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Emboscada en el Desierto Profundo

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Nagash Gran Nigromante retornado Fin de los Tiempos.jpg

El Fin de los Tiempos

El trasfondo que puedes leer en esta sección o artículo se basa en la serie de libros de campaña y novelas de El Fin de los Tiempos, que recientemente ha sustituido la línea argumental de La Tormenta del Caos

Archaon Señor del Fin de los Tiempos.jpg

Gólem Escorpión de Paul Dainton Reyes Funerarios.jpg

Los Vigilantes del Inframundo surgen de la arena

Mientras Krell y sus hordas marchaban penosamente a través de las Marismas de la Locura, otro ejército estaba a punto de entrar en la Tierra de los Muertos. Dicha fuerza había bordeado los asquerosos pantanos marchando hacia el oeste después de pasar la última de las Montañas Espinazo de Dragón. A partir de ahí, su viaje les llevó entre las Colinas de los Túmulos y el Gran Océano. Este no era un ejército caótico, montado a partir de tropas convocadas sobre la marcha, sino una fuerza de orgullosos sylvanianos que avanzaban bajo el infame estandarte de los Von Carstein. De hecho, este era un ejército acorde con el prestigio de su líder, Mannfred von Carstein.

En el borde occidental de las vastas Llanuras de Sal unas atalayas dispersas vigilaban la frontera de Nehekhara. Una a una fueron arrasadas y sus guarniciones destruidas con desdeñosa facilidad. Pero, a pesar de estos primeros éxitos, Mannfred se sentía inquieto. Sus ambiciones lo habían llevado hasta ahora desde sus dominios, donde era amo y señor, a la servidumbre bajo Nagash como uno de sus Mortarcas. No tenía más remedio que jugar su papel, a la espera de una oportunidad como lo había hecho tantas veces en el pasado. Desde sus días como un secuaz de Vlad, Mannfred supo esperar el momento oportuno. Sin embargo, ser un astuto maestro de la paciencia no hacía nada por disminuir su irritación al ser un orgulloso vampiro e inclinarse ante la autoridad de otro.

Nadie salvo él mismo era digno de su confianza. Sin embargo, desde el retorno de Nagash, Mannfred había sospechado especialmente de los extranjeros de Sylvania. Era cauteloso en cuanto a los espías; desconfiaba particularmente de Arkhan, el más favorecido de los capitanes de Nagash. Neferata, cuyo harén de aduladores eran tan conspiradores como su amante, fue otra que trató de seducir a sus propios agentes dentro de los contingentes de los otros Señores Oscuros.

Mannfred sabía que si tenía una oportunidad de obtener beneficios personales, o para moverse contra alguno de sus antiguos aliados, quería que dichas ventanas pasaran desapercibidas. Ante todo no quería que palabra alguna llegara oídos de Nagash si no era por sus labios. A pesar de su creciente resentimiento, Mannfred estaba impresionado por el poder que había necesitado para crear el oscuro dosel de nubes sobre su cabeza. No serviría de nada recibir como recompensa la ira del Gran Nigromante. Si de esto era capaz cuando estaba débil, no había forma de saber qué fuerza podría tener cuando estuviera completamente restaurado.

Mannfred cargando contra arqueros khemri.jpg

Mannfred a la cabeza de su ejército

Cuando el ejército de Sylvania dejó el borde de la cuenca salada, entró en el desierto abierto y las dunas nómadas dieron paso a la arena sin fin. Esta no era la primera expedición de Mannfred a este antiguo reino, pues había viajado allí en los años posteriores a la caída de Vlad. Entonces, había buscado el conocimiento del legendario Culto Mortuorio. Ahora, lideraba un ejército para deponerlos y colocar a Nagash en su trono.

Arkhan había designado la gran ciudad de Khemri como su objetivo: todos los Señores Oscuros convergerían para retomar el epicentro del poder nehekhariano. Eso era todo lo que Mannfred sabía del plan y aunque sospechaba que había más en las palabras de Arkhan, sería paciente. Después de todo, los propios planes de su negro corazón habían girado en torno a reclamar el trono que le correspondía y siempre le fue negado, y era fácil imaginar a Nagash siendo consumido por la idea de volver a tomar el reino del que fue expulsado.

Mannfred estaba destinado a jugar un papel destacado en la venganza de Nagash, reclamar la cuota de gloria de un león en la conquista de Nehekhara. En realidad no se preocupaba por tales honores, pero era un juego. Con su probada lealtad, y con el Gran Nigromante colocado en su trono en el odiado desierto, Mannfred podría entonces disfrutar de sus planes más al norte. Sylvania era suya por derecho de conquista y el asunto de Vlad tendría que ser tratado. Mannfred recordaba demasiado bien el férreo control que el anciano vampiro había mantenido sobre esas tierras inhóspitas.

Con su mente tan firmemente fija en sus propios planes y aquellos que Vlad podría estar tramando en el norte, Mannfred no se dio cuenta de que sus exploradores habían desaparecido. El señor de los vampiros había enviado manadas de Lobos Espectrales, algunos trotando por delante, y otros rondando a lo largo del perímetro de su fuerza. Todo era arena estéril, salvo algunas dunas en pendiente, pero estaban invadiendo un reino enemigo y tales precauciones eran una cuestión de rutina. Los sabuesos de Sylvania tenían orden de ladrar ante un contacto enemigo, pues su aullido lastimero era detectable incluso cuando los lupinos estaban muy lejos, ya que eran transportados tanto por el Viento de Shyish como por las corrientes materiales. Los lobos habían demostrado ser excelentes exploradores, porque como criaturas de la noche veían tan bien o mejor que cualquier otro en la oscuridad. Pero no eran criaturas del desierto, y sus instintos atrofiados estaban diseñados para la caza en tierras muy diferentes a éstas.

Ni una sola criatura en el ejército de Mannfred detectó nada anormal. Sólo aquellos que habían sobrevivido durante mucho tiempo en ese ambiente desértico habrían observado los signos reveladores. Las dunas que se avecinaban no eran contornos naturales de arena arrastrada por el viento, sino objetos extraños cubiertos por ella. Alrededor de las columnas de tropas se producían sutiles movimientos que enviaban ondas a través de la arena. Sólo aquellos con la vista más aguda combinada con una compleja comprensión del desierto podrían haber distinguido entre granos movidos por el viento y el deslizamiento sinuoso de algo mucho más siniestro. Toda la fuerza de Sylvania se perdió la breve visión de un fugaz aguijón, así como a su propietario hundiéndose una vez más, dejando sólo a su paso montones de arena que una vez fueron lobos. Sin previo aviso, el desierto cobró vida bajo de los pies del ejército de Mannfred.

Acechadores Sepulcrales cargando.jpg

Los Acechadores Sepulcrales surgen de las dunas

Alzándose entre repentinos géiseres de arena los Gólems Escorpión lanzaron su asalto, cerrando sus garras dentadas con avidez sobre filas de guerreros esqueléticos. Hechos de piedra, metal y madera petrificada, estas monstruosidades de múltiples patas seccionaron cráneos o lanzaron sus aguijones goteando veneno contra cualquier cosa que se moviera. Los Acechadores Sepulcrales golpearon después, emergiendo de las dunas con menos violencia que los escorpiones pero con mayor efecto. Con un siseo predatorio, los enormes cuerpos serpentinos se unieron a la refriega.

Todos aquellos que se cruzaron con la horrible mirada de los constructos fueron transformados al instante en estatuas de arena, las cuales fueron luego esparcidas por los vientos. Regimientos enteros de esqueletos se derrumbaron en el desierto, pero Helmut, uno de los acólitos más talentosos de Mannfred, fue demasiado rápido. Evitando mirarles a los ojos, el vampiro golpeó con su espada y fue recompensado; el golpe cortó la armadura de uno de los seres-serpiente y lo partió en dos. Ambas mitades cayeron al suelo, retorciéndose un par de veces antes de convertirse en arena, sacudiéndose como si estuviera viva. Durante muchos meses el ejército del Rey Funerario Behedesh había permanecido inmóvil, a la espera de un enemigo. Ahora, con gran agitación, cuerpos sinuosos y apéndices chasqueantes se abrieron camino fuera de la arena. Mientras los granos caían de cuencas oculares o eran sacudidos de bandas decorativas, las legiones tomaron forma, formando en filas perfectas. De las dunas más grandes llegaron los Ushabti, monumentos semejantes a los antiguos dioses de Nehekhara, reanimados para la batalla.

Con un solo movimiento de su espada ceremonial, el Rey Behedesh II ordenó marchar a su ejército. Al unísono, las legiones se cerraron sobre el ejército asediado desde el norte, transformando su expresión en una mueca de rabia. Incluso mientras reaccionaba, la ágil mente del vampiro buscaba respuestas en cuanto a cómo podría haber sucedido esto. Al instante, Mannfred vio cómo sus jaurías habían sido víctimas de estos monstruos del desierto. Sin exploradores, había llevado a su ejército directamente a una trampa. Cuando las arenas se levantaron y los esqueletos salieron de las dunas, Mannfred trató de estimar con rapidez el tamaño del ejército enemigo al que pronto se enfrentaría.

Alrededor de Mannfred, su caballería pesada, la cual incluía a los legendarios Templarios de Drakenhof, estaba asiendo aniquilada. Sus gruesas armaduras no eran protección contra la mirada maldita de las serpientes de arena. Un caballero de casco negro, que había luchado por los Von Carstein desde la primera de las guerras de Sylvania con el Imperio, fue convertido en una estatua de arena ante los ojos de Mannfred. Su ejército luchaba para reorganizarse a partir de las columnas, y era imposible para las tropas ya en combate prestar apoyo a aquellas formaciones mutiladas por los Gólems Escorpión. Entretanto, el ejército nehekharano subía a la superficie y se acercaba.

Mannfred no pudo soportarlo más.

Ejercito de khemri-0.jpg

Ejército de los Reyes Funerarios

Tras desenvainar su espada y espolear a su caballo, cabalgó directamente hacia el enemigo más cercano. En su ira, el señor de los vampiros se reveló una vez más como uno de los más poderosos de su especie. Destruyó un constructo-serpiente antes de doblegar los abundantes Vientos de la Magia y alzar de nuevo a decenas de esqueletos. Mediante sus rápidas órdenes, Mannfred reorganizó apresuradamente a la mitad de su fuerza, extendiendo las formaciones, listo para enfrentarse al ejército que emergía del desierto.

Nada más Mannfred estableció la línea defensiva, el Rey Behedesh y su Guardia del Sepulcro se aproximaron rápidamente. Sus filas de tropas ordenadas todavía estaban cubiertas con una capa de arena cuando atacaron al ejército de Sylvania. Si Mannfred se hubiera demorado un solo momento, la carga inicial habría barrido a su ejército en formación de marcha, dispersando cada regimiento y poniendo fin a la batalla antes de que comenzara.

Con todo, su ejército pillado por sorpresa se encontraba todavía en una situación desesperada. Sus flancos y retaguardia entablaban una batalla desorganizada contra los últimos Gólems Escorpión. A su frente, las líneas formadas apresuradamente aguantaban pero por muy poco. Y entonces los Ushabti golpearon.

Venían del Templo de Usirian de Zandri y nadie podía hacerles frente. Los monumentos animados atravesaron huesos, escudos y armaduras, penetrando en lo peor de la refriega. Las estatuas con cabeza de chacal ignoraban los golpes de espada y lanza para ofrecer a cambio golpes en grandes arcos, destruyendo a muchos enemigos con cada uno. A sus espaldas estaba el Necrotecto Aldrhamar, cuyos cantos rítmicos inculcaban resistencia arcana a las estatuas de guerra, curando en instantes las heridas en la piedra.

Dos de los lugartenientes de Mannfred trataron de preservar el ejército de Sylvania. Helmut von Carstein destruyó la última de las criaturas con pinzas que tanto caos habían causado, mientras que Gunther von Grecht utilizó sus habilidades nigrománticas para alzar de nuevo regimientos enteros, reformando sus huesos para continuar la batalla. Los esqueletos fueron reconstruidos una y otra vez sólo para ser aplastados por los imponentes Ushabti. El tercero de los esbirros de Mannfred estaba poseído por la furia roja.
Usabti lineart.jpg

Ushabti

Gorgivich Krakvald podría haber servido mejor a su amo ayudando a restablecer el orden en las líneas de batalla o luchando contra los imparables Ushabti. En cambio, ciego a todo lo demás, Krakvald condujo a sus Caballeros de la Muerte Roja a la carga. Estos eran Caballeros Sangrientos, el pináculo de la caballería pesada. Su armadura de placas era impermeable a las armas a sus enemigos, y con sus propias lanzas bajadas, los Caballeros Sangrientos se estrellaron contra fila tras fila de regimientos enemigos.

Con la misma facilidad que una hoja traza una línea en la arena, Krakvald y sus Caballeros Sangrientos abrieron brecha a través del ejército del Rey Behedesh. Cuando el vampiro viró a su unidad para comenzar la masacre de nuevo, vieron una figura solitaria que les esperaba en las dunas. Era Hapusneb, el más antiguo de los Sacerdotes Funerarios de Behedesh, Hierofante de Zandri. Cantaba lo contenido en un rollo polvoriento, y su maldición fue respondida. La arena bajo los Caballeros Sangrientos hirvió, cobrando vida con los reptiles del desierto: escarabajos roedores de Khepra y escorpiones venenosos de Numak bulleron hacia arriba en una ola negra. Siendo lo suficientemente pequeños como para colar sus caparazones entre las juntas o grietas de las armaduras, los enjambres inundaron a los Caballeros Sangrientos. Pronto todo acabó; un final ignominioso para la cima de la destreza marcial del norte.

La tormenta duró horas, un combate sin cesar en el que la victoria o la derrota pendía en la cuerda floja. El Rey Behedesh mantuvo la ventaja, pero su ejército no podría dar un golpe decisivo. Para entonces, la lucha había formado en una enorme curva, con los regimientos a ambos lados del arco, envolviendo el ejército de Sylvania. Era la magia de los vampiros lo que mantenía en pie su tenue línea, pues eran capaces de reponer las bajas más rápidamente que sus enemigos.

Sin embargo, en una batalla así, sólo podía haber un resultado final. La tensión sobre los vampiros era demasiado grande, y cada hechizo invocado por ellos evitaba el colapso durante unos segundos en el mejor de los casos. Por cada parte de la línea de batalla que reformaban, otra se derrumbaba.

Llevado al borde de sus considerables habilidades, el propio Mannfred impidió la derrota durante horas. Con una velocidad y furia sin igual en el campo de batalla, parecía estar en todas partes a la vez. Fue él quien derribó finalmente a los Ushabti, quien repelió cada avance potencial y quien envió oleadas de magia de muerte para detener cualquier ofensiva. A pesar de esto, el Rey Behedesh y su ejército aplastaron lentamente el ejército No Muerto del vampiro.

Mannfred era ante todo un ser astuto. A pesar de que le irritase, admitió la derrota y formuló un plan de escape. Razonó que era mejor hacerlo ahora, antes de que su línea colapsara por completo. Con un último hechizo que envió vientos de la muerte aullantes a barrer otra fila de legionarios, huyó, junto con Helmut y las pocas unidades que tenía en su escasa reserva. Las últimas maniobras habían dejado su fuerza restante aislada y a su hombre de menor confianza, von Grecht, en lo profundo de la bolsa a punto del colapso.

El plan de Mannfred era dejarlos atrás y que fijaran a su enemigo durante algún tiempo, lo que permitiría a los restos de su ejército escapar. Esto funcionó en parte, pues hicieron falta muchas horas de marchas forzadas antes de que Helmut notara las ondas que se arrastraban en la arena por detrás de ellos. Así comenzó una cacería mortal.

Con el rico flujo de magia de la muerte por encima de ellos, era fácil para los vampiros mantener su fuerza y moverse a velocidad máxima. Se detuvieron varias veces para librar acciones de retaguardia contra las fuerzas que les perseguían. Por dos veces Mannfred se quitó de encima a los perseguidores, primero refugiándose por unos momentos en un cúmulo de ruinas durante una tormenta de arena y luego retrocediendo en una dirección diferente. Sin embargo, siempre hubo algún pájaro carroñero, patrulla a caballo o acechador de las arenas que los encontró. Mannfred se mantuvo en movimiento, pues sus tropas eran incansables y cada vez que se detenían a combatir sabía que el Rey Behedesh y su ejército no estarían muy lejos.

Acosado, Mannfred por fin llegó a la llanura aluvial del Gran Río Mortis. Pensando en seguirlo hacia el norte de la Tierra de los Muertos, Mannfred sabía que podía arriesgarse a cruzarlo si los perseguidores se acercaban con demasiada rapidez. Estos eran sus pensamientos mientras se acercaba lo suficientemente para mirar a ese poderoso curso de agua. No esperaba ver lo que estaba dispuesto ante él.

Bajo las pesadas nubes negras, Mannfred no podía ver el otro lado del río; lo que sí podía ver era una flota de barcazas de batalla de madera. Los buques de guerra de fondo plano nehekharanos ya se estaban embarrancando en la orilla cercana, vomitando sus tropas en un estrépito creciente de huesos y bronce.

Nota: Leer antes de continuar - Sospechas Vampíricas

Batalla del Delta del MortisEditar

Flota no muerta en khemri.jpg

La flota de Luthor Harkon llega a la Tierra de los Muertos

Navegando por la costa norte de Arabia llegó una vasta armada. Era un conglomerado destartalado de naves de casi todas las épocas de cada nación marinera en el mundo. Las algas y la podredumbre se habían adherido profundamente, tanto en los barcos de guerra como en la tripulación por igual, pero con todo la flota navegaba a gran velocidad. Vientos infernales los empujaban, y navegaban bajo un cielo negro.

Esta era la flota de Luthor Harkon, Rey Pirata de la Costa del Vampiro.

Respondiendo a la llamada de Nagash, Harkon traía sus contingentes de Zombis a la Tierra de los Muertos. El vampiro se paseaba por la cubierta de su barco, el Ataúd Negro, comprobando las velas. El mismo viento que transportó la ominosa nube hacia Nehekhara llevó a su flota directamente a donde quería ir, al Delta del Mortis. No estaba lejos ahora. De hecho, estaba tan cerca que estaba tomando un gran riesgo al no destrabar a sus transportes. Si los barcos enemigos atacaban ahora, serían demasiado vulnerables.

Incapaz de controlarse, Harkon no dio la orden, sino que se acercó a la proa, mirando hacia la oscuridad turbia por delante en busca de alguna señal del enemigo, una vela o el sonido de los remos de grandes bancos. Lo más probable era que toda la flota de guerra de Nehekhara estuviera en algún lugar entre su ubicación actual y su destino. Hubiera sido un error gravísimo ser capturado en aguas abiertas con sus transportes a plena carga.

Harkon, sintiendo que había arriesgado lo suficiente, dio la orden. Knarrs, cocas y mercantes pesados se alejaron de la orilla. Del mismo modo, todos los buques de guerra que remolcaban barcazas que servían de transportes viraron. Ganarían impulso antes de separarse de sus cascos detrás de ellos, virando rápidamente hacia el viento antes de que se embarraran también en las aguas poco profundas. Durante un segundo, estuvieron tan cerca de la costa que pudieron oír las ondas de las olas y ver la tenue silueta de las ruinas sobre los puntos destacados de la costa rocosa.

Mientras el Ataúd Negro salía a aguas más profundas, Harkon miró hacia atrás para ver a un tercio de su flota convertirse en astillas bajo los afilados arrecifes. Aquí y allá, unos pocos barcos navegaron por canales más profundos antes de estrellarse. Harkon estaba seguro de que uno de estos sería el Desolación, el barco podrido de su segundo al mando, el Capitán Drekla. Harkon ya podía ver delgadas líneas grises arrastrándose fuera del agua para formar en las orillas.

La semilla ha sido plantada, pensó Harkon, y ahora es el momento de dejarla crecer. El Rey de los Piratas dio la orden de poner velas, pues él quería navegar hasta el delta con la marea alta. Con poco más que hacer, reanudó su paseo en la cubierta.

A sólo unas millas de distancia, el Rey Kalhazzar se asomó a la cubierta superior de su barcaza dorada, la Esfinge Coronada. No podía ver nada. Sin el sol, las aguas normalmente turquesas eran ahora negras. Y entonces lo oyó.

Los gongs de alerta sonaron en todo el delta, las balizas a lo largo de la distante costa oriental brillando en la penumbra. Venían; los barcos más avanzados habían visto algo. Los tambores tocaron para que las tripulaciones ocuparan los puestos de combate de costumbre, porque en verdad habían estado en esa posición desde hace meses, sin moverse salvo por los caprichos de la marea. Las barcazas, galeras y lanchas izaron anclas y remos, a la espera de la señal del Rey Kalhazzar. Cubiertas completas de arqueros colocaron flechas y mantuvieron sus arcos listos. Dejaría que el enemigo se adentrara, permitiendo que las baterías de costa desataran andanadas devastadoras antes de que ordenara embestir a toda velocidad.

Harkon abrió las hostilidades disparando el Reina Bess, el enorme cañón que ocupaba la mayor parte de la cubierta media del Ataúd Negro. Habló en lenguas de fuego, y su rugido se oyó hasta en Zandri. Su tremendo disparo gritó sobre las aguas antes de golpear la Garra de Ihurian, astillando huesos y enviando madera petrificada decenas de metros por los aires. La gran barcaza de batalla se hundió en momentos, llevándose con ella a cientos de guerreros y la tripulación de su parte inferior.

Cuando el gran cañón habló de nuevo, estuvo acompañado por los del resto de la línea, pues el viento había concentrado a los barcos negros, así que los cañones más pequeños pudieron unirse al coro. La flota khemriana resistió estoicamente la lluvia de tiros, inquebrantable mientras géiseres de agua estallaban a su alrededor o la metralla volaba sus cubiertas. Kalhazzar sabía que su momento llegaría; las naves enemigas estaban casi al alcance de las catapultas de costa. Las naves enemigas eran muchas, pero las suyas seguían superándolas.

Para cuando las carronadas comenzaron a barrer con su fuego las barcazas de baja cubierta, Kalhazzar se dio cuenta de que algo andaba mal. En la penumbra sólo podía ver destellos de Magia Oscura y llamas de fuego en la orilla donde sabía que estaban las baterías más cercanas. Se dio cuenta de que pocas, si es que alguna, de las catapultas disparaban. Desenvainando su brillante khopesh, el rey ordenó embestir a toda velocidad.

Luthor Harkon vio las barcazas de guerra; de hecho, estaban tan cerca que podía oírlas venir, pues el sonido viajaba bien a través del agua. Sus sentidos sobrenaturales podían indicarle que el constante tom-tom de los tambores había aumentado, y el crujido rítmico de los remos era acompañado, curiosamente, por cánticos y gruñidos; una extraña tradición, pensó. Era casi la hora de dar rienda suelta a su arma secreta.

A Harkon le había costado décadas y muchos Zombis adquirirla. Varias docenas de barcos de su flota la llevaban. Sacadas de barriles de agua salada llegaron las enormes vejigas, cosas viscosas llenas de líquido y cuidadosamente extraídas del interior de los enormes reptiles que los viajeros a Lustria llamaban Salamandras. Sólo tenían que ser exprimidas en el aire para desatar las llamas.

Trabajando en equipos de dos y tres, los Zombis sacaron las engorrosas vejigas y se tambalearon hasta sus posiciones. El corto alcance de las armas no era un problema, pues las siluetas bajas de las barcazas de guerra se abrían paso rápidamente a través del agua hacia la línea de velas de Harkon. Gotas de fuego salieron despedidas en cuanto la primera oleada de barcazas estrelló sus espolones en los maderos podridos de la vanguardia de Harkon.

Los barcos en llamas iluminaron la oscuridad del Delta del Mortis. Algunas de las naves de Harkon se prendieron fuego cuando los Zombis fallaron o cuando las barcazas se suicidaron contra el enemigo. Una de las ventajas de la madera podrida era el hecho de ser un combustible pobre, y por lo tanto ardía lentamente, pero tendía a romperse de forma catastrófica cuando era embestida.

La batalla estaba en su apogeo, con la segunda línea de naves virando para lanzar andanadas de fuego al enemigo, cuando algunas barcazas nehekharanas se adelantaron para infligir un daño decisivo con sus espolones.

Los garfios juntaron los barcos y se libraron feroces acciones de abordaje con espada, lanza y garrote. Las aguas estaban saturadas de tiburones mortis, y Harkon observó cómo un leviatán se alzó de las profundidades para consumir un barco pequeño completo antes de sumergirse de nuevo. Ahora, con objetivos a ambos lados, el Ataúd Negro desencadenó un bombardeo de saturación, mientras las carronadas barrían las cubiertas enemigas con metralla.

Nunca antes había habido una batalla naval así. Barcazas chapadas en oro embestían cocas de cubierta alta, y las tripulaciones esqueléticas se batían en duelo mientras el fuego líquido se extendía por todas partes. Drakkars de Norsca se lanzaban contra los rápidos kebentiu. Los murciélagos se abalanzaban para atacar a las tripulaciones con garras segadoras mientras plañideras fantasmales danzaban sobre las olas o se deslizaban por las cubiertas, partiendo cráneos con cada lamento chillado. En el fondo del Delta del Mortis, los Zombis de Lustria continuaron agarrándose y aferrándose a sus enemigos hasta que se hundieron demasiado en la gruesa capa de sedimento grueso.

La batalla se prolongó durante dos días completos, iluminados únicamente por las naves en llamas y el resplandor de espectros etéreos. La lucha no se detuvo hasta que no fue hundida la última barcaza de guerra. La flota de Harkon, ahora sólo una fracción de su antigua gloria podrida, salió victoriosa. La batalla del Delta del Mortis era suya.

Nota: Leer antes de continuar - Sirviente Premiado

Batalla del Templo de UalatpEditar

Mannfred von Carstein en Terror Abisal Ashigaroth.png

Mannfred en lo alto del promontorio

Mannfred von Carstein dejó sus tropas restantes en la base de la colina rocosa mientras él subía a su cumbre coronada de ruinas. No sabía, ni hubiera apreciado, que el sitio había sido un templo de Ualatp, dios-buitre de los carroñeros, patrón despiadado de aquellos perdidos en el desierto. Lo que sí reconocía era que las pendientes rocosas, los escalones tallados en las colinas y pilares caídos harían de esta una posición defendible, mucho mejor de lo que esperaba encontrar.

Allí, en medio de las ruinas sembradas de arena, Mannfred extendió su mente, en busca de materiales para trabajar. El aura de la muerte era fuerte aquí, y la ladera tenía muchos esqueletos que podrían aumentar su maltrecho ejército. Mejor aún, Mannfred sintió la presencia de espíritus inquietos cerca. Con tal abundancia de magia de la muerte y su voluntad de hierro, Mannfred comenzó los rituales que los atarían a su servicio. Sabía que no tenía mucho tiempo antes de la llegada de los ejércitos enemigos.

Desde el este, el Rey Behedesh II y las legiones de Zandri se acercaban rápidamente. El Rey Funerario ya había enviado su caballería como avanzadilla, y esta patrullaba sin cesar un amplio perímetro alrededor de la base de la colina. Otras criaturas acechaban bajo la arena, listas para atacar si el vampiro intentaba romper el cerco. Behedesh tenía encerrada a su presa, y su intención era presentarse ante Settra con la cabeza del vampiro. Sin embargo, esta tarea sería más difícil de lo previsto, ya que el sumo sacerdote Hapusneb le informó de que otro ejército enemigo estaba desembarcando cerca de Desembarco de Pharoakh. Si el enemigo había navegado por el Gran Río Mortis, esto no presagiaba nada bueno, pues la ciudad era parte de los dominios de Behedesh.

El Rey hirvió de furia ante la sola idea. Si los invasores habían saqueado Zandri o dañado su necrópolis, entonces lo pagarían; vivos o No Muertos, él les haría sufrir.

La armada que lanzó anclas a través del río Mortis era la de Luthor Harkon. Al final, llevó a sus secuaces más de dos semanas de trabajo sin descanso dragar los barcos que eran salvables tras la Batalla del Delta del Mortis. Llevarlos hasta las ruinas había supuesto una gran cantidad de nuevos enfrentamientos. Los guerreros enemigos de los barcos hundidos demostraron ser un riesgo continuo. Algunos se balanceaban hasta la superficie aferrándose a escombros, mientras que otros atravesaban las gruesas capas de sedimentos del fondo del delta hasta surgir en alguna costa cercana. Era imposible saber cuándo el próximo grupo de náufragos No Muertos atacaría. Entre batallas, Harkon ocupó a sus tripulaciones de Zombis en operaciones de reparación, realizando burdos parcheados para que muchos barcos volvieran a ser estancos.

Cuando al fin la caótica flota de Harkon navegó aguas arriba, desde el Puertoterror de Zandri, esta era impresionante en su tamaño, si no en condición. Incluso con un par de naves perdidas por reparaciones chapuceras durante el camino, más de ciento cincuenta barcos seguían en condiciones de navegar. Todas estas naves tenían un perfil bajo en el agua, ya que sus cascos, por encima y por debajo de la cubierta, estaban llenos de muertos vivientes. La mayoría achicaba el agua de sentina sobre la marcha, cuando las reparaciones apresuradas o la podredumbre general cedían al río. Remontando sin orden ni concierto, la flota iba lenta.

Ocupando un lugar de honor en el centro de la armada navegaba la nave insignia de Luthor Harkon, el buque de guerra de tres mástiles Ataúd Negro, con sus velas negras ondeando. Harkon ordenó a los murciélagos rodear a la flota, para que le adviertan de los peligros y oportunidades. Harkon ordenó varias veces echar anclas, de modo que las fortalezas del río pudieran ser bombardeadas o para desembarcar tropas que saquearan los templos lindando el río.

No había otra razón salvo el saqueo para que el capitán Drekla y su ejército de zombies mojados desembarcaran.

Harkon había visto el istmo de piedra y sus pasos tallados en los acantilados de piedra caliza que llevaban a las ruinas de la cima. Acostumbrados a saquear las ruinas cubiertas de maleza de Lustria, el rey vampiro había aprendido a sondear incluso edificios desolados. Él había sacado ídolos de oro y reliquias con joyas incrustadas desde las más improbables ruinas deshechas. A medida que la partida de saqueo alcanzaba la parte superior de la larga rampa de desembarco, el capitán Drekla vio lo que estaba emergiendo del desierto profundo.

El Rey Behedesh no podía entender por qué sus dos enemigos no unían sus fuerzas, o enviaban una fuerza de flanqueo. Incluso los pieles verdes que se atrevieron a invadir su tierra habían mostrado más perspicacia táctica que estos. Sin embargo, el Rey Funerario se mostró cauto antes de que tales maniobras les sacaran de su error. El ejército de Zombis apenas había formado cuando las primeras oleadas de flechas comenzaron a caer entre ellos. El ataque del Rey Behedesh a la colina rocosa fue más problemático. Las únicas rutas hacia arriba, salvo escalar la empinada roca, eran dos. La ruta orientada al sur era lo suficientemente amplia como para que diez esqueletos en línea avanzaran por las desgastadas escaleras. La ruta norte era más pronunciada, y solo cabían cinco. Behedesh sabía que no podía aprovechar su superioridad numérica en una pelea tal, pero estaba decidido. Si necesitaba un siglo de ataques implacables para desgastar al enemigo y traer de vuelta la cabeza del vampiro, entonces que así fuera.

Los Halcones del Mar, una legión de cien guerreros, fue la primera en marchar por las escaleras de piedra. Los retorcidos restos espectrales de los Sacerdotes Buitre les salieron al paso. Convocados desde zanjas poco profundas por Mannfred y vestidos con jirones de sudarios, las criaturas fantasmales no sufrieron a manos de las armas mortales, y las espadas pasaron a través de sus formas incorpóreas. Sin embargo, cuando sus manos huesudas tocaban algo, el frío de los espectros podría extraer el alma de la víctima. Mas por la mera cantidad de guerreros, los legionarios obligaron a los fantasmas a retroceder unos cuantos peldaños, lo que les costó un peaje nada barato.

Los Escudos Negros, la más famosa legión de Zandri, fue enviada a abrirse camino hasta la cima por la ruta norte. La legión contaba con diez regimientos de cincuenta guerreros cada una. Con los escudos entrelazados, los esqueletos avanzaron con paso perfecto bajo su estandarte ceremonial; un semicírculo negro tachonado de cráneos de oro. Consiguieron un progreso constante, pues su superior habilidad marcial se cobró un precio en los esqueletos defensores.

De pie, bajo uno de los pocos arcos restantes de la parte superior de la colina escarpada, Mannfred contempló la batalla. En el corto plazo su posición era fuerte, pero sólo sería cuestión de tiempo antes de que los reyes del desierto desplegaran máquinas de guerra capaces de bombardear la cima de la colina, o estatuas de piedra animadas lo suficientemente colosales en tamaño para alcanzar y batir a los defensores de Mannfred. Varios buitres de Nehekhara, enormes aves carroñeras, daban vueltas una y otra vez sobre la colina.

A pesar de que se había ganado tiempo para llegar a otro plan, Mannfred sabía que estaba atrapado. Fue en ese momento cuando el señor vampiro escuchó un sonido que no había esperado oír en esta infernal batalla, tan profundo en la Tierra de los Muertos. Hacia el sur se puso distinguir el traqueteo de un regimiento de pistolas al descargarse. Dejando a un lado su observación de las furiosas batallas por las escaleras, Mannfred fue al borde occidental de la colina y miró por encima de la flota anclada en el río. Con la penumbra sólo podía ver a medio camino del río Mortis, pero fue suficiente.

Las naves más cercanas eran barcazas de guerra y barcas, buques del estilo de los habitantes de la antigua Nehekhara; pero de ninguna manera la flota variopinta anclada a mitad del río podría pertenecer a un rey de aquella tierra. Desde esa altura, Mannfred apenas podía distinguir los cascos podridos de los buques de guerra, cocas y fragatas del Viejo Mundo. Sólo había un ser que podía presumir de ser capitán y comandante de una flota tan abandonada: Luthor Harkon.

Tragándose su orgullo, Mannfred proyectó una invocación, llamando a las criaturas de la noche. En Sylvania, espesas nubes de murciélagos hubieran volado a su llamada, pero aquí en el desierto las criaturas que respondieron a Mannfred eran cáscaras secas, los esqueletos de murciélagos que revoloteaban con alas finas como el papel. Hace miles de años, el Gran Ritual de Nagash se ocupó de que todo ser viviente en Nehekhara se marchitara, renaciendo como No Muertos. Aunque escuálidos, los murciélagos servirían para llevar el mensaje de Mannfred a Harkon.

El capitán Drekla acababa de enviar uno de sus murciélagos de vuelta al Ataúd Negro, pues tenía que conseguir refuerzos o se vería forzado a retirarse. Su partida armada estaba diseñada para saquear, no enfrentarse a líneas de combate, y necesitaría más regimientos si quería enfrentarse a los legionarios que avanzaban.

Por su parte, el Rey Behedesh había estimado el tamaño de la armada de los invasores, poniéndole en un dilema. El único lugar en el río Mortis donde era posible para los buques vomitar tropas era la cornisa de piedra tallada llamada Desembarco de Pharoak. Los empinados escalones de piedra que conducían desde ese sitio podrían ser fácilmente bloqueados si ahuyentaba a los regimientos de Zombis allí estacionados. Sin embargo, el Rey Funerario no podía permitirse el lujo de concentrar toda su fuerza para erradicar esa cabeza de playa.

Behedesh había derrotado a un ejército liderado por vampiros en el desierto y había perseguido a sus restos durante muchas millas, rodeándolo en lo alto del antiguo Templo de Ualatp. A pesar de que no sabía que su adversario era Mannfred von Carstein, el Rey había reconocido que el general enemigo era un vampiro de gran poder, un ser que irradiaba un aura homicida y arrogante. Era, probablemente, uno de los viles capitanes de Nagash. El propio Settra había dicho que no era suficiente destruir a los ejércitos invasores, sino que era de suma importancia cazar y matar a sus comandantes. Demasiadas veces en el pasado Nehekhara había derrotado a los ejércitos de Nagash o sus capitanes, sólo para dar a los Señores Oscuros la oportunidad de escapar, causando aún más ruina en el futuro. En este caso, el Rey Behedesh no tenía intención alguna de permitir que esto sucediera. Nadie escaparía a su ira.

Behedesh envió muchas legiones, junto con su segundo al mando, el Rey Nemhetum, a envolver a los Zombis, mientras él volvía su atención a la cima del Templo de Ualatp.

El asalto allí se había estancado, sobre todo en la ruta del sur. Los defensores en ese momento, una formación de espectros, resultaba imposible de superar. Hasta el momento habían destruido tres legiones de Zandri sin sufrir una baja. La ruta norte mostró ser más prometedora, con los Escudos Negros haciendo un progreso constante, destruyendo varios regimientos sylvanianos.

Behedesh sabía dónde era necesario. Apuntando al frente con la Espada de Setep, con su borde curvo de un azul brillante en esa oscuridad, condujo a sus Eternos de Zandri por el camino del sur. Ante ellos, los fantasmas simplemente habían destruido al último de otra legión de esqueletos, cuyos huesos cayeron ruidosamente por las escaleras. Sin embargo, incluso en su victoria, los espíritus de los antiguos sacerdotes de Ualatp sabían que ahora se enfrentan a un enemigo mucho más peligroso. Estos retrocedieron ante el resplandor azul, y habrían huido ante la visión de la espada del Rey Behedesh de no ser por la voluntad de Mannfred. De mala gana, los espectros se deslizaron hacia abajo para recibir al rey y sus Eternos.

Las garras heladas de los espectros arrancaron las almas de varios Eternos, pero con el rey Behedesh conocieron a su igual. La Espada de Setep era un arco borroso de color azul; cada golpe destrozó las capas hechas jirones y los espíritus que las portaban. Con gritos de agonía, pero también de liberación, los espectros cayeron, libres al fin de la voluntad corruptora del vampiro invasor. Behedesh siguió ascendiendo, con sus guerreros momificados manteniendo el ritmo.

En el templo, Mannfred era como una bestia enjaulada. Él y su secuaz Helmut habían pasado el tiempo reanimando a sus esqueletos, esforzándose por sustituir a aquellos que los que los Escudos Negros habían destrozado. Con la pérdida del muro de espectros en el camino sur, los vampiros pronto estarían en apuros en ambos frentes. Antes de que se viera obligado a recurrir a medidas desesperadas, Mannfred observó un gran enjambre de murciélagos siluetearse en lo alto. Parte de este enjambre volador comenzó una batalla aérea con los buitres, mientras que otros recorrieron las fuerzas del Rey Funerario en las escaleras. Un enorme murciélago, cuyas alas eran semejantes a grandes lonas harapientas, voló sobre la colina y se abalanzó escalones abajo sobre algún objetivo sin ser visto.

Después de recibir los mensajes, Luthor Harkon actuó rápidamente. Convocando a las criaturas aladas que anidaban boca abajo y sobre los mástiles de la flota, el Ataúd Negro se convirtió en el centro de un remolino de murciélagos. Sólo entonces el Rey Pirata hizo brotar sus enormes alas membranosas, volando a la cabeza de una nube agitada de alimañas negras.

Luthor Harkon tenía la intención de ayudar a su compañero vampiro, pero desde su nuevo punto de vista había localizado un blanco tentador. En la base de la colina, un mago solitario estaba leyendo un pergamino, intentando completar algún conjuro.

Harkon, en la creencia de que la totalidad de estos ejércitos del desierto se desmoronarían si su maestro hechicero era asesinado, se abalanzó hacia la ubicación de la figura.

Hapusneb, Hierofante de Zandri, estaba solo y vulnerable en la retaguardia del ejército nehekharano. Para cuando el Sacerdote Funerario captó al enorme murciélago cayendo en picado desde las nubes negras fue demasiado tarde. Luthor Harkon le barrió, decapitándole con sus espadas gemelas en un movimiento de tijera. Los escarabajos que Hapusneb convocó bajo las arenas no fueron de ayuda a su antiguo maestro, salvo para arrastrar su cuerpo bajo las arenas.

Para amarga decepción de Harkon, el ejército del Rey Behedesh siguió luchando, pero sin su hierofante, este perdió la capacidad de reponer sus pérdidas, sucumbiendo finalmente a la eternidad. Behedesh y su Eternos de Zandri aniquilaban todo regimiento que les opuso en las escaleras, pero después de innumerables combates, su ímpetu empezó a flaquear. Conjurando lanzas de Magia Oscura, los vampiros cosecharon un gran número de víctimas. Mas el Rey Behedesh era imparable. Aunque el último de sus Eternos cayó, el Rey Funerario al fin se dirigió hasta el último escalón de piedra, dando un paso sobre la cima rocosa.

Muerte de helmut.jpg

La muerte de Helmut von Carstein

Allí, con vistas al río Mortis, el Rey Behedesh enfrentó su Espada de Setep contra Mannfred von Carstein. Resistencia inexorable contra velocidad antinatural, rey radiante de la antigüedad frente a un señor de la noche. Una y otra vez los contendientes atacaron, anduvieron en círculos y luego atacaron de nuevo. El vampiro dió más golpes, mandando con estrépito el casco dorado de Behedesh por la cima de la colina, pero ninguno pronunció una palabra. Aunque el rey de Zandri acertó un solo golpe, su espada atravesó la armadura de puntera y golpeó las costillas de vampiro. La carne no muerta crepitó con un resplandor cuando fue tocada por la hoja.

Nunca se sabrá si esto pudo haber sido el punto de inflexión del duelo, pues de repente Behedesh cayó hacia adelante, dejando caer su arma y aferrándose a la punta de la espada que atravesaba su pecho. Detrás de él, Helmut von Carstein dio un cruel giro de su arma antes de liberarla. Behedesh cayó. Y así, uno de los últimos Reyes Funerarios de Zandri yació sobre la roca estéril, crispándose en sus últimos instantes de agonía hasta el amargo final.

Antes de que un Helmut crecido pudiera decir una palabra, el cuerpo del Rey Behedesh dio un espasmo final cuando se convirtió en un enjambre de escarabajos de Khepra que cayeron sobre el vampiro, consumiéndole por completo.

Emboscada en el Desierto Profundo
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FuenteEditar

  • The End Times I - Nagash.

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