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Imagen 6ª edición Fortaleza Imperio

Kurt podía ver el campamento enemigo en la distancia. Sabía que en algún lugar en su interior se hallaba el enemigo que un día fue su amigo. Los fuegos del campamento cubrían la llanura; sus llamas bailaban hacia el cielo como si surgieran a través de la tierra desde el infierno. De vez en cuando, uno de los guerreros de la horda se situaba ante uno de los fuegos y tenía la breve visión de una bestial cabeza deformada sobre el cuerpo de un hombre silueteado por las llamas. Otras veces, se alzaba un humo teñido de rojo que lo oscurecía todo a la vista, flotando como nubes de incienso carmesí en algún temible templo. De su interior surgían terribles sonidos: carcajadas enloquecidas, aullidos de dolor, gemidos de placer, el golpear de grandes látigos, el ondulante canto de sirena de los demonios.

Un caballero gigantesco de negra armadura a horcajadas sobre una montura de ojos rojos con barda surgió lentamente de entre el resplandor del campamento. Observó las posiciones del Imperio. La bestia golpeó el suelo con sus cascos. Kurt habría jurado que de su nariz surgían pequeñas llamaradas. Por un momento pareció que los infernales ojos del guerrero le miraban directamente hacia él, sus miradas trabadas en la distancia. Preguntándose que locos pensamientos corrían por la mente del guerrero, Kurt se acobardó y miró hacia otro lado. Incluso la presencia del gran cañón Imperial en la colina no le dio suficiente valor. La naturaleza sobrenatural del enemigo le llenaba de miedo.

Entonó un encantamiento y la energía se expandió en su interior. El olor metálico a ozono llenó el aire, los rayos oscilaban en su puño. Levantó la mirada, buscando al jinete negro, pero se había marchado. Abrió su mano. Un torrente de chispas bajaron a tierra. Chisporrotearon en el polvo y la hierba a sus pies ennegreció y murió.

“¿No puede dormir?” preguntó una voz suave cerca suyo. Kurt se sobresaltó. El hombre se había aproximado tan silenciosamente que no lo había oído. Kurt se preguntó cuanto tiempo debía hacer que estaba allí mirándole. Escudriño la oscuridad. En la sombra de los grandes cañones pudo ver al extraño: un guerrero alto, rubio y flaco con la cara marcada y la capa raída.

“No puedo dormir,” respondió Kurt, ajustándose sus ropajes azules. Instintivamente agarró con más fuerza su báculo.

“Yo tampoco puedo. Nunca puedo antes de la batalla,” dijo el hombre. Había algo inquietante en el desconocido. No parecía un mercenario, más bien un estudioso. Pero era una época muy extraña. Los estudiosos a veces se veían obligados a empuñar la espada, o el arma que mejor conocieran. ¿Quién podía saber esto mejor que él?

El guerrero se recostó en el alma del cañón y miró hacia el enemigo. Desde que el Guerrero del Caos había desaparecido en la niebla, todo se había quedado siniestramente silencioso. Las voces de unos enanos borrachos que cantaban surgían del campamento Imperial. Las dos lunas aparecieron entre las nubes, Iluminando la llanura con una pálida luz. Kurt deseó que se levantaran las nubes para poder ver las estrellas. Siempre había amado las estrellas. Deseó estar de vuelta en la vieja torre de Tiberias, Observándolas con un telescopio.

“¿Por qué lo hacen?” preguntó el desconocido. Su voz era tan suave y cansada del mundo que Kurt se preguntó si estaría hablando consigo mismo. Entonces Kurt se dio cuenta de que el desconocido también había visto al caballero de negra armadura. “¿Qué hace que un hombre venda su poder a la oscuridad?”

Kurt se hacía a menudo esa pregunta a sí mismo; un hombre con su profesión debía hacerlo. “Quizás desean poder o conocimientos prohibidos. Quizás esperen satisfacer lujurias secretas. Quizás busquen olvidarse de ellos mismos y de su humanidad. ¿Quién podía decirlo?”

“Creo que todos nosotros podríamos. En alguna parte he leído que la tentación del Caos es mayor de lo que ninguno de nosotros querríamos admitir. Muchos de los que combatiremos mañana una vez fueron verdaderos hombres.”

Kurt se preguntó si el desconocido estaría leyéndole sus pensamientos. Él no podía leer los de Jurgen. Pero bueno, se dio cuenta entonces de que nunca podría. Ni él lo había conocido realmente. Ambos habían estudiado juntos con el maestro Tiberias durante siete años y Kurt no había sospechado lo que corría por la mente de Jurgen hasta esa terrible mañana que encontró la cabeza del viejo hundida y despojado de la llave de su biblioteca. Jurgen había deseado esos libros de oscuros conocimientos y finalmente los había cogido antes de huir de la torre del hechicero.

Ese había sido el inicio de una larga persecución que había llevado a Kurt a ese campo de batalla. Si sus predicciones eran correctas, mañana se enfrentaría a Jurgen y habría un ajuste de cuentas. Había visto la destrucción causada por la horda en su avance. Al día siguiente ninguno de los dos bandos sería misericordioso. Kurt estaba asustado. No tanto por la batalla del día siguiente, sino por la perspectiva de enfrentarse a Jurgen. Mañana encontraría a su compañero hechicero y la respuesta a algunas preguntas. ¿Tenía Jurgen un alma malvada o era sencillamente débil? A decir verdad, el extraño tenía razón. Quizás lo que ponía a Kurt tan nervioso y que despertaba en él cierta culpa era la idea de que podía haber sido como Jurgen. La base de toda la hechicería era la búsqueda del conocimiento. Quizás Jurgen solamente había mirado en lugares más oscuros para encontrarlo. Quizás Kurt podía ser tentado para hacer lo mismo.

“Ven a beber con nosotros, humano,” dijo otra voz. Esta voz, que era más profunda y áspera pertenecía a un enano matatrolls con un solo ojo. Había aparecido de entre la oscuridad para encararse a los dos. El desconocido se encogió de hombros y mostró la intención de ir.

“¿Le importaría acompañarnos?” preguntó. Kurt sacudió la cabeza. Había de hacer una serie de rituales preparativos que completar. Mañana sería un día importante. Necesitaba tener la mente clara y las facultades frescas. Mañana miraría a la oscuridad a los ojos y vería lo que pudiera ver.

El sol naciente dispersó la niebla matinal. Un cuerno bruñido tocó su larga y solitaria llamada. Al redoble de los tambores, el ejército del Caos empezó su avance.

Alrededor de los deformados guerreros el aire brillaba, las fuerzas mágicas brillaban como arcos iris atrapados y la visión se tornó borrosa y distorsionada. El gélido viento trajo los desagradables aromas de perfume, almizcle y narcóticos. Kurt respiró profundamente y su piel hormigueó. Una sensación de exultación le inundó. Las tentadoras voces de los demonios le llamaban, susurrando seductoras promesas y demoniacos tratos. Cautelosamente, exhaló el aire y empezó los ejercicios respiratorios que su viejo maestro Tiberias le había enseñado. “Permanece calmado,” se dijo a si mismo. “No hay nada que temer.”

El heterogéneo enemigo avanzó. Kurt divisó dos jinetes del Caos en el centro del ejército: un guerrero de armadura negra y a su lado una figura demacrada con un cuerno en la cabeza que creyó reconocer. ¿Esa figura vestida de negro podía ser realmente Jurgen, su amigo de la infancia y vigoroso camarada? Exhaló y trató de evaluar la fuerza del enemigo. El ejército del Imperio era más numeroso, pero eso no quería decir nada. Los seguidores de la oscuridad eran suficientes para provocar pesadillas a un hombre cuerdo y para aterrorizas al más valiente. Moviéndose junto a los líderes del ejército había un ser gigantesco, un obsceno híbrido de dragón y ogro, grande como un mastodonte.

Grandes criaturas cornudas marchaban en poderosas compañías. Ululantes gritos de guerra surgían de sus cuellos. Caballeros acorazados montados en corceles extrañamente deformados nivelaban sus lanzas entrelazadas con malignas runas en sus fustas. Sobrenaturales jinetes andróginos montados en monstruosidades parecidas a pájaros cargaban contra la línea Imperial. Bandadas de bestias bípedas babeaban obscenamente y lamían de forma lasciva a los guerreros del Caos. Enloquecidos soldados del Caos revestidos de cuero blandían armas oxidadas bañadas en sangre, con sus tatuados puños mientras proferían amenazas y maldiciones. Mujeres con garras bailaban sensualmente y tentaban a los soldados del Imperio.

A su alrededor los guerreros del Imperio sonreían como si estuvieran hipnotizados. Les faltaba el control de Kurt. Para ellos el hilo de la batalla ya no era tan malo; se habían contagiado de algo de la extraña locura del enemigo que se aproximaba. Los artilleros sonreían nerviosamente mientras cargaban sus cañones, poniendo las municiones en el alma del cañón como niños jugando con algo divertido. Los oficiales indicaban alegremente los ángulos de elevación. Los artificieros encendían velas y las mantenían cerca de las mechas, esperando la orden de disparar. En el centro de la ladera de la colina, la tripulación del cañón órgano rió bulliciosamente. Había algo siniestro en todo aquello. Los hombres que se enfrentan a la muerte no están tan alegres.

Al pie de la montaña, el matatrolls de un solo ojo vociferaba órdenes a la línea de infantería pesada enana. No había signo alguno de loca alegría entre los duros guerreros de los martillos. Tampoco la había entre la estricta infantería de la Reiksguard que estaba tras ellos. Desde la base de la colina, largas filas de alabarderos, lanceros y espaderos se extendían hacia el este y el oeste. Kurt vio a los ballesteros de Tilea cargando sus armas y a los pistoleros de Altdorf cargando la pólvora en sus armas.

En el distante flanco derecho, los poderosos caballos de guerra de los Caballeros Pantera se revolvían y pareaban. Los caballeros con armaduras metálicas que los montaban parecían calmados y despreocupados. Los Arqueros a Caballo de Kislev corrían por la línea, recién llegados, ocupando sus posiciones en el último momento en el extremo del flanco izquierdo.

Kurt vio como el jinete cornudo levantaba en alto su espada negra como el ébano. Invisibles a todos los ojos excepto a los suyos, los vientos negros empezaron a arremolinarse en el cielo, viéndose inevitablemente atraídos hacia la punta de la espada. Kurt percibió los cambios en las corrientes de la magia como podía notar el cambio de la dirección del viento en su cara. Un escalofrío recorrió su espalda y el vello de su cuerpo se erizó. Se acercaba el momento de la verdad.

Jurgen, si ese era Jurgen, había esculpido las oscuras energías en forma de un hechizo. El aire a su alrededor se volvió negro y empezaron a materializarse rojizas espadas. Oyó el sonoro silbido de la respiración de un soldado cercano a él cuando vio lo que para Kurt era evidente hacía tiempo. El hechicero del Caos giró el arma alrededor de su cabeza pero, antes de que pudiera elegir un blanco y librear su energía, Kurt liberó un potente contrahechizo.

Levantó su báculo culminado en una calavera hacia el cielo y liberó su mente. Dejó que la energía fluyera a través de su cuerpo. Los invisibles vientos tiraron de su capa y rizaron su pelo. Sus palabras le quemaban en la boca. Sílabas de fuego secaron su lengua. Dominando su dolor, abarcó el aire con las manos. Unos rastros chisporroteantes revolotearon tras de él. Obligó a su boca a escupir las palabras. Parecía que estuvieran sujetas a su cuello por espinas invisibles. Estrías de color azul cielo surgieron de él y volaron hacia Jurgen. Bajaron desde el cielo, dispersando el hechizo de espadas de viento antes de que pudiera ser liberado. Las energías oscuras se fundieron como el hielo bajo la lluvia. Kurt doblegó más energía con su mente, dándole la forma de un nuevo hechizo. Trenzó una red de energía alrededor suyo. Un escudo de energía azul flotó en el aire cerca de su brazo, a punto para interceptar cualquier peligro. Su trabajo acabó momentáneamente. Kurt volvió a centrar su atención en la batalla.

La caballería de Kislev cabalgaba hacia delante, tensando y preparando sus arcos, disparando con movimientos fluidos y rápidos. Al fondo, a la izquierda los Caballeros Pantera avanzaban al trote. La infantería mantenía la línea, esperando. Los cañones hablaron, vomitando grandes nubes de humo. El olor a pólvora superó el perfumado almizcle de la Horda del Caos. El proyectil del cañón cayó cerca del general enemigo y rebotó. El ejército Imperial dejó escapar un rugido de desilusión. El otro cañón soltó su proyectil en medio de una formación de Hombres Bestia y abrió un agujero entre sus filas. Drogados y decididos, volvieron a cerrar sus filas y continuaron avanzando.

Con un sonido similar a la explosión simultanea de un centenar de petardos, los pistoleros dispararon una salva. Ensangrentados guerreros cayeron como marionetas a las que se les habían cortado los hilos de repente. Una buena parte de ellos giraron sobre si mismos y huyeron aullando, habiendo perdido toda la entereza para combatir en la tormenta de plomo. Las burlas de los enanos fueron sonoras y sinceras. Kurt vio a una diablilla decir adiós a los que huían. Había algo indescriptiblemente amenazador en ese gesto.

Las ballestas susurraron; docenas de virotes volaron hacia el enemigo. La muerte de plumaje negro cayó sobre los deformados guerreros. Jurgen vio como uno caía de rodillas, agarrándose la garganta. Pronto se hundió en el fango pisoteado por sus compañeros. A los demás Hombres Bestia heridos les esperaba el mismo destino. Kurt apretó su báculo con fuerza y conjuró más energía para empuñarla. Su báculo parecía pesar, cargado con la energía que debía liberar. Apuntó a su enemigo. El olor a ozono llenaba el aire. Los rayos saltaban desde la punta del bastón y un gran arco energético unió a Kurt en un extremo y a Jurgen en el otro. Los hombres gritaron, momentáneamente cegados por el destello.

El mago negro se irguió despreocupado, se rodeó con su capa y los símbolos de la Magia Oscura cosidos en ella formaron una línea de sólida negrura entre él y el rayo. El rayo ardió tan brillante que hacía daño a los ojos y entonces se desvaneció, tragado por la oscuridad. Kurt entrecerró los ojos, desviándolos del enemigo, esperando a que la mancha de luz desapareciera de su retina. Quedó reflejada como una serpiente de luz. Cuando su vista se recuperó vio que Jurgen seguía erguido.

El hechicero negro echó hacia atrás su cabeza y respiró profundamente. Aspiró en las nubes de la Magia Oscura hasta que parecía que su pecho iba a explotar. Una aureola de energía rodeó su cabeza. Los agujeros para los ojos de su yelmo estaban iluminados con un fantasmagórico fulgor rojo. Lentamente, Jurgen exhaló. Hubo audibles jadeos de dolor y gritos de miedo que partieron de la línea Imperial. Avanzó a través del terreno abierto hacia la colina a una velocidad enorme. Kurt estaba tan aturdido que se quedó momentáneamente paralizado, inmóvil por el miedo. No podía pensar en nada. La nube negra se acercó más. El Matatrolls rugió unas instrucciones a sus tropas para que se apartaran. Kurt vio las runas brillando en su hacha y la reconoció como un arma mágica.

El ejército del Caos se había acercado más. Pronto estarían a distancia de carga. Estaban tan cerca que Kurt podía ver los ojos de los enloquecidos guerreros tatuados y la sonrisa que torcía sus labios. Creyó oír las palabras de un lenguaje extraño entre gritos y chillidos. El Ogro Dragón surgió de entre la multitud, lanzando un grito de guerra lleno de odio.

Jurgen gesticuló y envió un mortal rayo de fuego negro hacia el cañón órgano. La tripulación gritó y se cubrió los ojos. Uno intentó apartarse cuando la manifestación de la energía sobrenatural se acercó todavía más. Kurt apeló a su fuerza y lo disipó con un muro de energía azul. La tripulación dejó de gritar e hizo el signo del martillo sobre sus pechos, agradeciendo a Sigmar su ayuda.

Mientras la nube negra atravesaba la línea de enanos, cuerdas negras los arrastraban al interior de la niebla. Un tentáculo rodeó al Matatrolls que luchaba frenéticamente. Separó sus pies para afianzarse. Grandes fibras musculares aparecieron en su cuello y espalda mientras golpeó con su hacha para liberarse del tentáculo. La nube negra se movía colina arriba hacia el cañón órgano.

Aunque fatigado, Kurt trató de encontrar la fuerza suficiente para lanzar su siguiente hechizo. El cansancio estaba empezando a actuar. Sus extremidades estaban débiles, carentes de fuerza. Su corazón latía fuertemente y su respiración era entrecortada el sudor empapaba sus ropas y el frío viento había empezado a entumecer su cuerpo. Se sentía como si hubiera corrido durante cincuenta kilómetros.

¡Un momento!, el viento frío, eso es. Trató de recordar las palabras del hechizo que le permitiría dominar el viento, y las entonó con toda la fuerza que pudo reunir. Ahora podía ver las formas oscilantes del viento. Pequeños ciclones y anticiclones, remolinos, espirales y corrientes de aire eran visibles a sus ojos. Las arremolinó juntas con sus palabras y las envió hacia la nube negra con un gesto.

El golpe de viento aumentó de fuerza al avanzar. Penetró en la nube negra, haciéndola retroceder hacia las líneas de la horda. Al retirarse, los esqueletos de los enanos que había atrapado cayeron de su interior. Sus armaduras estaban picadas y corroídas por el ácido, y los cráneos blanquecinos parecían mirar a través de sus yelmos. En el flanco derecho, los Caballeros Pantera cargaron contra las líneas enemigas. Ningún Hombre Bestia podía resistir el embate de las lanzas de caballería propulsadas con toda la fuerza de los caballos de guerra. El flanco derecho del ejército del Caos comenzó a derrumbarse. Los cañones despedazaban las masificadas líneas de guerreros, haciendo estragos. Los cuerpos volaban por los aires a causa de los impactos. El cañón órgano disparó varios proyectiles. Múltiples impactos atravesaron la línea del Caos, fragmentando los cuerpos con el impacto antes de que se fundieran los sobrecalentados proyectiles. El Ogro Dragón se elevó en lo alto y casi cayó. Las armas de fuego rugieron y las ballestas fueron disparadas. A tan corta distancia no podían dejar de provocar efectos devastadores.

Jurgen gesticuló. Zarcillos de noche surgieron de sus manos e impactaron en los cuerpos de los caídos. Los muertos se levantaron como marionetas con sus hilos reparados, controlados por un nuevo titiritero. Un hombre con un virote atravesado en el ojo caminaba al lado de un Hombre Bestia cuya carne era una masa de pulpa machacada. Se les unieron cadáveres andantes que se sostenían las entrañas de sus estómagos perforados con una mano y el arma en la otra. Los esqueletos de los enanos se pusieron de pie y se unieron a las filas del enemigo.

Un gemido de terror recorrió la línea Imperial. La nube negra atravesó las filas del Caos propulsada por el viento que Kurt había invocado. Intentó tragarse a Jurgen y al Señor de la Guerra del Caos. Jurgen se apartó a un lado, pero el Señor de la Guerra no fue tan afortunado. Múltiples tentáculos convergieron a su alrededor y lo atrajeron, mientras maldecía y vociferaba hacia la voraz nube.

Una vez más, Kurt invocó el rayo, y lo envió para que golpeara a uno de los demonios femeninos con garras. Por un momento éste permaneció completamente quieto; entonces brilló y desapareció en una nube de almizcle que se sobrepuso a todo.

La horda del Caos penetró en las líneas Imperiales impertérrita ante la pérdida de su general. Las armas entrechocaron, metal oxidado centelleó al impactar el hierro forjado enano. El Ogro Dragón y las Diablillas atravesaron a los enanos que quedaban. El Matatrolls atacó al gigantesco Ogro Dragón, que lo envió rodando hacia atrás con un golpe de su cola. Se volvió a poner en pie y rodeó cuidadosamente con el hacha preparada para golpear. Las Diablillas eliminaron al último de los soldados enanos. Todo lo que quedaba entre ellos, los cañones y Kurt era un cañón órgano y su dotación. Hasta Kurt sentía el embrujo de su hipnótica belleza. Quizás no sería tan terrible morir bajo los amorosos cuidados de esas bellas garras.

Más tropas del Caos penetraron a través del agujero de la línea Imperial. En la parte inferior de la colina, hacia la izquierda, los pistoleros soltaron sus armas y huyeron perseguidos por una ululante banda de Hombres Bestia. A la derecha, la Reiksguard era aniquilada por renegados humanos. Parecía que los Caballeros Pantera estaban atrapados en un arremolinado cuerpo a cuerpo. Oyendo los gemidos de los moribundos, mientras los Hombres Bestia aniquilaban a los artilleros que huían, Kurt empezó a pensar que todo estaba perdido. Las tripulaciones de los cañones realmente lo pensaban. Viendo desmoronarse la línea Imperial, habían huido. Kurt estuvo tentado de unirse a ellos.

De repente, vio al hechicero del cuerno cabalgando hacia él entre nubes de polvo. Su atención se centró hasta que parecía que en el mundo solo existían él y el extraño de la armadura. Se concentró en el enemigo y reunió todo su poder para el golpe final. Usaría la Tormenta de Shemtek. Se controló en su interior, acumulando el ardor de su odio y su miedo. Se obligó a sí mismo a permanecer de pié para enfrentarse al hechicero negro y cruzar las miradas. Por un momento lo reconoció y eso fue suficiente.

Kurt rugió las palabras finales del hechizo, abrió al máximo sus brazos y descargó toda su energía de golpe. Sus ojos ardían. Vientos tormentosos rugieron dentro de su cerebro. Abrió la boca para gritar y salieron rayos de color azul. Su pelo se erizó y su capa ondeó al viento. Le pareció que su piel ardía, como si se estuviera pelando para descubrir el corazón fundido de su ser. Luchó para mantenerse consciente. Su piel se agrietó y saltaron chispas, cientos de pequeños rayos surgieron de su piel, golpeando el aire y volviendo a unir su deteriorado cuerpo. Concentró todo su poder en el enemigo y lo liberó. Pareció como si todo su cuerpo fuera a desgarrarse mientras el tormento de energía surgía hacia delante. Mientras caía, vio como un rayo golpeaba a Jurgen. Otros rayos impactaron en las Diablillas y atravesaron las filas del ejército del Caos. Entonces su cabeza le pareció explotar y se derrumbó en la inconsciencia. Para Kurt la batalla se había acabado.

Hacía un momento que se encontraba en el rugir de la batalla; ahora reinaba un completo silencio. Kurt abrió los ojos. Con un grito de dolor asustó al pájaro carroñero de su lado y se puso en pié. Observó una escena de devastación total. La batalla había acabado. El llano y la colina estaban repletos de cadáveres. La cola del Ogro Dragón se tensó en un último estertor y la bestia finalmente murió. Aún se movían algunos hombres y enanos allí y allá. Parecía que el ejército Imperial tenía el control del campo de batalla. En la distancia podía oír los gemidos de los heridos y el húmedo y enfermizo raspar de la sierra de un cirujano. Recogió su báculo y descendió por la pendiente para inspeccionar el cuerpo del hechicero del Caos. Un desagradable olor a carne quemada llenaba el aire. Para su horror, vio que tras el yelmo los ojos del hechicero aún estaban abiertos y observándole. Reprimió el deseo de hundir su báculo en el destrozado cuerpo del hechicero. Se preguntó qué vitalidad sobrenatural le permitía seguir con vida al hechicero después de sufrir todas esas heridas horripilantes.

“¿Kurt? Kurt, ¿eres tú?” La voz ronca surgiendo de la malherida garganta le sorprendió, tanto por su familiaridad como por su extrañeza. Se inclinó sobre el moribundo.

“Sí, Jurgen. Soy yo,” dijo suavemente.

“No valía la pena. No valía la pena perder lo que he perdido.”

¿Retractándote en tu lecho de muerte?” Kurt no pudo ocultar la amargura de su voz.

“No. Mi alma está dedicada a mi señor Slaanesh y pronto vendrá a reclamarla como suya.

Kurt aflojó la correa del yelmo del Hechicero del Caos. Tiró de ella para revelar una pálida tez bajo el yelmo. Tenía los rasgos de Jurgen, sutilmente alterados. Los ojos tenían las pupilas rosadas la abatida sonrisa reflejaba vestigios de colmillos. La blancura de su carne contrastaba con el ennegrecido cuello. Kurt se obligó a sí mismo a mirar a Jurgen a los ojos.

“¿Por qué, Jurgen? ¿Por qué lo hiciste?¿Por qué elegiste el camino de la oscuridad? Tiberias era bueno con nosotros. Él nos enseñaba. No merecía morir.”

Jurgen rió suavemente. “ninguno de nosotros merece morir, pero lo hacemos. Los dioses nos usan como peones en sus juegos.”

Tosió. El sonido pareció fantasmal en su destrozado pecho. “No quería matar a Tiberias,. Cogí la llave de la biblioteca prohibida, tratando de que no me viera. El viejo estúpido me interrumpió. Se había activado un hechizo de alarma. Ya sabes que era peor que él, pudo haberme detenido. Era un poderoso hechicero y yo un mero aprendiz. Podía haberme detenido con una sola palabra. No podía superar su magia. Pero simplemente se quedó pasmado cuando vio que era yo. Agarré lo primero que encontré y le golpeé.”

“¿Por qué te llevaste los libros?”

“Ya sabes la respuesta a eso. Kurt negó con la cabeza. Sí, lo sabes. Cogí los libros porque quería saber lo que contenían. Igual que tú quieres saber lo que contienen.”

“No, no quiero.”

“Sí que quieres. Es la maldición del hechicero necesitar saber. Especialmente los Hechizos Celestiales. Si no, ¿por qué tanta adivinación? Debemos conocer hasta los secretos de nuestro propio destino. ¿Por qué crees que Tiberias no destruyó los libros? Incluso él sintió la tentación de leerlos. Ahora sé las respuestas que contienen: todos moriremos. La vida no tiene mayor significado que el que nosotros le damos. Los libros están en mis alforjas.”

Jurgen rió salvajemente. Su risa creció en fuerza y fue interrumpida por sus estertores de muerte. Kurt se inclinó y cerró los ojos del Hechicero del Caos. Cogió los libros de las alforjas de la montura muerta de Jurgen.

Los sintió ligeros en sus manos y no pudo apreciar el mal en ellos. Eran sencillamente unos delgados volúmenes forrados de cuero, como cualquier otro libro. Sintió un abrumador deseo de abrir uno y ojearlo. Solo para estar seguro. ¿Qué daño podía hacerle? Él era suficientemente fuerte. ¿Qué podía haber de malo? ¿Qué innombrables y blasfemos secretos se aludían en ellos? Sus pensamientos le proporcionaron una cierta agitación oscura.

Cuidadosamente envolvió los libros en la seda y los colocó en el suelo delante suyo. Pronunció una palabra y los libros empezaron a arder. Mientras las llamas se levantaban hacia el cielo, se sintió completamente libre. Sabía que un día lamentaría lo que había hecho, que permanecería despierto por las noches preguntándose por su contenido, pero de momento había conseguido una victoria.

Sintió unos ojos sobre él y se volvió para ver a dos de los guerreros del Emperador. Uno de ellos era el hombre alto con el cual había hablado la tarde anterior. El otro era el Matatrolls de un solo ojo.

“Bien, se acabó. Tus hechizos y la caballería los han derrotado. Hemos vencido,” dijo el hombre. Había una nota de ironía en su voz mientras señalaba los montones de muertos. Se rodeó con su harapienta capa roja como un niño buscando la protección del frío.

“Sí, lo hemos hecho,” dijo Kurt, y por una vez no había duda en su voz.

FuentesEditar

  • Suplemento de Warhammer Fantasy: Magia de Batalla (4ª edición). Relato de Bill King.
  • La Biblioteca del Gran Nigromante.

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