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Imperiales en marienburgo por Ralph Horsley.png
Aunque normalmente muchos hablan del Imperio como si fueran una sola nación totalmente unificada, en realidad está formada por amalgama estados independientes e individualistas, formados a partir de los antiguos territorio tribales de las tribus que formaron el Imperio. La mayoría de los habitantes del Imperio actual son los descendientes de los antiguos pueblos bárbaros y continúan obedeciendo las mismas reglas, en las que cada estado está gobernado por un Conde Elector.

Aunque los Imperiales les une el hecho de tener la misma cultura, religión, lenguaje e intereses, el sistema de gobierno, existente desde los días de Sigmar, ha preservado la independencia, la idiosincrasia, los dialectos y las costumbres locales que pueden encontrarse en las distintas provincias del Imperio. Hasta este día, cada uno de los estados supervivientes se siente firmemente orgulloso de su herencia y muestra cautela (cuando no un abierto desdén) frente a las tradiciones de sus vecinos.

Las provincias del este y del norte tienden a ser más rurales y beligerantes, pues han vivido bajo la sombra de la invasión desde el principio de la historia. Las del suroeste, en cambio, se consideran más cosmopolitas y "civilizadas" (o, en función de a quién se la preguntes, más esnobs y afectadas).

Habitantes del Imperio Editar

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La Humanidad conforma el grueso de la población del Imperio, así como la mayor parte de su clase gobernante. Como tienen mayor índice de reproducción que las otras tres razas, abarrotan sus ciudades hasta que no cabe ninguno más. Los relucientes carruajes de los ricos comparten camino con los pies ampollados de los angustiados pobres, y junto a chozas destartaladas se alzan magníficos palacios. La alcurnia parece ser muy importante para los humanos a la hora de determinar la posición social, aunque los que nacen en los niveles más bajos pueden llegar a cargos de dignidad y ser aceptados. Los humanos del Imperio alcanzan altas cumbres de logros intelectuales, y al mismo tiempo caen presa de supersticiones y de las lisonjas de cultos depravados. A los miembros de las demás razas les resulta algo confuso, pues se preguntan cómo puede haber alcanzado la dominación una especie tan dada a la desorganización.

Los humanos dan varias razones por las cuales el Imperio es suyo: favor de los dioses, destino, moralidad superior, un valor sin parangón en combate o incluso pura suerte. Sin embargo, la mayoría de los observadores meticulosos coinciden en una cosa: la sorprendente flexibilidad y adaptabilidad de los humanos. Si algo falla, los humanos del Imperio se reagrupan, intentan otro enfoque y vuelven a probar suerte, y así hasta que encuentran algo que funciona. O, como dijo una vez un embajador de los Elfos Silvanos (no sin cierta envidia), "los humanos son demasiado estúpidos para saber cuándo fracasarán una tarea, por lo que la intentan de todos modos y al final tienen éxito". Los humanos, tal vez por un ligero toque del Caos en su configuración, proporcionan la energía y creatividad que da vida al Imperio.

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Su abrumador poder dentro del Imperio suele conferir a los humanos una actitud condescendiente hacia las demás razas, un despecho benigno en las clases altas ("Los Halflings son cocineros natos") que en las clases bajas se convierte en hostilidad y resentimiento hacia aquellos de quienes se cree que toman lo que les pertenece por derecho a los humanos. ¿Qué le queda por hacer a un menestral humano si el herrero Enano local es mucho más hábil que él? ("¿Por qué no se limita a los de su especie?"). Aunque por lo general las razas viven juntas en armonía en pueblos y ciudades, este tipo de resentimientos estalla a veces en disturbios violentos e incluso linchamientos.

Los Enanos ven a los humanos como protegidos más jóvenes, gente a la que ayudaron a prosperar y que tendrán que seguir adelante si los Enanos flaquean alguna vez. Desde el punto de vista de los Enanos, muchas de las artes de la construcción, guerra y otros oficios se las enseñaron ellos a quienes eran poco más que pastores y cazadores bárbaros. Los Enanos no suelen perder la oportunidad de recordarle esto a los humanos comentando cómo una estructura fue comenzada o influenciada por Enanos, o despreciando el producto de un maestro artesano al afirmar que no llega a la suela del zapato del más mediocre de los trabajos Enanos.

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Para los Elfos, los humanos son una maravilla y un peligro. Dentro del Imperio viven muy pocos Elfos, por lo que su conocimiento de los humanos se basa en aquellos que se arriesgan a viajar a él, así como con sus interacciones con las embajadas imperiales. A los Elfos les sorprenden los fugaces cambios de la sociedad humana, la rapidez con que las modas vienen y van, y cómo unas criaturas tan burdas pueden alcanzar tan altas cotas de poder. Los Elfos también consideran a los humanos un peligro para el resto del mundo, ya que son muy susceptibles a las tentaciones del Caos. Fue para evitar las consecuencias de esto último por lo que los elfos enseñaron a los humanos magia por colores, una versión muy controlada de la Alta Magia que, según palabras de Teclis "debería evitar que destruyan el mundo".

Los halflings tienden a ver a los humanos de una de estas dos formas: como patanes grandes y torpes que no saben distinguir una empanada de un pastel (pero que suponen una buena fuente de empleo) o como patanes grandes y torpes a la espera de dejarse robar por uno de ellos. En cualquier caso, los Halflings piensan que tienen lo mejor de ambos mundos: disfrutan de la protección de sus tierras ante extranjeros y sólo tienen que luchar muy de vez en cuando, al tiempo que también participan en el organismo de gobierno más importante de todo el Imperio, el Concilio Electoral.

Estructura Social Editar

Al igual que la mayoría de las naciones del Viejo Mundo, el imperio es una sociedad estamental, en el que una pequeña porción de la población, perteneciente a la nobleza, gobierna sobre la basta mayoría. Aunque el sistema todavía persiste, con el paso de los siglo, el poder de la nobleza imperial a ido decreciendo en favor de una nueva clase social surgida de las masas que han conseguido alzarse gracias al poder del dinero.

El Pueblo Editar

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La gran mayoría de la población del Imperio está formada por gentes sencillas y pobres. Aunque en las ciudades cada vez cobra más importancia la clase media formada, por artesanos y comerciantes, los que llevan el pesó de los impuestos y mueren en masa durante la guerra son, ahora y siempre, los campesinos.

Mientras que los nobles gobiernan y los burgueses comercian, los campesinos faenan. Son granjeros, jornaleros y pastores. En los amplios parajes vírgenes del Imperio, los campesinos luchan denodadamente contra los elementos y trataban de obtener cosechas del árido suelo.

Los campesinos y granjeros del Imperio son una especie un tanto curiosa y, en cierta manera, son bastante primitivos comparados con los habitantes de una ciudad, relativamente más sofisticados. Son muy supersticiosos, celosos practicantes de los cultos de los principales dioses del panteón del Viejo Mundo, aunque se dice que rinden culto a dioses del pasado, largo tiempo olvidados por los habitantes de las ciudades.

La mayoría pasan la vida en su aldea natal, rodeados de tierras salvajes y sabiendo del mundo exterior sólo de vez en cuando. Sus vidas son cortas y frustradas y cuando alcanzan la edad madura suelen estar bastante deteriorados por haber llevado una existencia tan dura. Los campesinos son bruscos, de poca educación, pero muy buenos trabajadores y disponen de muy poco tiempo para los extraños, especialmente para los de las grandes ciudades, a los que consideran blandos y débiles.

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Con todo, son muchos los campesinos buscan una vida mejor en la ciudad, donde solo tienen dos opciones, o prosperar o acabar uniéndose a la legión de mendigos que viven al borde de la inanición.

Sin embargo, el viejo orden feudal del Imperio ya no es lo que fue, y una nueva clase emprendedora está uniendo el vacío entre campesinos y nobles. Como las ciudades se han vuelto cada vez más importantes para el Imperio, ha surgido una nueva clase de ciudadano: el burgués. Los burgueses (o sus predecesores) han luchado por salir del campesinado y se han labrado una nueva vida en las ciudades, transformándose en la argamasa que mantiene unida la sociedad urbana.

Algunos consiguen suficientes ganancias para convertirse en prósperos mercaderes y comerciantes. Son especuladores que se ganan la vida transportando grandes cantidades de artículos de ciudad en ciudad, en busca del mercado en que puedan obtener los mejores beneficios.

Los Mercaderes son con frecuencia miembros respetados y poderosos de los consejos locales y otras instituciones de gobierno. Son invariablemente ricos, y tienen al menos una residencia en la ciudad, así como varios almacenes. Muchos usan su fortuna para comprar legitimidad, adquirir títulos o conseguir que sus hijos se case con miembros de familias nobles.

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En la sociedad imperial, el cuarto poder está en manos de los Gremios. En toda ciudad, representan una de las instituciones más importantes. Normalmente tienen el monopolio del trabajo en el sector que les incumbe, cualquiera que desee instalarse para ejercer su actividad en la ciudad, deberá, imperativamente, adherirse al gremio adecuado. A cambio, tendrán la posibilidad de que el Consejo de la Ciudad tenga en cuenta su opinión.

Cuando se planea un trabajo importante, le es asignado al gremio correspondiente en vez de a un trabajador independiente. Él es el que decide las tarifas y el que reparte el trabajo entre sus miembros. Los gremios de mercaderes es una organización muy poderosa tienen mucha influencia en el Imperio, y están usurpando lentamente la posición que antaño ocupaban la nobleza.

Nobleza Editar

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El Imperio no anda precisamente escaso de nobleza, lo cual no significa que represente una bella y honorable sociedad provista de elevadas almas. Significa que está generosamente provisto de individuos que bien por nacimiento, por don de gentes, por mérito o por oportunismo, han logrado alcanzar el rango "aristocrático".

Al Imperio lo gobierna su nobleza. El Emperador pertenece a un grupo muy cerrado de Hidalgos, el de los Electores, los señores soberanos de cada una de las grandes provincias del Imperio. Éstos últimos eligen a uno de ellos para gobernar el Imperio de por vida (o hasta que los demás ya no puedan soportarlo más). Exceptuando a los Electores religiosos (que obtienen su autoridad de su templo) cada Elector laico es el jefe de una dinastía, el miembro más prestigioso de una poderosa y aristocrática familia. Todo el poder que detenga es suyo por derecho de nacimiento, y se va heredando de generación en generación. Casi todas las familias Electorales existen desde hace siglos.

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El privilegio de ser Elector (normalmente asociado al título de Gran Duque, Gran Conde, Gran príncipe o Graf) es muy antiguo e implica, naturalmente, suntuosas propiedades y el dominio de vastas provincias. El origen de estos títulos se pierde en la antigüedad. Lo único que se puede llegar a recordar es que no obedece a ninguna regla jerárquica clara, y que sólo los Electores tienen el tratamiento de "Gran".

Evidentemente, un sólo miembro de la familia se beneficia del título. Los demás pasan a formar el tercer escalón aristocrático (considerando al Emperador el primero y a los demás electores el segundo). Estas estrellas de tercera magnitud de Dinastías Imperiales, apartadas por mezquinas reglas de sucesión, podrían haber sido Electores (¡y aún pueden conseguirlo!). En su lugar, forman una "alta administración" noble.

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Es tradicional para un Elector (y a menudo juicioso), colocar a miembros de su familia en puestos disponibles en su Provincia Electoral. Allí podrán dirigir pequeñas regiones, ocupar importantes funciones en las diversas órdenes de caballería, desempeñar una función gubernamental como comandante de los Vigilantes de Caminos o Caballero Paladín de la Cámara, poseer importantes feudos a título personal o sencillamente alejarse de la Corte Electoral o Imperial.

Sea como sea, estos aristócratas ocupan las más altas esferas de la Nobleza. Reciben títulos importantes (Duque, Conde o Barón) y tienen la prelación sobre todos los demás, exceptuando a los Electores.

Por debajo de ellos se encuentra la pequeña nobleza de los caballeros, señores y damas de la aristocracia "terrenal", esencialmente constituida por los grandes propietarios y sus familias. Posee castillos y tierras, los puestos gubernamentales de menor importancia lejos de la capital, incluso en el extranjero. Abarca a la mayoría de la nobleza.

Imágenes Editar

Cultura Editar

IdiomaEditar

Ropa Editar

Los tres imperativos indumentarios para la vida al aire libre son: un sombrero de ala ancha para protegerse del sol y de la lluvia, un abrigo impermeable y un sólido par de botas. Los sombreros son de cuero o de fieltro, los abrigos están hechos de cuero o de una tela gruesa resistente al agua. El cuero es el material más apreciado: aunque es más caro, es más impermeable. Las botas son de cuero grueso. Se emplean colores apagados, ya que los campesinos no se preocupan en absoluto por la colorida moda de los ciudadanos. La única decoración que admiten es un borde de piel o de plumas.

Persona Imperio por zhangji.jpg

La ropa de calle habitual entre los hombres consiste en una camisa, un jubón de colores vivos, calzas y botas o zapatos de cuero. El jubón se cierra con un fajín o un cinturón de cuero del cual penden una daga o una espada pequeña, así como una bolsa de cuero. Las camisas suelen tener mangas de farol y amplios cuellos que pueden estar bordados o adornados con encajes. Los jubones pueden ir decorados o calados. Los sombreros son de fieltro. La vestimenta femenina está compuesta de una pesada falda sobre varias capas de enaguas y una blusa de encaje sobre otra de algodón. Se puede completar la vestimenta con un chal o un chaleco. Algunas mujeres, por razones prácticas, pueden adoptar indumentarias masculinas, si su profesión y su estilo de vida lo requieren.

Las vestimentas que llevan los ciudadanos de las clases más altas son similares a las de las clases más bajas, pero son de mejor fabricación y están hechas con tejidos más costosos; son modificadas constantemente debido a los cambios de moda. Las camisas, blusas y sombreros son de seda o de raso, los jubones son de piel de ternero o de terciopelo. Se usan más los zapatos de cuero o de terciopelo que las botas. Las ropas van bordadas con hilos de oro o de plata, con finas puntillas, y a menudo son adornadas con perlas o diminutas joyas. Las hebillas, botones son de oro o de plata, y a menudo van realzadas con piedras preciosas. No es usual que una mujer de la alta sociedad adopte indumentaria masculina. Su estilo de vida no lo requiere además, no estaría bien visto por la sociedad.

La mayoría de los sacerdotes llevan vestidos sencillos de lana, de lino, o de seda, según su posición, y ornamentadas con los símbolos de su culto. Sólo los clérigos pertenecientes a las órdenes más militares llevan armadura. Incluso los Sacerdotes de Sigmar, Ulric y Myrmidia llevan vestimentas protectoras sólo cuando se preparan para una batalla.

FuentesEditar

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