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Invasión de Nehekhara

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Nagash Gran Nigromante retornado Fin de los Tiempos.jpg

El Fin de los Tiempos

El trasfondo que puedes leer en esta sección o artículo se basa en la serie de libros de campaña y novelas de El Fin de los Tiempos, que recientemente ha sustituido la línea argumental de La Tormenta del Caos

Archaon Señor del Fin de los Tiempos.jpg

Mapa Invasión de Nehekhara.jpg

Rutas de invasión y defensa de Nehekhara

Nada salvo el árido viento y las cambiantes arenas se movían por los desiertos de Nehekhara, la Tierra de los Muertos. Un silencio vigilante cubría todo, una sensación casi tan opresiva como el sol abrasador. Estatuas desgastadas, monumentos a los reyes pasados y dioses enojados, montaban guardia entre vastos mares de arena; centinelas mudos cuyos ojos de piedra no parpadeaban. Las atalayas observaban desde lo alto las dunas ondulantes, y muy por encima de mesetas de piedra yerma se erigían pirámides monolíticas cuya escala era enorme. Lo más imponente de todo eran las necrópolis: extensas ciudades funerarias que se alzaban como montañas sobre las llanuras agrietadas. Desde sus sombrías almenas podían verse amplias panorámicas, vistas de arenas interminables y llanuras de sal que se extendían más allá del horizonte. Y entonces llegó la negrura.

Una pared ominosa de nubes, oscuras y desiguales, se cernió sobre el reino de Nehekhara. De todas partes provino el negro velo, rodeando y envolviendo la Tierra de los Muertos. El contraste fue total. Durante miles y miles de años Nehekhara sólo había conocido el sol abrasador de día y el frío de las crudas noches, donde los cielos claros permitían que estrellas brillantes iluminaran un paisaje recalentado.

Uno de los primeros en alzarse bajo la tormenta invasora fue el Rey Kalhazzar, aquel que fuera una vez señor de Zandri y ahora comandante supremo de la mayor flota de guerra de Nehekhara. A bordo de su barcaza de batalla dorada, la Esfinge Coronada, el Rey vio cómo la oscuridad borraba al sol sobre el delta del Mortis. De acuerdo con las órdenes del Settra, Kalhazzar estaba listo. La desembocadura del río estaba fortificada; la flota ya había anclado en sus posiciones. Como un fuerte muro a través del estuario, buques de guerra, galeras, barcazas y embarcaciones ligeras estaban listas para repeler a los invasores. Los pesados barcos de transporte se balanceaban levemente en las aguas venenosas porque estaban completamente cargados con legiones de esqueletos. Estaban listos para ayudar en las acciones de abordaje en el mar o, en caso de no aparecer la marina enemiga, mandar refuerzos de vuelta a Zandri o más abajo por el Gran Mortis.

El Rey Behedesh II comandaba a los ejércitos de tierra de Zandri. Nada más recibir el mensaje del heraldo de Settra, el leal Rey Funerario había dejado sus amadas necrópolis, marchando para posicionar su ejército en el desierto profundo. Era su deber salvaguardar las rutas más occidentales que bajaban de las Tierras Yermas. Desde que asumieran sus nuevas posiciones, los guerreros del Rey Behedesh habían quedado cubiertos por las tormentas de arena. Durante un tiempo, sólo sus estandartes de oro y puntas de lanza fueron visibles, brillando bajo el brutal sol, hasta que también ellos desaparecieron bajo las arenas. En el extremo oriental de Nehekhara, la Gran Reina Khalida, gobernante de Lybaras, observaba las nubes bajas dibujando una cortina de oscuridad sobre el Golfo del Terror. Pronto su ciudad también sería privada del sol. Sintiendo que la amenaza era creciente e inminente, Khalida había despertado de su tumba mucho antes de que llegara el mensajero de Settra. Era deseo de Settra que reuniera sus legiones y marchara a Mahrak, donde podía ayudar y mantener vigilado al Rey Tharruk en la defensa de la entrada occidental del Valle de los Huesos.

Sus famosas legiones de arqueros ya estaban reunidas dentro de sus fosas, listos para marchar. Sin embargo, Khalida no dio la orden.

Aunque Khalida reconocía al Gran Rey de Khemri como el líder supremo de Nehekhara, Lybaras y sus ejércitos sólo recibirían sus órdenes. Ella era una reina guerrera, marcial y orgullosa, y no era su deseo montar guardia. Si, como había predicho Settra, Nagash había regresado, entonces la Reina Khalida no tenía dudas de que el Gran Nigromante se reuniría con sus antiguos nueve Señores Oscuros. Entre ellos estaría aquella a quien odiaba por encima de todos los demás; el primero de los Vampiros, Neferata. Había sido Neferata, la otrora reina de Lahmia, la que acabó con la vida mortal de Khalida. La sola idea de su prima y antigua némesis volviendo a Nehekhara hizo que la mente de Khalida fuera una tormenta de pensamientos de venganza. Sumida en una rabia silenciosa Khalida vio el desarrollo de la tormenta, dando la impresión de vida mientras su reino hacía mucho tiempo que se encontraba sumido en oscuridad, sentada y sumida en sus pensamientos, sin emitir orden alguna.

En Quatar la corte real fue reunida. Su colección de reyes y príncipes de muchas dinastías obedecieron las órdenes de Settra sin lugar a dudas, abandonando sus peleas internas en su prisa por cumplir su deseo. Por decreto del Gran Rey, todos los Necrotectos que no hubieran sido convocados ya para ayudar en la construcción de la gran muralla de Khemri fueron despachados desde el Palacio Blanco. Estos arquitectos arcanos viajaron a lo más profundo del Valle de los Huesos. Allí, en lo que solía ser el Valle de los Reyes, comenzaron su gran tarea de restaurar jeroglíficos y despertar a las poderosas estatuas de guerra. Pronto las monumentales estructuras fueron dotadas de vida una vez más, sacándolas de las laderas de las montañas y sacudiendo el valle con sus fuertes pisadas.

Cuando las estatuas de piedra comenzaban su marcha desde el Valle se los Huesos hacia Khemri, los cielos del norte fueron alcanzados por la negrura. En Numas, el Rey Phar no esperó a que la tempestad llegase a su encuentro. Él ya había vaciado las tumbas de sus grandes necrópolis, y ahora marchaba con sus legiones hacia las Llanuras de Sal. Sólo cuando llegó a la vista del río Agua Enferma hizo un alto. En aquella cuenca agrietada envió piquetes y desplegó a sus legiones para la batalla. Esto era lo que el heraldo de Settra había mandado. Sabio en las tácticas de las batallas del desierto, el Rey Phar había ordenado a sus carros, cuyos números habían crecido por contingentes de Bhagar, que se mantuvieran en la reserva. El Rey Phar tendría el honor de entablar combate contra cualquier enemigo que viniera desde las Terras Yermas, la vía más probable de invasión desde el norte. Cualquier ejército que lograse atravesar las Marismas de la Locura y vadear el Agua Enferma encontraría a Phar esperándole. Las legiones quedaron en silencio mientras las nubes las alcanzaban y su mundo pasó de un resplandor cegador al negro más oscuro.

No era el viento ni ninguna fuerza natural lo que empujaba la tormenta que les rodeaba; las nubes gruesas e impenetrables estaban siendo atraídas hacia el interior por una voluntad poderosa. El muro de oscuridad se arremolinó, girando más y más bajo hasta que se hizo evidente que se estaba formando un vórtice, aunque a una escala nunca antes vista. Como si apretase un nudo, el remolino se cerró cada vez más hasta que no quedó duda en cuanto a lo que estaría en el epicentro de la tormenta: la Pirámide Negra de Nagash.

Con sus sacerdotes, la corte real y Nekaph, su heraldo y campeón personal, siguiéndole, Settra el Imperecedero se dirigió a las murallas, hacia la cima de la columna más alta de Khemri. A partir de ahí, el Rey de Reyes miró a la oscuridad invasora. Así comienza, pensó Settra. Nagash el Usurpador había retornado de veras, y había puesto en su punto de mira la tierra que siempre había codiciado.

La Gran Muralla, un baluarte de bloques de piedra recién creado que rodeaba la ciudad más grande de Nehekhara, parecía insignificante ante el inmenso muro de nubes negras que la estaba envolviendo rápidamente.

Para entonces, tres cuartas partes de la Tierra de los Muertos estaban cubiertas por el manto de oscuridad. Settra sabía que tras la cobertura de esa oscuridad tenebrosa estarían los ejércitos de Nagash, sondeando su camino hacia su reino. El Rey de Reyes también sabía que dentro de poco comenzaría la batalla final por Nehekhara.

Nagash terminó su encantamiento y abrió sus mandíbulas increíblemente, su cuerpo tenso bajo contorsiones por un agotamiento supremo. De esas fauces abiertas se derramaban columnas de nubes tan oscuras que era como si vertiera la oscuridad de su alma. Estas se desarrollaron sobre los cielos, formando una cortina de humo que colgó sobre Nagashizzar antes de que empezara a moverse, como una serpiente, para rodear toda Nehekhara.

Durante once días y once noches Nagash vomitó los prodigiosos efectos de su poderoso hechizo, aunque ya no era posible distinguir el día de la noche debajo de ese manto oscuro. Por fin, cuando el horrible encantamiento estuvo completo, el Gran Nigromante se derrumbó. Debilitado, Nagash nunca habría sido capaz de intentar tal hazaña por sí mismo. Sólo al entrar en el Dolmen de Valaya y consumir la magia almacenada dentro de la mismísima Diosa Ancestro durmiente encontró tal fuerza. Sólo eso le había permitido intentar un hechizo de tal magnitud. Sin embargo, la energía necesaria para conjurar su espiral de nubes de Magia de la Muerte había minado a Nagash, dejándolo completamente seco.

Sintiendo el fin del hechizo de Nagash, Arkhan salió a las almenas mientras Nagash se levantaba lentamente de su triángulo de invocación garabateado con sangre. El antiguo Sacerdote Funerario siempre había sido el vasallo más leal y fiable de Nagash, y sólo a él de entre todos los Señores Oscuros se le permitía ver al Gran Nigromante en su estado más vulnerable. Nagash se permitió ser escoltado por los guardaespaldas invocados por Arkhan, quienes llevaron su cuerpo agotado de vuelta a la fortaleza de Nagashizzar.

Nagash fue depositado en su trono, una antigua construcción de hueso deformado. Fue allí, en ese mismo asiento de poder, donde el Gran Nigromante había sido asesinado hace tanto tiempo. Después de completar su Gran Ritual, un hechizo terrible que se apoderó de las tierras de Nehekhara y robó la vida de todos sus seres vivos, Nagash fue asesinado por una vil emboscada. Así fue como sus planes fueron saboteados en la cúspide de su mayor triunfo, hacía ya más de tres mil años.

El trono estaba roto desde hacía mucho, hecho pedazos en las edades en que la fortaleza fue abandonada o bajo el control de enemigos. Había sido bastante fácil para Arkhan reformar la sede del poder con su magia. Pero aunque sus encantamientos podían reconstruir la mayor parte del descomunal trono, no podían curar los salvajes cortes que dejó la Espada Cruel. Fue esa arma maldita hecha por los Skavens la que atravesó a Nagash, dejando para siempre sus marcas de golpes grabadas a fuego en el trono. Y sin embargo volvió a acoger a Nagash una vez más, el cual se sentó echado hacia delante, recuperando las energías gastadas por el gran hechizo.

Adrian Smith Regimiento de Guerreros Esquelos Condes Vampiro.jpg

Hordas esqueléticas

A una señal de Arkhan, los esbirros esqueléticos arrastraron a una procesión de cautivos de las profundidades de Nagashizzar. El viaje del ejército desde Sylvania hacia el sur brindó muchas oportunidades para recoger forraje. Ciudadanos del Imperio, mercenarios de los Reinos Fronterizos, Mineros Enanos de las rutas a lo largo de las estribaciones de las Montañas del Fin del Mundo y tribus enteras de pieles verdes fueron encadenados juntos, arrastrados por muertos vivientes despiadados e insensibles. Golpeados y desaliñados, estos seres harapientos fueron llevados a la sala del trono y esposados al suelo. Sólo los Enanos albergaban aún cierto espíritu combativo, pero su resistencia resultaría inútil ante la sobrecogedora voluntad de Nagash. Arkhan cerró las puertas de la cámara cuando empezó el griterío, abriéndolas sólo cuando el silencio se impuso de nuevo. El consumo de miles de almas comenzó a infundir renovado poder a Nagash. Muchas más serían necesarias antes de que el Gran Nigromante pudiera retomar el viaje. Ahora, mientras Nagash descansaba después su festín, Arkhan le entregó sus observaciones e informes desde que este comenzara su hechizo.

Como se les había ordenado, cada uno de los Señores Oscuros que había viajado hacia el sur con él comenzaron a marchar sobre Nehekhara cuando las nubes les sobrepasaron. La ruta de invasión más obvia, y por lo tanto la más peligrosa, era la que discurría a través de las Marismas de la Locura y las Llanuras de Sal. Esta punta de lanza central fue confiada a Krell. A la vanguardia del mayor de los ejércitos No Muertos, Krell comandaría incontables legiones esqueléticas. Suyo sería el mazazo que caería sobre Khemri, desviándose sólo para destruir Numas si se presentaba la oportunidad. Dieter Helsnicht acompañaría a Krell, pues se consideró que el liderazgo y la habilidad en la lucha del señor tumulario, combinados con la poderosa magia nigromántica del Señor de la Muerte, resultarían casi imparables.

Mannfred von Carstein y sus secuaces de Sylvania avanzarían desde las Tierras Yermas también, pero formarían una pinza desde el flanco más occidental. El arrogante señor de los vampiros avanzó entre el extremo sur de las Montañas Espinazo de Dragón y el extremo norte de las Marismas de la Locura. Su ejército siguió un camino que se extendía entre las laderas de los montes y el Gran Océano. Si seguían esta línea hacia el sur, bordeando la orilla de las Llanuras de Sal, las fuerzas de Mannfred acabarían llegando al Gran Río Mortis, el cual podrían seguir directamente hasta Khemri.

En su larga historia, tanto en tiempos de la dominación mortal como bajo la de los No Muertos, esta era la ruta de invasión que había resultado más exitosa para los ejércitos salidos de las Tierras Yermas que intentaban entrar en el gran Reino de Nehekhara. El desierto profundo siempre fue peligroso, pero nunca había sido tan fuertemente custodiado como las Llanuras de Sal. Había menos atalayas y fortalezas a lo largo de esa ruta, y las onduladas dunas y wadis agrietados ofrecían más cobertura que las yermas llanuras.

Deseoso de mantenerse apartado de los otros Señores Oscuros, y también enamorado de lo que podría ser el camino más fácil, Mannfred insistió enérgicamente en dirigir el ejército que iría por esta ruta. Descaradamente seguro de sí mismo, si recordaba las historias de la antigüedad optó por ignorarlas. Su ruta era verdaderamente la más exitosa para las invasiones de Nehekhara. Sin embargo, pocas de ellas llegaron a su destino y menos aún regresaron alguna vez. En muchas ocasiones durante su orgulloso pasado marcial, las legiones de la ciudad de Zandri habían destruido a los invasores que se atrevieron entrar en su reino. Los ejércitos de Zandri usaban su poder naval para transportar tropas a lo largo de la costa o por el Gran Río Mortis. Una vez que sus legiones estaban a bordo de sus barcos, podían lanzar flanqueos repentinos o asaltos sobre la retaguardia de los invasores. Nagash y Arkhan recordaban bien muchas de estas batallas de antaño, y su intención era combatir esta amenaza de cabeza, contrarrestándola con su propio ataque sorpresa.

Desde las lejanas costas de Lustria llegó una armada capitaneada por Luthor Harkon. Aunque marcado por la locura que le había aquejado durante siglos, Harkon había ascendido hasta convertirse en el autoproclamado Rey Pirata de la Costa del Vampiro. No estaba tan loco cuando, con el regreso de Nagash, se inclinó sin dudarlo ante el gran maestro de la muerte. Los barcos de Harkon habían respondido a su llamada, navegando lejos y con sus bodegas llenas de Zombis. Ahora rodeó Arabia, deteniéndose sólo para descargar sus muchos transportes. Liderados por su mano derecha, el Capitán Drekla, el Garfio de Plata de Sartosa, esta fuerza terrestre marcharía a lo largo de la costa con el objetivo de atacar Zandri desde el oeste, mientras que Luthor y su armada se abrirían paso a través de las traicioneras aguas del Delta del Mortis.

Las órdenes de Neferata fueron las últimas, porque de todos los Señores Oscuros, era la más ansiosa por entrar en Nehekhara, pero era en quien menos confiaba Nagash. Ella era una fuerza poderosa y corruptora, pero su fuerte era el engaño y la intriga, no la guerra. Ante una batalla por forzar el paso a la Tierra de los Muertos, las artes de seducción de Neferata eran inútiles. Pero si tratara de volver a la antigua Lahmia, como había sido durante mucho tiempo su deseo, Nagash sabía que serviría como el cebo perfecto. Si ella y su ejército atraían a las odiadas tropas nehekharanas lejos de la defensa de Khemri, entonces podría serle de utilidad.

Todos los Señores Oscuros de Nagash, salvo Arkhan, creían que estaban conquistando Nehekhara. Se imaginaban al Gran Nigromante consumido por la venganza, con ganas de reclamar por fin el trono de Khemri. Sin embargo, Nagash había puesto sus miras mucho más alto, pero antes de que sus grandes planes pudieran ser realizados tendría que enterrarse a sí mismo en su Pirámide Negra. Sólo entonces podría recuperar todo su poder. Y entonces reclamaría lo que era suyo por derecho.

Nota: Leer antes de continuar - Los Preparativos del Gran Nigromante

Capítulo 5: La Invasión de Nehekhara
La Batalla del Agua Enferma | Emboscada en el Desierto Profundo | La Última Batalla de Lahmia | Batalla de las Puertas de Khemri


FuenteEditar

  • The End Times I - Nagash.

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