FANDOM


Guerra Vlad Condes Vampiro por Alex Boyd

Las Guerras de los Condes Vampiro, también llamadas Guerras Vampíricas, fueron tres grandes guerras libradas durante la Era de los Tres Emperadores. En ellas, los Condes Vampiro de Sylvania tratan de conquistar al divido Imperio, obligando en numerosas ocasiones a los enemistados gobernantes de las distintas provincias a dejar a un lado sus diferencias para hacer frente a la amenaza, llegando a contar con la ayuda de sus aliados Enanos e incluso con Elfos Procedentes de la lejana Ulthuan.

Fue una guerra devastadora que duraría décadas y en la que se cobró las vidas de innumerables habitantes de Imperio, socavó la fuerza de la nación, y sólo pudo ganarse mediante un terrible sacrificio y una suerte sorprendente.

La región de SylvaniaEditar

Sylvania por Brandon Leach

En las inmediaciones al este de Stirland, a la fría sombra de las Montañas del Fin del Mundo, se encuentra Sylvania. Esta tierra de sombrías colinas, devastados páramos y bosques cubiertos por la niebla es evitada por todos los viajeros sensatos, siendo de largo la región del Imperio que ostenta una peor reputación.

Ningún hombre en su sano juicio se aventuraría por allí tras la caída de la noche, y ningún caballero andante ni agotado peregrino aceptarían refugio en los inquietantes y pútridos castillos que se recortan contra el cielo por toda la región. Al llegar la noche, los ignorantes campesinos de las aldeas Sylvanas cierran las puertas de sus casas y cuelgan ristras de plantas como la "raíz demoníaca" o la "matabrujas", que se supone les han de ofrecer protección contra las criaturas maléficas de la noche.

Desde que el hombre tiene memoria siempre han existido historias sobre la naturaleza maligna de Sylvania. Cuando un bardo de taberna entona una balada triste o un poeta de corte recita una historia de terror, es bastante probable que la ambientación sea este lugar maldito. Hay muchas mas leyendas oscuras en esta región que en todas las provincias imperiales juntas, y la mayoría de ellas tienen una base sólida. Lo cual tiene de hecho bastante lógica, pues no en vano Sylvania es una tierra donde las almas en pena, los Vampiros y los hechiceros malignos aún caminan abiertamente bajo la pálida luz de la luna. Solo los más valientes o lo más temerarios se atreven a vagar por estos parajes y solo si tienen una razón de peso.

Castillo Sylvania Amos de la Noche

La magia oscura fluye con fuerza en Sylvania, y todos los castillos de nobles están construidos sobre lugares de naturaleza maldita o demoniaca. Hasta los recaudadores de impuestos de Stirland, tipos notoriamente audaces y violentos, toman toda clase de precauciones cuando deben partir a cumplir con su deber en estas tierras, desde equiparse con amuletos bendecidos por los sacerdotes de Morr y Sigmar, hasta viajar escoltados por compañías de cincuenta o más hombres armados si su señor les ordena cumplir con su deber por estas tierras.

Vlad, el Conde VampiroEditar

La historia de esta oscura tierra alcanzó su punto más bajo cuando Vlad von Carstein asumió el gobierno de la provincia, extendiendo la maldición del vampirirsmo entre la nobleza de la región.

La locura de Otto von DrakEditar

Castillo Drakenhof por Daarken

Todo comenzó una noche de tormenta mientras Otto, el último de los dementes condes von Drak, yacía en su lecho de muerte en el castillo Drakenhof. Otto era un hombre cruel y loco, que se deleitaba clavando las cabezas de los campesinos en picas a la más mínima provocación, y que cuando se emborrachaba lo suficiente llegaba a convencerse de que era el propio Sigmar reencarnado. Los nobles de su corte, que debían ser sus vasallos, no tenían respeto alguno hacia su autoridad ni prestaban atención a sus órdenes. Toda Sylvania era una tierra dominada por las continuas tensiones y disputas internas que ardía bajo los desórdenes civiles. En su lecho de muerte, agonizaba pero no se arrepentía, y maldecía a todos los dioses por no haberle dado un heredero varón con el que continuar su estirpe.

Mientras su familia esperaba expectante a que exhalara el último aliento, Otto juró que antes casaría a su hija Isabella con un demonio que dejar que su odiado hermano Leopold heredara el reino. El cabeza de la familia von Drak ya había negado la mano de su hija a todos los nobles de Sylvania por encontrarlos despreciables, y más allá de sus fronteras ningún hombre de buena cuna estaba dispuesto a casarse con la heredera de una región de tan espantosa reputación. Por tanto, cuando Isabella von Drak se inclinó ante su moribundo padre, seguía soltera y sin compromiso.

Warhammer Total War Mensaje Condes Vampiros

En el exterior, un trueno retumbó y un relámpago irrumpió de pronto como si fuera a partir en dos la oscuridad de la tormenta. Victor Guttman, el anciano sacerdote de Sigmar que había sido llamado para escuchar en confesión al viejo conde, cayó desmayado allí mismo. Un instante después, procedente de la misma tormenta llegó un sonido de ruedas y cascos de caballos. Un oscuro carruaje tirado por cuatro imponentes corceles negros se detuvo en el exterior de la fortaleza, y una poderosa mano aporreó el portón con fuerza mientras una voz profunda, fría y orgullosa exigía que se le abriera.

La llegada de VladEditar

Vampiros Von Carstein por Pat Loboyko

La puerta del castillo se abrió por sus bisagras antes de que cualquier hombre de armas pudiese llegar a tocarla. El desconocido revelo su identidad, y al momento todos los perros guardianes del patio de armas dejaron de aullar y huyeron despavoridos. Era alto, con facciones de una belleza siniestra, aspecto orgulloso y porte nobles. Nadie se interpuso en su camino mientras marchaba directamente hacia la habitación del conde. Su acento era extranjero, tal vez de Kislev o incluso de más lejos.

Aquel extraño se presentó a si mismo coma Vlad von Carstein y procedió a recitar sus nobles antecedentes al conde, tras lo cual le solicito la mano de la estupefacta Isabella. Quizás al mirar los fríos y destelleantes ojos del extraño el conde llegara a arrepentirse de haber proferido su precipitado juramento, pero no podía negarle nada al forastero pues antes de darse cuenta de lo que estaba pasando ya le había concedido su bendición.

El sacerdote Guttman fue reanimado de su desmayo y llevado hasta la habitación de Otto. Allí, a los pies de la cama del moribundo conde, se celebró la ceremonia nupcial sin la menor dilación. Tan pronto como se pronunciaron las palabras finales del ritual, Otto von Drak expiró dejando a su hija y todos sus dominios a cargo de Vlad von Carstein, cuya primera acción como nuevo dueño y señor de aquellas tierras fue arrojar al tío de Isabella, el conde Leopold, que protestaba enérgicamente, por la ventana de la torre más alta del castillo Drakenhof.

El gobierno de Vlad Editar

Vampiro por Mark Gibbons

Vlad resulto ser tan excéntrico coma lo había sido el viejo Otto. Nunca comía en presencia de sus sirvientes. Nunca salía al exterior durante el día. Decidió prescindir de Victor Guttman, el sacerdote de Sigmar, y lo expulsó de la ciudad (de hecho nadie volvió a verlo jamás). En poco tiempo, muchos de los viejos sirvientes de la fortaleza fueron despedidos y reemplazados por misteriosos extranjeros de piel morena, procedentes del Este.

Pese a todo, el nuevo conde parecía comportarse de forma menos tiránica que el antiguo, y así los habitantes de Sylvania siguieron adelante con sus quehaceres diarios, ignorando a los extranjeros encapuchados y embozados que visitaban el castillo a menudo. Los siglos de maltratos y castigos bajo el tiránico yugo de los von Drak les habían enseñado a no cuestionarse las acciones de sus superiores. Por lo que concernía a las clases inferiores, al menos el nuevo conde no ordenaba ejecuciones sin sentido para divertirse ni exigía el pago caprichoso de impuestos desorbitados.

Nadie dudaba tampoco de la pericia del conde en batalla. Cuando la famosa compañía de Bernhoff el Carnicero llegó cabalgando a la ciudad y demandó el pago de un tributo, Vlad hizo trizas al veterano mercenario como si no fuera más que un mozalbete inexperto, aunque Bernhoff era un famoso guerrero. A continuación, se dedicó a masacrar al resto de su banda de mercenarios mientras sus escoltas personales contemplaban la escena sin tomar parte en el baño de sangre, riendo entre dientes y hacienda comentarios jocosos. Aquello asegura la popularidad del conde, y extendió el mensaje de que dentro de su reino las leyes se cumplían, y los ladrones y bandidos se las saltaban eran perseguidos implacablemente para ser castigados sin compasión.

Isabella Von Carstein

Pocos días después de aquel episodio, empezó a circular por Drakenhof el rumor de que Isabella padecía una enfermedad incurable. La enfermedad la estaba matando poco a poco. Uno de los médicos que la atendían llego a afirmar que su corazón había dejado de latir, y que había muerto. Sin embargo, el conde insistió en que aquello no era cierto y despidió a los eruditos doctores, diciendo que se encargaría de cuidarla él mismo. Tres días más tarde la propia Isabella apareció ante sus súbditos asegurando que estaba totalmente recuperada, y parecía que realmente lo estaba, aunque desde aquel día siempre estaba pálida y lánguida, y nunca abandonaba sus aposentos si no era a la luz de la luna.

Al principio, ninguno de los belicosos nobles feudales de Sylvania prestó mucha atención a las órdenes del nuevo conde; estaban tan absortos en sus propias luchas sangrientas y rivalidades internas para escuchar los edictos de alguien que consideraban un usurpador. Si esta actitud molestó de algún modo a Vlad, desde luego no dio la menor señal de ello. Un granjero que hubiese heredado una manada de ganado no habría prestado más atención al funcionamiento de sus tierras. Con calma, Vlad se dedicó a reconstruir estados que habían sufrido durante siglos los efectos de la negligencia y el abandono. El conde trataba a sus arrendatarios con la misma consideración con la que una familia de campesinos trataría a una bestia a la que estuvieran cebando para sacrificarla y comérsela en un banquete veraniego. Tras las décadas de gobierno por parte del perturbado Otto, aquel nuevo orden impuesto por Vlad era bienvenido por todos los habitantes excepto los más paranoicos. Sin embargo, tras varios meses empezaron a ocurrir sucesos oscuros.

Los jóvenes muchachos y muchachas empezaron a desaparecer de las aldeas, o No Muertos que se concentraban en los límites de los asentamientos cada vez en mayor número. Al principio eran fuerzas de pequeño tamaño, que no atacaban ninguna de las posesiones del Conde, únicamente arrasaban aquellas que habían desobedecido su autoridad; y aquellos Sylvanos rebeldes que escapaban a las garras de estos No Muertos morían poco después víctimas de accidentes extraños. El Barón Heinz Rothermeyer fue devorado por los lobos. Al Barón Pieter Kaplin lo encontraron muerto en sus habitaciones: sus ojos estaban muy abiertos y su cabello completamente gris. Había muerto de terror. Su mujer enloqueció y murió poco después. Al jefe de bandidos Boris Muerdeorejas lo encontraron colgando de un árbol; su cuerpo no contenía ni una sola gota de sangre.

Corte Vlad

Solo aquellos que habían jurado su lealtad a Vlad parecían inmunes a estas depredaciones, así que bien pronto todos los nobles renegados empezaron a hacer cola para jurarle fidelidad. En apenas una década, aparentemente sin aplicar la fuerza de las armas, Vlad había logrado establecer un mayor control sobre la teóricamente ingobernable Sylvania que los Condes Electores de los más grandes estados del Imperio. Hubo quien llegó a decir que el éxito de Vlad como dirigente era tal, que de hecho se merecería ocupar el trono Imperial. Después de todo, los von Carsteins eran una familia muy antigua, cuyo linaje podía trazarse hasta la mismísima fundación del Imperio.

La sombra se cierne Editar

La devoción a una causa de Paul “Prof” Herbert Cazavampiros Imperio

Transcurrieron los años. En Drakenhof nacieron y murieron varias generaciones de campesinos, pero Vlad e Isabella aún seguían gobernando sus dominios, inmutables al paso de los años. Al principio pocos habitantes de Sylvania prestaron atención al asunto de aquella antinatural longevidad, pues al fin y al cabo la existencia de los campesinos siempre había sido desagradables, embrutecidas y cortas, mientras que los nobles solían disfrutar de vidas mucho más longevas. Sin embargo, cuando la mujer más vieja de Drakenhof empezó a insistir en que su abuela era una niña cuando Vlad von Carstein se hizo con el poder, incluso los labriegos más estúpidos y analfabetos de Sylvania empezaron a sospechar que las cosas no eran lo que parecían.

Los insistentes rumores atrajeron a Sylvania a gran cantidad de cazadores de brujas. Aquellos que intentaban investigar a los von Carstein no volvían a ser vistos con vida; y lo peor estaba aún por llegar, pues la enfermedad que tiempo atrás había aquejado a Isabella von Carstein hizo también mella en otras familias de nobles aliados del conde. Al poco, cada castillo de Sylvania albergaba a un ser igualmente longevo, de aspecto pálido, de comportamientos nocturnos y de despiadada mano de hierro a la hora de gobernar a sus súbditos.

Mordheim no muertos

El número de desapariciones entre los aldeanos empezó a hacerse más notable, los templos a Sigmar, Taal y Ulric se clausuraron, los sacerdotes de Morr fueron expulsados de la región y los muertos quedaron desatendidos, amontonándose en las cunetas de los caminos. Se estableció una cadena de siniestros puestos de vigilancia a lo largo de toda la frontera, y eran pocos los que tenían permitido cruzarla, ya fuera para entrar o para salir de la provincia. Sylvania pasó a ser un país más independiente que cualquier otro estado del fragmentado Imperio.

Cuando la catástrofe sacudió Mordheim, la capital de Ostermark en el año 2000, Vlad actuó con rapidez. Un gran meteoro de Piedra Bruja había destruido media ciudad, y entre sus ruinas habían quedado enterrados numerosos fragmentos de ese mineral mágico. Los pretendientes al trono Imperial empezaron a enviar bandas de mercenarios para saquear la nueva fuente de poder, y Vlad hizo lo propio mandando allí a sus oscuros siervos para que le trajesen tanta Piedra Bruja como pudiesen. Aún pasaría toda una década antes de que las extrañas semillas cosechadas cola arrasada Mordheim empezaran a dar sus frutos.

La Marcha de VladEditar

Y así la situción continuó, hasta que en la Geheimnisnacht del año 2010 después del nacimiento de Sigmar, Vlad von Carstein reveló al mundo la horrible verdad.

La Danza de la MuerteEditar

Warhammer edge of night por Nachomolina

A principios del invierno de 2010, Vlad se preparaba para organizar el evento social de la década en el Imperio: la Totentanz, literalmente la Danza de la Muerte, una fiesta de máscaras en honor de los fallecidos. Vlad e Isabell habían restaurado esta antigua costumbre de disfrazarse como los muertos en la víspera de Geheimnisnacht, e invitaron a todos los nobles de Sylvania (y a muchos de más allá de sus fronteras) para que asistieran una gran celebración en el castillo Drakenhof.

Modistas y sastres trabajaron hasta dejarse los dedos en carne viva para crear trajes que rivalizaran con la belleza de quienes se los pondrían. Vinateros y granjeros crearon y envasaron en barriles sus mercancías más selectas para llevarlas al castillo; panaderos y carniceros prepararon carnes y exquisiteces capaces de hacer agua la boca de cualquiera. Dada la categoría de las propiedades y la presentación de los von Carstein, centenares de nobles acudieron a su castillo para ver y dejarse ver. Una constante procesión de carruajes y calesas que transportaban a la gente rica y elegante había estado ascendiendo durante todo el día por el curvo camino que conducía al puente levadizo del castillo. Desde lejos, la puerta se parecía a unas fauces abiertas que esperaran para tragárselos a todos.

Vampiro Bestia Condes Vampiro 5ª

Fue un gran evento social como nunca antes se había visto en el Imperio, pero al llegar el momento álgido de la noche, a una orden de Vlad, Isabella y sus hombres cayeron sobre los desprevenidos invitados, y lo que siguió no fue más que una matanza. Los Vampiros se alimentaron desenfrenadamente hasta el último de ellos, hasta convertir la sala de bailes en un matadero cubierto de sangre y vísceras.

Tras esto, Vlad salió a las almenas de su castillo Drakenhof y entonó el gran hechizo de Despertar, un terrible encantamiento sacado de las páginas de uno de los Nueve Libros de Nagash. Y allá abajo, en el gran salón del castillo Drakenhof, los asesinados comensales se movieron, suspiraron y hallaron vida en sus cuerpos una vez más cuando sus almas se vieron privadas del descanso eterno por las exigencias de la magia de Von Carstein, que los devolvía al mundo como simples zombis sin mente. Sin embargo, la resurrección no se había limitado a los invitados del castillo.

La magia de Vlad, impulsada por la Piedra Bruja recuperada de Mordheim, se filtró por toda Sylvania enroscándose por entre los desprotegidos Jardines de Morr e inundando las tumbas abiertas de los campesinos. Por toda la provincia, los muertos oyeron la llamada y se levantaron.

Esqueletos bestiario viejo mundo

Cuerpos que habían permanecido bajo tierra durante tanto tiempo que los gusanos habían descarnado por completo sus huesos arañaban los ataúdes que los encerraban, se astillaban y arrancaban fragmentos de los esqueléticos dedos al hender primero la mortaja de tela y luego la tapa de madera. En las fosas comunes, las víctimas de la plaga suspiraron y se estremecieron cuando el sufrimiento de la vida regresó a sus reanimados cadáveres como Zombis, pues la enfermedad que les había arrebatado la vida, consumido la carne y detenido el corazón no bastaba para desobedecer la llamada del conde vampiro. En remotos confines de la provincia, sobre sepulturas no consagradas que estaban ocultas en bosques, campos de cultivo y márgenes de caminos, olvidadas por todos menos por los asesinos que las habían cavado, la tierra onduló y se removió cuando sus inquietos residentes se entregaron a un lento y doloroso renacimiento.

Los grupos de cadáveres recientemente salidos de los jardines de Morr y mausoleos de la campiña, todavía con tierra pegada a la carne corrupta, avanzaron con rumbo certero hacia al Castillo Drakenhof, mientras los Necrófagos surgían de sus escondrijos y trepaban desde las criptas para rendir culto a su nuevo maestro. El conde vampiro atraía a los muertos, los invocaba para que salieran de la sepultura y acudieran a su lado, formando un monstruoso ejército de no muertos. Vlad sólo tenía un propósito para reunir un ejército semejante: declararle la guerra al Imperio. Con este acto, los von Carstein estaban lanzando al Imperio el guantelete de desafío.

Las Guerras de los Condes Vampiro habían empezado.

La invasión de los No MuertosEditar

Von Carstein Vampire

Los ejércitos de Sylvania se dirigieron al noroeste, con dirección a Talabecland, el territorio de Ottilia III, de la casa Untermensch, una de los tres pretendientes al trono imperial. Durante las últimas semanas la provincia había tenido un extraño levantamiento, un levantamiento de no muertos, a lo largo de las tierras fronterizas de Talabheim, y la propia Ottilia envió un gran ejército, a las órdenes del comandante Hans Schliffen, para poner remedio a la situación.

La fuerza ottiliana se dirigieron hasta el otro lado del río Stir, acabando con fuerzas no muertas menores, y enviando a grupos de exploradores y batidores para hacer frente a otras amenazas dispersas e investigar la situación al otro lado del río. Los informes de aquellos que lograron regresar no pudieron ser mas desalentadores. Se le informó de que Vlad von Carstein iba a la cabeza de una enorme fuerza no muerta con intenciones de atravesar el río e invadir el resto de territorios del Imperio.

Sabiendo que se avecinaba la lucha, acampó el grueso del ejército de Ottilia fuera de Essen, cerca del vado del Stir, enviando cebos para atraer a las fuerzas de Sylvania hacia aquel lugar, pues presentaba era el campo de batalla ideal para su ejercito. Hizo construir fortificaciones y preparar trampas. Con el río a sus espalda significa que sólo eran vulnerables por tres lados; además, al encontrarse entre dos de los principales brazos del Stir, Von Carstein sólo puede enviar el ejército a trozos. Hasta que se produjera el choque con la fuerza enemiga, el ejercito Ottiliano solo le quedaba esperar, rechazando las eventuales incursiones menores de no muertos, hasta la llegada del infame ejército de los Von Carstein.

Batalla del Vado de EssenEditar

Alabarderos del Imperio por Adrian Smith

El día el que se produciría el choque entre las dos fuerzas, la climatología cambió drásticamente. Antes del amanecer, la nieve cedió paso a la lluvia: primero unas pocas gotas, y luego más persistente. Una hora después de la salida del sol, el cielo continuaba oscuro debido a las nubes gris acero, bulbosos cumulonimbos, y la lluvia que caía en cortinas fundía la nieve y empapaba el suelo. A mediodía, el precioso campo de batalla de Schliffen se había convertido en un lodazal, sobre el que era muy difícil caminar. Ahora tendrían que andar con torpeza por el fango, tratando de mantener el equilibrio y moviéndose como zombis ellos también. De esta manera, la gran ventaja que tenían, la movilidad, había quedado mermaba con la presencia del lodo.

Poco después llegó el ejército de Vlad.

La fuerza de muertos vivientes era inmensa hasta el punto de oscurecer el horizonte, pues cada uno de los Vampiros aristócratas de Sylvania lideraba a un ejército entero de Esqueletos y Zombis. Y aún más extraño era que las levas de campesinos de aquella tierra marchasen al lado de sus maestros No Muertos, luchando igual que si lo hicieran para cualquier señor mortal. Estos degenerados iban acompañados de necrófagos de la Cripta, tumularios y otras criaturas mucho más oscuras. Antes de la batalla, Vlad von Carstein prometió a los humanos clemencia si se rendían y le servían en vida, y ninguna piedad si se enfrentaban a él, sirviéndolos en la muerte. Aunque temeroso, el general de Ottilia ordenó atacar.

Capitán del Imperio contra Esqueletos amos de la noche
Los virotes de ballesta y las balas de cañón atravesaron a las legiones de muertos vivientes mientras éstas cruzaban el vado, pero la magia de Vlad volvía a reanimar a todas las criaturas que caían y las lanzaba de nuevo al ataque. Las cargas de los caballeros de Talabecland lograron destruir a cientos de No Muertos, pero tras ellos habían muchos miles más que seguían avanzando como una imparable muralla de carne y hueso.

Las espadas hendían para cortar los brazos de los muertos, que intentaban agarrar y derribar a los soldados. Los muertos avanzaban con paso tambaleante y los vivos retrocedían con rapidez, desesperados por eludir las extremidades extendidas que intentaban atraparlos en sofocante abrazo. El suelo que pisaban era traicionero. El modo en que daban traspiés y se tambaleaban para mantener el equilibrio mientras intentaban rechazar a los muertos eran una mímica de los movimientos del monstruoso regimiento de Von Carstein. Por muy desesperadamente que lucharan los soldados de Talabecland, los muertos continuaban llegando, avanzando inexorablemente, sin miedo ni preocupación por su propia seguridad.

Los muertos eran una marea, una fuerza que escapaba a los límites naturales y lo barría todo a su paso. El ejército de Von Carstein era implacable y letal. No tenían necesidad de armas. Se lanzaban en peso contra los aterrorizados soldados, los derribaban sobre el fango y, una vez que los tenían en el suelo, los muertos se les echaban encima para arañarlos, morderlos y desgarrarles la carne hasta haberlos despojado de toda humanidad. Los necrófagos mordisqueaban los cadáveres mientras los combatientes los pisoteaban hasta hundirlos en el lodo. Las viles criaturas arrancaban filetes de carne humana y se atiborraban con ellos. Amigos, enemigos; los necrófagos no hacían distinciones.

Espectros Condenadores

Los Jinetes Espectrales atravesaron como una exhalación las líneas de Talabecland chillando y matando a diestro y siniestro, seguidos por una mansa de Zombis que abatía a cualquier enemigo que aún quedase en pie. Así, las fuerzas de Ottilia bien pronto se vieron cercadas y completamente arrolladas por lo que parecía ser una horda No Muerta inacabable. Vlad lideró el victorioso ataque final al frente de sus Caballeros Negros, mientras los Tumularios de la Guardia de Drakenhof rodeaban al general enemigo.

Pero no pudo cuestionarse la valentía de los soldados, ni siquiera cuando el propio Von Carstein entró en la refriega, montado en una pesadilla a la que le salían regueros de fuego de las dilatadas fosas nasales, y abriendo tajos con la espada sedienta entre las aterrorizadas filas de defensores humanos. Los alaridos que lanzaba la espada al hender el aire eran espantosos. Los soldados que no resultaban derribados huían y hacían caer a otros al intentar ponerse a salvo de la voraz espada. El propio Von Carstein se mofaba de ellos y reía como un maníaco mientras asestaba tajos que diezmaban a los vivos y, casi con negligencia, resucitaba a los muertos que quedaban atrás para que formaran parte de su legión de condenados.

La batalla se prolongó durante seis horas, pero finalmente, enfrentados con el poder de Vlad y sus vampiros, las fuerzas de los Ottilianos fueron superadas y rodeadas. Pronto se alzaron gritos por todo el Vado de Essen: el ejército de Vlad von Carstein había ganado la batalla. Pero lo peor aún estaba por llegar para las fuerzas derrotadas.

La primera muerte de VladEditar

Conde Vampiro Octava

Los hombres de Vlad deambularon entre los vivos y los muertos para hacer correr la voz: el conde vampiro quería los supervivientes. Habían sobrevivido muy pocos, entre ellos el propio comandante de las tropas de Ottilia, y todos fueron conducidos como reses hacia Von Carstein. Muchos soldados trataron de rendirse, pero Vlad mantuvo su palabra de que si no le servían en vida, le servirían en la muerte, y ordenó matar a todo los prisioneros, tras lo cual usó sus poderes para reanimar sus cuerpos y añadirlos a su creciente legión.

Al ver cómo sus hombres eran ejecutados, Hans Schliffen fue presa de la ira. Tras lograr soltarte de sus captores se apoderó de la espada encantada del Conde Vampiro y le decapitó con ella de un solo golpe. Tras ello Schliffen trato de enfrentarse al resto de vampiros, pero fue rápidamente superado y despedazado miembro a miembro por Konrad von Carstein, el más desquiciado de todos los seguidores de Vlad.

Con Vlad aparentemente destruido, los restantes Vampiros empezaron a luchar entre ellos para ver quién ocuparía su puesto. Finalmente Herman Posner, Barón de Waldenhof, acabó imponiéndose a los demás, matando a todos los que se oponían a él, y reclamando la toda la herencia de Vlad como suya, incluida su esposa Isabella, quien en ese momento se encontraba presa de una furia asesina debido a la muerte de su esposo. Esa misma noche, mientras Posner se pavoneaba al frente de su ejército, Vlad von Carstein volvió. Posner afirmó que se trataba de un truco y le desafió por el control del ejército, pero Vlad acabó con él sin pensarlo ni un segundo.

Batalla de SchwarthafenEditar

Vlad von Carstein

Esta no fue la única vez que el esquivo conde Vampiro volvería de una muerte aparente.

Tras haber aplastado al ejército de Talabecland, Vlad volvió su atención aún más al oeste, hacia la ciudad fortaleza de Middenheim. Al tener conocimiento de del avance del vampiro, las fuerzas del Conde Elector de Middenland salieron a su encuentro en los campos de Schwarthafen, con los Caballeros del Lobo Blanco a la cabeza y liderados por su Gran Maestre, Jerek Kruger. Marchaban con fría determinación, pues si caían allí, si eran vencidos, quedaría abierta la puerta del camino hasta Middenheim.

Así, en el invierno del año 2014, se produjo la batalla de Schwarthafen, en el que el ejército de Sylvania de Vlad combatió contra el conde elector de Middenheirn y sus ejércitos. Como hiciera en el Vado de Essen, una lluvia torrencial volvió asolar el campo de batalla. Las gruesas gotas rebotaban sobre el campo de batalla hasta una altura de doce o quince centímetros y lo transformaban rápidamente en fango bajo los cascos de los caballos. Sin embargo, los Lobos Blancos estaban habituados a combatir bajo duras condiciones climatológicas, y se lanzaron a la carga.

Y luego comenzó la batalla en una horrenda destrucción de carne, sangre y hueso, cuando los Caballeros del Lobo Blanco chocaron de lleno contra las filas de los muertos y los martillos aplastaron gruesos cráneos y destrozaron brazos muertos que intentaban arañarlos. Las teas volaban muy arriba por el aire, donde describían un arco; algunas se apagaban en la lluvia torrencial, pero otras caían con su fuego letal sobre la masa de no muertos y encendían la disecada piel de los zombis.

Caballeros del Lobo Blanco por Adrian Smith

En medio de esta violencia, Jerek Kruger buscó a Vlad von Carstein por el campo de matanza, y lo desafió a un duelo. El conde vampiro aceptó el reto del líder de los Caballeros del Lobo Blanco, hizo girar a su pesadilla y la espoleó para que cargara a toda velocidad enarbolando su espada maldita, mientras los muertos se dispersaron sin rumbo, con la dirección perdida.

Fue un duelo sin elegancia ni estrategia, en el que solo imperaba la fuerza bruta y el salvajismo. El caballero se lanzó hacia adelante al tiempo que bloqueaba un golpe tras otro con el mango del martillo de guerra y respondía a cada uno con un devastador contragolpe dirigido a la cabeza del conde. Finalmente la runa de Ulric impactó contra un costado de la cabeza de Von Carstein y lo derribó. Si pararse a pensar, Kruger se abalanzó sobre él y acabó con la vida del conde vampiro, machacándole los huesos hasta convertirlos en pulpa sanguinolenta con el poderoso martillo.

Con Vlad fue abatido de nuevo, los Caballeros del Lobo Blanco derribaban enemigos con los martillos y los aplastaban despiadadamente. Con el caos y la confusión subsiguientes el ejército de Sylvania resultó derrotado por las fuerzas del Conde Elector de Middenheim, y la horda del conde vampiro acabó en desbandada.

Guardia de los Túmulos por Ralph Horsley

Aquella fue una gran victoria. Sin embargo, la guerra no se gana en una batalla, sobre todo cuando el enemigo se niega a morir. La triste verdad es que la victoria lograda en un campo puede transformarse en derrota en otro, y de esta manera, en menos de un año Vlad von Carstein ya había vuelto a la acción, y marchaba a la guerra liderando otro ejército.

El cuerpo del Gran Maestre Kruger, destrozado y sin una gota de sangre, fue encontrado al pie de la Aguja de Middenheim, clavado a un árbol con clavos de madera gruesa atravesando sus manos. Vlad inavió de nuevo Middenland. Tanto los Caballeros del Lobo Blanco como los Caballeros Pantera fueron dispersados por las criaturas No Muertas y las horripilantes bestias aladas de Vlad que se lanzaban en picado desde los negros cielos. Los soldados de Middenheim se vieron forzados a retirarse al interior de la ciudad, tras destruir todos los pasos elevados que conducían hasta sus puertas.

El avance continúaEditar

Nigromante 8ª edición

Satisfecho de que el ejército del Graf de Middenheim ya no supusiera una amenaza para sus ambiciones, Vlad devastó Middenland con el fin de aumentar todavía más sus fuerzas. En cada aldea y ciudad a la que llegaba, ofrecía el mismo trato: servirle y vivir, u oponérsele y morir. En un principio muchos trataron de oponerse a los No Muertos, pero todos quienes lo hicieron sufrieron el mismo destino que había corrido el ejército de Ottilia III antes que ellos. La legión de Vlad era cada vez era más numerosa y fuerte. Al poco tiempo, columnas de refugiados de miles de millas de largo empezaron a huir hacia el oeste, presas del pánico ante las despiadadas masacres que estaban llevando a cabo los ejércitos de No Muertos de Vlad.

Entonces Vlad giró su atención hacia el este, y luchó a lo largo de la Vieja Carretera del Bosque a través de Hochland y adentrándose en Ostland. Un ejército tras otro fueron enviados a tratar de frenar su avance, pero el resultado de todos aquellos enfrentamientos fue el mismo: las legiones de muertos vivientes aniquilaban a sus enemigos en batallas de desgaste que los vivas no tenían la menor posibilidad de ganar.

Nada parecía poder detener al Conde Vampiro, pues cada vez que lo eliminaban acababa volviendo al poco tiempo para cobrarse su venganza. En los campos de Bluthof, por ejemplo, Vlad cayó muerto con cinco lanzas atravesando su cuerpo y la espada Colmillo Rúnico del Conde de Ostland clavada en su corazón. Tres días después, sin embargo, fue visto de nuevo justo ante las puertas de Bluthof, ordenando la crucifixión de prisioneros.

Con las provincias del norte invadidas y sus ejércitos aplastados, Vlad pasó a centrar su atención en el sur, concretamente en Reikland. En el puente de Bogenhafen, una bala de cañón afortunada le arrancó limpiamente la cabeza. Menos de una hora después la dotación del cañón responsable de aquel disparo había caído con su sangre completamente drenada, su ejército había perdido la batalla y el pueblo estaba siendo saqueado. Los soldados imperiales estaban aterrorizados ante un enemigo invencible.

Age of Legends por Clint Langley Vlad von Carstein imagen

Y así fue durante casi cuarenta años. La guerra contra el Conde Vampiro estaba resultando larga y amarga. En ocasiones, el Imperio salía triunfante, y en otras las fuerzas de la oscuridad arrasaban sin piedad a los vivos. Muchos de los habitantes del habían vivido con este mal durante toda su existencia. Solo los hombres más viejos podían recordar los tiempos anteriores a la amenaza del conde vampiro Von Carstein, de Sylvania. Era algo que se había convertido casi en un mito entre los soldados.

Todos habían perdido a alguien en el conflicto. No se limitaba a los campos de batalla y las trincheras. Se propagaba hasta las calles de sus ciudades natales. La comida escaseaba, aunque las mujeres plantaban y recogían las cosechas. Los panaderos, carniceros y dueños de colmados hacían el mejor uso posible de lo poco que conseguían, estirando los preciosos ingredientes como avaros, con la esperanza de evitar la hambruna.

La enfermedad también se extendió a lo largo y ancho de los territorios del Imperio. Medraba en las espantosas condiciones en que el escorbuto se cobraba vidas a diario cuando los almacenes de comida quedaban vacíos. El cólera y la disentería hacían el trabajo del ejército de Von Carstein al matar a millares.

Durante cuarenta años, la gente del Imperio trataba de vivir con todos estos males. No tenía alternativa. La muerte los rodeaba por todas partes y llevaba muchos disfraces. Cuarenta años de lucha. Cuarenta años intentando aferrarse a la esperanza de que un día, un día, se verían libres de la plaga que era Vlad von Carstein, conde vampiro de Sylvania.

El momento culminante llegaría durante el invierno del año 2051, cuando el ejército de Sylvania puso bajo asedio Altdorf, la capital de Reikland.

El asedio de AltdorfEditar

Ejercito no muerto

Altdorf se alzaba sobre una serie de islas situadas entre las anchas playas fangosas de la confluencia de los ríos Reik y Talabec. La ciudad estaba rodeada por una larga zanja bordeado de estacas afiladas junto al muro de la ciudad, y el flujo del río Reik se había redirigido hasta allí para crear un foso de aguas de corriente rápida. Sin embargo, ninguna de las precauciones que tomaron los defensores sirvió de nada, pues no consiguieron detener al ejército de Sylvania ni siquiera por un momento.

Para las fuerzas de Vlad, las defensas de la ciudad eran lastimosamente insuficientes. Con desesperación, los habitantes habían cavado zanjas y clavado estacas, como si esperaran que los vampiros se lanzaran ciegamente contra los afilados palos de madera. Habían desviado el curso del Reik para que formara un foso de agua corriente. Dentro de las murallas de la ciudad, los canales se habían secado y los defensores habían dado en usarlos como senderos de atajo. El esfuerzo era innecesario, por supuesto. La superstición y el miedo les hacia recurrir a cualquier leyenda y superstición sobre las debilidades de los vampiros porque necesitaban que fuesen verídicas. Desviaron el Reik porque necesitaban creer que eso les daba protección contra ellos, que el conde y sus parientes no podrían atravesar un río de corriente rápida.

Atrincherados en las bodegas, ocultos detrás de las tablas de madera que tapiaban las ventanas, los habitantes de Altdorf se olvidaron deliberadamente de los zombis, los necrófagos, los espantos y otros fantasmas que Von Carstein tenía a su disposición. Tenían pocas esperanzas. Las temblorosas madres, con los bebés en brazos y la espalda apoyada contra los fríos muros de piedra, permanecían atentas por si oían aproximarse a los vampiros, e intentaban reunir valor para matar a los que eran de su propia sangre antes que entregarlos a los monstruos para que se alimentaran. En las zonas oscuras de la ciudad se oían sollozos desesperados. Había llegado su fin.

Guerras condes Vampiro

Los defensores vieron grandes máquinas de asedio construidas con restos humanos fusionados entre sí y animadas mediante la magia negra avanzaron pesadamente hasta situarse frente a las murallas de la ciudad, mientras bandadas de enormes Murciélagos Vampiro la sobrevolaban ávidamente. Vlad lanzó a los defensores su ultimátum habitual: abrirle las puertas y servirle en vida, o luchar contra él y servirle en la muerte. Casi toda la población, incluido Ludwig, el pretendiente de Reikland al trono Imperial, quería rendirse, pero el Gran Teogonista Wilhelm III les convenció de que no lo hiciera. A continuación Wilhelm se encerró en el Gran Templo de Sigmar, y después de tres días de ayuno y plegarias volvió a salir asegurando que el propio Sigmar le había revelado el modo de salvar al Imperio. Sabía cuál era la fuente de la inmortalidad de von Carstein.

Aquel mismo día, Wilhelm mandó un agente al campamento de Vlad. Su nombre era Félix Mann, y era el más grande ladrón de su época. Le habían ofrecido el perdón y estaba bajo la influencia de una compulsión creada por el Gran Teogonista. Para ello, su tarea consistía en robarle al Conde Vampiro el ornado anillo que siempre llevaba puesto. Mediante el sigilo y el engaño, Mann logró abrirse camino hasta el centro del campamento Sylvano, y con el corazón en la boca por la tensión, se escurrió al interior del gran pabellón de seda negra donde los aristócratas No Muertos dormían en sus ataúdes abiertos. Tal era su confianza que nadie los protegía. Allí, el maestro de ladrones le sacó a von Carstein el anillo del dedo, y huyó para no volver jamás. Hasta el día de hoy nadie ha sabido qué fue de él, ni del anillo.

Cuando Vlad despertó y vio lo que había sucedido, montó en cólera y ordenó atacar de inmediato la ciudad. El ejército de No Muertos obedeció al momento la ardiente voluntad del Conde Vampiro, y las enormes torres de asedio óseas se lanzaron hacia las murallas. En las almenas almenas de Altdorf los defensores estaban preparados. Los alabarderos empujaron las escaleras de asedio, y docenas de No Muertos cayeron al suelo agitando lentamente sus miembros. Los Esqueletos y los Espaderos de Reikland se enzarzaron en un salvaje combate. Diversos héroes Imperiales, equipados con formidables armas mágicas que habían sacado de las criptas de la ciudad, abatieron a numerosos aristócratas Vampiro, aunque a su vez ellos fueran también aniquilados.

Esqueletos asediando

En el centro de ese vasto conflicto que estaba engullendo a toda la ciudad, el Gran Teogonista se enfrentó en combate personal con el Conde Vampiro Vlad. Era una batalla como pocas hayan podido ver los hombres. Los dos poderosos luchadores intercambiaron varios golpes. Tras una hora de frenética lucha, martillo sagrado contra espada mágica, Vlad empezó a cobrar ventaja, pues su enemigo se estaba agotando mientras que él seguía fresco como una rosa.

Percibiendo que su final estaba cerca, Wilhelm cargó de cabeza contra Vlad con todas sus fuerzas. El descomunal impulso los arrastró a ambos contra la pared protectora del parapeto, de modo que ambos cayeron juntos por las almenas, hacia las zanjas erizadas de estacas afiladas, agarrados en un abrazo de muerte. En primer lugar Vlad fue empalado en un asta de madera al pie de la muralla, y a continuación Wilhelm cayó sobre él haciendo que el cuerpo del Conde aún se clavara más profundamente. Con un espantoso grito, Vlad von Carstein expiró para siempre, pues al carecer del poder que le otorgaba su anillo mágico por fin era vulnerable.

Murieron allí, al sol, atrapados juntos, vampiro y hombre santo.

La última baja de la batalla de Altdorf fue Isabella von Carstein. Isabella estaba luchando en lo alto de una de las torres de la puerta de Altdorf. Protegida por una escolta de Guardia de los Túmulos, se enfrentó al recién pretendiente Ludwig y a sus Grandes Espaderos. Cuando los Tumularios se derrumbaron a su alrededor, Isabella se dio cuenta de que su amado había sido finalmente destruido y que sus poderes nigrománticos flaqueaban. Tan impactada quedó que se detuvo desolada en medio del combate. Incapaz de afrontar la idea de vivir eternamente sin su esposo, se lanzó desde lo alto de la torre, ante los mismos ojos de Ludwig y su guardia personal. El cuerpo de Isabella quedó empalado en las estacas que había abajo, igual que el de su marido, descomponiéndose inmediatamente hasta quedar convertida en una pila de polvo.

Después de la batallaEditar

Las agujas de Altdorf Ciudad Ardiendo por Tony Parker

La ciudad había quedado en ruinas en ruinas. Pasaría mucho tiempo antes de que los altos campanarios de Altdorf recobraran la majestad que habían tenido; las tejas rotas dejaban a la vista vigas quemadas, y había agujeros enormes donde había habido casas. Los que quedaban vivos se habían despedido de los seres queridos caídos en defensa de su derecho a la libertad; hombres formales, que no habían querido ni pedido luchar, eran enterrados junto a soldados que habían dado la vida voluntariamente. Era el precio de la supervivencia.

Con el Conde Vlad destruido y sus ejércitos desmoronándose, los Sylvanos se vieron forzados a levantar el asedio y retirarse. Tan enormes eran las pérdidas de los hombres de Altdorf que, aun con el propio Vlad muerto y más de la mitad de los malditos vampiros destruidos, el resto había podido huir sin que los persiguieran. Era difícil ver batirse en retirada al enemigo sin perseguirlo, pero hacerlo en las condiciones en que estaban habría sido un suicidio. A regañadientes, los héroes de Altdorf habían subido a lo alto de las murallas para mofarse del enemigo que huía de la luz.

El Liber Mortis de A. L. Ashbaugh Nigromancia

Lo que si hicieron fue arrasar el campamento de Vlad y liberar a los prisioneros supervivientes. En un cofre de ébano con refuerzos metálicos, entre los restos destrozados del pabellón negro, fueron encontradas las copias de los Nueve Libros de Nagash y el Liber Mortis que habían pertenecido a von Carstein. Fueron rápidamente guardados bajo llave en el interior del Gran Templo de Sigmar.

Se llevó a cabo un solemne funeral en memoria del Gran Teogonista Wilhelm, al que asistieron todos los habitantes de Altdorf para despedirse y agradecerle que lo salvara de la oscuridad. Wilhelm fue enterrado entre los muros del Templo de Sigmar. Actualmente, la gente reza a su espíritu cuando la amenaza de las legiones No Muertas está cerca.

Aquel día, sin que mucho lo supieran, se llevó a cabo un segundo funeral aunque muy diferente del primero: una ceremonia discreta a la que, de hecho, no estaba invitado, celebrada entre los muros del terreno de la catedral para sepultar a Vlad von Carstein. En la tierra consagrada había cavado una sepultura de doble profundidad para enterrar a la criatura de modo que quedara debajo de la tumba donde descansaría Wilhelm, como última defensa contra la resurrección de la bestia.

Gran Templo de Sigmar

El lector decapitó el cadáver de Von Carstein y cogió la cabeza para sacarle la materia gris y los tejidos conjuntivos y quemarlos, tras lo cual fueron enterrados en una sepultura no señalada. Con una rosa blanca en la boca y un par de dientes de ajo en el lugar de los ojos, el cuerpo de Vlad fue enterrado boca abajo, con los brazos atados a la espalda con alambre, las rótulas partidas y el negro corazón arrancado del pecho y quemado junto con el cerebro de Von Carstein. Nivelaron el interior de la sepultura y la prepararon para recibir el cuerpo de Wilhelm. El santo padre le rendiría un último servicio a Sigmar, incluso en la muerte, cómo guardián eterno del conde vampiro.

Ludwig hubiera querido aprovechar para invadir con sus tropas Sylvania y llevar la lucha hasta el corazón del enemigo, acabando de una vez por todas con la amenaza vampírica. Sin embargo, los demás pretendientes al trono se lo impidieron uniéndose contra él, pues temían que Ludwig utilizara su nueva popularidad como vencedor del asedio de Altdorf para asegurarse su coronación como Emperador. Así pues, aquel error estratégico permitió a los perniciosos señores de Sylvania disponer por tanto de tiempo para recobrar sus fuerzas.

La Segunda Guerra de los Condes VampirosEditar

Dkonrad

Durante un cierto tiempo no era seguro que pudieran hacerlo. Entre los Vampiros había una disputa para decidir quien serñia el heredero del legado de Vlad von Carstein. Habían quedado cinco supervivientes con capacidad de reclamar el título de Vlad: Fritz, Hans, Pieter, Konrad y Mannfred. Todos tenían motivos para asegurar que eran los herederos directos de von Carstein, pues era el propio Vlad quien les había pasado su maldición. Ninguno parecía tener más derecho que los demás.

A resultas de esto, estalló entre ellos una cruenta lucha por el poder durante más de cuarenta años, ya que todos los pretendientes afirmaban ser los auténticos Condes von Carstein. Los Vampiros guerrearon y conspiraron unos contra otros, dando al Imperio un tiempo valiosísimo para recuperarse de la desolación causada por los ataques de Vlad.

Finalmente, los acontecimientos se fueron desarrollando, y precipitándose, y poco a poco los pretendientes es apartado del camino, hasta que solo uno de ellos acaba accediendo al trono.

El ascenso de KonradEditar

Portada Condes Vampiro 8ª Edición por Dave Gallagher

Fritz von Carstein fue el primero en caer mientras asediaba la ciudad de Middenheim. Durante uno de los asaltos, el ejercito de Middenheim, encabezado por los Caballeros del Lobo Blanco, efectuaron una salida y se desplegaron en abanico por la llanura, para formar una móvil muralla de muerte mientras resonaban sus gritos. Cuando las cornetas sonaron como si fueran un solo aullido corto y violento, los Lobos se lanzaron a la carga, con la infantería siguiéndoles de cerca. Chocaron contra los muertos a pleno galope glorioso, desbarataron sus filas, partiendo los huesos de los muertos con las cabezas de hierro de sus martillos de guerra.

Los nigromantes bajo el mando de Fritz von Carstein manejaban expertamente los no muertos invocados marionetas y las sacrificaba bajo los cascos de los caballos de los Lobos para hacer que las bestias se alzaran de manos y cayeran. Derramada la primera sangre, los vampiros dejaron suelta a la bestia interior y se unieron a la batalla.

Mientras ambos ejércitos se enfrentaban a los pies de Middenheim desde las desde las murallas de la ciudad los defensores disparaban incesantemente flechas con punta de plata contra el enemigo, sin dejar nunca que la incesante y mortal lluvia de virotes cesara, aunque alcanzara por accidente a algunos de sus aliados. Fortuitamente, una de estas flechas consiguió atravesar la garganta de Fritz von Carstein, matándolo en el acto. La noticia de la muerte de Von Carstein se propagó como el fuego entre las fuerzas no Muertas. Los zombis y esqueletos se desplomaron en el sitio cuando el pánico minó el poder que los nigromantes tenían sobre ellos, huyendo del lugar; y al verse superados numéricamente, los vampiros supervivientes también abandonaron precipitadamente el campo de batalla, perseguidos por los Lobos Blancos. El cadáver de Fritz fue descuartizado y su corazón arrancado del pecho.

Ciudad del Imperio Asedio arte Warhammer Total War

El mismo año en el que Fritz asediaba Middenheim, Pieter von Carstein hizo lo mismo con la ciudad de Nuln. Sin embargo el vampiro no era un estratega, precisamente. Tenía poca comprensión del arte de la guerra, haciendo caso omiso de los conocimientos de batalla de estrategas más expertos y prefiriendo guiarse por su propia opinión. El cerco de Nuln ya había durado cuatro meses y había hecho que la más básica de las armas de los No Muertos, el miedo, se convirtiera en redundancia. Los moradores de la ciudad se habían familiarizado con los horrores que había ante sus puertas. Eran inmunes al terror que debería haber inspirado un ejército semejante.

Pieter se puso a pavonearse ante las murallas para exigirles a los vivos que se rindieran a él o murieran, pero carecía de medios para cumplir sus palabras, que fueron poco más que amenazas vacías. Los cadáveres se lanzaron contra las murallas, y fueron repelidos con llamas y aceite. Los defensores no se rindieron mansamente. Replicaron a las exigencias de sometimiento con mofas, burlas y arrojándole basura y comida podrida desde las almenas, cosa que sólo sirvió para que la cólera de Pieter se descontrolara.

Total war Vampiro levantando ejército

Hastiado por la situación, Pieter cambió de táctica. Tras meses de aparente impotencia, con los muertos en torno a la ciudad como un mar de carne putrefacta, se había transformado en una guerra de desgaste. Los vivos necesitaban comer, así que los muertos destrozaron las tierras de cultivo y mataron el ganado, contaminaron el agua y esperaron, al parecer contentos con dejar que la enfermedad y la inanición hicieran su trabajo antes de decidirse a asaltar las murallas.

Llegado el momento, bajo amenazas Pieter obligó a sus nigromantes a usar hasta la última gota de su poder mágico para levantar una inmensa horda de cadáveres. Von Carstein dejó sueltas a las bestias y les ordenó a los vampiros que pasaran por encima de las murallas. No tenían escalerillas por las que subir si no que trepaban por los muertos ambulantes unos sobre otros para construir escaleras con los cuerpos, hasta que llegaron a lo alto en treinta puntos y comenzaron a derribar piedra a piedra.

Flagelantes contra zombis

La muerte recorrió las calles de la ciudad imperial. En venganza por la pertinaz defensa de los habitantes de Nuln, los Vampiros saquearon la ciudad y generaron una gran matanza entrela población. Daban caza a los habitantes por las callejuelas de la ciudad, alimentándose de ellos sin distinción alguna de su edad, sexo y condición, prendiendo fuego a las casas y templos incendiados para hacer salir a los vivos de los escondites. Saciados, por fin, tras horas de atracarse, muchos cayeron en una especie de sueño ebrio, tumbados junto a los cadáveres de los que habían desangrado, de tal modo que eran indistinguibles de las víctimas.Satisfecho con el resultado y con su orgullo resarcido, Pieter von Carstein y sus fuerzas se retiraron de Nuln, aunque varios vampiros fueron empalados a manos de los defensores, aprovechando el momento de sopor en el que se encontraban tras saquear la ciudad.

Zombi hacha

Por su parte Konrad von Carstein lideró un ejército de tumularios en la Asamblea, saqueando varias aldeas, pero se ve obligado a regresar a Sylvania cuando Hans von Carstein trata de hacerse con el control del Castillo Drakenhof, reclamando ser el nuevo gobernante de la provincia. Para recuperar su poder y demostrar su superioridad Konrad le reta a un duelo para ver quién de los dos era más fuerte, y por tanto dejar claro quien merecía regir en Drakenhof.

Hans era conocido por tener un temperamento impetuoso y ser fácilmente irascible, por lo que se dejó manipular para participar en un combate que no podía ganar. A pesar de la destreza de Hans, las habilidades combativas de Konrad eran superiores a las suyas, por lo que fue abatido por la espada demoníaca de su hermano. Con una rapidez vertiginosa, Konrad decapitó a Hans de un solo tajo, pero no se detuvo allí, si no que después mancilló su cadáver, descuartizándolo trozo a trozo, y después lanzar sus pedazos a las llamas.

Años después, Pieter von Carstein terminaría siendo asesinado en su propio ataúd por el cazador de brujas Helmut van Hal, un descendiente lejano del infame Nigromante del mismo nombre. Tratando de redimir los pecados de su infame antepasado, Helmut van Hal, lidera a una fuerza de guerreros de Stirland hasta la frontera de Sylvania, arrasando las aldeas de Dechstein y Lichenheim, y mata a Pieter mientras descansa en su cripta del Castillo Sternieste.

W6 vc Mannfred von Carstein

Tras la muerte de Pieter, Mannfred von Carstein desapareció. Son muchos los eruditos los que teorizan sobre cual fue el papel de Mannfred durante esta lucha de poder entre los vástagos de Vlad. En lugar de inmiscuirse en este conflicto, prefirió permanecer rezagado y oculto en las sombras, mientras contemplaba como se desarrollaba los acontecimientos. Algunos afirman Mannfred, manipuló los acontecimientos para propiciar las muertes de sus hermanos.

Se dice que fue quien condujo al cazador de brujas Van Hal hasta la guarida de Pieter, y que no fue un disparo afortunado si no uno de sus agentes el que el clavó una flecha en la garganta a Fritz. Incluso se cree cree que tuvo algo que ver con el robo del anillo de los von Carstein que mantenía a su padre de sangre a salvo de una muerte definitiva. Sea ciertos o no esto rumores y conjeturas, cuando solo quedaba Konrad entre él y el trono de Vlad, Mannfred prefirió partir de Sylvania, dejando a su desequilibrado hermano de sangre como el indiscutible soberano de la región, y se dedicó a viajar para profundizar en el conocimiento del saber nigromántico.

Al no quedar ya nadie que se le opusiera, al menos en apariencia, Konrad von Carstein decidió organizar un nuevo ejercito de no muertos y declararle la guerra al Imperio, reiniciando la Guerra de los Condes Vampiro.

Konrad el SanguinarioEditar

Boceto Konrad von Carstein por Karl Kopinski

Konrad von Carstein estaba completamente loco, incluso comparándolo con el resto de su familia junta. Ya en la época en la que había caminado entre los vivos se había granjeado una reputación de demente y sangriento carnicero; se le tenía por un individuo extremadamente malvado, despiadado y violento. En cierta ocasión, sólo para divertirse, había ordenado a sus ballesteros que usaran como blancos para practicar puntería a todos los gatos que pudieran encontrar en sus dominios. En al menos otras dos ocasiones ordenó quemar aldeas enteras porque le ofendía el olor de los campesinos que las habitaban. Llevó a su propia madre a juicio, acusada de haberle dado a luz sin su consentimiento, y encontrándola culpable de dicho cargo la encerró y tapió en una torre.

Todas estas locuras las cometió en vida, y la posterior adquisición del poder y la longevidad propias de un Vampiro no hizo sino empeorar su ya de por sí deformada visión de la realidad. Su reino del terror duró casi un siglo y su nombre es aún actualmente utilizado para asustar a los niños.

Al carecer de ninguna habilidad para la Nigromancia, Konrad se dedicó a esclavizar a todos los hechiceros que pudo capturar, y a forzarlos a hacer su voluntad. Pronto estuvo al frente de un enorme ejército que asoló a lo largo y ancho todas las tierras del Imperio, con la diferencia de que, mientras que Vlad solía ofrecer a sus oponentes la opción de elegir entre la vida y la muerte, Konrad solo les permitía elegir entre una muerte rápida o una muerte lenta (y dolorosa). Vlad von Carstein consideraba que los humanos eran ganado que debía cuidarse como el granjero cuida a sus animales, en cambio Konrad consideraba que los humanos eran animales para cazar, como los ciervos.

La invasión de Konrad Editar

Caballeros Sangrientos por John Blanche

Las ambiciones de Konrad palidecían en comparación con las de Vlad, pues él no buscaba coronarse como Emperador Vampiro, sino simplemente sumergirse en un estado permanente de masacre y barbarie. Sus ansias de guerra le llevaron junto con sus ejércitos a lugares lejanos del sur, como Nuln o las Montañas Grises, y fue allí donde el vesánico Conde Vampiro se encontró por primera vez con los Caballeros de la Torre Sangrienta.

Aunque el comportamiento de Konrad no era honorable ni caballeroso, su promesa de grandes victorias bastó para que los Caballeros Sangrientos se unieran a su causa. Con ellos a la vanguardia de sus fuerzas Konrad derrotó a todos los enemigos que le hicieron frente, pese a sus frecuentes estallidos de histeria y los graves errores tácticos que cometía una y otra vez. Pues nadie podía resistirse al poder en bruto de las huestes de Konrad, que ya se había ganado los apodos de “el Conde Sanguinario” y "la Bestia", títulos bastante apropiados para este asesino enloquecido.

En Kleiberstorf, Konrad se enfrentó contra el ejército de Averland, cuyos arqueros y máquinas de guerra se cobraron un alto precio entre las tropas del ejército Sylvaniano. Sin embargo, Konrad suplicó y amenazó a sus Nigromantes cautivos para que siguiesen haciendo avanzar a su ejército, llegando a ofrecerles poder y riquezas hasta que accedieron, y combinaron su saber mágico para liberar sobre las fuerzas de Averland un viento cataclísmico en forma de terribles garras etéreas, que parecían clavarse en el alma de los soldados Imperiales arrebatándoles la fuerza vital. El pánico empezó a extenderse a medida que la antinatural galerna mataba a más y más hombres. En un raro lapso de lucidez, Konrad vio que aquella era su oportunidad y lanzó al ataque a sus Caballeros Sangrientos y a su Guardia de Drakenhof. Viéndose asolado a la vez por terrores insustanciales y por la carga de Vampiros enfundados en armadura completa, el ejército de Averland se desmoralizó por completo y huyó. Konrad persiguió a los supervivientes durante cinco días, dando caza y matando hasta al último de ellos.

Enanos contra tumularios

Konrad también provocó la guerra contra los Enanos, pese a que sus consejeros le instaron prudentemente a que no lo hiciera. Los ejércitos de No Muertos asaltaron diversos asentamientos periféricos conectados con Zhufbar, causando la ira de las Enanos que allí habitaban. Liderados por el Rey de Zhufbar, los Enanos organizaron una expedición a Sylvania para dar caza a Konrad, y en Nachthafen el Conde Vampiro cabalgó a enfrentarse con ellos. El ejército de Konrad no empezó la batalla nada bien, ya que el poder de los Herreros Rúnicos aventajaba en mucho a la magia de los Nigromantes cautivos de Konrad. Desprovistos de la energía que los reanimaba, los Esqueletos y Zombis caían abatidos sin volver a levantarse, aplastados por los proyectiles de los cañones y los arcabuces.

Pese a estos reveses, Konrad se mantenía optimista. Se puso al frente de un ataque general sobre el flanco derecho del ejército Enano con el objeto prioritario de buscar y exterminar a todos los Herreros Rúnicos. Mientras los Caballeros Sangrientos aplastaban las disciplinadas filas de guerreros Enanos, Konrad mató a todos y cada uno de los Herreros Rúnicos y se alimentó con su sangre derramada. A medida que recuperaban su poder mágico, los Nigromantes de Konrad pudieron volver a resucitar a los guerreros No Muertos caídos y, siguiendo las órdenes de Konrad, lanzarlos al ataque una vez más. Los Enanos lucharon con resolución y sin mostrar señal alguna de miedo, pero se trataba de un combate sin posibilidad de victoria. El Rey Enano desafío a Konrad en combate singular, pero el Conde Sangriento envió en su lugar a Walach Harkon, el Gran Maestre de los Caballeros del Dragón Sangriento. Harkon mató al Rey Enano tras un cruento duelo, tras lo cual se dio un festín allí mismo con la sangre real de su enemigo muerto. En menos de una hora, todos los demás Enanos estaban muertos.

Batalla de los Cuatro EjércitosEditar

Dragon2

Konrad era tan incontrolablemente despiadado que, para poder hacerle frente, los tres pretendientes al trono Imperial decidieron aliarse: de esta manera, Lutwik de Reikland (hijo y sucesor de Ludwig), Ottilia IV de Talabecland y Helmut de Marienburgo, decidieron dejar a un lado sus diferencias y unieron fuerzas contra él. Además, contaron con la ayuda de un poderoso contingente enano formado pro tropas procedentes de Karak Raziak, Karak-Kadrin, Karak-Hirn, Karak-Norn y Zhufbar, que buscaban vengarse de las depravaciones del Conde Vampiro

Sin embargo, a pesar de la alianza, las rivalidades y disensiones se había propagado entre los pretendiente, provocando que las fuerzas imperiales estuvieran en completo desorden. Habían historias de amargos conflictos interiores, pues tanto Lutwig como Ottilia reclamaban el derecho de comandar el ejército. Helmut de Marienburgo, por otro lado, se esforzaba por aconsejar paciencia y cooperación, y argumentaba que, de hecho, cada uno de ellos debería ser comandante de su propio ejército, en un grandioso ejército de iguales. Ellos lo hicieron callar a gritos y lo tacharon de necio idealista.

Así pues, los tres se declararon a sí mismos señores y comandantes de los cuatro ejércitos, y se retiraron a discutir las tácticas con sus propios hombres, sin hacer caso de los emisarios enviados por los otros campamentos. En lugar de cooperar, estaban separando a los ejércitos, dando órdenes contradictorias, preparando contingencias divergentes y esperando un apoyo inexistente.

Enanos contra Guerreros Esqueletos

Bajo estas divisiones, se produjo la Batalla de los Cuatro Ejércitos en el año 2100, un choque de tropas que tuvo lugar en las afueras de Middenheim en la que nadie logró una victoria clara, aunque podía haber acabado en un completo desastre si no fuera por que los Enanos habían invertido el curso de la misma cuando los Martilladores y Rompehierros habían cargado desde las colinas bajas y habían acometido a los huesos y cadáveres manchados de líquenes que los nigromantes de Von Carstein hacían avanzar por el campo de muerte.

Los muertos abandonaron el campo sólo cuando el comandante enano ordenó que la totalidad de las máquinas de guerra de los ingenieros entraran en la lucha. Las máquinas de guerra eran enormes carruajes equipados con lanzavirotes y lanzallamas que escupían un cóctel de fuego líquido, flanqueadas por artillería y cañones órgano que dispararon metralla de plata que quemaba a los muertos cuando les penetraba en la carne. Las balistas lanzaban frágiles garrafas de agua bendita hacia las primeras líneas de los muertos, y enormes piedras que atravesaban las filas de esqueletos. Ante este castigo, las legiones de los muertos se vieron obligados a retirarse.

Durante las pocas horas siguientes, se produjeron ataques de varios pequeños grupos relativamente ineficaces, que fueron rechazados por los vivos, aunque se hizo evidente el desorden en que se encontraban. En dos ocasiones, Lutwig y Ottilia se enfrentaron, y sus hombres se volvieron unos contra otros a causa de la frustración. El conde de la Sangre estaba calibrando su temple, midiendo la eficacia de su respuesta. Los vivos ya estaban en desorden, tras unos pocos días durante los que habían intentado coexistir. Se minaban unos a otros a cada instante.

Regicidio mútuoEditar

Otilla y Stirland por Dave Kendall

Sin embargo, si por algo es recordada esta batalla es principalmente por un episodio de traición particularmente infame: Lutwik, y Ottilia IV ordenaron de forma simultánea el asesinato del otro durante la contienda (después de todo, un campo de batalla parece el lugar ideal para clavarle a alguien una daga por la espalda). Lutwig había ordenado la muerte de Ottilia con la esperanza de convenirse en legítimo jefe de los ejércitos de los vivos y, al mismo tiempo, Ottilia les había pagado una buena suma a unos asesinos para que acabaran con Lutwig, al que consideraba sólo una espina clavada en un costado.

Primero se encontró el cadáver de Ottilia, a la que habían degollado mientras dormía en su pabellón.

El chambelán la había encontrado en una cama de sábanas empapadas de sangre. Al anciano lo había despertado el ruido de la lucha del interior del pabellón. Los desalmados no habían escapado a la justicia. Uno terminó muerto mientras escapaba, y el otro fue capturado por una patrulla cuando con la sangre de Ottilia en las manos. Fue ejecutado ese día, después de que confesara sus pecados y nombrara a quien le había pagado.

Los de Talabheim declararon que el asesinato era un vil acto de cobardía, pero a pesar de eso había rumores contrarios en algunos sectores que decían que era un golpe genial y que habría requerido un gran valor por parte de Lutwig, ya que, por fin, las fuerzas de los cuatro ejércitos podían unirse bajo un solo comandante, y dos muertes garantizarían que se salvaran miles de vidas. Hablar de que los beneficios obtenidos eran mayores que los males causados resultaba peligroso.

El campamento fue recorrido por las ondas expansivas del suceso. Movidos por el temor a la resurrección, los que eran leales a Ottilia descuartizaron su cadáver y lo quemaron, lo que estuvo lejos de ser un funeral adecuado para una emperatriz. Ya cuando sus trozos quemados se transformaban en meras ascuas, los ánimos se encendieron y los de Talabheim exigieron venganza, y marcharon hacia el campamento de los de Reikland con la intención de clavar la cabeza del pretendiente en una pica.

Asesinato reinos fronterizos

Fueron recibidos por una turba colérica de Reiklandeses, armada con hachas, destrales y espadas, e igualmente ansiosa por derramar la sangre de los asesinos de su comandante: El pretendiente Lutwig había sido asesinado, sucumbiendo al veneno de la espada de un asesino enviado por Ottilia IV. De esta manera, los de Reikland se lanzaron contra los de Talabheim para exigir su propia justicia sanguinaria, produciéndose muertes durante los enfrentamientos

En un grotesco giro de los acontecimientos, los enanos y los hombres de Marienburgo se encontraron entre la espada y la pared al intentar mantener la paz y esclarecer la verdad entre tanto ánimos encendidos. Ni siquiera la amenaza de extinción logró volver a unir a los ejércitos de los vivos. Con la alianza y desintegrándose, fue el momento perfecto para que los muertos se alzaran y atacaran de nuevo, destruyendo la poca resistencia que eran capaces de presentar, matando a decenas de confusos imperiales.

Si no hubiese sido por los enanos, habría sido mucho peor. Los cañones órgano dispararan indiscriminadamente balas de plata hacia el campo. Los ingenieros usaron hasta el último trozo de metal de los arsenales hasta que lograron rechazar a los muertos. Los enanos les dieron a los imperiales un tiempo precioso para desentrañar las traiciones de la noche precedente.

Junto a ellos, jinetes con el estandarte de Marienburgo entraron en el campo de batalla con las lanzas enristradas y ensartaron a los muertos que fueron demasiado lentos o torpes como para apartarse de su camino. Los cascos de los caballos de guerra aplastaban cráneos en medio de la estampida, y los enanos los seguían para acabar la limpieza.

Los muertos fueron derrotados.

El emperador zombiEditar

Condes Vampiro Caballero
Demasiado exhaustos para luchar, y agotados por tener que descuartizar a amigos y compañeros de armas con el fin de salvarlos de un destino peor que la muerte, los nobles del Imperio se pusieron a buscar desesperadamente un único líder en torno al que unirse: Helmut de Marienburgo. Los supervivientes enterraron a los muertos, y con ellos el odio que sentían, y se reunieron en torno al estandarte de Helmut, con el fin de que el tercer pretendiente pudiera imponer algo de orden.

Con su dos rivales muertos y al ser el único pretendiente al trono imperial, un cónclave de Condes Electores se reunió en la sala del consejo de Averheim para decidir sobre el tema. La única razón que impidió que Helmut fuese nombrado Emperador fue el hecho de que Konrad le había matado en batalla.

A pesar del respaldo que estaba acumulando, Helmut empezó a actuar de manera errática, torpe y ausente. A continuación, la piel empezó a caérsele a tiras y uno de sus ojos se le desprendió de la cuenca, para horror de los Condes allí reunidos. Incluso el propio hijo de Helmut, Helmar, renunció al derecho de su padre a acceder al trono, cuando se descubrió que Helmut se había convertido en un zombi bajo el control de Konrad. Al ser desenmascarados, los Nigromantes de Konrad huyeron de la escena con el zombi aspirante a Emperador. Presa de la ira porque su astuto plan había fallado, Konrad se abrió paso con su ejército desde Averheim hasta las Colinas Aullantes, quemando todas las ciudades y aldeas a su paso, y matando a todo aquel con quien se encontró.

La batalla del Páramo SiniestroEditar

Páramo Siniestro 01 por Daarken

El Páramo Siniestro marcó la segunda alianza contra Konrad von Carstein. Allí, en la primavera del año 2.121, un ejército combinado de Hombres y Enanos se enfrentó al Conde Vampiro. Por aquella época, el comportamiento de Konrad era tan errático que sus nigromantes más favorecidos temían por sus vidas. Al ver que no ganaban nada permaneciendo a su lado, los Caballeros del Clan Dragón Sangriento abandonaron a Konrad, alejándose del ejército del conde la víspera de la batalla. Konrad estaba tan indignado por aquella afrentas su autoridad que ordenó a su hueste atacar a las fuerzas conjuntas en lugar de replegarse (que hubiera sido lo más sensato).

Tal como ya había ocurrido antes, en un principio los guerreros de elite de Konrad resistieron el castigo de los arcabuces y máquinas de guerra Imperiales y Enanas, y mantuvieron su inexorable avance. Pero entonces, de repente, los regimientos de No Muertos vacilaron y se derrumbaron, mientras se disipaba la energía mágica que los había mantenido unidos hasta entonces. Los Nigromantes de Konrad le habían traicionado finalmente, dándose a la fuga. Solo la fuerza de voluntad y las habilidades vampíricas de Konrad pudieron mantener reanimada a una pequeña porción de su ejército.

Sin embargo, tal esfuerzo resultó ser demasiado intenso para el Conde de Sylvania, que fue víctima de un ataque de locura y empezó a deambular alejándose de la batalla, mientras se gritaba a sí mismo de forma maníaca. El héroe Enano Grufbad lo capturó y lo mantuvo sujeto mientras Hehnar procedía a empalar con su espada Colmillo Rúnico al asesino de su padre.

El último de los von CarsteinEditar

W6 vc Mannfred von Carstein

El último y más peligroso de todos los Condes Vampiro fue sin duda Mannfred un individuo sutil, astuto y traicionero que algunas personas (incluido Vampiros) aseguran que Mannfred estaba despierto cuando el anillo de Vlad von Carstein fue robado, hechizando a los centinelas para evitar que le vieran, y que después pasó muchos años tratando de dar con el paradero de Felix Mann. Mientras Konrad se dedicaba a devastar el Imperio, Mannfred permaneció apartado estudiando tranquilamente el arte de la Nigromancia. Dicen que viajó hasta las Tierras de los Muertos en busca de los secretos de la no vida, antes de regresar al castillo Drakenhof cargado con una auténtica biblioteca de oscuros conocimientos arcanos, donde se dedicó bastante tiempo a estar seguro de su poder.

Tras la muerte de Konrad, Mannfred se convirtió en el gobernante indiscutible de Sylvania, pero durante toda una década no hizo nada, dejando que los diferentes pretendientes al trono Imperial creyesen que Sylvania ya no suponía una amenaza y les dio tiempo para que lucharan entre ellos, algo que por supuesto hicieron. Mientras el Imperio se sumía de nuevo en luchas internas, Mannfred ocultaba su poder creciente.

Mientras que Vlad había gobernado con voluntad de hierro y gran despliegue de poder puro, y Konrad lo había hecho mediante el miedo, Mannfred decidió forjar sus ejércitos usando sus poderes nigrománticos y sus tortuosas artes manipuladoras. Se dedicó a buscar Vampiros más allá de las fronteras de Sylvania, y una vez localizados logró que se unieran a su ejército mediante el soborno, la coacción o los halagos. Pasó muchos meses en las tierras más remotas del Imperio, reanimando espíritus y tumularios de sus decrépitas tumbas. Cuando una devastadora guerra civil sacudió al Imperio, Mannfred estimó que era el momento adecuado de atacar.

La Guerra InvernalEditar

Las legiones No muertas de Mannfred von Carstein atravesaron la frontera de Sylvania bien entrado el invierno del año 2.132, dando comienzo a lo que se conoce como la Guerra Invernal. Acabada la estación veraniega, la más apropiada para llevar a cabo campañas militares, los ejércitos de los Condes Electores se habían replegado de nuevo con sus guarniciones, y estaban totalmente desprevenidos ante un asalto tan repentino como ese.

Mannfred

Aquel el invierno había sido el más duro en la memoria de los vivos. El ganado había muerto de enfermedades pulmonares; terneros y potros nacían muertos mientras el condenado frío se negaba a ceder. Los graneros y los silos hacía mucho que estaban vacíos. La gente moría de inanición. El hambre causaba descontento. Con la inestable paz, los vecinos se volvían unos contra otros si el rumor de una comida decente se hacía demasiado fuerte para que pudieran resistirlo. Las afiliaciones regionales dejaron de importar. La cosa se transformó en una cuestión de supervivencia. La ventisca dejaba aislados asentamientos remotos. Todas las fincas sufrían pérdidas. Los débiles y los enfermos morían debido a las condiciones climáticas extremas, si el hambre no los mataba antes.

Por su parte, la legión de condenados de Mannfred von Carstein marchaba a través de las violentas ventiscas y el implacable frío sin hacer caso del azote de los elementos. La nieve se arremolinaba a su paso como diablos blancos, y era removida por los huesos de los esqueléticos pies. Los muertos llegaban en número infinito. Sus tropas atravesaron las nieves en dirección a Altdorf, matando a todos los hombres vivos que encontraron a su paso y reviviendo sus cadáveres para unirlos a sus cada vez mayores crecientes filas del Conde Vampiro.

Miles y más miles de cadáveres medio putrefactos y huesos desnudos, ataviados con trozos de armadura, con las correas de cuero podridas, con petos y corazas torcidos que colgaban de sus cadáveres, continuaban marchando. Los fantasmas eran peores. Eran a la vez lastimosos y aterradores. Los inquietos espectros parecían ignorar su propia muerte y luchaban a ciegas, tanto contra los vivos como entre sí, una y otra vez. Sus formas incorpóreas volvían a librar las batallas en las que habían caído, y se levantaban de nuevo para realizar «¡una acometida final!» y «¡una carga más!», antes de caer entre gritos de «¡Ya llegan, ya llegan!». Alaridos etereos plagaban los campos mientras los espectros se lanzaban una vez más hacia la refriega. El chocar de fantasmales espadas y los gritos de los caídos eran omnipresentes.

Tropas Estatales invierno

Bajo esta nueva amenaza, la diversas provincias dejaron de lado sus diferencias para unir sus fuerzas para luchar contra los esqueléticos ejércitos de Von Carstein, que habían salido en muchedumbre del subsuelo. La alianza era frágil, pero si querían tener la esperanza de sobrevivir a la tormenta de la Guerra Invernal, sabían que debían dejar de saltarse mutuamente al cuello y luchar hombro con hombro, luchar como uno solo.

Pero incluso unidos, se veían obligados a retroceder constantemente. Durante la infame y cruda Guerra Invernal Mannfred cosechó una victoria tras otra, derrotando a varios ejércitos Imperiales que habían sido apresuradamente reclutados para tratar de bloquearle el paso. Las victorias iban sucediéndose y bien pronto los siniestros rumores sobre su inminente llegada bastaron para que los aldeanos huyesen de sus hogares, solo para morir congelados en la nieve.

El Gran Hechizo de DesuniónEditar

Guerra Condes Vampiro Imperio

Cuando el ya ingente ejército del Conde Vampiro alcanzó por fin las puertas de Altdorf al final del invierno, se encontró una ciudad aparentemente sin defensas. Mannfred se detuvo al pie de las imponentes murallas de Altdorf y observó todo lo que él había causado. No había esperado que la semilla del miedo que había sembrado fuese tan fructífera, daba la sensación de que los vivos habían huido.

Vientos gélidos barrían las almenas y sacudían los braseros apagados de cada abandonado puesto de vigilancia. Los braseros antes llameantes que hacían guardia sobre la ciudad e iluminaban sus noches habían caído en la oscuridad. El fuego se había apagado al no haber nadie que lo alimentara, las ascuas se habían extinguido hacía mucho y el bronce agitado por el viento se lamentaba en la noche, azotado sin piedad por los vientos.

Una sensación de triunfo inundó a Mannfred, que parecía encaminado a dejar de ser un mero Conde Vampiro para convertirse en Emperador Vampiro, logrando así aquello en lo que ni Vlad ni Konrad habían tenido éxito.

Entonces, cuando estaba a punto de dar la orden de tomar la ciudad más grande del Imperio, en aquel momento apareció en las almenas de Altdorf una figura solitaria, vestida con atavíos sagrados, que batallaba contra los elementos. Se trataba del Gran Teogonista Kurt III. Para Mannfred aquella situación era casi cómica. Un solo hombre, por santo que fuera, no podía pretender enfrentarse con el poder de la nación vampírica. Mannfred sonrió, en espera de que el estúpido fuera descuartizado por su vil ejército.

Boceto portada Keepers of the flame por Geoff Taylor Volkmar

Imperturbable, la figura de Kurt III avanzó hasta el centro mismo de las almenas, sin manifestar miedo alguno. Se metió una mano entre las vestiduras, para sacar un misterioso libro y empezó a leerlo con todo el ejercido de Mannfred como testigo. La voz que descendió desde las almenas no fue ni milagrosa ni musical. La entonación era monótona, carente de emoción, pero las palabras llegaban hasta ellos de algún modo.

Mannfred retrocedió con horror al reconocer de inmediato el idioma arcano, y la naturaleza del libro que sostenía.

El Alto Sacerdote Sigmarita había sacado el malvado Liber Mortis de las más profundas bóvedas de su templo, y comenzó a recitar directamente de sus páginas el Gran Hechizo de Desunión. Mientras dicho encantamiento se desataba, el poder que Mannfred ejercía sobre sus servidores empezó a debilitarse. Uno a uno, los soldados del ejército de los no muertos se deshicieron y derrumbaron cuando degeneró la magia que los tenía atados a esa forma infernal. En torno a Mannfred, rodaban cráneos por todas partes, y espadas con brazos repiqueteaban contra el suelo en contaminados montones. El tañido de los músculos y tendones disecados que se rompían recorrió el campo de batalla al hacer su aparición la atrofia muscular.

Mannfred permanecía de pie, desesperado ante el derrumbamiento de sus ejércitos. Al ver que sus seguidores se desmoronaban y se convertían en polvo, el vampiro ordenó una apresurada retirada. Aunque probablemente era el más poderoso de los Condes Vampiro, sus enemigos se habían preparado bien para enfrentarse a la amenaza de los No Muertos.

Asedio de MarienburgoEditar

Warhammer Archimago Alto Elfo

Imperturbable ante aquel contratiempo, Mannfred hizo marchar a su ejército a lo largo del Reik hasta Marienburgo, capturando por el camino varios barcos grandes y gobernándolos gracias a los cadáveres reanimados de sus tripulaciones. Con las fuerzas del Imperio reuniéndose detrás de los muertos, le tocaba a Marienburgo ser la roca contra la que pudieran aplastar a Mannfred y sus legiones de condenados. La estrategia estaba clara: resistir durante todo el tiempo que fuera humanamente posible.

A medida que se acercaba a la ciudad portuaria, Mannfred ganaba confianza y empleó sus poderes para adelantar el anochecer. Ya era lo bastante arrogante como para cambiar el día en noche debido a la ansiedad por comenzar la batalla. En primera instancia el Conde Vampiro planeaba asediar la ciudad portuaria, mientras al mismo tiempo mandaba a su pequeña flota de zombis navegando para atacarla desde otra dirección.

Por su parte, las fuerzas de Marienburgo estaban comandadas por Syrus Grymm, un general experimentado y veterano de muchas batallas, y un misterioso aliado de los mariemburgueses con el que Mannfred no contaba, un Mago Alto Elfo llamado Finreir. Hacía poco que los Altos Elfos establecieron una colonia comercial en la ciudad, por lo que una compañía de Altos Elfos ayudó en la defensa de la cuidad. La presencia de Finreir no era fortuita pues incluso desde la lejana isla de Ulthuan pudo percibir el peligro que representaba el conde vampiro.

Carga caballeros del Imperio

El primer asalto de los No Muertos fue rápidamente rechazado por el ejército de Marienburgo y sus aliados Elfos, en la cual el gran poder de Finreir decantó la batalla contra las fuerzas de Mannfred en el momento crucial. Así pues, Mannfred mandó construir varias poderosas máquinas de guerra, inmensas catapultas hechas con retorcidos troncos de madera y tendones vivos, y se preparó para llevar a cabo un asedio largo. El Conde Vampiro trató por todos los medios de penetrar en la ciudad, pero las dotes estratégicas del Mago Alto Elfo iban un paso por delante de él, desarticulando todos planes y contrarrestando sus poderes nigrománticos

Y así, pocos días después, se pudo contemplar en la distancia la llegada de un ejército procedente de Altdorf, que se acercaba rápidamente por la retaguardia del ejercito No Muerto. Mannfred estaba furioso por que Finreir lo había superaro de modo magistral. Sus expectativas eran atacar la ciudad, no que lo atacaran a él. Finreir. Sabiendo que no podía resistir un embate desde dos frentes, Mannfred no tuvo más remedio que levantar por completo el asedio del puerto y huir a través de todo el Imperio.

Batallas por todo el ImperioEditar

Guerras conde Mannfred

Así empezó una especie de juego del gato y el ratón, aunque en este caso ninguno de los dos bandos tenía muy claro quién de ellos era el gato. Decenas de escaramuzas y enfrentamientos que tuvieron un precio creciente de muertes se equiparaban a la determinación de los vivos de no fracasar. Las espadas chocaban en centenares de kilómetros; los muertos de incontables provincias, aldeas, ciudades y pueblos se acumulaban y pudrían en las cunetas, muy lejos de su hogar. Los vivos engrosaban las filas de los muertos. La fe sufrió una dura prueba y la esperanza estaba casi aplastada, pero un último destello contumaz se negaba a morir y de él floreció un impávido optimismo.

Fue el coste de la interminable Guerra Invernal. A los vivos les parecía que la primavera no llegaría jamás; de hecho, así fue durante más de un año. Aunque las nieves llegaron y desaparecieron con el deshielo, la muerte aferraba los campos en un puño de hierro.

Había demasiadas escaramuzas que recordar y demasiados cuerpos que contar. Era una situación de tablas interminable, sin que se alcanzara de verdad el objetivo de nadie. Se limpiaban los campos de batalla y se reunía a los caídos en enormes piras. Los fuegos crematorios privaban a Von Carstein de más zombis. A pesar de todo, eran demasiados los que volvían a nacer en las filas de los no muertos.

Exploradores Halflings

El equilibrio era precario. El flujo y reflujo de la matanza no cesaba. Martin, conde de Stirland, y Kurt III, el Gran Teogonista de Sigmar, reunieron a las fuerzas combinadas del Imperio. A pesar de las enormes bajas, el ejército de Manfred fue desgastándose poco a poco por los enfrentamientos con los ejércitos de los diferentes estados del Imperio, no obstante, recuperaba efectivos después de alguna gran victoria.

En Horstenbad, el ejército de Ostermark rodeó a Mannfred mientras su fuerza avanzaba serpenteando por la carretera del bosque, y destruyó a casi la mitad de las tropas del Conde Vampiro. Aún así Mannfred escapó, y en cuestión de un mes ya había tomado la ciudad de Felph y reclutado un nuevo ejército. Cuando las fuerzas de Ostermark iniciaron el asedio de Felph, Mannfred desencadenó una potente tormenta mágica que mató a regimientos enteros de soldados con rayos de energía púrpura, sus cadáveres aún humeantes volviendo a levantarse casi de inmediato como No Muertos para enfrentarse a sus antiguos camaradas.

Así siguió desarrollándose la campaña, sin que ninguno de los dos bandos fuese capaz de asegurar la victoria definitiva. Mannfred desplegaba toda su astucia para hacer que la persecución fuese letal; construía trampas, abría pozos y plantaba estacas, ponía redes y recurría a artificios más mañosos para asegurarse de que los vivos pisaran con cuidado, siempre temerosos del enemigo oculto. Sin embargo, Martin se negaba a permitirle a Mannfred el lujo del tiempo. Los vivos acosaban sus fuerzas por todo el mundo. Los respiro eran escasos e interrumpidos. Bajo la guía de Martin, los hombres se conformaron en un poderosísimo martillo contra sus enemigos. Su valentía les valía pequeñas victorias. Hasta por dos veces Mannfred se vio obligado a retirarse a Sylvania para escapar a la persecución, aunque en la primera de dichas ocasiones logró aplastar a los ejércitos de Averland y Stirland enviados tras él, reanimando a una incontable horda de Zombis en Bylorhof.

Martin von Stirland

Martín von Stirland

Cada pequeño triunfo los impulsaba a continuar al cambiar la naturaleza de la guerra. Cada vez menos escaramuzas tenían lugar en campos de batalla a medida que el conflicto se transformaba en una guerra de guerrillas, y los vivos se veían obligados a peinar los bosques en busca del inmundo ejército del vampiro. A los muertos no les gustaba ser las víctimas. Y así, los vivos expulsaron sin piedad a los muertos del Imperio y los devolvieron a los inmundos bosques de Sylvania.

Decididos a no cometer el mismo error que habían cometido sus antecesores, las desesperadas familias nobles del Imperio establecieron un juramento de tregua entre ellos y lenta, pero firmemente, se pusieron a registrar los bosques de Sylvania. Enviados por el Gran Rey Enano, los Guerreros Enanos les ayudaron tanto en la búsqueda como en el combate. Unidos de este modo, los ejércitos del Imperio no cejaron en su empeño hasta que finalmente, en Hel Fenn, lograron forzar a Mannfred a hacerles frente.

Hel Fenn Editar

Von Carstein, Manfred- Hell Fenn Martin of Stirland

El ejército de Mannfred era enorme, pues gracias a su poder nigromántico había logrado levantar a una legión entera de zombis de las embarradas profundidades de Hel Fenn. Incansable, la hueste No Muerta continuó retirándose hacia los pantanos, atrayendo hasta aquella zona de inmundicia y penumbra al ejército Imperial, que a cada día que pasaba parecía más exhausto. Sin embargo, Mannfred no había contado con la determinación de sus enemigos y no pudo evitar la batalla, que tuvo lugar en las inmediaciones al este del Gran Pantano, donde los guerreros del Imperio y Enanos se batieron con una determinación desesperada.

Mannfred vio que la victoria estaba fuera de su alcance así que intentó huir en su carruaje. Montado sobre un grifo majestuoso, Martin, el Conde Elector de Stirland, lo persiguió y lo capturó en el mismo borde de los pantanos. Aunque el Conde Elector subió graves heridas en su combate contra el Vampiro, finalmente logró derribarlo a base de poderosos golpea de su espada Colmillo Rúnico, hasta que el destrozado cadáver de Mannfred se hundió en las profundidades del pantano. Pese a llevar a cabo una larga búsqueda, ningún Hombre ni Enano localizó nunca el cuerpo de Mannfred. El Conde de Stirland reclamó todas las tierras de Sylvania como parte de sus dominios ya que había matado al Conde. Puesto que nadie deseaba realmente esa tierra maldita, nadie discutió su derecho.

Así es como acabó el reinado del último de los von Carstein y finalizó a la amenaza de los Condes Vampiro, o al menos es lo que parecía en aquel entonces...

La amenaza ocultaEditar

Von-carstein-art-1

Mannfred era el Conde Vampiro que más tiempo había vivido, y existe un rumor que dice que todavía vive en la actualidad, amenazando con volver una vez más al frente de los ejércitos No Muertos de Sylvania. El poeta Félix Jaeger afirma haberse encontrado con él el año 2503 mientras viajaba junto a su compañero Enano, Gotrek Gurnisson. Sin embargo, Jaegar es un conocido criminal y agitador de multitudes, cuyas narraciones de viajes son muy extravagantes. Por esto, los eruditos no creen que esta afirmación sea verdadera. Es dudoso que un poderoso Vampiro corno Manfred von Carstein huyera ante un Enano exiliado armado con un par de candelabros de plata, como afirma Jaeger. La narración de Jaeger es sin duda falsa, por lo que nos contentaremos con los hechos demostrados sobre la vida de Manfred. Por lo que respecta a esta historia, Manfred von Carstein, el último de los Condes Vampiros, murió en Hel Fenn. Que descanse allí para siempre.

En realidad, la conclusión de las Guerras de los Condes Vampiro no supuso ni mucho menos el fin de la amenaza de estos monstruos. Aún peor, durante dichas guerras la maldición de los von Carstein se extendió sin control por todo el Viejo Mundo, de modo que a día de hoy los hijos de Nagash acechan la noche desde la helada Kislev en el este hasta la próspera Marienburgo en el oeste. ¿Quién sabe cuántas damas nobles son en realidad reinas de los No Muertos, cuántos elegantes aristócratas guardan un secreto sangriento, o cuántos barones y duques deben su verdadera lealtad a un Rey Vampiro? Ocultos fuera de la vista de los mortales, los Vampiros siguen haciendo crecer sus fantasmagóricos ejércitos, esperando tan pacientes como arañas a que los humanos queden enredados en su telaraña de muerte por toda la eternidad.

FuentesEditar

  • Ejércitos Warhammer: No Muertos (4ª Edición).
  • Ejércitos Warhammer: Condes Vampiro (5ª Edición).
  • Ejércitos Warhammer: Condes Vampiro (6ª Edición).
  • Ejércitos Warhammer: Condes Vampiro (7ª Edición).
  • Ejércitos Warhammer: Condes Vampiro (8ª Edición).
  • Novela de la Trilogía de Von Carstein: Dominio, por Steven Savile
  • Novela de la Trilogía de Von Carstein: Venganza, por Steven Savile