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Jinetes de Tichi Huichi.jpg
Capitán:

Tichi-Huichi

Lema:

Fría eficiencia

Grito de Guerra:

"Tupyn tzlaga anapaq quito qrizliz" (que podría traducirse como: ¡Salid de en medio, que los Gélidos están sedientos!).

Aspecto:

Tichi-Huichi es un Eslizón Bermejo, marcado para la grandeza por el dios Chotec. Además posee una Gran Cresta para denotar su empatía con los Gélidos. Todos los Gélidos son negros con manchas o rayas bermejas, y sus jinetes Eslizones son verdes con grandes crestas bermejas. Éstas son las marcas que busca Tichi-Huichi.

Patrones:

Cualquier ejército, excepto los Skavens, los Elfos Oscuros y los ejércitos del Caos, pueden reclutar a los 1 Incursores de Tichi-Huichi.

"¡Por Grungni! Estos Lagartos son magníficos por lo que valen ¡Luchan por tan sólo un par de láminas de oro!"
Señor Enano Borik, tras contratar los servicios de los Incursores de Tichi-Huichi.

Historia Editar

En el cincomilésimo ciclo del Sol, en el equinoccio de Topec, en el meridiano de la Estrella de la Serpiente, en los fosos criaderos del templo en ruinas de Enxilada, tuvo lugar una eclosión. Todas las placas sagradas que podían haber predicho esta eclosión hacía mucho tiempo que habían sido destruidas. El Templo estaba situado en una zona remota al sur de Zlatlan, en la Tierras del Sur, y hacía mucho tiempo que había sido abandonado. Ningún Mago-Sacerdote Slann había concentrado su mente en esa dirección durante incontables años, y la eclosión sucedió sin que nadie se enterara de ello. Tal vez no fuera más que una eclosión espontanea, causada por portentos inusuales y extrañas conjunciones astrales. Tal vez era un reflejo de la misteriosa voluntad de Sotek.

Tan solo un hombre Lagarto adulto fue testigo de esta eclosión. Este hombre lagarto era Tichi-Huichi. Era él quien cuidaba del templo en ruinas y cantaba saludos al sol cada día al amanecer. Él era el único habitante de Enxilada. El resto de la población hacía muchos años que pereció a causa de una misteriosa pestilencia.

Tichi-Huichi observó la marca de los Eslizones que acababan de eclosionar en los fosos sagrados, y comprobó que las nuevas criaturas estaban favorecidas por los dioses. De alguna manera sintió que era un privilegiado y un elegido por haber podido ser testigo de este acontecimiento. Vigiló el desarrollo de los renacuajos hasta que abandonaron el foso. Pudo comprobar que los nuevos eslizones eran del tipo Gran Cresta, elegidos para montar a los Gélidos. Este pensamiento se grabó tan profundamente en la mente de Tichi-Huichi, que empezó a buscar en las lóbregas cavernas que había bajo las ruinas. Sus sospechas eran correctas, y en ellas descubrió que se había producido una eclosión simbiótica. Los huevos habían eclosionado, y los pequeños gélidos portaban la misma marca que los eslizones. Ya no había duda alguna, era voluntad de los Ancestrales que ambas eclosiones tuvieran lugar simultáneamente.

Unos años más tarde, Tichi-Huichi había entrenado la nueva generación de Eslizones y les había enseñado todos los conocimientos de Enxilada que él sabía. Cuidó de ellos como su mentor y su líder. Simultaneamente los gélidos se desarrrollaron totalmente, y los eslizones los domaron y entrenaron. Todo sucedía de una forma casi natural, pues existía una empatía innata entre ambas especies. Unos se convirtieron en los amos de los otros.

Fue en este momento cuando un Slann de la lejana Zatlan se concentró en Enxilada. La atenta mente de Tichi-Huichi evocó recuerdos grabados en su cerebro. Ahora su propósito estaba claro. Su deber para con los Ancestrales era dirigir ese regimiento de elegidos. Era la época del monzón. Durante las fétidas y calurosas noches, Tichi-Huichi fue asaltado por terribles sueños. Vio lugares lejanos y extrañas razas y criaturas. Su mente percibió grandes tesoros: potentes talismanes de los Ancestrales, objetos que habían sido saqueados de Enxilada y otros lugares, artefactos sagrados que los Ancestrales le ordenaban recuperar.

Tichi Huichi.jpg

Ahora Tichi-Huichi sabía cuál era su misión y la de la nueva estirpe de Eslizones. Había sido elegido para ir aquellas remotas regiones para encontrar y recuperar las reliquias que los Ancestrales le habían mostrado. Siguiendo sus instintos y permitiendo que los pensamientos de aquellos que eran más poderosos que él le dictaran sus planes, Tichi-Huichi partió con su regimiento de Jinetes Gélidos Eslizones. Durante la estación del monzón no habían permanecido ociosos. Habían dominado las tácticas de la monta y el combate sobre gélidos. Lo habían aprendido por instinto, sin que nadie tuviera que darles instrucción alguna.

Al encontrarse el primer asentamiento de los “recién llegados”, que resultó ser una tribu de árabes nómadas, Tichi-Huichi actuó de forma enigmática, intentando seguir la corriente de los acontecimientos que se estaban desarrollando ante él por voluntad de los ancestrales. El jeque árabe, aterrorizado por tener ante sus ojos unos auténticos Al-Saurim, parecía ansioso por contratar los servicios de Tichi-Huichi. Colocaron numerosos tesoros ante él pero este solo parpadeó a causa del reflejo del brillante sol en ellos. Entonces vio un talismán sagrado que había visto en sueños, y emitió un rasposo croar de satisfacción. El jeque rió y dio el talismán a Tichi-Huichi. Habían llegado a un trato. El regimiento cabalgó junto a los árabes en numerosas incursiones en Nehekhara. Saquearon muchas necrópolis de aquellas tierras desoladas y, los restos que en ellas hallaron fueron esparcidos por la arena del desierto.

Pero llegó un día en que los esqueletos se levantaron por todas partes y mataron hasta el último árabe. Tichi-Huichi y los suyos lucharon con gran coraje bajo el sol ardiente. Entonces el Sacerdote No-Muerto levantó su báculo y los esqueletos se detuvieron. El Sacerdote sacó un paquete envuelto en una tela raída y mostró un objeto, que Tichi-Huichi identificó como la placa sagrada de su segundo sueño. Tichi-Huichi ordenó bajar el estandarte. El Sacerdote entendió el gesto y la lucha cesó. Tichi-Huichi fue reclutado para el ejército del Rey Funerario que permanecía sentado en su pirámide, meditando y trazando nuevos planes de conquista. Los años que siguieron estuvieron marcados por las luchas al norte del desierto. En esta ocasión los enemigos fueron los Enanos. Estos eran muy fáciles de perseguir y atrapar en cuanto trataban inútilmente de escapar, cargados como estaban de tesoros saqueados.

Jinete de Gélido por Toby Hynes.jpg

Un día, Tichi-Huichi persiguió a un grupo durante varios días y se alejó demasiado de los territorios que conocía. Los enanos se detuvieron, dispuestos a vender muy cara su vida, y se produjo una tensa calma antes de la última carga. Entonces Tichi-Huichi vio la estatua del Dios Mono asomando por el zurrón de un enano. Un dardo bien dirigido cortó la cinta que sujetaba el zurrón, que cayó al suelo. La estatua de oro salió despedida. Mientras el Enano intentaba recuperar su tesoro, fue detenido por su señor: “¡Déjalo, Grongi! –gruñó- ¡esa maldita cosa es la única oportunidad que tenemos de salir bien librados!”. Tichi-Huichi recuperó la estatua mientras que los enanos se retiraron, siendo seguidos a cierta distancia por los Eslizones.

Y así ha sucedido hasta la actualidad. Tichi-Huichi fue contratado por el Rey enano de Barak-Varr, en un extraño encuentro en que un antiguo ancestro que hacía mucho tiempo había muerto aconsejó al Rey enano que contratara a los Eslizones. Aún así la negociación fue larga pero al final tres placas de oro hicieron más efecto que un gigantesco cofre lleno de gemas. “extrañas criaturas estos lagartos-pensó el enano- pero son magníficos para lo que valen”. Y lo mismo pensaría un enano cualquiera, acostumbrado a valorar el oro tan solo por su peso; ignorante de cuál es la voluntad de los dioses; de que estas placas no son un simple metal que debe fundirse. ¡Si supieran que los Ancestrales escribieron en ellas porque es un metal eterno!

Los Incursores de Tichi-Huichi lucharon contra orcos y goblins. A continuación fueron contratados por estos, ayudando a Kaudillos goblins que estaban convencidos de que su elección estaba inspirada por Gorko o Morko, o ambos. Los Eslizones libraron numerosas batallas y recuperaron una nueva reliquia. Aunque los que los habían contratado huyera o fuese aniquilado, extrañamente los Incursores seguían allí al final de todas las batallas. Misteriosamente, sus enemigos siempre tenían la sabiduría de contratarlos, y que era fútil enfrentarse a ellos, pues estos degollarían a un gran número de sus tropas antes de morir. Sin saber una sola palabra del idioma Humano, Orco, Khazalid o Élfico, los Eslizones siempre llegaban a un acuerdo. Tal vez los pensamientos de sus enemigos eran controlados directamente por una mente superior desde un templo-pirámide. ¿Tal vez desde Zlatlan?

¡Las intenciones de los Ancestrales son inescrutables!

MiniaturasEditar

FuenteEditar

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