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Engendro del Caos (Relato)

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Engendro del caos.jpg

La criatura surgió tambaleándose de entre las líneas del ejército del Caos, arrastrándose como si fuera un montón  de excrementos calientes. Era imposible describir cuál había sido la forma anterior de la bestia. Si alguna vez había tenido piernas, estas habían sido cubiertas por las ondulantes capas de reluciente grasa que propulsaban a la criatura hacia adelante como si fuera una babosa gigante. En sus costados iban abriéndose y cerrándose unos ventrículos musculares a medida que iba moviéndose. Los ventrículos expulsaban gases acres procedentes de sus entrañas con un malsano ruido de jadeo. De su cuerpo emergían gran cantidad de brazos largos y delgados. Sus obscenos miembros estaban embutidos en una armadura formada por un caparazón rosa y púrpura. En las garras de sus apéndices, la criatura empuñaba una gran variedad de armas, elegidas aleatoriamente de los desperdicios del campo de batalla: garrotes y mazas, espadas rotas, huesos largos y otros restos. El avance de la Reiksgard vaciló por unos instantes. Los orgullosos caballeros del Imperio quedaron estupefactos ante el horror deforme que venía hacia ellos. Los caballos relincharon y patearon nerviosamente, sin saber si sus jinetes les harían avanzar o retroceder ante esa monstruosidad.

"Un engendro del Caos... Reiksgard, mantened la formación"-gritó el capitán Helborg. Con un destello de brillante acero, el Mariscal del Reik restableció el orden entre sus tropas. Viendo la inflexible determinación de su cara, los caballeros de la Reiksgard sostuvieron con más fuerza sus largas lanzas.

A medida que el engendro del Caos avanzaba inexorablemente, los caballos olieron su malsano hedor. Quedaron tan aterrorizados que empezaron a patear a ciegas en el aire, y contra los caballos que tenían al lado. Sus jinetes tuvieron problemas para evitar que sus frenéticas monturas salieran huyendo. El monstruo ya se había acercado lo suficiente como para ver su cabeza, ancha y vigorosa, pero obscenamente pequeña en comparación con la masa de su irregular y gigantesco cuerpo.

En ella podía observarse un cierto atisbo de humanidad, el necesario para revelar un vestigio de inteligencia, una mente corrompida y destrozada por las numerosas mutaciones malignas de su cuerpo. De su cara brotaban unas antenas largas y retorcidas, en cuya punta podían verse unos iridiscentes ojos de insecto. Su boca, abierta en un bestial grito de agonía, estaba llena de largos y afilados dientes. La sangre que borbotaba de sus labios salpicaba su cabeza con gotas escarlata.

Con un penetrante chillido de rabia, el ser se abalanzó contra los caballeros. Un jinete cayó instantáneamente bajo el amorfo cuerpo del engendro del Caos. Su caballo, derribado de espaldas por el repentino choque con el monstruo, estaba pateando y agitándose en el suelo, con su espinazo roto por el impacto. Los caballeros quedaron desorganizados mientras trataban de evitar que sus monturas huyeran aterrorizadas. Los larguiruchos brazos del ser golpeaban salvajemente, atacando aleatoriamente, pero alcanzando a numerosos objetivos en la desorganizada formación.

"No intentéis atacarlo"-gritó el Mariscal del Reik.-"Abrid filas y dejadle pasar". Su espada giraba en el aire mucho más rápido de lo que un ojo mortal podía observar. Ya había cortado varios de los miembros de la criatura, pero el ser parecía inmune al dolor y casi imposible de herir.

Sin avisar, la criatura atravesó la formación de caballeros, avanzando torpemente hacia el terreno despejado que había tras ellos. La Reiksgard había sufrido una severa derrota, y varios de los caballeros estaban muertos o agonizaban. Las lanzas rotas y los escudos inútiles habían caído al suelo por doquier. Pocos hombres habían logrado salir indemnes. El capitán Helborg estaba sangrando por una larga herida en la frente, y su armadura estaba manchada por el limo verde que la criatura tenía por sangre.

"En formación... toca la orden", -vociferó el Mariscal del Reik, y los caballeros volvieron una vez más a su formación de combate. Quedaban pocos para enfrentarse a las hordas del Caos, pero no por eso flaqueó su resolución.

El engendro del Caos golpeaba vacilante, sus ojos saltones oscilaban y giraban desesperadamente. El limo verde rezumaba por una docena de heridas profundas que tenía en el costado, y los gases nocivos burbujeaban y borboteaban por las zonas desgarradas de su cuerpo. El engendro del Caos vomitaba sangre oscura por su boca abierta, y esta resbalaba por su brillante torso.

En ese momento, un proyectil de ballesta se clavó profundamente debajo de su mandíbula. El engendro del Caos aulló y se alzó mientras sus brazos golpeaban frenéticamente en el aire. Una docena de proyectiles penetraron en su vientre blanco. Más proyectiles siguieron al primero, y algunos llegaron a clavarse tan profundamente en su blanda carne que desaparecieron totalmente en el interior de la criatura. Otro regimiento avanzó hasta ponerse a tiro, y sus tropas dispararon contra el engendro del Caos tan pronto como pudieron.

La criatura no intentó moverse, sino que se retorció y gritó en los estertores de su muerte. Con un gruñido final cayó al suelo como un desparramado montón de carne gelatinosa. A su alrededor se formó un vapor verdoso cuando sus órganos internos expulsaron los últimos restos nocivos de las entrañas de ser. Las tropas imperiales lanzaron un grito de alegría cuando el ser dejó de moverse definitivamente.

El Mariscal del reik se giró y dio la orden de avanzar contra la horda del Caos.

FuentesEditar

  • Ejércitos Warhammer: El Caos (4ª Edición) (Relato de Rick Priestley).

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