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Historia del esclavo (Relato)

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WARHAMMER LCG WalkingSacrifice by nachomolina.jpg
Mi nombre es Hargan, y mi apellido carece de importancia.

Hace mucho tiempo, pude disfrutar de la ternura y el cariño de una familia afectuosa, pero, ahora, todos se han ido. Si viven o no carece de importancia, ya que la emoción es un lujo que hace tiempo que he olvidado.

Una vez, en lo que ahora me parece otra vida, recuerdo haber sido el escriba del Burgomaestre de Marienburgo. Ahora, con manos temblorosas, me dispongo a escribir una vez más con la pluma sobre el papel. Destruyeron mi alma, pero no pudieron quitarme la habilidad para escribir. No sin cortármelas; pero, en ese caso, no podría haber trabajado para ellos día y noche sin descanso ni alimento. Os preguntaréis de quiénes son estos rostros sin cara de los que os hablo. Pues son la encarnación del maligno, el miedo en su forma más pura. Las palabras que escribo pueden servir para que otros aprendan de ellas. Deben ser detenidos. Pero no sé si existe alguien capaz de derrotarlos.

Mi hogar antaño estaba en una pequeña aldea a las afueras de Marienburgo. Llegaron aprovechando la oscuridad de la noche y golpearon con la rapidez de un halcón, en silencio y en pequeño número. No necesitaban ser muchos, pues su habilidad y sigilo era tan fabulosos que se echaron sobre nosotros sin que pudiéramos dar siquiera la señal de alarma. Mi único consuelo era que mi esposa estaba visitando a unos parientes en una aldea cercana. Me sacaron de la cama a rastras. Recuerdo el llanto del hijo de mis vecinos mientras su madre intentaba calmarle, pero el niño podía percibir el miedo de su madre y no cesaba de sollozar. Arrancaron al niño de los brazos de su madre y se lo llevaron. Recuerdo el silencio que siguió y lo envolvió todo. Nadie volvió a hablar del niño y su madre enmudeció por la desesperación.

Nave Corsarios Elfos Oscuros por Michael Phillippi Warhammer Online Age of Reckoning.jpg
A punta de cuchillo, fuimos conducidos a una siniestra nave. Una gran montaña, más oscura que la propia noche, surgió ante nosotros. Altas torres puntiagudas se extendían hacia el cielo oscureciendo las constelaciones. Fue entonces cuando comprendí que nuestros dioses

nos habían abandonado. A bordo de un pequeño bote, nos condujeron a una ciudad flotante de pesadilla. A veces, el mar en calma se veía interrumpido por gigantescas olas provocadas por alguna terrible bestia que habitaba bajo su superficie. No me atrevo siquiera a adivinar los horrores que poblaban las aguas en las que una vez me bañara. Cuando alcanzamos la fortaleza, nos encadenaron y nos dispusieron en fila para conducirnos a las profundidades del Arca Negra. Reinaba el silencio, roto ahora por el amenazador ruido de nuestras cadenas mientras bajábamos por una escalera espiral. Durante un tiempo que nos pareció una eternidad, marchamos hacía las entrañas del mismísimo infierno. De vez en cuando, escuchábamos un horrible grito procedente de uno de los pasadizos que partían del hueco de la escalera y mi alma se inundaba de un profundo temor. Era el miedo fruto del conocimiento de que, en algún momento, la desesperación de mi corazón se uniría pronto a ese coro de dolor.

Como si fuéramos ganado, nos hacinaron en una oscura cámara. Dormimos sobre tablones de madera. No había letrinas ni suficiente espacio para que un hombre pudiese dormir totalmente extendido. No sé, ni me atrevo a aventurarlo, cuánto tiempo permanecimos allí recluidos. La mugre que nos cubría pronto degeneró en úlceras y, en poco tiempo, la enfermedad se hizo patente con toda su virulencia. Nuestro sueño se veía constantemente perturbado por los gritos de aquellos que sufrían del delirio fruto de las fiebres. El hombre al que me encontraba encadenado era un simple cabrero de mi aldea que se encontraba debilitado por la falta de alimento. Durante muchas noches, su cuerpo se vio sacudido por la fiebre antes de que, por fin, encontrase el consuelo de la paz que conlleva la muerte. Cuando, finalmente, le quitaron las cadenas que le unían a mí, su cadáver estaba hinchado y los gusanos daban cuenta de su carne pútrida. En ocasiones, otros se unían a nosotros en este sufrimiento. Algunos eran de razas que nunca antes había visto. No hablábamos entre nosotros. Recuerdo que dos de los extranjeros fueron sorprendidos por un guardián mientras hablaban. El guardián desenvainó su espada y, de un tajo, les cortó la lengua. Ambos murieron a las pocas horas, abogados en su propia sangre.

Lentamente, sucumbí a la enfermedad desconocida que se deslizaba sigilosamente entre nosotros. En medio del delirio de la fiebre, apenas puedo recordar cómo me sacaron de la cámara y me subieron por las escaleras. No podría decir cómo mis piernas resistieron el peso de mi demacrado cuerpo. Mi primera visión de la oscura ciudad de Har Ganeth se vio un tanto mermada por la locura de mi estado febril. Cada una de sus espigadas torres estaba coronada por un cráneo infernal que atormentaba mi delirio. Las visiones de nuestro futuro mortal se burlaban de mi. La Muerte caminaba entre nosotros y en mi mente se abría paso la idea de que había sido transportado al infierno. Sólo sobrevivirnos tres de los treinta esclavos que habíamos sido capturados en la aldea. Nos separaron en grupos y nos empujaron con la punta de sus afiladas lanzas hacia nuestro destino con nuestros nuevos amos, que nos aguardaban al final del muelle.

Warhammer Esclavos Enanos por John Wigley Elfos Oscuros.jpg

“Mi nombre es Kehmor y soy el señor de los esclavos de mi Señor Ruerl. Eso es todo lo que necesitáis saber de mí, escoria inmunda. Se acabaron los días en que vuestras vidas eran complejas por las opciones que la libertad os ofrecía. Vuestra vida será ahora muy sencilla: me obedeceréis o moriréis”. Recuerdo bien sus palabras, incluso aunque mi mente estuviera nublada por la enfermedad. Mientras desfilábamos ante él, nos grabó la marca de Ruerl sobre el pecho izquierdo. La cicatriz de una runa negra ahora ocupa el lugar donde una vez se encontraba mi corazón. Nuestros nuevos alojamientos eran un poco mejores que los del Arca. La fría piedra reemplazó a los tablones de madera, pero seguíamos encadenados y apiñados. Teníamos que trabajar en las minas excavando en busca de mineral con el que forjarían más armas para tener más poder con el que saquear y conquistar. Era un ciclo infinito de desesperación. La noche y el día se convirtieron en conceptos que sólo existían en mis sueños. Al poco tiempo, incluso dejé de soñar. Estábamos encadenados unos a otros con collares de acero como si fuésemos animales y no hombres. Si uno de nosotros desfallecía por el duro trabajo, se le propinaban unos latigazos hasta que su espalda se ponía en carne viva. Si uno de nosotros se derrumbaba fruto del agotamiento, los guardias se limitaban a separar su cabeza del cuerpo con una espada sin molestarse a quitarle siquiera el collar.

Incluso aparecían en nuestros breves periodos de descanso. A veces, nos daban un plato con un trozo de carne cruda. No sabía de dónde procedía ni quería detenerme a pensarlo; sólo sé que lo devorábamos como si fuésemos bestias salvajes. A veces, entraban en la celda y se llevaban a uno de nosotros. No sabría adivinar el destino de su pobre alma, aunque gritos de dolor solían seguir a estos secuestros. No podría calcular durante cuánto tiempo continué como esclavo en las minas, pero una mañana los guardias me sacaron de la celda. Mi mente se vio inundada por los tormentos que me esperaban, pero el destino superaría cualquier angustia real. Me llevaron a los bosques, donde tenía que dedicarme a talar los enormes pinos que cubrían toda la montaña. Los árboles eran tan descomunales que hacían falta al menos diez hombres para rodear el tronco más pequeño de uno de aquellos abetos gigantes. Esos ancestrales árboles habían crecido con el transcurso de los siglos, pero, como era costumbre entre estos oscuros maestros, se talaban con rencorosa codicia. Nos obligaron a trabajar bajo la lluvia torrencial y la incesante nieve con unos simples harapos raídos por ropa. A pesar de que las inclemencias del tiempo de Naggaroth casi acaban conmigo, esas mismas condiciones horribles fueron las que me proporcionaron la libertad. Una fría mañana, encontré una vieja daga al pie de uno de los árboles. Estuve tentado de acabar con mi diabólico amo, pues sabía que recibiría un rápido y deseado castigo. La humedad de las minas y la acción de la lluvia habían provocado la corrosión de mi collar. Esa noche, usé la daga, que había introducido disimuladamente en mi celda, para aflojar mis grilletes. Al día siguiente, muy temprano, cuando llegamos al bosque, me libere y hui.

Me adentré en las montañas y corrí todo lo que pude, aunque me dolían las piernas por el agotamiento; pero el hecho de saber que me encontraba libre me hizo cobrar fuerzas. Escuchaba los aullidos de las bestias de mis amos, semejantes a perros de caza. Nadé cruzando las corrientes de hielo para que perdiesen mi rastro. Me persiguieron durante días. La huida de un simple esclavo no era importante para ellos, sólo querían darme caza por pura satisfacción. Una vez que pude espiar a mis anteriores amos, descubrí que iban montados a lomos de monstruosos lagartos. El pensamiento de ser capturado me hacía estremecerme de miedo. Esas bestias parecían capaces de descuartizarme como si fuese un simple trozo de pergamino. Me escondí en la cima de las escarpadas montañas, siempre en dirección al Oeste. No sabía exactamente dónde, pero mi destino era cualquier lugar fuera de las mortíferas atenciones de aquellos que una vez me esclavizaron.

Warhammer Noble Elfo Oscuro por John Wigley.jpg
Mis carceleros llamaban a esta cadena montañosa los Picos del Resentimiento. El nombre me pareció del todo apropiado, pues allí no crecía nada con lo que poder alimentarme. Ni siquiera las bestias o las plantas sobrevivían en esas rocas malditas. Al tercer día, una monstruosa sombra sobrevoló mi cabeza. No sé qué tipo de criatura era, pues parecía tener la cabeza de un león, aunque volaba con las alas de un gran dragón. En el pasado habría rezado a Sigmar para que la bestia no pudiera verme, pero hacía mucho que Sigmar me había abandonado. Esa tarde, vislumbré columnas de humo ascendiendo hacia el cielo. Me acerqué con precaución. Si se trataba de mis perseguidores, me enfrentaría a ellos y mandaría a la tumba a cuantos pudiera. A medida que me acercaba al campamento, comprobé que no era la fría y áspera lengua Duchii la que resonaba en mis oídos. En la conversación de los desconocidos pude captar los inconfundibles acentos de Tilea y Estalia. Mi corazón dio un vuelco, pues se trataba del áspero y familiar acento de un Middenlander. No me atreví a aproximarme inmediatamente, sino que aguardé mientras escuchaba su conversación. Había transcurrido mucho tiempo desde la última vez que escuchara una charla agradable, pero, al final, el delicioso olor de la carne asada hizo que me acercara.

Ahora me encuentro sentado en aquellas mismas montañas. Durante los últimos meses, muchos más se han unido a nuestro grupo. Los rumores de un ejército de esclavos han dado ánimos a muchos y les han servido para cobrar las fuerzas necesarias para escapar y unirse a nuestro grupo, aunque también han atraído al enemigo en pos de ellos. Hemos amasado una pequeña cantidad de equipo gracias a incursiones efectuadas en campamentos enemigos, pero en ningún caso pienso que podamos considerarnos un ejército. Estamos desnutridos y el odio por aquellos que nos buscan para esclavizarnos de nuevo es nuestra única arma. Sabemos que debemos luchar si queremos convertirnos inspiración y esperanza para otros. He sido elegido el líder del grupo por ser el más sabio, aunque no tengo ningún tipo de experiencia en la guerra. Escribo estas líneas en la víspera de la batalla con mi anterior amo, Lord Ruerl. En nuestros corazones sabemos que no tenemos ninguna esperanza de lograr la victoria, por lo que sólo espero que esta carta pueda llegar a manos seguras para que quede constancia. Contra esta fría y diabólica raza es mejor morir luchando que sufrir los inimaginables tormentos que puedan infligirnos. Con esto dejaré que mi destino se decida en el campo de batalla, aunque puedo aseguraros algo: pase lo que pase, no me cogerán vivo.

Relato relacionadoEditar

FuenteEditar

  • Ejércitos Warhammer: Elfos Oscuros (6ª Edición).

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