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Historia de los Reinos Ogros

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Ogros Tripaduras de Tiernen Trevallion Warcry sabertooth.jpg
Hace muchos miles de años, los Ogros vivian al este de las Montañas de los Lamentos, en un área de grandes y anchas llanuras en las fronteras de la distante Catai. Sus tierras natales eran fértiles, y pastos llenos de ñus y pesados yaks se extendían por el horizonte proporcionándoles un suministro perenne de carne fresca. Al no existir barreras naturales que dividieran sus reinos, los Ogros prosperaban y se multiplicaban, y la mayoría de las tribus ogras vivían como nómadas que se alimentaban de las grandes manadas de bestias rumiantes que recorrían la región, dedicandose al comercio y a la guerra con la misma alegría.

Según se dice, los Ogros aprendieron de sus vecinos de Catai los secretos del fuego y de la metalurgia, con los que compartían frontera y mantenían relaciones amistosas. A cambio, los ogros les enviaron a los más inteligentes de su raza para ser reclutados por el gran ejército imperial. Tribu tras tribu merodeaba por las laderas mientras su número aumentaba.

La Llegada de las Grandes FaucesEditar

Ogros Toro por Paul Dainton.jpg
Sin embargo, dado que las tribus de Ogros seguían reproduciéndose en gran número, estaba claro que sólo era cuestión de tiempo que sus incursiones empezasen a penetrar en Catai para atacar a sus vecinos. La bárbara civilización ogra prosperó tanto que empezó a realizar incursiones en Catai para cazar a los hijos de los campesinos que trabajaban en los campos de arroz. En poco tiempo, muchos ogros habían adquirido el gusto por la carne fresca de los habitantes de Catai. Este hecho, por supuesto, llenó de consternación a su majestad, Xen Huong, emperador del dragón celestial del palacio imperial de la gran Catai, e hizo que cambiase por completo su opinión sobre los Ogros.

Por aquel entonces, poco después de que los niños desaparecieran de aquellas tierras y los huesos ensangrentados llenasen los arrozales, un extraño gran luz apareció en los cielos. Al principio sólo era visible de noche, pero a cada día que pasaba se hacía más radiante y enorme, hasta que llegó a brillar como si fuera un segundo sol. Por las noches todavía era más luminoso, y llegaba a eclipsar la luz de las grandes esferas de Morrslieb y Mannslieb.

Grandes fauces.jpg

Con el transcurso de las semanas, cobró el aspecto de una gran esfera brillante y siniestra que crepitaba y chisporroteaba, extendiendo su luz sobre las llanuras convirtiendo la noche en día, haciendo enloquecer de miedo tanto a los animales como a los monstruos. A medida que crecía se pudo apreciar que se trataba de un cometa, rodeado por una corona de enfermizo brillo verdoso; los observadores más avezados incluso llegaron a asegurar, extrañados, que aquel nuevo cuerpo celeste tenía un rostro, o para ser más precisos, una boca.

Por fin, durante una aciaga y sofocante noche, el cometa se estrelló contra las tierras de los Ogros, con tal fuerza que el temblor de tierra pudo oírse en medio mundo. Toda forma de vida en las cercanías de la zona de impacto se extinguió en un instante y dos tercios de la población de Ogros fueron aniquilados de repente mientras las laderas de la montaña se licuaban bajo el martillazo de algún dios furioso. .

Los únicos Ogros que escaparon a la destrucción fueron los que habitaban en las zonas fronterizas de aquellas grandes llanuras. Las rugientes y cegadoras tormentas de fuego que siguieron a la caída del cometa lo incineraron todo en varias millas a la redonda, y muchos testigos de tierras distantes contaron que parecía como si la tierra estuviese siendo arrasada por una manada de gigantescas bestias flamígeras. Si alguien hubiera estado lo bastante cerca como para poder echar un vistazo al interior del masivo cráter, hubieracomprobaron que la furia del cometa no se había detenido al entrar en contacto con la tierra, sino que se había abierto un profundo túnel internandose hasta el corazón del mundo.

Cazador ogro.jpg
En cuanto a aquellos Ogros que habían sobrevivido (por estar muy lejos de la zona afectada), lo peor para ellos aún estaba por llegar. Para estas desafortunadas tribus ogras, sus antaño fértiles llanuras habían quedado reducidas a un desierto chamuscado de violentas tormentas de arena aullantes, energías siniestras que arrancaban la piel de los huesos y brumas tóxicas. Los verdes pastos y los rebaños de bestias rumiantes habían desaparecido por completo. Aparte de los restos de la población ogra, solo unas pocas especies sobrevivieron al desastre y por lo que apenas quedaba en la región nada con lo que alimentarse, y así los supervivientes empezaron a caer víctimas de la inanición. Un hambre antinatural hizo presa en sus estómagos normalmente llenos, y las tribus supervivientes pronto degeneraron al canibalismo, lanzándose unas contra otras presas del miedo y del hambre, mientras la sequía y la falta de alimentación roía lo que antaño fueran sus tripas llenas.

Es pura especulación si toda aquella catástrofe que sobrevino a los ogros fue diseñada por el consejo de ancianos astromantes del Emperador Dragón de Catai, o quizás fuese un simple giro desgraciado del destino, pero para los Ogros significaba sin duda que una vengativa deidad había caído sobre ellos, consumiendo todo lo que había encontrado a su paso: una deidad representada por unas terribles fauces, que existían puramente para alimentarse. Y así fue como nació el insaciable y despiadado dios de los Ogros.

Tiempos DifícilesEditar

La raza de los Ogros quedó trágicamente reducida en número, pero los supervivientes demostraron serios más fuertes y resistentes de la especie (pues de hecho, los débiles no acostumbraban a durar mucho). Desesperados por las insufribles punzadas de hambre que sentían en sus tripas, las tribus empezaron a vagar por aquel paisaje devastado en busca de cualquier forma de sustento, mientras se mantenían alerta para protegerse de las esporádicas tormentas que asolaban la zona. Aquellos que carecían del músculo o la fortaleza necesarios para soportar aquella dura existencia eran rápidamente devorados por sus propios congéneres. Y sin embargo, sin importar cuánto se atiborraran, los Ogros nunca eran capaces de satisfacer por completo su apetito eterno.

Atascados en un páramo yermo y sin nada que comer, su única oportunidad de subsistencia consistía en migrar a otra parte. Dado que la gran nube de vapores venenosos dejada por el cometa bloqueaba todas las rutas hacia el este (es decir, hacia Catai), la mayoría de los ogros supervivientes se vieron obligados a migrar viajar hacia ls misteriosas montañas del Oeste en busca de nuevas tierras y un respiro de la gran sequía.

El Primer Profeta de las Grandes FaucesEditar

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Las leyendas de los Ogros hablan de Groth Undedosolo, un profeta entre los suyos, que antes de partir de sus viejas tierras natales, se atrevió a liderar a su tribu en una peregrinación por el letal desierto para adorar (y ofrecer sacrificios) a su nuevo y poderoso dios. Viajar hasta el lugar de colisión del meteorito no fue una gesta fácil: aparte del hambre, terribles ciclones y monstruos sin nombre diezmaron de forma terrible a Groth y a su tribu. A medida que se acercaban a la zona de impacto, los Ogros se dieron cuenta de que los vientos cambiaban súbitamente. En vez de fluir de manera caótica, ahora soplaban todos en dirección al cráter, y lo hacían con tanta fuerza que los Ogros tenían que esforzarse a cada paso para no ser succionados hacia aquel gran agujero. Cuando por fin Groth y los suyos llegaron a la cresta del cráter, arrastrándose por el suelo y agarrándose a los salientes de roca para no caer, lo que contemplaron les dejó boquiabiertos. Desde entonces, esa escena ha sido ilustrada en numerosos estandartes y cubre-tripas, y ha quedado grabada para siempre en la conciencia gremial de los Ogros.

Ante Groth se abría un inmenso agujero en la tierra, casi como un mar interior, excepto por el hecho de que no contenía agua, sólo una vacía y silenciosa negrura. Su perímetro estaba lleno de una hilera tras otra de irregulares dientes, y de tensos, convulsionados músculos, que se extendían hacia la vasta oscuridad. Allí, en el centro, nacía un gaznate tan profundo que fácilmente pudiera tragarse a toda la raza Ogra, y aún así no quedar saciado.

Groth, acompañado por unos pocos supervivientes, volvió explicando historias que llenaron de terror al resto de tribus de Ogros. Miles de años han pasado desde aquellos días, pero incluso hoy muchos Ogros repiten aquel peregrinaje que llevara a cabo Groth, pues las Grandes Fauces, esa malvada deidad caída al mundo desde los vengativos cielos, siguen estando en el mismo sitio. No todos los Ogros que llevan a cabo este viaje consiguen volver con vida, pues la ruta por la que circula es de lo más mortífera. Donde antes pastaban grandes rebaños de bestias herbívoras, ahora acechan gigantescos insectos de afiladas mandíbulas que surgen de pronto de debajo del ceniciento suelo para atacar a sus desprevenidas presas, y tupidas bandadas de enormes aves carroñeras sobrevuelan los cielos en círculos, sus avezados ojos buscando con ahínco su siguiente fuente de comida. Pero sin duda lo más peligroso de toda la región siguen siendo las Grandes Fauces en sí mismas, eternamente famélicas.

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Desde entonces son muchos los ogros que siguen los pasos de Groth, primer profeta de las Fauces, en una peregrinación hasta el lugar donde se halla su deidad. Son pocos los que regresan, pues las Grandes Fauces siguen hambrientas. Su presencia se retuerce como un gusano malévolo en la mente de todos los ogros, haciéndoles gestos para que sigan adelante. Por esta razón los ogros recorren el mundo, ya que subconscientemente obedecen la inquietud que suscita su dios glotón en el momento de su nacimiento.

La presencia de las Grandes Fauces domina la mente de todos los Ogros, incitándoles de manera obsesiva a volver y contemplar una vez más ese poderoso precipicio. Por ese motivo los Ogros se han convertido en criaturas incansables, que intentan constantemente escapar de ese susurro insidioso que flota en sus cerebros y los atrae de vuelta hacia su glotón (a la par que insaciable) dios. Algunos Ogros, aquellos que han viajado por todas partes, en especial los que han cruzado los océanos, incluso aseguran que existen otras "Grandes Fauces"en el lado opuesto del mundo, un remolino extenso con colmillos que devora a los barcos que se acercan demasiado. Las razas civilizadas normalmente desechan esta superstición, porque ¿cómo es posible que un cometa atraviese royendo el núcleo de un planeta?

Sin embargo, por mucho que los Ogros viajen arriba y abajo, saben que ninguna distancia les bastará para escapar a la terrible atracción de las Grandes Fauces, ningún ritual ni festín podrá aplacar completamente su eterno apetito. Mientras el hambre de las Grandes Fauces siga sin ser saciada, sus bárbaros hijos comerán y comerán y comerán, hasta comerse el mundo entero...

La Gran MigraciónEditar

Ogro Cazador Chris Dien ilustración color.jpg

Las tribus que no fueron destruidas con la llegada de las Grandes Fauces intentaron al principio aguantar en sus tierras natales, pero sin ningún alimento que echarse a la boca, y con la región periódicamente asolada por tormentas sobrenaturales, muchos Déspotas acabaron decidiendo marchame de allí con su tribu. Se dirigieron al oeste, iniciando el ascenso de las montañas en las Antiguas Tierras de los Gigantes. El viaje estuvo lleno de penalidades, como el gélido clima, las tormentas y avalanchas de nieve, o la precaria escalada de aquellas traicioneras paredes verticales. Sin embargo, lo más peligroso de la región eran las terribles bestias que la habitaban. Durante muchos años los Ogros habían sido los mayores depredadores de las fértiles llanuras, y habían disfrutado con las fáciles cacerías de grandes rebaños de herbívoros. Sin embargo, en aquellas altas montañas que ahora estaban tratando de escalar, las cosas demostrarían ser muy diferentes.

Durante esas agotadoras y peligrosas marchas, los Ogros que se quedaban rezagados por cualquier motivo no volvían a ser vistos jamás. Los Colmillos de Sable , enormes felinos cazadores capaces de destripar a cualquier presa, esperaban acechando el momento justo de saltar sobre cualquier Ogro despistado. Las manadas de Rinobueyes y de beligerantes Cuernos Pétreos recorrían las laderas, listos para aplanar a cualquiera que pasara por allí.

Colmillos de Trueno Reinos Ogros WD198 ilustración color.jpg
Durante las frecuentes ventiscas de nieve la visibilidad quedaba reducida a apenas unas zancadas de distancia, y en esos periodos de desconcierto no era raro oír los sonidos de algún tipo de combate en las cercanías, aunque cuando se inspeccionaba el lugar de donde provenía dicho ruido sólo se encontraban algunas manchas de sangre en la nieve, y un rastro de vísceras que indicaba la dirección general en la que uno de los Ogros de la formación había sido arrastrado.

Al principio, a los Ogros les pareció una buena idea buscar refugio en las numerosas cuevas que se abrían en las laderas de las montañas, pues ni siquiera su gruesa piel era suficiente para resistir el intenso frío de aquellas latitudes. Sin embargo, enseguida aprendieron a evitar aquellos, pues demasiado a menudo resultaban ser la guarida de algún Dientes Martirio (un terrible monstruo de grandes garras, similar aun oso), o incluso de un Draco de las Cavernas o de una Quimera (si los Ogros tenían una suerte especialmente aciaga).

Guerra en los CielosEditar

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Aquellos Ogros que lograron superar los primeros picos, hicieron un descubrimiento funesto. Hasta entonces, las zonas más altas de las montañas habían estado permanentemente envueltas en la densa niebla, pero una vez que aquel manto de bruma se abrió, pudieron comprobar que la cordillera aún subía más, probablemente más que ninguna otra en el mundo. Allí, muy por encima de las nubes, los Ogros observaron por primera vez a los Titanes de los Cielos ya sus vastos rebaños.

Los Titanes de los Cielos eran una antigua raza, de mucho mayor tamaño (y de mucha más inteligencia) que los Gigantes de la actualidad. Había tallado vastas fortalezas en las propias montañas. Cada una de ellas era una rotunda ciudadela megalítica con una imponente vista al mar de nubes, un "mar" que ocasionalmente se veía atravesado por diversos picos, como grandes islas de roca, en los que se asentaban otras fortalezas. Ermitaños por naturaleza, los Titanes de los Cielos se habían olvidado hacía ya mucho tiempo de las demás razas del mundo, pues se sentían más que satisfechos en su solitario reino, ocultos por la inaccesible naturaleza de las montañas y el tupido manto de nubes.

Los Titanes de los Cielos rara vez descendían por debajo de la línea de los árboles, excepto para atender a sus rebaños de bestias cavernarias y de enormes mamuts lanudos; y fue precisamente con dichas bestias con las que se toparon los famélicos Ogros. Al principio pensaron que habían encontrado algún tipo de paraíso terrenal, una nueva tierra prometida rebosante de comida. Por tanto, no estaban en absoluto preparados para tener que enfrentarse a animales tan fieros y peligrosos como aquellos, y así muchos Ogros descubrieron que en vez de darse un festín eran destripados por afilados colmillos, o pisoteados hasta la muerte por pesadas pezuñas. Al poco tiempo, los Ogros dedujeron que la única manera de abatir a aquellas criaturas era trabajar en equipo, eligiendo a una víctima y a continuación separándola del rebaño (de un modo similar a lo que les habían visto hacer a los lobos que cazaban en las nevadas laderas).

Los Titanes de los Cielos, al ver las crecientes pérdidas que sufrían sus rebaños, se hicieron conscientes por fin de la nueva amenaza que había asomado la cabeza en sus cumbres montañosas. Pese a su lógica preocupación, los Titanes de los Cielos no estaban ni mucho menos indefensos, y enseguida empezaron a liberar tormentas eléctricas y avalanchas sobre los Ogros, aniquilando de forma directa a un gran número de ellos y haciendo que muchos otros se mataran al precipitarse al vacío. Así dio comienzo lo que los Ogros llamaron la "Guerra en los Cielos", que enfrentó alas últimas tribus supervivientes de Ogros contra los Titanes de los Cielos. Los Ogros, que siempre llevaban la iniciativa del ataque, rodearon y asediaron cada pico montañoso, mientras que los Titanes de los Cielos se encerraron en sus fortalezas para defenderlas con enormes cañones, rebaños de bestias gigantes especialmente poderosos y leales, y finalmente con sus propios cuerpos, aplastando Ogros a diestra y siniestra o agarrándolos y lanzándolos a gran distancia, de modo que murieran al estrellarse contra el suelo.

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Aunque su población se había visto drásticamente reducida, los Ogros seguían superando en número a los Titanes de los Cielos en una relación de varios centenares contra uno. Es más, los Ogros atacaban en tribus conjuntas, mientras que los Titanes de los Cielos parecían incapaces de unirse bajo un único estandarte, y cada una de sus fortalezas se defendía por su cuenta, en solitario. Fue una guerra cruenta, pero con cada victoria los Ogros se fueron haciendo más fuertes, pues tras la batalla llegaba el momento de darse un atracón con la carne de los enemigos caídos. Una por una, las aisladas fortalezas cayeron, y se sucedieron sangrientos festines en sus colosales salas. Las víctimas más afortunadas ya estaban muertas cuando empezaban a ser devoradas, pero había otras muchas que no tenían tanta suerte.

Cuando los Ogros se internaron más en la cordillera, vieron que no sólo las montañas seguían aumentando en altura, sino que incluso los propios Titanes de los Cielos eran más y más grandes. Los miembros más antiguos de aquella longeva y ancestral raza llegaban a alcanzar proporciones descomunales, si bien con el paso de las eras se iban volviendo más y más sedentarios, hasta que finalmente se fundían con las montañas. Muchos Ogros creían que las cimas finales que estaban escalando en las Antiguas Tierras de los Gigantes no eran de hecho montañas, sino los más ancianos Titanes de los Cielos permanentemente entronizados como seres de piedra viva. Si eso era cierto significaba que eran los últimos de su especie, pues los Ogros estaban seguros de haber devorado a todo el resto de la raza hasta el último hueso.

Hay rumores de que unos pocos de estos viejos Titanes de los Cielos lograron desgajarse de la roca y se marcharon flotando entre las nubes, pero aún si esto fuera cierto nadie sabe adonde fueron, ni si lograron llegar hasta allí a salvo.

Las Cumbres ResplandecientesEditar

No contentos con destruir completamente a sus enemigos, los Ogros también aniquilaron a sus rebaños de bestias y derribaron sus fortalezas, haciéndolas caer hacia lo profundo de los valles. En la actualidad las únicas evidencias que quedan de esa antaño orgullosa raza de benignos gigantes son unas pocas paredes de piedra que aún resisten en pie, y varias extensiones de ruinas (tan enormes como irreconocibles) esparcidas por algunos de los valles. Durante un tiempo, los Ogros se establecieron allí, acampando entre las destruidas salas de los Titanes de los Cielos y alimentándose de sus menguantes (y desatendidos) rebaños de criaturas. Sin embargo, al poco tiempo empezaron a notarios efectos negativos de vivir a tanta altitud.

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El viento del este seguía trayendo grandes nubes de polvo tóxico, que aún flotaba en la atmósfera desde la explosiva llegada de las Grandes Fauces , y que hacía brillar el cielo nocturno con una ominosa y antinatural aurora. Instintivamente, los Ogros supieron que había llegado el momento de emigrar. No obstante, pese a lo funestas que eran todas las premoniciones al respecto, unas pocas tribus insensatas decidieron quedarse a vivir allí.

Por supuesto esto les trajo graves consecuencias, pues aunque los Ogros han demostrado a lo largo de su historia ser muy resistentes a los mutantes efectos del Caos, no son ni mucho menos inmunes. Así pues, con el paso de los siglos, quienes se quedaron a habitar en las ruinas de aquellos castillos manchados por el corrupto polvo de las nubes fueron involucionando hasta convertirse en criaturas absolutamente salvajes. Desarrollaron una serie de rasgos característicos como grandes y afiladas garras, una enredada mata de pelo blanco en diversas partes del cuerpo, y una extraña afinidad por el frío gélido de aquellas latitudes. De ese modo nació la raza montañosa de los Yehtis, criaturas tan poco comunes como abominables, que desde aquel entonces se han extendido a otras elevadas cordilleras del mundo, y que dan caza sin ninguna piedad a cualquiera que se adentra en su helado territorio.

Un Nuevo HogarEditar

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La mayoría de tribus de Ogros descendieron de las colosales montañas en las Antiguas Tierras de los Gigantes, y se dirigieron más hacia el oeste, hasta la cordillera conocida como Montañas de los Lamentos. Allí el aire parecía más saludable, pues no se daban unas tormentas tan furiosas, antinaturales y mutables como las que tenían lugar en las titánicas estribaciones que los Ogros habían dejado atrás.

Los picos y valles de las Montañas de los Lamentos eran un fértil territorio de caza, lleno de todo tipo de criaturas. Las tribus de Ogros se asentaron allí, estableciendo guaridas y campamentos entre los escarpados valles. Aunque hubieron de expulsar a numerosos depredadores monstruosos, y librar no pocas guerras a gran escala contra tribus de pieles verdes, clanes Skavens e incluso algunos asentamientos mineros Enanos, los Ogros acabaron por ejercer un dominio tan completo de aquellas tierras, que en poco tiempo toda la región pasó a ser conocida como los "Reinos Ogros".

FuentesEditar

Libro de Ejército "Reinos Ogros" 6ª Edición.

Libro de Ejército "Reinos Ogros" 8ª Edición.

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