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Guerra de la Venganza (según los Enanos)

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Enanos vs Elfos.jpg
Oíd bien, jóvenes de mejillas con barbas incipientes, mientras os cuento la historia de la mayor traición, la mayor de todas las que nos podían haber sido infligidas. Ocurrió durante el reinado de Gotrek Rompeestrellas, hace cuatro milenios y medio, cuando nuestro imperio abarcaba todo el mundo e incluso el más pobre de los Enanos tenía una bolsa de oro del tamaño de vuestra cabeza. En aquella época, las gentes de los reinos élficos y los Hijos de Grungni vivían en paz el uno con el otro. El comercio florecía por el mundo y nuestros cofres se llenaban con merecido oro élfico, ya que el pueblo de Ulthuan ansiaba poseer las obras de nuestros magníficos artesanos, superando el trabajo de sus aprendices el de los mejores maestros de hoy en día.

Pero entonces, el caprichoso y vacilante pueblo de Ulthuan, deshonroso incluso para los propios elfos, fue invadido por una brutal avaricia de nuestras tierras y posesiones. En un acto de traición jamás igualado, emboscaron nuestros cargamentos, asesinaron a nuestros guerreros y doncellas y robaron nuestros delicadamente elaborados bienes. Pero Gotrek Rompeestrellas, que era un Rey del que se dice que tenía gran sabiduría y edad sobre sus espaldas, detuvo su mano justiciera y envió mensajeros y dignatarios a las costas de la isla élfica para parlamentar con el distante pueblo de Ulthuan. Fueron recibidos con desdén y con deshonra fueron devueltos: sus barbas, largas y lustrosas y espesas por la edad, fueron afeitadas de sus caras y luego fueron expulsados de los reinos élficos con el sonido de la risa de los traidores retumbando en sus oídos.

Hoy en día no puede decirse que los Hijos de Grungni son un pueblo impetuoso, porque nuestra ira es parecida a la mecha de un cañón, que arde lentamente. Pero tan seguro como que un cañón disparará cuando la mecha se haya quemado es que nuestra ira eclosionará y cobrará vida para llevar una gran devastación a nuestros enemigos. Así, nuestros magníficos ejércitos marcharon, con sus corazones llenos de sentimientos de venganza, hacia el problemático pueblo elfo. Snorri Mediamano, hijo del Rey Rompeestrellas, divisó a la hueste del Rey Fénix y se enzarzaron en batalla: sólido acero enano contra las ridículas armas de Ulthuan. Fue una gran matanza. Muchos hijos de Ulthuan lamentaron sus afrentas aquel día, pero los Hijos de Grungni pagamos también un alto precio en sangre. Siendo de noble cuna, Snorri desafió al rey élfico, Caledor II, a un combate a muerte por la victoria. Un golpe bajo lanzado por el vil elfo acabó con Snorri; y su ejército, embargado por la tristeza ante tan deshonrosa hazaña, se retiró del campo de batalla.

El primo de Snorri, Morgrim, estaba obsesionado con la muerte de su pariente y condujo a los suyos contra Oeragor. Durante dos días, los elfos le evitaron, ganando su cobardía a su orgullo a pesar de las amenazas y desafíos de Morgrim. Al final, las dos fuerzas se encontraron: la brillante plata blanquecina de los elfos contra el acero bruñido y el bronce del gran ejército de Morgrim. El aire estaba lleno de flechas del pueblo elfo, mientras que los virotes de las ballestas de Morgrim oscurecían los cielos como en una tormenta. El intercambio continuó durante horas, hasta que ambos bandos agotaron su munición. Blandiendo poderosos martillos y hachas que ardían con runas de venganza y justicia, el ejército de Morgrim marchó sobre el esbelto pueblo élfico. El propio Morgrim, junto a sus veteranos de barba gris, se introdujo en el corazón del ejército enemigo buscando al guerrero más poderoso posible. Allí se encontró con el Príncipe Imladrik y los silenciosos pero letales Maestros de la Espada. Nunca antes existió un choque similar; las espadas de la hueste élfica resonaban ridículamente sobre las finamente labradas armaduras de la gente de Morgrim, cuyos martillos hendían las cotas de malla y quebraban los huesos con ferocidad imparable. Morgrim derrotó a Imladrik, cortando al débil príncipe desde la garganta hasta el cuello y haciendo huir a la plateada hueste de cobardes de Ulthuan. Y en aquella época un elfo era un elfo, no los peleles asustadizos con los que podríais luchar hoy en día.

Morgrim, honrado con el título de Elgidum, la perdición de los Elfos, por sus Señores, persiguió a los debiluchos caras pálidas sin descanso, arrasando en primer lugar la ciudad élfica de Athel Maraya hasta los cimientos y asediando después la ciudad portuaria de Tor Alessi.

El Gran Rey Gotrek Rompeestrellas, con toda su gente de Karaz-a-Karak, se unió a Morgrim y, entre los dos, reunieron un vasto ejército de decididos guerreros procedentes de media docena de fortalezas. Nunca antes el mundo había temblado así ante tantas botas enanas. Mientras la legión embutida en acero del Rey Enano asaltaba los muros de Tor Alessi, los elfos se estremecieron en sus débilmente amuralladas torres y minaretes ante la gran fuerza desplegada ante ellos.

Durante cien días, las rocas de nuestras catapultas hicieron temblar los muros y el suelo, castigando la ridícula muralla de la ciudad élfica. El Rey Rompeestrellas y, a su lado, Morgrim Elgidum atravesaron las puertas con sus Martilladores y se abrieron paso hacia la ciudadela central, donde hallaron al traidor Rey Elfo, Caledor II.

El indigno Caledor rehusó dar la cara y luchar como un auténtico guerrero, por lo que el Gran Rey comenzó a golpear la torre con su gran martillo, destrozando los pobremente unidos ladrillos y haciendo tambalearse los débiles cimientos, hasta que Caledor se vio forzado a salir.

Finalmente, estimulado por esos argumentos, el Rey Fénix de la Isla de los Elfos desenvainó su espada de larga hoja y ambos entablaron un duelo. La lucha duró largo tiempo; ya que, aunque era un Elfo, Caledor había sido instruido en las técnicas de lucha por los mejores maestros de Ulthuan. Gotrek, por su parte, tampoco era un joven imberbe; así que ninguno pudo asestar el golpe decisivo sobre el otro. Finalmente, mientras la noche comenzaba a tejer su velo sobre la ciudad en ruinas, la práctica habilidad artesana enana ganó el combate. La espada de Caledor golpeaba inútilmente contra el martillo de Gotrek como sólo una débil hoja élfica golpea sobre un yunque enano endurecido por el tiempo. Caledor pidió clemencia, pero el fuego de la venganza ardía en los ojos del Gran Rey. Sabía que la afrenta de los elfos nunca iba a ser reparada por medio de la indulgencia. Su martillo acabó con Caledor II, Rey Fénix de Ulthuan. Como recompensa, el Gran Rey tomó la corona del Rey Elfo muerto, que ha permanecido aquí, en Karak-a-Karaz, hasta el día de hoy. Así se soltó la presa de la garra élfica sobre nuestras castigadas tierras, huyendo hacia sus costas natales mientras lloraban por los caídos. Les enseñamos el auténtico significado del coraje Enano; y la Guerra de la Venganza fue nuestra gran victoria. Y, aún hoy, nunca se han disculpado por sus insultos, habiendo aún innumerables anotaciones en el gran Libro de los Agravios que esperan ser enmendadas.

Nunca jamás, creo, cometerá el error el pueblo élfico de despertar la ira de los Hijos de Grungni. Escuchad mis palabras porque así es como fue.

Fuentes Editar

  • Libro de Ejército Enanos (6º Edición)

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