiuhcoatl, pero una voz le dijo que no harían caso a sus mentiras.

Al darse la vuelta, el Vidente Gris reconoció al Asesino que había tratado de matarlo en numerosas ocasiones. Colmillo Chang se presentó finalmente ante Thanquol y le explicó que estaba ahí para vengarse por la muerte de su hermano de triada Chillido Chang en el desastroso ataque a Nuln hace años. A pesar de su explicaciones, Thanquol fue fuertemente sujetado por el resto de Skavens. Desesperado, empezó a gritar pidiendo ayuda a Destripahuesos, pero la Rata Ogro no aparecía por ningún lado. Colmillo Chang sacó su daga para proporcionarle una muerte lenta y dolorosa. El asesino no llegó hacerle ni una pequeña muesca al Vidente Gris pues fue lanzado por los aires al estrellarse contra él una ensangrentada masa. Cuando todos los sorprendidos presentes se giraron, vieron la corpulenta y ensangrentada figura de Destripahuesos. Después de matar a los kroxigores, Destripahuesos había seguido el rastro oloroso de Thanquol por dentro de la pirámide, haciendo pedazos a todos los hombres lagarto que se interponían en su camino.

Tal vez en la mente de la rata ogro había despertado una vaga sensación de traición y abandono que confundía sus sentimientos hacia Thanquol. Tal vez estaba simplemente demasiado cansado por las batallas libradas contra los hombres lagarto como para darle alcance antes a su fugitivo amo. Cualesquiera que fuesen las razones, Destripahuesos se había contentado con quedarse rezagado, sin hacer esfuerzo alguno para reunirse antes con él. Sin embargo, cuando que oyó a su amo gritar frenéticamente su nombre, cualquier pensamiento resentido se desvaneció al hacerse con el control la obediencia en el cerebro de la rata ogro.

Mientras Destripahuesos acababa con Kong y sus ratas de clan, un desesperado Colmillo Chang abandonó sus ideas de matar al vidente gris con lentitud y decidió dar el golpe de gracia a Thanquol con una Espada Supurante, pero la suerte volvió a proteger al Vidente Gris cuando el Skaven que lo sujetaba se interpuso en la trayectoria del arma. Thanquol se sacó el cuerpo laxo de encima y trató de destruir al asesino con un hechizo. Cuando se despejó el humo, vio que este había sobrevivido y huido gracias a un amuleto que llevaba. Gruñendo de frustración, Thanquol ordenó a su bruto guardaespaldas que persiguiera a Colmillo Chang.

No lejos de allí, señor Tlaco envió mensajes a los cerebros de los sacerdotes que habían servido a Xiuhcoatl. No se permitiría la salida de la ciudad a ninguno de los servidores de Sotek. Los sacerdotes comprendieron la necesidad de su propia destrucción. Con la muerte de Xiuhcoatl, las poderosas protecciones que contenían las enfermedades brujas que infestaban las piedras mismas de Quetza habían sido rotas, y de resultas de eso, todos los hombres lagarto que estaban en la ciudad eran portadores de las plagas que habían causado el abandono de la ciudad hacía muchos siglos. No podía permitirse que propagaran la epidemia a otras ciudades.

Los sacerdotes contactados telepáticamente por el señor Tlaco habían recibido la noticia con la fatalista aceptación que manifestaban los que entendían la Gran Matemática y su propio valor dentro de ella. Sin embargo, había muchos otros que servían en el templo de la Serpiente, subordinados que no tenían tanto conocimiento de la Gran Matemática. Estos podrían intentar escapar y transportarían la epidemia consigo.

Un eslizón camaleónico le informó que los humanos habían escapado de la ciudades. Los escaramuzadores los habían observado mientras partían, pero habían obedecido la orden del señor Tlaco referente a que no debía causarse mal alguno a los humanos. No eran portadores de las plagas de los Skavens, así que no había ningún peligro en dejarlos pasar. Sin embargo, el slann no necesitaba a todos, solo precisaba al que había sido usado para resolver el problema de pensamiento que había estado desconcertando a señor Tlaco, sin embargo, necesitaba comprender por qué había decidido matar a Xiuhcoatl en lugar del Skaven.

Con un mensaje mental, el señor Tlaco envió las órdenes a su ejército, la mayor parte de sus fuerzas evitarían que nada pudiera escapar de la enfermedad mientras que una pequeña reserva acompañaría al Slann para capturar a Adalwolf.

Tanto los skavens como los humanos regresaron corriendo a la costa lo más rápido posible por los caminos que habían empleado a su llegada, enfrentándose a los hombres lagarto que el salían al paso. Thanquol sobrevivió a su encuentro con un carnosaurio y su jinete viejaestirpe gracias a los esfuerzos de Destripahuesos. Por desgracia, el grupo de Adalwolf no tuvo tanta suerte. Primero le salieron al paso dos guerreros saurios, y el capitán Schachter, en agradecimiento por haber sido rescatado, se sacrificó para que el mercenario pudiera derrotarlos.

Mucho más tarde, un eslizón montado en un terradón se interpusieron en su camino. Adalwolf mató al jinete, pero sin ninguna inteligencia guía que pusiera freno a los instintos depredadores del terradón, el reptil descendió hacia Hiltrude y la capturó. Adalwolf trató en vano de atraer la atención de la criatura, que se marchó volando a un árbol cercano con su captura. Para entonces, ya era demasiado tarde. Los alaridos habían cesado. Desolado, Adalwolf se alejó del claro dando traspiés. Ya no le importaba adónde lo llevaran sus pasos, solo quería alejarse de los grotescos sonidos babosos que descendían del árbol donde el terradón devoraba a su presa.

Por su parte, el Asesino Colmillo Chang llegó finalmente al María Negra. Había llegado al barco muy por delante de Thanquol. Era lo único que importaba. Necesitaría solo unas pocas horas para poner el barco a punto, y luego podría dejar atrás Lustria. Con un poco de suerte, las corrientes podrían llevar el barco hasta algún lugar que estuviera conectado con el imperio subterráneo. Sin embargo, aun en el caso de que no volviera a ver nunca otro skaven, al menos podría consolarse con la imagen de Thanquol pudriéndose en la selva.

De repente, se le ocurrió algo irritante en lo que no había pensado de verdad mientras nadaba frenéticamente para llegar al barco antes que Thanquol. ¿Quién se había llevado los botes de la playa? ¿Y quién los había sujetado en su sitio contra el casco del barco? Colmillo Chang sacó los cuchillos de entre los pliegues de la capa, y se quedó vigilando con suspicacia el entorno. Oyó crujir un tablón en algún lugar situado por debajo de él, y luego otro, y otro más. Se le erizó todo el pelo del cuerpo cuando de la bodega del María Negra ascendió un hedor pútrido, a descomposición, que le resultaba incómodamente familiar...

Adalwolf ya no podía correr más. Las heridas, el cansancio y la enfermedad a causa de la infección había mermado sus últimas fuerzas. Había combatido contra todo lo que le salía al paso pero comprendió que era una lucha en vano. No tenía esperanzas de victoria ni vengaría a Hiltrude. Pronto, fue rodeado por docenas de Hombres Lagarto y al frente, se encontraba el señor Tlaco. Los ojos del slann se entrecerraron con interés cuando Adalwolf bajó el arma. Una voz que no era ni dura ni tranquilizadora resonó dentro de su cerebro. Prometía socorro. Sus heridas serían curadas, sus males sanados, la fiebre expulsada de su cuerpo. Lo único que él tenía que hacer era someterse. Adalwolf sacudió la cabeza para intentar expulsar la voz de su interior. Fulminó con la mirada al hinchado slann. Estaba ofreciéndole vida, pero eso era algo que él ya no quería.

El puño de Adalwolf se cerró con más fuerza en torno a la empuñadura de la espada que tenía en la mano, al ver que la guardia personal del Slann marchaban hacia él. Lo doblegarían a golpes, y se lo llevarían a rastras con el fin de que sirviera al propósito para el que lo necesitaba el slann. No había ni la más remota posibilidad de victoria para él. Pero aún negarles el triunfo.

Adalwolf apoyó el filo serrado de la espada contra su propio cuello y con un salvaje tirón se abrió la arteria carótida.

El señor Tlaco’amoxtli’ueman era incapaz de comprender la autonegación del mercenario. Ordenó a sus guardias que recogieran el cuerpo. Era improbable que la disección diera los resultados que necesitaba el slann para explicar la decisión tomada por Adalwolf: la de matar a Xiuhcoatl en lugar de a Thanquol. Sin embargo, el sacerdote-mago sería minucioso en el experimento.

El Vidente Gris Thanquol y su Rata Ogro Guardaespaldas Destripahuesos subieron finalmente a la cubierta del María Negra. Tuvieron la suerte de no ser atacados por tiburones mientras nadaban hacia la nave, incluso con un maltrecho Destripahuesos goteando sangre, al igual que cuando atravesaron nuevamente el pantano no había habido ni siquiera un leve rastro de zombies por las proximidades. ¡Para Thanquol estaba claro que la Gran Rata Cornuda aún lo favorecía! Ahora debía ocuparse de un último problema.

Thanquol ordenó al enorme bruto que buscara y matara a Colmillo Chang quien, al parecer, había sido muy estúpido como para levar anclas. La rata ogro no se movió, sino que se limitó a volver la cabeza y mirar en línea recta hacia lo alto de la arboladura del barco. Flameando en lo alto del palo mayor había algo que no estaba allí antes. Al observar vio una vela se parecía a las que empleaban los piratas humanos, una gran tela negra con una calavera y cuchillos cruzados. Al fijarse más detenidamente, Thanquol vio que la bandera estaba confeccionada con la piel sin curtir de algún animal, los cuchillos eran de verdad, atados contra el fondo peludo, al igual que la calavera, que nos e trataba de un cráneo humano si no que era el cráneo alargado y fino de un skaven.

Destripahuesos había encontrado a Colmillo Chang.

El asesino estaba muerto; no había necesidad de temer que anduviera merodeando por las negras entrañas del barco, en espera de una oportunidad para asesinar a Thanquol. Eso era motivo de celebración. Por desgracia, quedaba la inquietante pregunta de qué había matado a Colmillo Chang.

La nariz del vidente gris se contrajo cuando un olor a podrido ascendió de la bodega del barco. Al volverse, el vidente gris vio a piratas zombies surgiendo de todas partes. Entonces, Thanquol entendió por qué no lo habían atacado en el pantano. Tras la huida de los skavens, los zombies habían seguido su rastro de vuelta hasta la playa. En vida habían sido piratas, en la muerte habían sido abandonados en las fétidas selvas de Lustria; al menos, hasta que los skavens les habían llevado un barco nuevo.

Thanquol ordenó a Destripahuesos que atacara a aquella nueva amenaza. Aun el bruto acabó con numerosos no-muertos, estos seguían moviéndose sin importarle lo destrozados que estaban. Peor aún, mas zombies surgían de la bodega, abriendo agujeros a través de los maderos para llegar a cubierta.

Analizando concienzudamente sus opciones, Thanquol decidió recurrir a la magia. Tras tragarse el último fragmento de piedra bruja que le quedaba, el Vidente Gris lanzó hechizos incendiarios contra los zombis, los cuales quedaron envuelto en llamas, y se convertían en cenizas. Thanquol rió al mirar cómo algunos de los zombies a los que había prendido fuego daban traspiés por la cubierta, y uno de ellos cayó por uno de los agujeros que habían abierto para salir a cubierta, y se precipitó de cabeza al interior de la bodega.

Un estremecimiento de horror disipó del cerebro de Thanquol los últimos efectos tonificantes de la piedra de disformidad. De repente, le volvió a la memoria un recuerdo inquietante, un recuerdo del largo viaje a través del mar, y de cómo había recorrido Thanquol el barco de arriba abajo durante ese tiempo. El absoluto aburrimiento había hecho que se aprendiera de memoria cada recoveco y ranura de la nave. Ahora, ese conocimiento le gritaba, le vociferaba con un pánico tal que se le vaciaron las glándulas.

¡El agujero por el que había caído el zombie en llamas estaba justo encima de la Santa Bárbara del María Negra!

Chillando de miedo, Thanquol saltó inmediatamente al agua. Cuando sacó la cabeza para respirar, el María Negra continuaba allí, meciéndose sobre las olas. Thanquol estaba justo empezando a maldecirse por permitir que un recuerdo equivocado le causara un ataque de pánico cuando el barco estalló de repente en una violenta bola de fuego.

El vidente gris Thanquol escupió agua y tosió al aupar su cuerpo empapado por encima del borde del bote de remos. Sacudió todo el cuerpo para intentar quitarse del pelaje la mayor parte del agua de mar, y luego, se dejó caer, cansado, contra la borda. En su cara apareció una sonrisa astuta. A pesar de todos los calvarios pasados, la Gran Rata Cornuda no lo había abandonado. ¿Qué otra cosa podía explicar la providencial aparición de aquel bote, lanzado sin sufrir daños desde la ardiente muerte que había consumido al María Negra?

¡Una vez más, el vidente gris Thanquol había salido triunfante! Todos sus enemigos estaban muertos. Colmillo Chang, Xiuhcoatl, Shen Tsinge,...¡Todos muertos! Lo único malo de aquella situación es que estaba mojado y a solas en un pequeño bote que se mecía en un mar infestado de tiburones, a miles de kilometros para comer de incluso el más remoto puesto fronterizo del territorio skaven. Pensar en comida hizo que el estómago de Thanquol protestara por el hambre.

De repente, Destripahuesos subió gravemente herido al bote. Tenía astillas de madera clavadas en el pellejo, donde se habían hundido como metralla al estallar el barco. No podía quedar mucha fuerza en la rata ogro. ¡Muy propio del vago estúpido eso de lesionarse justo cuando el vidente gris más lo necesitaba! ¿Quién iba a remar para llevar el bote hasta algún lugar seguro? Thanquol se tironeó de los bigotes, y un destello siniestro apareció en sus ojos. ¿Cuánto pesaba Destripahuesos? La barriga del vidente gris gruñó cuando él dio gracias en silencio a la Rata Cornuda por su recompensa...

En la orilla, el señor Tlaco observaba cuando el vidente gris Thanquol comenzó a remar para alejarse del barco pirata en llamas. El slann consideró a aquella cruel criaturilla. Captaba una conexión entre el hombre rata y uno de esos horribles fractales persistentes que habían proyectado su sombra sobre las ecuaciones armónicas de los Ancestrales. Un ser como él merecía morir inmediatamente.

Tras estudiarlo mas concienzudamente, vio algo que le pareció divertido y canceló la orden de que sus saurios lo mataran. El Skaven era una amenaza mayor para su propia raza que para los planes de los Ancestrales. A través de él podía hacerse mucho para minar al resto de su raza. El egoísmo del individuo, su codicia y ambición, lo conducirían a conflictos con otros de su especie, conflictos que podrían debilitar en gran manera a los Skavens como especie.

Sí, las potencialidades de la probabilidad hacían que resultara deseable que el Vidente Gris Thanquol volviera al seno de su propia raza. Centrando su conciencia en la matriz de la realidad, el señor Tlaco’amoxtli’ueman activó los movimientos del agua del mar para crear una nueva corriente submarina que acelerara el viaje del Skaven a traves del basto Gran Océano. Solo cuando el vidente gris se perdió por completo de vista, el slann dio la orden de volver al interior de la selva. Extendió una parte de su magia para que tejiera un corredor por entre los árboles, un sendero que los llevaría con rapidez de vuelta a las pirámides de Xlanhuapec, la Ciudad de las Nieblas.

Ahora que el experimento había concluido, el sacerdote-mago estaba deseoso de estudiar los resultados que había conseguido. La influencia de éstos en la Gran Matemática sería algo digno de contemplar a lo largo del próximo siglo.

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