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Emboscada en el Espinazo Negro

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Yelmos plateados.jpg

Los últimos rayos del sol poniente se reflejaban en los puntiagudos yelmos y las finamentes trabajadas armas de la patrulla de Yelmos Plateados. Las túnicas blancas de los guerreros Altos Elfos parecían anaranjadas bajo aquella luz.

Los Elfos regresaban a través del paso hacia el enclave de Arnheim. Aillion odiaba esas montañas. El Espinazo Negro era una inacabable cordillera de picos irregulares, riscos abismales y acantilados rocosos y siniestros, un territorio ideal para las emboscadas.

Aillion sabía que la patrulla no llegaría a Arnheim antes del anochecer, pero atravesar esas tierras de noche le apetecía aún menos que acampar para pasar la noche. Sin embargo, estaba decidido a atravesar el Paso de la Tormenta de Fuego antes de detenerse.

Detrás de Aillion cabalgaban veinte guerreros Altos Elfos, todos montados en los corceles grises o moteados tan apreciados por los Altos Elfos. Sus pensamientos y temores eran los mismos que los de su comandante. A ninguno le gustaban los fríos picos, y todos deseaban regresar al enclave tan pronto como fuera posible.

Aunque eran buenos guerreros, en aquellas tierras acechaban peligros inimaginables que inspiraban sentimientos de desasosiego y temor incluso entre los Elfos más valientes. Mientras la luz carmesí desaparecía a su alrededor, los jinetes observaban ansiosamente los riscos que dominaban el paso, esperando el ataque repentino de un grupo de Orcos, o de algún habitante de las montañas aún más peligroso, furioso por que hubieran penetrado en su territorio.

Entre los riscos podían encontrarse muchas criaturas peligrosas, pero ninguna tan peligrosa e implacable como los guerreros vestidos de negro que con su aguda vista estaban observando en esos momentos a los Altos Elfos.

Un gemido al final de la columna de jinetes hizo que los otros giraran sobre sus sillas. Totalmente anonadados, pudieron ver cómo el último Elfo de la línea se desplomaba sobre el cuello de su asustada montura con un virote de ballesta clavado en la espalda. El proyectil había sido disparado con gran puntería, atravesando el corazón del Elfo. Estaba muerto.

El asustado caballo del Elfo salió corriendo por el paso, embistiendo a los otros animales. Mientras las monturas relinchaban y se encabritaban, algunos jinetes gritaron; otros giraron en redondo, primero en un sentido y después en otro, tratando inútilmente de localizar al francotirador.

Pero no hubo más virotes. En realidad no había ni rastro de los atacantes. Excepto por su compañero muerto, no había sucedido nada.

"Deberíamos perseguirles" - sugirió uno de los Yelmos Plateados, hablando sin pensar - "y acabar con ellos".

"¿Con tan poca luz?" - replicó Aillion.

"Podríamos encontrarles rápidamente si nos dividimos".

"¡No!" - gritó el comandante de la unidad - "Seguiremos juntos".

El joven caballero miró desafiante a Aillion, pero mantuvo su posición en la línea.

"Pongámonos en marcha".

El grupo de Exploradores Elfos Oscuros contemplaron cómo los jinetes se alejaban. Sus agudos ojos no acusaban la falta de luz. No. De hecho, ahora empezaba el periodo del día que más preferían.

* * * * *

El guardia tembló, tanto por un creciente malestar como por el frío. Había sido un dudoso placer el ser uno de los elegidos para la primera guardia. La patrulla había acabado de atravesar el Paso de la Tormenta de Fuego justo antes de que el sol desapareciera tras el irregular horizonte, pero todavía se hallaban dentro de las montañas.

Habían decidido que no era sensato seguir cabalgando de noche, cansados como estaban después de dos días de dura cabalgata, y a merced de potenciales enemigos. Al acampar, los Elfos que descansaban podían estar seguros, rodeados y protegidos por sus compañeros, que les avisarían con suficiente antelación en caso de peligro. Sin embargo, aunque todos necesitaban dormir, muchos no podían hacerlo después del ataque en el paso.

¿Qué había sido eso? El guardia miró rápidamente a su derecha, esforzándose por ver algo en medio de la oscuridad. Estaba seguro de haber oído algo cerca del campamento. Mirando a izquierda y derecha pudo ver a lo lejos a los otros guardias mirando hacia la oscuridad de la noche. Ninguno había reaccionado ante el sonido. ¡Allí estaba otra vez, ahora estaba más cerca! Con sumo cuidado, con la espada preparada, el Elfo caminó lentamente hacia el sonido.

* * * * *
Explorador EO.png

La figura ataviada de negro dejó que el cuerpo del Yelmo Plateado se deslizara de su abrazo y cayera al suelo, con el cuello cortado. Sin decir una palabra, utilizando tan sólo unas señales con las manos, el líder del grupo de Exploradores Elfos Oscuros dirigió a sus guerreros hacia la cresta de la loma desde donde podía verse el campamento.

Aunque las frías torres de Naggaroth, las tierras de los Elfos Oscuros, se encontraban a muchos kilómetros hacia el Norte, más allá de las intransitables Marismas de la Muerte, grupos de exploradores con vista de águila continuamente efectuaban pequeñas incursiones contra el enclave de los Altos Elfos en Arnheim. Utilizaban la táctica de las emboscadas y efectuaban ataques selectivos. Se decía que eran capaces de seguir a sus presas durante días, seleccionando cuidadosamente a sus víctimas, matándolas una a una.

Sim importarles lo accidentado del terreno, los Exploradores Elfos Oscuros habían seguido a la patrulla durante los últimos dos días, utilizando atajos que les eran muy familiares, atajos que discurrían por túneles y cuevas bajo las montañas del Espinazo Negro. Los Elfos Oscuros habían descubierto numerosas rutas a través de esos túneles hacía siglos, aunque nunca se habían aventurado a descender en las cuevas más profundas, pues en ellas vivían criaturas indescriptibles y sin ojos, que evitaban la luz y el calor, y que podían partir por la mitad rocas o Elfos Oscuros con la misma facilidad. Sin embargo, un explorador bien entrenado podía viajar por los túneles más seguros, y atajar varios kilómetros de camino más agotador y peligroso sobre la superficie.

Los seis Elfos Oscuros estaban ahora agachados en la cresta de un acantilado, con sus Ballestas de Repetición dispuestas. A una silenciosa señal de su líder, el grupo de Exploradores se retiró sigilosamente de su puesto de observación y se desvaneció en la oscuridad de la noche.

* * * * *

Un grito despertó a Aillion. En segundos todos los guerreros estaban en pie, algunos tranquilizando a los caballos, que relinchaban nerviosamente. Varios de los Elfos que estaban de guardia estaban agrupados en un extremo del campamento. Aillion se unió rápidamente a ellos.

"Es Gandrell". - dijo uno de los guardias - "Le han cortado el cuello".

"¿Algún rastro del atacante?" - preguntó Aillion.

"No, ninguno".

Cerca de ellos un Elfo gritó: "¡Aquí! Aquí hay pisadas".

Aillion pasó por encima del joven Yelmo Plateado. El rastro en el polvo gris correspondía a un par de botas que desaparecían en la noche, hacia un terreno más elevado. El comandante de los Altos Elfos reflexionó durante unos instantes, con sus cejas fruncidas por la concentración. Hasta ese momento sólo habían tenido evidencia de la presencia de un solo atacante, y si podían neutralizarlo rápidamente, el peligro habría terminado.

El oído de Aillion, sobrenaturalmente agudo para un Alto Elfo, captó un ligero "clic" en la oscuridad, seguido de un profundo "shhhh-thunk". Una mirada de horror apareció en la cara del Yelmo Plateado que estaba situado junto a Aillion, y se tambaleó hacia delante. Antes que el cuerpo del primer Yelmo Plateado cayera al suelo con un virote en su cuello, otro estaba agarrando el asta del pivote [sic] que le atravesaba el diafragma.

Sombras Elfos Oscuros 7ª Edición.JPG

Cuando Aillion se incorporó, le pareció distinguir la sombra de una criatura humanoide en la oscuridad que le rodeaba. Desenfundando su espada y apartándose con un movimiento muy ágil, Aillion sintió cómo el virote rebotaba en su armadura de escamas y describió un arco con su espada. Hubo un grito y la sombra se desvaneció una vez más en la oscuridad.

"¡A las armas! ¡Nos atacan!" - gritó, controlando su creciente pánico. El cuerpo y las pisadas habían sido una trampa, y había dirigido a sus hombres directamente hacia ella.

Dos Elfos más murieron bajo la lluvia de proyectiles. Se sintió indefenso, luchando contra un enemigo invisible e inalcanzable. No tenía ni idea de dónde vendría el siguiente ataque, así que tomó una rápida decisión.

"¡A los caballos!" - ordenó - "¡Alejémonos de aquí!"

Los Elfos Oscuros se deleitaron con los gritos de los Altos Elfos moribundos, sus odiados parientes. Naggaroth era suya: los Señores de Ulthuan nunca conseguirían arrebatársela.

* * * * *

Con las primeras luces del alba, el centinela de las puertas de Arnheim miró hacia las montañas situadas al Oeste y vio un solitario caballo gris galopando por la llanura hacia la ciudad. Al ver al jinete tendido sobre el cuello del animal, avisó inmediatamente a su oficial superior.

Abrieron las puertas para permitir la entrada al caballero, y los guardias corrieron a ayudar al Elfo que semiconsciente, apenas se sostenía sobre la silla, con un virote de ballesta clavado en el costado. El jinete respiraba con dificultad. Probablemente el virote le había perforado un pulmón.

Mientras le ayudaban a descender de su exhausta montura, Aillion entreabrió los ojos. "Nos tendieron una emboscada... no pudimos hacer nada...". Sus palabras eran entrecortadas y parecían ser causa del delirio. "Nos atacaron por retaguardia". Las lágrimas acudieron a sus ojos. "Mataron a los caballos...".

Tosió, y por la comisura de los labios brotó un hilillo de sangre. "Nos mataron uno a uno...".

Y entonces el caballero Alto Elfo cayó muerto.

FuenteEditar

  • Libro de ejército de 4ª Edición, Elfos Oscuros (1995).

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