FANDOM


CaosImagen.jpg
Gotthard espoleó su caballo para que corriera más rápido, el poblado Kislevita de Krovas iba disminuyendo rápidamente a su espalda. Los campesinos habían sospechado, pero la última de sus coronas de oro les había persuadido para que le vendiesen un poco de carne de oso seca, pieles de abrigo y una botella de vodka. Gotthard sabía que los campesinos informarían a las patrullas de cosacos de la Zarina, por lo que tenía que apresurarse a menos que quisiera responder a las preguntas de los inquisitivos guerreros.

Gotthard reordenó sus pensamientos ¿Cómo había terminado aquí, en el límite del mundo civilizado? Hacía apenas tres meses era un joven noble que vivía en la casa de su padre en Altdorf. Lo poseía todo dinero, poder, una hermosa prometida y un destino en la Reiksguard. ¿Qué era lo que había ido mal?

Todo había comenzado cuando se unió a una pequeña sociedad secreta llamada el Águila Dorada. Había comprendido poco de los principios que había detrás de los complejos ritos, pero compartían un objetivo común. Querían cambiar el mundo.

Desde su juventud Gotthard había creído que había más por vivir que el politiqueo y el penoso chismorreo que caracterizaba la vida de la ciudad. En su búsqueda de respuestas, había buscado refugio en la religión, y consagró su vida al servicio de Sigmar. Pero incluso las enseñanzas del Gran Teogonista prometían un paraíso en el más allá, poco más. Parecía que la vida de un hombre estaba destinada a desperdiciarse en la búsqueda de cosas insignificantes. Día y noche, Gotthard pidió a Sigmar que le indicara un modo de cambiar el mundo a mejor. Pero la respuesta no llegó jamás. Entonces, cuando todas sus esperanzas por encontrar el conocimiento que buscaba empezaban a desvanecerse, fue introducido en el culto del Águila Dorada y supo que era lo que había estado buscando toda su vida. Los miembros del culto podían, a sus ojos, obrar milagros. Su Maestro podía convertir simples metales en oro, sanar las heridas con una sola palabra y cambiar de forma a los animales. Gotthard sabía que sus rezos por fin habían sido respondidos.

Los rituales del Águila Dorada invocaban a un dios sombrío para que cambiara el mundo. Deseaban una mejora para este mundo y sus vidas. El agudo ingenio de Gotthard y su poderosa personalidad pronto le proporcionaron una posición en el Tercer Círculo de la secta. Al poco tiempo había sido iniciado en muchos de los secretos del culto.

Entonces, una noche los Templarios de Sigmar irrumpieron en la capilla secreta de la secta. Gotthard a duras penas logró escapar, pero bajo el interrogatorio del Gran Teogonista en persona, uno de los miembros de la secta había hablado y había revelado los nombres de todos los miembros del culto que conocía. El de Gotthard se encontraba entre ellos.

Su destino en la Reiksguard fue inmediatamente anulado, y fue arrestado. Sus compañeros de la caballería tenían que llevarlo ante la inquisición de Sigmar. Tres de ellos murieron por su espada, y otros dos quedaron tan gravemente heridos que nunca podrían volver a combatir. La idea hizo sonreír amargamente a Gotthard. No importaba lo que se dijera, al menos nadie podría dudar que fuese el guerrero más hábil entre sus iguales. Había huido por las calles de Altdorf, perseguido por la guardia de la ciudad y por sus hasta la fecha compañeros; a muchos de ellos anteriormente los había considerado sus amigos.

Había buscado refugio en la casa de su prometida, Johann von Leber. Pero hasta ella le había cerrado los postigos cuando Gotthard intento explicar porqué había sido declarado un proscrito. "iNo quiero volver a veros!" había gritado Johann. "¡Cómo me podéis haber hecho esto! ¡Pensad qué dirá la gente!"

En ese momento Gotthard supo que estaba totalmente sólo. Había derribado a los guardias en la Puerta del Río, y había tornado el Camino del Norte. Pronto se encontró más allá de los límites de Reikland, pero los cazadores de brujas, batidores y cazarrecompensas le seguían de cerca. Había dormido por la noche en el bosque, había robado o comprado comida de granjas cercanas a la carretera, y había evitado los peajes. Se había visto obligado a vivir corno un animal. El pensar en esta humillación hizo que le hirviera la sangre.

Un cazador de brujas con ojos de demente lo había atrapado dentro de los límites de Ostland, y un virote de ballesta casi había acabado con la vida de Gótthard. Sólo arrojando su enorme zwei-hander, algo impensable en un caballero, había conseguido matar al hombre antes de que uno de los virotes del fanático lograra su objetivo. La espada a dos manos había alcanzado a su enemigo en medio del pecho, y Gotthard a duras penas había conseguido recuperarla mientras los perros de caza del Conde de Ostland le mordían los talones.

"¿Y todo esto por qué?", pensó amargamente. Porque había seguido un capricho que le había permitido abandonar la monotonía de la descolorida y tediosa existencia de un joven noble. Todo lo que había visto a su alrededor era la decadencia de la capital Imperial. Las calles repletas de suciedad y de grupos de pobres mendigando y arrastrándose, intentando llevar una existencia miserable en las chabolas y callejuelas infectas. Gotthard había querido cambiar todo eso, para comenzar de nuevo, empezar de cero y derribar la vieja y corrupta sociedad. Quizás con tiempo y una posición en la corte Imperial habría sido capaz de lograr su ambición.

¡Pero no! Había arruinado su vida. Su padre lo había desheredado, sus amigos se habían vuelto contra él, y habían puesto precio a su cabeza. Todo lo que le quedaba eran sus armas, su fuerte brazo con la espada y su agudo ingenio. "Bastarían", decidió. Nadie osaría seguirle hasta el Territorio Troll.

Gotthard había viajado hacia el Norte durante más de siete días antes de toparse con la menor resistencia. Había visto grupos de criaturas deformes en el horizonte, pero estas nunca habían intentado aproximársele. Oía sus gritos ululantes y muchas veces estos atraían a más criaturas de las sombras. Pero parecían contentarse con estudiarlo. Porqué, no lo sabía, pero decidió no prestarles ninguna atención mientras no se convirtieran en una amenaza.

Poco después de haber avistado las criaturas llegó a un gran monolito, una piedra tallada por una mano titánico, inscrita con sellos y advertencias que parecían refulgir en la cada vez mayor oscuridad. De algún modo Gotthard sabía que la losa tenía una importancia vital para él. Se sentía extrañamente atraído hacía ella, como si formara un papel predeterminado en uno de los dramas del gran teatro de Altdorf. Tenía que saber lo que estaba escrito en el monolito, incluso si esto le costaba su alma.

Pero el monolito no estaba desprotegido.

Una enorme criatura surgió de la tosca capilla que se alzaba junto al tallado pilar. La tierra tembló bajo sus pezuñas mientras gigantescos músculos se movían bajo su gruesa piel. Unos gigantescos cuernos se alzaban en espiral sobre su cabeza y en sus manos portaba un hacha que probablemente pesaba tanto como su caballo. Gotthard reconoció la criatura de los grimorios: era un Minotauro, una gigantesca blasfemia contra la naturaleza, un cruce entre un gran toro y un hombre.

Sin embargo, pese a su brutal apariencia, en sus ojos rojos brillaba la inteligencia. La endiablada astucia de un animal combinada con el ingenio de un hombre."Sigue siendo medio hombre, precisamente como yo", pensó Gotthard. Sacudiendo la cabeza, regresó a la realidad, eso si este reino formaba parte de los límites de la cordura. Forzando su voz para que mantuviera la calma, Gotthard habló.

"Deseo estudiar las inscripciones de la piedra ¡Échate a un lado bestia!"

Un gruñido apenas comprensible surgió de las fauces del Minotauro.

"Todos aquellos que no sepan cambiar han de perecer. Sólo el Elegido podrá encontrar el camino".

Entonces, arrojando un ululante grito de batalla levantó su titánica hacha y se lanzó a la carga. Gotthard cerró su visor y espoleó a Validus, su caballo de guerra, para que avanzara al galope. Ambos se arrojaron contra el otro, hombre y bestia, uno soltando el grito de batalla de la Reiskguard, el otro bramando y mugiendo en la oscura lengua del Caos.

Se golpearon casi simultáneamente. La lanza de Gotthard empaló el hombro izquierdo del Minotauro, y el mango de la lanza se partió con la fuerza del impacto. Encabritándose, Validus golpeó con ambas pezuñas, golpeando el cráneo del Minotauro. Pero la gigantesca hacha del Minotauro llegaba casi tan lejos corno la lanza de Gotthard, y su golpe era increíblemente rápido. Gotthard intentó girarse sobre la silla, pero era demasiado tarde. El hacha golpeó el escudo de Gotthard y la enorme fuerza del impacto hizo saltar el escudo de su mano y su brazo quedó inerte.

Ignorando su propia herida, el Minotauro empleó su mano libre, y el enorme puño, de un tamaño tres veces la cabeza de Gotthard, lo arrojó de la silla. El Caballero chocó fuertemente contra el suelo, le faltaba el aire, y por un momento Gotthard pensó que perdería la conciencia.

Con un rugido que helaba la sangre el Minotauro arrancó la punta de acero de la lanza. Lamiendo la sangre que resbalaba por su brazo, la criatura, arrojó la lanza rota al suelo, asió su hacha y se volvió de nuevo hacia Gotthard. Lo miró con ojos inyectados en sangre, baba carmesí espumaba de su boca. Todo vestigio de cordura había desaparecido del rostro del medio hombre. Era la muerte encarnada. Gotthard o el Minotauro, no importaba quién, pero uno de los dos tenía que morir.

La bestia rugiente se abalanzó contra el caballero caído, que rodó a un lado. La gran hacha golpeó contra una piedra allí donde apenas un instante antes había estado la cabeza de Gotthard, y la sorprendente fuerza del Minotauro se volvió contra sí mismo. La hoja del hacha se melló y el mango se partió en dos como una rama seca. Con un enorme esfuerzo, Gotthard se reincorporó y tambaleó hacia su caballo para sacar su espada de la vaina que colgaba de la silla. En cuanto sus manos aferraron la empuñadura de la espada sintió cómo dos brazos poderosos se cerraban alrededor de su pecho. Su armadura crujía mientras era levantado por encima de la cabeza del Minotauro. Sus costillas empezaron a chirriar. Pero sus manos todavía aferraban la espada. Con toda la fuerza que pudo reunir, Gotthard bajó la espada. Ésta golpeó al Minotauro en el cuello, cortando músculos, cercenando nervios y tendones, y quebrando huesos. Un grito de furia, ira y dolor rasgó el aire. En cuanto el Minotauro cayó, Gotthard chocó contra el suelo y sintió como el mundo giraba y se oscurecía.

Cuando Gotthard despertó no se veía al Minotauro por ninguna parte.

Quejándose de dolor, Gotthard volvió a levantarse, y se tambaleó hacia el monolito para estudiar la superficie tallada. A pesar del dolor tenía que ver las inscripciones inmediatamente, corno si estuviera obligado a hacerlo por la mano del destino. Gotthard se percató de que los sellos formaban una imagen. Vio un caballero, y el emblema sobre su escudo era el de un Grifo rampante; el emblema personal de Gotthard. El excaballero de la Reiksguard estudió las antiguas inscripciones y aunque no era ningún experto, seguramente databan de algún siglo olvidado. Y sin embargo, sin lugar a dudas, el caballero esculpido en la piedra era él. Un escalofrío recorrió la espina dorsal del caballero, y de nuevo notó algo más. El extraño sentimiento de haber pertenecido siempre a este lugar.

Los días fueron pasando y Gotthard siguió cabalgando hacia el norte. Allí reinaba la oscuridad eterna. No había lugar para el hombre mortal, sólo aquellos que se habían consagrado a la oscuridad podían viajar a salvo. Sin embargo, Gotthard sentía que todavía podía elegir. Se encontraba al borde mismo de la locura. Ésta era su última oportunidad de echarse atrás y volver a la civilización. Podía cabalgar hasta Tilea o a las tierras de los Reinos Fronterizos y ofrecer sus servicios como soldado a una de las incontables bandas de mercenarios del Viejo Mundo. Era rápido y fuerte, bien versado en la táctica y estrategia. Con un poco de suerte podía ganar rápidamente fama y fortuna, y pronto lideraría su propio contingente mercenario. Durante un largo período mantuvo a Validus en su sitio, y tras pensárselo bien espoleó el caballo hacia delante, hacia el norte y hacia la oscuridad.

Quizás fue en su imaginación, pero estaba seguro de haber oído una risa sardónica en el frío y susurrante viento, mientras se alejaba cabalgando.

El día y la noche dejaron de tener sentido para él. La oscuridad eterna de los Desiertos del Norte sólo era iluminada por las extrañas luces que emanaban del lejano Norte. Cada vez que Gotthard parpadeaba, el paisaje parecía cambiar sutilmente. Cuando intentaba enfocar sus ojos en algún elemento característico del paisaje, éste parecía escapar de su vista, y puntos que él pensaba que le costaría minutos alcanzar se alejaban de él, por mucho que se esforzara en intentar alcanzarlos.

El agua no bastaba para saciar su sed. Ansiaba algo con sustancia, algo con lo que todavía no era capaz de asociar un nombre. Ya no sentía necesidad de dormir. Se sentía completamente despierto. Sus sentidos eran mucho más agudos de lo que siempre había considerado posible. El hambre ya no le preocupaba. Se sentía fuerte, saludable y rápido. Más fuerte y más rápido de lo que había sido jamás.

Validus, su caballo de guerra, también había cambiado. Sus dientes se habían afilado, y ya no se encabritaba atemorizado cuando las inmundas criaturas de los desiertos se le aproximaban. En vez de ello, los ojos de Validus refulgían rojos en la eterna oscuridad de los Desiertos del Caos. La piel de la bestia también se había vuelto mas oscura, y su lengua era tan áspera corno la lija y se había vuelto larga y bífida. Ya no restregaba su morro contra el rostro de Gotthard, sino que simplemente se mantenía callado e inmóvil mientras no estaban cabalgando.

El viento no terrenal de los Desiertos del Caos estaba plagado de sonidos que le recordaban sus buenas y malas acciones, combatiendo por su vida y por su alma. Pero una voz era más fuerte y ahogaba a todas las demás.

"Sé fuerte..." ,oía decir, "sólo los fuertes son bienvenidos".

"¡Soy fuerte!", respondió Gotthard. "¡No temo a nada!" Una risa burlesca fue la única respuesta.

"¡Entonces muéstramelo, galante caballero! ¡Demuestra tu bravura!", dijo la voz suavemente.

Repentinamente, sobre el horizonte una nueva forma gigantesca se recortó en la oscuridad. Era un portal enorme que se erguía al final de una larga hilera, de escalones. Era un altar de proporciones titánicas erigido por los gigantes en el albor de los tiempos, cuando el mundo era joven y los Dioses del Caos fijaron su mirada por primera vez en él, deseando dominarlo, sobre todas las cosas. No pudo seguir avanzando.

En el cielo bailaban las llamas, formando los trazos de runas fantasmales, muy similares a las que había visto en los grimorios del templo de Sigmar, escondidas y fuera del alcance de los plebeyos. Pero, como parte de su formación, había aprendido a descifrarlas. Leyó en voz alta el mensaje del cielo: "¡Akhso Khaos Khwearr. Khaos Limmbar Menthar!" entonces desmontó, y comenzó a subir los escalones. Fue subiendo más y más, más y más alto cada vez, hasta que el aire se enfrió y las nubes se arremolinaban muy por debajo de él, y sin embargo, a pesar de su armadura, no sentía la menor fatiga.

En lo alto de la escalera Gotthard miró a su alrededor. Había llegado al final de su viaje. El portal de la cima parecía estar hecho de plata bruñida, y reflejaba las danzantes luces del Reino el Caos. Gotthard se hallaba en pie ante el portal, y miró la imagen en el espejo. Un joven y hermoso templario vestido con reluciente armadura, que llevaba una espada bruñida con el bendito corneta de doble cola inscrito en su empuñadura lo miraba fijamente. Esto era lo que Gotthard podía haber sido. Algo que había perdido para toda la eternidad.

De repente la imagen del espejo habló: "¡Soy el Guardián, el defensor de la humanidad! ¡Y vos sois una abominación!" El reflejo salió del portal, alzó su espada trazando el saludo del caballero, y a continuación cargó contra Gotthard.

El ataque fue tan rápido que Gotthard apenas tuvo el tiempo de defenderse. Desde el primer golpe Gotthard supo que le iba la vida en ello. Nunca anteriormente se había enfrentado a ningún hombre qué pudiera enfrentarse con él de igual a igual en un combate a espada. Pero este guerrero de más allá del portal-espejo era tan rápido, fuerte y hábil como él. Intercambiaron golpes, atacando, esquivando y bloqueando, mientras daban vueltas uno alrededor del otro, observándose. Ahora uno de ellos lanzaba un ataque con una velocidad cegadora, ahora el otro lo detenía con la misma destreza.

De repente, Gotthard sintió el sinsentido de todo aquello. ¿Por qué se afanaba tanto en defenderse cuando no le quedaba nada que defender? Pero en vez de abandonar sonrió, alzo su espada y volvió a cargar.

Ambos guerreros impactaron a su adversario. La espada del templario atravesó su armadura, clavándosela profundamente entre las costillas. Pero la espada de Gottbard separó la cabeza del templario de sus hombros.

Mientras el cuerpo del templario blanco caía desangrándose rápidamente. Gotthard se derrumbó sobre sus rodillas. Su sangre vital escapaba por los huecos de su armadura. Estaba muriéndose. Había llegado tan cerca. Pero ahora moriría en paz... ¡NO! Tenía que llegar hasta el amargo final. Agonizante, se arrastró lentamente hacia el portal dejando un rastro de sangre detrás de si. Ahora la plata del espejo no reflejaba ninguna imagen, sólo el baile de las llamas de los Desiertos del Caos coloreaban su superficie.

Gotthard tocó la superficie del espejo. Podía ver que su propia muerte lo esperaba al otro lado. Mientras el mundo giraba volvió a oír la voz.

"¡SOLO PUEDE ENTRAR UNO! LA SENDA SE ENCUENTRA MÁS ALLÁ DE ESTE PORTAL ¿SOIS EL ELEGIDO?"

Por última vez. Gótthard tuvo un pinchazo de culpabilidad por última vez recordó su vida pasada ¿Pero qué tenía que le impulsara a regresar? Ya no le quedaba nada. Finalmente se arrastró a través del portal-espejo.

Lo atravesó un dolor desgarrador, como lanzas de puro fuego blanco. Lo que quedaba de su cordura fue barrido por un océano de dolor. Gotthard gritó de agonía mientras sentía cómo lo desgarraban unas zarpas más abrasadoras que el fuego del infierno y más frías que el vacío, desgarrándole, separando la carne del hueso, arañando su propia alma. Entonces toda sensación y sentimiento lo abandonó.

Gottharcd, el hijo de Graf Heydrich de Reikland, había dejado de existir. El Paladín, del Caos se alzaba altivo frente al espejo. Se giró sobre sí mismo para estudiar su nueva forma.

El pálido reflejo del espejo mostraba un rostro bastante diferente del rostro del joven caballero que había dejado Altdorf hacía tantos meses. Dos ojos, resplandecientes como joyas multifacéticas, ardiendo con un fuego interior, lo miraron. Su armadura estaba recubierta de retorcidas runas fantasmales que refulgían en la oscuridad de los Desiertos del Caos. Su espada brillaba con una luz azulada, y parecía lamentarse a medida que se movía, mientras su forma cambiaba con cada movimiento.

Gotthard comenzó a reírse, porque ahora podía ver el porqué. Alzó su espada, blandiéndola en desafío a la humanidad, a todo aquello que una vez le había sido querido. Su risa se convirtió en un gritó de odio y venganza.

"¡Volveré!", gritó, con su voz siseante de malicia. "¡Puesto que ahora ya sé la verdad!".

ControversiasEditar

En el Liber Chaotica aparece este relato pero modificaron el nombre de Gotthard por el de Aekold Helbrass.

FuenteEditar

  • Suplemento: Paladines del Caos, 5ª Edición.

¡Interferencia de bloqueo de anuncios detectada!


Wikia es un sitio libre de uso que hace dinero de la publicidad. Contamos con una experiencia modificada para los visitantes que utilizan el bloqueo de anuncios

Wikia no es accesible si se han hecho aún más modificaciones. Si se quita el bloqueador de anuncios personalizado, la página cargará como se esperaba.

También en FANDOM

Wiki al azar