Fandom

La Biblioteca del Viejo Mundo

Guerras de los Condes Vampiro

5.543páginas en
el wiki}}
Crear una página
Comentarios2 Compartir

¡Interferencia de bloqueo de anuncios detectada!


Wikia es un sitio libre de uso que hace dinero de la publicidad. Contamos con una experiencia modificada para los visitantes que utilizan el bloqueo de anuncios

Wikia no es accesible si se han hecho aún más modificaciones. Si se quita el bloqueador de anuncios personalizado, la página cargará como se esperaba.

Corte Vlad.jpg

En las inmediaciones al este de Stirland, a la fría sombra de las Montañas del Fin del Mundo, se encuentra Sylvania. Esta tierra de sombrías colinas, devastados páramos y bosques cubiertos por la niebla es evitada por todos los viajeros sensatos, siendo de largo la región del Imperio que ostenta una peor reputación. Ningún hombre en su sano juicio se aventuraría por allí tras la caída de la noche, y ningún caballero andante ni agotado peregrino aceptarían refugio en los inquietantes y pútridos castillos que se recortan contra el cielo por toda la región. Al llegar la noche, los ignorantes campesinos de las aldeas Sylvanas cierran las puertas de sus casas y cuelgan ristras de plantas como la "raíz demoniaca" o la "matabrujas", que se supone les han de ofrecer protección contra las criaturas maléficas de la noche.

Desde que el hombre tiene memoria siempre han existido historias sobre la naturaleza maligna de Sylvania. Cuando un bardo de taberna entona una balada triste o un poeta de corte recita una historia de terror, es bastante probable que la ambientación sea este lugar maldito. Hay muchas mas leyendas oscuras en Silvania que en todas las provincias imperiales juntas, y la mayoría de ellas tienen una base sólida. Lo cual tiene de hecho bastante lógica, pues no en vano Sylvania es una tierra donde las almas en pena, los Vampiros y los hechiceros malignos aún caminan abiertamente bajo la pálida luz de la luna. Solo los más valientes o lo más temerarios se atreven a vagar por estos parajes y solo si tienen una razón de peso.

La magia oscura fluye con fuerza en Sylvania, y todos los castillos de nobles están construidos sobre lugares de naturaleza maldita o demoniaca. Hasta los recaudadores de impuestos de Stirland, tipos notoriamente audaces y violentos, toman toda clase de precauciones cuando deben partir a cumplir con su deber en estas tierras, desde equiparse con amuletos bendecidos por los sacerdotes de Morr y Sigmar, hasta viajar escoltados por compañías de cincuenta o más hombres armados si su señor les ordena cumplir con su deber por estas tierras.

La locura de Otto von DrakEditar

Castillo Drakenhof por Daarken.jpg

La historia de esta oscura tierra alcanzó su punto más bajo cuando Vlad von Carstein asumió su gobierno. Todo comenzó una noche de tormenta mientras Otto, el último de los dementes condes von Drak, yacía en su lecho de muerte en el castillo Drakenhof. Otto era un hombre cruel y loco, que se deleitaba clavando las cabezas de los campesinos en picas a la más mínima provocación, y que cuando se emborrachaba lo suficiente llegaba a convencerse de que era el propio Sigmar reencarnado. Los nobles de su corte, que debían ser sus vasallos, no tenían respeto alguno hacia su autoridad ni prestaban atención a sus órdenes. Toda Sylvania era una tierra dominada por las continuas tensiones y disputas internas que ardía bajo los desórdenes civiles. En su lecho de muerte, agonizaba pero no se arrepentía, y maldecía a todos los dioses por no haberle dado un heredero varón con el que continuar su estirpe.

Mientras su familia esperaba expectante a que exhalara el último aliento, Otto juró que antes casaría a su hija Isabella con un demonio que dejar que su odiado hermano Leopold heredara el reino. El cabeza de la familia von Drak ya había negado la mano de su hija a todos los nobles de Sylvania por encontrarlos despreciables, y más allá de sus fronteras ningún hombre de buena cuna estaba dispuesto a casarse con la heredera de una región de tan espantosa reputación. Por tanto, cuando Isabella von Drak se inclinó ante su moribundo padre, seguía soltera y sin compromiso.

En el exterior, un trueno retumbó y un relámpago irrumpió de pronto como si fuera a partir en dos la oscuridad de la tormenta. Victor Guttman, el anciano sacerdote de Sigmar que había sido llamado para escuchar en confesión al viejo conde, cayó desmayado allí mismo. Un instante después, procedente de la misma tormenta llegó un sonido de ruedas y cascos de caballos. Un oscuro carruaje tirado por cuatro imponentes corceles negros se detuvo en el exterior de la fortaleza, y una poderosa mano aporreó el portón con fuerza mientras una voz profunda, fría y orgullosa exigía que se le abriera.

La llegada de VladEditar

Drakenhof-castle.png

La puerta del castillo se abrió por sus bisagras antes de que cualquier hombre de armas pudiese llegar a tocarla. El desconocido revelo su identidad, y al momento todos los perros guardianes del patio de armas dejaron de aullar y huyeron despavoridos. Era alto, con facciones de una belleza siniestra, aspecto orgulloso y porte nobles. Nadie se interpuso en su camino mientras marchaba directamente hacia la habitación del conde. Su acento era extranjero, tal vez de Kislev o incluso de más lejos. Se presentó a si mismo coma Vlad von Carstein y procedió a recitar sus nobles antecedentes al conde, tras lo cual le solicito la mano de la estupefacta Isabella. Quizás al mirar los fríos y destelleantes ojos del extraño el conde llegara a arrepentirse de haber proferido su precipitado juramento, pero no podía negarle nada al forastero pues antes de darse cuenta de lo que estaba pasando ya le había concedido su bendición.

El sacerdote Guttman fue reanimado de su desmayo y llevado hasta la habitación de Otto. Allí, a los pies de la cama del moribundo conde, se celebró la ceremonia nupcial sin la menor dilación. Tan pronto como se pronunciaron las palabras finales del ritual, Otto von Drak expiró dejando a su hija y todos sus dominios a cargo de Vlad von Carstein, cuya primera acción como nuevo dueño y señor de aquellas tierras fue arrojar al tío de Isabella, el conde Leopold, que protestaba enérgicamente, por la ventana de la torre más alta del castillo Drakenhof.

Vlad resulto ser tan excéntrico coma lo había sido el viejo Otto. Nunca comía en presencia de sus sirvientes. Nunca salía al exterior durante el día. Decidió prescindir de Victor Guttman, el sacerdote de Sigmar, y lo expulsó de la ciudad (de hecho nadie volvió a verlo jamás). En poco tiempo, muchos de los viejos sirvientes de la fortaleza fueron despedidos y reemplazados por misteriosos extranjeros de piel morena, procedentes del Este. Pese a todo, el nuevo conde parecía comportarse de forma menos tiránica que el antiguo, y así los habitantes de Sylvania siguieron adelante con sus quehaceres diarios, ignorando a los extranjeros encapuchados y embozados que visitaban el castillo a menudo. Los siglos de maltratos y castigos bajo el tiránico yugo de los von Drak les habían enseñado a no cuestionarse las acciones de sus superiores. Por lo que concernía a las clases inferiores, al menos el nuevo conde no ordenaba ejecuciones sin sentido para divertirse ni exigía el pago caprichoso de impuestos desorbitados.

Nadie dudaba tampoco de la pericia del conde en batalla. Cuando la famosa compañía de Bernhoff el Carnicero llegó cabalgando a la ciudad y demandó el pago de un tributo, Vlad hizo trizas al veterano mercenario como si no fuera más que un mozalbete inexperto, aunque Bernhoff era un famoso guerrero. A continuación, se dedicó a masacrar al resto de su banda de mercenarios mientras sus escoltas personales contemplaban la escena sin tomar parte en el baño de sangre, riendo entre dientes y hacienda comentarios jocosos. Aquello asegura la popularidad del conde, y extendió el mensaje de que dentro de su reino las leyes se cumplían, y los ladrones y bandidos se las saltaban eran perseguidos implacablemente para ser castigados sin compasión.

La curación de IsabellaEditar

Isabella Von Carstein.jpg

Pocos días después de aquel episodio, empezó a circular por Drakenhof el rumor de que Isabella padecía una enfermedad incurable. La enfermedad la estaba matando poco a poco. Uno de los médicos que la atendían llego a afirmar que su corazón había dejado de latir, y que había muerto. Sin embargo, el conde insistió en que aquello no era cierto y despidió a los eruditos doctores, diciendo que se encargaría de cuidarla él mismo. Tres días más tarde la propia Isabella apareció ante sus súbditos asegurando que estaba totalmente recuperada, y parecía que realmente lo estaba, aunque desde aquel día siempre estaba pálida y lánguida, y nunca abandonaba sus aposentos si no era a la luz de la luna.

Al principio, ninguno de los belicosos nobles feudales de Sylvania prestó mucha atención a las órdenes del nuevo conde; estaban tan absortos en sus propias luchas sangrientas y rivalidades internas para escuchar los edictos de alguien que consideraban un usurpador. Si esta actitud molestó de algún modo a Vlad, desde luego no dio la menor señal de ello. Un granjero que hubiese heredado una manada de ganado no habría prestado más atención al funcionamiento de sus tierras. Con calma, Vlad se dedicó a reconstruir estados que habían sufrido durante siglos los efectos de la negligencia y el abandono. El conde trataba a sus arrendatarios con la misma consideración con la que una familia de campesinos trataría a una bestia a la que estuvieran cebando para sacrificarla y comérsela en un banquete veraniego. Tras las décadas de gobierno por parte del perturbado Otto, aquel nuevo orden impuesto por Vlad era bienvenido por todos los habitantes excepto los más paranoicos. Sin embargo, tras varios meses empezaron a ocurrir sucesos oscuros.

Los jóvenes muchachos y muchachas empezaron a desaparecer de las aldeas, o No Muertos que se concentraban en los límites de los asentamientos cada vez en mayor número. Al principio eran fuerzas de pequeño tamaño, que no atacaban ninguna de las posesiones del Conde, únicamente arrasaban aquellas que habían desobedecido su autoridad; y aquellos Sylvanianos rebeldes que escapaban a las garras de estos No Muertos morían poco después víctimas de accidentes extraños. El Barón Heinz Rothermeyer fue devorado por los lobos. Al Barón Pieter Kaplin lo encontraron muerto en sus habitaciones: sus ojos estaban muy abiertos y su cabello completamente gris. Había muerto de terror. Su mujer enloqueció y murió poco después. Al jefe de bandidos Boris Muerdeorejas lo encontraron colgando de un árbol; su cuerpo no contenía ni una sola gota de sangre.

Señal Condes Vampiro.jpg
Solo aquellos que habían jurado su lealtad a Vlad parecían inmunes a estas depredaciones, así que bien pronto todos los nobles renegados empezaron a hacer cola para jurarle fidelidad. En apenas una década, aparentemente sin aplicar la fuerza de las armas, Vlad había logrado establecer un mayor control sobre la teóricamente ingobernable Sylvania que los Condes Electores de los más grandes estados del Imperio. Hubo quien llegó a decir que el éxito de Vlad como dirigente era tal, que de hecho se merecería ocupar el trono Imperial. Después de todo, los von Carsteins eran una familia muy antigua, cuyo linaje podía trazarse hasta la mismísima fundación del Imperio.

Transcurrieron los años. En Drakenhof nacieron y murieron varias generaciones de campesinos, pero Vlad e Isabella aún seguían gobernando sus dominios, inmutables al paso de los años. Al principio pocos habitantes de Sylvania prestaron atención al asunto de aquella antinatural longevidad, pues al fin y al cabo la existencia de los campesinos siempre había sido desagradables, embrutecidas y cortas, mientras que los nobles solían disfrutar de vidas mucho más longevas. Sin embargo, cuando la mujer más vieja de Drakenhof empezó a insistir en que su abuela era una niña cuando Vlad von Carstein se hizo con el poder, incluso los labriegos más estúpidos y analfabetos de Sylvania empezaron a sospechar que las cosas no eran lo que parecían.

Los insistentes rumores atrajeron a Sylvania a gran cantidad de cazadores de brujas. Aquellos que intentaban investigar a los von Carstein no volvían a ser vistos con vida; y lo peor estaba aún por llegar, pues la enfermedad que tiempo atrás había aquejado a Isabella von Carstein hizo también mella en otras familias de nobles aliados del conde. Al poco, cada castillo de Sylvania albergaba a un ser igualmente longevo, de aspecto pálido, de comportamientos nocturnos y de despiadada mano de hierro a la hora de gobernar a sus súbditos. El número de desapariciones entre los aldeanos empezó a hacerse más notable, los templos a Sigmar, Taal y Ulric se clausuraron, los sacerdotes de Morr fueron expulsados de la región y los muertos quedaron desatendidos, amontonándose en las cunetas de los caminos. Se estableció una cadena de siniestros puestos de vigilancia a lo largo de toda la frontera, y eran pocos los que tenían permitido cruzarla, ya fuera para entrar o para salir de la provincia. Sylvania pasó a ser un país más independiente que cualquier otro estado del fragmentado Imperio.

Art-raise-dead.jpg

Cuando la catástrofe sacudió Mordheim, la capital de Ostermark en el año 2000, Vlad actuó con rapidez. Un gran meteoro de Piedra Bruja había destruido media ciudad, y entre sus ruinas habían quedado enterrados numerosos fragmentos de ese mineral mágico. Los pretendientes al trono Imperial empezaron a enviar bandas de mercenarios para saquear la nueva fuente de poder, y Vlad hizo lo propio mandando allí a sus oscuros siervos para que le trajesen tanta Piedra Bruja como pudiesen. Aún pasaría toda una década antes de que las extrañas semillas cosechadas cola arrasada Mordheim empezaran a dar sus frutos.

En Geheimnisnacht del año 2010 después del nacimiento de Sigmar, Vlad von Carstein reveló al mundo la horrible verdad, saliendo a las almenas de su castillo Drakenhof y entonando un terrible encantamiento sacado de las páginas de uno de los Nueve Libros de Nagash. La magia de Vlad, impulsada por la Piedra Bruja recuperada de Mordheim, se filtró por toda Sylvania enroscándose por entre los desprotegidos Jardines de Morr e inundando las tumbas abiertas de los campesinos. Por toda la provincia, los muertos se levantaron. Los Esqueletos se arrastraban clavando sus garras en el húmedo suelo, los Zombis se agitaban inquietos en sus embarradas fosas, y los Necrófagos trepaban desde las criptas para rendir culto a su nuevo maestro. Con este acto, los von Carstein estaban lanzando al Imperio el guantelete de desafío.

Las guerras de los Condes Vampiro habían empezado.

La marcha de VladEditar

Von Carstein Vampire.jpg

Los ejércitos de Sylvania se dirigieron al noroeste, cruzando el río Stir y llegando hasta Talabheim, la capital de los Ottilianos, uno de los tres pretendientes al trono imperial. La fuerza de muertos vivientes era inmensa hasta el punto de oscurecer el horizonte, pues cada uno de los Vampiros aristócratas de Sylvania lideraba a un ejército entero de Esqueletos y Zombis. Y aún más extraño era que las levas de campesinos de aquella tierra marchasen al lado de sus maestros No Muertos, luchando igual que si lo hicieran para cualquier señor mortal. Estos degenerados iban acompañados de necrófagos de la Cripta, tumularios y otras criaturas mucho más oscuras.

En la batalla del Vado de Essen, los No Muertos se enfrentaron a los ejércitos de Talabecland pertenecientes a Ottilia III. Antes de la batalla, Vlad von Carstein prometió a los humanos clemencia si se rendían, y ninguna piedad si se enfrentaban a él. Aunque temeroso, el general de Ottilia ordenó atacar. Los virotes de ballesta y las balas de cañón atravesaron a las legiones de muertos vivientes mientras éstas cruzaban el vado, pero la magia de Vlad volvía a reanimar a todas las criaturas que caían y las lanzaba de nuevo al ataque. Las cargas de los caballeros de Talabecland lograron destruir a cientos de No Muertos, pero tras ellos habían muchos miles más que seguían avanzando como una imparable muralla de carne y hueso.

Espectros Condenadores.jpg

Los Jinetes Espectrales atravesaron como una exhalación las líneas de Talabecland chillando y matando a diestro y siniestro, seguidos por una mansa de Zombis que abatía a cualquier enemigo que aún quedase en pie. Así, las fuerzas de Ottilia bien pronto se vieron cercadas y completamente arrolladas por lo que parecía ser una horda No Muerta inacabable. Vlad lideró el victorioso ataque final al frente de sus Caballeros Negros, mientras los Tumularios de la Guardia de Drakenhof rodeaban al general enemigo.

Enfrentados con el poder de Vlad y sus vampiros, las fuerzas de los Ottilianos fueron superadas y rodeadas. Muchos soldados trataron de rendirse, pero Vlad mantuvo su palabra y ordenó matar a todo el mundo incluyendo a los prisioneros, tras lo cual usó sus poderes para reanimar sus cuerpos y añadirlos a su creciente legión.

Al ver cómo sus hombres eran ejecutados, Hans Schliffen, comandante de las tropas de Ottilia, fue presa de la ira. Tras lograr soltarte de sus captores se apoderó de la espada encantada del Conde Vampiro y le decapitó con ella de un solo golpe Tras ello Schiffien fue despedazado miembro a miembro por Konrad von Carstein, el más desquiciado de todos los seguidores de Vlad.

Con Vlad aparentemente destruido, los restantes Vampiros empezaron a luchar entre ellos para ver quién ocuparía su puesto. Finalmente Herman Posner, Barón de Waldenhof, acabó imponiéndose a los demás. Esa misma noche, mientras Posner se pavoneaba al frente de su ejército, Vlad von Carstein volvió. Posner afirmó que se trataba de un truco e imploró su clemencia, pero Vlad acabó con él sin pensarlo ni un segundo.

Esta no fue la única vez que el esquivo conde Vampiro volvería de una muerte aparente. Tras haber aplastado al ejército de Talabecland, Vlad volvió su atención aún más al oeste, hacia la ciudad fortaleza de Middenheim. En la batalla de Schwarthafen, Vlad fue abatido de nuevo, esta vez por Jerek Kruger, líder de los Caballeros del Lobo Blanco, y en el caos y la confusión subsiguientes el ejército de Sylvania resultó derrotado por las fuerzas del Conde Elector de Middenheim. Sin embargo, en menos de un año Vlad von Carstein ya había vuelto a la acción, y marchaba a la guerra liderando otro ejército. El cuerpo del Gran Maestre Kruger, destrozado y sin una gota de sangre, fue encontrado al pie de la Aguja de Middenheim, y tanto los Caballeros del Lobo Blanco como los Caballeros Pantera fueron dispersados por las criaturas No Muertas y las horripilantes bestias aladas de Vlad que se lanzaban en picado desde los negros cielos. Los soldados de Middenheim se vieron forzados a retirarse al interior de la ciudad, tras destruir todos los pasos elevados que conducían hasta sus puertas.

Guerra Vlad Condes Vampiro.jpg

Satisfecho de que el ejército del Graf de Middenheim ya no supusiera una amenaza para sus ambiciones, Vlad devastó Middenland con el fin de aumentar todavía más sus fuerzas. En cada aldea y ciudad a la que llegaba, ofrecía el mismo trato: servirle y vivir, u oponérsele y morir. En un principio muchos trataron de oponerse a los No Muertos, pero todos quienes lo hicieron sufrieron el mismo destino que había corrido el ejército de Ottilia III antes que ellos. La legión de Vlad cada vez era más numerosa y fuerte. Al poco tiempo, columnas de refugiados de miles de millas de largo empezaron a huir hacia el oeste, presas del pánico ante las despiadadas masacres que estaban llevando a cabo los ejércitos de No Muertos de Vlad.

Entonces Vlad giró su atención hacia el este, y luchó a lo largo de la Vieja Carretera del Bosque a través de Hochland y adentrándose en Ostland. Un ejército tras otro fueron enviados a tratar de frenar su avance, pero el resultado de todos aquellos enfrentamientos fue el mismo: las legiones de muertos vivientes aniquilaban a sus enemigos en batallas de desgaste que los vivas no tenían la menor posibilidad de ganar. Nada parecía poder detener al Conde Vampiro, pues cada vez que lo eliminaban acababa volviendo al poco tiempo para cobrarse su venganza. En los campos de Bluthof, por ejemplo, Vlad cayó muerto con cinco lanzas atravesando su cuerpo y la espada Colmillo Rúnico del Conde de Ostland clavada en su corazón. Tres días después, sin embargo, fue visto de nuevo justo ante las puertas de Bluthof, ordenando la crucifixión de prisioneros.

Con las provincias del norte invadidas y sus ejércitos aplastados, Vlad pasó a centrar su atención en el sur, concretamente en Reikland. En el puente de Bogenhafen, una bala de cañón afortunada le arrancó limpiamente la cabeza. Menos de una hora después la dotación del cañón responsable de aquel disparo había caído con su sangre completamente drenada, su ejército había perdido la batalla y el pueblo estaba siendo saqueado. Los soldados imperiales estaban aterrorizados ante un enemigo invencible.

El asedio de AltdorfEditar

Ejercito no muerto.jpg

En el invierno del año 2051, el ejército de Sylvania puso bajo asedio Altdorf, la capital de Reikland. La ciudad estaba rodeada por una larga zanja bordeado de estacas afiladas junto al muro de la ciudad, y el flujo del río Reik se había redirigido hasta allí para crear un foso de aguas de corriente rápida. Sin embargo, ninguna de las precauciones que tomaron los defensores sirvió de nada, pues no consiguieron detener al ejército de Sylvania ni siquiera por un momento.

Grandes máquinas de asedio construidas con restos humanos fusionados entre sí y animadas mediante la magia negra avanzaron pesadamente hasta situarse frente a las murallas de la ciudad, mientras bandadas de enormes Murciélagos Vampiro la sobrevolaban ávidamente. Vlad lanzó a los defensores su ultimátum habitual: abrirle las puertas y servirle en vida, o luchar contra él y servirle en la muerte. Casi toda la población, incluido Ludwig, el pretendiente de Reikland al trono Imperial, quería rendirse, pero el Gran Teogonista Wilhelm III les convenció de que no lo hiciera. A continuación Wilhelm se encerró en el Gran Templo de Sigmar, y después de tres días de ayuno y plegarias volvió a salir asegurando que el propio Sigmar le había revelado el modo de salvar al Imperio. Sabía cuál era la fuente de la inmortalidad de von Carstein.

Esqueletos asediando.jpg
Aquel mismo día, Wilhelm mandó un agente al campamento de Vlad. Su nombre era Félix Mann, y era el más grande ladrón de su época. Le habían ofrecido el perdón y estaba bajo la influencia de una compulsión creada por el Gran Teogonista. Para ello, su tarea consistía en robarle al Conde Vampiro el ornado anillo que siempre llevaba puesto. Mediante el sigilo y el engaño, Mann logró abrirse camino hasta el centro del campamento Sylvaniano, y con el corazón en la boca por la tensión, se escurrió al interior del gran pabellón de seda negra donde los aristócratas No Muertos dormían en sus ataúdes abiertos. Tal era su confianza que nadie los protegía. Allí, el maestro de ladrones le sacó a von Carstein el anillo del dedo, y huyó para no volver jamás. Hasta el día de hoy nadie ha sabido qué fue de él, ni del anillo.

Cuando Vlad despertó y vio lo que había sucedido, montó en cólera y ordenó atacar de inmediato la ciudad. El ejército de No Muertos obedeció al momento la ardiente voluntad del Conde Vampiro, y las enormes torres de asedio óseas se lanzaron hacia las murallas. En las almenas almenas de Altdorf los defensores estaban preparados. Los alabarderos empujaron las escaleras de asedio, y docenas de No Muertos cayeron al suelo agitando lentamente sus miembros. Los Esqueletos y los Espaderos de Reikland se enzarzaron en un salvaje combate. Diversos héroes Imperiales, equipados con formidables armas mágicas que habían sacado de las criptas de la ciudad, abatieron a numerosos aristócratas Vampiro, aunque a su vez ellos fueran también aniquilados.

En el centro de ese vasto conflicto que estaba engullendo a toda la ciudad, el Gran Teogonista se enfrentó en combate personal con el Conde Vampiro Vlad. Era una batalla como pocas hayan podido ver los hombres. Los dos poderosos luchadores intercambiaron varios golpes. Tras una hora de frenética lucha, martillo sagrado contra espada mágica, Vlad empezó a cobrar ventaja, pues su enemigo se estaba agotando mientras que él seguía fresco como una rosa. Percibiendo que su final estaba cerca, Wilhelm cargó de cabeza contra Vlad con todas sus fuerzas, de modo que ambos cayeron juntos por las almenas, agarrados en un abrazo de muerte. En primer lugar Vlad fue empalado en un asta de madera al pie de la muralla, y a continuación Wilhelrn cayó sobre él haciendo que el cuerpo del Conde aún se clavara más profundamente. Con un espantoso grito, Vlad von Carstein expiró para siempre, pues al carecer del poder que le otorgaba su anillo mágico por fin era vulnerable.

Guerras condes Vampiro.jpg

Con el Conde Vlad destruido y sus ejércitos desmoronándose, los Sylvanianos se vieron forzados a levantar el asedio y retirarse. Más de la mitad de los vampiros había perecido, pese a eso, el número de bajas sufrido por los hombres de Altdorf había sido tan elevado, que la persecución del enemigo no fue posible. El Gran Teogonista Wilhelm fue enterrado entre los muros del Templo de Sigmar. Actualmente, la gente reza a su espíritu cuando la amenaza de las legiones No Muertas está cerca. En un cofre de ébano con refuerzos metálicos, entre los restos destrozados del pabellón negro, fueron encontradas las copias de los Nueve Libros de Nagash y el Liber Mortis que habían pertenecido a von Carstein. Fueron rápidamente guardados bajo llave en el interior del Templo de Sigmar. La última baja de la batalla fue de Altdorf Isabella von Carstein quien, incapaz de afrontar la idea de vivir eternamente sin su esposo, se empaló a sí misma en una estaca y quedó reducida a una pila de polvo, ante los mismos ojos del futuro Emperador Ludwig y su guardia personal.

Ludwig hubiera querido aprovechar para invadir con sus tropas Sylvania y llevar la lucha hasta el corazón del enemigo, acabando de una vez por todas con la amenaza vampírica. Sin embargo, los demás pretendientes al trono se lo impidieron uniéndose contra él, pues temían que Ludwig utilizara su nueva popularidad como vencedor del asedio de Altdorf para asegurarse su coronación como Emperador. Así pues, aquel error estratégico permitió a los perniciosos señores de Sylvania disponer por tanto de tiempo para recobrar sus fuerzas.

Konrad el SanguinarioEditar

Boceto Konrad von Carstein por Karl Kopinski.jpg

Durante un cierto tiempo no era seguro que pudieran hacerlo. Entre los Vampiros había una disputa para decidir el heredero de Vlad von Carstein. Habían quedado cinco supervivientes con capacidad de reclamar el título de Vlad: Fritz, Hans, Pieter, Konrad y Mannfred. Todos tenían motivos para asegurar que eran los herederos directos de von Carstein, pues era el propio Vlad quien les había pasado su maldición. Ningún heredero parecía tener más derecho que los demás. De resultas de esto, estalló entre ellos una cruenta lucha por el poder durante más de cuarenta años, ya que todos los pretendientes afirmaban ser los auténticos Condes von Carstein. Los Vampiros guerrearon y conspiraron unos contra otros, dando al Imperio un tiempo valiosísimo para recuperarse de la desolación causada por los ataques de Vlad. Finalmente todo acabó en desastre.

Fritz von Carstein fue eliminado en el campo de batalla mientras intentaba asediar Middenheim. Hans pereció cuando Konrad le retó para ver quién de los dos era más fuerte, y a continuación lo abatió y lo despedazó. Pieter fue asesinado en su propio ataúd por el cazador de brujas Helmut van Hal, un descendiente lejano del infame Nigromante del mismo nombre que intentaba redimir los crímenes de su antepasado. Los rumores de la época apuntaban a que no fue otro que Mannfred quien había conducido al cazador de brujas hasta la guarida de Pieter. Tras la muerte de Pieter, Mannfred desapareció, dejando a Konrad como el indiscutible soberano de Sylvania.

Konrad von Carstein estaba completamente loco, incluso comparándolo con el resto de su familia junta. Ya en la época en la que había caminado entre los vivos se había granjeado una reputación de demente y sangriento carnicero; se le tenía por un individuo extremadamente malvado, despiadado y violento. En cierta ocasión, sólo para divertirse, había ordenado a sus ballesteros que usaran como blancos para practicar puntería a todos los gatos que pudieran encontrar en sus dominios. En al menos otras dos ocasiones ordenó quemar aldeas enteras porque le ofendía el olor de los campesinos que las habitaban. Llevó a su propia madre a juicio, acusada de haberle dado a luz sin su consentimiento, y encontrándola culpable de dicho cargo la encerró y tapió en una torre. Todas estas locuras las cometió en vida, y la posterior adquisición del poder y la longevidad propias de un Vampiro no hizo sino empeorar su ya de por sí deformada visión de la realidad. Su reino del terror duró casi un siglo y su nombre es aún actualmente utilizado para asustar a los niños.

Dragon2.jpg

Al carecer de ninguna habilidad para la Nigromancia, Konrad se dedicó a esclavizar a todos los hechiceros que pudo capturar, y a forzarlos a hacer su voluntad. Pronto estuvo al frente de un enorme ejército que asoló a lo largo y ancho todas las tierras del Imperio, con la diferencia de que, mientras que Vlad solía ofrecer a sus oponentes la opción de elegir entre la vida y la muerte, Konrad solo les permitía elegir entre una muerte rápida o una muerte lenta (y dolorosa). Mientras Vlad von Carstein consideraba que los humanos eran ganado que debía cuidarse como el granjero cuida a sus animales, Konrad consideraba que los humanos eran animales para cazar, como los ciervos.

Las ambiciones de Konrad palidecían en comparación con las de Vlad, pues él no buscaba coronarse como Emperador Vampiro, sino simplemente sumergirse en un estado permanente de masacre y barbarie. Sus ansias de guerra le llevaron junto con sus ejércitos a lugares lejanos del sur, como Nuln o las Montañas Grises, y fue allí donde el vesánico Conde Vampiro se encontró por primera vez con los Caballeros de la Torre Sangrienta. Aunque el comportamiento de Konrad no era honorable ni caballeroso, su promesa de grandes victorias bastó para que los Caballeros Sangrientos se unieran a su causa. Con ellos a la vanguardia de sus fuerzas Konrad derrotó a todos los enemigos que le hicieron frente, pese a sus frecuentes estallidos de histeria y los graves errores tácticos que cometía una y otra vez. Pues nadie podía resistirse al poder en bruto de las huestes de Konrad, que ya se había ganado los apodos de “el Conde Sanguinario” y "la Bestia", títulos bastante apropiados para este asesino enloquecido.

En Kleiberstorf, Konrad se enfrentó contra el ejército de Averland, cuyos arqueros y máquinas de guerra se cobraron un alto precio entre las tropas del ejército Sylvaniano. Sin embargo, Konrad suplicó y amenazó a sus Nigromantes cautivos para que siguiesen haciendo avanzar a su ejército, llegando a ofrecerles poder y riquezas hasta que accedieron, y combinaron su saber mágico para liberar sobre las fuerzas de Averland un viento cataclísmico en forma de terribles garras etéreas, que parecían clavarse en el alma de los soldados Imperiales arrebatándoles la fuerza vital. El pánico empezó a extenderse a medida que la antinatural galerna mataba a más y más hombres. En un raro lapso de lucidez, Konrad vio que aquella era su oportunidad y lanzó al ataque a sus Caballeros Sangrientos y a su Guardia de Drakenhof. Viéndose asolado a la vez por terrores insustanciales y por la carga de Vampiros enfundados en armadura completa, el ejército de Averland se desmoralizó por completo y huyó. Konrad persiguió a los supervivientes durante cinco días, dando caza y matando hasta al último de ellos.

Silver pinacle.jpg

Konrad también provocó la guerra contra los Enanos, pese a que sus consejeros le instaron prudentemente a que no lo hiciera. Los ejércitos de No Muertos asaltaron diversos asentamientos periféricos conectados con Zhufbar, causando la ira de las Enanos que allí habitaban. Liderados por el Rey de Zhufbar, los Enanos organizaron una expedición a Sylvania para dar caza a Konrad, y en Nachthafen el Conde Vampiro cabalgó a enfrentarse con ellos. El ejército de Konrad no empezó la batalla nada bien, ya que el poder de los Herreros Rúnicos aventajaba en mucho a la magia de los Nigromantes cautivos de Konrad. Desprovistos de la energía que los reanimaba, los Esqueletos y Zombis caían abatidos sin volver a levantarse, aplastados por los proyectiles de los cañones y los arcabuces.

Pese a estos reveses, Konrad se mantenía optimista. Se puso al frente de un ataque general sobre el flanco derecho del ejército Enano con el objeto prioritario de buscar y exterminar a todos los Herreros Rúnicos. Mientras los Caballeros Sangrientos aplastaban las disciplinadas filas de guerreros Enanos, Konrad mató a todas y cada uno de los Herreros Rúnicos y se alimentó con su sangre derramada. A medida que recuperabais su poder mágico, los Nigromantes de Konrad pudieron volver a resucitar a los guerreros No Muertos caídos y, siguiendo las órdenes de Konrad, lanzarlos al ataque una vez más. Los Enanos lucharon con resolución y sin mostrar señal alguna de miedo, pero se trataba de un combate sin posibilidad de victoria. El Rey Enano desafío a Konrad en combate singular, pero el Conde Sangriento envió en su lugar a Walach Harkon, el Gran Maestre de los Caballeros del Dragón Sangriento. Harkon mató al Rey Enano tras un cruento duelo, tras lo cual se dio un festín allí mismo con la sangre real de su enemigo muerto. En menos de una hora, todos los demás Enanos estaban muertos.

Konrad era tan incontrolablemente despiadado que, para poder hacerle frente, los tres pretendientes al trono Imperial dejaron a un lado sus diferencias y unieron fuerzas contra él en dos ocasiones concretas. La primera fue en la Batalla de los Cuatro Ejércitos, un choque de tropas que tuvo lugar en las afueras de Middenheim en el año 2100 en la que nadie logró una victoria clara. Esta batalla es recordada sobre todo por un episodio de traición particularmente infame: Lutwik (hijo y sucesor de Ludwig), y Ottilia IV de Talabecland, ordenaron de forma simultánea el asesinato del otro durante la refriega (después de todo, un campo de batalla parece el lugar ideal para clavarle a alguien una daga por la espalda). En el caos que siguió al mutuo asesinato de estos dos personajes, los nobles del Imperio se pusieron a buscar desesperadamente un único líder en torno al que unirse. Helmut de Marienburgo fue el primer candidato que apareció.

Condes Vampiro Caballero.jpg

Un cónclave de Condes Electores se reunió en la sala del consejo de Averheim para decidir sobre el tema. La única razón que impidió que Helmut fuese nombrado Emperador fue el hecho de que Konrad le había matado en batalla. A pesar del respaldo que estaba acumulando, Helmut empezó a actuar de manera errática, torpe y ausente. A continuación, la piel empezó a caérsele a tiras y uno de sus ojos se le desprendió de la cuenca, para horror de los Condes allí reunidos. Incluso el propio hijo de Helmut, Helmar, renunció al derecho de su padre a acceder al trono, cuando se descubrió que Helmut se había convertido en un zombi bajo el control de Konrad. Al ser desenmascarados, los Nigromantes de Konrad huyeron de la escena con el zombi aspirante a Emperador. Presa de la ira porque su astuto plan había fallado, Konrad se abrió paso con su ejército desde Averheim hasta las Colinas Aullantes, quemando todas las ciudades y aldeas a su paso, y matando a todo aquel con quien se encontró.

Páramo Siniestro marcó la segunda alianza contra Konrad von Carstein. Allí, en la primavera del año 2.121, un ejército combinado de Hombres y Enanos se enfrentó al Conde Vampiro. Por aquella época, el comportamiento de Konrad era tan errático que sus nigromantes más favorecidos temían por sus vidas. Al ver que no ganaban nada permaneciendo a su lado, los Caballeros del Clan Dragón Sangriento abandonaron a Konrad, alejándose del ejército del conde la víspera de la batalla. Konrad estaba tan indignado por aquella afrentas su autoridad que ordenó a su hueste atacar a las fuerzas conjuntas en lugar de replegarse (que hubiera sido lo más sensato).

Tal como ya había ocurrido antes, en un principio los guerreros de elite de Konrad resistieron el castigo de los arcabuces y máquinas de guerra Imperiales y Enanas, y mantuvieron su inexorable avance. Pero entonces, de repente, los regimientos de No Muertos vacilaron y se derrumbaron, mientras se disipaba la energía mágica que los había mantenido unidos hasta entonces. Los Nigromantes de Konrad le habían traicionado finalmente, dándose a la fuga. Solo la fuerza de voluntad y las habilidades vampíricas de Konrad pudieron mantener reanimada a una pequeña porción de su ejército. Sin embargo, tal esfuerzo resultó ser demasiado intenso para el Conde de Sylvania, que fue víctima de un ataque de locura y empezó a deambular alejándose de la batalla, mientras se gritaba a sí mismo de forma maníaca. El héroe Enano Grufbad lo capturó y lo mantuvo sujeto mientras Hehnar procedía a empalar con su espada Colmillo Rúnico al asesino de su padre.

El último de los von CarsteinEditar

W6 vc mannfred1.jpg

El último y más peligroso de todos los Condes Vampiro fue sin duda Mannfred un individuo sutil, astuto y traicionero que algunas personas (incluido Vampiros) aseguran que Mannfred estaba despierto cuando el anillo de Vlad von Carstein fue robado, hechizando a los centinelas para evitar que le vieran, y que después pasó muchos años tratando de dar con el paradero de Felix Mann. Mientras Konrad se dedicaba a devastar el Imperio, Mannfred permaneció apartado estudiando tranquilamente el arte de la Nigromancia. Dicen que viajó hasta las Tierras de los Muertos en busca de los secretos de la no vida, antes de regresar al castillo Drakenhof cargado con una auténtica biblioteca de oscuros conocimientos arcanos, donde se dedicó bastante tiempo a estar seguro de su poder.

Tras la muerte de Konrad, Mannfred se convirtió en el gobernante indiscutible de Sylvania, pero durante toda una década no hizo nada, dejando que los diferentes pretendientes al trono Imperial creyesen que Sylvania ya no suponía una amenaza y les dio tiempo para que lucharan entre ellos, algo que por supuesto hicieron. Mientras el Imperio se sumía de nuevo en luchas internas, Mannfred ocultaba su poder creciente.

Mientras que Vlad había gobernado con voluntad de hierro y gran despliegue de poder puro, y Konrad lo había hecho mediante el miedo, Mannfred decidió forjar sus ejércitos usando sus poderes nigrománticos y sus tortuosas artes manipuladoras. Se dedicó a buscar Vampiros más allá de las fronteras de Sylvania, y una vez localizados logró que se unieran a su ejército mediante el soborno, la coacción o los halagos. Pasó muchos meses en las tierras más remotas del Imperio, reanimando espíritus y tumularios de sus decrépitas tumbas. Cuando una devastadora guerra civil sacudió al Imperio, Mannfred estimó que era el momento adecuado de atacar.

Las legiones No muertas de Mannfred von Carstein atravesaron la frontera de Sylvania bien entrado el invierno. Acabada la estación veraniega, la más apropiada para llevar a cabo campañas militares, los ejércitos de los Condes Electores se habían replegado de nuevo con sus guarniciones, y estaban totalmente desprevenidos ante un asalto tan repentino como ese. Las tropas de Mannfred atravesaron las nieves en dirección a Altdorf, matando a todos los hombres vivos que encontraron a su paso y reviviendo sus cadáveres para unirlos a las filas del Conde Vampiro. Durante la infame y cruda Guerra de Unvierno del año 2.132 Mannfred cosechó una victoria tras otra, derrotando a varios ejércitos Imperiales que habían sido apresuradamente reclutados para tratar de bloquearle el paso. Las victorias iban sucediéndose y bien pronto los siniestros rumores sobre su inminente llegada bastaron para que los aldeanos huyesen de sus hogares, solo para morir congelados en la nieve. Cuando el ya ingente ejército del Conde Vampiro alcanzó por fin las puertas de Altdorf al final del invierno, se encontró una ciudad aparentemente sin defensas.

Guerra Condes Vampiro Imperio.jpg

Una sensación de triunfo inundó a Mannfred, que parecía encaminado a dejar de ser un mero Conde Vampiro para convertirse en Emperador Vampiro, logrando así aquello en lo que ni Vlad ni Konrad habían tenido éxito. Estaba a punto de tomar la ciudad más grande del Imperio cuando en aquel momento apareció en las almenas de Altdorf el Gran Teogonista Kurt III. El Alto Sacerdote Sigmarita había sacado el malvado Liber Mortis de las más profundas bóvedas de su templo, y comenzó a recitar directamente de sus páginas el Gran Hechizo de Desunión. Mientras dicho encantamiento se desataba, el poder que Mannfred ejercía sobre sus servidores empezó a debilitarse. Al ver que sus seguidores se desmoronaban y se convertían en polvo, Mannfred ordenó una apresurada retirada. Aunque probablemente era el más poderoso de los Condes Vampiro, sus enemigos se habían preparado bien para enfrentarse a la amenaza de los No Muertos.

Imperturbable ante aquel contratiempo, Mannfred hizo marchar a su ejército a lo largo del Reik hasta Marienburgo, capturando por el camino varios barcos grandes y gobernándolos gracias a los cadáveres reanimados de sus tripulaciones. En primera instancia el Conde Vampiro intentó asediar la ciudad portuaria, mientras al mismo tiempo mandaba a su pequeña flota de zombis navegando para atacarla desde otra dirección. Sin embargo, aquel primer asalto fue rápidamente rechazado por el ejército de Marienburgo y sus aliados, una compañía de Altos Elfos que hacía poco había establecido una colonia comercial en la ciudad. Entre los Elfos estaba el Alto Mago Finreir, cuyo terrible poder decantó la batalla contra las fuerzas de Manfred en el momento crucial. Así pues, Mannfred mandó construir varias poderosas máquinas de guerra, inmensas catapultas hechas con retorcidos troncos de madera y tendones vivos, y se preparó para llevar a cabo un asedio largo. No obstante, pocos días después, sus exploradores le informaron de que un ejército procedente de Altdorf se acercaba rápidamente por su retaguardia, por lo que Mannfred no tuvo más remedio que levantar por completo el asedio del puerto y huir a través de todo el Imperio.

Guerras conde Mannfred.jpg

Así empezó una especie de juego del gato y el ratón, aunque en este caso ninguno de los dos bandos tenía muy claro quién de ellos era el gato.El ejército de Manfred iba desgastándose poco a poco por los enfrentamientos con los ejércitos de los diferentes estados del Imperio, no obstante, recuperaba efectivos después de alguna gran victoria. En Horstenbad, el ejército de Ostermark rodeó a Mannfred mientras su fuerza avanzaba serpenteando por la carretera del bosque, y destruyó a casi la mitad de las tropas del Conde Vampiro. Aún así Mannfred escapó, Mannfred von Carsteiny en cuestión de un mes ya había tomado la ciudad de Felph y reclutado un nuevo ejército. Cuando las fuerzas de Ostermark iniciaron el asedio de Felph, Mannfred desencadenó una potente tormenta mágica que mató a regimientos enteros de soldados con rayos de energía púrpura, sus cadáveres aún humeantes volviendo a levantarse casi de inmediato como No Muertos para enfrentarse a sus antiguos camaradas. Así siguió desarrollándose la campaña, sin que ninguno de los dos bandos fuese capaz de asegurar la victoria definitiva. Hasta por dos veces Mannfred se vio obligado a retirarse a Sylvania para escapar a la persecución, aunque en la primera de dichas ocasiones logró aplastar a los ejércitos de Averland y Stirland enviados tras él, reanimando a una incontable horda de Zombis en Bylorhof.

Finalmente, Manfred fue empujado hasta los bosques de Sylvania. Decididos a no cometer el mismo error que habían cometido sus antecesores, las desesperadas familias de los nobles del Imperio establecieron un juramento de tregua entre ellos y lenta, pero firmemente, se pusieron a registrar los bosques de Sylvania. Enviados por el Alto Rey Enano, los Guerreros Enanos les ayudaron tanto en la búsqueda como en el combate. Unidos de este modo, los ejércitos del Imperio no cejaron en su empeño hasta que finalmente, en Hel Fenn, lograron forzar a Mannfred a hacerles frente en Hel Fenn...

El ejército de Mannfred era enorme, pues gracias a su poder nigromántico había logrado levantar a una legión entera de zombis de las embarradas profundidades de Hel Fenn. Incansable, la hueste No Muerta continuó retirándose hacia los pantanos, atrayendo hasta aquella zona de inmundicia y penumbra al ejército Imperial, que a cada día que pasaba parecía más exhausto. Sin embargo, Mannfred no había contado con la determinación de sus enemigos y no pudo evitar la batalla, que tuvo lugar en las inmediaciones al este del Gran Pantano, donde los guerreros del Imperio y Enanos se batieron con una determinación desesperada.

Mannfred vio que la victoria estaba fuera de su alcance así que intentó huir en su carruaje. Montado sobre un grifo majestuoso, Martin, el Conde Elector de Stirland, lo persiguió y lo capturó en el mismo borde de los pantanos. Aunque el Conde Elector subió graves heridas en su combate contra el Vampiro, finalmente logró derribarlo a base de poderosos golpea de su espada Colmillo Rúnico, hasta que el destrozado cadáver de Mannfred se hundió en las profundidades del pantano. Pese a llevar a cabo una larga búsqueda, ningún Hombre ni Enano localizó nunca el cuerpo de Mannfred. El Conde de Stirland reclamó todas las tierras de Sylvania como parte de sus dominios ya que había matado al Conde. Puesto que nadie deseaba realmente esa tierra maldita, nadie discutió su derecho.

Así es como acabó el reinado del último de los von Carstein y finalizó a la amenaza de los Condes Vampiro, o al menos es lo que parecía en aquel entonces...

La amenaza ocultaEditar

Mannfred era el Conde Vampiro que más tiempo había vivido, y existe un rumor que dice que todavía vive en la actualidad, amenazando con volver una vez más al frente de los ejércitos No Muertos de Sylvania. El poeta Félix Jaeger afirma haberse encontrado con él el año 2503 mientras viajaba junto a su compañero Enano, Gotrek Gurnisson. Sin embargo, Jaegar es un conocido criminal y agitador de multitudes, cuyas narraciones de viajes son muy extravagantes. Por esto, los eruditos no creen que esta afirmación sea verdadera. Es dudoso que un poderoso Vampiro corno Manfred von Carstein huyera ante un Enano exiliado armado con un par de candelabros de plata, como afirma Jaeger. La narración de Jaeger es sin duda falsa, por lo que nos contentaremos con los hechos demostrados sobre la vida de Manfred. Por lo que respecta a esta historia, Manfred von Carstein, el último de los Condes Vampiros, murió en Hel Fenn. Que descanse allí para siempre.

En realidad, la conclusión de las Guerras de los Condes Vampiro no supuso ni mucho menos el fin de la amenaza de estos monstruos. Aún peor, durante dichas guerras la maldición de los von Carstein se extendió sin control por todo el Viejo Mundo, de modo que a día de hoy los hijos de Nagash acechan la noche desde la helada Kislev en el este hasta la próspera Marienburgo en el oeste. ¿Quién sabe cuántas damas nobles son en realidad reinas de los No Muertos, cuántos elegantes aristócratas guardan un secreto sangriento, o cuántos barones y duques deben su verdadera lealtad a un Rey Vampiro? Ocultos fuera de la vista de los mortales, los Vampiros siguen haciendo crecer sus fantasmagóricos ejércitos, esperando tan pacientes como arañas a que los humanos queden enredados en su telaraña de muerte por toda la eternidad.

FuentesEditar

  • Ejércitos Warhammer: No Muertos (4ª Edición).
  • Ejércitos Warhammer: Condes Vampiro (5ª Edición).
  • Ejércitos Warhammer: Condes Vampiro (6ª Edición).
  • Ejércitos Warhammer: Condes Vampiro (7ª Edición).
  • Ejércitos Warhammer: Condes Vampiro (8ª Edición).

Spotlights de otros wikis

Wiki al azar