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La Batalla de La Maisontaal/Prefacio

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Nagash Gran Nigromante retornado Fin de los Tiempos.jpg

El Fin de los Tiempos

El trasfondo que puedes leer en esta sección o artículo se basa en la serie de libros de campaña y novelas de El Fin de los Tiempos, que recientemente ha sustituido la línea argumental de La Tormenta del Caos

Archaon Señor del Fin de los Tiempos.jpg

Vampirines4.png

Heinrich Kemmler preparando su ejército

Arkhan no marchó directamente hacia su objetivo tras despedirse de Mannfred, pues sabía que necesitaría algo más que muertos descerebrados bajo su mando si quería tener éxito. Así, su camino lo condujo a las estribaciones de las Cuevas. Allí puso de nuevo a su servicio al autoproclamado Señor de los Nigromantes, Heinrich Kemmler, y al ancestral tumulario Krell. Aquellos dos habían servido bien a Arkhan durante la rebelión de Mallobaude, reforzando al ejército de bandidos y traidores del príncipe renegado con legiones de muertos inquietos. La lealtad de Krell era indiscutible, pues ansiaba tanto como Arkhan ver restablecido a Nagash, pero Kemmler era un asunto completamente diferente. El Señor de los Nigromantes aborrecía la idea de someterse a ningún maestro, y Arkhan sabía que solo obedecería mientras conviniera a sus propios intereses.

Los tres se internaron profundamente en las Cuevas, buscando las tumbas cubiertas de telarañas que se alineaban a lo largo de las laderas de las montañas. Grandes batallas habían tenido lugar allí en tiempos pasados, y los espíritus egoístas de los caídos descansaban inquietos en sus mausoleos. Arkhan y Kemmler rompieron los sellos de factura élfica, y levantaron a los rencorosos muertos para unirse a su causa. Todavía era un ejército pequeño, pero tenía el potencial de superar con mucho aquellos escasos números. Además, habría suficientes cadáveres en Bretonia para sumarse a sus filas.

La marcha de Arkhan hacia el Norte no supuso ningún ejercicio de sutileza, sino que avanzó directamente a través de las ya devastadas regiones centrales de Carcassonne y Brionne. Aquellas antaño magníficas provincias se habían visto reducidas a escombros por la rebelión y la plaga. Por cada aldea que todavía luchaba por ganarse la vida del cultivo de la tierra, otras dos o tres eran auténticos osarios atiborrados de cadáveres. Los castillos permanecían vacíos en las colinas y, en los valles, las mansiones señoriales se habían convertido en ruinas ennegrecidas por el fuego. Arkhan pasó a través de todas ellas, alzándose los muertos sin enterrar a su paso. El liche nunca había creído realmente que Mallobaude hubiese poseído la voluntad necesaria para hacerse con la corona de su padre, mas igualmente le había concedido todo el apoyo requerido. Había actuado así motivado parcialmente por el deseo malicioso de ver exactamente cómo fracasaría Mallobaude, pero principalmente porque sabía que Bretonia quedaría enormemente debilitada, sin importar el vencedor. Ahora Arkhan contemplaba los siniestros resultados de sus intrigas, mas no sentía satisfacción alguna. Las cosas habían sucedido según lo previsto.

A pesar de la penosa situación de Bretonia, sus defensores opusieron algo de resistencia ante el avance de Arkhan, aunque solo uno de esos encontronazos podría ser considerado una batalla como tal. El Duque Tancred de Quenelles, segundo de su nombre, se enfrentó en batalla con Arkhan mientras la hueste no-muerta atravesaba la frontera de Brionne. Tancred y sus caballeros se contaban entre los pocos supervivientes de la devastada Quenelles; eran veteranos con cicatrices de la guerra civil que habían visto su hermosa ciudad derruida en el fango. Golpearon al ejército de Arkhan como una brillante lanza azul y plateada, luchando como si estuvieran poseídos, pues deseaban alzarse con la victoria en el nombre de la Dama. Para Tancred, aquello era una cuestión de honor; la venganza le impedía ver la auténtica escala de la fuerza no-muerta y lo impulsó a adentrarse profundamente en un mar de huesos y carne putrefacta. Para Arkhan, aquella batalla era un mero inconveniente. No deseando molestarse él mismo con su dirección, ordenó al Señor de los Nigromantes que acabase con los esfuerzos del Duque. Y así hizo Kemmler con malicioso júbilo, pues la estirpe de Tancred había sido una piedra en sus viejos zapatos durante muchos años. Tancred pereció aquel día, su carne marchitada por la hechicería del Señor de los Nigromantes y su espina dorsal partida en dos por el hacha de Krell. Muerto el Duque, aquellos caballeros que aún vivían espolearon a sus corceles hacia el Este y huyeron hacia la relativa seguridad del Castillo Brenache, una de las pocas fortalezas que quedaban en el oeste de Quenelles.

La caída del Duque Tancred II implicó que los privilegios y deberes de la Baronía de Quenelles pasaran a un primo lejano, Jerrod, Palatino de Asareux, que había combatido al lado de Tancred durante la última carga del Duque. Por desgracia, en el momento culminante de la batalla, su corcel se había visto presa del terror y lo había arrastrado muy lejos. Para cuando Jerrod consiguió retomar el control de la bestia una vez más, Tancred estaba muerto y sus caballeros en desbandada.

La sangre de Jerrod hervía con sus deseos de venganza; rezó para que le fuera señalado el camino y buscó el consejo de Lady Elynesse, la Viuda de Charnorte, una profetisa de gran renombre. Si bien Elynesse accedió a prestar su ayuda, la predicción fue un asunto problemático. Las aguas del futuro habían sido contaminadas por demonios, y la voz de la Dama se ahogaba bajo las carcajadas de los Dioses del Caos. Durante tres días, Lady Elynesse no tomó alimento alguno, y se asomó al precipicio de la locura. Entonces, al fin, la Dama se apareció en los sueños febriles de la profetisa para revelar que los no-vivos marchaban contra la Abadía de la Maisontaal. Conociendo por fin el destino de la legión no-muerta, Jerrod congregó a los caballeros que pudo reunir y cabalgó a toda prisa hacia el Norte.

Aquella no era la primera vez que La Maisontaal se veía amenazada. En el interior de sus cámaras yacía un auténtico tesoro de antiguas reliquias, de orígenes tanto nobles como viles, y a lo largo de los siglos muchos atacantes habían tratado de arrancar aquellos artefactos de su legítimo lugar de descanso. Después de la última batalla importante, haría unos treinta años, el Duque Tancred I había financiado una ambiciosa serie de fortificaciones en torno a la abadía. Su intención había sido convertir La Maisontaal en una de las fortalezas más poderosas de toda Bretonia.

Sin embargo, tras la muerte del Duque en la Batalla del Puente de Monfort, la corrupción y la apatía habían privado a las obras de cualquier tipo de impulso, y las murallas a medio construir pronto habían sido desmontadas por los campesinos. De cualquier manera, los esfuerzos de Tancred no habían resultado totalmente inútiles. Los cuarteles de la guarnición habían sido terminados antes de que comenzasen los trabajos en las murallas, y ahora contenían una fuerza de muchos miles de arqueros y hombres de armas, así como multitud de caballeros procedentes de las catorce provincias. Aunque los campesinos sentían poco apego por el honor que comportaba servir en La Maisontaal, la nobleza la consideraba la más grande de las vocaciones. El más resuelto de todos era el Duque Theodoric de Brionne, que había venido a La Maisontaal en penitencia por una serie de actos nada caballerosos. Bajo su liderazgo, la guarnición de La Maisontaal se encontraba más activa que nunca, manteniendo patrullas y puestos de vigilancia en la campiña circundante.

Así protegida, La Maisontaal había capeado la marea de destrucción que había engullido las tierras al sur del Río Grismerie. Por supuesto, la ironía era que, en sus primeros días, el devenir de la campaña contra Mallobaude había oscilado dependiendo de números muy pequeños, y si Theodoric hubiese sumado su guarnición al ejército real, la amenaza del traidor podría haber sido eliminada mucho antes. Quenelles y Carcassonne no habrían caído, y Brionne y Aquitaine no estarían en ruinas. Tan desesperadamente había buscado Theodoric su redención que había cerrado sus ojos a todo lo demás; había permanecido como guardián de La Maisoontaal incluso mientras ardían sus tierras ancestrales.

Ahora parecía que la vehemencia de Theodoric supondría la salvación de La Maisontaal. Era un hombre que ardía con un propósito; ante él se encontraba su oportunidad de redimirse, una ocasión para expiar sus debilidades de mente y cuerpo. ¿Qué mejor ocasión para un auténtico caballero de probarse de nuevo a sí mismo que una batalla contra los viles no-muertos? Desdeñando el consejo de Jerrod, Theodoric ordenó a la guarnición que formase en el prado al sur de la abadía. Aquel, declaró a todos los que le escuchaban, sería el lugar donde obtendrían una gran victoria para la Dama, y probarían a toda Bretonia que la esperanza aún no había abandonado al reino.

La Duodécima Batalla de La Maisontaal estaba a punto de comenzar...

Fuente Editar

  • The End Times I - Nagash.
Duodécima batalla de La Maisontaal
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