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Gotrek y Félix en Sylvania

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Portada Matavampiros por Adrian Smith Gotrek y Felix.jpg
-Decididamente no me gusta el aspecto de este lugar- gimió Félix Jaeger, observando cautelosamente los alrededores. Echó un vistazo a la lejana puerta, sólo para asegurarse que el rastrillo seguía abierto. Todo el lugar le recordaba una de las obras de teatro de terror de DetlefSierck. No, se corrigió a sí mismo el joven universitario, este castillo probablemente fue el modelo para todas sus obras. Desde cada esquina del antiguo edificio una maligna gárgola les miraba de reojo. Por encima de sus cabezas podían vislumbrarse las altas y frías torres. Mientras el sol de color rojo sangre de Sylvania se ponía por detrás de los grandes muros, un aura de miedo

empezó a apoderarse del lugar. Los olores de la putrefacción y la muerte llenaban el aire. La sangre y el mal parecían rezumar de todas las paredes de piedra medio desmoronadas y cubiertas de líquenes. Félix vio a una rata enorme atravesar el patio y desaparecer entre las ruinas de los viejos establos.

-Aquí tienen unos ponis muy pequeños- dijo su compañero pasando su gran puño por la gigantesca cresta de pelo teñido de rojo. Félix se giró y miró al enano. Se alegraba de que Gotrek Gurnisson estuviera con él. Aunque era más pequeño que Félix, era al menos el doble de robusto, y todo su peso era puro músculo. Ver el monstruoso hacha de Gotrek sostenido indolentemente en una de sus manos era aún más tranquilizador.

-Era una rata, Gotrek. Una rata. Odio las ratas- dijo Félix, echando su raída capa sobre el hombro para dejar libre el brazo del arma. Era cierto. Odiaba las ratas. Había odiado a esos seres pestilentes desde que tuvo un desagradable encuentro con los Skaven en las cloacas de Nuln.

-Era un chiste, humano- murmuró el matatrolls, vigilando los restos de la siniestra torre con su ojo bueno. Félix miró a su alrededor nerviosamente. El Enano quizás podría hacer chistes allí, pero él no podía. Estaba asustado. Toda su vida habla oído historias sobre los Von Carstein, los infames Condes Vampiro de Sylvania, y ahora estaban en medio de las ruinas de su hogar ancestral. ¿Por qué demonios habían tenido que venir? se preguntó a sí mismo. ¿Por qué ese maldito tabernero había tenido que mencionar a Gotrek los rumores sobre el nigromante que vivía allí? ¿Por qué el matatrolls había considerado necesario que los dos fueran a investigar? Estaba tentado de decir al enano que había llevado demasiado lejos su deseo de morir. Sabia que el matador había hecho un estricto juramento de buscar la muerte en combate, pero era muy probable que contra el nigromante no encontrara sólo la muerte sino una eterna y fantasmagórica servidumbre como cadáver animado. Sólo este pensamiento bastaba para que Félix quisiera salir huyendo de la torre y gritar. -¿Qué ha sido ese ruido, humano?

-Probablemente mis dientes castañeando. -¡Lo digo en serio!- Félix miró cautelosamente al enano. Sabía que las orejas del enano eran más agudas que las suyas. Si Gotrek decía que había oído algo es que allí había algo. -Probablemente las ratas," sugirió Félix no muy convencido. -Ratas grandes y sanguinarias- murmuró el enano. Félix hubiera deseado que no mencionara la palabra sangre tan fuerte. Esta le recordaba la sed de sangre humana que según decían tenían los Condes Vampiro. -Mira- dijo Gotrek-¡Un rastro! Félix siguió el rechoncho dedo del enano hacia donde señalaba. Pudo ver que realmente había un rastro en el barro del patio. Parecía como si hubieran arrastrado por el suelo algo pesado.

Siguieron el rastro hacia su lugar de origen y vieron un gran carro negro como los utilizados por los enterradores en Altdorf, la ciudad natal de Félix. No había ni rastro de los caballos por ninguna parte.

-Debe ser el carro del que hablan los habitantes de pueblo- gruñó Gotrek.

-Seguramente no- dijo Félix con una nerviosa ironía.

-Creo que es mejor que miremos el interior de la torre.

-Oh, de acuerdo- dijo Félix, sin ningún entusiasmo en absoluto.

Silvania.jpg

Dentro de la torre todo estaba en silencio. De pie en el gran salón, contemplaron la estancia. Las frías paredes estaban cubiertas con tapices polvorientos. Desde encima de una enorme chimenea les observaba un enorme retrato de un hombre alto y elegantemente vestido, con ropas que hacía siglos habían pasado de moda. Félix subió a la chimenea y quitó el polvo de la placa metálica de la parte inferior del cuadro. Esta decía: Manfred von Carstein, Conde de toda Silvana.

Félix contempló la pintura. El conde era un hombre atractivo, pero sus rasgos tenían algo de salvaje y depredador. Su piel era pálida y el pintor había teñido sus ojos con un poco de rojo. En sus dedos había un gran anillo con un rubí engarzado entre alas negras.

-Manfred von Carstein- dijo Félix.

-Mi padre luchó contra él en Hel Fenn- dijo Gotrek.

-¿Tu padre?- Farfulló Félix.-Pero si Hel Fenn sucedió hace casi trescientos años...

-¿Y?

Félix se encogió de hombros. Los enanos vivían muchos años y su concepto del tiempo no era el mismo que para los hombres.

- Pues si- dijo Gotrek- A menudo he querido contaros ese temible día en que el sol se ocultó para no ver la matanza y los ejércitos de los enanos y los hombres lucharon contra los Señores de la No Muerte.

El Enano parecía perdido en sus recuerdos. Sus rasgos brutales y bastos se suavizaron tomando una expresión casi gentil. Sostenía indolentemente su enorme hacha en una mano. Cuando hablaba parecía recordar las palabras de otra persona, repitiéndolas palabra por palabra de memoria.

-Era un día tormentoso. El cielo estaba cubierto por negras nubes de tormenta. La luz del sol era tenue y empañada. Bajo la pálida luz, una gran hueste de esqueletos de huesos amarillentos movían las mandíbulas y hacían muecas con sus dientes. Blandían sus armas melladas y herrumbrosas. Los zombis avanzaban en filas desordenadas con sus ojos podridos brillando como bolas de fuego. Su carne estaba llena de erupciones putrefactas. Se les habían desprendido grandes trozos de piel que ondeaban al viento mostrando corazones que no latían, y venas por las que no circulaba la sangre. Por encima de sus cabezas, unos pájaros fantasmagóricos volaban como cuervos demoníacos, descendiendo sobre el infernal campo de batalla. En el centro de la hueste estaba el último de los aristócratas Vampiros. Su piel era blanca y fina como la porcelana.

Sus ojos eran rojos y miraban con un apetito anormal. Ese día la batalla fue larga y dura. Los humanos tenían miedo al ver andar a los muertos, y los corceles de su caballería estaban asustados por el olor fantasmal del enemigo. Cuando los dos ejércitos chocaron, sólo los enanos mantuvieron su posición, aunque parecía que serían arrollados por el mar de enemigos No Muertos. Entonces, el Conde Elector de Stirland reagrupó a sus fuerzas y volvió a enfrentarse al Conde Vampiro. Se enfrentaron en el centro del campo de batalla y por unos instantes parecía que Manfred vencería, pero el Colmillo Rúnico del Conde Elector hirió profundamente al Vampiro, que dio media vuelta y huyó, perdiéndose en el borde de Hel Fenn. El cuerpo nunca pudo encontrarse. Gotrek salió de su ensoñación. -A menudo he querido tener la oportunidad de enfrentarme al Príncipe de los No Muertos, como hizo mí padre- dijo Gotrek. Personalmente, Félix esperaba que no tuviera esa oportunidad.

Bajaron por la escalera hacia las mazmorras. Por delante suyo podían oír el sonido de una canción en un lenguaje extranjero. Tras unos Instantes, Félix reconoció las cadencias guturales y ásperas del árabe, aunque la entonación era muy diferente de la utilizada por los mercaderes que una vez habían visitado los almacenes de su padre. Sólo reconocía una palabra de la larga letanía. Era un nombre que sus padres habían utilizado para asustarlo para que callara cuando era un niño. Era el nombre del infame Señor de Nigromantes Nagash .

Gotrek también había entendido su significado, ya que retrocedió y a continuación sonrió ampliamente, mostrando los dientes que le faltaban. Recorrió el filo de su hacha con el pulgar hasta que apareció una gota de sangre brillante. Bajo esas circunstancias, su visión hizo temblar a Félix. Esperaba que no hubiera nada cerca que pudiera sentirse atraído por esa visión.

La voz que cantaba el encantamiento era muy aguda y quebrada. A Félix le recordaba los pordioseros locos que acostumbraba a ver desvariando en las calles empedradas de Altdorf. La de aquellos que siempre predicaban que el fin del mundo estaba cerca y era el momento de arrepentirse.

Entraron en las criptas y el cántico acabó lentamente, pasando a convertirse en un siniestro silencio sepulcral. Félix casi podía sentir en el aire las corrientes de la Magia Oscura. Era como si unos dedos helados arañaran su piel. Ahora la voz había vuelto a hablar otra vez.

-Pronto amo, pronto- gritó.-Pronto regresarás para propagar el miedo y el respeto entre los ciudadanos del Imperio. El ganado que se autodenomina hombre pronto se arrastrará por el polvo ante ti. Pronto sabrán todos que vuelves a caminar por los bosques de Sylvania.

El tono de la voz cambió una vez más.

-Ya sabes que dicen que estoy loco. Ellos dicen que nunca debería haber pasado. Durante años he arrastrado mis redes por el fango de Hel Fenn. Todo el mundo decía que no podía hacerse, que no debía hacerse, pero lo logré. Encontré su cuerpo. Demostraré que estaban equivocados.

Con tu sangre virginal devolveré a la vida a Mannfred von Carstein , y todos temblarán ante mi genialidad. Yo, Hermann Schtillman, habré realizado el acto de nigromancia más poderoso de esta era.

-Por favor, déjeme ir- dijo una voz de chica.-Le prometo que no le diré nada a nadie.

- Claro que no. No lo harás. Por desgracia estarás muerta.

Gotrek rugió con una rabia apenas contenida. La mano de Félix encontró la empuñadura de su espada. El sonido de las lágrimas de la chica habían despejado todos sus temores. Miró al Enano, y Gotrek asintió. Con las armas preparadas, cargaron hacia la habitación. Cuando Félix vio lo que les esperaba, deseó que no lo hubieran hecho.

La cripta era grandiosa. Una temblorosa chica estaba encadenada a una pared viscosa. Su saludable silueta representaba un brutal contraste con respecto a los esqueletos que colgaban de cadenas a su alrededor. Ante ella estaba un hombre alto y delgado con la cabeza afeitada y rasgos zorrunos. En una mano asía un cuchillo de filo negro con una pequeña calavera de cobre en la empuñadura. Enjuagaba la daga contra el pecho de su no demasiado limpia túnica negra. En el suelo, frente a él, había un montón de huesos de los que colgaban endurecidos restos de barro y trozos de cañas de pantano. Todo el conjunto era suficientemente siniestro, pero lo que atrajo la atención de Félix y lo paralizó de miedo estaba en el borde de la sala.

Diez gigantescos cadáveres grises estaban allí de pie, cada uno armado con un enorme arma oxidada. Cuando Félix y Gotrek entraron, abrieron los ojos de par en par y miraron con una mirada embrujada. Podían verse sus dientes entre las raídas mejillas y los huesos sobresalían de su escamosa piel. El olor a podredumbre y descomposición era casi insoportable.

-¡Deteneos!- gritó el nigromante. Gotrek hizo caso omiso. Con una velocidad sorprendente para alguien tan bajo y musculoso, atravesó la habitación, con el hacha en alto. Los zombis avanzaron para interceptarlo como obscenas marionetas en una obra infernal. El hacha de Gotrek osciló, y uno de los gigantes cayó decapitado. El hacha volvió a golpear y amputó el brazo derecho a otro. El tercer ataque atravesó sus costillas como si fueran cerillas. El cuarto ataque casi falló y golpeó el suelo de madera de la cripta, enviando chispas azuladas volando por los aires. Las runas rojas del hacha de Gotrek brillaban, como respondiendo a la presencia de magia maligna.

Con gran esfuerzo, Félix avanzó hacia el combate y tuvo que enfrentarse a un poderoso y pesado zombi. Al ver los gusanos que salían de sus podridos ojos y el sonido del aire jadeando a través del descompuesto pecho de la cosa, combinado con el aire fétido y sepulcral, le hacían sentir físicamente enfermo. A duras penas logró levantar su espada a tiempo de bloquear el ataque.

Apenas podía concentrarse para atacar. Su espada penetró profundamente en la viscosa piel, y su segundo ataque amputó una mano pegajosa. Su cara quedó salpicada por las gotas de pus, que anteriormente fueron de sangre. Necesité toda su fuerza de voluntad para que su mente siguiera concentrada en el enemigo, y no parar para limpiarse la cara.

El nigromante, tras recuperarse de su sorpresa empezó a cantar en voz alta. Un miedo frío recorrió la espina dorsal de Félix mientras un nimbo de energía oscura crepitaba alrededor de la cabeza y las manos de Schtillman, y lo lanzó contra los esqueletos de la pared. La chica gritó y una luz brilló en las vacías cuencas de los ojos de los esqueletos. Las cadenas se soltaron de los miembros de los esqueletos mientras iban levantándose y avanzando hacía el combate.

Si Gotrek estaba preocupado no lo dejaba entrever. Siguió golpeando a todo lo que tenía a su alcance. El hacha fulguraba, dibujando un gran ocho y matando a cuatro zombis, cortados a trozos a causa de la gran cantidad de golpes recibidos. De los labios del matador salía espuma, su barba brillaba y él aullaba con una insensata lujuria de combate. Recuperado ligeramente de sus temores, Félix atacó con su espada, matando a otro zombi. 'Su estómago vaciló cuando resbaló en un charco de pus que había en el resbaladizo suelo. Cayó de espaldas, evitando a duras penas que su cabeza golpeara en el suelo de piedra. Su corazón aceleró atando vio a dos cadáveres animados más avanzando pesadamente hacia él, con las armas en alto. Una gruesa capa de suciedad cubrió su mano mientras rodaba hacía un lado, esquivando justo a tiempo los golpes que habrían reducido su cuerpo a una pulpa sanguinolenta apenas uniforme. El nigromante seguía cantando y más y más esqueletos dejaban sus cadenas y avanzaban torpemente hacía delante, deteniéndose sólo para recoger las armas de sus compañeros muertos. Los rugidos de Gotrek se mezclaban con los gritos de la chica y los cánticos del nigromante. El ruido resonaba por toda la cripta, ensordeciendo a Félix. Volvió a concentrarse para seguir combatiendo.

Gotrek reía y balbuceaba, avanzando continuamente hacia el aterrorizado nigromante. Dos esqueletos intentaron atraparle respondiendo a una muda orden. Los tendones como cables del matatrolls se hincharon mientras estiraba de ellos y bajaba el hacha siguiendo un arco irresistible, casi partiendo en dos al malvado hechicero por la fuerza del golpe.

Los zombis cayeron inmediatamente al suelo como hombres empalados. Los esqueletos se desintegraron entre una matraqueteante lluvia de huesos. Agradecido, Félix volvió a incorporarse. Gotrek caminó hasta la chica, Su hacha brilló dos veces y las cadenas cayeron al suelo, rotas limpiamente por los dos golpes. Félix avanzó y a duras penas logró sujetar la chica cuando cayó al suelo. Tal como se sentía deseaba que hubiera alguien para sostenerle a él. Entonces notó la rigidez de la chica y oyó como jadeaba.

- Mirad- susurró ella. -Sigmar nos proteja.

Félix giró para ver que estaba mirando la chica. Al principio no vio nada, pero entonces vio claramente los horribles detalles que estaba sucediendo. Un chorro sangre roja fluía del destrozado cuerpo del nigromante hasta el montón, de huesos en el centro del suelo. Al hacerlo, la sangre hervía y se evaporaba formando un tenue vapor rojo. Una nube material cubrió rápidamente los huesos, y Félix vio lo que sucedía a continuación a través de una neblina rojiza.

Primero desaparecieron toda la suciedad, el barro y las cañas de los huesos, dejando un esqueleto blanco brillante. Félix vio que la calavera tenía dos caninos muy grandes y pronunciados. A continuación, empezó a coagularse la niebla, formando capas de músculos y tendones que iban uniéndose alrededor de los huesos. Las venas iban abriéndose camino a través de la carne fangosa. En las cuencas de los ojos brillaban dos pupilas rojas, los tendones iban retorciéndose como serpientes a medida que se formaban.

Los tres miraban hipnotizados esta extraña resurrección. Ni tan sólo Gotrek parecía capaz de moverse. Observaba fascinado como la carne blanca envolvía la forma humanoide y un pelo negro brillante surgía de su calva. A Félix le chocó darse cuenta que estaba viendo el proceso de descomposición de un cadáver pero mucho más sápido y al revés. La pálida criatura se incorporó lentamente y sonrió mostrando sus largos dientes blancos.

Félix reconoció de golpe las cosas pero su aturdida mente no aceptaba lo que estaba viendo.

- Manfred von Carstein- jadeó.

-Cierto,” dijo el Conde Vampiro con una voz baja y bien modulada. -Y os doy las gracias por vuestra contribución a mi resurrección. Creo que no era la que Herr Schtillman tenía pensado, pero en cualquier caso, el resultado ha sido satisfactorio.

-Chusma No Muerta, prepárate a morir- dijo Gotrek.

El vampiro hizo un gesto con su mano parecida a una larga garra y Gotrek quedó como congelado donde estaba. Las venas de su frente estaban hinchadas. Los músculos se hinchaban en el pecho y los brazos. Parecía que estuviera luchando contra el abrazo de un gigante invisible. El único signo de la lucha era una pequeña tensión en la cara del Conde Vampiro.

-No, matador- dijo. -Tendría que estar realmente loco para enfrentarme a tu hacha, en mi actual estado. Creo que aplazaré el placer de humillarte hasta otro día. Por el momento, os digo adiós.

Con un enorme rugido, Gotrek saltó hacia delante, venciendo sus ataduras invisibles. Mientras el matador saltaba, el vampiro tembló y su forma se convirtió en una nube de niebla negra. El hacha de Gotrek atravesó la niebla y Félix creyó oír un pequeño grito de dolor. En el borde del hacha podía verse un pequeño rastro de sangre coagulada. A continuación, con una ligera risa burlona, la nube desapareció por las escaleras.

Gotrek fue tras ella, aullando promesas y maldiciones. Félix volvió a mirar a la chica. Cubrió con su capa a la chica para que dejara de temblar. Parecía aturdida.

-¿Estás bien- preguntó él. La chica asintió. Después de unos instantes, dijo: -Era bastante guapo.

El Conde quiero decir.

Félix gruñó y se dirigió a las escaleras. Cuanto antes saliera de este lugar maldito, más feliz sería.

FuentesEditar

  • Libro de ejército de No Muertos, Cuarta Edición (Relato de Bill King).

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