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Guerra de la Barba (según los Altos Elfos)

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Escuchad, hijos míos, y prestad atención a mis palabras. Esta es la triste historia de cómo el orgullo y la codicia condujeron a una nación a la guerra y provocaron la muerte de muchos inocentes.

Durante el reinado del ilustre rey Fénix Caledor II, la paz reinó en el mundo y el pueblo de Ulthuan dio la bienvenida a los Enanos. Nuestros ancestros eran los maestros del mundo y no intentaron esclavizar a otros pueblos, sino instruirlos con nuestros conocimientos. Recuerdo bien que los Enanos aceptaron nuestra amistad. En las forjas de los tozudos habitantes de las montañas se construyeron armas exquisitas para nuestros ejércitos y que nuestros mejores magos podían convertir en potentes artefactos mágicos. A cambio, nosotros educamos a su pueblo, pues se trataban de gentes sencillas que aún seguían grabando sus textos en piedra. Les educamos en la magia, en las artes, en la literatura y en la poesía; así fue una alianza bienvenida por todos.

Pero los Enanos son una raza irascible y rencorosa. Son impetuosos y el lado fiero de su temperamento se impuso y les hizo enloquecer. Los Druchii, nuestros traicioneros primos oscuros, atacaron una caravana enana. Tal y como corresponde a su temperamento diabólico, acabaron con todos los guerreros y doncellas y robaron a los Enanos todas las armas que transportaban. El Rey Enano Gotrek Rompeestrellas, cuya ignorancia era conocida incluso por los suyos, no supo distinguir la diferencia entre nuestra raza y la de Naggaroth. De temperamento irascible, envió a un emisario a Ulthuan que solicitó una indemnización ante un acto que no era propio de nuestra raza. Yo mismo me encontraba entre los Elfos que dimos la bienvenida a nuestra ciudad al enviado Enano; pero, debido a su falta de modales, su rudo comportamiento, su desagradable aspecto y su repugnante olor, no cumplió su cometido como emisario. Juró por su barba que no se iría hasta que se hiciese justicia y, desenfundando su hacha delante de nuestro Rey, exigió una compensación.  Desde la Secesión, nadie había osado jamás blandir un arma preso de la furia en el interior del palacio del Rey Fénix. Aunque nuestro deber era matarle allí mismo, nos compadecimos de él y le condenamos por sus palabras: le afeitamos su barba salvaje y le expulsamos de Ulthuan.

No puede decirse que los hijos de Aenarion actuemos temerariamente, pues nuestra raza siempre ha tenido predilección por el arco y la flecha. Somos igual que un arco, ya que podemos doblegarnos ante los deseos de otros y vivir en armonía con los que no han sabido encontrar la sabiduría. Pero, igual que la flecha, si nos liberan, podemos golpear con rapidez y certeza y destruir a aquellos que osan interponerse en nuestro camino.

Por tanto, cuando los ejércitos enanos marcharon contra nuestro pueblo con sus corazones ardiendo con un sentimiento erróneo de vengar su orgullo herido, el propio Caledor se puso al frente de la hueste de Ulthuan en un intento de evitar la guerra.

Yo mismo, entre otros, escuchamos sus órdenes, en las que decía que ningún Enano sufriría daño a menos que atacase primero a un Elfo; pero los Enanos estaban cegados y rechazaron nuestra propuesta de paz. La sangre tiñó de rojo los campos, ¡e incluso tiñó las aguas de los ríos! Aun así, les demostramos nuestra piedad. Aunque los Enanos contra los que luché mostraban el brillo del odio en sus ojos, como había dado mi palabra a Caledor, no maté a ninguno que no buscase primero mi muerte. Para evitar más derramamientos de sangre, Caledor hizo llamar al Príncipe Snorri Mediamano y le conminó a que resolvieran la disputa antes de que se perdiesen más vidas innecesariamente. No obstante, el grosero e infame Príncipe era joven y colérico, así que atacó a Caledor. Este se defendió de los golpes mientras rogaba al Enano que entrase en razón hasta que, al final, el Príncipe no dejó otra salida al Rey que no fuese matarlo. Aquel día mi corazón se entristeció por la pena. Incapaz de derramar una gota más de sangre, nuestro ejército abandonó el campo con el honor intacto.

Pero el arrogante orgullo de los enanos hizo que Morgrim, primo del fallecido Mediamano, jurase vengar la muerte de su príncipe. La razón y la sensatez habían abandonado las mentes de los Enanos y se prepararon para la guerra.  Durante dos días nos replegamos, pues preferíamos evitar cualquier acción hostil, pero la ira Enana no se aplacó. Llegó el momento en que nos cansamos de huir de una causa que no teníamos por qué defender; así que, con el corazón apenado, nos preparamos para la guerra. Los arqueros intentaron frenar el avance enano. Recuerdo que el cielo se oscureció debido a las nubes de flechas que caían delante de las líneas Enanas, pero los Enanos no se detuvieron.  Siempre agresores, los enanos ballesteros fueron los primeros en verter sangre enemiga. Como respuesta, les atacamos y por cada enano que caía derramábamos una lágrima; pero, aun así, continuaban llegando más y nosotros seguíamos matándoles. El muro de guerreros Enanos chocó contra nuestra línea y el Señor Imladrik nos instó a no acabar con el enemigo y limitarnos a detener su ataque. Se dio cuenta demasiado tarde de que el ejército de Morgim estaba sediento de venganza. Su corazón era tan noble, que Imladrik bajó la espada y ofreció su propia vida a cambio de que los Enanos abandonasen la lucha. Morgrim, implacable, mató al indefenso Príncipe y nuestros guerreros se retiraron con la certeza de que los Enanos no tenían honor y de que toda esperanza de paz se había perdido.

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No satisfechos con el daño que habían causado a nuestra raza, una sed de sangre encolerizó todavía más los oscuros y codiciosos corazones de los Enanos. Habían coronado a Morgrim el asesino como si se tratase de un héroe y, al haber saboreado las recompensas del mal, ansiaba todavía más. Implacable, se lanzó sobre nuestras ciudades acabando con nuestros conciudadanos y arrasando nuestros campos. La hermosa ciudad de Athel Maraya, un lugar de serena belleza, fue destruida y las muestras de su arte ancestral fueron quemadas. Después, llegaron a Tor Alessi, donde ya se conocían los brutales ataques enanos; pero allí encontraron resistencia, pues el propio Caledor había ido a defender la ciudad. Durante cien días, las máquinas de guerra enanas trataron en vano de echar abajo los resistentes muros construidos por los Elfos. Cuando se dieron cuenta de que su tarea resultaba fútil, los enanos concentraron su atención en las hermosas torres de la ciudad y las destruyeron sin motivo, pues sabían que estas no poseían valor estratégico alguno.

Finalmente, Caledor permitió la entrada a la ciudad a los Enanos si prometían venir en paz. Gotrek Rompeestrellas, Gran Rey de los Enanos, accedió y se hizo acompañar por un séquito de sus sanguinarios guerreros para entrar en nuestra hermosa ciudad. Lamentamos el día en que confiamos en la raza enana, pues aquella misma noche asesinaron a nuestros centinelas y abrieron las puertas de la ciudad. Los Enanos irrumpieron en la ciudad y acabaron con nuestros guerreros mientras dormían. Asaltaron los palacios reales e intentaron acabar con la vida del Rey Fénix, pero Caledor se había despertado, alertado del peligro.

La paciencia y los deseos de paz de Caledor eran tantos que no quiso luchar con Gotrek Rompeestrellas. Los ojos del Rey Enano brillaban con una furia encendida y el Rey Fénix, al observarlo, compendió que, si acababa con él desaparecería toda esperanza de reconciliación con este pueblo. El Rey Enano atacó a Caledor poseído por una furia enloquecida que nublaba su razón. Permanecí expectante observando el combate desde lejos. Caledor pudo dar un golpe fatal al Enano en muchas ocasiones, pero su ira estaba contenida por su resolución de encontrar la paz. No obstante, Gotrek lo había perdido todo excepto sus deseos de venganza, así que empuñó su martillo con ira, rompió la defensa de Caledor y acabó con el Rey Fénix. Además, como si no tuviera suficiente con este acto tan cruel, el Enano robó la corona al Rey Fénix y su codicia le hizo olvidar todo posible remordimiento tras sus terribles acciones. Regresó a Pico Eterno y allí, a salvo tras los muros de su fortaleza, sacó la recompensa robada con sus manos sucias y manchadas de sangre. Nuestros guerreros enfurecidos por la amarga herida abierta en sus corazones, se reunieron para intentar recuperar lo que una vez nos perteneció; pero el traicionero Rey Brujo Malekith, el oscuro gobernante de los Elfos Oscuros, había sellado un pacto con los Enanos e invadió Ulthuan antes de que pudiéramos recuperar lo que habíamos perdido.

No somos una raza vengativa, pues conocemos demasiado bien el precio del odio. Ahora buscamos la recompensa, pues conocemos demasiado bien la locura del orgullo. Todo lo que nuestro pueblo desea es recuperar lo que por derecho nos pertenece y oír palabras de remordimiento de labios de aquellos que acabaron con las vidas de nuestras gentes. ¡Hijo mío, tarde o temprano llegará ese día y no tendrás que soportar esta carga como yo!.

FuenteEditar

  • Libro de Ejército: Altos Elfos (6ª Edición).

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