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Gran Guerra contra el Caos

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A lo largo de su historia, el Viejo Mundo ha sido testigo de muchas guerras y ha soportado y sobrevivido a innumerables peligros. Los frágiles reinos humanos han hecho frente y han derrotado a todas y cada una de estas amenazas, pero cada nuevo peligro surge con más fuerza que el anterior y la victoria sobre cada nuevo atacante tiene cada vez un coste más elevado. De todas las guerras que han existido, sólo una es conocida como la Gran Invasión o, como la llaman los hombres del Viejo Mundo, la Gran Guerra contra el Caos.

Un periodo de presagiosEditar

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Durante el verano del año imperial 2301, se sucedieron una serie de portentos del desastre que auguraron malos tiempos a lo largo y ancho de las tierras del Imperio. Se hablaba de pozos que durante generaciones habían suministrado agua a pueblos enteros y que de repente se secaron o se desbordaron con sustancias viscosas, fango nocivo, sangre y ponzoñas.

El ganado y demás animales de granja sucumbieron a virulentas enfermedades y moría o engendraron monstruos aullantes. Incluso se dice que a los peces les crecieron alas y salieron volando de los ríos, y que se vieron cerdos que se levantaron apoyándose sobre sus patas traseras, comenzaron a caminar como las personas y gritaban con voces humanas con toda su energía dañando los oídos de los humanos. Los cultivos se marchitaron por el intenso calor o fueron devorados por plagas de insectos, muchos de los cuales miraban lascivamente las caras humanas. Pocos dudaron que el Imperio estaba bajo una maldición, ya que ¿quién a parte del Señor de las Plagas, el más asqueroso de los Dioses del Caos, el propio Nurgle, podría ser el responsable de todas estas desgracias?

Mientras el Imperio languidecía, en los Desiertos del Caos se libraba una gran guerra por la dominación. De entre las muchas tribus de los kurgan, los kul emergieron como fuerza dominante, en gran parte debido a los esfuerzos de Asavar Kul el Ungido. Desde hacía muchos años, la figura de este poderoso jefe tribal había demostrado ser un guerrero capaz y un gran líder entre los suyos, por lo que había ido ganando predominancia entre las tribus de bárbaros del norte, hasta llegar a ser el más poderoso campeón del Caos de su era. Durante años su tribu vagó por las Tierras Sombrías, librando guerras contra tribus rivales y sometiendo a sus líderes a su voluntad. Su ejército creció, y pronto se convirtió en la mayor potencia del norte. Los relatos de este paladín cuentan que en su mirada ardía la luz de los dioses oscuros, y que su armadura lacada en rojo emitía un fulgor malévolo.

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Para el general de los Kurgan, el Imperio del hombre estaba lo bastante débil y listo para ser conquistado. El Imperio no solo fue desgarrado por las mejores plagas del Padre Nurgle, sino que también acogió la corrupción y la decadencia del adorador secreto de Slaanesh. Cuando los nobles del Imperio satisficieron sus vicios e hicieron uso de sus insignificantes rivalidades, las fuerzas del Caos se hicieron más fuertes. No había una autoridad central para enfrentarse a ellos, ya que la línea de emperadores había acabado violentamente y las tierras de los humanos del Viejo Mundo se dividieron en condes electores enfrentados entre sí.

Las huestes del Caos deambularon sin dirección por Kislev y Nordland, llegaron incluso hasta la lejana Altdorf, la joya de la corona del Imperio. De modo que Asavar Kul se unió a su gente y se prepararon para la guerra. Parecía que los cuatro grandes Dioses del Caos, por primera vez, hubieran olvidado su eterna rivalidad para unirse en pos de un proyecto común, la subyugación del mundo mortal. Era bien sabido que el poder del Caos había crecido durante los años anteriores.

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Kul contaba con el favor de todos los Dioses del Caos. Con cada victoria, más huestes de guerra se unían a su estandarte, engrosando sus legiones hasta que estuvo preparado para reclamar el trofeo que le aguardaba en el sur. Fue así que el Ungido apareció con una horda tan inmensa que parecía que una marea de armas cubría la tierra.

Desde el norte soplaron los vientos de la magia, creciendo en intensidad durante los días próximos a la tercera centuria del segundo milenio, saturando todas las tierras con el poder bruto del Aethyr. Por todo el Viejo Mundo las muchas criaturas del Caos se multiplicaron y se volvieron más temerarias; emergieron de las profundidades de los bosques y descendieron de las cimas de las montañas, saqueando y quemando pueblos y aldeas. Estas incursiones podrían haber sido detenidas fácilmente en sus inicios si los Condes Electores se hubieran aliado para rechazarlas. Pero en su arrogancia y desconfianza mutua, no lo hicieron. Y así, los ataques del Caos crecieron hasta convertirse en guerras.

La unión del PoderEditar

Asavar Kul Adrian Smith.jpg

El primer trabajo de Kul tuvo lugar en el lejano Norte. Pudo sentir en su alma que las puertas que dividían ambos mundos iban absorbiendo energía y se agrandaban con su poder, por lo que se apresuró a presenciar su gloria. Kul sabía que los verdaderos hijos de los Dioses del Caos sentirían el mismo impulso que él.

En el lejano norte los Portales del Caos latían henchidos con energías irrefrenables, exhalando la oscura sombra del Aethyr para que se vertiera sobre el mundo. La energía del Caos empezó a deslizarse hacia el Sur, engullendo los desiertos y absorbiéndolos al Reino del Caos. Antes de esta imparable marea, se reunieron los subordinados del Caos, y Kul los lideró a su voluntad. Bajo su mando se unieron numerosas tribus de bárbaros del norte y grupos errantes de Guerreros del Caos. Las fuerzas del Caos iban creciendo a medida que la sombra del Caos iba desplazándose hacia el Sur.

A Kul se le unieron bandas de bestias mutantes procedentes del Territorio Troll, y toda clase de monstruos infernales que seguían sus pasos, arremolinandose bajo el estandarte de Kul, atraídas por el señuelo inconfundible del poder puro. Las huestes demoníacas cruzaron el velo del Reino del Caos y marcharon a su lado, sustentados por las constantes oleadas de magia fresca que los bañaban, abriendo paso a esta irresistible oleada. En lo más profundo de los bosques del Imperio, los Hombres Bestia se reunían y se disponían para la guerra, para unirse a las fuerzas del Ungido.

Dirigiendo a sus ejércitos, Kull atravesó la Tierra del Gran Cráneo, donde vendió esclavos a cambio de maquinaria bélica demoníaca fabricada por las manos expertas de los enanos del Caos. Luego se dirigieron hacia el Paso Elevado, en el que reunieron más hordas de hombres bestia y ogros dragón y los incorporaron a su causa. Entre el Paso Elevado del norte de Praag y las Montañas Centrales, emergió una horda impía tan grande que sus estandartes taparon el horizonte, dispuesta a obedecer la voluntad de los Dioses del Caos.

Todo se desmoronaEditar

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La situación alcanzó, su apogeo en verano del año imperial de 2301. Por todas las tierras del Imperio se observaron funestos presagios de desastre.

Miles de hombres habían muerto por la hambruna y las plagas y enfermedades del verano anterior la plaga. Un flujo constante de refugiados se agolpaba en las superpobladas ciudades. Granjas, aldeas y pequeños pueblos periféricos fueron abandonados a los bárbaros grupos invasores de Hombres Bestia, Guerreros del Caos y bandidos, y los que quedaron rezagados se convirtieron en comida para los voraces hombres bestia.

Una flota del Caos navegó por el Mar de las Garras, arrasando la costa y hundiendo todo barco con que se encontraba. Guerreros de las tierras de Norsca y de más allá, empujados hacia el sur por la creciente marea del Caos en sus propios reinos, asolaron las costas del Imperio y de Bretonia, y se vieron huestes de los Elegidos del Caos de negra armadura incluso tan al sur como Hochland y Middenland. En sus correrías, los grupos de Guerreros del Caos llegaban hasta las Colinas Aullantes, al Norte de Altdorf, llegando incluso a pisar la sombra de las murallas de la ciudad.

En el Norte, los Hombres Bestia del Bosque de las Sombras se habían multiplicado y surgiendo de los bosques para conquistar las tierras que los hombres denominaban Ostland y Ostermark. Incluso en las más prósperas regiones que rodeaban las ciudades de Nuln y Altdorf, las cosas no iban nada bien. Los monstruos y Hombres Bestia infestaban el bosque de Reikland y muchas embarcaciones fueron atacadas y quemadas mientras remontaban el río Reik. El comercio se detuvo casi por completo, pues los canales fluviales se volvieron demasiado arriesgados para el transporte de mercancías, lo que incrementó el número de muertes por inanición.

Flagelantes y Sacerdote Guerrero Karl Kopinski.jpg
Para empeorar la situación, no existía ninguna autoridad centralizada que pudiera oponerse a ellos, ya que la línea de sucesión Imperial hacía mucho tiempo que se había extinguido, y las tierras del Imperio estaban divididas entre los Condes Electores. La desunión y la necedad de los señores imperiales de aquellos días oscuros y terribles permitió que las interminables y feroces hordas de orcos y goblins, sirviendo involuntariamenre como vanguardia de los ejércitos del Caos, saquearan las fronteras del Imperio sin ninguna oposición, tras haber sido empujados hacia el oeste por el creciente poder del Caos.

Aquellos tiempos oscuros fueron caldo de cultivo para fanáticos. La gente creyó que se acercaba el fin del mundo. En las oscuras y sinuosas calles de las ciudades, los fanáticos religiosos y los profetas apocalípticos auguraban desesperación y destinos funestos, viendo la muerte en todas las cosas; y predicaron sus extrañas formas de redención. Muchos ciudadanos ordinarios del Imperio, atrapados en medio de tanto horror y derramamiento de sangre, desesperaron y les escuchaban, haciendo caso del dogma y, creyendo que había llegado el fin del mundo, se unían a los grupos de flagelantes y apocalípticos que no querían seguir viviendo. Muchos recurrieron con fervor a los dioses como última esperanza de salvación, y los cultos del Imperio (en especial el culto de Sigmar) adquirieron más y más poder conforme el aterrorizado populacho llenaba sus templos.

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Pero incluso aunque innumerables millares se encomendaron a los dioses, muchos otros (los desesperados y los proscritos) hallaron solaz en el abrazo de los dioses más antiguos y oscuros. A pesar del edicto que prohibía la práctica de la hechicería, día tras día se denunciaban cada vez más usuarios de magia a las autoridades. Los servidores locos de los dioses del Caos supieron que había llegado su hora y emergieron de sus escondrijos en todos los pueblos y ciudades del Imperio, aprovechando la oportunidad para asumir el control. La desprevenida milicia de estos desafortunados pueblos no tuvo posibilidad alguna contra el retorcido fanatismo y los aliados demoníacos de los servidores oscuros. Los ciudadanos capaces huyeron de sus hogares; los que quedaron atrás fueron cazados en las calles como animales.

A consecuencia de ello, grupos de flagelantes rondaban por el campo, atacando a agentes del Caos e inocentes por igual. Entretanto, los cazadores de brujas actuaban descontrolados por toda la región, asesinando a miles de personas en nombre de Sigmar. Centenares de inocentes fueron quemados en la hoguera o ahogados, a pesar de que muchos adoradores secretos y otros agentes del Caos fueron descubiertos, erradicados y asesinados por los fanáticos.

Y durante todo aquel tiempo, los ejércitos de Asavar no cesaron de crecer.

Un horizonte OscuroEditar

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La horda del Caos continuó reuniéndose en las tierras cercanas al Territorio Troll. Cada día que pasaba, sus miembros aumentaban más y más. Dicen que era el ejército más grande que nunca se haya reunido para una guerra en en toda la historia del Viejo Mundo. Hay quien calcula que reunió más de cien mil guerreros, mientras otros aseguran que sus efectivos eran dos o tres veces más numerosos. Este temible ejército marchó hacia el sur, dejando un rastro de ruinas por dondequiera que pasaba.

Antes de que las hogueras de la horda se hicieran más numerosas que las estrellas en el oscuro cielo y las pirámides de cráneos llenas de sangre salpicaran la tierra, los Dioses del Caos siguieron recibiendo sacrificios. Kul parecía llevar la bendición de cada uno de los hermanos de la oscuridad, unidos en la subyugación de los reinos mortales. Se dijo que el ejército que logró reunir Asavar Kul fue el más grande de todos los que marcharon a la guerra en el Viejo Mundo.

En Kislev, el reino humano situado más al Norte y bastión contra las tierras del Caos, el nerviosismo del Zar Alexis aumentó cuando sus exploradores le informaron de la congregación de centenares de miles de efectivos dispuestos a atacar sus tierras. En su desesperación por conseguir ayuda, envió peticiones de ayuda al Sur, suplicando que le apoyaran, antes de que llegara el día en que la horda fuera tras él.

Pero la respuesta fue confusa y rayaba en el pánico. No se había escogido a ningún líder, pues ninguno confiaba en los demás lo suficiente para cederle el poder. Los sumos sacerdotes de Sigmar y Ulric discutían entre sí para ver quién debía asumir el control total, mientras que la mayor parte de la nobleza se negaba a ayudar por miedo a que sus vecinos atacasen sus tierras en su ausencia. Algunos incluso llegaron a Creer que era una causa perdida y comenzaron a adorar abiertamente a los dioses oscuros con la esperanza de apelar a su misericordia una vez derrotado el Imperio. Solo uno respondió a su petición de ayuda.

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El mensaje llegó a Wolfenburgo, donde aún resistía el Conde Bavaric de Ostland. Las tierras del conde habían sido devastadas por los Hombres Bestia y él era un enemigo acérrimo de los vástagos del Caos que llevaba muchas cicatrices de sus anteriores batallas contra los Poderes Oscuros. Durante los años anteriores había estado luchando (y perdiendo) una guerra contra los hombres bestia. El Conde consideraba a los Dioses del Caos como sus más encarnizados enemigos, y su odio hacia el Caos eclipsó toda preocupación e inmediatamente respondió a la petición de ayuda.

Pasó menos de una semana antes de que liderara su menguado ejército hacia el Norte para unirse al Zar y ofrecer sus espadas en la lucha contra la tormenta que se avecinaba, con una sombría determinación en su corazón. Pero estuvo solo, pues el Imperio estaba demasiado paralizado por la locura como para responder.

Mientras tanto, el Imperio seguía sumido en la anarquía. Los Hechiceros del Caos continuaban surgiendo de sus escondites y dirigiendo a grupos de enloquecidos adoradores en un intento de derrocar a los gobernantes locales.

Sin embargo, pronto asomaría un rayo de esperanza.

En medio del horror y la angustia de aquellos tiempos convulsos, mientras el Imperio se preparaba para una invasión a gran escala, apareció un nuevo líder: un noble de Nuln llamado Magnus von Bildhofen, quien más tarde pasaría a ser conocido como Magnus el Piadoso.

Una señal en el cieloEditar

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Para la llegada del otoño hasta las más grandes capitales del Imperio se 'habían sumido en la anarquía. En Nuln, un poderoso aquelarre de hechiceros de Tzeentch emergió de las sombras y lideró bandas de aullantes sectarios y demonios contra las fuerzas de las fatigadas autoridades. Altinos hombres, llevados al borde de la locura por la inanición, el derramamiento de sangre y el terror, se sometieron a lo que percibíais como el inevitable reinado del Caos, juraron lealtad a los Dioses Oscuros y se unieron a los hechiceros, volviéndose contra sus propios hermanos y hermanas. Los cazadores de brujas, sacerdotes y predicadores se esforzaron al máximo por reunir a la gente contra estos seguidores de la Vieja Oscuridad, y estalló la guerra abierta en las calles.

Acurrucado en alcantarillas y casas quemadas, el aterrorizado pueblo rezaba por su salvación, rezaba por recibir alguna señal que les indicara que no se enfrentaban solos a la oscuridad concentrada. Casi exactamente dos mil trescientos años después de la muerte de Sigmar Heldenhammer, las plegarias de la gente parecieron ser escuchadas. Apareció una señal en el cielo nocturno: un cometa de doble cola, el antiguo símbolo del divino padre fundador del Imperio, atravesó los cielos con ardiente gloria. Pero ¿qué significaba esta señal?

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La respuesta llegó en la forma de un feroz muchacho destinado al seminario del culto de Sigmar en la ciudad de Nuln. Su nombre era Magnus, el hijo menor de una familia noble. El joven noble comenzó a predicar en Nuln. Gracias a su gran previsión, sus apasionados discursos, la fuerza de su brazo, su inquebrantable devoción por el Culto de Sigmar y por qué todavía creía en el sueño de un Imperio unido lo bastante fuerte como para vencer a los ejércitos del Caos, consiguió reunir una gran masa de simpatizantes.

Magnus era un orador magnífico, cuyos inspirados discursos generaron una gran cantidad de seguidores entre los habitantes comunes y corrientes del Imperio. Con una combinación de entusiasmo,sentido común y fervor, logró convencer a los habitantes de Nuln de renunciar a la oscuridad que atenazaba su ciudad y unirse a él en su cruzada para salvar a su amada tierra. Lo primero que hizo fue conducir a la victoria a su ejército de seguidores sobre los adoradores de los dioses oscuros, haciendo pedazos el poder del aquelarre de hechiceros y purgando hasta al último de ellos de su ciudad.

Magnus marchó hacia el Norte de ciudad en ciudad, hablando a la gente en las plazas de los mercados, y enardeciendo sus corazones de tal manera que no tardó en verse acompañado por un ejército como hacía siglos que no se veía. Pero el odio y la desconfianza de mil años de guerra eran imposibles de ignorar, y muchos se negaron a escucharle, especialmente los resentidos cultos. Sin embargo, pese a que ellos condenaron a Magnus, sus dioses le apoyaron.

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En Altdorf, el Gran Teogonista le acusó de herejía; pero cuando los Templarios de Sigmar le hubieron atado a una estaca para quemarlo en la hoguera, resultó imposible prender las llamas, ni siquiera empapándolas en aceite. En 2302 llegó a Middenheim, donde el culto de Ulric ridiculizó al predicador y el Ar-Ulric lo acusó de fraude; como respuesta, Magnus caminó a través de la Llama Eterna, demostrando que gozaba del favor del Dios de la guerra. Cuando Magnus llegó a Talabheim, los taalitas le ordenaron que se marchase, pero desde el bosque de Taalgrunhaar tronaron los aullidos de los lobos, un rey de los ciervos que lucía la marca de un martillo blanco en su pelaje apareció en el templo de Taal. Cuando Magnus habló en Marienburgo y los manannitas se burlaron de su guerra extranjera, el mar bulló; se dice que el mismísimo Tritón nadó por entre las islas. Dondequiera que fuese, el infatigable Magnus pronunciaba discursos sobre la guerra, sobre la amenaza que se cernía sobre ellos, sobre la necesidad de ayudar a Kislev antes de que fuera demasiado tarde, y los dioses respondieron.

Muchos Condes Electores y los Burgomaestres eran políticos sagaces y supieron ver en Magnus a un líder poderoso, que les podía hacer ganar mucho prestigio y control político si le daban su apoyo; pero la mayoría reconocieron en Magnus al líder que todos ellos estaban dispuestos a seguir, por lo que dejaron a un lado sus diferencias, se comprometieron a ayudarle.

Al poco tiempo las tropas de los Condes Electores y las órdenes de caballería del Imperio se unieron a la milicia ciudadana de Magnus, de modo que para cuando marchó hacia el norte, se habían convertido en el ejército Imperial más grande jamás reunido, mayor incluso del que reuniera Sigmar hace siglos.

Sangre en la nieveEditar

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El otoño dio paso al frío invierno en las tierras del Norte, y el ejército del Caos empezó su larga marcha hacia el Sur. La fuerza invasora, tan numerosa que era como un mar de espadas agitándose entre las estepas, pronto llegó a las afueras de Kislev. Esta fuerza fue divisada por exploradores kislevitas que rápidamente dieron la señal de alarma. Reforzado por los soldados del Conde Elector de Ostland, la totalidad del ejército de Kislev se dirigió al norte para interceptarlos sin demora, aunque en el fondo de sus corazones sabían que eran demasiado pocos para detener al enemigo. Las dos gigantescas fuerzas se enfrentaron en algún lugar entre los asentamientos kislevitas de Murmagrad y Chazask.

El ejército de Kul no solo era más numeroso que el de los aliados, sino que los regimientos de élite de los soldados de a pie eran imparables. Sin embargo, los kislevitas lucharon como osos furiosos defendiendo sus guaridas. La Legión del Grifo realizó una carga de caballería, sus estandartes de plumas resplandecían en el sol invernal; colapsaron uno de los flancos de Kul y, durante un momento, la esperanza rezumó en los ojos de Zar. Pero conforme los cielos se ennegrecían, la esperanza se iba extinguiendo.

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Los rumores eran ciertos, criaturas de antes del amanecer del hombre marcharon al lado de Kul. Un remolino de luz y con el trueno como heráldica, el titánico Shaggoth, conocido corno Kholek Comesoles retronó en el fragor de la batalla. Kholek irrumpió en la refriega liderando una horda de Ogros Dragón, y la Legión del Grifo fue dispersada ante la furia de la antigua y legendaria bestia.

Las fuerzas del Caos volvieron a asaltar, esta vez con el propio Kul a la cabeza portando su mortífero par de hachas de combate. Su ferocidad era terrible de contemplar. Kul machacó a los hombres de caballería y a los soldados de a pie, incluso derribó al gran oso Urvitch, de quien se decía que era el principal espíritu de Kislev. En el transcurso de una hora, la nieve bajo sus pies se derritió y se transformó en sangre, llena de restos de los soldados de Kislev y Ostland.

Pocos hombres sobrevivieron a la batalla para poder informar al Conde de Ostland y al Zar de Kislev. La horda del Caos se detuvo solo para hacer monumentos a sus Dioses Oscuros en las montañas de la muerte, y levantaron pirámides de cráneos en el nombre del Señor de la Batalla. La temible hueste asoló todas las tierras del Norte del territorio del Zar, antes de dirigirse al sur por las faldas de las Montañas del Fin del Mundo.

Los kislevitas creyeron que el embravecido río Lynsk, ahora a punto de desbordarse, obligaría a las fuerzas del Caos a cruzarlo por los puentes. Los ejércitos del Tzar se prepararon para defenderlos hasta el final, incluso bloquearlos. Pero los hechiceros de Kul dirigieron a sus seguidores para echar al río los cadáveres de la masacre del día anterior y desataron toda la furia de su magia impía. Logrando que las aguas del río se tiñeran de rojo y se espesaran con sangre, congelándose una vez más en primavera.

La vanguardia de elegidos de Kul cruzó el helado río Lynsk al día siguiente; miles de armaduras crujían sobre la dura corteza del hielo ensangrentado con un terrible compás. Pese a la fiera resistencia presentada, los últimos restos del contingente de Imperiales y Kislevitas, fueron rodeados y aniquilados rápidamente en los puentes del río Lynsk. Ahora nada se anteponía ante Kul; más allá del Lynsk estaban las tierras principales de Kislev y la bulliciosa ciudad de Praag. Lo peor de la masacre aún estaba por llegar.

El Asedio de PraagEditar

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Enfrentados a una destrucción prácticamente segura, los habitantes de Praag prepararon su ciudad para el inevitable asedio. Miles de habitantes de los alrededores de la ciudad huyeron hacia ésta para cobijarse en la protección que ofrecía, inundándola y trayendo consigo todo el ganado que pudieron salvar y plantando las cosechas que pudieron dentro de los muros de la ciudad. Pero no era suficiente porque, aunque estaba atestada de gente, la ciudad estaba también llena de refugiados de la invasión de Kul, por lo que muchos muriendo de hambre. Puesto que los valientes ciudadanos tenían hambre y se encontraban en unas condiciones muy débiles, fueron presa fácil para los terribles regalos de Nurgle, el Señor de las Plagas. La enfermedad se propagó por la ciudad como un reguero de pólvora y no importaba dónde hubiera cadáveres aquejados por la plaga porque las calles estaban llenas de muerte.

La horda del Caos acampó a las afueras de las defensas de la ciudad. Se formó una segunda ciudad fuera de los muros de Praag, una ciudad de tiendas de madera, piel desgarrada y acero dentado. Desde aquí, los atacantes realizaron incursiones ocasionales, lideradas por los guerreros de Khorne que no pudieron esperar para empezar la masacre, pero sin intentar realmente tomar la ciudad. El mismísimo Kul, el estratega, no intentó asediar la ciudad hasta que la pestilencia hiciese su trabajo. Los habitantes de Praag sobrevivieron a los ataques de los histéricos ejércitos de hombres del Norte, esperando que enviaran a alguna fuerza que les diera apoyo. La gente luchó lo mejor que podía, pero apenas si lograban repeler a los invasores tras cada nuevo asalto. Les llegaron rumores del surgimiento de un nuevo y heroico líder en el Sur, un dechado de virtudes entre los nobles llamado Magnus, el cual se dirigía hacia el Norte, conduciendo un gran ejército hacia el lugar para destruir a las fuerzas del Caos y salvar su ciudad.

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En efecto, durante las semanas y meses siguientes, el rebaño de Magnus de Nuln era cada vez mayor y más fuerte. Magnus reunía cada vez más viejomundanos mediante su tenacidad y devoción absolutas hacia Sigmar.

Había congregado un ejército de todo tipo de hombres: leales devotos a Sigmar y a otros cultos diversos, fanáticos de mirada enloquecida, ciudadanos ordinarios que abrigaban un odio extremo hacia el Caos y soldados profesionales de los ejércitos de las provincias. Las vestimentas brillantes de las tropas estatales del Imperio se podían ver junto a los trapos andrajosos de la hueste sigmarita. Un extenso ejército de hombres marcharon hacia el Norte para intentar parar el asedio que ahogaba la vida de la ciudad de Praag. Tal era su tamaño que Magnus se vio obligado a dividirlo en dos fuerzas, pues ningún territorio era capaz de suministrar suficiente bebida y comida para abastecer a todas aquellas tropas juntas.

El primero de los ejércitos, formado en su mayor parte por lanceros kislevitas sedientos de venganza y caballeros hambrientos de gloria, cabalgó a toda velocidad hacia Praag con la intención de deponer el asedio. El segundo ejército, liderado por el mismo Magnus, marchó hacia la ciudad de Kislev con la esperanza de poder obtener víveres en la capital antes de seguir adelante. Mientras las tropas viajaban al norte, se les unió un inesperado aliado: Teclis, el más sabio de todos los magos Altos Elfos, que había oído hablar de la lucha de los Hombres contra el enemigo común y había decidido poner su increíble magia a disposición de Magnus.

La desesperación de MagnusEditar

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A pesar del enorme ejército que se estaba formando en torno a Magnus, la esperanza era un lujo escaso en aquellos ominosos días, y pese a su gran fe en el poder de Sigmar y la fuerza de la unidad imperial, la desesperación se abrió un hueco en el corazón de Magnus.

Todos los días leía informes traídos por escoltas o desatados de las patas de palomas mensajeras. Cada uno de estos informes narraba historias horribles y describía la terrible magnitud de las fuerzas de pesadilla desplegadas contra él. Anotó en su diario de guerra (que en la actualidad está guardado en la biblioteca privada del Emperador en el Palacio Imperial) que aunque en el fondo de su serte preguntaba si, aunque los buenos hombres y mujeres del imperio podían prevalecer sobre cualquier enemigo mortal, lo conseguirían frente a los monstruos y demonios del Caos.

Magnus sabía que necesitaba aliados que le ofrecieran lo que les faltaban sus ejércitos. Tras incontables siglos evitando el Viejo Mundo, dos mil y un años después de la muerte de Sigmar, casi exactamente trescientos un años antes de la Incursión del Caos, los elfos de Ulthuan habían regresado a las tierras del hombre y entablado relaciones con el Imperio.

A lo largo de los tres siglos posteriores los altos cargos de la sociedad imperial descubrieron que muchas de las leyendas sobre los supuestamenre míticos elfos eran realmente ciertas. Entre ellas estaban las historias acerca de la naturaleza mágica de esta antigua raza. Magnus escribió en su diario que, aunque era reacio a dio, supo que no le quedaba otra opción que pedirle ayuda al pueblo de Ulthuan.

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Mantuvo en secreto sus dudas para todos excepto para su viejo amigo y más íntimo confidente, Pieter Lazlo, y le pidió que navegase por la ruta de comercio a Lothern en Ulthuan, la única ciudad a la que los Elfos habían permitido el paso a los humanos. Lazlo debía portar una carta de Magnus en la que informaba al Rey Fénix de Ulthuan de la aciaga situación en la que se encontraba el Viejo Mundo y suplicaba su ayuda. Lazlo izó velas desde Marienburgo con una tripulación cuidadosamente escogida a bordo del barco Esperanza de Sigmar (su propia tripulación lo llamaba Esperanza vana).

El barco afrontó peligros desde el comienzo. El tiempo era el peor que se ha dado en la historia, y el capitán de puerto marienburgués les rogó que no zarpasen, pues temía que se hundirían aun antes de llegar a mar abierto. Pero Lazlo y su tripulación sabían que si no se arriesgaban a morir en alta mar lo harían con total seguridad y más horriblemente cuando las fuerzas del Caos arrasaran el Imperio. Partieron.

El Ojo de la TomentaEditar

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Unas salvajes tormentas sacudieron su navío al cruzar el Mar de las Garras y adentrarse en el ominoso Mar del Caos. En él, una ola tan alta como las murallas de Altdorf les partió el palo mayor, y mientras se esforzaban en repararlo la nave se desvió varias leguas de su rumbo. Finalmente, un lamentable y maltrecho barco entró renqueando en el puerto de Lothern con una tripulación debilitada por la desnutrición y el escorbuto. La visión que contemplaron sus ojos no contribuyó a enaltecer su decaído ánimo.

Navegaron más allá del gran faro de la Torre Resplandeciente y vieron que la inmensa estructura blanca había sido oscurecida por el humo de gran parte del millar de lámparas rotas. El estrecho de Lother estaba atestado de los restos destrozados de navíos naufragados otrora elegantes y de los cuerpos abotargados de los ahogados. El navegante elfo que subió a bordo para guiarlos a través de la formidable fortificación de la Puerta Esmeralda le dijo a Lazlo que Lothern había sobrevivido a un gran asedio roto tan sólo pocos días antes. Los elfos oscuros, dijo el navegante con rostro adusto, habían regresado a Ultiman una vez más y sus ejércitos y aliados demoníacos todavía asolaban los pueblos y el campo tierra adentro.

Al oír estas noticias el corazón de Lazlo dio un vuelco. ¿Podría el Rey Fénix ofrecer su ayuda al Imperio si su propio pueblo se hallaba bajo asedio? Cuando su barco llegó al formidable muelle de Lothern, pudo ver al ejército de Ulthuan congregándose para marchar hacia el norte.

Como representante del Imperio, Lazlo fue escoltado a presencia de los emisarios del monarca de Ulthuan. La explicó todo lo que pudo sobre la situación del Viejo Mundo y les entregó la carta sellada que Magnus le había confiado. Los emisarios llevaron las noticias y la carta de Lazlo ante Finubar, el Rey Fénix, que se hallaba en su cámara de guerra discutiendo con el archimago Teclis y su hermano Tyrion, el paladín de la Reina Eterna, la estrategia a seguir.

Una Plegaria respondidaEditar

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Aunque el rey Finubar era consciente de los peligros que debería arrostrar Ulthuan si el Viejo Mundo caía bajo los poderes y fuerzas del Caos, sabía que no podía prescindir de tropas para enviarlas de regreso con Lazlo. Los elfos oscuros habían arrasado Ulthuan casi por completo, y si no se les expulsaba su pueblo caería. Teclis, oyendo la llamada del destino, se ofreció voluntario para ir al Viejo Mundo con Lazlo y ayudar en cuanto pudiera a los humanos. Sabía que si las naciones del hombre eran conquistadas por los dioses del Caos, Ulthuan las seguiría inevitablemente. Y así fue como Teclis respondió a la súplica de Lazlo, y junto a dos de sus hermanos magos de la Torre Blanca de Hoeth, los señores del saber Yrtle y Finreir, se unieron a la suerte de Magnus y los ejércitos humanos.

Lazlo llevó a los archimagos a la ciudad-estado imperial de Talabheim, donde Magnus había reunido más tropas para la causa. Los siglos de experiencia y el sabio consejo de Teclis demostraron ser inestimables para Magnus desde el principio. Aunque Magnus se sintió decepcionado porque Lazlo no había logrado traer consigo una fuerza militar, Teclis le explicó que la fuerza de las armas no bastaría por sí sola para detener el avance del Caos.

Teclis y sus hermanos señores del saber expusieron a Magnus la necesidad de que los humanos aprendieran a emplear la magia sin riesgos para poder combatir a los enemigos aethíricos a los que se enfrentarían en las semanas y meses venideros. Sigmarita devoto, Magnus sintió grandes dudas al oír las palabras del archimago, pero confiaba en su instinto y creía que no había maldad en los elfos que tenía ante él. Lo que es más, habían vivido siglos más que él, y casi parecían exudar un aura palpable de sabiduría. Si decían que podían enseñar a los humanos sensibles a la magia a utilizarla para derrotar a los secuaces de los dioses oscuros, entonces no podía desechar un poder tan valioso; no con aquello a lo que debían enfrentarse.

El Consentimiento de MagnusEditar

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De este modo, Magnus accedió. Hizo que los señores del saber prometieran que si alguno de sus alumnos humanos mostraba el más leve indicio de corrupción, sus archimagos lo destruirían. Con un tono que provocó un escalofrío en todos los presentes, Teclis declaró que, al margen de tal promesa, cualquier criatura impura que se acercase a los señores del saber sería aniquilada más completamente de lo que cualquier humano podría comprender. Magnus no dudó de sus palabras.

Y así fue como la influencia de los archimagos alteró el curso de la guerra del Viejo Mundo contra el Caos.

Con la autoridad y el permiso de Magnus y el apoyo más reacio de sus subordinados, la primera y puede que más profunda medida de Teclis y sus hermanos magos consistió en ofrecer la amnistía a todos los hechiceros vulgares y pueriles que existían en el Imperio en aquella época y en encontrara todos los que les fue posible.

Escoltas al galope corrieron la voz por todos los confines del Imperio a los que pudieron llegar, ofreciendo perdón total y adiestramiento a todo aquél de quien se supiera o sospechara que poseía una afinidad o capacidad para la magia. Algunos experimentaron sueños extraños, un impulso de viajar a Altdorf, como si se vieran obligados por alguna fuerza. Allí, si se sometían al juicio y entrenamiento de Teclis y accedían a luchar en la guerra que se aproximaba, no serían dañados por las demás autoridades y agentes del Imperio. Estarían bajo la protección de Teclis y del Gran Unificador, Magnus de Nuln.

La Purga de TeclisEditar

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Las increíbles habilidades y profunda sensibilidad de los magos élficos a los movimientos del Aerhyr les permitieron sentir hasta el más mínimo conjuro de los más mediocres hechiceros humanos que hubiese en leguas a la redonda, pudiendo así detectar magos potenciales por sí solos.

Mediante sus conocimientos arcanos los elfos pudieron recorrer las tierras del Imperio a velocidades sobrenaturales y descubrir a muchos de los practicantes de magia primitivos o descarriados que se habían visto obligados a vivir en la clandestinidad. Pero también hubo otros que se encaminaron a Talabheim por voluntad propia y que se entregaron a la autoridad de Magnus con angustiada esperanza. Sin apenas pausa, Teclis y sus dos compañeros erradicaron a todo brujo corrompido más allá de toda redención posible.

Teclis dejó tranquilos a los sacerdotes y clérigos de los cultos del Imperio, a pesar de haber percibido en muchos de ellos una gran aptitud para la magia. Los hombres y mujeres santos del Imperio sostenían firmemente que no tenían poder ni deseo alguno de manipular la magia e insistían en que los milagros que provocaban sus oraciones provenían directamente de la deidad a la que adoraban. Se dice que tales afirmaciones divertían a los señores del saber Yrtle y Finreir, pero que Teclis se limitó a asentir y lo dejó estar. Los sacerdotes a los que se habían dirigido ya podían emplear la magia mediante fe y rituales sin necesidad de aprender la hechicería arcana que Teclis les ofrecía. El gran archimago no vio razón alguna para sembrar la duda en sus corazones insistiendo en el tema.

Teclis y sus hermanos magos comenzaron a instruir a sus estudiantes humanos en las artes de la hechicería, para horror y desaprobación de las muchas órdenes templarios del Imperio, sobre todo de los cazadores de brujas. De hecho, a gran parte del pueblo y de las autoridades imperiales tradicionales les horrorizaba que se permitiera a los hombres abrazar las artes brujescas. Pero Magnus, la Voz de Sigmar, Gran Unificador del Imperio y última esperanza contra las hordas del Caos, había ordenado que así fuera. Magnus contaba con el apoyo del Teogonista y de los Electores, por lo que los cazadores de brujas tuvieron que reprimirse.

El Don el conocimientoEditar

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De este modo, los más vulgares practicantes de la magia y aquellos con un dominio ligeramente más refinado de artes secretas y no demasiado corruptas (aprendidas en tierras lejanas o mediante la experimentación personal) estudiaron las bases de los saberes arcanos que Teclis y sus colegas magos tenían que impartidos. El tiempo estaba en su contra, por lo que Teclis, Finreir e Yrtle les enseñaron hechizos ofensivos simples: bolas de fuego, relámpagos y sonidos que dañaban los oídos. Pero también les enseñaron conjuros para curar a los heridos en el campo de batalla y otras habilidades similares que les fueran de utilidad contra las temibles legiones de los dioses oscuros.

De entre los muchos alumnos de los señores del saber, hubo dos que sobresalieron por encima de todos los demás, y a día de hoy sus nombres todavía se recuerdan con respeto y temor: el impulsivo Friedrich von Tarnos, deshonroso comandante de los grandes espaderos de Carroburgo y futuro primer patriarca del Colegio Brillante de la Magia, y por supuesto el más poderoso e instruido de todos los alumnos de Teclis, el hombre a quien la historia conoce como Volans. Junto a sus mentores señores del saber, estos dos hombres jugaron un papel vital junto a los demás hechiceros imperiales novatos a la hora de derrotar a los ejércitos de los dioses oscuros y limpiar al Imperio de la mancha del Caos.

La Caida de PraagEditar

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A pesar de que las huestes de Magnus avanzaban al norte para salvar la ciudad, su avance era lento y cada día que pasaba la gente de Praag se hacía más débil. Cuando la fe abandonó sus corazones, la plaga llegó a más ciudadanos; las creaciones de Nurgle no prosperaban en vano.

Cuando la plaga estaba en su máximo esplendor, Kul cambió su táctica, paralizó el asedio y realizó un ataque a gran escala. Las defensas exteriores de la ciudad, aunque eran suficientes para detener hasta al guerrero del Caos más fuerte, no fueron un obstáculo para los monstruosos aliados de Kul. El shaggoth Kholek abrió una gran grieta en los muros de la ciudad con un martillo más viejo que la raza del hombre mientras rugía de triunfo, a la vez que los Guerreros del Caos entraban.

Finalmente, después de una encarnizada batalla en las calles de la ciudad, Praag cayó en el invierno del 2.302. Asavar empleó todo su ejército para destruir la ciudad. La orgía de violencia que tuvo lugar en las calles de Praag atrajo la mirada de los cuatro Dioses Oscuros. Triunfaron sobre los defensores, tomando la ciudad en nombre de sus blasfemos amos.

Asavar Kul dirigió a sus hechiceros para que hicieran un ritual de una magnitud increíble en las ruinas del templo de invierno del dios Ulric, para implorar a Tzeentch por su ayuda. El gran poder del Caos pronto se extendió por la tierra. Magnus llegó tarde, una fuerza avanzada de su élite de caballería estaba a un día de camino de la ciudad, pero ya no era de utilidad.

El Caos había triunfado.

La Ciudad de los CondenadosEditar

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Con la caída de Praag, los Hechiceros de efectuaran el ritual que le habían ordenado y, cuando alcanzó su punto culminante, un gran huracán negro sopló desde el Reino del Caos. Procedente Fuera del portal del Caos, atravesó hirviendo el Territorio Troll y penetró en el Norte de Kislev hasta llegar a Praag, donde recorrió sus calles aullando y gruñendo. El Reino del Caos siguió al viento, absorbiendo las tierras de los hombres y transformando todo lo que tocaba. Las calles de Praag se doblegaron ante su poder.

Los hombres y la piedra quedaron retorcidos, formando gárgolas horripilantes y grotescas esculturas vivientes. Todos los seres vivos se fundieron y se reformaron en el interior de la estructura de la propia ciudad en parodias de pesadilla hechas de piedra. Las almas encarceladas en el tormento chillaban desde las retorcidas paredes de la ciudad. Los pilares gemían con las voces que una vez pertenecieron a aquellos que anteriormente habían estado vivos. Los desfigurados rostros intentaban ver más allá de los muros y suplican morir, mientras los miembros agonizantes se retorcían saliendo del pavimento. Praag se había transformado en una pesadilla viviente, una prueba de lo que le esperaba al resto del Viejo Mundo bajo el gobierno de los Dioses del Caos.

Hubo unos pocos hombres que lograron escapar de la destrucción infernal de Praag escabulléndose por las líneas del asedio mientras los ejércitos del Caos se preparaban para marchar al Sur de nuevo. Estos supervivientes llevaron la noticia de la caída de Praag a la ciudad de Kislev donde el Zar había entrenado a marchas forzadas su nuevo ejército, formado por jóvenes, viejos y débiles para luchar, informando de todo lo que habían presenciado. Dicen que cuando Magnus de Nuln se enteró de la derrota de Praag, se le llenaron los ojos de sangre y prometió a Sigmar que vengaría todos los horrores que acontecieron ese día.

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Tras la caída de Praag, la horda del Caos prosiguió su avance hacia el Sur, dejando atrás a las tropas de avanzadilla de Magnus sin ni tan sólo darse cuenta de que lo había hecho. La hueste de caballería de Magnus pronto llegó a la damnificada ciudad de Praag, donde los guerreros, muchos de los cuales eran kislevitas, fueron testigos del horror que habían padecido sus habitantes. No permanecieron en la ciudad, sino que, con gesto abatido, se dirigió rápidamente hacia el Sur, tras la horda del Caos.

La caballería imperial se encontró rápidamente con la retaguardia del ejército del Caos, una horda indisciplinada de bestias y de malditos, formada en su mayor parte por rezagados y haraganes, Hombres Bestia que al discutir con sus rivales habían sido dejados atrás. Los guerreros humanos derrotaron a la cruel fuerza con una ferocidad derivada de la rabia. Fue una pequeña victoria, pero una victoria al fin y al cabo. Mientras tanto, el principal grupo de la horda del Caos continuó avanzando hacia las tierras de Kislev, inconscientes de que el ejército humano estaba detrás de ellos. Al Oeste, la hueste de Sven Mano Ensangrentada llegó al puerto de Erengracio y lo incendió después de una sangrienta lucha.

Más al Sur, mientras la caballería de Magnus avanzaba hacia Praag, el principal ejército del Imperio se dirigió a Kislev, liderado por el propio Magnus. Aunque estas tropas todavía tenían la esperanza de llegar a Praag, necesitaban provisiones para poder seguir avanzando. Magnus esperaba obtener allí todos los avituallamientos necesarios, y nuevas tropas para proseguir su avance hacia el Norte. Llegaron a la ciudad de Kislev justo a tiempo de ver cómo la horda del Caos rodeaba la ciudad.

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El ejército se desplegó alrededor de las murallas de la ciudad de Kislev, con sus negros estandartes ondeando al viento en las colinas de alrededor. Podían verse los estandartes de los cuatro Dioses del Caos allí donde habían acampado sus Paladines. Los Guerreros y los Caballeros del Caos aguardaban en apretadas filas, esperando la señal de avanzar, y en sus miradas había una mezcla de odio y deleite por arremeter contra los muros de la ciudad humana. Los hechiceros se mantenían detrás de ellos o se escabullían entre las tropas montados en bestias de una apariencia indescriptiblemente cruel. Los ruidosos Hombres Bestia estaban reunidos alrededor de los estandartes de sus propios comandantes, relinchando y bramando por la excitación. Los Monstruos y muchos Trolls se agolparon en la periferia de la horda, rugiendo ante la perspectiva de la masacre que se avecinaba. En medio de la maloliente multitud sobresalían seres gigantescos de amplias y feas caras, pero no era posible determinar si eran criaturas mortales o Demonios del Caos.

La batalla subsiguiente fue conocida como la Batalla de las Puertas de Kislev.

La Batalla a las Puertas de KislevEditar

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En el interior de la ciudad, el Zar Alexis organizó las defensas y tomó el mando de su nuevo ejército. El ejército kislevita, precipitadamente entrenado y mal equipado, pero con una valentía provocada por la desesperación, se preparó para rechazar el asalto del Caos.

El AsedioEditar

Junto a ellos había muchos Enanos de la gran fortaleza del Pico Eterno, la ciudad enana de Karaz-a-Karak, liderados por el Gran Rey Alriksson. A pesar de los continuos problemas existentes que había en el reino montañoso de los Enanos, la vieja alianza entre hombres y Enanos era muy fuerte; aunque mucho menores en número, los Enanos que habían venido a ayudar a Zar eran los guerreros mejor preparados de su raza. Estos formidables guerreros soportaron el peso de la batalla durante el asalto inicial, y sin duda fue su imperturbable determinación la que salvó la ciudad de la perdición.

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Durante el primer ataque del Caos, Kul ordenó atacar a sus aliados monstruosos y demoníacos. Mediante un furioso asalto que compensó su falta de disciplina con un salvajismo desenfrenado, las viles criaturas expulsaron a los kislevitas de las defensas exteriores rápidamente construidas. El ejército Kislevita se retiró tras los muros de la ciudad. Los últimos en llegar a un lugar seguro fueron los Enanos, cuya retaguardia llevó a cabo una valerosa actuación al cubrir la retirada enfrentó a los Hombres Bestia, manteniendo a raya a los monstruos el tiempo suficiente para que los humanos se pusieran a salvo.

Mientras Kul y sus comandantes se preparaban para el segundo asalto a la ciudad, el ejército de Magnus llegó a las afueras del campamento del Caos. Las tropas imperiales eliminaron rápidamente a los pocos seguidores del Caos que aún quedaban allí, y muy pronto el ejército del Caos tuvo conocimiento de la nueva amenaza que tenía a su espalda.

Mientras los sigmaritas llevaban a cabo su sangrienta venganza, el aire se llenó de rugidos inhumanos y de dolor. Rápidamente, Kul llamó a sus señores para que le dieran apoyo y dividió su horda en dos; una parte continuaría con el asalto a la ciudad mientras la otra daba media vuelta para enfrentarse a la nueva amenaza.

La Llegada de MagnusEditar

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Magnus descubrió que la ciudad ya estaba bajo el cruel asedio del siniestro ejército de Asavar Kul, y que los únicos defensores que se les oponían eran unos pocos Kislevitas y un contingente de Enanos de Karaz-a-Karak. Enormes monstruos alados y espantosos Demonios asolaban las almenas de forma constante, mientras que bestias cornudas gigantes asaltaban los portones y las murallas acompañados por hordas de guerreros enfundados en pesadas armaduras. Los defensores no aguantarían mucho más, y Magnus sabía que si la ciudad caía el Imperio sería sin duda la siguiente víctima.

Marchando junto a los soldados comunes, Magnus ordenó de inmediato que sus guerreros alzaran los estandartes y cargaran. El ejército del Caos, concentrado como estaba en los defensores que seguían atrapados tras las murallas, fue tomado por sorpresa por el inesperado ataque. Los regimientos de tropas estatales abrieron una importante brecha en la hueste del Caos, apoyados por las andanadas de sus Ballesteros y Arcabuceros. La artillería de Nuln, que se contaba entre las primeras unidades que se habían unido al estandarte del grifo de Magnus, fue desplegada en posiciones elevadas desde las que tener visión clara de todo el campo de batalla, y una vez allí empezaron a causar verdaderas estragos en las fueras del Caos.

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Por su parte archimagos elfos y sus alumnos humanos mostraron su disposición a derramar su propia sangre en defensa del Imperio. La magia de Teclis, sus compañeros Yrtle y Finreir y sus aprendices inmolaron a regimientos enteros de Engendros del Caos así como a docenas de Quimeras y Mantícoras.

El ataque de Magnus fue como un martillazo justiciero del propio Sigmar. Atacó antes de que el ejército del Caos pudiera reagruparse adecuadamente, derrotando a un gran contingente de monstruos, engendros y Hombres Bestia que acababan de retirarse de la línea del frente. Las criaturas se acobardaron al ver el ejército humano, y no opusieron demasiada resistencia antes de dar media vuelta y huir. El avance de Magnus penetró profundamente en las líneas del ejército enemigo. Miles de tropas del Caos fueron degolladas sin que las fuerzas del Caos pudieran hacer nada por detener el furioso avance de Magnus. Los regimientos de Guerreros del Caos, Caballeros del Caos y Ogros Dragón resultaron hechos añicos por el intenso fuego de los cañones..Pero aun así, las fuerzas de los Dioses Oscuros presionaron para detener el furioso avance de Magnus.

La batalla iba bien para Magnus, y la victoria parecía segura, pero Asavar Kul era un gran líder y reorganizó a sus tropas para el contraataque. Aunque Magnus había derrotado a miles de tropas, el ejército del Caos contaba con muchos miles más. Sorprendido por el repentino ataque contra su retaguardia y debido a su enorme tamaño, el ejército del Caos tardó mucho tiempo en redesplegarse, pero finalmente su superioridad numérica empezó a hacerse sentir.

Se detuvo el avance del ejército imperial y Magnus pronto se vio rodeado, ya que su avance inicial le había llevado directamente al ejército del Caos, pero el muro de acero contra el que ahora se enfrentaba era impenetrable. El ejército del Imperio no tenía otra opción que replegarse formando un círculo defensivo. Estaban rodeados de Guerreros del Caos fornidos con sus espadas, paladines de un centenar de tribus que se acercaban para desafiar a los líderes del ejército de Magnus. Los terroríficos Demonios aniquilaban a regimientos enteros usando sus afiladas garras y sus poderosas espadas mágicas, mientras que los hechiceros malignos liberaban potentes y ancestrales conjuros. Teclis, junto a sus compañeros y alumnos, hizo frente a los hechiceros del Caos en una serie de enfrentamientos mágicos que hicieron arder los cielos con crepitantes y letales energías.

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Los habitantes de Kislev miraban asombrados desde los muros de la ciudad. Al principio, las esperanzas de los kislevitas estaban por las nubes y enviaron más ayuda cuando vieron que las monstruosas tropas los habían hecho retroceder hacia la ciudad huyendo en todas direcciones. Posteriormente, los vítores se convirtieron en silencio al ver cómo el ejército de Magnus parecía lento y torpe. Temiendo que sus salvadores fueran aniquilados ante sus ojos, los Enanos de Karaz-a-Karak marcharon hacia la puerta sur y cogieron sus martillos y hachas más devastadoras. Los Enanos intentaron romper el cerco para ayudar a Magnus y atacaron a sus torturadores, pero las tropas del Caos que rodeaban Kislev formaban la vanguardia personal de Kul, e incluso el Enano más experto no podría resistir contra los guerreros de élite de Kul. Este último luchó con la rabia de Khorne, decapitando a Enanos barbaslargas con sus hachas. Los Enanos sufrieron muchas bajas y menos de la mitad volvió con vida a la ciudad.

Con la amenaza de Magnus controlada y los Enanos derrotados, las fuerzas del Caos volvieron a centrar su atención en Kislev. Bajo el mando de Kul, la élite de los ejércitos del Caos se dirigió hacia la parte delantera de la horda y los que estaban en las almenas se dieron cuenta de que la próxima intención de ésta era tomar la ciudad. Se reunieron las mejores unidades del Caos para arremeter contra la ciudad: Guerreros del Caos, elegidos, Señores del Caos en Mantícoras, tres hechiceros (cada uno de ellos montados en un terrorífico dragón del Caos con dos cabezas) y Ogros Dragón, criaturas enormes y poderosas despertadas por la tormenta del Caos. Los kislevitas y enanos se prepararon para dar su vida, y enviaron plegarias silenciosas a sus camaradas para vengar la caída de la segunda ciudad kislevita en la misma semana.

Ataque desde un nuevo FrenteEditar

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Cuando las torres de asedio del ejército de Kul llegaron a los muros de la ciudad, la batalla dio un giro inesperado. La fuerza de avance de caballería de Magnus, la misma fuerza que había llegado a Praag demasiado tarde para salvar la ciudad, llegó al flanco norte del ejército del Caos. La caballería no solo incluía tropas imperiales, sino también muchos jinetes kislevitas procedentes de las estepas, con el recuerdo de los horrores de Praag todavía fresco en sus mentes. Aparecieron tras un montículo (que desde entonces pasaría a ser conocido como "Colina de los Héroes"), galoparon colina abajo con las lanzas en posición. Con una gran ferocidad, la hueste de caballería se hundió en las líneas del Caos, que empezaron a hacerse añicos con una rabia increíble.

Magnus y su fuerza principal habían llegado a una pequeña colina donde resistieron el constante ataque de los Bárbaros, Hombres Bestia y guerreros del Caos. Por cada guerrero del Caos caído, se derrotó a una docena de hombres. Magnus enseñó su mandíbula, preparado para una última batalla, cuando, desde su elevada posición, vio la repentina confusión en las filas de la retaguardia de la horda del Caos. Le invadió la alegría cuando vio que su caballería había vuelto del Norte. Las tropas del Caos oyeron el clamor de la batalla que venía desde atrás y empezaron a flaquear. Aunque estaba mental y físicamente exhausto, Magnus se quedó en su silla y animó a sus hombres a realizar el último ataque.

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Mientras tanto, en las almenas de la ciudad, los defensores supervivientes fueron testigos del ataque de la caballería contra las hordas del Caos y vieron como las fuerzas oscuras empezaban a debilitarse. El Zar Alexis sintió que la victoria aún era posible si actuaba rápidamente y con valentía. Las puertas de la ciudad se abrieron y todos los soldados salieron corriendo y atacaron a sus asaltantes. Los Enanos efectuaron un gran juramento de venganza y se lanzaron decididamente hacia el ejército del Caos. Sus enormes hachas causaron una gran mortandad mientras gritaban sus viejos gritos de guerra en idioma Khazalid.

Magnus aprovechó aquella desesperada oportunidad para liderar a los hombres del Imperio en un último esfuerzo por alcanzar la gloria. En este último asalto Magnus logró matar a Asavar Kul en combate singular, aplastando con ello la moral de la hueste. Hay quien dice que el apoyo de los dioses se había esfumado en un momento crítico; otros, que Kul fue traicionado por una espada de sus propios camaradas. La naturaleza de su muerte fue algo irrelevante, puesto que sin nadie que dirigir el ejército las fuerzas del Caos empezaron a desmoronarse.

Sea como fuese, atrapada entre tres frentes, la antes indisciplinada horda del Caos se convirtió en una masa de aullidos y gritos. Los Hombres Bestia fueron derrotados en todas partes, huyendo de un sitio a otro, y no consiguiendo reorganizarse, puesto que solo se oía una cacofonía de chillidos y gritos de guerra que hacía imposible el mando. Los guerreros del Caos siguieron combatiendo imperturbablemente a pesar de todo, pero no eran lo suficientemente numerosos como para luchar en todos los frentes. Lentamente, el ejército del Caos empezó a ser derrotado.

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Las perplejas hordas del Caos no pudieron resistir el súbito empuje de los tres ejércitos combinados y desfallecieron, huyendo en estampida en todas direcciones ante a la furia del ejército humano. Muchas de ellas fueron atrapadas y destruidas mientras huían. Los Kislevitas enloquecieron de furia al contemplar la destrucción que había sufrido Praag, y con la ayuda de sus igualmente iracundos aliados masacraron por completo a lo que quedaba de la hueste de Asurar Kul.

El ejército del Caos quedó defenestrado: decenas de miles de sus guerreros perdieron la vida mientras trataban de escapar, y a medida que sus brujas y hechiceros eran ajusticiados sin compasión, la terrible energía mágica que había mantenido a los Demonios en el mundo real se disipó haciendo que dichas criaturas explotaran en densas nubes de sangre y de moscas.

Antes del anochecer, las hordas del Caos fueron destrozadas y diezmada. Los muertos podían contarse por millares. El final había estado cerca y, aunque habían muerto casi todos sus habitantes, la ciudad de Kislev permaneció intacta.

El Viejo Mundo se había salvado, y el Reino del Caos se encogía de nuevo hacia el helado norte.

Un Nuevo amanecerEditar

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Después de la Batalla a las Puertas de Kislev, la contaminación del Caos que había en el aire empezó a desaparecer rápidamente. Los Demonios se desvanecieron de nuevo en el Reino del Caos, azuzados por los brutales hechizos que les lanzaban Teclis y sus estudiantes humanos. La oscuridad se volvió a retirar de la tierra. El Imperio ayudó a Kislev a arrasar completamente la ciudad de Praag y se volvió a construir, aunque desde entonces ha estado maldita, una ciudad embrujada donde la muerte no descansaría fácilmente.

Magnus el Piadoso, como se le conoció posteriormente, fue proclamado Emperador de los reinos de la humanidad y volvió a unificar el Imperio. Durante su mandato las provincias se unieron bajo una misma autoridad por primera vez desde hacía siglos. Si los Condes Electores de la época tenían alguna duda sobre la coronación del noble inferior de ojos oscuros y antiguo seminarista, desde luego se los callaron. El pueblo del Imperio había escogido a su líder y no lo privarían de él.

Los bosques se limpiaron de bárbaros y Hombres Bestia y los rincones de Ostland y Ostermark quedaron totalmente libres de su presencia. Las fuerzas del Caos, dispersadas y sin un verdadero líder, se dirigieron al Territorio Troll y más allá. La Gran Guerra del Caos había llegado a su fin.

Por su contribución en la Guerra, la nueva ralea de magister fue aclamada como los salvadores del Imperio junto al propio Magnus. Todos ellos sufrieron graves heridas durante aquella guerra terrible, y ni siquiera los elfos se libraron de ello. Tanto Teclis como Finreir resultaron heridos varias veces y el propio señor del saber Yrtle cayó en combate, decapitado por la garra de un demonio del Caos aun habiéndolo incinerado con las llamas que emanaban de sus manos. Fue enterrado en Ostermark con todos los honores. Pero fue después de la guerra, cuando Magnus ya había expulsado al enemigo de las tierras de los hombres y fue aclamado como nuevo Emperador, cuando el nuevo Emperador llevó a cabo su acción mas significativa.

Magnus pidió a Finreir y Teclis que ensenaran las secretos de la magia a los humanos. El nuevo Emperador había observado lo importante que esta había sido para rechazar la invasión del Caos y quería añadir otra arma al arsenal de la humanidad. Al principio, Finreir se resistió. Los Elfos y los Hombres se habían enfrentado anteriormente y podían volver a hacerlo. Teclis lo vio de otra forma. El creía que al ayudar a los Hombres a protegerse del Caos, se formaría una valiosísima muralla de contencion contra las fuerzas de la oscuridad. Finalmente prevalecieron las tesis de Teclis y se establecieron las Escuelas de Magia. El mismo Teclis fue profesor de muchos magos humanos y trascurrieron mas de veinte años antes de que regresara a su hogar. En su trabajo como maestro llegó a apreciar a la raza de los hombres; sin embargo, vio en ellos tanto magnificas posibilidades como una gran amenaza de que con el tiempo pudieran llegar a superar a la raza de los Elfos, que estaba en irremediable declive.

Negros presagios para el futuroEditar

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Tras finalizar la Gran Guerra contra el Caos, la alianza de los Dioses del Caos también llegó a su fin y sus rivalidades volvieron a aparecer. Quizá los Dioses Oscuros estuvieron satisfechos con el resultado de haber probado las defensas de la humanidad, o simplemente se alegraron del derramamiento de sangre y la carnicería, ya que sus verdaderos intenciones son difícilmente comprensibles.

En los doscientos años que han transcurrido desde entonces, las fuerzas del Caos han seguido reagrupándose en los Desiertos del norte. En el interior del Imperio, los adoradores del Caos han reemprendido su secreta labor de infiltración y corrupción, sembrando las semillas para otra invasión.

Mientras los dioses oscuros buscaban a su próximo paladín. No tuvieron que esperar mucho. Poco después de la Gran Guerra, un templario de Sigmar entró en las cámaras que hay bajo el Templo de Sigmar y leyó las profecías de Necrodomo el Loco. Aquellas palabras distorsionaron su mente y le hicieron enloquecer. Juró lealtad a los dioses oscuros y prometió que destruiría el Imperio y al culto de Sigmar.

En la actualidad, el Caos sigue preparándose por todos lados para su siguiente intento de arrancar el control del Viejo Mundo de las manos de los señores mortales.

FuentesEditar

  • Libro de ejército: El Caos (4ª edición).
  • Libro de ejército: Reino del Caos (5ª edición).
  • Libro de ejército: Hordas del Caos (7ª edición).
  • Libro de ejército: Guerreros del Caos (8ª edición).
  • Libro de ejército: El Imperio (7ª edición).
  • Libro de ejército: El Imperio (8ª edición).
  • Libro de ejército: Altos Elfos (7ª edición).
  • Warhammer Fantasy JdR: Herederos de Sigmar (2ª Ed. Rol)
  • Warhammer Fantasy JdR: Tomo de Corrupción (2ª Ed. Rol)
  • Warhammer Fantasy JdR: Tomo de Salvación (2ª Ed. Rol)
  • Warhammer Fantasy JdR: Reinos de la magia (2ª Ed. Rol)

Spotlights de otros wikis

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