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Guerra contra el Caos

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Los graznidos de pájaros exóticos y el zumbido omnipresente de los insectos llenaban el humeante aire de la selva. De vez en cuando, a lo lejos, el aleteo nervioso y los gritos de un pequeño grupo de pterosaurios, que se alimentaban de los restos de un anciano y gigantesco cocodrilo muerto, rompían la monotonía de los sonidos de la jungla. Los pterosaurios hundían sus picos una y otra vez en el cuerpo sangrante del cocodrilo. Un sonido parecido al rugir de un trueno hizo que temblase el suelo y provocó que un ruido cacofónico se escapara entre las copas de los árboles. Las aves empezaron a chillar alarmadas y los monos aullaron para alertarse unos a otros del peligro mientras saltaban de rama en rama. Los pterosaurios también se asustaron y alzaron el vuelo rápidamente. El retumbar creció, acompañado ahora del sonido de troncos de árboles quebrándose. Con un gruñido emitido desde lo más profundo de su garganta, el carnosaurio apareció en escena destrozando las ramas de los árboles milenarios y atrapando bajo sus patas a pequeños animales que intentaban huir de él.

Ignorando las ramas y enredaderas que caían sobre su cabeza y cuerpo y cubierto por duras escamas, el viejo Kroq-Car cabalgaba por la selva a lomos del poderoso Grymloq. El peligroso carnosaurio, sobre el que había batallado durante casi seis siglos, lanzó un mordisco hacia los pterosaurios que huían volando. Sin hacer apenas esfuerzo, el depredador capturó a una de las criaturas aladas con sus mandíbulas y se la trago entera. Kroq-Car levantó la cabeza y emitió un rugido. Grymloq le respondió con un bramido que se oyó en toda la selva, ahora en silencio, y que pretendía avisar a todos sus habitantes de que el rey había salido de caza. Kroq-Car agitó su gran lanza por encima de la cabeza, satisfecho del miedo que transmitía y a sabiendas de la matanza que iba a acontecer entre los intrusos que se habían atrevido a penetrar en sus dominios.

Una cresta de color verde oscuro asomó sigilosamente en la superficie del pantano seguida de un par de ojos amarillentos. Tenoqual asomo su cabeza un poco por encima del nivel del agua. Pestañeó y sus ojos vieron todo lor-que se extendía por encima de las aguas. En la orilla cercana había unas sombras oscuras; supo enseguida que se trataba de su odiado enemigo. La brisa trajo hasta su nariz el corrupto hedor que emanaba de estos seres. Tenoqual había estado acechando a este enemigo durante cinco ciclos solares esperando el mejor momento para atacar. Y este era ese momento.

El enemigo estaba atravesando la parte embarrada de la ciénaga. Sus pesadas armaduras estaban llenas de suciedad, lo que impedía reconocer algunos de los odiados símbolos labrados en ellas. Aunque a cada dificultoso paso que daban emitían repugnantes quejas, los miembros de la vanguardia del ejército del Caos continuaban avanzando. Algunos de los guerreros se habían quitado los yelmos y sus caras de color azul pálido quedaron a la vista. Sus mejillas estaban cubiertas de símbolos grabados a cuchillo y sus ojos eran completamente negros. Tenoqual los siguió mientras estos avanzaban por el cenagal y su cresta cambiaba de color para avisar a aquellos que avanzaban detrás de él.

Un rugido distante llegó a oídos de Tenoqual, que permaneció a la expectativa. Sacó su lengua y probó el aire. Tras un momento de silencio, emitió una llamada y se detuvo esperando una respuesta. Esta llegó en forma de un estruendoso gruñido que provenía de más allá del pantano. Al reconocer la orden de ataque de Bok-Ax, se deslizó por el agua silenciosamente hacia los bárbaros del Caos. El agua de la ciénaga apenas se movía mientras el grupo de eslizones se acercaba a sus enemigos.

Al tiempo que salía de las aguas, Tenoqual cogió del brazalete de piel de salamandra un dardo de cuya punta goteaba una sustancia resinosa de color verde oscuro y lo introdujo en su cerbatana. Con un suave soplido, el dardo voló hasta el cuello de uno de sus enemigos, que se desplomó inmediatamente.

Bok-Ax emitió un fuerte gruñido al tiempo que se lanzaba a la carrera contra los bárbaros del Caos y volteaba su macana, más resistente que el arma de acero de sus enemigos, por encima de su cabeza. Sus sauríos corrían junto a él, deseosos de probar el sabor de la sangre otra vez. En su mente no había otra cosa más que guerra. Empezó a rodear al enemigo mientras los eslizones atacaban desde el agua.

Los guerreros del Caos comenzaron a gritar de manera desafiante mientras se preparaban para recibir la acometida de los saurios. Bok-Ax aulló al tiempo que lanzaba su primer golpe. Su arma impactó en un casco con cuernos aplastando metal y hueso a un tiempo. Con su escudo dentado describió un arco que golpeó a un segundo guerrero y que casi lo seccionó por la mitad.

Tenoqual exhaló profundamente y lanzó un último dardo contra el enemigo antes de volver a sumergirse en el agua. Un grupo de guerreros se había girado para enfrentarse a los eslizones cuando la primera ráfaga de dardos había impactado en sus líneas y ahora se encontraban hundidos en el barro hasta las rodillas, incapaces de moverse. Tenoqual y sus eslizones se alejaron buceando por el pantano.

Los guerreros del Caos empezaban a hundirse más y más en el cieno y eran incapaces de perseguir a los eslizones. A sus espaldas empezaron a sonar inhumanos alaridos y el entrechocar de armas. Se giraron e intentaron salir del agua para ayudar a sus compañeros en el combate. En ese momento, algo emergió del agua y los detuvo.

Enormes formas cubiertas de escamas aparecieron en la orilla del cenagal moviéndose rápidamente, llenando el ambiente con sus rugidos y salpicando barro y agua en todas direcciones. Los bárbaros del Caos vieron que se trataba de enormes y musculosas criaturas que avanzaban hacia ellos. Portaban gigantescas armas y avanzaban con sus grandes mandíbulas llenas de puntiagudos dientes abiertas como si pretendieran comérselos. El króxigor que iba a la cabeza bamboleó su arma y asestó un terrible golpe a uno de los bárbaros del Caos, cuya cadera se quebró antes de que este saliera volando por los aires. A continuación, lanzó su arma en sentido contrario y partió a un segundo hombre en dos. El króxigor arqueaba su cuerpo para conseguir más potencia y aprovechó este movimiento para golpear con su cola, terminada en un hueso con pinchos, a un tercer hombre. Con su arma atrapada en el barro, se enfrentó incluso a otro enemigo y lanzó un poderoso mordisco contra su cabeza, con el que levantó al hombre del suelo y lo agitó a uno y otro lado hasta que la cabeza se separó del cuerpo. Kroq-Car, el Mayor de los Escamaduras, miraba en derredor con los hambrientos ojos de un depredador. Grymloq emitió un gruñido de ansiedad y respiro fuertemente llenando el aire con su cálido aliento. Kroq-Car podía sentir la tensión del carnosaurio ahora que la presa estaba tan cerca. El Mayor de los Escamaduras tiró fuertemente de la piel del cuello de su montura con su mano enguanteletada para evitar y perder el control de la bestia y que esta se lanzase al ataque. Kroq-Car desvió su atención de la batalla cuando escuchó el pesado retumbar de los cascos de unas monturas. Un nutrido grupo de caballeros de negras armaduras apareció entre los árboles arreando a sus caballos para caer sobre el flanco de los saurios. El olor de la sangre llenaba el ambiente; Grymloq estaba a punto de volverse loco y de su boca caían grandes hilos de baba. Cuando los jinetes estuvieron a su altura, Kroq-Car espoleó al carnosaurio para que atacase.

Con un ensordecedor rugido, Grymloq, sediento de sangre, saltó hacia adelante apoyándose en sus patas delanteras para darse mayor impulso. El terror embargó a las monturas de los caballeros en cuanto notaron que el carnosaurio se les echaba encima. El depredador levantó por las patas a uno de los caballos y cerró sus mandíbulas sobre el cuello de otro. Kroq-Car lanceó a uno de sus enemigos tan fuertemente, que la punta dentada del arma lo atravesó de parte a parte mientras un chorro de sangre salía disparado del cuerpo del pobre desdichado.

Grymloq giró violentamente su cabeza y lanzó a un caballo por los aires. El jinete cayó pesadamente en el barro y un certero lanzazo de Kroq-Car aseguró que aquel engendro no volviera a levantarse nunca. El carnosaurio sujetó otro caballo con sus patas delanteras y lo quebró, antes de acabar con el tormento del animal clavándole su dentadura en el estómago. Armas de filos negros intentaban clavarse en sus flancos, pero la bestia apenas las notaba gracias al blindaje de sus duras escamas y a que estaba obcecada en el combate. Cubierto por la sangre de su enemigo, el carnosaurio se elevó sobre sus patas traseras y rugió una vez más, satisfecho por lo buena que estaba siendo la caza. Hasta la alegría de Kroq-Car por el devenir actual de la batalla quedaba ensombrecida por la de Crymloq, que acabó con otro de los enemigos partiéndole el cuello. Kroq-Car miró a su alrededor en busca de más enemigos, pero comprobó que todos ellos huían aterrorizados hacia la espesura de la jungla, donde posiblemente pensaban que iban a estar a salvo.

Hoy habría buena caza.

FuenteEditar

  • Libro de Ejército Hombres Lagarto 6ª

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