Fandom

La Biblioteca del Viejo Mundo

La Batalla de La Maisontaal/Batalla

5.543páginas en
el wiki}}
Crear una página
Comentarios0 Compartir

¡Interferencia de bloqueo de anuncios detectada!


Wikia es un sitio libre de uso que hace dinero de la publicidad. Contamos con una experiencia modificada para los visitantes que utilizan el bloqueo de anuncios

Wikia no es accesible si se han hecho aún más modificaciones. Si se quita el bloqueador de anuncios personalizado, la página cargará como se esperaba.

Nagash Gran Nigromante retornado Fin de los Tiempos.jpg

El Fin de los Tiempos

El trasfondo que puedes leer en esta sección o artículo se basa en la serie de libros de campaña y novelas de El Fin de los Tiempos, que recientemente ha sustituido la línea argumental de La Tormenta del Caos

Archaon Señor del Fin de los Tiempos.jpg

Ejército Bretonia No Muertos Karl Kopinski.jpg

El Ejército Bretoniano defendiendo La Maisontaal

Era de noche cuando la guerra llegó de nuevo a La Maisontaal.

A lo largo de los siglos de su larga existencia, Arkhan el Negro había estudiado el inconmensurable arte de la guerra. Había aprendido el arte de rehuir el flanco, y el de la maniobra fingida que atraía al enemigo directamente a una trampa. Había dominado a la perfección los conceptos de la acometida coordinada, de cómo proyectiles y espadas eran más efectivos juntos que por separado. Pocas de aquellas estrategias le habían durado mucho. Para Arkhan, no habían sido sino técnicas que dominar, estimulantes mientras se mantenía el desafío, pero pronto descartadas y olvidadas. Una y otra vez, había retomado el ancestral arte de la guerra de Nehekhara, consistente en lanzar una fuerza abrumadora contra el punto más fuerte del enemigo.

Así sucedió en La Maisontaal. Por orden de Arkhan, su ejército formó un gigantesco ariete de carne putrefacta y hueso roído por el tiempo, que apuntaba al centro mismo de las líneas apresuradamente reunidas de Theodoric. Krell marchaba a la cabeza del ataque, impulsado en la muerte, como en la vida, por la búsqueda de una gloria que sólo podía obtener en batalla.

Tras él iban los tumularios y esqueletos de las Cuevas. Sus armaduras brillaban tenuemente a la luz de las balizas y hogueras que avisaban de su llegada, las ascuas de su casi olvidada ansia de batalla revividas por los instintos carniceros del propio Krell. Detrás de ellos marchaban los cadáveres putrefactos tomados de cada fosa y cementerio que el ejército se había encontrado a su paso.

Arkhan y Kemmler avanzaron con aquella oleada. Era su voluntad la que conducía a los descerebrados sirvientes hacia adelante, pues cualquier semblanza de determinación hacía tiempo que había abandonado aquellos pútridos corazones. Manadas de necrófagos habían sido atraídos por el hedor de la muerte en el viento, y acechaban a lo largo de los flancos del ejército, esperando el festín que se avecinaba.

Mapa batalla mainsotall.jpg

Despliegue de la batalla

Theodoric de Brionne era también un individuo apegado a la tradición, y pretendía alzarse con la victoria con el mismo estilo que las generaciones de sus antepasados; los campesinos mantendrían la línea, y los caballeros aplastarían al enemigo en un contraataque decisivo. Sabía que tal estrategia resultaría severa para aquellos llamados a luchar y morir en la muralla de escudos, pero había muchos campesinos y, si no conocían su deber, al menos temían el precio del fracaso. El Duque había reunido a su ejército con una rapidez encomiable y ahora, mientras los no-muertos avanzaban a través de la línea de hogueras, animaba a sus fuerzas para la batalla. Él no temía a la oscuridad, ¿pues no estaba acaso la Dama con ellos? La única preocupación de Theodoric era que la oscuridad reduciría la precisión de sus trebuchets y arqueros. Entonces el Duque observó los millares de fuegos mágicos que centelleaban en la noche, cada par de chispazos procediendo de los ojos de algún horror reanimado, y supo que los campos ante él estaban tan atestados que solo un disparo muy desafortunado sería incapaz de impactar en un blanco. Con una última plegaria a la Dama, dio la orden de abrir fuego.

La hueste de Arkhan había cruzado apenas la mitad del campo cuando comenzó el bombardeo. En un instante, el cielo nocturno se encontraba oscuro y vacío; en el siguiente, revivía con el fuego. Andanadas de flechas en llamas atravesaron las primeras filas de esqueletos y tumularios, desgarrando los tendones mágicos que servían de unión a sus huesos. Una y otra vez caían los proyectiles, escasos segundos entre las andanadas; evidencia de la experiencia de los arqueros de arco largo Bretonianos. Arkhan ordenó a sus esbirros que alzasen sus escudos en alto, pero aquellos trozos de madera estaban tan mustios que muchos se incendiaron y tuvieronq ue ser abandonados antes de que los fuegos se extendiesen a través de los secos huesos y tejidos mortuorios. Grandes bolas de fuego cayeron también en cuanto los trebuchets ajustaron su alcance, y los impactos crearon grandes y andrajosos agujeros entre las filas de Arkhan.

Anthelme de Auslray.jpg

Blasón Bretoniano

Y sin embargo, los no-muertos continuaban su marcha. La magia negra fluyó por el prado, alzando a los muertos caídos para luchar de nuevo. Kemmler y Arkhan no eran novatos en tal impía tarea; de hecho, pocos había en el mundo mejores que ellos. A sus órdenes, huesos destrozados brincaron a la no-vida y se reincorporaron al ataque. A medida que los oscuros hechizos florecían, el desgaste del bombardeo de Theodoric se fue reduciendo hasta resultar casi imperceptible. Mas Krell no se daba cuenta de nada de esto en el momento en que la cabeza de la columna alcanzaba las líneas bretonianas. Él solo veía una frágil barrera de carne viva que descuartizar y, cuando los hostigadores enemigos se refugiaron detrás de su muralla de escudos, levantó su hacha negra y lanzó sus tumularios a la carnicería. Con un grito de batalla perceptible solo para magos y lunáticos, los ancestrales tumularios de las Cuevas le siguieron, y comenzó la matanza.

Montones de Hombres de Armas murieron en aquel primer choque de espadas, pero la línea bretoniana resistió. Theodoric no era querido por la guarnición de La Maisontaal, pero la confianza del Duque había sido clara en las horas previas a la batalla, y su memoria inspiraba incluso al campesino más mezquino a realizar actos de valentía. La línea de escudos fue doblada, pero no se rompió. Por orden de Theodoric sonaron cuernos en la oscuridad y, en los flancos, los caballeros clavaron sus espuelas y se unieron a la batalla. El flanco derecho estaba comandado por Montglaive de Treseaux, que había matado al gusano Catharax; el izquierdo, por el propio Theodoric. La carga del Duque fue la primera en alcanzar su objetivo, y Theodoric el primer caballero en reclamar sangre. Su hacha había sido ungida en la fuente sagrada de La Maisontaal en la víspera de la batalla, y la hoja resplandecía con luz bendita mientras el Duque golpeaba a diestro y siniestro.

Poco a poco, se había dado cuenta de que sus conjuros de reanimación se estaban volviendo menos y menos efectivos. Mientras el Señor de los Nigromantes trataba de encontrar la causa de aquellas dificultades, la calavera en lo alto de su bastón cacareó una advertencia. Un trío de damiselas, a distancia segura tras el asediado muro de escudos, estaba ejecutando conjuros de vida para contrarrestar sus hechicerías de muerte. Ahora que sabía lo que estaba buscando, Kemmler contempló claramente a quienes lo desafiaban, o más bien su visión bruja atravesó lo material y percibió el pálido torbellino de sus crecientes conjuros. El Señor de los Nigromantes se indignó de que un aquelarre de brujas tuviese la temeridad de desafiarlo, e inmediatamente comenzó a conjurar un nuevo hechizo para librarse de aquella intromisión. Resopló con satisfacción en cuanto el patrón de la magia de las damiselas mutó en un contrahechizo condenado. Un latido de corazón después, un rayo negro se precipitó desde el cielo, reduciendo a las damiselas y a su escolta de caballeros a un montón de huesos calcinados.

Arkhan liderando zombis.jpg

Arkhan el Negro a la cabeza de sus No Muertos

Habiendo penetrado profundamente entre las filas de los no-muertos, Theodoric no vio perecer a las damiselas, pero sí notó las renovadas energías de sus adversarios. La mitad de los caballeros que lo habían seguido a la batalla yacían ahora muertos, o peor aún, se habían alzado para luchar en el bando de los atacantes. La armadura del Duque estaba abollada, pero su hacha aún resplandecía con la bendición de la Dama, y su anhelo de victoria permanecía inmaculado. Estaba amaneciendo, y en la pálida luz divisó a una figura envuelta en una toga sobre un impío constructo de hueso, con sus brazos marchitos estirados hacia unos cielos cada vez más claros. De inmediato supo Theodoric que aquel liche era su principal enemigo. Aquella realización dio nuevas fuerzas al duque, y lanzó cada golpe con la única intención de avanzar hacia el enemigo. Los esqueletos se agolpaban para bloquear su paso, pero Theodoric los aplastaba con la masa acorazada de su corcel purasangre o bien los destruía con la reluciente hoja de su hacha. El Duque se encontraba ahora apenas a un puñado de pasos de distancia, mas el liche seguía sin hacerle ningún caso. A Theodoric no le importó; no habría ningún desafío honorable, no ante un enemigo como aquel. Espoleó a su caballo para un último esfuerzo, y alzó su hacha.

Arkhan no vio venir el golpe, pues sus pensamientos estaban por todo el campo de batalla. En el Norte, insuflaba a los tumularios de Krell con nuevas fuerzas; en el sur, empujaba a los tambaleantes zombis para que mantuvieran el rimo del resto de la columna. La poca atención restante del liche estaba fija en Kemmler, alerta ante cualquier señal de traición. Todo aquello terminó cuando el hacha bendecida de Theodoric crujió a través de la pechera de Arkhan, haciendo trizas sus ancestrales huesos y arrojando al suelo al liche. Si Arkhan todavía poseyera un corazón, habría sido hecho pedazos. Sin embargo, la magia negra que fluía a través de su antiguo cuerpo comenzó inmediatamente a reparar los daños. Demasiado tarde: el hacha de Theodoric descendía ya para golpear por segunda vez. Entonces, con un destello de acero rojo sangre, Anark von Carstein, castellano de los Templarios de Drakenhof, apareció al lado del liche. Moviéndose a una velocidad sobrenatural, desvió el tajo mortal del Duque y lanzó un feroz ataque que derribó a Theodoric de su silla. Cuando Arkhan se alzó de nuevo, contempló como Anark separaba la cabeza del Duque de sus hombros, y supo con disgusto que ahora estaba en deuda con los von Carsteins. Sin que nadie se diera cuenta, el hacha de Theodoric cayó al suelo; con su muerte se había desvanecido el encantamiento, convirtiéndola en metal ordinario.

Theodoric carga.jpg

La última carga de Theodoric

La victoria había estado al alcance de la mano de Theodoric pero, con su muerte, las tornas cambiaron rápidamente. Por desgracia para los hijos de Bretonia, los Hombres de Armas habían luchado valerosamente, pero ahora su valentía los abandonó. Como un dique que revienta ante el empuje de las aguas torrenciales, el muro de escudos se desmoronó. Aquí y allá, algunos regimientos mantuvieron la disciplina, islas de orgullo desesperado en un mar impío, pero la mayoría sucumbieron al terror y huyeron en busca de un refugio inexistente. Los tumularios de Krell irrumpieron sin piedad a través de la brecha. Rápidamente las líneas de arqueros y trebuchets fueron arrolladas por necrófagos babeantes, viéndose rodeados los asediados caballeros. Los desesperados campesinos buscaron amparo en los terrenos de la abadía, mas ningún refugio hallaron allí. A medida que Krell avanzaba, santos y nobles muertos hacía mucho se agitaban en una vida cadavérica y merodeaban entre las tumbas, estrangulando a todos los que encontraban.

Ya totalmente recuperado del ataque de Theodoric, Arkhan se sentía complacido. La mayor parte del ejército bretoniano había sido aniquilado o puesto en fuga, y aquellos que todavía resistían estaban rodeados, y pronto caerían. Pero entonces el liche se dio cuenta de la súbita ausencia de Kemmler, y su estado de ánimo se oscureció. En aquel momento, Arkhan supo que había sido traicionado, y se internó apresuradamente en las entrañas de la abadía. No fue difícil seguir la pista a Kemmler, pues había dejado un rastro de cadáveres humeantes a su paso, y Arkhan llegó rápidamente a una gran y profunda estancia de piedra. Los encantamientos protectores de la cámara habían sido calcinados mediante hechicería, derramándose las fuentes de oro por el suelo y mezclándose sus aguas sagradas con la sangre de los caballeros que habían estado montando guardia.

Kemmler se dio la vuelta en cuanto Arkhan entró en la cámara. Las manos como garras del Señor de los Nigromantes se ceñían en torno a Alakanash, el Gran Báculo de Nagash, y su rostro se relamía de triunfo. Durante décadas, dijo Kemmler, había caminado allá por donde Nagash había deseado que lo hiciera, guiando sus pasos mediante susurros procedentes de más allá del velo de la muerte. Pero al sellar un pacto con los Dioses del Caos, estos no sólo habían restaurado al Nigromante la gloria que había conocido siglos atrás, también le habían revelado la forma en la que había sido utilizado. Él trabajaba ahora por la gloria del Caos, se jactó Kemmler, por por la marchita leyenda del Gran Nigromante. Nagash le había prometido poder, pero los Dioses del Caos eran el poder en sí mismos, y lo compartían libremente con aquellos que los servían bien. Heinrich Kemmler levantó a Alakanash, y pronunció palabras en una lengua prohibida. Un fuego oscuro osciló a lo largo de la nudosa extensión del báculo mientras el Señor de los Nigromantes convocaba a los vientos de la magia. Arkhan asió con fuerza su propio bastón, e insufló de vida a los cadáveres dispersos por la cámara. Era el momento de descubrir si el Señor de los Nigromantes era realmente digno de su título.

Afuera, la batalla todavía continuaba. Theodoric había caído, derribado por Anark von Carstein, pero al fin el Duque Jerrod y sus caballeros habían llegado. Habían cabalgado a toda velocidad bajo cielos lúgubres y, viendo a sus compatriotas en serias dificultades, se lanzaron para un último esfuerzo. Llegaron por el camino del Sur, recorriendo la misma ruta que la hueste de Arkhan había hollado apenas unas horas antes. Los necrófagos se dispersaron ante la arremetida, los zombis fueron pisoteados por pezuñas herradas, y Jerrod se internó profundamente en el corazón de la legión esquelética de Krell. Tras él venían los Compañeros de Quenelles, caballeros que habían luchado junto a él desde el día negro en que Mallobaude había acabado con su rey. No veían la vasta y avasalladora horda que había ante ellos, tan solo una serie de abominables oponentes que serían derrotados por su valor y habilidad marcial. Golpearon a los Tumularios de la Charca de Piedrafuriosa como un auténtico ariete. Las lanzas fueron clavadas, las espadas cortaron y antiguos huesos fueron pisoteados por pezuñas herradas. El estandarte de la Charca de PiedraFuriosa fue arrojado al barro cuando el tumulario que lo portaba fue arrancado de sus pies por la lanza de Leon de Toular, y los Compañeros de Quenelles avanzaron aún más profundamente en la masa de cuerpos no-vivos.

Por todo el campo de batalla, aquellos bretonianos que continuaban luchando contemplaron cómo el estandarte de los Compañeros atravesaba las líneas enemigas y sintieron revivir sus esperanzas. Algunos comenzaron a exclamar gritos de ánimo, con un sonido tenue y débil al principio, pero pronto se unieron otras voces y el volumen creció con rapidez. Hombres de Armas, que instantes antes habían estado a punto de huir, rugieron desafiantes y encontraron una nueva confianza. Los escudos avanzaron contra la masa de carne sepulcral, y la línea bretoniana empezó a reformarse.

Krell asistió al resurgir de los instintos guerreros de sus derrotados enemigos, y resolvió aniquilarlos de una vez por todas. Una y otra vez, el Hacha Negra se alzaba y caía, cada golpe seguido de una rociada de sangre a medida que la hoja maldita atravesaba escudos, yelmos y carne. Cada paso de Krell lo acercaba al Duque Jerrod, pero en aquellos momentos el apilamiento de cuerpos conspiró para mantenerlos separados. Bramando de frustración, el tumulario golpeaba a su alrededor sin hacer distinciones, descuartizando a vivos y muertos por igual si se interponían entre él y su objetivo.

Nota: Leer antes de continuar - Duelo mágico en La Maisontaal

Y entonces, con un estallido ensordecedor, la Abadía de la Maisontaal explotó.

Al tiempo que la batalla se desencadenaba en el exterior, una contienda de hechicería había tenido lugar en su interior. Heinrich Kemmler y Arkhan el Negro estaban igualados tanto en poder como en conocimientos, y los esfuerzos de ambos se habían vuelto cada vez más desesperados a medida que intentaban romper las defensas del otro. Finalmente, la magia se había desatado fuera de control, alimentándose de sí misma y de los aledaños como un ser vivo.

Primero fueron las ventanas. Una gran cantidad de cristal tintado, en buena medida procedente de los días del Rey Guillaume, saltó por los aires ante la presión irresistible que se había generado dentro. Fragmentos afilados como cuchillas volaron a través de los campos, haciendo pedazos a combatientes vivos y muertos por igual. Poco después vino un fuego verde que, goteando a través de las brechas en los muros de piedra, incineraron a aquellos que habían sobrevivido a la lluvia de cristales. Un instante después, los muros se resquebrajaron y volaron por los aires. No cedieron fácilmente, pero cedieron. Un tornado de magia descontrolada azotó las ruinas, alzando las paredes derruidas y lanzándolas a través del campo de batalla. Losas de piedra del tamaño de edificios pequeños cayeron entre columnas de caballeros mientras estatuas rotas se precipitaban desde los cielos como meteoros y los escombros caían como gotas de lluvia.

La Dama estaba con el Duque Jerrod aquel día. Su caballo había muerto, pero aunque el Duque de Quenelles estaba cubierto de sangre y cenizas, viviría para luchar por Bretonia de nuevo. No podía decirse lo mismo de aquellos que lo habían seguido a la batalla. Casi todos los Compañeros habían perecido, y muchos de los supervivientes se tambaleaban desmontados y desorientados por un campo atestado de muerte, totalmente conmocionados por la explosión. Que los no-muertos lo estuvieran pasando aún peor no fue de gran consuelo para el Duque de Quenelles - él sólo veía uno de los lugares más sagrados de Bretonia en ruinas, y demasiados de los valerosos hijos del reino caídos sobre los campos. Jerrod montó la silla de un caballo sin dueño y no contempló más que cuerpos rotos tambaleándose y arrastrándose. La explosión había enterrado a Krell en una tumba de carne muerta, pero el tumulario se abrió paso hasta la superficie y una vez más se puso en movimiento.

Uno de los Compañeros desmontados, Gioffre de Anglaron, había recuperado ya sus sentidos, y salió al encuentro de Krell mientras sus labios entonaban un desafío. El tumulario ni siquiera midió sus pasos. El Hacha Negra giró una vez y hendió a Gioffre desde la garganta hasta la ingle con un único y poderoso golpe. Sin apenas mirar al caballero caído, Krell comprobó la oscilación de su hacha y continuó avanzando a través de los muertos ensangrentados. Quizás por un momento, Jerrod consideró la posibilidad de enfrentarse él mismo al sonriente monstruo de hierro y hueso; para vengar a Gioffre y a todos los demás que habían muerto aquel día. Pero sólo por un momento. La magia descontrolada todavía aullaba sobre el campo de batalla, y sus caricias inyectaban energías renovadas al ejército de Arkhan. Los esqueletos se levantaban a medida que sus destrozados huesos se recomponían, y los Bretonianos conocieron un nuevo horror cuando aquellos caídos recientemente se alzaron con ojos vidriosos para acuchillar y desgarrar a sus antiguos camaradas. Jerrod contempló cómo se reformaban las filas del enemigo y sintió un dolor que nada tenía que ver con sus múltiples heridas. La batalla estaba perdida; La Maisontaal estaba perdida. Era tan cierto como que nada bueno vendría de seguir luchando. Alzando una voz ahogada por el polvo y la vergüenza, Jerrod, Duque de Quenelles, ordenó la retirada.

En las profundidades de lo que quedaba de las arrasadas cámaras de La Maisontaal, una figura ennegrecida por el fuego escuchó las atronadoras voces y el estruendo de los cuernos a medida que los Bretonianos se retiraban. Riéndose entre dientes, Arkhan se levantó y sacudió las gruesas cenizas de su túnica. Había sido un duelo muy igualado, pero su oponente había ido demasiado lejos en el último momento. El traicionero Kemmler había sido despachado, Bretonia había sido humillada y, aún más importante, Alakanash era suyo.

Nagash se alzaría de nuevo.

Fuente Editar

  • The End Times I - Nagash.

Duodécima batalla de La Maisontaal
Prefacio | Contendientes | Batalla | Duelo mágico en La Maisontaal

Spotlights de otros wikis

Wiki al azar