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Historia de los Reyes Funerarios

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En los áridos desiertos de Nehekhara, vastas legiones de soldados esqueléticos se alzan desde las ardientes arenas para matar a aquellos que osan entrar en sus dominios. Este es un reino sin vida, de interminables dunas teñidas de rojo por la sangre de los salvajes y los bárbaros. Esta es la Tierra de los Muertos, donde los reyes momificados se ven condenados a un estado de perpetua muerte en vida. Sin embargo, ésto no siempre ha sido así.

Hubo un tiempo en que el antiguo reino de Nehekhara llegó a ser la joya de la corona de la civilización humana; una era dorada en la que sus ciudades brillaban con majestuoso esplendor, sus ejércitos conquistaban naciones enteras y sus reyes gobernaban como dioses entre los hombres. Sin embargo, el gran reino de Nehekhara fue arrasado hace milenios mediante la hechicería y las perfidias: la traición del Gran Nigromante Nagash, cientos de años antes del nacimiento de Sigmar, destruyó casi por completo este reino, los vivos perecieron en un instante, y los muertos se alzaron de sus tumbas. Resucitados a una no vida inmortal, los Reyes Funerarios de Nehekhara dirigen sus legiones de No Muertos y luchan para defender sus tierras de los ataques de razas inferiores y para expandir sus dominios aún más.

Ésta es la historia de aquellos turbulentos tiempos...

La Era Anterior al HombreEditar

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De acuerdo con los mitos y leyendas de Nehekhara, en las eras anteriores al hombre los dioses caminaban por el mundo como mortales. Los antiguos nehekharianos creían que cuando los Dioses del Desierto llegaron por primera vez al Valle Fértil, se enfrentaron contra los viles Demonios y espíritus malignos que allí habitaban en grandes batallas que llegaron a durar varios siglos.

En las tumbas y monumentos de las antiguas ciudades pueden encontrarse numerosas descripciones donde se dice que Ptra, el Dios Sol y Rey del panteón de Nehekhara, lideró en persona a sus tropas en la batalla final contra los poderes oscuros. Montado en un resplandeciente carro dorado Ptra hizo retroceder a la oscuridad, pues hasta el más poderoso de los Demonios se apartaba del toque de su divina luz. Ptra y los Dioses del Desierto salieron victoriosos, y los siervos del mal se vieron obligados a retirarse hacia el norte para escapar a la destrucción.

Dicen las leyendas que a continuación los Dioses del Desierto transformaron las tierras en un vergel, y que reinaron en él durante miles de años, hasta el nacimiento de la raza de los hombres. Se dice, asimismo, que aquellas gentes estaban tan favorecidas por los ciclos que el propio Ptra les concedió la frondosa región que llegaría a ser conocida como Nehekhara. A cambio de su veneración, los dioses ofrecían protección frente a aquellos que violan el Valle Fértil. Una vez establecida esta alianza, los dioses se dedicaron a nutrir y cuidar a los humanos de las tribus nómadas, enseñándoles a leer, escribir y construir grandes ciudades. Y así nació la civilización de Nehekhara.

La Ascensión de SettraEditar

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Hace incontables siglos, en la tierra de Nehekhara, al sur del Viejo Mundo, floreció una poderosa civilización de hombres con la que ninguna otra ha podido compararse en poder y en conocimiento en los siglos posteriores. La antigua civilización de Nehekhara alcanzó su punto de máximo esplendor en un periodo en que las demás tribus humanas seguían siendo primitivas y vivían como salvajes: unos dos mil quinientos años antes de la llegada del bárbaro dios-héroe conocido como Sigmar Heldenhammer. Aún hoy en día las grandes naciones de la humanidad, como el Imperio y Bretonia, palidecen al ser comparadas con el otrora poderoso reino de Nehekhara.

Muy pocos son los que saben de cierto cómo o por qué las tribus de ese pueblo decidieron asentarse en unas tierras tan áridas. El estudio de sus jeroglíficos más antiguos revela que los sirvientes de los dioses las condujeron hasta allí tras escapar de toda una vida de esclavitud y que se asentaron como hombres libres, en las tierras calurosas y secas en las que sus antiguos amos prefirieron no aventurarse. Los primeros reyes guerreros sometieron a las tribus de esa zona e hicieron retroceder a los pieles verdes hasta gobernar todas las tierras que se extienden entre el desierto occidental y el mar oriental.

Mediante siglos de trabajo y desarrollo cultural, Nehekhara, conocido entre su gente como el “Valle Fértil”, se fue transformando en una civilización cada vez más poderosa. Sus gentes crearon grandes ciudades de piedra blanca y mármol pulido, y grandes carreteras y flotas navales con las que conectar las ciudades entre sí. Poderosos reyes, cuya palabra era ley, gobernaban sin oposición. Gigantescos ejércitos de disciplinados soldados fueron reclutados y entrenados en el nombre del rey, y aquellos enemigos que invadieron sus ciudades fueron aniquilados sin compasión.

La más grande y esplendorosa de tales urbes era Khemri, la Ciudad de los Reyes. La tradición decía que quien gobernaba Khemri era considerado el mejor de entre sus iguales. Cada una de las otras ciudades estaba gobernada por su propio rey, pero se esperaba que todos ellos mostrasen lealtad y pagasen tributos a Khemri. Juntos, estos reyes conquistaron las tierras que los rodeaban: doblegaron a las tribus de las tierras colindantes, hicieron retroceder a las hordas de pieles verdes que asolaban el reino, y gobernaron desde los desiertos occidentales de Arabia hasta el extremo oriental del Mar del Terror.

En el punto álgido de su poder, Nehekhara llegó a expandirse y conquistar tierras muy lejos en todas direcciones: al norte llegando hasta la región que hoy día tiene el ridículo nombre de “El Imperio”, al sur hasta las primordiales junglas de las Tierras del Sur, e incluso al este hasta las siniestras Tierras Oscuras. Sus ejércitos marchaban por todo el mundo subyugando a cualquier pueblo que encontraban, y sus vastas flotas de galeones y galeras de guerra aterrorizaban el Gran Océano Occidental y sembraban el terror con sus incursiones en todas las costas a las que llegaban.

Antes de la llegada de Settra, la tierra conocida con el nombre de Nehekhara se encontraba dividida en multitud de reinos separados, cada uno erigido alrededor de una gran ciudad. Las guerras eran muy comunes, ya que todos los reyes trataban de expandir sus reinos apoderándose de las tierras fértiles de sus vecinos.

Conflictos en el Valle FértilEditar

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Aunque Nehekhara prosperaba y sus ciudades seguían aumentando en tamaño, riqueza e influencia, los reyes ansiaban todavía más poder. Con este fin, empezaron a guerrear entre ellos. A lo largo de los años siguientes la Corona de Nehekhara, un símbolo del poder absoluto sobre todo el Valle Fértil, fue pasando de un rey conquistador a otro. Decenas de reyes ascendieron y cayeron durante aquellos días, tantos que los nombres de muchos de ellos han sido olvidados. Sin embargo, lo que sí se recuerda es que ninguno demostró tener la fuerza suficiente para prevalecer o mantenerse en el poder durante un periodo extenso de tiempo.

Con todo el poder militar de las ciudades de Nehekhara enzarzado en guerras internas, el Valle Fértil quedó vulnerable a los ataques de lo invasores externos. La ciudad de Lybaras se vio casi completamente destruida por un ejército de las criaturas escamosas que habitan en las densas junglas del sur. Numerosas hordas de pieles verdes y tribus de hombres bárbaros descendieron del norte, destruyendo, matando y arrasando Nehekhara sin encontrar prácticamente oposición. Durante este periodo, además, el Valle Fértil se vio afectado por una sequía y una gran plaga, y todos los ejércitos de Nehekhara quedaron exhaustos por la enfermedad, la inanición y la interminable guerra civil. Por separado, ninguno de los ejércitos de las ciudades tenía la más mínima posibilidad de detener a las mareas invasoras, pero los arrogantes y desconfiados reyes se negaban a dejar de lado sus diferencias para formar una alianza duradera. Así, la primera gran civilización del Hombre se encontraba al borde de la destrucción. A menos que los nehekharianos se unieran, perecerían sin remedio.

Settra el GrandeEditar

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Todas aquellas luchas y conflictos eran interpretadas por los sacerdotes de Nehekhara como un signo de que los dioses estaban furiosos con los habitantes del Valle Fértil. Sin embargo, todas las advertencias y protestas a los belicosos reyes Nehekharianos caían en saco roto. Una situación que no obstante cambiaría por completo con la aparición de Settra.

De todos los reyes de Nehekhara, ninguno podía igualar el esplendor, la crueldad ni la arrogancia de Settra, el recién coronado rey de Khemri. Settra era un hombre extremadamente vanidoso y egoísta, que no sólo exigía la obediencia sino también la adoración de sus súbditos. De lo que no le podía acusar, en cambio era de ser un insensato, y en cuanto oyó las advertencias de sus sacerdotes supo que sólo un líder respetuoso con los dioses llegaría a ganarse la completa adoración de su pueblo. Por tanto, a diferencia de todos los demás reyes de Nehekhara, Settra rendía homenaje a los antiguos dioses, y en los primeros años de su reinado ordenó la restauración de numerosos templos y erigió muchas estatuas en su honor.

En el primer aniversario de su coronación, Settra rogó a los dioses que restaurasen la antigua gloria de Khemri, y le otorgaban a él en persona la fuerza necesaria para imponerse a todos sus rivales; y para probar su entrega y su compromiso con dicha causa, celebró un espectacular ritual en el que sacrificó a sus propios hijos como ofrenda a los dioses. Al día siguiente, el Gran Río Vitae se desbordó por primera vez en décadas. La crecida de las aguas barrió por completo la plaga, y las cosechas volvieron a ser abundantes, algo que no recordaban ni los más viejos del lugar. Ésto fue visto, tanto por los sacerdotes Nehekharianos como por la población de Khemri, como una señal de que Settra había sido elegido por los dioses. Así fue como Settra se convirtió en el Primer Rey Sacerdote de Khemri, un gobernante que ya no solo comandaba a su entregado pueblo y a sus leales legiones, sino que además ostentaba el poder mismo de los dioses.

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Settra era un poderoso rey que había combatido en las legiones de su padre durante muchos años, antes de ascender al trono de Khemri. Era un despiadado señor de la guerra, cuyo inspirado genio para la estrategia y la táctica sólo era igualado por su coraje y sus habilidades en combate personal. Una a una, todas las grandes ciudades de Nehekhara hincaron la rodilla en tierra ante las legiones de Settra, que marchaba siempre al frente de sus tropas para así poder saciar por completo sus ansias de batalla y su sed de conquista. La primera en caer fue Numas, luego se rindió Zandri, y con cada nueva victoria más y más guerreros se congregaban bajo el estandarte de Settra. En poco tiempo Settra ya comandaba el ejército más grande, devoto y temible que Nehekhara hubiese conocido jamás, sus vastas legiones de endurecidos veteranos marchando sobre las tierras del Valle Fértil sin mostrar compasión ante cualquiera que se les opusiera.

Gracias a estas formidables tropas Settra conquistó a todos los reyes de Nehekhara, obligándoles a jurarle lealtad, pagarle tributos y volver a reconocer a Khemri como la ciudad más preeminenle de aquellas tierras. De este modo, subyugando a todos sus rivales mediante una serie de triunfales y sangrientas conquistas militares, Settra acabó con la guerra civil y el periodo conocido como “La Era de los Conflictos".

Nehekhara ProsperaEditar

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Pocos rivales emergieron para oponerse a este gran rey, y aquellos que lo hicieron fueron aplastados sin compasión, bien por el propio Settra, bien por su imponente campeón el Heraldo Nekaph. Los agentes de Settra se dedicaban a arrancar de raíz cualquier rastro de discusión o rebeldía que pudiese amenazar la estabilidad del reino, y pronto nadie se atrevió siquiera a pensar en desafiar al Rey de Khemri. Desde entonces, Settra se mantuvo como rey indiscutible no sólo de Khemri, sino de todo Nehekhara, sin que nadie amenazara su poder durante muchas décadas.

Settra, el primer Rey Sacerdote de Khemri, era un poderoso guerrero y un carismático líder temido en medio mundo. Y aunque también un gobernante cruel y tiránico, bajo su mando Khemri (y por extensión todo Nehekhara) entró en una verdadera era dorada de prosperidad. Las ciudades arrasadas fueron restauradas rápidamente, y se alzaron muchos grandes monumentos para honrar tanto a los dioses como al propio Settra. Se crearon poderosas legiones de soldados para asegurar las fronteras de Nehekhara, en constante expansión, y para repeler a los numerosos monstruos mutantes y bárbaros salvajes que habían estado esquilmando el Valle Fértil desde la Era de los Conflictos.

Y sin embargo, Settra no se sentía satisfecho con la mera recomposición de los reinos de sus ancestros. Los ejércitos de Nehekhara se habían esparcido en todas direcciones, conquistando las tierras colindantes y esclavizando a sus tribus. Las flotas de guerra de Settra asolaron reinos más allá de los mares, y sus ejércitos llevaron el terror del Rey Sacerdote de Khemri hasta muchas tierras lejanas. Sus ciudades cayeron, sus naciones fueron conquistadas y sus riquezas saqueadas y transportadas hasta el Valle Fértil. Durante el reinado de Settra, Nehekhara alcanzó la cima de su poder e influencia, y su nombre llegó a ser conocido en medio mundo.

Una Visión InalcanzableEditar

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Sin embargo, nada podía saciar el hambre de guerra y de conquistas de Settra, y durante muchos años los ejércitos de Nehekhara siguieron asolando el mundo. Su reino era cada vez más vasto, pero pese a toda sus victorias el Rey Sacerdote seguía insatisfecho.

Se dice que en el cuadragésimo año de su reinado, con su cuerpo ya mostrando los primeros síntomas de la vejez, Settra ascendió a los picos de las Montañas Negras, en uno de los extremos de su imperio. y contempló todo lo que había conquistado. Entonces se dio la vuelta para echar la vista sobre las distantes tierras al otro lado de la montaña, y rugió de furia. Con amarga decepción, Settra se dio cuenta de que, aunque viviese otros cien años, seguiría habiendo reinos más allá de su alcance.

La ira estaba consumiendo lentamente a Settra, pues sabía que un día acabaría por ser derrotado, no por ningún enemigo mortal, ni por ningún ejército superior al suyo (pues de hecho no eximía ninguno), sino por el inexorable paso del tiempo, por su propia mortalidad. Estaba claro que a Settra le sería imposible alcanzar sus sueños de conquista global en el lapso de tiempo que duraría su vida mortal, pues su cuerpo acabaría fallando tarde o temprano, por mucho que su corazón siguiese ardiendo más que nunca por el ansia de la batalla.

Aún peor, la muerte podía llegar a arrebatarle de un plumazo todo aquello que había conseguido: sus tierras, sus súbditos y su poder. A lo largo de los siguientes meses se fue obsesionando más y más con el tema, pidiendo constantes audiencias con los más sabios sacerdotes y estudiosos de la tierra para discutir cómo se podía superar el intolerable problema de su mortalidad. En su arrogancia se juramentó para que la muerte no le reclamase jamás y vivir toda la eternidad en el paraíso que había creado, y puso en funcionamiento una serie de eventos que cambiarían su reino para siempre y de forma dramática.

El Culto MortuorioEditar

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En su obsesión por desentrañar los secretos de la inmortalidad y reinar sobre sus tierras por toda la eternidad Settra, ordenó a sus sacerdotes que encontraran una manera de mantenerlo por siempre con vida. Fundó el Culto Mortuorio, y pidió a sus más sabios y poderosos sacerdotes que dedicasen todos sus esfuerzos a descubrir el modo de prevenir su deceso. Los sacerdotes de Khemri actuaron tal y como Settra les había ordenado y, durante años, crearon pociones y recitaron cánticos, decididos a descifrar los secretos de la vida. Viajaron a las tierras más lejanas y desconocidas en las que pudiesen encontrar alguna manera de vencer a la muerte.

En todas estas investigaciones, los sacerdotes aprendieron mucho, y usaron sus enseñanzas para extender la vida de Settra mucho más allá de su duración natural. Sin embargo, no eran capaces de detener el paso del tiempo indefinidamente: lo único que estaban haciendo era posponer lo inevitable, mientras el cuerpo mortal de su señor se hacía más frágil con cada año transcurrido. Como es evidente, los sacerdotes del Culto Mortuorio se mostraban reticentes a revelar a Settra estas limitaciones (pues su mal genio era legendario), así que siguieron buscando en vano un modo de cumplir la tarea que les había sido encomendada.

Los sacerdotes estudiaron todos los aspectos de la muerte, aprendiendo muchísimo a lo largo de los años y viendo como sus poderes se desarrollaban cada vez más. Gracias a estos conocimientos arcanos, los sacerdotes lograron extender a su vez la duración de sus vidas, mientras seguían con su trabajo. Aprendieron cómo preservar un cuerpo para evitar que se pudra, desarrollando el arte de la momificación hasta extremos muy elaborados. En los años siguientes, los hierofantes del Culto Mortuorio incluso empezaron a hacer tentativas para canalizar los Vientos de la Magia; es decir, dominar el poder de los propios dioses.

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Pese a hacer increíbles progresos en este campo, no les sirvió de nada: la verdadera inmortalidad seguía estando más allá de sus poderes. Grande fue la ira de Settra, pues aunque la magia de los sacerdotes había logrado mantenerle vivo más allá de lo que podía vivir cualquier Hombre mortal, no eran capaces de prevenir su muerte. No obstante, el Culto Mortuario había desarrollado vastos conocimientos en cuanto a encantamientos y rituales mágicos, con los que según ellos podrían conectar el mundo de los mortales con el Reino de la Almas. Creían que, mediante cuidadosos preparativos y encantamientos adecuados, sería posible hacer que los muertos volvieran a la vida con cuerpos imperecederos, aunque aún necesitarían muchos más siglos para perfeccionar los rituales necesarios.

Ésto fue lo que los sacerdotes funerarios dijeron a Settra mientras le prometían que viviría eternamente cuando le despertaran. Sin otra elección, Settra ordenó construir una enorme tumba funeraria para poner a descansar su cuerpo hasta que el Culto Mortuorio hubiese completado su trabajo, y él pudiese ser revivido a la existencia eterna que tanto ansiaba.

La Pirámide de SettraEditar

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Mientras Settra reposaba moribundo, lleno de rabia y orgullo hasta su último aliento, los sacerdotes del Culto Mortuorio le prometieron un paraíso dorado en el que, tras despertar de nuevo, reinaría durante millones de años. Cuando el rey finalmente pereció, lo hizo con una maldición en los labios. Los sacerdotes, entonaron poderosos cánticos para preservar su cuerpo y fue embalsamado ritualmente con gran suntuosidad. Preservado contra la descomposición, el cuerpo de Settra fue inhumado en un espectacular sarcófago situado en el corazón de una majestuosa pirámide de brillante piedra blanca.

El monumento era tan destelleante que a las criaturas mortales les dolían los ojos con sólo mirarlo. La pirámide era una mole que se alzaba por encima de la ciudad de Khemri. Era el más grande y magnifico monumento jamás creado en Nehekhara, pues ningún simple túmulo sería suficiente para alojar a un rey tan poderoso como Settra. Todos sus tesoros, junto con sus más leales sirvientes y guardaespaldas, fueron enterrados junto con él en el interior de su pirámide.

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Las legendarias legiones de Settra, que habían dado forma al reino siguiendo la voluntad de su amo, fueron dispuestas en colosales fosas funerarias bajo la pirámide. Leales hasta después de muertos, estos soldados fueron enterrados vivos en preparación del Día de Despertar, cuando Settra volvería a la vida para guiarles una vez más a la guerra. Momificado a la derecha de su amado rey se encontraba Nekaph. el sirviente más fiel de Settra, dispuesto a seguir sirviéndole en la otra vida.

Durante miles de años, los sacerdotes de Khemri mantuvieron encendidas las llamas Funerarias en el exterior de la tumba sellada, alimentando el espíritu inmortal de Settra con sacrificios y encantamientos para prepararlo de cara al momento en que volviese a despertar. Ninguna otra tumba, ni anterior ni posterior, ha disfrutado jamás de tan poderosos jeroglíficos y encantamientos de protección. Durante este periodo, los sacerdotes del Culto Mortuorio siguieron desarrollando su comprensión de los encantamientos mágicos esperando poder finalmente desentrañar los secretos de la inmortalidad y acelerar el momento de resucitar a Settra.

La Edad de los ReyesEditar

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Tras la muerte de Settra, muchas dinastías fueron y vinieron, pero sin el férreo control y el despiadado liderazgo de Settra, ningún Rey Sacerdote fue lo bastante hábil como para poder gobernar por sí solo sobre todo Nehekhara. Por tanto, todas las ciudades competían por separado entre ellas por las riquezas y el estatus. Aunque esto no llegó a degenerar en las guerras civiles totales de la Era de los Conflictos, las escaramuzas entre ciudades vecinas se volvieron bastante comunes.

Durante este periodo de varios siglos de duración, conocido como "La Edad de los Reyes", las fronteras de Nehekhara se volvieron tan cambiantes como las dunas del desierto. Nehekhara se convirtió en un estado feudal en el que el poder y el territorio se decidían por la fuerza de las armas. En aquella coyuntura, un rey sólo era tan poderoso como el tamaño de sus ejércitos, y debido a ello cada década fueron haciendo aparición legiones cada vez más inmensas. Aunque la expansión del Valle Fértil no siguió avanzando al mismo ritmo que había alcanzado durante el reinado de Settra, de vez en cuando alguno de los reyes guerreros lograba atender sus dominios, ya fuese conquistando a sus vecinos o pacificando alguna de las regiones salvajes que rodeaban Nehekhara.

Los Reyes Sacerdotes lanzaron contra sus enemigos gigantescos ejércitos de soldados altamente disciplinados, y de terroríficos carros de guerra. En el oeste, los toscos y rudos nómadas del desierto fueron sojuzgados y a continuación educados por la gran civilización de Nehekhara. En el norte y el sur, los Reyes Sacerdotes libraron muchas batallas contra tribus de pieles verdes, bárbaros y extraños guerreros-lagarto similares a cocodrilos. Estas guerras trajeron muchas riquezas a las necrópolis de Nehekhara, transportadas por multitud de esclavos que iban y venían como hileras de hormigas: oro de las fortalezas de los barbudos Enanos de las montañas, piedras preciosas de las ciudades-templo de los Hombres Lagarto, exóticos minerales del lejano Catay y resistentes esclavos de las primitivas tierras del norte que algún día llegarían a ser conocidas como “El Imperio”. La práctica totalidad de estos tesoros se invirtió en reclutar legiones aún mayores de soldados, y en construir tumbas todavía más elaboradas.

El Culto Mortuorio CreceEditar

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Todos los Reyes Funerarios de Nehekhara compartían su afán por amasar riquezas y poder terrenal. Sin embargo, al igual que le ocurría a Settra no podían escapar al gélido abrazo de la muerte, así que mantuvieron activo el Culto Mortuorio para poder ser despertados de nuevo una vez que hubieran fallecido. Durante este periodo, el Culto Mortuorio creció en poder e influencia. La primera generación de sacerdotes, cuyas habilidades eran comparativamente rudimentarias, murió tras haber prolongado sus vidas mucho más allá de su duración natural. Sus conocimientos pasaron a la siguiente generación, que los superó tanto en sabiduría como en dominio de sus rituales mágicos.

De este modo el Culto Mortuorio fue acumulando una mayor maestría con el paso de los años. hasta que los sacerdotes de la quinta generación descubrieron los secretos para atar sus almas a sus cuerpos, y de este modo engañar a la muerte. Tras muchos años de perseverancia e investigaciones, finalmente habian desentrañado los secretos de la vida eterna, y aunque aún les faltaba perfeccionar algunos encantamientos, también tenían al alcance de la mano la fórmula para despertar del sueño de la muerte a los reyes fallecidos.

No obstante, los sacerdotes (que por aquel entonces ya empezaban a ser conocidos como "Sacerdotes Funerarios“), tuvieron mucho cuidado en guardarse para sí mismos todos los secretos de sus conocimientos mágicos. Habían logrado amasar un poder sobre las tierras de Nehekhara que sólo estaba por debajo del de los propios reyes, y no estaban dispuestos a perderlo. El razonamiento de los Sacerdotes Funerarios era que, mientras los reyes necesitasen los servicios del Culto Mortuorio para despertarse en su paraíso soñado, nada cambiaría y ellos podrían seguir disfrutando de su privilegiado estatus.

Así, durante mucho tiempo los Sacerdotes Funerarios siguieron desarrollando sus encantamientos mientras contemplaban el auge y caída de dinastías enteras. Sin embargo, a medida que los siglos iban transcurriendo, empezaron a descubrir la desagradable diferencia entre la vida eterna y la juventud eterna...

Las NecrópolisEditar

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Nehekhara se convirtió en una sociedad completamente obsesionada con la muerte y la inmortalidad. Deidades tales como Djaf, dios de los muertos. Y Usirian, dios del Inframundo. llegaron a hacerse tan ampliamente adorados como Ptra, el rey de los dioses. Las calaveras y las tibias se convirtieron en símbolos comunes de la inmortalidad y la vida eterna y fueron representados en los escudos, estandartes y carros de los ejércitos de los Reyes Sacerdotes. Los guerreros heroicos no sólo se vieron premiados con las riquezas y los lujos de toda una vida, sino con la promesa de ser momificados tras la muerte para unirse a su señor en la eternidad. No fue sólo la cultura de Nehekhara lo que cambió con el aumento de poder del Culto Mortuorio: la obsesión de los Nehekharianos con la muerte transformó de manera irrevocable el paisaje del Valle Fértil.

Cada Rey Sacerdote exigió que su pirámide superase en espectacularidad a las de sus predecesores, para así probar su superioridad. Aunque ninguno fue tan insensato como para atreverse a sobrepasar la majestuosidad de la Gran Pirámide de Settra, se construyeron monumentos aún más grandes en honor a las hazañas de los reyes. Se esculpieron estatuas titánicas para que vigilasen sus restos, manteniéndolos a salvo por toda la eternidad. En poco tiempo, todos los esfuerzos de las gentes de Nehekhara se empezaron a invertir en construir y mantener las Necrópolis. Los Necrotectos dirigían las construcciones mientras que los Sacerdotes Funerarios supervisaban los rituales de momificación que un día tendrían que servir para resucitar a los Reyes Sacerdotes.

Pronto los nobles menores empezaron a reclamar ritos similares para sí mismos, e hicieron construirse tumbas junto a las principales pirámides a lo largo de los siglos, centenares de líneas familiares reales fueron sepultadas por este procedimiento, y las resplandecientes necrópolis de los muertos crecieron hasta superar de largo a las patéticas moradas de los vivos. No se reparó en gastos para asegurar el camino hacia la inmortalidad, y debido a ello el esplendor y riqueza de Nehekhara se convirtió en un deslumbrante espectáculo para la vista.

Por aquel entonces, nadie podía sospechar que toda aquella gloria resultaría destruida por un solo hombre.

La Traición de NagashEditar

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La caída de Nehekhara y la trágica destrucción de sus gentes fueron causadas por las ambicionesde un solo hombre, un corrupto sacerdote llamado Nagash. Como primogénito del Rey Khetep de Khemri, Nagash estaba destinado a servir en el Culto Mortuorio mientras su hermano menor, Thutep, ascendía al trono tras la muerte de su padre.

Nagash era un estudiante excepcionalmente dotado, y debido a sus talentos y su herencia se convirtió rápidamente en uno de los Sacerdotes de Khemri. Sin embargo, ello no sirvió para aplacar su sed de poder. Orgulloso y egoísta como pocos, Nagash empezó a codiciar el trono en el que se sentaba su hermano, y puso en marcha un complot para hacerse con la corona.

Para empezar corrompió los encantamientos religiosos del Culto Mortuorio, y logró reunir a una docena de acólitos que pensaban como él, de los cuales el más llamativo era un cruel noble llamado Arkhan. Una noche, mientras las nubes cubrían la Luna, Nagash asesinó al guardaespaldas personal de Thutep antes de sepultar vivo al joven rey en el interior de la Gran Pirámide de su padre. A la mañana siguiente, con las manos aún manchadas de sangre, Nagash se sentó en el trono y se proclamó rey sin que nadie se atreviera a contradecirle.

El ArchinigromanteEditar

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El reinado de Nagash fue una era de terror para todo el pueblo de Nehekhara. El rey usurpador quería incrementar su poder mediante el uso de hechicería maligna, una blasfemia que según los Nehekharianos acabaría con toda certeza por provocar la ira de los dioses. Nagash había aprendido el arte de la Magia Negra de una Cábala de Elfos Oscuros que habían naufragado en las costas de Nehekhara, siendo de inmediato capturados y encerrados en el interior de la pirámide de su padre, en la víspera de su funeral.

Nagash torturó a aquellos extranjeros de piel pálida hasta que accedieron a compartir con él los secretos de sus poderes místicos, un conocimiento arcano para el que Nagash demostró ser un pupilo de lo más instruido. En apenas unos pocos años ya había superado los poderes de sus “tutores”, a los que acabó por destruir en un duelo mágico mientras éstos trataban de escapar.

Nagash empezó a experimentar con la nigromancia, combinando su maestría en la Magia Negra con el conocimiento de la muerte que había obtenido en el Culto Mortuorio. Conjuró malvados demonios y aprendió de ellos, oscuros y terribles secretos. Recopiló todos sus descubrimientos en nueve tomos de saber maldito: los Libros de Nagash, la más poderosa fuente de magia nigromántica que jamás haya existido en el mundo. Uno de los principales éxitos de Nagash fue la creación del Elixir de la Vida, con el que logró por fin desentrañar el secreto de la eterna juventud.

Nagash permitió a su fiel Visir Arkhan y a todos sus otros comandantes principales probar dicho brebaje, que si bien los hizo realmente inmortales e increíblemente fuertes, también los convirtió en poco más que esclavos de la siniestra voluntad de su señor, pues necesitaban consumir el Elixir de la Vida periódicamente y sólo Nagash sabía cómo crearlo.

La Pirámide NegraEditar

Portada El ascenso de de Nagash Nagash, el Hechicero por Jon Sullivan.jpg
Con el objetivo de incrementar su poder y mantener su dominio sobre la tierra, Nagash ordenó construir una enorme pirámide negra. El populacho de Khemri creía que aquello no era más que otra tumba funeraria, pero en realidad era una estructura que serviría para que Nagash canalizara los Vientos de la Magia y los doblegara a su voluntad.

La pirámide se convirtió en la obsesión de Nagash, y su construcción drenó rápidamente los recursos de Khemri, forzando al nigromante a ir a la guerra para conseguir más recursos materiales y más mano de obra. Nagash demandaba grandes cantidades de oro y esclavos de otras ciudades, como tributo a Khemri. Aquello que las ciudades no querían entregar de buena gana les era arrebatado por la fuerza, y muchas de ellas acabaron por verse brutalmente conquistadas.

Mármoles del color del cielo nocturno fueron traídos desde lejanos parajes e innumerables esclavos se deslomaron día y noche durante los siguientes cincuenta años hasta que la Pirámide Negra de Nagash se erigió por encima de todos los demás monumentos que había en Nehekhara y se alzó altiva cientos de metros sobre el suelo.

Tal era la arrogancia de Nagash, que se había hecho construir para sí mismo una tumba que ridiculizara incluso a la Gran Pirámide de Settra. Los maltrechos cuerpos de incontables esclavos fueron encajonados en los cimientos de la construcción, y místicas protecciones de poder se entretejieron en sus muros. Incluso en el ardiente sol del desierto, la pirámide estaba fría al tacto, y ninguna luz se reflejaba en su superficie saturada de magia.

Tras ser completada, los Vientos de la Magia empezaron a soplar con más fuerza por todo Nehekhara, y la maestría de Nagash sobre la nigromancia se multiplicó por diez. Sin embargo, los tributos exigidos por Khemri eran tan draconianos que el hambre asoló las tierras de Nehekhara y las grandiosas ciudades del resto de Nehekhara se empobrecieron y empezaron a venirse abajo, convertidas en ruinas. Finalmente, los demás Reyes Sacerdotes de las demás ciudades de Nehekhara se negaron a seguir sometiéndose a la tiranía de Khemri, y se unieron para planear el modo de derrocar a Nagash.

La Guerra de los MuertosEditar

Para hacer frente a los desafiantes Reyes Sacerdotes, Nagash utilizó sus infernales poderes y alzó una legión de Guerreros Esqueletos. Aquella era la primera vez que los cadáveres eran reanimados para servir la voluntad de otro, y el mero horror de aquella idea hizo que muchos soldados mortales huyeran ante la llegada del ejército de muertos vivientes. Una ciudad tras otra cayeron ante Nagash, y aunque los soldados vivos de Nehekhara luchaban con valor, cada uno que era abatido pasaba de inmediato a engrosar las filas de los no muertos.

Portada El ascenso de de Nagash Nagash, el Invencible por Jon Sullivan.jpg
Nagash pensaba que sólo era cuestión de tiempo que los Reyes Sacerdotes se rindieran e hincaran la rodilla en tierra suplicando piedad. Sin embargo, la arrogancia del Gran Nigromante acabaría siendo su perdición, pues subestimó tanto la determinación como el orgullo de los Reyes Sacerdotes. Tras muchos años de lucha, los siete Reyes Sacerdotes que aún resistían pusieron todas sus esperanzas en una última jugada, y sus ejércitos combinados marcharon sobre Khemri.

Pero no fueron sólo guerreros de carne y hueso quienes asediaron Khemri, pues junto a ellos marchaban enormes estatuas animadas. Enfrentados a la posibilidad de ser destruidos por la magia de Nagash, los integrantes del Culto Mortuorio decidieron finalmente pasar a la acción y poner sus siglos de investigaciones mágicas en práctica sobre el campo de batalla. Mediante un gran ritual convocaron a los espíritus de antiguos héroes que habitaban en el Reino de las Almas, y los ataron a las numerosas estatuas que se alineaban en los corredores y salas de las Necrópolis, como las poderosas Esfinges de Guerra o los Ushabti, enormes Colosos Necrolíticos que imitaban la apariencia de dioses. Con creaciones como aquellas luchando de su lado, los guerreros vivientes de Nehekhara se vieron inspirados y se abalanzaron sobre las legiones de Muertos Vivientes con una potencia devastadora.

Tras una batalla titánica, las fuerzas de Nagash se vieron derrotadas por el ejército de los Siete Reyes. Khemri fue asediada y a continuación, saqueada. Los comandantes inmortales de Nagash, que se habían refugiado en la maldita Pirámide Negra, fueron arrastrados fuera de sus sarcófagos y ejecutados uno a uno por los vengativos Reyes Sacerdotes bajo la ardiente luz del sol. Nagash, sin embargo, logró escapar antes de que los atacantes encontraran su tumba, gracias al sacrificio de Arkhan, que los contuvo el tiempo suficiente para que su maestro escapara. Maldiciendo entre dientes, Nagash juró convertir el mundo entero en un reino de los muertos, y huyó hacia el norte para planear su desquite. La maldita Pirámide Negra fue abandonada y durante siglos fue evitada por las gentes.

Alcadizaar el ConquistadorEditar

Durante siglos, los Reyes Sacerdotes siguieron gobernando sobre Nehekhara, pero la corrupción de Nagash había dañado para siempre aquellas tierras, que ya nunca se recuperarían por completo. Las ciudades habían quedado exhaustas tras el esfuerzo de sus reyes para desalojar a Nagash del poder, y ahora tenían que vérselas con hambrunas, guerras civiles y bandas de bandidos bárbaros llegados desde los más diversos lugares.

La traición de Nagash había así mismo mancillado las líneas sucesorias de las diversas familias reales, y no fue hasta muchos siglos después que por fin hizo aparición un rey verdaderamente poderoso. Era Alcadizaar, un líder como no se había visto desde los días de Settra. Enseguida, las Grandes Ciudades de Nehekhara se unieron bajo su sabio y carismático mando, y toda la región empezó a prosperar de nuevo.

La Maldición de LahmiaEditar

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La traición de Nagash era difícil de olvidar y por ello los miembros del Culto Mortuorio empezaron a ser vigilados muy de cerca. A los Sacerdotes Funerarios se les prohibió desviarse de su listado clásico de encantamientos y ceremoniales, que se había mantenido inmutable desde hacía siglos. Sin embargo, las blasfemas maquinaciones de magia negra de Nagash se extendieron hasta la ciudad de Lahmia, cuyos gobernantes ansiaban el poder sobre sus rivales. Veían en las hechicerías de Nagash la manera no sólo de dominar todo Nehekhara, sino también de vivir eternamente sin tener que depender del Culto Mortuorio. Para cumplir con este fin, robaron de la Pirámide Negra uno de los blasfemos Libros de Nagash, y a lo largo de los siguientes siglos se convirtieron en expertos nigromantes.

La reina de Lahmia, Neferata, abrazó esta maligna forma de magia y utilizó sus poderes para confraternizar con entidades demoníacas. Creó una versión corrupta del elixir de Nagash, extendiendo su vida de forma indefinida, pero al mismo tiempo condenándose así misma por toda la eternidad. Al carecer de las habilidades o los conocimientos de Nagash, Neferata y su corte se vieron afectadas por una irrefrenable sed de sangre mortal. De ese modo, Lahmia se convirtió en el lugar de nacimiento de los primeros Vampiros, criaturas profanas cada una de las cuales podía superar en fuerza y poder a una docena de humanos.

Temeroso de que la nigromancia trajera consigo la ira de los dioses, el Rey Alcadizaar entró en guerra con la maldita reina Vampira. Alcadizaar reunió a legiones de buena parte de las ciudades Nehekharianas, y forjó con ellas un único y masivo ejército que lanzó contra Lahmia. Miles de carros de guerra cargaron por el desierto seguidos de vastos regimientos de arqueros, falanges de lanceros y batallones de estatuas de guerra gigantes. Frente a tal hueste, ni siquiera los poderosos Vampiros podían prevalecer, y las fuerzas de Lahmia se vieron aplastadas. La reina pálida tuvo que huir, acompañada por aquellos a los que había iniciado en la maldita existencia vampírica.

El Retorno de los Muerto VivientesEditar

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Sin que los Vampiros lo supieran, habían sido dirigidos por la implacable voluntad de Nagash desde su misma creación. Oculto en su lejana fortaleza de Nagashizzar, en las montañas al noreste de Nehekhara, el archinigromante se regocijó de placer al reconocer en la corrupción de Lahmía la semilla del mal que había plantado tantos años atrás. Aquellos Vampiros, (seres caídos en desgracia, prisioneros de la oscuridad cuyas acciones estaban guiadas únicamente por la fuerza de la voluntad de su amo) eran dignos campeones de su causa, su condenación eterna un tributo al oscuro genio de Nagash.

El Gran Nigromante atrajo a los Vampiros hacia sí, acogiéndolos con los brazos abiertos y convirtiéndolos en sus capitanes oscuros. Con ellos, Nagash inició una nueva ofensiva contra Nehekhara, y ambos bandos libraron numerosas batallas, cuyo objetivo (acabasen como acabasen) sería preparar el terreno para el inevitable regreso del nigromante.

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Aparte de Vampiros, los ejércitos de Nagash contaban con enormes huestes de guerreros No Muertos y Esqueletos, sacados de las tumbas y sepulcros de las tierras del norte gracias al poder de la hechicería de Nagash. El Gran Nigromante resucitó además a su más fiel seguidor, Arkhan el Negro, que logró no pocas victorias en nombre de su maestro. La guerra asoló todo Nehekhara durante años y años, dejando sus tierras irremediablemente arruinadas.

Sin embargo, Alcadizaar era el más grande general de la época, y durante todo ese tiempo lideró a los ejércitos unificados de Nehekhara contra el malvado Nagash. Bajo su mando, las legiones combinadas llegadas de toda Nehekhara no se rindieron jamás, hasta que finalmente, durante la Batalla del Cráneo Dorado, lograron rechazar definitivamente, no sin gran sufrimiento, a las hordas No Muertas de Nagash.

Los Vampiros tuvieron que esparcirse por todo el mundo para escapar a la destrucción, y sin su magia y liderazgo los ejércitos de Esqueletos se derrumbaron. Nagash había sido derrotado una vez más. Hubo mucho regocijo por todo Nehekhara, no obstante, Alcadizaar no pudo acabar con el nigromante, quien pese a que la magia de éste aún no había alcanzado su punto álgido y su poder no era tan grande como sería más adelante, por lo que seguía caminando sobre la tierra.

La Venganza de NagashEditar

Portada El ascenso de de Nagash Nagash, el Inmortal por Jon Sullivan.jpg

Tal era la amargura de Nagash por su derrota , tan frustrada se había visto su ambición, que le pareció preferible acabar con todo ser viviente que hubiese en Nehekhara, antes que ver a cualquiera que no fuese él mismo disfrutando del poder sobre dichas tierras. Dicho y hecho, Nagash envenenó el Gran Río Vitae hasta que su cauce se volvió negro y pastoso, echando a perder todas las tierras cultivables que dependían de aquellas aguas. Desde entonces y para siempre pasó a ser conocido como el Gran Río Mortis.

Diversas plagas y pestilencias empezaron a extenderse por todo el Valle Fértil, hasta que en unas pocas semanas el número de personas que habían sucumbido a dichas enfermedades superaba ampliamente a los que quedaban vivos en aquel hasta entonces floreciente imperio. Al perecer, nueve de cada diez habitantes, las calles de todas las ciudades se llenaron de cadáveres.

Lo único que Alcadizaar podía hacer era llorar por su gente mientras permanecía sentado en su trono contemplando desesperado como su reino se desmoronaba por culpa de un enemigo al que no podía combatir. Pese a toda su pericia y conocimientos militares, estaba indefenso ante aquella amenaza. Solo podía mirar cómo morían amigos y consejeros, sus hijos y, finalmente, su propia consorte.

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Cuando las fuerzas no muertas de Nagash volvieron a atacar el país, se encontraron con una pobre defensa, puesto que la mayoría de la población había muerto. Las fuerzas del nigromante marcharon de nuevo hacia Khemri, quitándose de encima con facilidad a la guardia de la ciudad, diezmada por la plaga, y cruzando los muros fortificados y los parapetos defensivos sin encontrar la más mínima oposición. Los Guerreros Esqueletos se abrieron camino hasta el palacio real de Khemri, apresaron a Alcadizaar y lo encerraron en una celda en las catacumbas más profundas de la fortaleza del Gran Nigromante para que se pudriera allí. Por primera vez en siglos, Nagash se sentaba de nuevo en el trono de Khemri.

No obstante, no se quedó allí por mucho tiempo. Embriagado de enloquecidas visiones de poder, volvió a Nagashizzar y desde allí empezó a preparar el Gran Ritual, el mayor y más terrorífico hechizo jamás concebido, lo bastante poderoso como para resucitar a todo cadáver que hubiera en la tierra y atarlo bajo su control. Con todos esos No Muertos, Nagash crearía un ejército que le permitiría conquistar el mundo entero. Como fuente de energía para el Gran Ritual, Nagash consumió grandes cantidades de piedra bruja y convocó todas las energías almacenadas en su Pirámide Negra.

Mientras el Gran Nigromante entonaba los cánticos del hechizo en el interior de su fortaleza, los cielos empezaron a oscurecerse en centenares de millas a la redonda, y el suelo se estremeció. Cuando la invocación alcanzó su clímax, una gran oleada de energía surgió de la boca del hechicero, anegando por completo las tierras de Nehekhara. Todo ser viviente, antes de desplomarse, sintió como si le arrebatasen la vida. En cuestión de segundos, las cosechas se marchitaron y los animales perecieron. Los últimos habitantes de Nehekhara cayeron al suelo, sus pieles arrugándose y se convirtieron en polvo cuando el hechizo que hacía envejecer cien años en un parpadeo los alcanzó.

Transcurridos unos minutos, ya no quedaba en todo Nehekhara una sola criatura viva. Tal era el odio que Nagash sentía hacia Alcadizaar por haber frustrado sus planes durante tantos años, que le dejó vivir prisionero para que pudiese contemplar el horroroso destino al que había sometido a su antiguo reino. Nagash había planeado resucitar a las habitantes de Nehekhara (esta vez a sus órdenes) para formar un ejército sin voluntad con el que poder conquistar el mundo.

La Muerte de NagashEditar

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Pero mientras Nagash aún disfrutaba de su victoria tras el Gran Ritual, borracho de energía mágica y perdido en sueños triunfales, algo se movía en las profundidades. Alcadizaar, el último rey vivo de Nehekhara, era misteriosamente liberado de su prisión bajo Nagashizzar por un grupo de encorvadas criaturas humanoides parecidas a ratas, embozadas y cubiertas en su totalidad por túnicas y capas raídas. Las criaturas pusieron en las manos de Alcadizaar una poderosa espada, forjada de la más pura Piedra Bruja, y le enseñaron el camino hasta la sala del trono de Nagash, donde el pérfido nigromante se recuperaba aún de la energía gastada al lanzar su hechizo.

Mediante la mera fuerza de voluntad, Alcadizaar reunió las fuerzas suficientes para blandir la espada y entró tambaleándose en la sala donde estaba el Nigromante. Un fogoso y tremendo combate tuvo lugar aquel día entre ambos, durante el cual Nagash recibió una herida mortal del último rey de Khemri. Al morir Nagash, las energías que estaba manejando para completar el hechizo quedaron fuera de control y se extendieron en todas direcciones. Tras el combate, Alcadizaar, horrorizado por todo lo sucedido y tras haber sido testigo de la aniquilación de su amado reino, desapareció de la historia.

Los Reyes Funerarios DespiertanEditar

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Los únicos que permanecieron con vida sobre la tierra fueron los sacerdotes funerarios. Sus cuerpos, acostumbrados a una vida antinaturalmente longeva, parecían no haber sido afectados por la maldición de Nagash. Aunque todavía no lo sabían, habían alcanzado la inmortalidad que tanto habían estudiado (aunque no era tal y como ellos esperaban que fuese).

La maligna magia de Nagash llegó a todos los rincones de Nehekhara, penetró en las tumbas de los reyes y reverberó en todas las estancias de la ciudad de los muertos. Tocados por las poderosas energías oscuras que Nagash había extendido por todo el reino, los cadáveres, tanto los reyes como sus seguidores, se habían alzado de sus tumbas, reanimados en número incontable.

Con la destrucción del nigromante, no obstante, la voluntad de estos No Muertos desapareció por completo, y volvieron a derrumbarse como marionetas a las que les hubieran cortado los hilos. La terrible magia de Nagash había penetrado también en las tumbas de los reyes, reverberando por todos sus rincones. Sin embargo, dado que los monarcas estaban hasta cierto punto protegidos por los encantamientos y guardas que se habían colocado en sus pirámides y necrópolis, el hechizo de Nagash afectó de un modo ligeramente diferente a los fallecidos reyes y a sus legiones.

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Tras siglos de permanecer inhumados, los abotargados cuerpos de los antiguos monarcas y héroes de Nehekhara alzaron de nuevo. Los reyes momificados y las legiones de Guerreros Esqueletos surgieron de hasta la más olvidada de las tumbas llenas de arena, listos para cumplir las órdenes de su amo. Tras siglos sepultados, soldados y generales se revolvieron en sus tumbas y vieron de nuevo la luz. Aunque estos guerreros no eran más que autómatas en comparación con sus soberanos.

Gracias a los encantamientos de preservación que se habían llevado a cabo en sus embalsamados cuerpos, los Reyes y Príncipes Funerarios pudieron regresar del Reino de las Almas con sus memorias y facultades mentales intactas. Sin embargo, lo que vieron al abrir los ojos les horrorizó: se les había prometido la vida eterna en un maravilloso paraíso donde reinarían de forma suprema, y en vez de eso se encontraban encerrados en cuerpos de carne disecada y ropajes podridos, sus ciudades hechas añicos, sus tierras desoladas y sus reinos convertidos en poco más que montones de ruinas semienterradas entre las dunas de arena.

La Guerra de los ReyesEditar

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La larga historia de Nehekhara había tenido incontables reyes. Los fuegos de la ambición y el orgullo que les habían definido en vida aún seguían ardiendo en sus corrompidos cuerpos, y al volver de la tumba todos ellos se aprestaron a reclamar que sus imperios les fueran devueltos. Antaño habían sido reyes poderosos y únicos, que habían gobernado durante siglos sin oposición, y en cambio ahora comprobaban con horror que no eran ahora diferentes de los demás ya que, puesto que la tradición de embalsamar a los muertos se había mantenido durante incontables generaciones, había centenares de ellos exigiendo lo mismo. Todos creían ser los legítimos gobernantes de aquellas tierras, y ninguno estaba dispuesto a ceder un ápice de su poder.

Dinastías enteras con numerosas generaciones de grandes monarcas se vieron obligadas a confrontar a sus fundadores, y las necrópolis albergaron interminables batallas por la supremacía entre reyes, cada uno de los cuales lideraba sus propias legiones de No Muertos (que eran destruidos a millares). De todas las tumbas y pirámides de Nehekhara, sólo una permaneció silente e intacta, sin que nadie se atreviera a luchar por ella: la Gran Pirámide de Settra el Imperecedero. Las protecciones grabadas en aquel monumento funerario de blancas paredes había protegido al momificado Settra de la magia oscura de Nagash. En aquel sepulcro, los muertos seguían inertes en su sueño eterno, ajenos al tumulto de las mil batallas que tenían lugar más allá de los muros de la pirámide.

Las batallas siguieron adelante, atrayendo la atención de los Sacerdotes Funerarios. Sus cuerpos, que ya de por sí habían extendido su vida más allá de la duración normal para cualquier humano, no se habían visto afectados de ningún modo por el hechizo de Nagash, logrando sobrevivir incólumes al auge y la caída del Gran Nigromante.

Todo parecía indicar que las luchas entre los Reyes Funerarios iban a acabar destruyendo lo que quedaba de Nehekhara, y aunque el poder de los Sacerdotes Funerarios no podía ni mucho menos compararse al de Nagash, decidieron intervenir. El Gran Hierofante Khatep, líder del Culto Mortuorio y el más viejo y sabio entre ellos, se responsabilizó personalmente de restaurar el orden. Para ello, rompió los sellos de la Pirámide de Settra y empezó a recitar el cántico del despertar.

Settra DespiertaEditar

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Las batallas entre los reyes rivales se extendieron durante varios días más, hasta que finalmente la tumba de Settra fue finalmente abierta, y el más poderoso de entre todos los reyes de Nehekhara salió a la cegadora luz del sol, a la cabeza de una hueste de miles de soldados.

En su estado de no muerte, Settra ansiaba dominar a todos los demás Reyes Funerarios, y no iba a tolerar la menor rivalidad en su ascenso hasta dicho poder absoluto. Settra entró en la refriega, acompañado como siempre por su fiel Heraldo, Nekaph. Juntos, lideraron a los Guardias del Sepulcro, tropas de élite que enseguida abrieron un reguero de destrucción en las legiones de Guerreros Esqueletos enemigas. Settra abatió personalmente a las docenas de Reyes Funerarios menores que se le opusieron, destruyéndolos por completo hasta el punto de reducir sus huesos a polvo. Ni siquiera Arkhan el Negro, con su dominio de la magia negra, se vio capaz de prevalecer contra las aparentemente imparables fuerzas de Settra, y huyó de Khemri. En poco tiempo todos los Reyes Funerarios que aún estaban enteros agacharon sus cabezas ante Settra el Imperecedero, rey indiscutible de todo Nehekhara.

Un Reinado PerpetuoEditar

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Settra volvió a su sala del trono y ordenó a los Sacerdotes Funerarios que le explicasen por qué el despertar había tenido lugar antes de tiempo y por qué había torcido tanto. Settra estaba furioso: sus ciudades estaban en ruinas, sus tesoros habían sido saqueados, y gran parte de su reino había caído en manos de invasores extranjeros. El paraíso dorado que le había sido prometido no existía, y lo peor de todo, parecía que los antiguos dioses habían abandonado Nehekhara. El Gran Hierofante Khatep se humilló ante el ofendido rey y le relató la historia de Nehekhara desde su muerte, ocurrida hacía ya dos mil años. A continuación describió lo mejor que pudo el ritual creado por el Gran Nigromante Nagash y los efectos de la maldición había lanzado sobre la tierra, causando la condenación eterna de Nehekhara.

Settra escuchó atentamente todo esto con una ira apenas contenida ardiendo en su pecho. Una vez hubo aprendido todo lo que estimó conveniente de Khatep, ordenó a los Reyes Funerarios que volvieran a su descanso eterno. Expulsó de su presencia a los sacerdotes funerarios, que le habían mentido, ya que el vanidoso Settra pensaba que sus propios poderes eran mayores que los de los sacerdotes. Éstos recibieron la orden de vigilar Nehekhara y las tumbas de los reyes vasallos, y de volver a despertarlos en caso de necesidad.

Settra, por su parte, juró mantenerse permanentemente vigilante y luchar, saqueando la tierra para abastecerse y haciendo la guerra contra los enemigos de Nehekhara. Nunca más volvería a dormir, a fin de poder cuidar en todo momento de su maltrecho reino e impedir que hundiera aún más en la ruina.

Sin perder tiempo, Settra se entregó a la labor de intentar restaurar la gloria de su antiguo imperio. Se mostró especialmente vigilante para evitar el retorno del odiado Nagash, que había corrompido su amado reino. Settra juró acabar con el maldito nigromante, pues estaba seguro de que volvería de la muerte en cualquier momento, y que las oscuras artes mágicas que manejaba podían poner en peligro su inmortalidad. Settra se puso la corona del alto y del bajo Nehekhara, la corona de los reyes; tomó el heka y el neheja (el báculo curvado y el flagelo que le otorgaban la condición de soberano) y se sentó, en silencio, en su trono. Y solo rompió este silencio para conquistar.

Así fue como Nehekhara se convirtió en la Tierra de los Muertos, y Settra el Imperecedero volvió a ostentar el máximo poder, en un periodo que llegaría a ser conocido como el Reinado Perpetuo.

FuentesEditar

  • Libro de ejército: Reyes Funerarios (6ª edición).
  • Libro de ejército: Reyes Funerarios (8ª edición).
  • White Dwarf 95.

Spotlights de otros wikis

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