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Historia del Imperio

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Simbolo-Imperio.jpg
La historia del Imperio se remonta a más de 2500 años atrás, pero gran parte de ella se ha olvidado o perdido en el tiempo intermedio. Guerras, incendios, inundaciones e incluso conspiraciones han contribuido a ocultar o borrar para siempre muchos documentos históricos, ya estuvieran, escritos en libros y pergaminos o conservados en artefactos. Los eruditos excavan e investigan para hallar la verdad, pero hay demasiados huecos vacíos y a menudo sus conclusiones son completamente erróneas.

También hay secretos que es mejor dejar enterrados para que su descubrimiento no desate el pánico o la duda en una población dócil. Y no sólo hay que temer el efecto de descubrir esta horrible verdad, sino también a aquellos que prefieren mantener en secreto dicha información o aprovecharla en beneficio propio. En el Imperio, un estudiante de Historia debe tener siempre a mano su espada.

PreludioEditar

Casi todo lo que se conoce de los primeros días del Imperio viene de los registros de los Enanos. Las largas guerras entre Enanos y Elfos habían finalizado: los Enanos se habían retirado a sus fortalezas en las Montañas del Fin del Mundo, y los Altos Elfos habían abandonado sus colonias cruzando el mar de vuelta a Ulthuan. Aunque los Enanos habían permanecido en el continente su influencia se había visto muy menguada, pues muchos de sus más poderosos reyes estaban muertos y sus fortalezas llevaban tiempo arrasadas. Aquellos tiempos antiguos fueron un periodo de gran confusión, y los registros históricos detallados que quedan son muy escasos; lo que sí se sabe, no obstante, es que cuando las montañas del este se vieron sacudidas por cataclísmicos terremotos y cubiertas por erupciones de lava, el dominio de los Enanos se vio definitivamente roto, y en su lugar ascendió un nuevo poder más fuerte y ambicioso: los Orcos y Goblins.

Las hordas de Pieles Verdes tomaron las Montañas del Fin del Mundo y empezaron a manar de ellas, atravesando pasos que previamente habían sido vigilados por los bastiones de los Enanos y arrasando las tierras al oeste de la cordillera. Cuando, ante los interminables ataques de Orcos y Goblins, el imperio de los Enanos empezó a tambalearse y a ceder terreno ante los constantes ataques enemigos, por lo que muchas tribus de Hombres empezaron a verse obligadas a emigrar al sur, como los Unberógenos, Teutógenos, Turingios, Cherúsenos, Norses o Merógenos, por nombrar solo unas pocas. Estas tribus primitivas estaban tecnológicamente mucho menos desarrolladas que los hombres civilizados del actual Imperio; en su mayoría eran bárbaros toscamente ataviados con pieles de animales, que vivían en chozas de barro y blandían bastas armas de piedra o bronce. No obstante, las crónicas de los Enanos cuentan que aquellos humanos eran bravos y resistentes, y que no pocas veces demostraron su gran valía al batirse contra los brutales Orcos y Goblins por la posesión de los oscuros bosques.

De los IniciosEditar

Nadie sabe cuándo llegó por primera vez la humanidad al Viejo Mundo, aunque unos antiguos documentos de los enanos relatan el flujo continuo de gente a través de las Montañas del Fin del Mundo durante un periodo de vario siglos, huyendo unas veces de tribus humanas más poderosas y otras de los pieles verdes. Fuera de lugar entre los marciales enanos y perseguidos en sus territorios natales, penetraron en los bosques de lo que más tarde se convertiría en el Imperio y se desvanecieron.

Lo poco que se sabe de los primeros pobladores humanos de la región que más tarde pasaría a conocerse como el Imperio proviene de dos fuentes principales. La primera son los instruidos enanos (la antigua raza con quien compartimos nuestra mis duradera alianza), pues cuentan con documentos relevantes que se remontan a los días de nuestra prehistoria. La segunda son los humanos primitivos, pues a día de hoy todavía se conservan restos de su paso, entre los que se incluyen grabados antiguos, pinturas rupestres y túmulos ancestrales. Aunque no cabe duda alguna de que los elfos también atesoran abundante información sobre esta época, ha resultado imposible acceder a los conocimientos de esta raza.

La Madre.jpg

La Madre

De los yacimientos arqueológicos encontrados y estudiados describen una sociedad sorprendentemente compleja, gobernada por sacerdotes denominados "druidas". En los grabados se habla de tribus humanas que llegaron a la cuenca del Reik tras huir de un mal extranjero, aunque la naturaleza de dicha maldad no termina de especificarse. Lo avanzado de sus prácticas religiosas es digno de mención, sobre todo teniendo en cuenta su primitivo estilo de vida tribal. Resulta evidente que utilizaron (y posiblemente erigieron) muchos de los oghams y círculos de piedra diseminados por todo nuestro fascinante Imperio, y que adoraban a una deidad que actualmente se traduce como "la Madre" (una diosa de la Fertilidad y la Creación). También parecían comprender los ciclos de transición de las estaciones; los cuerpos celestes, pues muchos de sus círculos de piedra estaban alineados en representación de estos. Por lo tanto, parece probable que celebrasen los mismos equinoccios que festejamos nosotros en la actualidad. Sin embargo, dos de las losas también señalan la existencia de rituales más siniestros posiblemente relacionados con sacrificios humanos, espíritus de la naturaleza y, en opinión de ciertos anticuarios, con los esclavos de los mismísimos dioses oscuros: los demonios.

De las fuentes enanas, por desgracia, tienen muy pocos archivos sobre las primeras tribus humanas que vivieron en la cuenca del Reik. Es de suponer que antaño existieron más, pero la mayoría de las fortalezas enanas han sido destruidas, y las pocas que aún resisten han padecido continuos ataques y desastres naturales a lo largo de los siglos, que les han provocado grandes y terribles pérdidas. Sin embargo, parte de su saber ancestral ha sobrevivido a los estragos del tiempo, y en él se deja entrever algún retazó de información sobre nuestros antepasados.

Las fascinantes Crónicas revelaban que los reinos enanos de aquellos tiempos estaban siendo atacados. Descomunales terremotos resquebrajaron las montañas, y de las grietas que se abrieron manaron pieles verdes, dando lugar al conflicto que hoy conocemos como Guerras Goblin.

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Las Crónicas del Gran Rey Nurn Rompescudos de Karaz-a-Karak fechadas por los enanos en el año 1347 de su calendario (alrededor del -1492 CI), contienen el primer registro histórico conocido de la existencia de una tribu humana en los bosques del futuro Imperio. Las hojas doradas de este volumen, estampadas con arcaicas runas enanas que ningún extranjero tiene permitido contemplar, hablan de una tribu de pastores humanos que adoraba a la tierra.

Según las crónicas, mientras cazaba pieles verdes en las tierras bajas de las Montañas del Fin del Mundo, el Gran Rey Rompescudos encontró una tribu humana. Hasta donde pudieron determinar los exploradores del Gran Rey, aquellos humanos no eran más que forrajeadores y carroñeros, aunque empleaban herramientas rudimentarias, presumiblemente para cazar y, tal vez (aunque poco probable) para arar la tierra.

Cuando el Gran Rey y su séquito se aproximaron a ellos, los humanos huyeron inmediatamente de los enanos fuertemente armados. El miedo que sentían los humanos hacia los enanos era tan pronunciado que Rompescudos se sintió ofendido por su atemorizada conducta, viendo su xenofobia (o mejor, su cobardía) como un insulto. Después de investigar el destartalado campamento abandonado, el Gran Rey anotó en su Libro de Agravios personal que los humanos eran umgal (traducido aproximadamente como "grupo de personas que construyen cosas de mala calidad) y que "necesitaban recibir una lección de respeto cuanto antes". Aunque es indudable que los enanos se toparon con los humanos muchas veces antes en el sur, umgal fue el nombre que se quedó; y ahora, casi cuatro mil años después, los enanos aún conocen a los humanos por el nombre de umgi, "la raza que construye cosas de mala calidad”.

Aunque los teutogenos afirman ser la primera gran tribu que cruzó las Montañas del Fin del Mundo, es probable que no fuera así. Quizá unos quinientos años después, una inscripciones sobre los muros del Paso del Fuego Negro, escritas en khazalid, señalan el paso de una gran confederación de pueblos tribales procedentes de los futuros Reinos Fronterizos y de las estepas de más allá de las Montañas del Fin del Mundo. Unas trovas históricas enanas de aquel entonces hablan también de este desplazamiento: "grandes peligros aguardaban en el este, en las tierras de nuestros enemigos, y los clanes humanos huyeron hada el oeste. Desconocedores de las artes del acero y la guerra, carecían de armas para hacer frente a los goblins y a sus aliados. Nos ofrecieron oro, ganado y sal, y nosotros les dejamos pasar bajo la protección de nuestros escudos". Los eruditos han destacado que muchas de las tribus mencionadas tenían nombres muy similares a las que fundaron el Imperio: hünberokin, tutoknin, merokin y jutonik, entre otras.

Lo que sugieren estas runas es que los teutogenos y varias tribus mas (entre las que se incluían los unberogen, los merogen, los primeros bretonianos, los jutones y muchos otros) atravesaron el paso como una confederación. Según estas runas, estaban siendo hostigados por un enemigo desconocido que los había expulsado de sus tierras natales; la mayoría de los eruditos contemporáneos coinciden en que debía de tratarse de pieles verdes. Si bien algunas de estas tribus procedían de lo que actualmente se conoce como Tierras Yermas, la mayoría venían de allende las Fronteras del Fin del Mundo, probablemente del territorio que a día de hoy conocemos como Tierras de los Lobos.

Sin embargo, no son estos los únicos movimientos migratorios de aquellos tiempos de los que se tiene constancia. La saga de Yngvarr Iorvarrsson el Terrible, una crónica de los enanos nórdicos, describe encuentros con numerosas tribus de humanos salvajes en las tierras que hoy día llamamos Kislev, y también por todos los territorios de las modernas Ostland y Nordland. Esta crónica data del -1012 CI aproximadamente, y en ella se afirma que Iorvarrsson se topó con los antepasados de las tribus que ahora conocemos como ungoles, nórdicos, ropsmenn y frikingos.

Sacerdote Taal Rhya Mago Jade Druida.jpg
Lo único seguro es que aproximadamente mil años antes del nacimiento del Sigmar, las tribus humanas emigraron (o fueron expulsadas) en dirección a la cuenca del Reik. La mayoría huían de tierras situadas al otro lado de las Montañas del Fin del Mundo, aunque parece probable que también hubiera algunas de las Tierras Yermas. Aquellas tribus eran belicosas por necesidad, y los conflictos entre ellas eran comunes. También parece claro que hablaban muchas lenguas distintas, y que aún no habían dominado el arte del lenguaje escrito. Por tanto, se desconoce lo que le sucedió a las tribus que adoraban a la Madre, pero es posible que fueran masacradas por las tribus más beligerantes, como los frikingos, los unberogen o los teutogenos, puesto que no hay evidencia alguna sobre su cultura posterior a su llegada.

Con la llegada de las grandes tribus es cuando se descubre la primera mención de los dioses que han llegado a ser tan importantes para el Imperio. Muchos eruditos creen que en aquellos tiempos cada una de las tribus tenía su propia deidad protectora. Citan las asociaciones confirmadas entre los teutognos y Ulric, los ropsmenn y Tor, los ungoles y Dazh, y los taleuten y Taal. De estas conexiones extrapolan que las demás tribus debían de adorar a dioses similares. Las más comunes son la de Manann con los endalos, Rhya con los bretonianos, Söll con los Merogen, Ahalt con los menogodos, Morr con los ostagodos y Lupus con los cherusen. Sin embargo, tales afirmaciones son, en el mejor de los casos, simples suposiciones.

Lo cierto es que en una edad temprana existieron muchos panteones menores, cuyos dioses escogían a las tribus obedeciendo a sus caprichos, o bien éstas apelaban a las deidades más relevantes en sus vidas diarias. Parece probable que el conocimiento de estos dioses se transmitiese de tribu en tribu conforme se interrelacionaban, guerreaban y desarrollaban gradualmente el comercio.

Una promesa Rota- La fundación y el Primer MilenioEditar

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A diferencia de las pacificas tribus agrícolas que llegaron al Viejo Mundo antes que ellos, los recién llegados eran agresivos y tenían una cultura basada en incursiones mutuas para saquear ganado y mujeres. Aunque no tenían nada que hacer frente a las armas de hierro de los pieles verdes, sus hojas de bronce y carros superaban fácilmente a la obsidiana y el sílex de las tribus existentes. En cuestión de un siglo los antepasados de los teutógenos, los unberogen, y demás tribus fundadoras hubieron desplazado a los pueblos más antiguos y conquistado sus mejores tierras.

Durante siglos después las tribus se dedicaron a comerciar o guerrear entre ellas, uniéndose para confrontar una amenaza externa para luego reñir y volver a enfrentarse entre sí una vez pasado el peligro. Las fortalezas enanas ofrecían cierta protección, pero al menguar su poder cada sea había más huestes de guerra orcos y goblins que se abrían paso a su través. Construyeran sus escondrijos en las profundidades de los bosques o entre las escarpadas colinas, y atacaron a las tribus próximas. También atravesarían el cerco otras criaturas peores: guerreros del Caos ávidos de gloria para sus repugnantes dioses, y criaturas mutantes en busca de comida.

De algún modo, los Enanos y los Hombres acabaron por establecer una alianza que se demostraría como muy beneficiosa para ambos durante los siguientes siglos. Muchos Enanos huyeron al oeste, lejos de las ruinas de las Montañas del Fin del Mundo, y algunos encontraron su nuevo hogar en las Montañas Grises al sur. Probablemente fuesen los mercaderes Enanos que comerciaban con pieles, carbón y minerales metálicos quienes primero empezaron a hacer tratos e intercambios con las tribus de los Hombres de manera regular. Sea como sea, lo que sí se sabe a ciencia cierta es que en cuando ambas razas lucharon en causa común contra las hordas de pieles verdes, tanto Enanos como Hombres supieron reconocer enseguida su potencial mutuo. Los Enanos veían en los humanos a unos nuevos aliados que podían ayudarles a recuperar su imperio y gloria perdidos, mientras que los Humanos estaban ansiosos por aprender los secretos de la metalurgia y las técnicas Enanas para forjar armas de hierro más resistentes que las suyas. Los libros de los Enanos recogen que estos hombres eran‘valientes y feroces y que les disputaban el control de los siniestros bosques a los Orcos y a los Goblins.

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Las crecientes amenazas condujeron al desarrollo de los primeros pueblos y aldeas previos al Imperio. En el oeste, los unberogen fundaron una aldea amurallada en la confluencia de los ríos Reik y Talabec, a la cual bautizaron Reikdorf. En el sur, los mercaderes tileanos de Miragliano construyeron un puesto de comercio fortificado sobre la ruinas de un asentamiento de Altos Elfos que rápidamente se convirtió en un punto de reunión para las tribus locales en tiempos difíciles. Con el paso del tiempo este puesto creció hasta convertirse en la ciudad de Nuln.

Al norte, los teutógenos buscaron largo tiempo un lugar seguro, hasta que una visión enviada por si dios protector, Ulric el Señor del Invierno y las Lobos, les condujo hasta una montaña de cima plana que se alzaba como una isla fortificada sobre el bosque circundante. En ella erigieron su principal asentamiento, Middenheim, y llamaron a la montarla Fauschlag aunque hoy día se la conoce más popularmente como el Ulricsberg. De igual modo, otras tribus construyeron aldeas fortificadas para protegerse a sí mismas, tales como Carroburgo, fundada por los merogen, que más tarde se convertirían en los gobernantes del Drakwald.

Las tribus humanas nunca habían marchado bajo una sola bandera, pero los Enanos lograron establecer alianzas y pactos que atrajeron hacia el este a millares de fieros y bien armados guerreros. Esto continuó durante casi mil años hasta la llegada de Sigmar, el primer hijo del caudillo de los Unberógenos, y la crisis de la Gran Invasión Orca.

El Nacimiento de un ImperioEditar

Como cabría esperar de un hombre que fundó un imperio y luego se convirtió en dios, el origen de Sigmar está envuelto en el mito; aunque su propio culto insiste en que todas las historias son un dogma preciso y aceptado, incluso aquellas que se contradicen.

Cometa de Dos Colas Dimitri Bielak.jpg
Los eruditos están de acuerdo en que Sigmar nació en el clan de los unberogen del norte, probablemente en Reikdorf, siendo hijo del jefe Björn. Eran tiempos peligrosos, de frecuentes conflictos con los merogen y los teutógenos, además de la omnipresente amenaza de los pieles verdes. Las leyendas del culto afirman que su auspicioso nacimiento había sido anunciado por un ardiente cometa de dos colas que había surcado espectacularmente los cielos la noche en que vino al mundo, una señal de las bendiciones de los dioses. Igualmente, el nacimiento del futuro fue precedido por un ataque de orcos salvajes de los bosques sin que mediase provocación alguna. Griselda, la madre de Sigmar, cayó víctima de este asalto, un célebre y triste suceso que colmaría eternamente a Sigmar de odio hacia los pieles verdes.

El joven Sigmar creció para convertirse en un poderoso guerrero aun en sus primeros años de juventud, dicen las leyendas que pese a contar tan solo con quince años ya había liderado a los terribles Unberógenos a docenas de batallas contra las hordas de Orcos; y sus congéneres se maravillaron de su ferocidad, destreza, coraje y gran nobleza.

El rescate de Kurgan BarbahierroEditar

Kurgan Barbahierro por Wayne England.png
Con el paso de las décadas de guerra y derramamiento de sangre las Orcos y Goblins se fueron haciendo más astutos hasta que, en un atrevido ataque, una hueste de guerra orca, lideradas por el kaudillo orco negro Vagraz Pisacabezas, había tendido una emboscada a una caravana comercial enana procedente de Karaz-a-Karak, y regresaba a su campamento con el botín y algunos prisioneros. Por avatares del destino, entre ellos se encontraba Kurgan Barbahierro (Gran Rey de los Enanos), a varios parientes y a un nutrido grupo de miembros de su corte, mientras éstos se abrían camino hacia las Montañas Grises.

En su decimoquinto verano, Sigmar y un grupo de sus más fieles guerreros estaban justo por aquel entonces persiguiendo a esa misma banda de Orcos en el bosque en algún lugar al sur de Reikdorf (se desconoce el sitio exacto, pero algunos creen que fue cerca de Kemperbad) cuando finalmente oyeron al grupo de orcos avanzando por entre la maleza con paso alerte. Sigmar y los suyos les dieron alcance en lo profundo de un bosque antes de que pudiesen escapar y los suyos mataron a todos en un combate épico bajo las ramas del bosque, y quemaron sus cuerpos en una enorme pira tras haber liberado a los Enanos cautivos.

Mientras recuperaba el aliento tras la lucha. Sigmar comprobó que le había salvado la vida a Kurgan Barbahierro y al resto de prisioneros. Como muestra de gratitud por su rescate, el Rey Kurgan regaló a Sigmar una de las reliquias mágicas de su familia, un magnifico martillo de guerra rúnico que había sido bautizado con el nombre de Ghal Maraz, que en la antigua lengua de los Enanos significa "rompecráneos". Sigmar aceptó el generoso regalo del rey, y ambos guerreros se hicieron grandes amigos (de hecho Sigmar recibió el título Dawongr por parte de Kurgan, que significa "amigo de los enanos"), juraron ayudarse el uno al otro en las guerras contra los cada vez más numerosos pieles verdes.

De este modo, a medida que la amenaza del este crecía los lazos entre Hombres y Enanos se hicieron más fuertes que nunca. Sigmar blandió a Ghal Maraz en una sangrienta batalla tras otra, como si fuera un relámpago de destrucción atravesando la marea viviente de pieles verdes y aniquilando todo a su paso con una furia prodigiosa. Este fue el motivo por el cual Sigmar se acabó ganando el epíteto de "Heldenhammer", o "martillo de Goblins".

La Vieja AlianzaEditar

Ghal Antiguo.png
Nunca en la historia ha habido una alianza más importante que la forjada por los Enanos con las antiguas tribus de los Hombres. Cuando se tiene en cuenta la naturaleza escéptica de los Enanos, resulta un milagro que ambas razas fuesen capaces de encontrar un punto en común a partir del cual trabajar juntas. El responsable de esto no fue otro que Sigmar, quien resultó un aliado más que digno del respeto y la confianza de los Enanos, demostrándoles una y otra vez que la fe que habían depositado en él no era infundada: les ayudó a vencer el asedio de Zhufbar, luchó junto a Borl Knarlhelm en las Hondonadas del Hacha Sangrienta y mantuvo el Paso del Fuego Negro, entre otras muchas gestas. Los Enanos tienen una memoria portentosa, y no han olvidado las hazañas del rey bárbaro ni el juramento de amistad que establecieron con él. Por tanto, aunque de vez en cuando los Enanos puedan enfrentarse a los Hombres del Imperio para "ponerlos en su sitio", siempre que sean requeridos marcharán a defender su antiguo pacto con ellos; pues en un mundo infestado de salvajes enemigos, los amigos verdaderos valen su peso en oro.

El Ascenso de SigmarEditar

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A la muerte de su padre, Sigmar se convirtió en caudillo de los Unberógenos y comprendió que su tribu no se bastaba por sí sola para derrotar a los pieles verdes que acosaban a su pueblo, y también era consciente de que si no actuaba todos ellos estaban condenados. De este modo, Sigmar empezó a unir a las tribus de los Hombres del oeste mediante una combinación de conquistas y cooperación. Sigmar era un líder poderoso y carismático, pero por encima de todo era un hombre con una visión de futuro: una tierra unida bajo su mando, libre de Orcos y Goblins, regida por leyes justas, y protegida por un ejército tan fuerte como disciplinado.

Cuando no estaba luchando contra los pieles verdes, Sigmar estaba ocupado levantando su imperio, pues había tenido una visión según la cual la humanidad sólo podría sobrevivir si se unía contra los muchos peligros que la amenazaban. Mediante una combinación de astucia, diplomacia, sobornos y guerra, unificó a las diversas tribus en una confederación que reconoció su liderazgo. Así por ejemplo los teutógenos sólo accedieron después de que Sigmar matase a Artur en combate singular en la mismísima sala del trono de este último. Además de liderar personalmente a los unberogen y teutogenos (a quienes ya había conquistado por aquel entonces), los jefes de los endalos, turingios, cherusen, taleuten, asobornios, brigundianos, menogodos, merogen, ostagodos y udoses aceptaron su liderazgo.

Las tribus que no se unieron a Sigmar fueron expulsadas de sus tierras. Los bretonianos que quedaban en el sur huyeron a través de las Montañas Grises y colonizaron las fértiles tierras que hallaron al otro lado, que siglos más tarde se convertiría en el reino de Bretonia. Los frikingos ya habían sido completamente aniquilados por Sigmar, por lo que no constituían una amenaza, y los restantes roppsmenn habían huido hacia territorio ungol, donde acabaron siendo destruidos por este belicoso pueblo. De igual modo, los nórdicos también habían sido desplazados hacia el norte, al territorio ungol, pero lograron abrirse paso por la fuerza a través de la inhóspita región hasta llegar a los fríos páramos de Norsca, donde se asentaron. En vez, de luchar contra los ungoles, Sigmar los trató como aliados, pues en alguna ocasión le habían ayudado en sus guerras contra los pieles verdes; y ellos a cambio acordaron no atacar su Imperio.

Tras años de sangrientas guerras y complejos movimientos diplomáticos, doce de las grandes tribus de los Hombres habían jurado seguirle, lo cual, con la ayuda de sus aliados Enanos, le permitió erradicar la plaga de pieles verdes de las tierras al oeste de las Montañas del Fin del Mundo.

Paso del Fuego NegroEditar

La gran crisis sobrevino cuando algún tiempo después los Enanos volvieron a verse amenazados por hordas de Orcos y Goblins, el Rey Kurgan envió a su Herrero Rúnico Alaric el Loco a buscar de nuevo la ayuda de Sigmar y la raza de los Hombres. Así, en un campamento cercano a Nuln, Sigmar fue avisado de que un inmenso ejercito orco, el más grande que se había visto en siglos, pretendía atravesar el Paso del Fuego Negro. Los enanos tenían grandes dificultades para defenderlo, y el rey Kurgan apeló a su Larga amistad, "pues si fracasamos aquí, ¡ambos pueblos estarán perdidos!"

Portada La leyenda de Sigmar Heldenhammer por Jon Sullivan Orcos.jpg
Sigmar no perdió tiempo alguno. Según la leyenda, tan pronto como oyó que los Enanos estaban en peligro, Sigmar reunió a las tribus en una gran asamblea en las tierras orientales de las brigundianos y les expuso la situación. Enumeró todas las tropelías que los pieles verdes habían cometido contra ellas: las asentamientos quemados y las familias asesinadas, el ganado robado y los pozos contaminados. Les habló del peligro que acechaba en las montañas, de la inmensa horda de orcos que los enanos pugnaban por contener. Sigmar imploró a las tribus reunidas que no recibieran a orcos y goblins como hicieron en el pasado, separadas unas de otras, negándose la ayuda y sin unir fuerzas cuando en necesario; eso sólo les conduciría a la derrota. Su voz se alzó con una cólera que todos los presentes pudieron sentir mientras exigía la unión de todas las tribus para resistir junto a los enanos, refiriéndose a ella como el crisol de una nueva nación. Tal y como se narra en el Libro de las Orígenes, cuando Sigmar terminó su discurso gritando "¡a la guerra!”, le respondieron con una ovación tan fuerte que hasta los enanos del Paso del Fuego Negro pudieron oírla.

El ejército resultante se unió al del Rey Kurgan, y juntos marcharon a hacer frente a la vasta horda de pieles verdes que trataba de avanzar a través del Paso del Fuego Negro. Dicho paso es la única ruta por la cual un ejército puede albergar esperanzas de cruzar las Montañas Negras, y en él se han librado muchas batallas. Sin embargo, este épico enfrentamiento ha logrado eclipsarlos a todos.

Los ejércitos de Hombres y Enanos, ampliamente superados en número, aguantaron codo con codo contra los pieles verdes que manaban incesantemente por el valle. Aunque las filas de la horda de Orcos y Goblins estaban reforzadas por terribles Trolls y Gigantes, Sigmar y el Rey Kurgan habían elegido el campo de batalla con mucha astucia, desplegando a sus tropas en la zona más elevada y estrecha del paso, de modo que los Orcos y Goblins no pudieran sacar partido a su aplastante ventaja numérica, y así el combate se equilibran. La historia cuenta que el ejército de Sigmar llegó justo a tiempo, cuando los orcos finalmente abrieron brecha en la muralla que el rey Kurgan había erigido en el Paso.

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La brutal batalla se extendió durante muchas horas, la aullante marea verde rompiéndose una y otra vez contra la aparentemente inamovible línea de abollados escudos y ensangrentados filas de los Enanos y los Hombres. El propio Sigmar luchó con una fuerza y furia dignas del dios guerrero Ulric, ante la cual todos los enemigos que le salían al paso cayeron uno tras otro. Incluso las terribles Serpientes Aladas eran abatidas sin piedad por su pericia en el uso del martillo de guerra. Pero además de Sigmar Heldenhammer, otros grandes héroes se labraron su nombre en la historia durante aquella siniestra jornada, nombres como los de Ulfdar el Bersérker, Marbad de los Endals o la Reina Freya de los Asoborn, cuyas hazañas se han convertido en materia de leyendas para todas las generaciones posteriores de los Hombres. La fuerza de la ofensiva humana detuvo el avance de orcos y goblins, y luego comenzó a hacerles retroceder. Los enanos aprovecharon la oportunidad y cargaron desde sus fortalezas y torres por el flanco del enemigo.

Tras un devastador contraataque por parte de los veteranos de elite de la tribu de los Unberógenos, la línea de batalla Orca se desintegró de forma definitiva. Encabezando la carga desde la cuadriga de Siggurd, jefe de los brigundianos, Sigmar en persona lideró una terrorífica carga que atravesó hasta lo más profundo de las filas enemigas, masacrando sin piedad y entre gritos de victoria a los despavoridos pieles verdes que rompieron filas y trataron de huir en vano. Su jefe, un viejo y poderoso orco apodado "Tormenta de Sangre", intentó reunir a sus tropas para volver al ataque. Tomó a su hueste de guerra y cargó hasta quedar cara a cara con Sigmar.

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Sigmar y el kaudillo orco se enzarzaron en combate mientras Siggurd y sus guerreros de elite luchaban contra los guardias de Tormenta de Sangre. El martillo chocó contra la gran cuchilla mientras los dos luchaban por alzarse con la ventaja. Finalmente, Sigmar mató al kaudillo orco con un poderoso golpe doble, rompiendo primero su mano que esgrimía la cuchilla para luego aplastar el cráneo de Tormenta de Sangre con el segundo embate.

La muerte de su líder supuso también la muerte del ejército orco, que se deshizo y huyó presa del pánico. La masacre posterior, cuando el ejército de hombres y enanos cayó sobre sus odiados enemigos, fue un espectáculo aterrador. Se dice que nunca ha habido una mayor concentración de cuervos en todo el mundo que aquella que se reunió para darse un festín con las cadáveres de los pieles verdes. Murieron tantos en aquel día que habrían de pasar más de mil años antes de que los orcos y los goblins pudieran volver a formar un ejército de ese tamaño.

Su victoria no sólo expulsó a los pieles verdes de la cuenca del Reik sino que también puso fin a las Guerras Goblin que llevaban siglos diezmando a los enanos. La mayoría de los jefes tribales humanos murieron trágicamente en la batalla junto a innumerables millares. Pero aunque el precio había sido inconcebiblemente elevado, todas las gargantas se unieron para clamar el nombre de Sigmar.

La fundación del ImperioEditar

Después de la batalla, los humanos regresaron a sus tierras, pero no a su viejo estilo de vida. Todos los jefes tribales reconocieron que estaban más seguros unidos que divididos, y sabían quién de entre ellos sería el único que podría hacer realidad su unidad. En reconocimiento por esta increíble victoria, el Rey Kurgan regaló a Sigmar una corona de oro y marfil magníficamente forjada por los Enanos.

Coronación de Sigmar.jpg
Y fue así como en Reikdorf (la actual Altdorf), un año después de la Batalla del Paso del Fuego Negro, el Ar-Ulric, imitando el modelo enano de Gran Rey soberano de fortalezas, colocó la corona sobre la frente de Sigmar, y lo proclamó Emperador de todas las tierras entre las Montañas Grises en el sur y las Montañas Centrales en el norte, ante una congregación de representantes de cada tribu. Los jefes tribales se arrodillaron frente a él y juraron hermandad mutua y lealtad al Emperador Sigmar y a su recién fundado Imperio. La coronación de Sigmar marca el inicio del Calendario Imperial y el primer día del Imperio.

El asentamiento tileano de Nuln, situado dentro de las fronteras del nuevo Imperio, fue tomado en el acto, se establecieron los primeros suelos sagrados del Imperio (consagrados a Verena y Shallya). Se formalizó la lengua de la tribu unberogen, y fue creada una escritura combinando caracteres de la lengua clásica influenciados por las runas enanas, dando así lugar al idioma al que hoy denominamos viejo Reikspiel.

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El nuevo Emperador y el Gran Rey Enano se hicieron juramentos de amistad eterna y, en una muestra de gratitud por su ayuda al salvar los reinos Enanos, Kurgan encargó a Alaric el Loco que iniciase el largo proceso de crear doce espadas mágicas llamadas Colmillos Rúnicos, una para cada uno de los caudillos tribales. Por vez, primera los enanos, los mayores aliados de Sigmar, cohabitaron con los humanos, y algunos incluso vendieron sus talentos al nuevo Imperio construyendo edificios de piedra, ayudando en el trazado de calzadas y planificando los primeros templos para los dioses humanos.

Pese a su discurso sobre la unidad, Sigmar conocía a su pueblo y sabía que los vínculos de las tribus antiguas eran demasiado estrechos para cortarlos. También era consciente de que las tierras del Imperio, desde las Montañas Grises hasta las del Fin del Mundo, y desde el Mar de las Garras hasta las Cuevas, eran sencillamente demasiado vastas para un gobierno central. Por consiguiente sacó el mayor partido posible a la situación y entregó tierras a los doce caudillos tribales que le habían jurado lealtad y le habían ayudado en sus muchas guerras contra los pieles verdes.

La división de estas tierras se basó en el mismo patrón que la de los antiguos territorios tribales, pero absorbiendo a su vez a las tierras y gentes de muchas tribus menores o que previamente habían formado parte de los enemigos de los Unberógenos. Los doce caudillos de aquellas doce provincias tomaron el título de "condes", y se unieron a Sigmar mediante un juramento de lealtad. Cada uno de ellos y sus descendientes gobernarían su propio territorio en su nombre, sometido tan sólo a las leyes y edictos que el Emperador redactaría para el Imperio como un único ente. Los territorios tribales se convinieron en las doce grandes provincias originales del Imperio.

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Sigmar siguió dirigiendo el destino del Imperio durante otros cincuenta arios, considerada una época de paz y crecimiento interno para el Imperio. Los años que duró el reinado de Sigmar, se decretó la construcción de dos grandes carreteras, la primera desde Altdorf a Middenheim, y la segunda desde Altdorf hasta Nuln a lo largo de las orillas del Reik, y de allí hasta unirse a la Vieja Carretera de los Enanos en Averland. El Emperador esperaba que carreteras y ríos sirvieran de nexo para unir a las tribus entre sí, inhibiendo así su tendencia a la disgregación.

La paz y el buen tiempo trajeron consigo cosechas regulares y, con el tiempo, un gran crecimiento demográfico. Muchas toscas aldeas se convirtieron en pequeñas ciudades, y se fundaron numerosos asentamientos nuevos. Los nuevos imperiales despejaron la tierra y sentaron los cimientos de nuevos pueblos y ciudades, a veces sobre lo que quedaba de sus campamentos fortificados, y otras sobre terreno virgen. Los taleuten descubrieron un amplio cráter en mitad del Gran Bosque, en cuyo interior construyeron su ciudad capital, Talabheim. Los brigundianos fundaron Averheim y Streissen como estaciones de comercio fortificadas, y con el tiempo los Condes de Averland levantaron en Averheim su gran fortaleza, que jamás ha caído. Middenheim prosperó como capital religiosa del Imperio, ya que al ser Ulric la deidad predilecta de Sigmar muchos intentaron ganarse su favor efectuando donaciones al templo principal.

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En el sur, Nuln también prosperaba conforme incrementaba el comercio fluvial con las fortalezas enanas tras la llegada de la paz. La ciudad adquirió tanto dinero y poder en comparación con el resto de la provincia (conocida por aquel entonces como "Uissenctland") que los Condes de Wissenland trasladaron a ella la sede de su gobierno en Pfeildorf.

Por supuesto, el joven Imperio seguía teniendo poderosos enemigos a los que hacer frente, como las bandas de incursores Goblins que se adentraban por las Montañas del Fin del Mundo, o las tribus de humanos salvajes que lo asolaban desde los bosques del norte más allá de las Montañas Centrales. Pero el Imperio humano bullía con una frenética actividad, y ni siquiera el asalto concentrado de un poderoso ejército de no muertos en el año 15 CI y las diversas incursiones de los hombres bestia pudieron hacer nada por detener el auge de la nación de Sigmar.

DilemaEditar

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Cincuenta años después de subir al trono, Sigmar anunció su abdicación en una reunión con los condes y los sumos sacerdotes de los diversos cultos. "Mi trabajo aquí ha concluido", dijo a la sorprendida multitud. "El Imperio es próspero y está unificado. Y así seguirá en vuestras buenas manos. Pero yo tengo trabajo que hacer, una tarea pendiente, y he de devolver el Ghal-maraz a su creador". Habiendo dicho esto, el Primer Emperador depositó su corona sobre la mesa, cogió una mochila, se echó al hombro el Ghal-maraz y salió caminando por la puerta y se dirigió al este.

Nadie sabe con certeza qué le sucedió a Sigmar tras su abdicación. Algunos dicen que se dirigió al este hacia Talabheim, para luego desviarse al sur por la Carretera del Bosque Viejo hasta llegar al Paso del Fuego Negro, y finalmente partió hacia Karaz-a-Karak para encontrarse con su viejo amigo Kurgan Barbahierro y devolver el Ghal-maraz. Otras historias sostienen que viajó incesantemente hacia el este en dirección a las Montañas del Fin del Mundo. Si alguna vez llegó allí, los registros no dicen nada al respecto, pero lo cierto es que nunca volvió a ser visto por su gente.

Cuando el Emperador Sigmar abdicó misteriosamente cincuenta años después de su coronación, dejó tras de sí un magnífico Imperio cuya extensión apenas si cabía en la imaginación. Pero una vez se hubo marchado, los condes de las grandes provincias se vieron sumidos en el caos, y se enfrentaban a una crisis: Sigmar no se había casado y, por lo que todos sabían, no había engendrado heredero alguno. Tampoco había dejado testamento que designara a un sucesor. De hecho, durante sus cincuenta años de reinado nadie se había planteado nunca el tema de la sucesión.

Varios de los Condes reclamaron el trono; algunos en base a que eran los más capacitados para la guerra o la política, otros afirmaron gozar del favor divino o incluso de una promesa secreta del propio Sigmar. Las discusiones en la Reikhaus subieron de tono y ya empezaba a cernirse sobre ellos la amenaza de la guerra civil, cuando una sacerdotisa de Rhya que formaba parte del séquito del Conde de Stirland sugirió unas elecciones. Que todos renovasen sus votos de hermandad, y que luego cada uno de ellos declarara la razón por la que debía asumir el trono. El primero que obtuviese mayoría de votos se convertiría en Emperador.

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Deseosos de agarrarse a un clavo ardiendo para evitar la escisión y el conflicto civil, los Condes consintieron y se retiraron al Gran Salón de la Reikhaus a deliberar. Después de tres días (y muchas promesas, amenazas y oro que cambió de manos), el Ar-Ulric procedió a anunciar al nuevo Emperador: el conde Siegrich de Averland fue coronado como sucesor de Sigmar. Como parte del acuerdo, los Condes determinaron que todo nuevo Emperador debería ser escogido de entre ellos, y que la persona elegida podría trasladar la capital imperial a su ciudad. También ascendieron a un poderoso noble de Reikland a Conde de dicha provincia. En reconocimiento a su papel en la elección del Emperador, los Condes cambiaron sus títulos por el de “Condes Electores”.

Así quedó establecido el sistema de Emperadores electos que se ha mantenido en una forma u otra hasta el presente, sobreviviendo incluso a guerras civiles entre estados rivales, o a periodos realmente largos durante los cuales algún Emperador ha llegado a hacerse demasiado poderoso a base de manipular a los Condes Electores para obligarles a cumplir sus intereses personales.

El Culto de SigmarEditar

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La época de Sigmar pasó, y éste se convirtió en una leyenda, en el heroico antepasado de su pueblo. Era muy querido por su pueblo; se han erigido estatuas suyas, celebrado aniversarios especiales de eventos importantes de su vida, se alzaron templos y capillas en su memoria e incluso bautizado a numerosos niños con su nombre. Veinte años después de su desaparición, ya existía un fuerte culto a la personalidad del primer Emperador, para venerarlo como fundador del Imperio.

Por eso, cuando un fraile errante llamado Johann Helstrum llegó a Reikdorf afirmando haber recibido una visión de Sigmar, los habitantes del Imperio le creyeron de inmediato, pues anhelaban tener noticias de Sigmar. El santo Helstrum predicó haber presenciado a Ulric, frío y orgulloso, sosteniendo una magnífica corona dorada en sus fuertes manos. Alrededor del Dios del Invierno se hallaban las demás divinidades, observando con orgullo y aprobación. Arrodillado frente a él se postraba el Emperador Sigmar, y el primero ciñó lentamente la corona en la cabeza del segundo. Helstrum predicó que Sigmar había ascendido y alcanzado la inmortalidad, que Sigmar se había convertido en dios.

Con un salvaje entusiasmo en su mirada y la fuerza de la convicción en su voz, predicó la palabra del Divino Sigmar a rodo el que quisiera escuchar, ganando acólitos incluso entre los sacerdotes de otros cultos. Pero no todos acogieron de buen grado sus palabras. Gran parte del clero de los otros dioses tachó a Helstrum de loco y achacó sus visiones a haber comido demasiado pan mohoso, y que lo que decía rozaba la blasfemia.

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Algunos exigieron su muerte, pero otros fueron más tolerantes. Dado que Helstrum declaraba que todas las leyes de Sigmar eran sagradas, y que por tanto los Condes Electores gozaban de autoridad divina, su mensaje fue muy bien acogido por la nobleza. De hecho, Helstrum llegó hasta el punto de afirmar que el Emperador era el representante divino de Sigmar, y que por tanto debía ser obedecido en toda cuestión.

El nuevo culto de Helstrum predicaba la unidad del Imperio y la obediencia al Emperador y a los Condes Electores, por lo que su pequeño culto obtuvo permiso para construir un templo en la ciudad predilecta de Sigmar, Altdorf. Hacia el 73 C.I; a Johann Helstrum fue aceptado como el primer sumo sacerdote de Sigmar, cargo que hoy conocemos como Gran Teogonista. Por supuesto, algunos de los cultos protestaron, afirmando que no se les había presentado prueba alguna de divinidad, pero ya era demasiado tarde.

Con el paso de los siglos, el culto ganó en riqueza y poder. El credo de Sigmar se hizo tan popular en Reikland y Stirland que prácticamente sustituyó al culto de Ulric en dichas zonas, para desazón de este. El dinero de donaciones y alquileres derivó hacia sus arcas, hasta que el Gran Teogonista rivalizó con los Condes Electores en fortuna y poder, y su culto comenzó a clamar por un voto electoral.

Expansión y ApogeoEditar

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Fue una era de desarrollo y vigor para el Imperio, ya que la creciente población buscaba una válvula de escape para su exceso de energía. Pese a que la práctica totalidad de la cuenca del Reik había sido reclamada para el Imperio de Sigmar, era poco más de una tercera parte de su extensión estaba bajo dominio imperial. No contentos con ocupar el territorio que ya poseían, los Condes Electores trataron de expandir sus provincias (y el poder relativo hacia los demás). De los siglos V al X, durante el periodo que los historiadores conocen como “el viaje a las fronteras", los Condes y Emperadores extendieron el Imperio hasta lo que ellos consideraban sus fronteras naturales.

Muchos otros se mostraron partidarios de esta visión expansionista, incluido el culto de Ulric, que siempre había sido agresivo. Pero Reikland y sus aliados, convencidos sigmaritas todos ellos, no compartían esta idea. En vez de ello, se plantearon la construcción de ciudades fortificadas y carreteras que las conectasen por todo el Imperio, continuando así la obra civilizadora de Sigmar y asegurando el territorio que ya habían conquistado. El deseo expansionista de tantos Condes Electores hizo que se coronasen continuamente Emperadores simpatizantes del culto de Ulric.

El “Viaje a las Fronteras” supuso una era de guerras y conflictos que los cultos de Sigmar y Ulric promovieron con fervorosa pasión. Algunos textos parecen implicar que entre ulricanos y sigmaritas existían ciertas desavenencias causadas por el Viaje, lo cual parece probable teniendo en cuenta que algunos ulricanos extremistas dudaban de la divinidad de Sigmar

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Los Condes de Ostland y Talabecland iniciaron una agresiva colonización y expandieron sus fronteras orientales hacia territorio ungol, a las tierras de lo que hoy se conoce como Kislev, reivindicando todo el territorio hasta las montañas y el río Lynsk, pero casi ninguno de sus asentamientos logró prosperar. Más afortunados Fueron los esfuerzos de Talabecland por ocupar las tierras del sureste. Gobernados originalmente por los herederos de Adahard de los ostagodos, los pueblos de Ostermark se convirtieron en la "Marca del Este" de Talabecland, y más tarde alcanzarían la independencia como la Liga de Ostermark.

Mientras tanto, Stirland y Averland se expansionaron agresivamente hacia las regiones orientales menos fértiles de sus provincias, presionando las estribaciones que los enanos reivindicaban como suyas, lo cual provocó ocasionales enfrentamientos. En el proceso se incorporaron tribus menores y pequeños reinos de pueblos relacionados que nunca llegaron a unirse a la confederación de Sigmar, en particular los fenones, cuyo territorio se convirtió en la provincia de Sylvania dentro de Stirland.

El Emperador más asociado a este periodo es Segismundo el Conquistador (siglo VI), que no sólo derrotó al rey jutón y anexionó las tierras de Jutonsryk (las Tierras Desoladas) a la provincia de Westerland, sino que además condujo a sus ejércitos por primera vez a través de las Montañas Grises y las Montañas Negras en busca de nuevas provincias allende la cuenca del Reik, creando la Marca del Oeste en el extremo bretoniano e invadió las tierras de los Reinos Fronterizos (por aquel entonces una región salvaje y tribal) para fundar la provincia de Lichtenberg y construir una serie de castillos para proteger el flanco del Imperio. Pero aquellas provincias resultaron demasiado difíciles de defender, y sufrían constantes ataques de otras tribus de humanos, pieles verdes, hombres bestia y otros enemigos más siniestros

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Sin embargo, hubo una zona que eludió a todos los conquistadores y acaparadores de territorio: el reino de los elfos silvanos del Laurelorn. Reivindicado por los Condes Electores de Drakwald, Middenland y Westerland, los elfos silvanos no reconocieron a ningún soberano y frustraron todos los intentos de conquistarlos por la fuerza. Obtuvieron su victoria más espectacular en el 897 CI al vencer al ejército del Conde de Drakwald, a quien la historia recuerda únicamente como "el Desafortunado". La derrota fue tan aplastante que sentó la fiase de la posterior degeneración y desaparición final de Drakwald.

Durante este periodo inicial, el Imperio creció mucho en poder, pero también sufrió guerras y anarquía sin apenas tregua. Las partidas de guerra de Orcos y Goblins descendían de las montañas incesantemente, ya su paso dejaban numerosos campos de batalla teñidos de rojo con la sangre de los Hombres. Los Hombres Bestia cruzaban los oscuros bosques destruyendo asentamientos enteros y atiborrándose con la carne de los caídos. Los Skavens, una raza de repulsivos hombres rata, manaban desde las alcantarillas de las siempre crecientes ciudades para anegar a los habitantes de la superficie en una maloliente marca de pelo y lanzas oxidadas, y multitud de cadáveres reanimados se alzaban desde sus tumbas para sembrar la destrucción entre los vivos.

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Estos y otros horrores asolaban el Imperio año tras año, pero bajo el liderazgo de los Condes Electores sus ejércitos siempre hacían frente a todos los enemigos con coraje y determinación, y así la nación se mantuvo más o menos unida.

Hacia el siglo X el Imperio había alcanzado el pináculo de su tamaño y más logros, renunciado a casi toda su política expansionista, prefiriendo concentrarse en la defensa de lo queja había sido ocupado. Por aquel entonces el Imperio conquistado incluía todos los vastos territorios que su majestad Imperial custodia en la actualidad, así como la mayor parte de lo que hoy llamamos Kislev, toda Parravon, una gran parte de los Reinos Fronterizos y, desde luego, las Tierras Desoladas. Ninguna otra potencia del Viejo Mundo podía igualársele, y sus soberanos hablaban de llegar a dominarlo por completo algún día.

Cegados por la arrogancia, fueron incapaces de ver las pequeñas grietas que en el futuro harían que se desmoronase toda la estructura.

Segundo Milenio: Desintegración y DerrumbamientoEditar

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El nuevo milenio anunció un deterioro en la suerte del Imperio. Más tarde se conocería como una era de placeres sibaritas, liderazgo pobre y conflictos internos. Los Condes de Drakwald se habían convertido en Emperadores recientemente, asumiendo el cargo a base de sobornos para ejercer su poder y así conservar sus maltrechas posiciones. La derrota a manos de los elfos silvanos y toda una serie de desastres había debilitado a la provincia en tal medida que se temía que llegara a ser absorbida por otra. Trasladaron la capital a Carroburgo y comenzaron un reinado tan corrupto que hoy día se emplea el término "drakwaldés" para referirse a una persona codiciosa y ambiciosa. Bajo su dudosa administración el Imperio comenzaría a pudrirse desde dentro.

Tras mil años de prosperidad, el Imperial pudieran venirse abajo sin que exista ninguna amenaza externa de consideración. Para empezar se produjeron numerosos desastres, muchos de ellos causados por el propio Imperio. Los cultos y las grandes provincias se profesaban odios y rencores desde hacía mucho tiempo atrás (algunos se remontaban incluso a los días anteriores a Sigmar), y un milenio de políticas nuevas no había hecho sino agravar estas diferencias. Las grandes provincias y los principales cultos no tardaron en comenzar a atacarse mutuamente siempre que surgía la oportunidad. Se inculpaban unos a otros con tal de promover sus causas. Se acercaban cada vez más a la guerra.

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Generalmente se asume que los problemas comenzaron al final del primer milenio del calendario imperial; Gilles el Bretón unió a las antiguas tribus bretonianas para formar una nueva nación, y la provincia de Westermark situada al otro lado de las Montañas Grises, fue atacada e invadida. Posteriormente, los bretonianos reunieron sus tropas y marcharon hacia el norte, pero las fortificaciones de las Montañas Grises se llenaron de soldados procedentes de todas las grandes provincias, y los caballeros bretonianos pudieron ser rechazados.

A esto le sucedió una oleada de problemas cada vez más desesperados que se acumularon de tal modo que la división fue inevitable. En primer lugar, una larga serie de Emperadores incompetentes, decadentes y totalmente corruptos debilitó considerablemente tan magno cargo. En muy poco tiempo, todos los Condes Electores tuvieron facciones propias en la creciente agitación, y lo que tal vez fuera peor, en vez, de actuar contra estos indecorosos Emperadores, los cultos otorgaban o vendían su apoyo a las distintas facciones según les resultara conveniente, pues con ello recibían mas libertades y, a veces, incluso ventajas políticas, cambiando a menudo de bando en el continuo devenir de las maniobras políticas.

Y aunque es cierto que el segundo milenio trajo consigo numerosos avances, también estuvo plagado de corrupción, decadencia y arrogancia. Con el tiempo, las diferencias se hicieron irreconciliables, y estalló la guerra civil.

El Hedor de la DecadenciaEditar

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Durante más de cien años. Emperador tras Emperador perpetuaron la venalidad del linaje de Drakwald, procurando por todos los medios el enriquecimiento personal y preocupándose más por el placer de los sentidos que por la prosperidad del Imperio. Unas crónicas incompletas de la época ofrecen vivas insinuaciones de las bacanales y orgías celebradas en la Corte Imperial (y de otros eventos aún más obscenos).

A principios del siglo XI tuvieron lugar dos acontecimientos destacables, ambos bajo el reinado del Emperador Ludwig II Hohenbach, conocido como "der Grosse" (el Grande) en sus monedas pero recordado por la historia como "el Gordo". Gran sibarita y ávido buscador de placeres, Ludwig es infame por haber ordenado la tortura y ejecución de cocineros que ofendieron sus gustos culinarios. Finalmente, ordenó a su ayuda de cámara halfling que elaborase una "comida digna de su grandeza". El untuoso banquete resultante tuvo tanto éxito que Ludwig no sólo nombró a su ayuda de cámara Cocinero Imperial, sino que lo ascendió al rango de Conde Elector y separó las fértiles cierras de cultivo de los halflings de Stirland y Averland para crear la Asamblea. De este modo Ludwig quedó satisfecho, no sólo porque había disfrutado de una excelente comida, sino porque así se vengaba de los gobernadores de ambas provincias, cuyas hijas habían despreciado su cortejo.

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Viendo el éxito de estas tácticas, el culto de Sigmar, quien tras la consolidación de las fronteras empezó a gozar de gran apoyo por parte de nobleza y campesinado por igual, eclipsando con mucho al culto de Ulric, comenzó a deleitar paulatinamente al corpulento Emperador. Durante los años previos. Tras ser invitado a una incesante ronda de festines, banquetes y "cenas privadas", poco a poco el Emperador empezó a ver con buenos ojos al culto. La gente empezó a cuchichear que el sumo sacerdote del culto se sentaría al lado derecho de Ludwig manteniendo su plato lleno de buenas comidas y su copa de buen vino. En efecto, el culto obsequió al Emperador con un palacio en Altdorf, del cual se rumoreaba que estaba lleno de inmensas cocinas, comedores y retretes desmesuradamente bien equipados. Con el tiempo, el Emperador firmó un estatuto en el año 990 CI que concedía al culto el derecho a un voto Electoral, concediendo al Gran Teogonista los mismos poderes que a un Conde Elector. Se dice que el Gran Teogonista de la época murió poco después en cama, asfixiado por su propia y gruesa papada.

La concesión del voto electoral al culto de Sigmar causó gran consternación entre los demás cultos pusieron el grito en el cielo ante semejante injusticia, lanzando todo tipo de acusaciones de corrupción y soborno. Pero las quejas cayeron en saco roto; el Emperador había hablado. Diez años después se colocó la última piedra de la monumental reconstrucción del Gran Templo de Sigmar. Exactamente mil años después de la victoria del santo Sigmar en el Paso del Fuego Negro, sus fieles se habían afianzado como el culto predominante de nuestro glorioso Imperio, y lo demostraron abiertamente con la finalización del mayor templo de todas las grandes provincias. Sin embargo, los demás cultos no lo aprobaron, y algunos incluso pusieron de manifiesto su descontento ante los recientes acontecimientos. De todos ellos, los apasionados y furibundos ulricanos eran los más ruidosos. Pero nadie parecía escuchar sus quejas por el momento.

Poco después se propagó por todo el Imperio el rumor de que Sigmar era en realidad hijo de Ulric, y que también había sido dios. Los sigmaritas intentaron sofocar este rumor, pues su doctrina se basaba en que la ascensión de su deidad la hacía única, pero resultó ser una leyenda muy popular.

Moda y VanidadEditar

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Con el surgimiento de los Emperadores de Drakwald se produjo una explosión de mecenazgo de las artes por parte de la nobleza. En su búsqueda de engrandecimiento personal, los decadentes soberanos encargaron retratos favorecedores, literatura aduladora y pomposas obras musicales. La nobleza siguió el ejemplo, y pronto todo lo que era considerado alguien tenía artistas a su servicio.

Denominado movimiento "naturalista", el arte dejó de ser una herramienta para documentar literalmente la historia. Muchas familias aprovecharon la oportunidad para registrar su historia en enormes tomos. Afirmaciones ultrajantes, falsas historias sobre batallas y retratos de antepasados con estúpidas sonrisas se convirtieron en la norma en tales libros e incluso llevaron a algunas actos extraordinarios con tal de quedar por encima.

De igual modo, muchos decidieron hacer que les pintaran retratos “favorables"; por ejemplo, el infame y babeante duque de Leicheburg fue representado como un hombre imponente y de gran destreza marcial, sin indicio alguno de joroba y con una cantidad de ojos completamente normal. Algunos llegaron incluso a hacer que se pintasen o tejiesen sus rostros en escenas famosas de la historia del Imperio como la Batalla del Paso del Fuego Negro.

El pueblo llano lo considero un disparate, pero el florecimiento de las artes vio algunas mejoras que también les beneficiarían a ellos. El culto de Signar fue uno de los primeros en aprovechar la idea de libros ilustrados y encargó la creación de suntuosos tomos al estilo de las historias de los nobles. Centradas en la vida de Sigmar, estas obras se trataban frecuentemente como objetos de pleitesía; algunos templos dedicaban miles de coronas a su elaboración. La finalización de la Catedral de Sigmar en Altdorf dió lugar al encargo de ocho de estos libros, cada uno de ellos encuadernado en oro batido extraído de las montañas por los descendientes del mismísimo Kurgan Barbahierro. Estos ocho tomos, terminados en el año 1012, desfilaron con gran boato por todo el Imperio antes de regresar a una cámara acorazada en las profundidades de la Catedral.

Dentro del oficio de los tintes, la creación de tantas obras de arte promovió grandes avances en el coloreado y los fijadores. No sólo aumentó La demanda de tintas de colores, sino también la de exquisitas tinturas para ropa y pinturas. Ciertas familias comenzaran a especializarse en pigmentos tremendamente costosos para los retratos de los nobles experimentando con toda clase de ingredientes en su búsqueda del azul más auténtico o el dorado más brillante. Este oficio de duración efímera pero sumamente lucrativo alcanzó su cenit en el año 1023 cuando la baronesa Auerbach de Hochland pagó supuestamente ciento veinte mil coronas por una pintura con base de color perla que fuera exactamente del mismo tono que sus dientes amarillentos.

Sin embargo, este breve apogeo de la artes no duraría mucho. Los desastres venideros terminarían para siempre con la decadencia del linaje del Drakwald.

De Plagas y RatasEditar

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El año 1053 fue testigo de la ascensión del último y peor de todos los emperadores de Drakwald. En los siglos siguientes a Sigmar, ningún Emperador fue más odiado que Boris Hohenbach, conocido por toda la eternidad como "el Avaro"' y Boris "el Incompetente".

Entregado exclusivamente al dinero y a su adquisición, se sirvió de su eminente posición para acumular bienes personales dejó que los Condes Electores gobernaran a placer siempre y cuando él recibiera los "regalos" pertinentes. Se inventaron y vendieron nuevos cargos imperiales cada vez que las arcas del tesoro amenazaban con vaciarse (cosa que al parecer ocurría muy a menudo), por lo que los Condes Electores competían entre sí para adquirir títulos cada vez más grandiosos, como "Gran Príncipe" o "Gran Duquesa Palatina", y se concedían títulos ridículamente insignes a amigos y amantes por meros caprichos. Un rápido soborno podía hacer que el Emperador revocase el fuero de cualquier ciudad libre problemática, lo cual se hacía efectivo cuando los soldados del noble local prendían y ahorcaban al burgomaestre.

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Hubo más que se unieron al juego, pues los cultos comenzaron a vender cargos eclesiásticos. Los escándalos relacionados con el clero no tardaron en volverse tan habituales como los de los nobles. Varios relatos altdorfeños hablan sobre amantes y harenes de sacerdotes que desfilaban avergonzados por las calles, y de monjes cuyas actividades delictivas eran descubiertas por sus rivales. El mismo Emperador llegó a vender a los plebeyos el derecho a pasar una noche en el palacio imperial, alquilándoles los aposentos de Jürgen el Opulento, un emperador del siglo IX.

Durante su tremendamente incompetente mandato, el Imperio quedo ahogado bajo impuestos abusivos y funcionarios corruptos. La gente pasó hambre, los ejércitos estatales se descuidaron y muchos fuertes; fronterizos fueron prácticamente dejados de la mano. Dada esta situación de debilidad y empobrecimiento, el Imperio no estaba en absoluto preparado para el horror que llegaría después.

La Plaga NegraEditar

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El juicio llegaría en el año 1111 CI cuando brotó una plaga en varias ciudades del este a la vez, que luego se propagaría inexorablemente hacia el oeste. Las tierras más orientales de Talabecland y Ostland, lo que más tarde se convertiría en Kislev, quedaron desprovistas de vida animal y tuvieron que ser abandonadas. Pueblos y hasta ciudades enteras quedaron sin vida al paso de la virulenta enfermedad, que se atendía con una rapidez antinatural. Los asentamientos más poblados fueron las que más acusaron el golpe, y las desesperadas autoridades incendiaban barriadas enteras ante el menor indicio de contagio. Incluso las patrullas de caminos ahorcaban a todo viajero del que sospecharan que portaba la plaga, para luego quemar sus cadáveres. Las oraciones a los dioses no obtenían respuesta, los sacerdotes morían en sus altares, y los nobles y los adinerados abandonaban las zonas urbanas en pos de la relativa seguridad de sus fincas rurales.

Al Emperador todo esto le traía sin cuidado. Boris se aisló en un palacio a varios kilómetros de Carroburgo y sólo permitió que le acompañaran los más ricos y hermosos de sus súbditos. Allí, todo recuerdo de la plaga y de los purulentos campesinos parecía muy alejado. Reirían y beberían, y esperarían a que la plaga remitiese.

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Para cuando la plaga empezó por fin a remitir, tres cuartos de la población del Imperio se pudría ya en fosas comunes. Lo único bueno que acarreó aquella plaga fue que se llevó consigo a Boris el Avaro, quien murió en su castillo rodeado por gran cantidad de médicos y asistentes (ninguno de los cuales, según cuentan, se esforzó demasiado por salvarle).

Aunque esta sea la creencia generalizada, la realidad es aún más terrible. En el verano del 1115 CI se produjo una erupción especialmente virulenta de la plaga. El Emperador, la mayoría de los Condes electores y sus familiares cercanos y criados se habían congregado en el palacio de Carroburgo para conservar la corte y esperar a que la plaga cesase. En su lugar, todos murieron durante un baile en una calurosa noche de verano. Mientras el Emperador se atiborraba de ganso asado y los cortesanos bailaban bajo la estrellas, ninguno se dio cuenta de las siluetas ataviadas con andrajosas tónicas que se reunían a favor del viento. Eran los portadores de incensarios del clan Pestilens, y éste fue el comienzo del asalto final de los skaven contra el Imperio.

El viento llevó las muchas plagas de los skaven por todo el recinto del palacio. Cientos de líderes imperiales murieron aquella noche, con los cuerpos infestados de bubones y pústulas. Mientras morían, Boris el Incompetente oyó cómo el líder skaven les relataba su gran plan, cómo ejércitos de los suyos marchaban aquella noche por todo el Imperio, provocando su hundimiento.

Las guerras SkavensEditar

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Aunque la noticia de la muerte de Boris ayudó sin duda a subir la moral de los oprimidos y desalentados habitantes del Imperio, sin Emperador (aunque fuese uno tan incompetente como Boris el Avaro), el Imperio era muy vulnerable; y para hacer las cosas aún peores, incontables Skavens empezaron a salir en masa de los túneles excavados bajo las ciudades del Imperio, para destruir y saquear los lugares donde la plaga (extendida por ellos mismos) había hecho su trabajo.

Muchos pueblos y ciudades cayeron en el asalto inicial y en los siguientes ante los skaven. Aun sin llegar a ser capturadas, el daño que sufrieron fue enorme: bibliotecas, templos, universidades y barriadas enteras ardieron hasta los cimientos. Las fuerzas del Imperio intentaron ofrecer resistencia, pero estaban muy mal organizadas y no eran más que una sombra de su anterior potencia. Grandes ciudades como Nuln y Middenheim se convirtieron en islotes dentro de un territorio controlado por los skaven. Con el tiempo, acabarían cayendo. Desde detrás de sus murallas, los pocos líderes del Imperio que quedaban estaban seguros de que verían morir con ellos el sueño de Sigmar.

Sin embargo, la esperanza llegó del norte. El Conde Elector de Middenland y Middenheim, el graf Mandred von Zelt, rompió el asedio skaven sobre Middenheim y, reuniendo a los Condes electores que seguían con vida y todas las fuerzas que pudo, combatió a los malévolos hombres rata hasta estancarlos contra los cursos del Talabec y el Reik. Durante los años siguientes Mandred congregó a los habitantes del Imperio y, batalla tras batalla, obligó a los skaven a retroceder a su mundo subterráneo. Finalmente, en el año 1124 CI, en la Batalla de las Colinas Aullantes, Mandred dividió al ejército Skaven y le hizo huir presa del pánico. El propio Mandred descabezó al Señor de la Guarra Skaven con un solo golpe de su Colmillo Rúnico. Tras la batalla, el Conde Mandred ordenó que le hicieran un yelmo de aspecto aterrador con el cráneo de dicho enemigo, a fin de que esa imagen quedara impregnada para siempre en las pesadillas de los hombres rata. Los Electores restantes le aclamaron como Emperador Mandred "Mataskavens".

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Mandred se enfrentaba a una tremenda labor de reconstrucción. Debido a las plagas y demás estragos causados por los skaven, se dice que de sólo sobrevivieron tres de cada diez habitantes del Imperio: además, inmensas extensiones de terreno habían quedado devastadas, y la gran mayoría se vieron reducidas de nuevo a tierras salvajes Sin embargo, la primera medida que tomó Mandred al subir al trono fue castigar la insensatez que había propiciado el desastre. Por decreto imperial despojó a la casa de Hohenbach de todo honor y declaró disuelta la Gran Provincia de Drakwald, fusionando sus tierras con las de Middenland y Nordland. Su espada Colmillo Rúnico fue depositada en la cámara de la Catedral de Ulric en Middenheim.

El Imperio no tardó en empezar a recuperarse de la guerra contra los Skavens, principalmente gracias al dinámico liderazgo de Mandred, el recién elegido Emperador. El respeto que infundía su marcialidad y el carisma de su personalidad mantuvieron unidos a sus súbditos, aunque debido a la poca población que había quedado con vida, muchos pueblos fueron simplemente abandonados y regiones enteras se convirtieron en páramos desolados.

El Emperador Mandred gobernó durante más de veinticinco años, y durante ese tiempo se labró una reputación de soberano fuerte y severo pero justo. En pueblos y ciudades comenzó la reconstrucción, pero durante la guerra contra los skaven se había perdido una gran cantidad de conocimientos que jamás podrían recuperarse. Mandred gobernó como un emperador fuerte, y los Condes Electores se sometieron a sus deseos en todos los ámbitos. Tras varios años, la gente comenzó a olvidar los horrores acontecidos entre el 1115 y el 1124, pero los skaven nunca lo olvidaron.

Un imperio DivididoEditar

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Por desgracia la vida del Emperador Mandred acabó de forma abrupta (y con ella, la tendencia de recuperación para el Imperio). Clamando venganza, miembros del clan Eshin de los skaven asesinaron al Emperador Mandred en sus aposentos la noche de Geheimnisnacht de 1152, le sacaron el corazón y dejaron más de una docena de dagas clavadas en su cuerpo. Como Sigmar antes que él, no había dejado ningún heredero. En los años siguientes a esa calamidad, el sistema electoral del Imperio empezó a hacerse añicos.

Las rivalidades personales, la ambición y los celos dividieron a los Condes Electores, que no fueron capaces de alcanzar un acuerdo sobre quién de ellos debería ser el nuevo Emperador. En la sala del trono de Graf de Middenheim llegó a derramarse sangre cuando las discusiones sobre este tema tornaron un cariz violento, y los Condes Electores volvieron a sus casas con el odio entre sí bullendo en sus corazones.

Finalmente, el Concilio Electoral escogió a un emperador débil, Otto de Solland, siguiendo un patrón que se repetiría durante siglos: el cargo de Emperador se había convenido en un juguete que se intercambiaban entre sí. A los Condes Electores no les importaba, pues querían tener la libertad de implicarse sin trabas en guerras mutuamente destructivas. De hecho, estos altercados eran tan frecuentes que este periodo se conoce como la "Era de las Guerras". Aun así, el trono era un símbolo de unidad muy importante, hasta que alguien decidió que no deseaba compartirlo.

DesintegraciónEditar

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Cuando en el año 1359, el gran duque de Stirland, antiguo enemigo de Talabecland y a todas luces un peón del culto sigmarita, fue proclamado Emperador en Nuln por los Condes Electores, la gran duquesa Ottilia de Talabecland decidió que era la gota que colmaba el vaso y, tras consultarlo con el culto de Taal, se dispuso a tomar medidas, pues creyó que le correspondía a ella por derecho.

En Middenheim, el culto de Ulric también había aguantado suficiente. Hacía tiempo que los grandes duques de aquella ciudad recelaban de la influencia ejercida por el culto sobre el populacho, y habían estado intentando obligar al culto de Ulric a reorganizarse. Más aún, el culto de Sigmar controlaba prácticamente todo el proceso de elección de nuevos Emperadores, algo que los ulricanos no podían tolerar. Cuando Ottilia se dirigió al Ar-Ulric afirmando tener pruebas de que todos los sigmaritas eran unos herejes, e incluso de que Sigmar ni siquiera era un dios, el sumo sacerdote aceptó gustoso su invitación a trasladar la sede de su culto a Talabheim.

Ottilia recibió con los brazos abiertos al Ar-Ulric en el Ojo del Bosque, y tras ver las falsas pruebas aportadas por la gran duquesa, el culto ulricano declaró que todos los sigmaritas eran realmente herejes. A continuación, Ottilia prohibió el culto de Sigmar en Talabecland, en represalia a los impuestos que el Conde stirlandés había aplicado al culto de Ulric.

Las demás grandes provincias contemplaron estupefactas cómo Talabecland se declaraba independiente del Imperio y Ottilia se autoproclamaba Emperatriz, sin ninguna votación, siendo coronada por el Ar-Ulric del mismo modo que lo fuera Sigmar en el pasado. Su asombro aún fue mayor cuando Ottilia envió un ejército desde su inexpugnable bastión de Talabheim, el cual, aun en inferioridad numérica, logró aniquilar en la Batalla del Río Talabec a las tropas que el Emperador stirlandés había enviado al norte para sofocar la rebelión. Habiendo dejado clara su postura, se retiró a la inconquistable Talabheim mientras la guerra la rodeaba por todos los flancos. Aunque sucesivos Emperadores lo intentaron, ninguno pudo atravesar las paredes del crater del Taalbaston, y Talabheim logró resistir.

De aquí en adelante las guerras privadas del Imperio adquirieron un cariz religioso: las provincias sigmaritas se enfrentaban a las ulricanas en la lucha de ambos bandos por el poder, aunque hubo casos de provincias que se aliaban a sus enemigos manifiestos para obtener beneficios a corto plazo. En los años siguientes, la corona imperial pasó de mano en mano por diferentes Condes Electores mientras el Imperio se dividía en varios estados beligerantes.

Las Cruzadas contra ArabiaEditar

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Las crónicas de la Era de las Guerras están plagadas de infortunios y odios encarnizados, y resulta evidente que ni siquiera las peores amenazas para el Imperio bastaron para imponer una solución a aquellos conflictos y feudos.

En efecto, cuando el sultán de Arabia invadió Estalia en el siglo XV con un ejército tan numeroso que amenazaba todo el Viejo Mundo, las grandes provincias no movieron un dedo contra él. El por aquel entonces rey de Bretonia, Louis el justo reclutó un poderoso ejército para liberar la tierra de su opresor. El rey bretoniano hizo un llamamiento a las armas para que todo hombre de noble propósito expulsara a los invasores del Viejo Mundo.

Durante las sangrientas cruzadas que tuvieron lugar no solo se liberó la tierra de Estalia, sino que los caballeros decidieron internarse en Arabia y destruir el imperio del sultán. Los caballeros sentían un celo justiciero que les impedía ser clementes, por lo que destruyeron todos los decadentes palacios del sultán, quemaron los libros de sus bibliotecas e hicieron añicos los ídolos de sus templos.

La desintegración del ImperioEditar

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Los siguientes siglos vieron las coronaciones de toda una sucesión de Emperadores, aspirantes que uno tras otro dieron un golpe de estado para reclamar el trono. La nación se desangraba por luchas intestinas que pronto se convertirían en una guerra civil abierta. Hubo incluso una era con dos Emperadores al mismo tiempo (uno era el Emperador Electo, mientras que el otro era el Conde Elector de Talabecland que reclamaba el título de Emperador por herencia de la autoproclamada Emperatriz Ottilia). A efectos prácticos, Talabecland se había escindido del Imperio, una iniciativa a la que en varios momentos históricos se unieron otras provincias, para mostrar su insatisfacción con el Emperador electo que gobernaba entonces.

La situación empeoró en 1547 CI cuando el Ar-Ulric regresó a Middenheim. El culto ulricano se había enemistado con los sucesores de Ottilia, por lo que aceptaron a regañadientes el celibato de sus sacerdotes (para que no pudieran aparecer dinastías que rivalizasen con los grandes condes de Middenheim) con tal de poder volver al gran templo del culto. el Conde Elector ulricano de Middenland, el Gran Duque Siegfried, creyó contar con votos suficientes para convertirse en Emperador electo y unificar de nuevo la nación.

Sin embargo, otros discreparon y dejaron bien clara su postura (es decir, la postura de los arqueros que apuntaban al pecho de Siegfried) y el Gran Teogonista coronó aun Emperador distinto. El Gran Duque volvió enfurecido a Middenheim y un mes después, Middenheim se declaró independiente del Imperio de Sigmar, y el Ar-Ulric coronó al gran duque Siegfried como Emperador, que llegó incluso a acuñar monedas y promulgar edictos a tal efecto. El Imperio ya tenía tres Emperadores (uno electo y dos autoproclamados), y su desintegración se aceleraba.

Con esto, daba comienzo así a la Era de los Tres Emperadores, en la que cada uno de ellos se dedicó a buscar alianzas y apoyos para su causa en las demás provincias. Durante los siguientes casi cuatrocientos años, el "Imperio" no fue más que una idea mortecina en la mente de sus habitantes.

La Era de los Tres EmperadoresEditar

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Los Tres Emperadores

El Emperador Siegfried declaró la guerra a Frederik V, el "emperador ottiliano" con sede en Talabheim. Mientras tanto, Frederik estaba en guerra con el Emperador de Nuln, cuyo nombre se ha perdido en la historia, pero que al parecer no era más que una marioneta del Gran Teogonista.

Había entonces tres Emperadores, cada uno de los cuales contaba con el apoyo de un culto distinto: el Emperador Ottiliano tenía el respaldo de los taalitas, el Emperador Lobo gozaba del favor de los ulricanos, y el Emperador nombrado por los Condes Electores era el legítimo para los sigmaritas. Es importante señalar que las elecciones celebradas por los sigmaritas eran tan corruptas por aquel entonces que la mayoría de los eruditos actuales las califican de meras formalidades con las que se escenificó la aprobación de la elección del Gran Teogonista.

Esta Era de los Tres Emperadores se vio asolada por guerras, penurias y desastres continuos. Las provincias del Imperio se habían vuelto ingobernables en mayor o menor medida, y durante los siguientes 150 años los Condes electores tuvieron que enfrentarse a rivales que aspiraban a destronados y a rebeliones en el seno de sus propias provincias, además de los numerosos enemigos y monstruos que seguían atacándolas desde fuera.

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Las persecuciones a los cultos eran comunes, especialmente las organizadas por los sigmaritas, mientras Nigromantes y demonólogos campaban a sus anchas por la región. Los gospodar, una tribu humana por aquel entonces desconocida, invadieron nuestras tierras desde mis allí de las Montañas del Fin del Mundo, derrotando a los ungoles, ostlandeses y ostermarkenses, desdibujando las fronteras del Imperio hasta crear una nueva nación: Kislev.

Incluso las provincias menores hicieron constatar su autonomía: en 1550 Middenland occidental declaró su independencia de Middenheim bajo el liderazgo de la familia von Bildhofen y recibió el Colmillo Rúnico de Drakwald a cambio de apoyar al Emperador de Nuln. Aunque no existen evidencias precisas que aclaren cómo desapareció esta espada de la cámara acorazada de Middenheim para aparecer en Nuln, el saber religioso del culto de Ranald hace referencia a este hecho como “la Gran Jugarreta". Sylvania se independizó de Stirland en el caótico epílogo de la Noche de los Muertos Vivientes (1681).

Con los hijos de Sigmar divididos en disputas entre ellos el Imperio quedó convertido en una presa fácil, y sus enemigos empezaron a agolparse en sus fronteras como los buitres acechando a un moribundo. Durante siglos, el ahora dividido Imperio se vio invadido por enemigos externos que a punto estuvieron de destruir la nación. El más brutal de todos estos enemigos sería el culpable de que el imperio perdiese una provincia entera víctima de la guerra y la devastación.

La destrucción de SollandEditar

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El Imperio entero fue puesto de rodillas por Gorbad Garra'ierro, el Kaudillo Orco más temido de su tiempo. En torno al año 1705, Gorbad reunió una poderosa horda de Orcos y Goblins con la que enfiló el Paso del Fuego Negro para devastar las provincias de Averland y Solland. El Conde de Solland, Eldred, marchó con sus fuerzas al norte hacia el río Aver, con la intención de cruzarlo más allá de Averheim. Sin embargo, fueron las tropas de Gorbad las que se lanzaron al agua para atacar a los defensores cuando éstos aún permanecían en la orilla contraria. Aunque en la acción Gorhad perdió a millares de sus guerreros, aniquilados por las inmisericordes andanadas de loa arqueros imperiales, su horda siguió avanzando sin desfallecer hasta que por fin logró cruzar el río y establecer una posición en la otra orilla.

Eso supuso el principio del fin para los defensores, pues su única esperanza de victoria se había basado en mantener al enemigo en la orilla norte. El ejército de Solland empezó a verse rodeado, y Eldred trató desesperadamente de hacer maniobrar a sus hombres para que abandonaran el campo de batalla de forma ordenada antes de ser aniquilados. Lamentablemente la decisión de Eldred llegaba demasiado tarde, pues ya hacía mucho que Gorbad había enviado a sus unidades de caballería a atacar el reino Halfling de la Asamblea, más hacia el este, tras lo cual habían girado para flanquear al ejército Imperial y cortar así su retirada.

Mientras la guardia personal de Eldred luchaba para proteger a su señor, los Jinetes de Lobo Goblins y los Jinetes de Jabalí Orcos aparecieron desde la línea del horizonte cerrando el cerco sobre las tropas Imperiales. En pocos minutos, lo que debía haber sido una retirada disciplinada se convirtió en una descontrolada huida. Eldred, sabiendo que la batalla estaba del todo perdida, se puso al mando de sus Grandes Espaderos y se lanzó al ataque en un desesperado intento por matar directamente al líder Orco.

Resplandeciente con su larga capa de plata y su deslumbrante corona, el último Conde Elector de Solland se enfrentó al aterrador Gorbad Garra'ierro en combate singular. Sin embargo el Orco era tan monstruosamente grande y fuerte que Eldred, pese a estar armado con una espada Colmillo Rúnico, no fue rival para él. El Conde Elector fue brutalmente muerto en apenas unos pocos golpes, tras lo cual Gorbad lo desmembró por completo y colgó sus restos en las picas para trofeos que llevaba cargadas a su espalda. El Caudillo Orco se quedó la Colmillo Rúnico y la corona de Eldred como botín de guerra, motivo por el cual aquella refriega pasó a ser recordada en la historia como la Batalla de la Corona de Solland.

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La invasión de Gorbad acabó por ser derrotada en Asedio de Altdorf, una tiránica batalla durante la cual, no obstante, el Emperador electo Sigismund IV murió en defensa de su reino; y de todos modos, aunque la amenaza de Gorbad Garra'ierro había terminado, Solland estaba completamente destruida y uno de los Colmillos Rúnicos se había perdido. Desde entonces las antiguas tierras de Solland han sido absorbidas por la provincia de Wissenland, y aunque a día de hoy todavía quedan algunos nobles orgullosos que se niegan a reconocer la autoridad del Conde de Wissenland y siguen refiriéndose a la región como "Sudenland", lo cierto es que su estatus como provincia independiente ya no existe.

Durante mucho tiempo se temió que la espada Colmillo Rúnico de Solland se hubiese perdido para siempre. Sin embargo, algunos siglos más tarde, una partida de guerra dirigida por el gran rey Enano Ergrim Martillo de Piedra la encontró en la caverna de una bestia mutante, bajo las Montañas del Fin del Mundo. Ergrim viajó al Imperio y ofreció la Colmillo Rúnico al príncipe de Altdorf, en un gesto que fue recibido con gran alegría y espectaculares celebraciones. No obstante, dado que la provincia de Solland ya no existía y por tanto no había Conde Elector que pudiese empuñar la espada, el Emperador decidió guardada en la cámara del tesoro imperial, a fin de prestársela a los más grandes héroes del Imperio en los momentos de máxima necesidad.

Para saber más: El ¡Waaagh! de Gorbad Garra'ierro

La anarquía continúaEditar

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A pesar de la destrucción causada por el waaagh de Gorbad Garra'ierro, las distintas facciones seguían estando enfrentadas, y tras unos años de corta paz que se aprovecharon para recuperarse de la catástrofe de los pieles verdes, las guerras, tanto externas como internas, volvieron a ser un hecho habitual.

Talabheim consiguió una efímera independencia de Talabecland cuando el Emperador de esta región, Horst el Prudente, se negó a atacar a un ejército invasor en 1750 CI, lo cual provocó una revolución en la ciudad y la coronación de su propio Emperador, Helmut II. Las tribus nórdicas hostigaron continuadamente las costas y saquearon Marienburgo en 1850 CI. Los pueblos de Ostermark se rebelaron contra Talabecland con ayuda de los grandes principados de Ostland y formaron la Liga de Ostermark en el año 1905.

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A medida que el poder de los Condes Electores seguía menguando las ciudades Imperiales se despreocupaban cada vez más de lo que sucedía en el Imperio, para centrarse en sus propios asuntos. Así, aquellas ciudades que no fueron destruidas por la guerra prosperaron bajo la batuta de los Burgomaestres, líderes electos de las clases mercantiles o adineradas. Muchas de las más grandes ciudades empezaron la construcción de fortificaciones y el reclutamiento de sus propios ejércitos, convirtiéndose, a efectos prácticos, en ciudades-estado independientes de las provincias que las rodeaban, tanto en lo militar como en lo económico y lo político.

El hundimiento se completó con la elección de la Gran Condesa Magritta de Marienburgo como Emperatriz en 1979 mediante un “falso consejo" de electores. Nadie ajeno a Wissenland, Stirland y Averland reconoció su soberanía, y el culto de Sigmar se negó a admitirla como tal por lo que Gran Teogonista declaró el cargo vacante (de hecho, no aceptaron a ninguno de los Condes Electores). No tuvo lugar ninguna coronación, y durante una temporada la nación se quedó sin Emperador electo.

La destrucción de MordheimEditar

Antaño, Mordheim era la capital de Ostermark, pero la corrupción y la locura se extendieron por sus calles unos años antes de que se cumpliera el segundo milenio de la coronación de Sigmar. En el último día del año 1999, un cometa de dos colas apareció en el cielo y se fue acercando según avanzaba el día. La gente creía que se produciría el advenimiento de Sigmar que pondría fin aquella época de miseria y conflictos, y se llevaron a cabo numerosas festividades y celebraciones donde abundaba el libertinaje más degenerado.

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En la ciudad se vivía un ambiente de fiesta depravado y corrupto, hasta se dice que los demonios salieron de las sombras dando alaridos de placer y empezaron a retozar con hombres y mujeres por igual. Justo cuando los relojes empezaron a dar las doce, el cometa cayó sobre la ciudad como un martillazo celestial, arrasándola por completo.. Se dice que Sigmar, como queriendo mostrar el descontento de Sigmar ante la burla en que se había convertido su Imperio había juzgado a Mordheim y que había dejado a los pocos supervivientes mutados o agonizantes. Mordheim se había convertido en la Ciudad de los Condenados, en una ciudad de oprobio y miseria, hasta que fuera completamente destruida por Magnus y una fuerza combinada de órdenes de caballería, varios siglos despues

Esto acontecimiento se vio como la señal definitiva de que el sueño de Sigmar había muerto, y que su Imperio había llegado a su fin. Pronto, todas las grandes provincias se hubieron independizado, y estallaron frecuentes guerras entre ellas y entre los cultos que las apoyaban.

Las Guerras de los Condes VampiroEditar

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Mientras se hacía evidente que en la Era de los Tres Emperadores no había una verdadera supremacía, que ninguno de los tres emperadores se alzaría en solitario con el poder, una nueva y terrible amenaza empezó a tomar forma a la sombra de las Montañas del Fin del Mundo. Sylvania, la región con peor nombre del Imperio, un rincón de la frontera este de Stirland que siempre había sido rechazado por todas las gentes de bien, pero su verdadera naturaleza no se hizo patente hasta la llegada del Vampiro Vlad von Carstein. Mediante una hábil combinación de subterfugio, hechicería y sangrientos asesinatos, Vlad arrebató el control de la región a Otto von Drak, el Conde Elector que la gobernaba.

Muchas de las familias nobles de Sylvania se opusieron a la idea de ser gobernadas por un extranjero, pero esas voces disonantes fueron rápidamente silenciadas. Bajo la mano de hierro de Vlad, la región prosperó mucho en poco tiempo, y la maldición del vampirismo se extendió no menos rápido. Durante los siguientes doscientos años el Conde Vampiro gobernó Sylvania amparado en diferentes identidades, a fin de impedir que nadie descubriese su condición inmortal. Los Condes Electores contemplaban con indiferencia esos cambios en la cúpula de poder de Sylvania, demasiado inmersos en sus propias luchas intentas como para preocuparse por lo que sucedía en aquel "insignificante" rincón del país. Hasta que en el año 2010, observando que el Imperio estaba atravesando una de sus épocas de mayor debilidad, Vlad jugó su baza para convertirse en el inmortal Emperador Vampiro.

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A la cabeza del ejército de Sylvania y de una hueste de No Muertos, Vlad asoló las demás regiones de Stirland e invadió Ostermark antes de volver su atención hacia el corazón del Imperio. Durante cuarenta años, los ejércitos de Esqueletos, Necrófagos y cadáveres andantes del Conde Vampiro arrasaron las tierras hasta llegar finalmente ante las puertas de Altdorf, residencia del Príncipe Ludwig, uno de los tres pretendientes al trono de Emperador. El asedio subsiguiente se extendió durante muchos meses, y cuando todo parecía perdido para el Imperio, el Gran Teogonista Wilhelm III se enfrentó a Vlad en un combate desesperado, abrazando al Vampiro y lanzándose con él desde las murallas de la ciudad, de modo que ambos quedaron empalados en las estacas que sobresalían de la base de la muralla.

Con Vlad destruido, sus lugartenientes Vampiros se retiraron y gran parte del ejército de No Muertos empezó a desintegrarse. El Príncipe Ludwig reunió a sus fuerzas con la intención de perseguir a los enemigos que huían, pero sus rivales al trono, temerosos de que aquella victoria le diera más opciones de convertirse en el nuevo Emperador, se unieron contra él para atacarle, lo que permitió a los malvados vampiros de Sylvania escapar, reagruparse y empezar a recuperar fuerzas.

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Años más tarde, el Vampiro Konrad von Carstein emergió como sucesor de Vlad para lanzar una nueva invasión contra el Imperio. Su ferocidad y salvajismo eran tan grandes que los tres aspirantes al trono Imperial se vieron obligados a aliarse contra él. Como su antecesor Konrad, fue derrotado, encontrando el descanso eterno a manos del héroe Enano Grufbad y del humano Helmar (quien más tarde se convertiría en Conde Elector de Marienburgo) durante la Batalla del Páramo Siniestro, en el año 2121.

Mannfred von Carstein, un individuo extremadamente sutil y taimado, es quien de momento ha liderado la última y más peligrosa de todas las invasiones llevadas a cabo por los Condes Vampiro. Dejó que los diversos aspirantes al trono Imperial creyesen que tras la destrucción de Konrad el peligro de los No Muertos había sido erradicado, y esperó pacientemente a que volviesen a atacarse unos a otros. Así, cuando el Imperio volvió a estar inmerso en una nueva y cruenta guerra civil, Mannfred se puso en movimiento.

Mannfred lanzó su ataque cuando el Imperio estaba inmerso en una terrible guerra civil. Sus legiones de muertos andantes marcharon hacia Altdorf sin oposición, derrotando con facilidad a los debilitados ejércitos Imperiales que se habían reclutado de forma precipitada para tratar de hacerles frente.

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La fuerza de Mannfred llegó a Altdorf a finales del invierno y se encontró con una ciudad sin defender. Mannfred saboreó su triunfo hasta que se vio obligada a retirarse cuando el Gran Teogonista Kurt III apareció en los muros de la ciudad y empezó a recitar del Liber Mortis el Gran Hechizo de Desunión, un poderoso encantamiento que provocó que muchos de los esbirros No Muertos de los Vampiros quedaran reducidos a polvo. Mannfred, ordenó una rápida retirada.

Tras un ataque infructuoso contra Marienburgo, el Conde Vampiro fue empujado de vuelta hacia Sylvania. Los nobles Imperiales, dejando a un lado sus diferencias, invadieron la provincia con intención de acabar de una vez y para siempre con la amenaza vampírica. Finalmente, en el año 2145 Mannfred fue acorralado y no le quedó otro remedio que presentar batalla en el Pantano de Hel Fenn. Durante dicha refriega el Príncipe Martín de Stirland le hizo frente en combate singular y logró aniquilarlo. Gracias a tan heroica hazaña el Príncipe Martín pudo reclamar todas las tierras de Sylvania, y así es como acabaron las Guerras de los Condes Vampiro. Sin embargo, el miedo a que esos maléficos seres vuelvan a aparecer algún día ha servido hasta la actualidad para que nadie vuelva adoptar esta siniestra y maldita región.

Aunque ahora forme parte de Stirland, Sylvania es en realidad una provincia abandonada en la que los muertos siguen siendo muy fáciles de despertar de su sueño eterno, y cuyos bosques aún están habitados por toda clase de innombrables horrores.

Tercer Milenio: Renacimiento entre LlamasEditar

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Los albores del siglo XXIV fueron testigos de una grave amenaza al norte. Mientras las grandes provincias padecían guerras y amargas rencillas, las fuerzas oscuras aprovecharon para reclamar la tierra que antaño perteneciera a Sigmar. Al norte, los nórdicos lanzaron numerosas incursiones contra Westerland, Nordland y Ostland. La amenaza constante de los pieles verdes de las montañas pendía continuamente sobre sus habitantes. Y los hombres bestia salían de sus bosques para saquear aldeas y arrasar campos de cultivo. Sin embargo, todos aquellos conflictos no hicieron sino enmascarar la verdadera amenaza.

Los Señores del Caos habían medrado gracias a los sacrificios de sus fieles y los excesos de los años pasados. La mano de las Fuerzas Malignas comenzó a extenderse sobre el mundo una vez más. Se vieron auroras desde muy al sur (hasta desde Nuln), los templos presagiaron una era de grandes peligros, y los exploradores kislevitas informaban de un ejército inmenso y terrible que se estaba reuniendo más allá de la taiga.

La Gran Guerra contra el Caos estaba a punto de comenzar.

Gran Guerra contra el CaosEditar

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Todo y lo sangrienta que había resultado la Era de la Anarquía, la más terrible prueba de fuego para el Imperio estaba aún por llegar. El Reino del Caos es un lugar contaminado por la magia maligna. Es un paisaje de pesadilla, desde el cual toda clase de hordas de sangrientos bandidos, campeones del Caos enfundados en armaduras completas, monstruos mutantes y viles Demonios lanzan sus salvajes ataques contra el resto del mundo. Esta región de tierra devastada se extiende muy lejos al norte del Imperio, pero cuando los Vientos de la Magia soplan con la suficiente fuerza, el Reino del Caos se expande: los Desiertos del Norte son tragados por ejércitos que manan en oleadas, atravesando el Territorio Troll hasta entrar en Kislev y luego en el Imperio. Lo más lejos que el Reino del Caos ha llegado a expandirse en toda la historia del Imperio ha sido durante la Gran Guerra contra el Caos, que se inició en el año 2301.

Desde hacía muchos años, la figura de Asavar Kul había ido ganando predominancia entre las tribus de bárbaros del norte, hasta llegar a ser el más poderoso campeón del Caos de su era. Tras unificar a todas aquellas hordas en un único ejército de pesadilla, Kul marchó con ellas hacia el sur empujado por una creciente marea de energía del Caos. Los Demonios marchaban a su lado sustentados por las constantes oleadas de magia fresca que los bañaban, y las partidas de guerra de los Hombres Bestia le seguían de cerca cruzando los bosques sin oposición.

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En el corazón del Imperio, los hechiceros malignos y los adoradores de los Dioses Oscuros empezaron a emerger de sus cónclaves secretos para atacar a la sociedad humana desde dentro. Con la llegada del crudo invierno, los ejércitos del Caos atacaron, arrasando rápidamente las tierras norteñas de Kislev. Se reclutó un ejército de Kislev y Ostland a toda prisa para hacer frente a Kul y sus impíos aliados, pero resultó aplastado por completo al norte de la ciudad de Praag. Pese a la fiera resistencia presentada, el último contingente de Imperiales y Kislevitas acabó siendo masacrado en los puentes del río Lynsk.

En el 2302 los ejércitos del Caos victoriosos cruzaron el Lynsk y entraron en Kislev, asediaron Erengrado y Praag y marcharon sobre la ciudad de Kislev. Una flota del Caos navegó por el Mar de las Garras, arrasando la costa y hundiendo todo barco con que se encontraba. El zar envió mensajes solicitando ayuda a las cortes de los Electores, pero la respuesta fue confusa y rayaba en el pánico. No se había escogido a ningún líder, pues ninguno confiaba en los demás lo suficiente para cederle el poder. Los sumos sacerdotes de Sigmar y Ulric discutían entre sí para ver quién debía asumir el control total, mientras que la mayor parte de la nobleza se negaba a ayudar por miedo a que sus vecinos atacasen sus tierras en su ausencia. Algunos incluso llegaron a Creer que era una causa perdida y comenzaron a adorar abiertamente a los dioses oscuros con la esperanza de apelar a su misericordia una vez derrotado el Imperio. Al parecer nada podía detener el devastador avance de Kul.

El asedio de PraagEditar

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El asedio de Praag duró hasta finales del año 2302. Hasta ese momento, los bravos defensores de la ciudad habían logrado rechazar a sus atacantes una y otra vez, demostrando una heroicidad desesperada y un valor inquebrantable. Sin embargo, con la llegada del invierno y el final del año, Praag cayó finalmente y las hordas del Caos cruzaron sus murallas y se abrieron paso libremente por sus calles.

La energía del Caos en estado puro engulló la ciudad cambiándola para siempre: los cuerpos de los supervivientes quedaron fusionados con el suelo, las casas y las murallas en abominables formas inhumanas, hasta el punto de que se hacía imposible diferenciar dónde empezaba la carne y terminaba la piedra. Caras horriblemente distorsionadas surgían de los muros, deformes extremidades crecían desde el pavimento, y las columnas de piedra proferían agonizantes lamentos surgidos de unos labios que antaño fueran humanos. Praag se había transformado en una pesadilla viviente y en una amarga advertencia del sufrimiento que esperaba a toda la humanidad si los guerreros de los Dioses Oscuros se alzaban victoriosos.

Magnus el PiadosoEditar

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Los remanentes del derrotado ejército Kislevita huyeron hacia el sur, haciendo correr la voz sobre su derrota. Pero en medio del horror y la angustia de aquellos tiempos convulsos, mientras el Imperio se preparaba para una invasión a gran escala, apareció un nuevo líder: un noble de Nuln llamado Magnus von Bildhofen, quien más tarde pasaría a ser conocido como Magnus el Piadoso, debido a su inquebrantable devoción por el Culto de Sigmar y por qué todavía creía en el sueño de un Imperio unido lo bastante fuerte como para vencer a los ejércitos del Caos. Magnus era un orador magnífico, cuyos inspirados discursos generaron una gran cantidad de seguidores entre los habitantes comunes y corrientes del Imperio.

Magnus marchó hacia el Norte de ciudad en ciudad, hablando a la gente en las plazas de los mercados, y enardeciendo sus corazones de tal manera que no tardó en verse acompañado por un ejército como hacía siglos que no se veía. Pero el odio y la desconfianza de mil años de guerra eran imposibles de ignorar, y muchos se negaron a escucharle, especialmente los resentidos cultos. Sin embargo, pese a que ellos condenaron a Magnus, sus dioses le apoyaron.

En Altdorf, el Gran Teogonista le acusó de herejía; pero cuando los Templarios de Sigmar le hubieron atado a una estaca para quemarlo en la hoguera, resultó imposible prender las llamas, ni siquiera empapándolas en aceite. En 2302 llegó a Middenheim, donde el culto de Ulric ridiculizó al predicador y el Al-Ulric lo acusó de fraude; como respuesta, Magnus caminó a través de la Llama Eterna, demostrando que gozaba del favor del Dios de la guerra. Cuando Magnus llegó a Talabheim, los taalitas le ordenaron que se marchase, pero desde el bosque de Taalgrunhaar tronaron los aullidos de los lobos, un rey de los ciervos que lucía la marca de un martillo blanco en su pelaje apareció en el templo de Taal. Cuando Magnus habló en Marienburgo y los manannitas se burlaron de su guerra extranjera, el mar bulló; se dice que el mismísimo Tritón nadó por entre las islas. Dondequiera que fuese, el infatigable Magnus pronunciaba discursos sobre la guerra, sobre la amenaza que se cernía sobre ellos, sobre la necesidad de ayudar a Kislev antes de que fuera demasiado tarde, y los dioses respondieron.

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Los Condes Electores y los Burgomaestres eran políticos sagaces y supieron ver en Magnus a un líder poderoso, que les podía hacer ganar mucho prestigio y control político si le daban su apoyo. Al poco tiempo las tropas de los Condes Electores y las órdenes de caballería del Imperio se unieron a la milicia ciudadana de Magnus, de modo que para cuando marchó hacia el norte, se habían convertido en el ejército Imperial más grande jamás reunido, mayor incluso del que reuniera Sigmar hace siglos. Tal era su tamaño que Magnus se vio obligado a dividirlo en dos fuerzas, pues ningún territorio era capaz de suministrar suficiente bebida y comida para abastecer a todas aquellas tropas juntas.

El primero de los ejércitos, formado en su mayor parte por lanceros kislevitas sedientos de venganza y caballeros hambrientos de gloria, cabalgó a toda velocidad hacia Praag con la intención de deponer el asedio. Sin embargo llegaron demasiado tarde, cuando la ciudad ya había quedado convertida en un lugar de pesadilla. Reuniendo de nuevo todo su coraje, se dirigieron al sur a toda velocidad para descargar su ira contra la retaguardia de la horda del Caos.

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El segundo ejército, liderado por el mismo Magnus, marchó hacia la ciudad de Kislev con la esperanza de poder obtener víveres en la capital antes de seguir adelante. Mientras las tropas viajaban al norte, se les unió un inesperado aliado: Teclis, el más sabio de todos los magos Altos Elfos, que había oído hablar de la lucha de los Hombres contra el enemigo común y había decidido poner su increíble magia a disposición de Magnus.

Cuando llegó a Kislev, Magnus descubrió que la ciudad ya estaba bajo el cruel asedio del siniestro ejército de Asavar Kul, y que los únicos defensores que se les oponían eran unos pocos Kislevitas y un contingente de Enanos de Karaz-a-Karak. Enormes monstruos alados y espantosos Demonios asolaban las almenas de forma constante, mientras que bestias cornudas gigantes asaltaban los portones y las murallas acompañados por hordas de guerreros enfundados en pesadas armaduras. Los defensores no aguantarían mucho más, y Magnus sabía que si la ciudad caía el Imperio sería sin duda la siguiente víctima.

Marchando junto a los soldados comunes, Magnus ordenó de inmediato que sus guerreras alzaran los estandartes y cargaran. El ejército del Caos, concentrado como estaba en los defensores que seguían atrapados tras las murallas, fue tomado por sorpresa por el inesperado ataque y se dispersó. Los regimientos de tropas estatales abrieron una importante brecha en la hueste del Caos, apoyados por las andanadas de sus Ballesteros y Arcabuceros. La artillería de Nuln, que se contaba entre las primeras unidades que se habían unido al estandarte del grifo de Magnus, fue desplegada en posiciones elevadas desde las que tener visión clara de todo el campo de batalla, y una vez allí empezaron a causar verdaderas estragos en las fueras del Caos.

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Los regimientos de Guerreros del Caos, Caballeros del Caos y Ogros Dragón resultaron hechos añicos por el intenso fuego de los cañones. La batalla iba bien para Magnus, y la victoria parecía segura, pero Asavar Kul era un gran líder y reorganizó a sus tropas para el contraataque. En poco tiempo, la superioridad numérica de la fuerza del Caos empezó a imponerse, y los hombres de Magnus se vieron gradualmente empujados hasta formar un círculo defensivo. Los terroríficos Demonios aniquilaban a regimientos enteros usando sus afiladas garras y sus poderosas espadas mágicas, mientras que los hechiceros malignos liberaban potentes y ancestrales conjuros.

Teclis, acompañado por un puñado de hechiceros humanos a los que había entrenado recientemente, hizo frente a los hechiceros del Caos en una serie de enfrentamientos mágicos que hicieron arder los cielos con crepitantes y letales energías. Los Enanos en el interior de Kislev trataron de romper el cerco para ayudar a Magnus, pero fueron contenidos y obligados a replegarse de vuelta tras los muros de la ciudad. El ejército de Magnus estaba rodeado y el destino del Viejo Mundo parecía estar sellado.

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Justo cuando los guerreros de Kul realizaban el ataque definitivo contra las Fuerzas de Magnus, los lanceros kislevitas y las órdenes de Caballeros Imperiales recién llegadas de Praag aparecieron tras un montículo (que desde entonces pasaría a ser conocido como "Colina de los Héroes"), y se lanzaron contra el enemigo instigados por el odio que albergaban en sus corazones. Los Enanos y los demás defensores cargaron una vez más desde la ciudad, y Magnus aprovechó aquella desesperada oportunidad para liderar a los hombres del Imperio en un último esfuerzo por alcanzar la gloria. Las perplejas hordas del Caos no pudieran resistir el súbito empuje de los tres ejércitos combinados y desfallecieron, huyendo en estampida en todas direcciones ante aquel inesperado giro de los acontecimientos. Los Kislevitas enloquecieron de furia al contemplar la destrucción que había sufrido Praag, y con la ayuda de sus igualmente iracundos aliados masacraron por completo a lo que quedaba de la hueste de Asurar Kul.

La magia de Teclis y sus aprendices humanos inmoló a regimientos enteros de Engendros del Caos así como a docenas de Quimeras y Mantícoras. El ejército del Caos quedó defenestrado: decenas de miles de sus guerreros perdieron la vida mientras trataban de escapar, y a medida que sus brujas y hechiceros eran ajusticiados sin compasión, la terrible energía mágica que había mantenido a los Demonios en el mundo real se disipó haciendo que dichas criaturas explotaran en densas nubes de sangre y de moscas. El Viejo Mundo se había salvado, y el Reino del Caos se encogía de nuevo hacia el helado norte.

El Imperio resisteEditar

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Al comprobar lo cerca que habían estado de la perdición y la popularidad de Magnus con las masas, los a altos mandos del Imperio comprendieron que el reino necesitaba un emperador, y uno que gobernase con fuerza. Al llegar a Wolfenburgo en 2304, el Concilio Electoral se reunió y proclamó formalmente Emperador a Magnus de Nuln. No todos los nobles estuvieron conformes, pero los Condes Electores no hubiesen podido votar por otro candidato ni aunque hubiesen querido: los habitantes del Imperio demandaban a Magnus, y no les podía ser negado. Magnus era el salvador del Imperio, y no eran pocas las voces que lo calificaban con el elegido de Sigmar, incluso como la propia reencarnación del mismo, por lo que habrían sido linchados de haber rechazado a Magnus.

Magnus el Piadoso demostró ser un Emperador extremadamente capaz, y de inmediato se implicó en la tarea de restaurar el orden en las provincias del Imperio. Los siervos del Caos fueron perseguidos hasta sus guaridas de los bosques y eliminados, y muchas tierras que llevaban largo tiempo abandonadas volvieron a colonizarse. Redistribuyó cuidadosamente los territorios de las grandes provincias, restaurando los doce cargos de Conde Elector que ya crease Sigmar en el pasado y empezó a establecer estrechas relaciones diplomáticas con todas las naciones circundantes, pese a ser enemigos históricos.

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Magnus sabía que si el Imperio quería sobrevivir, necesitaría la ayuda de sus aliados, por lo que una de las primeras decisiones que tomó fue pedir a Teclis que creara para el Imperio una institución en la que los aspirantes a hechiceros pudieran recibir el entrenamiento que necesitaban. Aunque muchos Elfos manifestaron que los secretos de la magia no estaban hechos para el Hombre, Teclis se daba cuenta de que la seguridad del mundo entero descansaba sobre las espaldas del Imperio, por lo que se avino a la petición de Magnus. Así fue como se establecieron los Colegios de Magia en la ciudad de Altdorf. Magnus también reconocía la valiosa aportación de los maestros artilleros de Nuln y los ingenieros de Altdorf en defensa de la nación. Por ello les dio categoría oficial, de modo que a partir de entonces ambas instituciones pudieron llevar orgullosamente el adjetivo "Imperial" en su nombre y se convirtieron en parte integral de los ejércitos del Imperio en los difíciles años que estaban por venir. Había comenzado una nueva era de vigor intelectual e investigaciones.

También reconoció el voluble equilibrio de poder entre la ciudad y el país, por lo que concedió a Nuln la categoría de ciudad-estado al tiempo que ratificaba la reintegración de Middenland y Middenheim bajo el gobierno de los grafs Todbringer de Middenbeim. Sus primos lejanos, los von Bildhofen de Middenland, habían muerto durante la guerra, pero Magnus no tenía intención de reclamar la provincia para él, y denegó a su hermano el derecho a hacerlo. En su lugar, su voto electoral se mantuvo en suspenso. También accedió a la reunificación formal de Talabheim y Talabecland, que a todos los efectos prácticos ya había tenido lugar siglos atrás.

También los conflictos entre los distintos cultos se vieron afectados por sus numerosas reformas. En concreto, dos de sus muchos decretos afectaban directamente a los cultos.

En memoria del inquebrantable apoyo que el culto de Sigmar prestó a los Condes Electores, Magnus le concedió tres votos en el nuevo Concilio Electoral para designar al próximo Emperador. En reconocimiento a la posición única del culto de Ulric en la historia del Imperio, les otorgó un voto. Se cree que también ofreció un puesto electoral al culto de Taal y Rhya, pero éste se negó a aceptarlo por razones desconocidas; sin embargo, es imposible confirmar la veracidad de esta afirmación. La división de votos logró enfurecer a la mayoría de los cultos y Electores por diversos motivos, pero Magnus ignoró sus quejas, pues tenía grandes planes en mente.

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Sabedor de que los cultos habían sido una de las razones fundamentales de la ruptura original del anterior Imperio. Magnus formó un consejo al que todos los cultos importantes del Imperio estaban obligados a asistir por decreto imperial. El Gran Cónclave (nombre que dio Magnus a este consejo) tendría lugar cada cinco años en la capital imperial, y estaría presidido por el mismísimo Emperador, quien se aseguraría de solventar cualquier problema que surgiese. Los cultos que eligió para participar en este consejo fueron motivo de controversia. Aparte de los evidentes cinco cultos de los dioses primordiales y de los populares cultos de Sigmar, Shallya y Verena, también admitió a los de Ranald y Mynnidia. Éste último fue claramente incluido porque los Caballeros del Sol Llameante fue la primera orden de caballería que respondió a su llamada a las armas; aunque la creencia general es que los admitió debido a la influencia generalizada del culto en Tilea y Estalia, que Magnus esperaba reconocer u supervisar.

Magnus murió mientras dormía en 2369. Magnus reino durante sesenta y cinco años, y muchos consideran este periodo el más feliz del Imperio desde el reinado del mismísimo Sigmar. Por toda la nación reinaba una paz generalizada, y la ramificación trajo consigo un aumento del comercio y la prosperidad. Por su gran obra, devoción al Imperio y a Sigmar, un cónclave de Electores votó a favor de concederle el título de "el Piadoso" y declaró la fecha de su nacimiento como festividad de acción de gracias en todo el Imperio.

InterludioEditar

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Sin embargo, el Imperio no podía evitar para siempre sus tendencias separatistas. Los Electores rechazaron a Gunther, el hermano de Magnus, como sucesor, en su lugar escogieron a Leopold Unfähiger, Conde Elector y Gran Conde de Stirland. Como ya ocurriese antes con el sistema electoral, la necesidad de negociar hizo que los candidatos que triunfaron cedieran poder y privilegios a los Electores, debilitando gradualmente el cargo de Emperador otra vez.

Este problema empujó a los emperadores Unfähiger a buscar otras fuentes de ingresos para aumentar su influencia frente a los demás Electores. No obstante, el Emperador Dieter IV fue demasiado lejos cuando supuestamente acepto cuantiosos sobornos de los burgomaestres de Marienburgo a cambio de reconocer la independencia de la ciudad. El escándalo provocado por la secesión de una provincia con el consentimiento imperial fue tan sorprendente que los Electores tuvieron que celebrar una reunión de emergencia en el Volkshalle en Altdorf.

Allí, en 2429, los Electores destituyeron a Dieter y coronaron en su lugar al Gran Príncipe Wilhelm de Reikland, antepasado del Emperador actual. Para evitar la guerra civil tras la derrota de un ejército imperial a las afueras de Marienburgo, el nuevo Emperador Wilhelm III reconoció la independencia de las Tierras Desoladas y convirtió a Dieter en Gran Duque y Conde Elector de Talabecland, de la cual separó Talabheim como ya hiciera con Nuln.

Puede que fuera el miedo a lo que casi les había costado la desunión durante la Incursión del Caos, pero los Electores imperiales, la nobleza subordinada y los sacerdotes de los cultos hicieron un esfuerzo colectivo para evitar que estallasen nuevos conflictos. Otra cosa distinta eran las conspiraciones y maniobras clandestinas.

La Era de Karl FranzEditar

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Desde su fundación, el Imperio ha conocido a muchos Emperadores diferentes, algunos sabios y justos, otros corruptos o locos. El actual Emperador es Karl Franz, Príncipe de Altdorf y Conde Elector de Reikland, quien subió al trono en 2502 CI, siendo aún un hombre joven y vigoroso. Durante sus primeros años, el Imperio vivía una época de paz y estabilidad relativas. Sin embargo, el nuevo emperador era consciente de que esta situación no duraría y de que tendria que poner en práctica sus habilidades como comandante y estadista para proteger el Imperio y a sus gentes. Bajo su mandato, el Imperio ha sido forjado hasta convertirse en una maquinaria de guerra bien coordinada y disciplinada

En su gobierno desde Altdorf ha mostrado más destreza y carácter que sus predecesores inmediatos y ha mantenido la promesa de un liderazgo fuerte para el Imperio. Los Electores se vieron obligados a aceptar sus órdenes sin rechistar, y el Emperador se ha aprovechado hábilmente de los enfrentamientos mutuos entre los cultos de Sigmar y Ulric en sus internos por ganarse su favor. Expertos y eruditos afirman que Karl Franz es capaz de preservar el orden obligando a cada facción a hacer tratos "mutuamente inadmisibles en todos los aspectos". Gracias a su excelente comprensión de las influencias, muchas de las victorias del Imperio se han obtenido al conceder a cada persona no lo que querían, sino lo que no querían que tuviese nadie más. Empleando tales tácticas logró convencer a los gremios de Altdorf de que firmasen la infame ley “contra el hedor" de 2506, por la cual se comprometieron a pagar grandes multas y cuotas, no porque creyesen en una Altdorf más limpia, sino porque pensaban que tales costes destruirían a los gremios rivales.

El EstadistaEditar

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Karl Franz es un poderoso y carismático líder, reconocido en todo el Viejo Mundo y más allá como un brillante hombre de estado, y es cierto que la actual estabilidad y fuerza del Imperio debe mucho a su habilidad para negociar y abrirse paso por entre las enmarañadas telarañas políticas que mantienen unida a su nación.

En su momento Karl Franz convenció a los notablemente testarudos Grandes Maestres de las órdenes de Caballería para que le ayudasen, apelando a su orgullo guerrero y su sentido del honor con la labia de un diplomático nato. Así pues, caballeros de incontables hermandades guerreras han sido vistos marchando junto a los estandartes de los ejércitos Imperiales en un número que no se recordaba desde los tiempos de las Cruzadas. De modo similar, gobernantes provinciales que solo unos años antes de la llegada de Karl Franz habían estado en guerra con sus vecinos, ahora se mantienen unidos hombro con hombro bajo la bandera del Emperador. Siguiendo el consejo del Emperador, todos ellos han dejado de lado sus diferencias (al menos temporalmente) y se han centrado en combinar sus fuerzas para repeler a las hordas de Orcos, Hombres Bestia y No Muertos que podrían hacer añicos el Imperio.

No obstante, la frágil alianza entre las distintas facciones y estados del Imperio se mantiene con alfileres. A Karl Franz no le faltan rivales políticos convencidos de que sacarían mucho beneficio si se le desalojara del trono. Estos rivales van desde cargos oficiales de las ciudades hasta un amplio abanico de señores feudales, fanáticos líderes religiosos o maestros gremiales descontentos, todos ávidos de alcanzar más poder y mejor posición en la corte. Así, Karl Franz se encuentra situado en medio de una auténtica red de mentiras, en la que cada líder ha desarrollado sus rivalidades, envidias y ambiciones secretas.

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El Imperio seguía floreciendo bajo el mando de Karl Franz, aunque siempre había peligros a los que enfrentarse y enemigos que combatir. Cuando empezaron las hostilidades entre Graf Alberich Haupt-Anderssen de Stirland y Helmut Feuerbaeh de Talabecland, enemigos ancestrales desde la Era de los Tres Emperadores, los demás condes electores se mantuvieron a la expectativa, deseosos de saber de parte de quién se pondría Karl Franz. El emperador viajó a Talabheim con la intención de negociar un tratado de paz entre ambas provincias.

Aunque la habilidad diplomática del Emperador era muy grande, se tuvo que esforzar al máximo para resolver esta disputa, tanto que estuvo a punto de perder la paciencia. Al final, ambos condes electores se plegaron a las peticiones y a la sabiduría de Karl Franz y lo que podía haber sido una cruenta guerra civil terminó antes de empezar siquiera. Karl Franz ha resuelto muchos otros conflictos gracias a la diplomacia, aunque muchos dicen que el hecho de que el adusto Ludwig Schwarzhelm le acompañe a las negociaciones tiene mucho que ver. La presencia del Paladín del Emperador con la Espada de la Justicia en el cinto suele ser suficiente para que los condes electores dejen a un lado sus diferencias.

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En otra ocasión memorable, las ambiciones territoriales mostradas por el agresivo conde de Nordland sobre la provincia vecina de Hochland fueron aplacadas por el Patriarca. Supremo de los Colegios de la Magia, Baltasar Gelt. A petición de Karl Franz, Gelt viajó al Castillo Salaenmund, lugar de residencia de Theoderic Gausser, conde elector de Nordland. Aunque estaba allí en calidad de embajador del emperador, Gelt transmutó todo el oro que el conde tenía preparado para pagar a sus ejércitos y a los mercenarios en lingotes de plomo sin que nadie se diera cuenta. Los mercenarios se negaron a combatir sin paga y la amenaza de la guerra civil se diluyó. En cuanto entendio lo que había pasado, el conde elector desenvainó su Colmillo Rúnico con la intención de cortarle la cabeza a Gelt, pero este, sabiamente, había abandonado Nordland a lomos de su Pegaso.

Es un mundo complejo y despiadado, por el cual solo los más astutos estadistas pueden moverse con total inmunidad. Aunque el Emperador es la fuente definitiva de poder y patronazgo, su copa siempre está a un paso de ser envenenada. Si Karl Franz cayese, los frágiles lazos que mantienen unido al Imperio se desharían de inmediato; y sin esa unidad, no aguantaría por mucho tiempo frente a sus innumerables enemigos.

El generalEditar

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La mente militar del Emperador es tan o más aguda que su mente política, como demuestra el hecho de que una de sus primeras órdenes en cuanto accedió al trono fuese reforzar todas las fronteras del Imperio. Él, en persona, marchó a la cabeza de diversos ejércitos que aniquilaron a las tribus de Hombres Bestia y humanos adoradores del Caos que campaban libremente en el mismísimo corazón de su reino. Karl Franz ha llevado a su pueblo a la gloria de la victoria en numerosos campos de batalla, y ha demostrado (en ocasiones mediante su propia sangre y sus propias cicatrices), que su valor y dedicación a la salvaguarda del Imperio están más allá de cualquier reproche.

Al poco tiempo de estar en el poder, el Emperador decretó que las tropas estatales recibieran mejor paga y un entrenamiento más riguroso que nunca. Desde entonces, tras cada uno de los inspirados discursos de Karl Franz las barracas de la infantería se llenan con nuevos reclutas. Sin embargo, el Emperador también se dio cuenta de que las batallas no se ganan solo con acero, y por ello bajo su mandato las instituciones militares del Imperio han florecido como jamás lo habían hecho antes. Los Colegios de Magia han revelado al mundo sus más destructivos hechizos, el Colegio de Ingenieros Imperiales ha diseñado sus más poderosas armas hasta la fecha, y el Colegio de Artillería Imperial trabaja día y noche para abastecer a los ejércitos de la nación con toda la munición que necesitan.

Con el paso de los años, el poder y la influencia del Imperio siguieron aumentando gracias a que el Emperador se embarcó en diversas obras para mejorar el bienestar de su gente. Además, el emperador enviaba a Kurt Helborg, Gran Maestre de la Reiksguard, al mando de sus ejércitos contra todos sus enemigos: el jefe ogro tripasduras Breaskus, los Orcos de las Torres Enfermas y una supuesta invasión skaven en las Colinas Aullantes (lugar en el que Mandred obtuvo una brillante victoria contra estos seres).

El Defensor del ReinoEditar

Karl Franz no es un hombre que ordene a los demás hacer aquello que no está dispuesto a hacer el mismo, y durante su mandato ha llevado esta filosofía hasta el campo de batalla en no pocas ocasiones. Sus muestras de heroísmo y habilidad marcial han ayudado aún más a cimentar su fama como uno de los más grandes Emperadores de la historia.

La amenaza del norteEditar

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La primera gran batalla de Karl Franz llegó el mismo año de su ascenso al trono. Con la intención de enviar a todas las naciones vecinas un mensaje que dejara claro que el Imperio era una gran potencia militar que nadie se podía tomar a la ligera, Karl Franz decidió llevar a cabo una demostración de fuerza que ratificara su posición.

Desde la Gran Guerra contra el Caos, el número de Hombres Bestia y seguidores del Caos había estado aumentando de nuevo a un ritmo alarmante. Los consejeros de Karl Franz le dijeron que en el lejano norte los Vientos de la Magia volvían a soplar con fuerza, y que los Bárbaros volverían a atacar el sur con gran fuerza, siguiendo la expansión del Reino del Caos. Podían tardar años, e incluso décadas, pero volverían. Los incursores Norse, que eran cada vez más audaces, se habían cebado de forma sangrienta en las gentes que habitaban la costa del Mar de las Garras, arrasando aldeas enteras para matar a sus hombres y llevarse su ganado y sus mujeres. En respuesta, la primera acción de Karl Franz fue marchar hada el norte a la cabeza de una poderosa hueste con la que reforzar al ejército de Theoderic Gausser, Conde Elector de Nordland. Las tropas de Gausser no tenían modo de saber dónde darían su siguiente golpe los Norse, con lo que nunca eran capaces de actuar a tiempo para defender a su gente. Sin embargo, el Emperador trajo consigo algunos de los más poderosos hechiceros del Colegio Celestial, cuya miembros tienen la capacidad de ver el finura observando los cielos.

La vez siguiente que los incursores Norse atacaron, fueron recibidos con intensas descargas de los Arcabuceros y Ballesteros desplegados de forma oculta, y sus naves acabaron hundidas por el certero fuego de los cañones, las Baterías de Cohetes y las poderosas tormentas invocadas por los arcanos altares de guerra del Colegio Celestial. Centenares de Norses murieron sin siquiera llegar a presentar batalla, pues sus cotas de malla los arrastraron al fondo del mar, y aquellos que sobrevivieron para alcanzar la playa se encontraron con disciplinadas filas de espaderos, lanceros y alabarderos. Los Norses fueron aniquilados sin ningún cuartel, y el propio Emperador lideró la carga definitiva contra el último de sus muros de escudos que quedaban en pie.

La batalla de los Bosques del Pino SangrientoEditar

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En el año 2157, el Emperador marchó de nuevo a la batalla, en un episodio que rápidamente degeneró en uno de los más peligrosos encuentros de su vida. El Bosque de Reikwald está infestado de incontables criaturas malignas, y los asaltos de Goblins son solo una de las numerosas amenazas que asolan de manera constante los asentamientos del Imperio en esa zona. En aquella ocasión, el Chamán Goblin Raknik, autoproclamado "Rey Araña", había reunido una horda de pieles verdes y estaba abriéndose camino a sangre y fuego a través de Reikland. Karl Franz sabía que debía erradicar del Reikwald a la tribu de los Garrarañas de Raknik cuanto antes mejor, pues si no era capaz de defender su propia provincia natal, su aptitud para defender el Imperio en conjunto podía ser puesta en cuestión. Así fila que Karl Franz lideró a un ejército dispuesto a acabar con dicha amenaza de una vez por todas.

Vastas columnas de tropas estatales marcharon por la Gran Carretera del Reik, avanzando al retumbante paso de los tambores, junto a los Grandes Espaderos de Carroburgo y más de la mitad de los efectivos de la Reiksguard, sus bruñidas armaduras brillando como espejos. En vanguardia marchaban el Mariscal del Reik y el propio Emperador Karl Franz montado sobre Garra de Muerte, su feroz Grifo Imperial.

La guarida de la tribu de los Garrarañas se encontraba en una región del Bosque de Reikwald conocida como los Bosques del Pino Sangriento. A medida que el ejército Imperial se acercaba a sus límites, la vegetación se hacía más y más densa, oscura y amenazante. Todo estaba lleno de telarañas, y los soldados podían ver aquí y allá cadáveres colgando de los árboles cubiertos en gruesos capullos de tela, mientras su sangre goteaba formando charcos en el sudo boscoso.

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Reticente a enviar ciegamente a sus tropas al corazón de los dominios Goblins, Karl Franz ordenó en vez de eso que sus unidades de infantería se situaran en una larga línea, paralela a la carretera y encarada hacia el lindero de los Bosques del Pino Sangriento, y que mantuvieran dicha posición a cualquier coste Las tropas de a pie recibirían la peor parte del ataque, pero el Emperador necesitaba que ganasen el tiempo suficiente para que Kurt Helborg y su Reiksguard se desplegasen.

Tras haber dado estas órdenes, Karl Franz espoleó a Garra de Muerte y se elevó con él por los aires hasta perderse tras la línea de árboles hacia el este. Apenas los hombres de Reikland habían ocupado sus posiciones, una gran horda de Goblins y Orcos Salvajes emergió del maligno bosque. En un principio, la disciplina de las tropas Imperiales demostró estar a la altura de las circunstancias, pero los pieles verdes siguieron manando en constantes oleadas. La ferocidad de sus asaltos era tal, que el flanco este se hubiera desintegrado de no ser por el heroico desempeño de los Grandes Espaderos de Carroburgo y los gritos de ánimo de los capitanes del Reik. Sin embargo, a medida que más y más pieles verdes se unían a la refriega, parecía claro que ni el mayor de los corajes serviría para que la infantería Imperial prevaleciera.

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Justo cuando todo parecía perdido, la Reiksguard lanzó por fin su contraataque. Los corazones de los hombres se elevaron, mientras que los de los pieles verdes se llenaban de pánico a medida que centenares de caballeros enfundadas en pesadas armaduras aparecían por la cresta de la loma y se lanzaban en tropel hacia la línea de batalla, con Kurt Helborg a la cabeza. El miedo del enemigo creció hasta convenirse en terror puro cuando la carga de la Reiksguard empezó a atravesar sus filas como un cuchillo caliente cortando mantequilla.

El Mariscal del Reik ordenó a sus hombres que iniciaran una persecución en toda regla, haciendo retroceder a los pieles verdes de vuelta al bosque y llevándolos directamente hacia la trampa tendida por Karl Franz. De pronto, la horda de Orcos y Goblins se detuvo presa del pánico y la confusión cuando el bosque a su alrededor pareció estallar en una avalancha de garras y espolones. En secreto, Karl Franz había dispuesto a una fuerza de Caballeros en Semigrifo para cortar la retirada enemiga. Así, atrapados entre la caballería monstruosa de Karl Franz en su frente y la Reiksguard en su espalda, los pieles verdes fueron masacrados.

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Hubo gran regocijo entre los soldados de Reikland, pero dicha alegría duró bien poco, pues una poderosa descarga de magia verde cruzó la línea de los árboles y golpeó de lleno al Emperador, derribándole de su montura. En un instante, vítores se tornaron gritos de miedo cuando Raknik salió de la oscuridad a lomos de una terrible araña grande como una casa. Varias bestias similares aparecieron tras ella, y por entre sus patas correteaban aún más arañas, estas últimas del tamaño de caballos de guerra.

La quitinosa marea de Goblins jinetes de araña descendió sobre los aterrorizados humanos, arrollándolos. Muchos soldados de a pie cayeron víctima de las flechas de pluma negra de los pieles verdes, mientras que los caballeros de la Reiksguard eran diezmados a base de descargas de magia o derribados de sus caballos por los hambrientos Trolls que avanzaban tras las arañas gigantes.

Garra de Muerte chilló con rabia y cayó sobre la primera oleada de Goblins que se acercó a donde estaba el Emperador caído, despedazándola con sus espolones. Karl Franz se despertó por los bestiales gritos del Grifo, notando el acre sabor de la sangre en sus labios. De no ser por la armadura encantada que vestía, el hechizo del Chamán le hubiera fulminado allí mismo. Sobreponiéndose al dolor, el Emperador volvió a subirse a su fiel montura, y se lanzó en pos de Raknik y el colosal arácnido que lo transportaba. Garraa de Muerte no necesitó más que una única descarga de sus poderosas garras para acabar con el Chamán enemigo, mientras que Karl Franz saltaba de la silla hasta el grupo de Goblins situados en el castillo de la gigantesca araña. El Emperador luchó con la furia de un dios guerrero, mandando los destrozados cuerpos de sus oponentes por los aires en todas direcciones, para acabar aplastando el craneo de la gran araña con un titánico golpe de Ghal-Maraz. Todos quienes tuvieron ocasión de contemplar aquel momento, aseguraron más tarde que había sido una heroicidad digna del propio Sigmar.

Kurt Helborg hizo correr la voz sobre la recuperación de Karl Franz tan rápido como pudo, y los soldados de Reikland sacaron fuerzas de flaqueza una vez más. Al ver con sus propios ojos al Emperador de pie y en actitud triunfante, recuperaron toda la moral perdida y redoblaron sus esfuerzos. Con el Rey Araña muerto, los pieles verdes huyeron rápidamente en todas direcciones. Aunque aún haría falta un mes entero para eliminar del bosque a los últimos reductos de Goblins supervivientes, podía decirse a ciencia cierta que la tribu de los Garrarañas había dejado de existir.

La Tercera Batalla del Paso del Fuego NegroEditar

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En 2519, Karl Franz marchó a la guerra a petición de Marius Leitdorf, conde elector de Averland. Los exploradores enanos habían avistado una masiva horda de pieles verdes avanzando hacia el Oeste por las Montañas del Fin del Mundo y todos sabían que el pobre y mal entrenado ejército de Averland no podría resistir su embestida. Karl Franz, secundado por el poder de la Reiksguard, acabó con la marea de Orcos, tras lo que construyó fortalezas en las fronteras de Averland para que sus gentes pudieran proteger los lindes del Imperio.

Marius Leitdorf, el Loco Señor de Averland, llevaba tiempo causándole graves problemas a Karl Franz. Durante años había estado retando a los demás condes, iniciando absurdas campañas militares contra enemigos imaginarios, y en general trastornando a sus vecinos. Tras la despiadada pacificación que Leitdorf llevó a cabo de la famosa Rebelión Halfling del año 2502, Karl Franz le envió a su adusto campeón, Ludwig Schwarzhelm, para hacerle entrar en razón.

Las órdenes del impávido Schwarzhelm eran simples: asegurarse de que el notablemente impredecible comportamiento de Leitdorf no siguiera poniendo en peligro al Imperio. Gracias a esta nada sutil "tutela" de Karl Franz a través de Schwarzhelm, Marius Leitdorf nombró un nuevo gabinete de consejeros que mediaran en sus decisiones y ayudaran a atenuar sus excesos. Con el tiempo, el Emperador fue desarrollando una especial querencia por el excéntrico Conde Elector.

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El Emperador Karl Franz contra el Kaudillo Vorgaz IronJaw

En el año 2520, cuando ya había logrado volver a ser considerado como uno de aliados de confianza del Imperio, Leitdorf hizo llegar a Karl Franz la noticia de que una masiva horda de pieles verdes estaba avanzando por el! Paso del Fuego Negro, y de que a buen seguro el ejército estatal de Averland no sería capaz de pararle los pies por sí solo. Karl Franz respondió con el poder militar combinado de Reikland y Altdorf, incluyendo un trío de Tanques de Vapor. Con tales fuerzas a su disposición, en Emperador reforzó el debilitado ejército de Leitdorf y puso freno a la invasión de los Orcos. Durante la carga principal contra ellos, el Emperador vio la muerte de Marius Leitdorf a manos del Kaudillo Orco, Vorgaz Kijadalerro. El Emperador se apenó de verdad y, clamando venganza, cargó contra el enorme jefe Orco al que descabezó con un golpe de Ghal Maraz, tras lo que proclamó que su mano estaba guiada por el espíritu de Sigmar.

Gracias a esta victoria, y a otras muchas similares, Karl Franz ha logrado proteger el reino y mantener a raya a los enemigos del Imperio. Sin embargo, los rumores que siguen llegando a la Corte Imperial a propósito de vastas concentraciones de ejércitos en el Reino del Caos, anuncian que la hora más oscura del Imperio aún está por venir.

La invasión de ArchaónEditar

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Los tiempos de paz que siguieron a la ascensión de Karl Franz fueron demasiado fugaces, y en 2521 se supo de una nueva amenaza en el norte. Tal y como temían la corte y los consejeros del Emperador, la amenaza del Caos tomó forma durante el reinado de Karl Franz. Cuando el otoño dio paso al invierno, el hecho de que la de aquel año hubiera sido la peor cosecha de la historia hizo que el hambre golpeara inclementemente al Imperio. Sus habitantes imploraban a los dioses que les librasen de este mal, ya que en la tierra aparecían malos augurios y el miedo provocado por la superstición se iba extendiendo Un cometa de dos colas recorrió los cielos sobre el Imperio y lo demagogos y los Falsos profetas proclamaban la llegada del Fin de los Tiempos.

Un ejército del Caos bajo el mando de Surtha Lenk invadió Kislev y arremetió contra el Imperio. Las tierras de Kislev y el Imperio sufrieron varias derrotas cruentas y la ciudad de Wolfenburgo fue brutalmente arrasada y saqueada. Las fuerzas de Lenk fueron derrotadas finalmente en la Batalla de Mazzhorod. Al principio pareció que el peligro había pasado, pero pronto quedó claro que el ejército de Surtha Lenk tan sólo la vanguardia de una fuerza mucho mayor. Su verdadero enemigo era un campeón del Caos llamado Archaón, conocido como el "Señor del Fin de los 'tiempos".

Los rumores decían que Archaón el Elegido, un poderoso señor del Caos, estaba reuniendo Archaón había reunido ejércitos devotos de todas las Fuerzas Malignas: legiones de Nurgle, Tzeentch, Slaanesh y Khorne marchaban a la guerra bajo su estandarte. Todas las señales y augurios presagiaron la inevitabilidad de una ofensiva, mayor que la confrontada por Magnus el Piadoso.

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Sabiendo que tendría que reunir todas las fuerzas posibles para derrotar a Archaón. Karl Franz, decidió actuar si quería salvar a su pueblo. En secreto, pidió ayuda a los Elfos de Ulthuan y pregunto al Rey Fénix si estaría dispuesto a enviar sus ejércitos para combatir junto a los suyos, tal y como había sucedido en los tiempos de Magnus el Piadoso. También envió mensajeros a cada uno de los Grandes Reyes enanos apelando a los tratados de alianza y amistad entre el pueblo de Sigmar y la antigua raza. Igualmente también envió mensajeros a la corte del Rey Louen Leoncoeur ya que, aunque el Imperio y Bretonia habían estado enfrentadas durante siglos, las dos naciones debían luchar juntas para derrotar a las fuerzas del Caos.

Mientras Karl Franz realizaba sus maniobras diplomáticas, el ejército dirigido por el Gran Teogonista Volkmar el Adusto sufrió una terrible derrota en los desiertos helados del Territorio Troll y el valiente sacerdote principal del Culto de Sigmar fue capturado por el demonio Be’lakor. Tras esta derrota, las gentes del Imperio se dirigieron a los templos y capillas de Sigmar para rezar y pedir que alguien pusiera fin al avance de Archaón hacia el sur.

Ahora que la invasión era inminente, Karl Franz convocó a sus hermanos soberanos del Imperio (de hecho, a todos los gobernantes del Viejo Mundo) y a sus aliados enanos a una gran reunión en Altdorf, conocida como el Cónclave de la Luz. Muchos respondieron a la llamada, incluso los Elfos de Ulthuan y el poderoso Teclis volvieron a caminar por las calles de Altdorf. En el cónclave los soberanos humanos, elfos y enanos accedieron a dejar a un lado sus disputas para combatir contra la amenaza del Caos unificado.

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Y aun así, el Imperio llevaba las de perder. La amenaza de la invasión de Archaón y la derrota y presunta muerte de Volkmar había envalentonado a los cultos del Caos, e incluso la gente decente se rebajaba a prácticas prohibidas y rezaba en secreto a los Cuatro Señores del Caos suplicando clemencia como hicieran antes de la llegada de Magnus. Pero a diferencia de entonces ahora había surgido otro movimiento.

En aquel momento, cuando la desesperanza hacía mella en los corazones, el sacerdote guerrero renegado Luthor Huss afirmó haber encontrado al mismísimo Sigmar, reencarnado en el poderoso cuerpo del hijo de un herrero, Valten. Sea o no cierto, un pueblo desesperado necesita algo en lo que creer, por lo que se agruparon bajo el estandarte de Huss formando una cruzada de fanáticos y temerosos. Luthor Huss más tarde presento ante Karl Franz al joven Valten. Huss había reunido gran cantidad de apoyo, por lo que el Emperador no podía limitarse a rechazar esta idea. Karl Franz ofreció a Valten el martillo Ghal Maraz y lo nombró Paladín de Sigmar (pero no le dio ningún poder de gobierno) y lo puso al mando de sus ejércitos. El Emperador ordenó a Kurt Helborg que reuniera a los condes electores y a sus legiones y mandó a Ludwig Schwarzhelm que empuñara el estandarte imperial.

La Tormenta del CaosEditar

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La Tormenta del Caos

El trasfondo que puedes leer en esta sección o artículo se basa en la campaña mundial de La Tormenta del Caos, que recientemente ha sido sustituida por la de El Fin de los Tiempos.

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Archaón lanzó su ofensiva en el año 2522, arrasando toda Kislev y entrando en el Imperio por el nordeste. Ostland fue invadida mientras las fuerzas del Gran Conde von Raukov efectuaban una desesperada maniobra de contención. El graf Boris Todbringer lideró a sus fuerzas desde Middenheim, al tiempo que los ejércitos de Hochland y Nordland trataban de unirse a él. Pero Las fuerzas de Archaón eran demasiado poderosas, y los ejércitos tuvieron que replegarse a Middenheim, que fue sitiada por el campeón del Caos. Todos aguardaban la llegada del Emperador y sus refuerzos, y todos se preguntaban si Valten era realmente su salvador.

Los valientes defensores del Imperio se hicieron fuertes en Middenheim, donde combatieron contra las fuerzas innumerables de Archaón. Los ejércitos del Norte se negaron a esperar y dedicarse únicamente a repeler los ataques hasta que llegasen el Emperador y sus aliados para ayudarlos. Karl Franz realizó una estupenda campaña contra los diferentes enemigos del Imperio. El sexagésimo segundo día de la guerra, los ejércitos del Emperador y de Valten llegaron a Middenheim. Archaón se retiró del asedio para preparar la batalla.

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La lucha se prolongó durante cuatro días y las fuerzas del Imperio resistían a duras penas.

En el punto álgido de la batalla, Archaón y Valten combatieron a los pies del Ulrícsberg; y aunque Archaon fue derrotado, Valten recibió una terrible herida y fue derribado por el Señor del Fin de los Tiempos. Con el repentino ataque de un ejército de Orcos comandados por Grimgor y la carga definitiva de Kurt Helborg al mando de la Reiksguard en que consiguió que las fuerzas del Caos se vieron obligadas a retirarse y reagruparse.

Finalmente, la llegada del ejército de no muertos de los von Carstein de Sylvania equilibró la balanza, superando a las tropas de Archaón y obligándoles a retirarse. Al principio pareció que la horda de no muertos continuaría hacia Middenheim, pero el conde vampiro Mannfred von Carstein, confrontado por las fuerzas unidas de los hombres más poderosos del Imperio, hizo que su ejército diese media vuelta y volviese a Sylvania.

La guerra había acabado, pero todavía iba a acontecer una tragedia: Valten fue descubierto en su tienda, asesinado. Llorando, Luthor Huss devolvió el martillo de Sigmar al emperador. Karl Franz sabía que su gente necesitaba esperanza y, cuando el cuerpo de Valten desapareció misteriosamente, le dijo a Huss:"Te mezclarás con la gente y les dirás que Signar se ha ido, como hiciera hace tantos años. Dales esperanza en esta época oscura. No traiciones su fe. Diles que me ha dejado su martillo, símbolo de que confía en nosotros; y diles también que sigues siendo su profeta y que volverá cuando más lo necesitemos"

¿El Fin de la Historia? Estado del ImperioEditar

Ludwig Schwarzhelm por Lukasz Jaskolski Imperio.jpg
El Imperio aún no está a salvo, pero ha ganado algo de tiempo. Los acólitos de pesadilla de Archaón han sido dispersados, y él mismo ha tenido que retirarse al antiguo Torreón de Latón, en las Montañas Centrales, a lamerse in heridas y planear nuevas campañas. Al mismo tiempo, la guerra ha dejado maltrecho al ejército imperial, y el Emperador y sus Condes necesitan tiempo para la reconstrucción.

El Imperio está herido de gravedad. El norte y el nordeste están en ruinas (Ostland en concreto se halla en una situación calamitosa) al haberse llevado la peor parte de la violenta ofensiva de Archaón. Hochland también sufrió en gran medida: muchas ciudades y aldeas fueron arrasadas junto al este de Middenland y Nordland.

Pero el peligro aún no ha pasado. Aunque las fuerzas imperiales han derrotado a los invasores, lo que queda de su ejército se ha retirado a los bosques, desde donde envían incursores contra los asentamientos supervivientes o contra grupos pequeños de viajeros y soldados. Y donde no merodean los monstruos, lo hacen los bandidos humanos. Ni ríos ni carreteras son seguros, y sólo un loco viajaría sin escolta armada.

El trastrocamiento de la población del Imperio al nordeste también ha sido inmenso. Aquellos que no murieron ni mutaron se enfrentan a una muerte lenta por inanición y exposición a los elementos. El hambre es casi inevitable, pues las tropas de Archaón han quemado todos los cultivos que no pudieron saquear. Los granjeros han huido o muerto defendiendo sus granjas, y la destrucción de los documentos ha hecho que los títulos territoriales queden en litigio, lo cual retrasa la siembra de nuevas plantaciones. El comercio se halla prácticamente estancado, y algunas zonas han regresado a una economía de trueque. La civilización parece al borde del hundimiento en el nordeste; existen informes de canibalismo y de adoración de cultos prohibidos cuyos rumores han llegado hasta los salones de Altdorf.

A las provincias del sur y el oeste les ha ido bastante mejor, pues sus tierras no se convirtieron en campos de batalla No obstante, también tienen graves dificultades. La interrupción del comercio ha provocado escasez de suministros, disparando la inflación y generando una avalancha de refugiados que se han desplazado hasta la zona occidental de Middenland, Talabecland y Stirland, poniendo a prueba a sus ciudades y la buena voluntad de sus habitantes. Tampoco se le ha escapado a los gobernantes de algunas provincias sureñas el hecho de que esta guerra ha supuesto la oportunidad de solventar viejas rencillas con sus primos del norte.

FuentesEditar

  • Ejércitos Warhammer: El Imperio (7ª edición).
  • Ejércitos Warhammer: El Imperio (8ª edición).
  • Warhammer Fantasy JdR: Herederos de Sigmar (2ª Ed. Rol)
  • Warhammer Fantasy JdR: Tomo de Salvación (2ª Ed. Rol)

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