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Tyrion por Paul Dainton.jpg
La Llanura de los Huesos brillaba bajo los suaves rayos del sol. Preservados por una extraña magia, los viejos huesos tenían un resplandeciente color blanco. Armaduras tan antiguas como los Reinos Élficos parecían recién forjadas. Las armas ancestrales, aún agarradas por dedos esqueléticos, mostraban hojas tan cortantes como un cuchillo recién afilado. Los muertos yacían en filas interminables de esqueletos. Los despojos de los guerreros de ambos bandos estaban mezclados unos con otros, caja torácica enredada con caja torácica. Blancos montículos de cráneos se levantaban formando grandes colinas a lo largo de la llanura. Era como si todos los cadáveres de los guerreros caídos en todas las batallas del mundo yacieran allí.

Mientras el ejército Alto Elfo avanzaba, sus columnas marchaban entre las ruinas de antiguos edificios. En una era ancestral debió levantarse en aquella llanura una ciudad tan grande como Lothern. Ahora no quedaba ni un sólo edificio en pie. No había quedado piedra sobre piedra. La madera cristalizada de las vigas de madera de los techos yacía entre los calcinados restos de los muros desplomados.

Los huesos crujían bajo las pezuñas de los Corceles Élficos a medida que estos avanzaban. Un polvo de color obsceno se levantaba del suelo y se metía por los agujeros de la nariz de Tyrion. A su izquierda observó el esqueleto de una serpiente de noventa metros de longitud. A su derecha había un montículo de cráneos en forma de pirámide, diez veces más alto que un Elfo. Tyrion se preguntó cuánto tiempo debía llevar allí. Quizás los cráneos habían sido amontonados el día anterior; quizás llevaban allí cinco mil años. El paso del tiempo fluía de una forma extraña en esas tierras y Tyrion lo sabía.

Tyrion vio los ojos desprovistos de vida de una enorme cabeza de piedra. La estatua a la que había pertenecido la cabeza debía de ser gigantesca antes de desplomarse. Cada uno de los ojos tenía el tamaño de Malhandir y la montura de Tyrion era el Corcel Élfico más grande que jamás había existido.

En la lejanía, los agudos ojos de Tyrion podían distinguir el monstruoso altar negro de Khaine. Era tan grande como la Pirámide de Asuryan; por sus laderas manaban torrentes de sangre; y estaba rodeador por enormes estatuas. En la parte superior había algo que brillaba con un maligno color negro, saturando el aire con un poder siniestro. Tyrion sintió crecer una extraña excitación en la boca del estómago, una especie de anticipo de la incomprensible sed de lucha que la presencia de la espada inspiraba en todo ser viviente.

Los dos ejércitos se encontraron en la llanura que había ante el templo de Khaine. Mientras sus orgullosos estandartes ondeaban al viento, los Altos Elfos se desplegaron en sus posiciones. Tyrion pensó que la simple visión de su ejército era sobrecogedora. Las tropas que formaban la expedición que debía reconquistar la Isla Marchita formaban el ejército más poderoso que jamás se había reunido en esa era del mundo.

En el flanco derecho del ejército, Tyrion cabalgaba junto a los Yelmos Plateados. Tyrion estaba orgulloso de tener bajo sus órdenes directas a estos caballeros equipados con armaduras completas. Todos ellos eran hijos de las familias más nobles de los Altos Elfos, montados en los mejores corceles que su continente insular podía ofrecer. A su derecha se encontraba un regimiento de los heroicos Aurigas de Tiranoc, que tranquilizaban con suaves palabras a los corceles que tiraban de sus carruajes.

Junto a ellos cabalgaban Antheus de Caledor y sus hermanos Príncipes Dragón, montados en sus gigantescos caballos de guerra equipados con bardas metálicas. Cada caballo llevaba un caparazón metálico con un adorno en la cabeza muy similar a los yelmos alados de sus jinetes. Antheus saludó a Tyrion con su ancestral lanza de caballería cubierta de runas. Su punta brillaba con el fuego cautivo del núcleo de una estrella fugaz.

A la izquierda de Tyrion, formando el centro de la línea del ejército, se hallaban las grandes unidades de los Arqueros Altos Elfos, con sus arcos preparados para el combate. A su izquierda se encontraban las profundas formaciones de lanceros. Había Guardias del Mar de Lothern resplandecientes con sus yelmos ornamentados y sus cotas de placas parecidas a las escamas de un pez; ciudadanos-soldados dé los valles de Yvresse y las costas de Cothique. Junto a la Guardia del Mar, dos Lanzavirotes de Repetición estaban siendo colocados rápidamente en posición de disparo.

También podía verse al regimiento de la guardia personal del Príncipe mago lrion de Saphery, con sus armaduras y uniformes profusamente decorados. El propio Alto Mago se erguía orgulloso junto a sus guerreros mientras intercambiaba joviales provocaciones con Hallar, capitán de los Maestros de la Espada de Hoeth. El Mago y el Maestro de la Espada más famosos de Ulthuan eran antiguos rivales. Tyrion sonrió; él mismo había sido adiestrado por Hallar, el Maestro de la Espada, y su sardónico sentido del humor le agradaba.

Los terriblemente silenciosos miembros de la Guardia del Féníx formaban hombro con hombro con los mortíferos Leones Blancos de Cracia, cada uno de ellos resplandecientemente ataviado con el pellejo del gran carnívoro del cual tomaban su nombre. Se trataba de un ejército que inspiraba terror en todos excepto en los enemigos más audaces.

Frente al ejército Alto Elfo, al otro lado del campo de batalla, se encontraban las gigantescas formaciones del ejército enemigo. En la escalinata del propio Templo se erguía N'Kari. El gran demonio era una visión espantosa. Su estatura era una vez y media la de cualquier Elfo y pesaba como mínimo diez veces más; una enorme masa de puro músculo. De sus gigantescos hombros surgían dos musculosos brazos rematados en garras con forma de pinzas. Debajo de estos, dos brazos de apariencia algo más humana, acariciaban cariñosamente a una extraña criatura demoníaca de menor tamaño.

N'Kari echó hacia atrás su enorme cabeza de toro coronada por unos brutales cuernos y lanzó un estremecedor rugido que retumbó por todo el ejército de Elfos Oscuros reunido su alrededor y sumergió a sus guerreros en un éxtasis de adoración y terror. A los pies de N'Kari yacía una horripilante bestia demoníaca, en parte escorpión, en parte reptil, en parte diablo. La bestia lamió la pierna del gran demonio de forma lasciva. N'Kari le acarició la cabeza con una mano aparentemente humana. Levantó la otra y saludó de forma burlona a Tyrion.

Frente al demonio había filas y filas de lanceros Elfos Oscuros; sus ojos brillaban saturados por un odio incontenible. Entre los grandes bloques de lanceros podían verse unidades de ballesteros. Tyrion se había enfrentado ya a ellos en el pasado, y sabía perfectamente lo mortíferos que podían ser. Todos los guerreros Elfos Oscuros estaban dominados por un odio irracional que les impedía ceder terreno en combate o reconocer la derrota. Las legiones del Rey Brujo se contaban entre los enemigos más terribles que habían tenido jamás los Altos Elfos.

Junto a los lanceros, frente a los Aurigas de Tiranoc, una masa de Elfas Brujas aullaban y gritaban presas de una feroz ansia asesina. De los labios púrpuras de las guerreras drogadas surgían espumarajos. Empuñaban espadas de las que goteaba veneno y bailaban lascivamente para regocijo de su señor.

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Directamente frente a las apretadas filas de la caballería de los Altos Elfos podía verse a varios regimientos de Elfos Oscuros montados en viscosos Gélidos de reptiloide piel verde. Tyrion se preguntó si las monturas de sus tropas serían capaces de lanzarse a la carga contra esos repugnantes lagartos gigantes. Bien, pensó, ya era demasiado tarde para preocuparse por ello. Tendría que confiar en el coraje de los caballeros Altos Elfos y en la lealtad de sus monturas.

Malhandir resopló y pataleó el suelo, ansioso por lanzarse contra el enemigo. Puesto que no había razón alguna para esperar más, Tyrion dio la orden de avanzar. Su plan de batalla era sencillo. Los Arqueros Altos Elfos dispararían constantemente una lluvia de muerte sobre el enemigo, mientras los caballeros y los carruajes de guerra cargaban rápidamente contra el enemigo. Él mismo encabezaría la carga.

Tras dejar atrás las dudas de la noche anterior, Tyrion se sentía mucho mejor. Podía morir en esta batalla, pero al menos moriría como siempre había deseado. La guerra era algo que podía entender perfectamente, era algo para lo que se le había criado y ahora tenía la oportunidad de poner a prueba todo ese adiestramiento. Centró su mirada en N'Kari. Sí, el demonio era una visión terrible, pero Tyrion sabía que en el pasado había sido derrotado. En una ocasión por su lejano antepasado Aenarion; y en otra ocasión por su propio hermano, el Gran Mago Teclis. Parecía que la razón de existir del demonio era acosar a la estirpe de Aenarion. Parecía también que la razón de existir de la estirpe de Aenarion era ser el némesis de N'Kari.

Tyrion confiaba en la fuerza del brazo con el que empuñaba su espada. En su mano, la espada Colmillo Solar palpitaba saturada de energía letal. Su propio cuerpo estaba protegido por la Armadura del Dragón de Aenarion. El Corazón de Avelorn colgaba de su cuello sujeto por un mechón de los cabellos de la propia Reina Eterna. La trenza de cabellos y el propio talismán estaban rodeados por hechizos de protección de un poder increíble. Tyrion sabía que ningún otro guerrero, a excepción del propio Aenarion, había entrado en combate mejor equipado o protegido. Si había algún ser viviente que tuviera una oportunidad de enfrentarse y vencer a un gran demonio en combate era él, y una oportunidad era todo lo que Tyrion deseaba.

Levantó una mano enfundada en su guantelete, dando la orden de atacar. Las notas argénteas de los cuernos de guerra de los Altos Elfos resonaron por todo el campo de batalla. En menos de un instante, grandes nubes de flechas élficas surcaron el cielo, dibujando un arco hacia el enemigo. Malhandir no necesitó que le espolearan para lanzarse al galope. La montura de Tyrion aceleró prácticamente sin esfuerzo. El viento azotaba el rostro de Tyrion a medida que las zancadas del poderoso corcel se hacían más largas. Los huesos se partían como madera seca bajo los cascos herrados con pura plata de Malhandir. En la distancia, un Gélido se desplomó bruscamente atravesado por un enorme virote procedente de uno de los Lanzavirotes de los Altos Elfos. Tyrion vio cómo el jinete era derribado de la silla y aplastado por la caída de su propia montura.

Las pezuñas de la caballería Élfica estremecían el campo de batalla. Las ruedas giraban rápidamente a medida que los carruajes de guerra de los Aurigas de Tiranoc empezaban a moverse a toda velocidad. Tyrion vio cómo uno de los carruajes saltaba por los aires tras tropezar con un desnivel del terreno. Los Aurigas, ebrios por la velocidad, dejaron escapar sus terroríficos gritos de guerra. Al oírlo, Tyrion sintió un escalofrío que le recorría la espalda. El grito de guerra de los Aurigas retumbaba con cientos de años de odio, amargura y soledad. Si hubiese sido un Elfo Oscuro, hubiese sentido pánico al oír aquellos terribles gritos de guerra.

Los Elfos Oscuros mantuvieron sus posiciones a pesar de la lluvia de flechas que abatía a sus guerreros. Aunque malignos, eran Elfos, y tenían la disciplina y el coraje propios de estos. Con una palabra, Tyrion contuvo un poco a Malhandir, dejando que el resto de la caballería de los Altos Elfos les diera alcance. Quería entrar en combate con ellos. Quería ser la punta en el extremo de la lanza de la carga de la caballería Élfica.

A través de las nubes de polvo pudo ver que los Elfos Oscuros estaban ya mucho más cerca. Los Elfos Oscuros entonaban frenéticos cánticos de batalla en una burda burla de la lengua Élfica de Ulthuan. Sus palabras eran lo bastante similares al Elfo como para ser comprensibles, pero el dialecto de Naggaroth era una fría parodia de la fluidez del lenguaje Élfico, del mismo modo que su desolada tierra natal era una grotesca parodia del místico UIthuan.

Tyrion sintió un golpe de calor en su placa pectoral, al ser alcanzado por una descarga de energía maligna proyectada por las garras de N'Kari. Su siniestra energía estuvo a punto de atraparle, pero fue dispersada por la luz dorada del talismán de la Reina Eterna. Tyrion murmuró una plegaria de agradecimiento a la Diosa Madre. Desde algún punto a su espalda, una descarga de energía espectral se dirigió hacia el demonio, pero fue desviada inofensivamente por un manotazo de sus gigantescas garras.

Un siniestro siseo cruzó el aire en el momento en que los ballesteros Elfos oscuros abrieron fuego contra la caballería Élfica que se aproximaba. A la derecha de Tyrion un audaz caballero Elfo fue abatido; de uno de sus ojos salía la mitad de un virote de ballesta. Con un agónico grito, el caballero Elfo cayó hada atrás de su silla. Uno de sus pies quedó atrapado en el estribo y fue arrastrado por su corcel como un grotesco arado abriéndose paso en el campo cubierto de huesos. Tyrion agachó su cabeza, instintivamente. Los virotes de ballesta rebotaban en su armadura. La ancestral armadura metálica se hundía ligeramente con cada impacto. Pinchazos de dolor le indicaban los puntos en los que los virotes le alcanzaban. Tyrion supo que iba a tener algunas magulladuras muy dolorosas después de la batalla, si salía con vida de ella. A pesar de todo, ningún virote había atravesado su armadura, lo cual le tranquilizó enormemente; algunos siniestros rumores decían que los malignos hijos de Naggaroth acostumbraban a envenenar las puntas de los virotes de sus ballestas.

Tyrion se arriesgó a echar un vistazo a su alrededor. No habían caído demasiados caballeros Altos Elfos. La distancia era aún considerable y los virotes de ballesta habían perdido ya mucha potencia cuando impactaban a la caballería Élfica. Vio cómo uno de los carruajes Elfos se estrellaba contra un pequeño promontorio y volcaba. Su conductor había sido alcanzado en pleno corazón por un virote enemigo. Resoplando aterrorizado, uno de los corceles intentaba soltarse de los restos del carruaje.

Incapaces de contenerse por más tiempo, las Elfas Brujas y el resto de la infantería de Naggaroth empezaron a avanzar, balbuceando y gritando. Con grandes zancadas aparentemente lentas, los Gélidos empezaron a galopar junto a ellos. Un odio intenso recorrió las venas de Tyrion. Estaba decidido a matar a sus enemigos. Una pequeña fracción de su mente percibió cómo aumentaba en él un ansia amplificada de derramar sangre en la batalla; supo inmediatamente que aquel impulso no era realmente suyo. Procedía de la terrible arma emparedada en el ancestral altar. Tyrion sabía que la Espada de Khaine estaba alimentándose de esas muertes.

Se cruzaron más hechizos, entre ambos ejércitos; mago y demonio continuaban enfrentándose, por el momento sin resultado. Hasta el momento, la magia no había detenido ninguna influencia en la batalla, pero Tyrion sabía que pronto uno de los hechiceros quedaría exhausto o emplearía el último de sus amuletos de protección, y que entonces empezarían a ocurrir cosas terribles.

Sobre las unidades de los Elfos Oscuros llovían más y más flechas Élficas. Con su propia caballería tan cerca del enemigo, los arqueros concentraban sus disparos en el extremo opuesto de la linea del ejército de Naggaroth, para no arriesgarse a alcanzar por accidente a sus propias tropas. Gritos escalofriantes rompían el aire a medida que los Elfos Oscuros eran abatidos por las flechas. En el altar, el aura que parpadeaba alrededor de la siniestra espada brillaba con más fuerza.

Finalmente las dos vanguardias chocaron brutalmente. Encabezada por Tyrion, la caballería de los Altos Elfos embistió al enemigo como una ola de acero. Tyrion golpeó a diestro y siniestro. Las Elfas Brujas caían decapitadas a su alrededor. Malhandir se revolvía, aplastando sus cuerpos aún pataleantes bajo sus cascos. Más rápida que la lengua de una serpiente, la espada de Tyrion golpeaba una y otra vez, matando a todo el que se ponía a su alcance. El Príncipe Elfo sintió en ese momento cómo una furia de batalla mucho más familiar recorría su cuerpo, amplificada por la maligna influencia de la Espada de Khaine. Hubiese deseado dejar escapar un aullido para liberar toda la exaltación que le producía el combate. Sentía cómo los huesos se partían bajo los golpes de su espada y la sensual descarga de poder que se producía cada vez que parte de la energía contenida en Colmillo Solar fluía sobre uno de sus adversarios.

Entre los aullidos, más y más Elfas Brujas se lanzaban contra él. Con ojos vidriosos y labios crispados, no parecían mucho más enloquecidas por el combate que el propio Tyrion. El Príncipe Alto Elfo era una auténtica máquina de matar, imparable por ningún poder mortal. Derribando a todos sus enemigos, Tyrion se abrió un sangriento camino entre las Elfas Brujas y llegó hasta las posiciones de la infantería de los Elfos Oscuros.

Por el rabillo del ojo vio brillar una corta espada que goteaba veneno. La espada cortaba el aire dirigiéndose hacia su cuerpo. En el último momento se revolvió sobre su silla, pero fue demasiado tarde. El filo de la espada le alcanzó justo bajo las costillas y se habría hundido hasta el corazón si su robusta y ancestral armadura no hubiera detenido la mortífera hoja. La fuerza del impacto le hizo ver destellos ante sus ojos. El Asesino Elfo Oscuro le escupió. Tyrion pudo ver que en su mejilla había un pequeño tatuaje, el símbolo de Khaine.

- ¡Muere, asesino! -rugió Tyrion mientras le golpeaba con su espada. Con su espada amputó la mano del Elfo Oscuro a la altura de la muñeca. El golpe de revés siguiente decapitó limpiamente al asesino. Preso de una viciosa furia de combate, Tyrion golpeó brutalmente a cuantos enemigos podía ver a su alrededor, transformado en un torbellino de muerte. Pronto no quedaría ningún enemigo en pie al alcance de su espada.

Tyrion dispuso de un momento de respiro para estudiar cómo proseguía la batalla. La caballería de los Altos Elfos había cargado contra el cuerpo principal del ejército de Elfos Oscuros, causándole un gran número de bajas. Tyrion habría pensado que nadie podría sobrevivir a aquella avalancha de afilado acero. Las lanzas de caballería habían empalado los cuerpos de los guerreros Elfos Oscuros. Las ruedas con crueles cuchillas de los carruajes Élficos habían segado a los guerreros enemigos como si fueran trigo. A pesar de todo, increíblemente, la mayoría de Elfos Oscuros habían sobrevivido a la carga. Habían conseguido mantener firme su línea de batalla y contener el impulso del ataque de los Altos Elfos. No habían cedido a pesar del duro castigo sufrido. Realmente se trataba de un adversario terrible.

Tyrion contra Elfos Oscruro por Adrian Smith.jpg

Tyrion vio a Antheus de Caledor, montado en su caballo, gritando instrucciones a sus Príncipes Dragoneros. Estaban rodeados por un regimiento de lanceros Elfos Oscuros e intercambiaban estocadas con ellos. Un único carruaje de guerra Élfico había conseguido romper la línea de los Elfos Oscuros y estaba girando para atacar la retaguardia de los Elfos Oscuros. Cerca de Tyrion, el grueso de los Yelmos Plateados estaban trabados en un vicioso combate cuerpo a cuerpo con sus enloquecidos enemigos. Los grandes corceles blancos se revolvían y coceaban, aplastando cráneos bajo sus cascos. Los nobles caballeros con cotas plateadas luchaban sobre ellos lanzando majestuosas estocadas.

Mientras Tyrion observaba la situación, uno de los orgullosos jinetes fue arrancado de su silla y empalado varias veces por los lanceros Elfos Oscuros. Desde su posición, era difícil saber quién llevaba ventaja en el combate. Tyrion sabía que no tardaría mucho en descubrirlo.

Los hechizos cortaban el aire. Cerca de Tyrion, un rayo de fulgurante energía negra atravesó las filas de los Yelmos Plateados, reduciendo a uno de ellos a un cadáver carbonizado; sus compañeros quedaron aturdidos y paralizados por el miedo. Viendo las expresiones de horror en las caras de los caballeros y cómo empezaban a vacilar, Tyrion les gritó que no temieran y que permanecieran firmes. Tal fue el timbre de autoridad en su voz que los caballeros Altos Elfos reaccionaron y mantuvieron su posición. Tyrion buscó el origen del mortífero hechizo, y lo encontró. N´Kari había descendido de la escalinata del templo y estaba abriéndose paso entre los combatientes. Cada manotazo de sus enormes garras dejaba  a un valeroso guerrero Alto Elfo muerto en el suelo a los pies del demonio.

Desde atrás, los cuernos de guerra de los Altos Elfos restallaron una vez más, ordenando a la infantería Élfica que avanzara y se uniera al combate. Una vez más, las nubes de flechas volaron por encima de sus cabezas y cayeron como una lluvia de muerte sobre el enemigo. Aullando su grito de batalla, Tyrion espoleó a Malhandir para cargar contra el gran demonio.

Un extraño olor saturaba el aire alrededor de N´Kari. El aire alrededor del demonio llevaba una dulce fragancia, un incienso alucinógeno. La presencia sobrecogedora del demonio amenazaba la cordura de cualquiera que se atreviese a mirarle. Había algo majestuoso en la figura de aquel engendro del infierno, una especie de belleza en la sobrenatural fuerza y gracilidad de sus movimientos. Tyrion vio cómo un Yelmo Plateado quedaba paralizado, extasiado por su belleza, mientras el demonio le despedazaba. Incluso la carga de Malhandir vaciló ligeramente al aproximarse al demonio, obligando a Tyrion a clavar ligeramente sus espuelas.

Como un relámpago, Tyrion se lanzó contra el demonio. A medida que se aproximaba, las runas de su espada empezaron a brillar con mayor intensidad. Tyrion hizo que Colmillo Solar describiera un gran arco, y clavó la espada en el cuerpo del demonio. Empuñada por el poderoso brazo de Tyrion y propulsada por la carga irresistible de Malhandir, cualquier otro monstruo habría caído muerto tras el impacto de la espada. N´Kari tan sólo lanzó un escalofriante grito de dolor que alegró el corazón de Tyrion. Parecía que era posible herir al demonio.

Tyrion continuó golpeando a su adversario una y otra vez, descargando una lluvia de mortíferas golpes que hicieron retroceder a N´Kari. El sudor corría por la frente del Elfo, amenazando con oscurecer su visión. Su brazo se estremecía con cada impacto de su espada al chocar ésta con la piel dura como el hierro del demonio, pero Tyrion no se atrevía a interrumpir su avalancha de ataques. Temía que si le concedía al demonio un solo instante de respiro, éste le despedazaría por completo con sus temibles garras. El icor que la criatura tenía por sangre manaba libremente por los profundos cortes de su piel; el demonio aullaba con una extraña mezcla de agonía y placer.

El resto de la batalla se borró de su mente. Sólo existían Tyrion y N'Kari. Para ambos adversarios no había nada que fuera más importante que su combate personal. Parecía que estuvieran luchando en un universo aislado y silencioso, en el que tan sólo existieran ellos y el odio mutuo, y por encima de todo la presencia ominosa de la Espada de Khaine.

Casi llorando por el esfuerzo, Tyrion continuó golpeando sin descanso. De repente, el demonio levantó una de sus manos. Sus dedos casi humanos gesticularon una secuencia de invocación y un rayo de incandescente energía negra envolvió al héroe Alto Elfo. Tyrion gritó. Todas las terminales nerviosas de su cuerpo sintieron un fuerte dolor. Quería doblarse y vomitar. Sintió corno si un relámpago estuviera recorriendo su cuerpo. Sus pulmones estaban inundados de olor a bilis y sulfuro. Por unos instantes quedó paralizado mientras el calor del amuleto y la terrorífica energía del hechizo del demonio se enfrentaban, utilizando su cuerpo como campo de batalla.

Había llegado el momento de que N'Kari descargara un torrente de golpes sobre su enemigo. A través de un velo de dolor, Tyrion se defendía de los ataques tan bien como podía. Malhandir retrocedió ante el avance del demonio que resoplaba y lanzaba risotadas enloquecidas. Tyrion bloqueó frenéticamente uno de los golpes de la criatura mientras se agachaba esquivando otro golpe de sus garras. Otro golpe del demonio le alcanzó en el yelmo. Sus oídos silbaron por el ensordecedor retumbar del metal. La fuerza del impacto hizo que la cabeza le diera vueltas. El siguiente golpe de los enormes puños del demonio le alcanzó en el pecho bajo el corazón, en el área ya magullada por el anterior golpe de espada del asesino. Luchó para contener un grito de dolor al sentir cómo las costillas se quebraban y una intensa agonía laceraba su pecho. Un último golpe le rozó el hombro y casi se lo dislocó.

Una alegría irracional se apoderó de la voz del demonio: "Ya eres mío, Príncipe Tyrion. Mi venganza está a punto de empezar."

Tyrion se sintió derrotado. Su cuerpo estaba malherido y cada célula le dolía brutalmente. El demonio era demasiado fuerte para que un mortal pudiera hacerle frente, independientemente de lo bien armado y entrenado que estuviera. Se había engañado a sí mismo creyendo lo contrario. Casi inclinó la cabeza, empezando a aceptar lo inevitable. Justo en ese momento renacieron en él nuevas fuerzas. Quizás procedían del amuleto en su pecho, o quizás de la terrible espada clavada en el cercano altar. Tyrion no lo sabía y no le importaba. Lo único que sabia es que debía continuar luchando, que el admitir la derrota era corno estar ya derrotado. Y eso no lo haría jamás. 

-"¡No!", -aulló Tyrion.  

Aunque su espada le pareció tan pesada como un árbol caído, consiguió levantarla. Todo ocurría con una terrible lentitud, como si se tratara de una pesadilla. Vio cómo el demonio le miraba sorprendido. Tyrion descargó el golpe de su espada con la majestuosidad de un relámpago. El incandescente filo de la espada alcanzó al demonio justo en medio de la cabeza, que cortó exactamente por la mitad el símbolo de Slaanesh. La cabeza del demonio se hundió bajo la brutalidad del impacto. La criatura cayó de rodillas, mientras una sustancia extraña surgía entre burbujeos del corte que se prolongaba desde la frente basta el cuello. 

Mientras el icor manaba libremente, empezó a bullir y transformarse en una columna de vapores multicolores. A medida que el vapor ascendía, el demonio iba menguando, como un globo al que de repente se le escapa todo su aire. El propio vapor empezó a brillar cada vez más hasta que se desvaneció por completo con un largo gemido de protesta. En ese momento Tyrion se encontró verdaderamente solo en el centro del campo de batalla. Tyrion se sintió desfallecer. Había empleado todas sus fuerzas. Sin embargo, recurrió de nuevo a sus reservas y se obligó a espolear a Malhandir para que le llevara de nuevo a la batalla, a la victoria.

Lentamente, agotado, Tyrion subió tambaleándose por la larga escalinata. La sangre cubría cada tino de los escalones que llevaban al lugar de descanso de la Espada de Khaine. El repugnante olor a sangre llenaba su nariz. Las suelas de sus botas parecían fundirse en la viscosidad. La última luz moribunda del sol que se ponía daba a la sustancia que cubría los escalones un color negro sucio. La energía vibraba en el aire, amenazando con corromper su alma.

Ascendió el último escalón en la cima del templo y dio media vuelta para observar de nuevo el campo de batalla en el que había obtenido una gran victoria. Desde su punto de observación, en la cima de la negra pirámide escalonada, parecía que todo estaba desierto. Mil guerreros habían muerto aquel día y apenas había aumentado apreciablemente el número de cadáveres apilados en aquella llanura. Viendo las cosas desde aquel privilegiado lugar, la futilidad de todo era completamente evidente. Tyrion se preguntó cuántos millares de guerreros habrían muerto en aquella llanura desde hacía milenios. ¿Y para qué?

Tyrion permanecía erguido en el mismo lugar en que lo había hecho Aenarion, en los días de la ira, cuando empuñó la espada para luchar contra el Caos e intentar salvar al mundo. En el mismo lugar en que Malekith, el Rey Brujo de Naggaroth, había intentado desenterrar el arma y emplear su poder definitivo para sus propios y crueles fines. En el mismo lugar en que el bravo Caledor y el impetuoso Tethlis, ambos Reyes Fénix malditos, habían contemplado sus propios futuros y habían partido por última vez para enfrentarse a su destino. Tyrion permanecía erguido en el mismo lugar en que incontables reyes, hechiceros y demonios habían buscado el poder más terrible.

Nadie excepto Aenarion había empuñado la espada, y éste habla clavado el arma maldita con tanta fuerza en la piedra que jamás nadie había sido capaz de extraerla de nuevo.

Tyrion se dio la vuelta para enfrentarse a la espada. Incluso contra la oscuridad del cielo, el arma era bien visible, una silueta de un negro aún más intenso que oscurecía a las temerosas estrellas del cielo nocturno. La espada surgía de un caldero de sangre hirviente; su empuñadura parecía un crucifijo negro en la creciente oscuridad. A lo largo de la hoja de la espada, runas de color rojo brillaban sensualmente. La sangre se condensaba en el aire alrededor de ellas, fluyendo hacia abajo a lo largo del canal en el centro de la espada para seguir llenando una fuente que no podía vaciarse. 

Tyrion estaba sorprendido. Estaba viendo una espada, como la había visto Aenarion. Se suponía que el arma se presentaba con una forma diferente ante cada observador. Se decía que para Malekith había sido un cetro y que para Caledor había sido una lanza de caballería. Nadie sabía cómo se había presentado a Tethlis; no vivió lo suficiente para contarlo. La Espada de Khaine empezó a susurrar a Tyrion, como él había temido que sucedería. Su poder le llamaba, dominando sus sentidos.

"Empúñame" -dijo- "Tú puedes hacerlo. Eres digno de ello. Eres Mi dueño. Eres tan grande como Aenarion. Más grande. Tú triunfarás donde él fracasó" -Tyrion sacudió la cabeza, exhausto.

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"El mundo es tenebroso. Para los Elfos cada vez es más tenebroso. La larga noche y la extinción final están próximas. Juntos podemos salvarles. Juntos podemos forjar de nuevo su destruido imperio y reconquistar los territorios perdidos. Nadie podrá detenernos. Ni Hombres. Ni Demonios. Ni Enanos. Ni tus oscuros parientes. Naggaroth desaparecerá. El Imperio desaparecerá. Los Reinos Enanos desaparecerán. El mundo será nuestro. Es nuestro destino. Serás el último de los grandes héroes Elfos y tu nombre vivirá para siempre." 

La empuñadura parecía hecha a medida para su mano. La noche estaba repleta de promesas prohibidas. Lo verdaderamente terrible era que todo lo que la espada decía era cierto y podía ser posible. Sin la espada, Ulthuan acabaría desapareciendo. Con la espada, podía gobernar el mundo. Nunca tendría que temer a ningún enemigo. Los demonios temblarían ante él. Estaría fuera del alcance de cualquier intento de venganza del Rey Brujo. La mano de Tyrion casi empezó a moverse hacia la empuñadura. 

En vez de ello, su mano acabó tocando el amuleto que colgaba sobre su pecho. Su suave calor se transmitió por las yemas de sus dedos. Se agarró al talismán como si fuera el madero que le salvaría de ahogarse, como si pudiera salvar a su alma del peligro. 

Pensó en la Llanura de los Huesos, en las incontables muertes que alimentaban el poder de la espada, en las incontables muertes que serían necesarias para saciar su eterna sed de muerte. La espada nunca tendría un dueño. Había conducido a Aenarion y a sus seguidores a la destrucción. Al final Aenarion lo había perdido todo. Había muerto solo en aquel lugar terrible. Tyrion sabía que si empuñaba la Espada de Khaine se convertiría en la muerte personificada, en un destructor de mundos, implacable, siniestro y poderoso. De repente Tyrion se dio cuenta de que no era eso lo que él deseaba.

Lentamente, titubeando, Tyrion dio media vuelta y descendió tambaleándose por la escalinata, descendiendo para reunirse con los demás mortales. A su espalda, la espada continúo con su perpetuo canto de sirena.

FuenteEditar

  • Libro de Ejército: Altos Elfos (5ª Edición).

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