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La Batalla de Krudenwald

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Batalla glencurst.jpg
Una de las más famosas incursiones demoníacas en el Imperio es la de la Batalla de Krudenwald, donde el Devorador de Almas Skarbrand y la Gran Inmundicia Padre Necrosis casi aplastaron los asentamientos humanos en el Drakwald. Muchos eruditos imperiales han tratado de descubrir los orígenes de la incursión, pero las opiniones están muy divididas. La teoría con más peso habla de una serie de incursiones llevadas a cabo por el ejército del Conde Hagstaf contra enclaves de los Hombres Bestia en el Drakwald. Para lograr su objetivo, Hagstaf derribó y destruyó muchos tótems primitivos. Estas impías construcciones según la creencia de muchos, poseían un gran potencial mágico, y la destrucción de tantos en tan poco tiempo saturó el Drakwald de energía mágica; suficiente energía para que los demonios entraran en el mundo real a pocos kilómetros del pueblo de Kelp, en el Drakwald.

Así fue como el ejército del Conde Hagstaf, cansado de su lucha en el Drakwald, se enfrentó a la hueste demoniaca en la carretera de Krudenwald a Kelp, bajo un cielo tormentoso. Las fuerzas de Hagstaf procedían de tres estados, contando con lo mejor de la infantería, la caballería y la artillería del país, y aún así tuvieron muchas dificultades. Del flanco oeste, donde los Caballeros de Sigmar y varias unidades de Guardia Teutógena se enfrentaron valientemente a la masacre de los Desangradores de Skarbrand, no hay ningún informe, pues no sobrevivió nadie para poder escribirlos. Por su parte, la biblioteca privada de la familia Hagstaf incluye numerosos relatos de los combates en el flanco este, aunque debe indicarse que muchos de estos relatos se garabatearon en casas de salud y pueden haber sido embellecidos por la demencia intrínseca de estos sitios.

El Informe de un IngenieroEditar

Imágen Portadores de Plaga de Nurgle.jpg
Uno de estos informes que han sobrevivido, de Unstoffe von Kreil, el ingeniero supervisor de la artillería de Hagstaf, recuerda la desesperación de la batalla. Von Kreil estaba al mando de cuatro cañones, cada uno de ellos con una experimentada dotación, situados en la parte más firme de la carretera. Siguiendo las órdenes de von Kreil, un proyectil tras otro machacó las filas de los Portadores de Plaga, abriendo grandes agujeros entre los enjambres de moscas que los rodeaban, y arrancando grandes trozos de carne de los demonios. Pero tras el paso de cada proyectil, los cuerpos demoníacos empezaban a reconstruirse. Según von Kreil, incluso la amputación de extremidades parecía importar o frenar poco a los Portadores de Plaga. De hecho, menciona en diversas ocasiones haber visto a demonios mirando los miembros amputados de su cuerpo con extrañeza, simplemente sujetándolos con fuerza contra su cuerpo mientras los tejidos se regeneraban.

Con la artillería amenazada por los aparentemente invulnerables Portadores de Plaga, el Conde Hagstaf ordenó al regimiento Jagerhausen, famosos y tenaces veteranos de una docena de expediciones de limpieza en el Drakwald, que cargaran con sus alabardas contra el flanco de los Portadores de Plaga. Tragándose el miedo, y más de un puñado de moscas negras, los Jagerhausers cargaron bajo el humo de los cañones. Inicialmente el afilado acero parecía que prevalecería donde la fuerza bruta de los cañones no había podido. La naturaleza regenerativa de los Portadores de Plaga de poco servía cuando una alabarda te ha atravesado la panza y media docena te han abierto la cabeza y el pecho. Pero seguían necesitándose cuatro o cinco Jagenhausers para acabar con un demonio, y sus espadas corroídas mermaron rápidamente las filas de Jagerthztusers. A pesar de la desventaja, el valor de los Jagenhausers fue merecedor de su reputación, ignorando los cadáveres que yacían a sus pies, los de Middenland siguieron luchando, aunque lo hicieron tan silenciosamente como sus enemigos, en parte para evitar tragarse más moscas repugnantes. Salvados por la carga de los Jagenhausers, von Kreil ordenó arrasar las filas de los Portadores de Plaga con metralla. Con los demonios atrapados entre el acero y el fuego, por un instante pareció que la victoria estaba próxima, pero cuando la gigantesca figura de Necrosis apareció por encima del humo de los cañones, gritando y riendo mientras blandía su látigo de acero con inusitada fuerza, los Jagenhausers huyeron.

El informe de Kreil cuenta que el ingeniero ordenó a sus artilleros que se retiraran al ver huir a los alabarderos. Sin embargo, cándidamente atribuye su supervivencia no a su oportuna orden, sino a la llegada del conde y su grifo al lugar del combate. Aunque Kreil habla muy bien del valor del conde, por otros informes es evidente que sirvió más de distracción que de rival a la Gran Inmundicia. Varios testigos oculares recuerdan la indiferencia del gargantuesco Necrosis ante los golpes lanzados contra él por hombre y bestia. Y muchos más recuerdan la horripilante visión del demonio agarrando un cañón abandonado y golpeando la cabeza del grifo de Hagstaf repetidamente con él.

Una Afortunada TraiciónEditar

Cuando Hagstaf cayó al ensangrentado y emplumado barro es cuando Kreil insiste que cambió el curso de la batalla. Cuando Necrosis se agachó a mirar al aturdido conde, el corpulento demonio fue golpeado por detrás por Skarbrand, que hacía rato que había acabado con sus adversarios. Kreil no afirma saber qué impulsó al Devorador de Almas a atacar a su aliado, pero supone que Skarbrand consideró que era él quién debía acabar con el comandante enemigo, y reaccionó furiosamente al comprobar que el de Nurgle se lo iba a impedir. Tomado por sorpresa, Necrosis fue aparentemente derrotado con facilidad por el Devorador de Almas. Fueran cuales fueran sus motivos, esta traición le costó a Skarbrand la batalla.

Mientras Skarbrand derrotaba a su anterior aliado, Hagstaf recobró el sentido lo suficiente para ordenar a las tropas que le quedaban que abrieran Fuego. Según el informe de Kreil, cada cañón, arcabuz y pistola en las líneas imperiales disparó contra Skarbrand, La criatura quedó destrozada por la fusilada. De hecho, su cabeza fue conservada como trofeo por Hagstaf hasta la desafortunada e imprevista matanza en la Casa Hagstaf ocho años después.

Cobrando nuevas esperanzas tras la muerte de Skarbrand y Necrosis, el conde reagrupó sus tropas y derrotó a los demonios que quedaban sobre el campo. Kreil es uno de los muchos que dicen que los Desangradores y los Portadores de Plaga parecían más vulnerables al daño tras la muerte de sus comandantes. Era, decía en su informe, como si los demonios ya no pudieran obtener las malignas energías de las que se valían. Así fue como el Herdred Hagstaf obtuvo una celebrada victoria de la derrota, y como logro una histórica victoria sobre los poderes ruinosos.

FuentesEditar

  • Libro de Ejército de 7ª Edición, Demonios del Caos.

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